Proceso de selección de los participantes en los talleres de crónica "Memorias del agua"
Bogotá, septiembre-noviembre 2010
Perfiles
De 262 relatos que se recibieron, fueron seleccionados 129, la mitad. Estos participantes quedaron distribuidos en las seis bibliotecas del proyecto, así: 25 en la Luis Ángel Arango, 24 en la Julio Mario Santo Domingo, 22 en El Tunal, 22 en la Virgilio Barco, 20 en El Tintal y 16 en Suba. 55 de los participantes son estudiantes, 30 de ellos de carreras de Comunicación Social y periodismo de distintas universidades de la ciudad (el Rosario, el Externado, la Central, la Tadeo Lozano, el Minuto de Dios) y 20 estudian otras carreras y posgrados (entre ellas, ingeniería ambiental, ecología, derecho y administración ambiental, etc.). Hay 48 profesionales y tecnólogos; 10 docentes (de colegios y universidades), 3 pensionados, 3 amas de casa, 4 líderes comunales y 5 empleados y contratistas de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá [EAAB].
Por rangos de edad y en relación con su ocupación, 50 de los participantes son menores de 25 años; 52 personas tienen entre 26 y 50 años, y 17 son mayores de 51 años.
Por esta conformación de los grupos será posible establecer un diálogo generacional entre jóvenes y adultos, y entre ciudadanos del común, miembros de organizaciones ambientales y expertos en el tema del agua para definir los asuntos prioritarios en la agenda hídrica capitalina. Las mejores historias, que en lo posible cubrirán los cuatro puntos cardinales de la ciudad y tocarán aspectos amables y críticos a manera de crónica, quedarán recogidas en la antología del proyecto, que publicará el Archivo de Bogotá a comienzos del 2011.
La edición estará a cargo de los seis talleristas (periodistas egresados de la Javeriana) y de la coordinadora académica del proyecto, profesora de la misma universidad y directora de la revista Directo Bogotá. Y la totalidad de las crónicas, con su correspondiente material fotográfico se podrá leer en la página web del proyecto en la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República.
Si bien el tema de la memoria lleva a pensar en gente mayor que recuerda usos, oficios, costumbres del pasado relacionados con el agua, y efectivamente, los mayores evocaron otras épocas, los jóvenes acudieron a la técnica de la reportería para entrevistar a los adultos, depositarios de esa memoria. Buscaron tanto a sus abuelos como a los líderes comunitarios, quienes les dieron testimonio sobre otros estilos de vida, más sanos pero también más sacrificados. Asimismo, fueron a las fuentes documentales para empaparse de los mitos fundacionales sobre el agua desde la cosmogonía muisca, pasando por los cronistas de Indias hasta los cronistas santafereños.
Temas
Como era de esperarse por la naturaleza de la convocatoria, los humedales bogotanos protagonizaron numerosos relatos. La mayoría de los 14 humedales fueron objeto de atención por su estado de conservación o de deterioro; se recuerda cómo mientras unos fueron salvados de entre el buchón por la comunidad, otros siguen siendo “resort” de maleantes y drogadictos. Y mientras los adultos traen a colación sus recuerdos de los humedales, cuando no estaban contaminados, los jóvenes entrevistan a sus “dolientes”, personajes que han dedicado años de su vida a proteger este recurso hídrico para sus comunidades. En Capellanía, la hija de Jorge Humberto Zamudio —ya fallecido—, reconoce el trabajo que por años hizo su padre para la recuperación de este cuerpo de agua. Mientras él desafiaba a las volquetas que llegaban a descargar escombros para rellenar los humedales, otra abanderada de la causa en La Conejera se acostaba en la calle para impedirles el paso.
Y una ingeniera ambiental recuerda cómo en 1956, la construcción de la autopista Norte partió en dos el humedal Torca-Guaymaral, con todas las consecuencias nefastas para el ecosistema.
