Introducción a la Colombia Amerindia
Instituto colombiano de antropología
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Kwaiker Benhur Cerón
Ubicación Geográfica

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El grupo indígena Kwaiker ocupa una extensa área en el flanco occidental del macizo Andino; empieza en la cuenca alta del río Telembí en Colombia, hasta el norte de la República del Ecuador.

Desde el punto de vista ecológico, el hábitat actual de los Kwaiker corresponde a una zona de colinas formadas en el período terciario, tanto por movimientos ascensionales de la cordillera como por la actividad volcánica del macizo Andino, que contribuyó en la modelación del paisaje, mientras grandes deposiciones de ceniza; sobresalen a veces en medio de las colinas las formaciones batolíticas antiguas rellenas con yacimientos de minerales preciosos que hicieron legendaria la riqueza aurífera de la cordillera.

Esta es una de las regiones más lluviosas del mundo; las nubes cargadas de humedad proceden del océano Pacífico y ascienden por el flanco de la cordillera; al ganar altura, se enfrían y se produce la precipitación de origen orográfico, especialmente en las tardes y noches. En las cumbres de las colinas existe una permanente neblina, que al contacto con el follaje se condensa en un persistente goteo que satura y lava los suelos. También la fuerte insolación en las horas de la mañana, crea lluvias convectivas, y al calentarse el estrato inferior del aire, deja la banda de calor cercana al suelo y el vapor .de agua se vuelve visible; esta nubes, por las diferencias de densidad, ascienden hasta alcanzar el punto de condensación y se precipitan en la tarde.

Bajo estas condiciones crece una exuberante vegetación de variadas especies, que conforman una complicada trama que sella la unidad de la selva pluvial estructurada en diferentes estratos arbóreos.

A primera vista se destacan los inmensos árboles y una gran variedad de palmas que alcanzan hasta 40 metros de altura. Como en las selvas higrofíticas el suelo está empantanado, las raíces no pueden ser profundas, entonces los árboles logran estabilidad mediante raíces tabulares o de tipo laberíntico. El estrato medio está poblado de parásitas y epífitas de gran variedad taxonómica, algunas son de tipo arrocetado como los guiches, en cuyo reservorio de agua interfoliar se asienta una prodigiosa cadena alimenticia que va desde los animales y plantas microscópicas, hasta las ranas arbóreas, insectívoros, etc. Un biotipo constante lo forman las lianas que trepan por los troncos, también las raíces aéreas, ciertas aráseas y bejucos. Sobre la trama que ellos urden crecen los helechos, hierbas finas y musgo que invaden las superficies de los troncos.

El estrato inferior del bosque está dominado por arbustos, helechos arborescentes y palmitas que alternan con hierbas; sobre el suelo se encuentra una gran cantidad de restos orgánicos, que nutren la inmensa variedad de hongos y descomponedores, los cuales aceleran el ciclo de la materia y energía a un ritmo cuatro veces mayor que en un bosque de condiciones menos lluviosas y cálidas.

Población

El área Kwaiker es muy extensa ya que sobrepasa los 3.000 km2, y se establece en múltiples asentamientos dispersos que siguen la dirección de los ríos principales, excepto los asentamientos que están cerca a Altaquer y al río Vegas. Difieren de la estructura de los caseríos o veredas de la zona Andina, ya que las viviendas son muy dispersas y la distancia entre un lugar poblado y otro es considerable.

La densidad de población es baja (1 habitante por km2 en Colombia); existe un mínimo de 4.366 indígenas en Colombia y 951 en Ecuador, sin contar con los hogares dispersos que están fuera del área. El régimen de lluvias y las condiciones ambientales en general, concentran la población en la franja altitudinal de los 500 a 1.500 metros sobre el nivel del mar, además el indígena prefiere las terrazas bajas para cultivar y construir su vivienda, mientras que la parte intermedia y las crestas de las colinas alargadas se conservan exclusivamente para cacería y, por consiguiente, conservan la vegetación natural. La parte cultivada casi nunca llega a las 10 hectáreas, en tanto que el área de caza y pesca siempre sobrepasa las 100 hectáreas por familia.

En Colombia existen alrededor de 50 asentamientos y 893 hogares; en tanto que en el Ecuador se ubican unos 30, con solo 173 familias (Carrasco, 1984).

