Exposición de André Kertész

André Kertész, el doble de una vida

Museo de Arte del Banco de la República, piso 3
3 de marzo al 6 de junio de 2016

Maestro de un buen número de fotógrafos, entre ellos Henri Cartier-Bresson, André Kertész es una figura de gran importancia en la historia de la fotografía. Su obra, no obstante, se resiste al análisis, y elude el comentario. No existe una mirada más límpida que la suya ni unos sentimientos más determinados que aquellos que transmite en sus fotografías. Como artista autodidacta permaneció fiel a su credo: “Aquello que yo siento, lo hago”. Si bien flirteó con diferentes corrientes, como el surrealismo, el constructivismo o el humanismo, a menudo superándolas, su andadura como fotógrafo no puede ser reducida a un proyecto estético, social o moral. Kertész mantuvo su punto de vista —del cual no fue capaz de renegar por satisfacer a un cliente o adherirse a una moda—. Discreto pero lúcido, su visión es decididamente natural.

Nacido en 1894 en Budapest, Andor (André en húngaro) tiene solo ocho años cuando muere su padre. Su tío, Lipot Hoffman, se encarga de su educación, así como de la de sus dos hermanos, Imre y Jenö. Después de diplomarse de la Academia de Comercio de Budapest, obtiene un empleo en la bolsa de valores. Su primera fotografía conocida, Jeune homme endormi (Joven adormecido), data de 1912 y anuncia de manera premonitoria aquello que será lo esencial de su arte: claridad de estilo y primacía de la emoción.

Llamado a prestar servicio en el ejército austrohúngaro, plasma en sus fotografías la vida cotidiana de los soldados, la espera en las trincheras y las largas caminatas. Ya sea que fotografíe la campiña o a sus compañeros, Kertész no elimina jamás la carga afectiva que llevan en sí mismos. En La vache et le soldat (La vaca y el soldado) (1917) y Jenö tel Icare (Jeno como Ícaro) (1919) se muestra imaginativo y adopta encuadres inéditos que anuncian la visualización con la cámara Leica. Kertész va a hacerse fotógrafo. Lleva a cabo su deseo en Francia, a donde decide emigrar pleno de esperanza y determinación.

Kertész llega a París en 1925 y se instala en el barrio de Montparnasse. Frecuenta los medios literarios y artísticos (Mondrian, Chagall, Zadkine, Foujita, Colette, etc.) y comienza a fotografiar a sus amigos húngaros, los estudios de los artistas y las escenas callejeras. Se pasea sin rumbo fijo por los jardines públicos, deambula a lo largo de las orillas del Sena, y se encuentra con sus amigos, sus compatriotas, en el Café Dôme. Su talento se reconoce rápidamente y en 1927 inaugura una exposición individual en la galería Au Sacre du Printemps. En 1933 lleva a cabo la célebre serie “Distorsiones”, en la cual los cuerpos desnudos de sus dos modelos rusas se reflejan en un espejo deformante. Ya sea que los espectadores sientan pasmo o repulsión, estas anamorfosis establecen un diálogo con la obra de Picasso, Arp y Moore. El libro Paris vu par André Kertész (París visto por André Kertész), con un prólogo de Pierre Mac Orlan se publica en 1934. En París Kertész realiza sus obras maestras: Danseuse burlesque (Bailarina burlesca) (1926), Chez Mondrian (En el sitio de Mondrian) (1926) y Les mains et les lunettes de Paul Arma (Las manos y las gafas de Paul Arma) (1928). Tanto en Francia como en Alemania la prensa le encarga retratos y reportajes fotográficos. La revista de vanguardia Art et Médecine publica sus fotografías al mismo tiempo que las de Germaine Krull, Man Ray, Emmanuel Sougez, François Kollar o Brassaï, a quien Kertész inicia en el arte de la fotografía cuando lo reencuentra en 1926. Armado con su cámara Leica se convierte, desde 1928 y hasta 1935, en uno de los principales colaboradores de la revista Vu.