En los relatos de los jóvenes uno de los sitios recurrentes es el Eje Ambiental, que diseñó el arquitecto Rogelio Salmona en la Jiménez. Quizá por ser la ruta obligada de muchos autores a las universidades, no dejaron de registrar el abandono en que se encuentra este espejo de agua, “tomado” literalmente por habitantes de la calle, que allí se bañan, lavan su ropa y hasta se afeitan. Y sin desviarse mucho llegan al Chorro de Quevedo, punto de encuentro de los jóvenes, donde expresan su nostalgia por la fuente cristalina que no alcanzaron a conocer y que hoy asocian con chorros menos santos que el del clérigo que le dio su nombre.
También está en la agenda del agua de los jóvenes el lago artificial del parque Simón Bolívar, escenario que frecuentan en conciertos, y el Parque del Lago, más conocido como Parque de los Novios, en el mismo sector. Revivieron escenas de aguaceros de los últimos años en Bogotá que dejaron a Bogotá con una engañosa capa de “nieve” que tanto disfrutaron los niños, de inundaciones célebres como las de Fontibón, “la Venecia capitalina”, y un motociclista narró a buen ritmo cómo sorteó un diluvio, escampándose bajos los puentes hasta llegar a su oficina.
Los mayores, por su parte, tienen mayor recordación de los paseos a los ríos, quebradas y lagos de la ciudad donde nadaban, pescaban guapuchas, truchas y capitanes y hasta navegaban en lanchas. Muchos evocaron el paseo al salto del Tequendama, un clásico en esta historia, al páramo de Sumapaz para ver el nacimiento de ríos como El Tunjuelito o el Fucha y a los tanques de Vitelma, un oasis al sur de la ciudad. Alguno cuenta que al Tunjuelito llegaban por las noches los gitanos a bañar a sus caballos, en las mañanas las lavanderas y en las tardes los cachacos chapinerunos. Tampoco faltaron las leyendas urbanas sobre tunjos cargados de oro que salieron flotando tras una inundación y otros tesoros que albergan las lagunas ancestrales.
Y entre los usos y costumbres se destaca el relato de un abuelo contado por su nieta, sobre cómo la abuela salía a diario del barrio Restrepo hasta el nacimiento del río San Cristóbal en Sumapaz, a finales de los años treinta, para recoger agua en tinajas que transportaba en burros y mulas hasta su casa, donde tenía una chichería que absorbía mucha agua. Después de los aguateros y de los mozos e indígenas que transportaban los cubos de agua en sus hombros, se crearon las llamadas “flotas del rebuzno” para transportar el agua, que en esos tiempos se vendía a $120 el galón.
Las voces adultas también hacen remembranzas de todas las formas de recolección de agua de las que fueron testigos: en las pilas, en las fuentes, en los tanques. Una de las historias más curiosas y reiterativas es la de las pilas y fuentes como escenarios de batalla campal en los barrios. Dado que gran parte de los barrios populares que comenzaron a expandirse en la ciudad a partir de los años cuarenta eran de invasión y no tenían infraestructura sanitaria, los habitantes tenían que ingeniárselas para conseguir el agua, por las vías legales e ilegales. En las pilas de agua que instaló la EAAB, la gente acudía a proveerse del líquido desde el amanecer hasta el anochecer, y en esas largas colas se producían conflictos, tensiones, se armaban noviazgos y desbarataban matrimonios y se actualizaba la información. Las familias numerosas salían ganando porque enviaban a la tropa de hijos con tinajas para recoger el agua, y no faltaban los acaparadores que monopolizaban el servicio y controlaban las mangueras y los turnos, sobre todo en épocas de sequía.
En el barrio Los Naranjos (Bosa), en 1972 ―cuenta un adulto memorioso― se organizaron 40 familias para pedir a la EAAB la instalación de varias llaves de agua. Tras insistentes peticiones les instalaron un hidrante en el parque principal y entre todos construyeron una alberca. Abrían la llave con horarios restringidos, para racionalizar el recurso. Tres años después les llevaron el acueducto y les cambió por completo la rutina. Un líder del barrio La Gaitana narró la odisea que vivieron para conseguir agua, ya que sólo tuvieron el acueducto en 1987, como ocurrió en tantos otros barrios del sur profundo. La mayoría de barrios populares libraron luchas a “tubo partido” por la consecución del agua.