En el largo proceso adaptativo que han sufrido los Kwaiker, además de los condicionamientos, el indígena ha logrado ajustes de tipo biológico que le permiten vivir con un nivel nutricional mínimo, como bajo peso y estatura: las mujeres promedian 40 kilos y 1.45 de estatura, los hombres están alrededor de los 50 kilos y una talla de 1.50 m; así el organismo no presenta, al menos a simple vista, efectos adversos.

Entre las costumbres alimentarias cabe anotar la permanente ingestión de bebidas fermentadas como guarapo y chicha, a través de las cuales logran aumentar el grado de asimilación y calorías. En realidad, el proceso obedece a una transformación cualitativa de estas preparaciones, similar a la que sufre la leche convertida en kumis; por consiguiente, su elaboración y el hábito de consumo diario responde a un mecanismo no manifiesto de mejoramiento de la dieta y no a la tendencia alcohólica que aparenta ser para muchos. De otra parte, esta bebida ligeramente fermentada juega un papel relevante en un clima húmedo y caliente donde la transpiración es continua y la pérdida de líquidos demasiada.

Los Kwaiker podrían recurrir al mismo tratamiento con la yuca y el plátano; sin embargo, la abundancia tradicional del maíz hace que la mayoría de los hábitos alimenticios giren alrededor de su producción a lo largo del año; de él dependen también los animales domésticos, encargados de proporcionar proteínas.

La enfermedad más común entre los Kwaiker es la TBC y se deriva de las deficiencias nutritivas y el excesivo hacinamiento que acelera la transmisión del virus, a través de las gotas de saliva. El problema es tan grave que el 50% de los ancianos son tosedores crónicos y muestran además los síntomas típicos de la enfermedad: flacura extrema y pérdida de peso.

Además de la desnutrición y la TBC, el parasitismo y la enfermedad diarreica aguda afectan al 30% de la población.

Dentro de la gran familia lingüística Chibcha se encuentra el Barbacoas en el cual se ubican los Pasto, Kwaiker, Mallamuez y Colima en Nariño (Jijón y Caamaño, 1941: 416, tomo II).

No se sabe si la lengua sea exclusiva de los Kwaiker; inclusive este nombre no es reconocido por el grupo y los españoles conservan en sus relatos geográficos los nombres de los ríos para referirse a la comunidad indígena que allí habitaba. Ellos se autodenominan Awas, lo cual tiene mucho sentido ya que en lengua Sindagua, Awa significa "gente"; ello explica que en el territorio ecuatoriano, donde existe mayor autenticidad de su cultura, se les conoce como Aguas. En suma los indígenas Kwaiker tienen la palabra Awa, "gente", para referirse a cualquier persona en términos generales; cuando quieren referirse a sí mismos, en términos específicos, anteceden la palabra Inkal, "montaña". De esta forma, "Inkal awa" quiere decir "gente de montaña" (Henrisksen-Obando, 1985).

La vivienda característica sigue los parámetros comunes de la selva del Pacífico, donde la humedad exige construcciones aéreas. El espacio que queda debajo se utiliza para albergar animales domésticos y guardar utensilios viejos; la casa consta de tres espacios básicos, cocina, dormitorio y un corredor amplio para atender visitas y donde el indígena permanece la mayor parte del tiempo. Las paredes y pisos se hacen con la palma de chonta y gualte, machacadas para formar una esterilla. El piso lo sostienen con madera rolliza; el techo es de cuatro aguas y bien inclinado para evacuar rápidamente la lluvia; se cubre con hojas de bijao.

En un principio los indígenas Kwaiker estaban parcialmente cubiertos con tejidos hechos de corteza, especialmente de damajagua. Se mantuvieron así hasta mediados del siglo XIX. Cuando los misioneros procedieron a vestirlos de manera uniforme, los hombres recibieron un camisón largo de lienzo sin botones, con cuello alto y alforzado a la altura del pecho, que se usa por fuera del pantalón (del mismo material) hasta la rodilla; completa el atuendo un sombrero de fibra vegetal, denominada tetera (Quetanenté lutea). A las mujeres las indujeron a vestir una faja de bayeta roja que se envolvía en la cintura, caía hasta los tobillos y otra bayeta de color similar o azul, que cruzaba por los hombros, de modo que cubría la espalda y el pecho. Este vestido perduró menos que el de los hombres, pues en la actualidad rara vez se puede observar.