En 1936, Kertész se marcha a Nueva York, con su esposa Erzsébet Salamon, con quien se había casado en 1933. Viaja con el propósito de cumplir en aquella ciudad con un contrato que había firmado con la agencia fotográfica Keystone. Su colaboración con la más grande de las agencias mundiales de la época dura menos de un año. Por entonces, solicitan sus servicios las revistas House & Garden, Harper’s Bazaar, Vogue y Coronet. Las exposiciones en la galería PM (1937) y en el Art Institute of Chicago (1946), así como la publicación de Day of Paris (Día de París) (1945), concebida por Alexey Brodovitch, no resultan suficientes para establecer a Kertész como uno de los principales exponentes de la fotografía de vanguardia en los Estados Unidos.

Después de haber recibido la ciudadanía estadounidense en 1944, firma un contrato de exclusividad con el grupo editorial de Condé Nast en 1949, para el cual hace primordialmente fotografías de arquitectura interior. Sin embargo, se siente incomprendido y empleado en un trabajo que no le satisface y en 1962 decide poner fin a su carrera profesional.

En 1963, Kertész recupera los negativos de sus períodos húngaro y francés, que había dejado en Francia. Inicialmente la Biblioteca Nacional de París y luego el MoMA de Nueva York presentan una exposición consagrada a sus fotografías (1964). Se le rinden numerosos homenajes en distintas partes del mundo y las exposiciones de su obra se multiplican: Tokio, Estocolmo, Budapest, Londres, París, Helsinki… En 1975 es el invitado de honor a los Encuentros Internacionales de Fotografía en Arles (Francia). Desde entonces, Kertész deja de deambular por las calles y la mayor parte de sus fotografías las toma desde su ventana. Le fascinan la maraña de calles y la vista de Washington Square que tiene desde lo alto pues su mirada gana en cuanto a dominio formal. A partir de mediados de los años cincuenta se apasiona por la fotografía a color y la aborda con toda simplicidad rehusando todo efecto colorista. Se suceden las publicaciones y le son consagradas monografías importantes, como Hungarian Memories (Recuerdos húngaros) (1982), Of Paris and New York (De París y Nueva York) (1985) y André Kertész, ma France (André Kertész, mi Francia) (1990). En 1984, deseoso de salvaguardar su obra, Kertész hace una donación del conjunto de sus negativos, así como de su archivo personal al Estado francés, concretamente al Ministerio de Cultura y Comunicación. Fallece en su domicilio neoyorquino el 28 de septiembre de 1985.

La obra de Kertész se apuntala doblemente a su vida: a aquello que ha visto y a aquello que ha ensayado. Resulta ser como un reflejo porque la adherencia del fotógrafo al mundo visual fue tal que cada una de sus tomas se enriquecía con sus sensaciones y emociones. Cada toma es sincera, fiel y profunda, hasta el punto que toda fotografía suya parece ser el doble perfecto de la presencia tangible de su autor pues lo real y la ficción se mezclan en una sola cosa. El hombre-fotógrafo se encuentra entero en su fotograma, que es tanto una toma (una extracción o procedencia) como una proyección de sí mismo.

Esta exposición se realiza a partir de negativos seleccionados procedentes del Fondo Kertész y está compuesta por 189 pruebas fotográficas repartidas según los siguientes temas: sus comienzos en Hungría, la vida rural, Budapest, el ejército austrohúngaro (1912-1925); el florecimiento de su talento en Francia, Montparnasse, las riberas del Sena, los jardines, la vida artística, los desnudos, las escenas callejeras... (1925-1936); los años de aislamiento en Nueva York, Washington Square, architecture, À ma Fenêtre... (Washington Square, arquitectura, Desde mi ventana) (1936-1962), y su reconocimiento internacional (1962-1985). Las fotografías, en blanco y negro y en color, se exhiben impresas en sales de plata modernas.

Nadador en el agua, Esztergom (Hungría), 1917
Los anteojos y la pipa de Mondrian, 1926
Bailarina burlesca, 1926
Autorretrato, París, 1927
Placa rota, París, 1929
El Puente de las Artes visto a través del reloj del Instituto de Francia, 
París, 1929-1932
Sombras, 1933
Nube perdida, Nueva York, 1937
Brazo y ventilador, Nueva York, 1937
Callejón McDougal, Nueva York, 1965