Una estudiante de mercadeo recuerda que en el barrio Antigua Fábrica de Loza, todavía funcionan los lavaderos públicos fundados en 1942, donde no sólo se ve a las vecinas lavar la ropa, sino a los dueños de las llamas de la Plaza de Bolívar bañando a los fotogénicos animales.
Y los empleados y contratistas de la EAAB narraron sus experiencias con la instalación y reparación de tuberías, encuentros y desencuentros con comunidades cuya sobrevivencia depende del servicio del acueducto; de que les hagan una reparación o de que por fin les instalen la tubería para no seguir usando mangueras clandestinas. Estos empleados están acostumbrados a ver las “telarañas de mangueras”, que al igual que las “telarañas de alambres de la luz”, son la metáfora de la necesidad. Los carteles del agua se dedican a sacar clandestinamente agua de los tubos para llevarla a los barrios que carecen del servicio.
Otros temas curiosos que valdrá la pena desarrollar en crónicas de largo aliento son: el cementerio de bolardos (de la administración de Peñalosa) que se encuentra en las profundidades de la quebrada La Salitrosa; la alberca de San Cristóbal Norte, que según el participante fue la “diva” del barrio durante mucho tiempo, hasta que llegó el agua en tubería. El Lago de Biología de la Universidad Nacional, que para el autor es fuente de inspiración a pesar del abandono de sus 20 metros de diámetro rodeados de sauces, y hace un llamado a la universidad para que lo recupere. Y el lago del cementerio Jardines del Recuerdo, adquirido hace 40 años por la empresa funeraria, que invierte millones anualmente en su mantenimiento para que sirva de remanso a los deudos.
Entre los personajes se destaca un joven de Usme, Harold Villegas, líder de una organización juvenil ambiental para proteger el río Tunjuelo, quien realiza recorridos por todo el territorio bañado por este río ancestral, incluyendo las curtiembres, el relleno de Doña Juana, las reservas hídricas, los colegios, etc. Y “Juan Amarillo” ―como le dicen familiarmente en el barrio Lisboa de Suba a este joven― que llegó muy niño al humedal buscando refugio, tras haber sido desplazado del campo y perdido a su familia. Allí encontró su casa y su oficio de protector del lago.
Y como práctica o costumbre desaparecida, un autor de treinta y pico de años, cuenta que cuando su familia llegó a vivir al barrio Britalia, en la localidad de Kennedy, ante tantas dificultades para tomar el agua de las pilas, sus padres decidieron “sembrar agua”. Y enumera los pasos a seguir para que nazca una fuente en el patio de la casa: traer el agua bendita de Chiquinquirá, plantarla en un hueco de 50 centímetros, abonarla todos los días con mucha fe y oraciones y esperar siete años para ver los resultados.
El páramo de Sumapaz no faltó en esta memoria inicial, y aparece la denuncia de una profesora de esta olvidada localidad que intenta inculcar en sus alumnos la cultura proteccionista del ecosistema, mientras sus padres depredan la fauna y la flora del páramo.
Por su carácter de denuncia, muchos de estos relatos contribuirán a crear conciencia ciudadana sobre el derecho al agua y el deber ciudadano de proteger este recurso. De hecho, lo que ponen de presente numerosas historias es la gran paradoja de la capital donde los barrios tradicionalmente bañados por ríos y humedales, son los que más padecen por la falta de agua, los racionamientos y la contaminación ambiental. Varios autores apuntan a señalar como culpables a los constructores, a los urbanizadores piratas y a los políticos y funcionarios que permitieron que se rellenaran los humedales y se construyera en sus rondas de manera ilegal. Hoy en día, muchos de esos barrios, situados por debajo del nivel del agua, sufren constantes deslizamientos e inundaciones.
Varios relatos hicieron mención al Referendo del Agua, hundido en el Congreso en mayo último, al tiempo que se discutía el referendo por la reelección. El acceso al agua de todos los bogotanos es un reclamo latente de varios participantes, que se solidarizan con las más de 200 mil familias que carecen del servicio. Una de las participantes narra la dramática historia de una familia que tuvo que mandar a sus hijos a “mendigar” agua porque les cortaron el suministro por falta de pago.