Los jóvenes actuales siguen de cerca el comportamiento de los campesinos, lo cual se refleja diariamente en el vestido, que complementan con botas de caucho y cachuchas, en vez de sombrero. Las mujeres usan vestidos de tela, comprados en la plaza de mercado; los días festivos visten sus mejores ropas y las mujeres ancianas aún se pintan las mejillas de rojo.

Los más importantes artesanos son los relacionados con la cestería, cuya ejecución se hace totalmente a mano. Hacen también recipientes de totumos, en barro y madera; dichos utensilios están desapareciendo del uso cotidiano y sólo es posible encontrarlos en regiones muy pobres y aisladas. La bodoquera se ha reemplazado por la escopeta; el imbil por la linterna; la piedra de moler por el molino mecánico; el eslabón por los fósforos; y es muy notable la introducción de recipientes plásticos de envases de manteca y galones de aceite vacíos.

Sistema de producción

Dentro de las actividades productivas se destacan la recolección, la caza, la pesca y la agricultura.

La recolección se realiza durante todo el año, acorde con el ritmo de reproducción de plantas y animales. Estos elementos tienen relación son su dieta alimenticia; entre ellos se destacan muchas frutas silvestres como el zapote, caimito y varias nueces de palmas, especialmente chontaduro y corozo.

Algunos árboles sirven de colorantes, otros tienen utilidad medicinal; por ejemplo, el árbol popa, llamado "árbol vaca", que produce un látex de propiedades nutritivas y laxantes. También subsiste la alimentación con base en pequeñas plantas y tubérculos, como el yuyo, estrella, poleo, chilangua, papa chilma, papa cun, etc. Con fines de trabajo se utilizan muchas especies, pues todo cuanto usa el Kwaiker como materia prima, procede de su entorno; de este modo, troncos, bejucos, hojas, semillas se transforman en enseres, utensilios, herramientas e instrumentos de producción.

Además del recurso florístico, el Kwaiker emplea con fines alimenticios larvas e insectos como el cuso de plátano, gualpa, calapón, localizados en raíces, frutas o troncos viejos. Es importante la captura de cangrejos de tierra, los que sobreviven por la humedad de la selva que evita su deshidratación.

La caza constituye una actividad fundamental. La fauna es escasa, de hábitos solitarios y tamaño pequeño, que equilibra la baja producción neta de la vegetación. En concordancia con este mismo equilibrio, los animales que más se consumen son aquellos que se reproducen a mayor velocidad. Por consiguiente, aparecen en primer lugar zarigüeyas y ratones, de los cuales hay cuatro variedades importantes. El más apetecido es el ratón puyoso que alcanza 40 cm de tamaño. Los ratones se cazan mediante trampas y su construcción demuestra una gran habilidad y precisión como también un amplio conocimiento del comportamiento animal. Por lo general se procede a cebar al animal hasta que se acostumbra a transitar por la trampa; de este modo, el indígena puede capturarlo cuando lo necesita.

Para la caza de animales medianos se confecciona otro tipo de trampa denominada tepian, que funciona con los principios de balanza; basta un pequeño roce para que se desencadene una serie de pasos mecánicos que atrapan al animal con la mayor precisión y fortaleza. También se confeccionan trampas para capturar aves, pero generalmente esta actividad es más recreativa que propiamente productiva. Además del sistema de trampas mencionado, es frecuente la cacería durante la noche, dados los hábitos nocturnos de la mayoría de los animales; en primer lugar, se levanta el rastro de un animal con la ayuda de los perros; una vez localizado en un árbol alumbran con una linterna o el imbil, para que el destello de los ojos delate la posición, entonces le disparan con escopeta y en ocasiones con bodoquera. Los indígenas conservan otros métodos elementales; uno de ellos consiste en colocar en la ruta de un animal frutos o alimentos que le apetecen; simultáneamente, construyen un escondite llamado talaquera, desde donde observan y proceden a alumbrar para ubicar con precisión el disparo, pues las escopetas son antiguas, de un solo tiro.