La invitación a ahorrar agua también refleja una naciente conciencia ambientalista sobre todo en los más jóvenes. Se encuentran decálogos para no desperdiciar el recurso y se alerta sobre la falta de cultura ciudadana con respecto al patrimonio ambiental. Un participante hasta se ocupó de tomar el tiempo y calcular el gasto de agua en un gigantesco lavadero de carros de Engativá.
La contaminación de los ríos por diversas causas fue otro de los temas abordados por los jóvenes participantes en grupos y corporaciones ambientales, como Corvif, para salvar el río Fucha.
Buena parte de los relatos que participaron en la convocatoria podrían funcionar para la crónica final por su innegable interés. Pero para efectos de no repetir y de ofrecer una colección de crónicas con diversidad temática y con amplio cubrimiento en el mapa capitalino, se reorientarán y sugerirán temas que no hayan sido abordados.
Temas que se echaron de menos: los oficios relacionados con el agua, como el de los aguateros de distintas épocas; las lavanderas, los plomeros, etc. Crónicas de estatuas emblemáticas del agua en Bogotá, como el Mono de la Pila (la fuente más antigua que ahora reposa en la plazoleta de San Diego); la Rebeca, que nació en un estanque en el parque de San Diego y ahora está ubicada en medio de la nada, entre las obras de la calle 26; y la Diosa del Agua, que en tiempos mejores se inclinaba sobre el estanque del monumento de la Plaza de Banderas, en la avenida Las Américas, y ahora se inclina sobre baldosines azules secos. También faltan los paseos a las piscinas públicas de la ciudad y los deportes en el agua.
Faltan historias de barrios tradicionales como Las Aguas, que sufre el embate del progreso y está a punto de quedar ahogado bajo gigantescas construcciones, como la del Centro Cultural Español, bajo cuya mole quedará sepultado uno de los antiguos puentes río San Francisco. Y del barrio El Lago, construido sobre el viejo Lago Gaitán, cuyas casas y edificaciones se están inclinando peligrosamente.
Aunque hubo un relato pormenorizado sobre la recuperación de la quebrada La Vieja por los vecinos del barrio Las Acacias de la localidad de Chapinero, sería interesante conocer qué está pasando con las otras cuencas hidrográficas de los cerros orientales, donde se contabilizan una decena de quebradas y cascadas en peligro de desaparecer.
También se podrían recrear las épocas en que el agua se transportaba en burro. En Altos de Cazucá, por ejemplo, la terminal de burros quedaba en el tanque de Cazucá, adonde llegaba la gente a cargar los bidones hasta entrados los años noventa. Y en el plano de lo ancestral, escribir la historia de los monolitos que se encuentran en el humedal Jaboque y en la desembocadura del río Fucha donde se celebran rituales sagrados, y que según los ancianos descendientes de los muiscas están regados a lo largo del río Bogotá.
Faltó ahondar en los factores de contaminación de los ríos como, por ejemplo, las curtiembres del barrio San Benito que desde hace más de medio siglo han teñido las aguas del río Tunjuelito. Y mirar la Bogotá rural, rica en fuentes hídricas que también están en peligro. Igualmente, se podría hacer periodismo de inmersión en temas como la explotación minera (canteras) en la cuenca del río Tunjuelo, que debido al mal manejo ambiental ha provocado represamiento de aguas, pozos e inundaciones. Los terrenos aledaños al Tunjuelito y a Usme son la fuente principal de extracción de arenas y arcillas, materiales destinados a la construcción.
Y en la celebración del Bicentenario de la Independencia, valdría la pena reconstruir la vida de Antonio Nariño en su quinta de Fucha, ya que en las orillas del entonces caudaloso río tradujo los Derechos del Hombre, donde de alguna manera se atisbaba el derecho al medio ambiente. Y esto aplica para la localidad que heredó su nombre y para las otras 19 localidades de Bogotá.
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