La importancia de la cacería se puede comprobar por el hecho de que todos los indígenas portan escopetas antiguas. Recordemos que excepto el maíz, los otros cultivos fueron introducidos por los españoles, junto con los cerdos y gallinas; de este modo, se desprende que la caza ha representado la base fundamental de la supervivencia de los indígenas Kwaiker; por el contrario, ningún indígena utiliza elementos de labranza excepto un machete, el cual constituye la más importante herramienta de trabajo para elaborar todo cuanto necesita.

La pesca es otra actividad importante del indígena; con este propósito fabrican diferentes artefactos como anzuelos, corrales, canastillas, arpones, barreras y katangas, cada uno diseñado para capturar una variedad en especial (particularmente el último, de clara influencia africana, introducido a través de los negros esclavos de las zonas mineras). La época de subienda es en junio, cuando las corrientes bajan de nivel; sin embargo, solo los caudales principales que vienen desde los altos Andes, son ricos en variedades de mayor tamaño, dada la riqueza biológica de sus aguas representada en pesada carga de sedimentos que arrastra. Infortunadamente el uso de dinamita ha puesto en serio peligro la fauna acuática de estos ríos; no obstante, la especie más importante es el sábalo, que alcanza hasta 50 cm de tamaño, y la guaña, una de las tantas variedades del pez gato que permanece adherido a las piedras, por tal razón la pesca común y corriente se realiza con arpón. También emplean otro método muy elemental, usando un artefacto semejante a un embudo hecho de guadua denominado nasa.

Una familia indígena dispone de más de l00 hectáreas de tierra; de este modo la extensión suple la pobreza del medio y compensa las escasas áreas susceptibles de ser cultivadas, que se reducen a las áreas menos inclinadas.

El maíz es el producto principal y se siembra en varias épocas del año, en diferentes partes hasta completar unas cuatro arrobas. La primera etapa del proceso consiste en socolar, o sea eliminar arbustos pequeños y matorrales, para regar el maíz al voleo, luego viene la tumba que consiste en derribar los árboles grandes. En esta etapa de la tala siempre se deja parte del tronco, así muchos árboles retoñan y las raíces evitan erosión y deslizamiento. El Kwaiker no quema ni limpia el terreno, de este modo la materia orgánica descompuesta aporta nutrientes al cultivo, al tiempo que protege el suelo de la lluvia y elimina la pérdida de nitrógeno por la insolación. Esta práctica milenaria mitiga las deficiencias perjudiciales del clima y suelos al eliminar la competencia, pues la luz y nutrientes se canalizan hacia el cultivo y de esta manera la cosecha de maíz es abundante, pero no se puede volver a sembrar en el mismo lugar al menos por cinco años, pues detrás del maíz viene la recuperación natural de la selva; el claro abierto estimula el crecimiento de nuevas plantas, ya que la competencia subterránea entre raíces se reduce temporalmente por la falta de follaje. Además, la degradación de las plantas libera nutrientes que fortalecen los suelos.

La población sufre los graves problemas del extremo pauperismo, ya que el maíz es el único producto comerciable y por tanto el comienzo de una cadena de actividades básicas para la supervivencia. Es decir, la falta de maíz no sólo significa hambre sino el resquebrajamiento de las actividades de mercadeo.

Otro producto importante es el plátano y la variedad de mayor consumo se llama chirario o chiro, que se siembra en un área cuidadosamente seleccionada. El carácter semipermanente del cultivo permite combinarlo con otros productos como yuca y fríjol, logrando producir una estructura de varios estratos que protege el suelo.

Lo importante es que, sin ser el plátano originario de América, alcanzó su máxima difusión entre los indígenas. Los Kwaiker lo utilizan en todas las comidas, en grandes cantidades y la forma de consumo generalizada se llama bala o sea el plátano cocido y machacado hasta formar una masa.

El tercer producto en importancia es la caña de azúcar, que se usa en la alimentación de cerdos, producción de miel, guarapo y chapil; la producción de caña también está afectada por problemas fitosanitarios, pues la ausencia de intercambio y de renovación de variedades, hace que sufra un proceso degenerativo que incide en la baja calidad.

La economía doméstica se complementa con la cría de animales, especialmente cerdos y gallinas.

Dentro de las actividades productivas debemos mencionar la extracción de oro de aluvión, cuya comercialización data de unos 200 años. En las partes bajas de los ríos Nulpe, Güiza y Mayasquer se registra la presencia de buscadores de oro, que provistos de pequeñas dragas (dragonetas) han penetrado en el área Kwaiker. Algunos indígenas trabajan como buscadores y otros transportan insumos para la producción y el mantenimiento de los obreros.

Las actividades antes descritas se fundamentan en un amplio sentido de la organización de las tareas que facilitan y hacen más eficientes las diligencias de subsistencia. En primera instancia, aparece en forma clara una división sexual del trabajo: la mujer asume labores ligadas al ámbito doméstico y el hombre las que se relacionan con la producción directa de medios de subsistencia. Sobre esta base cobra mucha importancia el matrimonio, pues el huérfano y el soltero no pueden subsistir sin integrarse a una unidad productiva.

El Kwaiker responde a niveles de exigencia muy simples, dirigidos al autoconsumo, ya que vive a partir de lo que el medio geográfico le ofrece y no encuentra motivaciones para producir excedentes; así, los materiales que necesita siempre están en su entorno y en la cantidad que requiere; como consecuencia, el tiempo dedicado al descanso o recuperación física, es mayor que el dedicado a las actividades propiamente productivas. Por lo general, durante la mañana una familia indígena utiliza 4 ó 5 horas para recolectar plátanos y revisar trampas; durante la tarde permanecen en la casa y se dedican a elaborar cestería y otros instrumentos de trabajo, actividades que se realizan esporádicamente, de modo que el tiempo de trabajo surge de un balance con el grado de bienestar y de satisfacción de las demandas determinadas socialmente.

Entre los Kwaiker perduran normas sociales igualitarias; al no poder acumular bienes materiales, se inhibe la posibilidad de introducir cambios en las relaciones sociales, así quienes poseen una extensión de tierra mayor, no necesariamente controlan los medios de subsistencia, y si hay sobrantes de comida, solo se establece un intercambio de donaciones.

Existen algunos vínculos de dependencia del indio frente al campesino, utilizando los compromisos de solidaridad que en nuestro medio crea el compadrazgo católico; el compadre Kwaiker crea expectativas en recibir algunos servicios de su compadre, como alojamiento, ropa, utensilios, etc.

Por su parte, el compadre "blanco" saca el máximo provecho de esta relación al usufructuar casi en forma gratuita la fuerza de trabajo no sólo de los padres del ahijado, sino de toda la familia.

El mercado es reducido; los elementos que compra son escasos, técnicamente rudimentarios y no implican un cambio notable en los índices y métodos de producción. Esta situación se mantiene casi sin modificaciones desde el inicio del contacto con los blancos.

Como ejemplo de esta apreciación, una familia Kwaiker de "cultura tradicional" durante 1985, en el total de sus operaciones de mercadeo no alcanza a sobrepasar un monto de 30.000 pesos, lo que nos da una idea del bajísimo nivel de participación en el intercambio comercial; los artículos más frecuentes que el indígena compra son sal y pólvora; con un lapso más o menos anual compra una linterna, machete, botas y algo de ropa para la familia, una buena parte de sus ingresos los gasta en chapil, pues la salida del indígena implica una borrachera.

Organización sociopolítica

El objetivo del indígena es constituir el grupo o unidad económica más pequeña con el máximo de extensión territorial; así cada familia se constituye en un segmento casi independiente y entre ellos debe mediar un espacio que los haga sentir socialmente confortables.

Entre los Kwaiker, al no existir un cuerpo de organización o centralización política expresada en una autoridad visible como un Cabildo, su organización social está diluida en múltiples comportamientos, donde prevalece el principio de reciprocidad. Por ejemplo, ante la ausencia de sanciones legales, juega un papel importante la agresividad traducida en fuertes peleas. Esto sucede cuando los marranos traspasan los linderos, o cuando alguien roba la cacería que encuentra en una trampa, etc. Es decir, la persona perjudicada puede agredir a la otra y su actitud está justificada y aceptada por todos y solo se restablece la relación rota cuando se repara el daño causado.

El control de la densidad también depende de la iniciación de la relación de pareja a temprana edad, ya que los hijos a medida que crecen se convierten en consumidores, sin mayor retribución en términos de fuerza de trabajo. En otras palabras, cada uno debe responsabilizarse lo más pronto posible de lo que consume; de este modo los hombres y mujeres buscan compañera(o) permanente a los 15 ó 16 años. Para obligar a una persona a casarse a esa edad existe un repertorio de sanciones sociales como los chismes maliciosos, en los que se ponen en duda todos los aspectos físicos y morales de la persona.

Por la dispersión de la población, los jóvenes no pueden tener una relación de noviazgo al estilo de la cultura occidental; por este motivo las salidas al mercado, las fiestas patronales y las que se realizan dentro del grupo cobran gran importancia para que se inicie una relación de pareja. Preferiblemente, las dos personas se conocen de vista e intercambian breves charlas, si proceden del mismo lugar. No obstante se admite el origen de una relación que surja de encuentros casuales. Aprovechando el ambiente de fiesta y embriaguez el novio habla con el padre de la novia, a quien le propone irse a convivir en este caso a la región donde vive el padre del novio. El padre de la novia indaga sobre las propiedades territoriales y haberes del futuro yerno, ya que por régimen de parentesco la circulación de las mujeres tiene gran importancia, en tanto que ellas con sus matrimonios contribuyen a ampliar la disponibilidad de tierras en el futuro. De esta manera, el matrimonio no solo implica un vínculo conyugal sino que instaura un intercambio de medios de vida, y de personas entre los grupos bajo un esquema de pautas compatibles con las exigencias de supervivencia.

En condiciones normales el suegro siempre accede a que la pareja se junte y se inicia una relación previa al matrimonio que se llama "amaño". En este período se trata de verificar las calidades del uno y el otro, aunque sin lugar a dudas las exigencias son más rigurosas hacia la mujer, y si al cabo de un tiempo deciden casarse, o seguir juntos, esta unión es absolutamente indisoluble, entonces el padre del novio les asigna un área donde construir su choza y cultivar. El casamiento mediante el ritual católico sé hace generalmente al cabo de un año, aprovechando la misma fiesta en la cual iniciaron el amaño, que puede ser la del Señor de Kwaiker o domingo de ramos, preferiblemente.

El control del tamaño de la familia y la baja densidad conforman un modelo de distribución de la población y desplazamiento en el espacio. Estos patrones suponen una organización interna, cuya finalidad es consolidar el derecho a la tierra, mediante unas reglas de parentesco. El parentesco supone, entonces, alianzas territoriales con implicaciones en las reglas de residencia, propiedad y herencia, es decir, un conjunto de relaciones socioeconómicas que van más allá de las puramente consanguíneas (Godelier, 1980: 26-28). El sentido de dicha relación se fundamenta, en consecuencia, en la necesidad de aumentar la ayuda mutua y promover la solidaridad en la comunidad, al convertirse todos en parientes cercanos. Por tal razón los Kwaiker de un sector se denominan a sí mismos "primos"; en suma, vemos que los mecanismos de cohesión espiritual prevalecen sobre los de dispersión física, lo que implica un orden serial interno.

Como resultado de las alianzas matrimoniales, en cada vereda predominan los dos apellidos que iniciaron dicha relación matrimonial. Existen 8 apellidos Kwaiker: Guanga, Nastacuaz, Taikuz, Kuasalusán, Paí, Bisbicuz y Canticuz; otros como García y Urbano son adoptados por los mestizos.

El parentesco no puede ser reconocido más allá de tres generaciones, que marca el límite de densidad sobre un territorio, de modo que ellos pueden volver a la tierra de sus antepasados cuyo derecho se sigue reconociendo; además, durante el considerable tiempo transcurrido ese territorio se ha recuperado; caso contrario, pueden iniciar una nueva alianza matrimonial en otro lugar menos congestionado.

Obviamente el rigor del parentesco se ha visto violentado por la estrechez territorial. La herencia se trasmite por línea masculina ya que la mujer no hereda y cuando muere el esposo, la tierra regresa al suegro.

Sistema de representaciones

Los Kwaiker se crean temores que perpetúan el aislamiento: la brujería y el mal de ojo tienen mayor efecto con la proximidad, y por tanto el indígena también tiene en su casa o lleva consigo "la contra'" que compra a los indios del Putumayo.

Estas conductas se refuerzan mediante la utilización de códigos copiados de la cultura blanca y la religión cristiana; por ejemplo, es muy común encontrar en los caminos o a la entrada de las casas una cruz de madera, a veces adornada con "ramo bendito".

Los Kwaiker conciben un mundo superior, poblado de seres imaginarios, dotados de poderes especiales; al describirlos, representan su historia, su comportamiento y el de su medio circundante. De todas formas, mitos y creencias no solo intentan explicar la realidad circundante, sino que regulan el orden social y son garantía de la conservación de sus formas de vida. En otras palabras, al no existir una organización política formal, las creencias se convierten en reguladoras de las relaciones sociales, diluidas en múltiples manifestaciones míticas que destacan sus valores culturales.

Tales seres, por analogía, tienen características humanas o de seres que pueblan su mundo circundante, cuya comunicación solo es posible mediante la práctica mágica; ello explica la supervivencia de rituales, entre los cuales los más importantes son: la veneración de los antepasados, la veneración de los muertos y la celebración de honras fúnebres, que implican la creencia en la resurrección, en la vida eterna.

Por lo general todos los indígenas de una vereda saben de la muerte de uno de sus compañeros; al oír el tiro de escopeta que anuncia ese hecho, se repite de casa en casa para que todos se enteren. Cuando se reúnen los vecinos, encuentran el cadáver envuelto con una cobija, sábana o esterilla de chonta y proceden a velarlo con lámparas de kerosene, velas o mechos de imbil. Todos permanecen callados en una actitud de meditación y si alguien sabe rezar lo hace; tal actitud significa creer en el poder mágico de las invocaciones, pues aun sin entender las oraciones católicas, están convencidos de que se trata de palabras sagradas y peculiares, por tal razón la persona que reza es objeto de una atención especial, en tanto que la práctica religiosa da privilegios al que sirve de intermediario entre el mundo real y el mundo mítico.

Desde que se encuentran empiezan a tomar chapil o zhapil, guarapo o chicha y a medida que avanza la noche la actitud silenciosa va cambiando por la charla en voz alta, la algarabía y el baile. A1 amanecer entierran al muerto debajo de la casa; para el efecto cavan una amplia fosa a partir de la cual abren una cámara paralela en la que depositan el cadáver. Este espacio es muy amplio y allí colocan pertenencias como ropa, machete y bastantes alimentos; son infaltables los fósforos, una lámpara y un eslabón para que el muerto haga fuego en la oscuridad y pueda moverse con libertad. La cámara lateral se aisla con un enrejado de tablillas de chonta y se tapa el hueco inicial con tierra. En la cabecera de la tumba se coloca una cruz de madera y sobre ella el sombrero del difunto, otro machete y una higra.

El velorio de los niños se llama chingualo y en términos generales se realiza en forma similar al velorio de los adultos; no obstante, constituye un festejo muy difundido en la costa del Pacífico y, por ende, se trata de una reminiscencia de la cultura africana dentro de la comunidad Kwaiker.

Por lo general a los 12 meses de la muerte, el cónyuge invita a las honras fúnebres, denominadas también honras de año. Esta reunión se prepara cuidadosamente, pues constituye una fiesta social muy importante, que aglutina a toda la población, con la expectativa de compartir juntos bebida, comida y baile, conformando un acto muy importante para una comunidad dispersa. Algunas veces se paga una misa en el pueblo, a la que asisten los familiares y amigos más cercanos, luego regresan a la casa donde los invitados esperan y al atardecer se dirigen en grupo a la tumba; la marcha es silenciosa y se hace con sigilo; cuando se han aproximado lo suficiente, el que encabeza la marcha dispara un tiro de escopeta, para "despertar al muerto" y llama al espíritu para que los acompañe a la casa durante la fiesta; este hecho se simboliza llevando unas pertenencias del muerto. El traslado se hace al son de la marimba, bombos, etc.; ya en la casa se toma y baila hasta la saciedad y con el fin de mantener despiertos a los asistentes, se disparan continuamente tiros de escopeta y utilizan un garabato de madera con cabo, para alcanzar al que esté dormitando; también realizan un juego denominado gallinazo, que consiste en meter al fuego una higra, la cual se retira inmediatamente y se sacude sobre la cabeza del somnoliento.

La persona quemada debe responder haciendo lo mismo y así se generaliza el juego hasta involucrar a todos los asistentes; de este modo se propician coqueteos y roces corporales entre los jóvenes. Lo anterior se complementa con el ir y venir de chistes y mofas cordiales sobre alguien o algo; hablan en su propio dialecto, empleando un lenguaje coloquial y una actitud informal para comentar las conductas correctas o desviadas de las personas. El sentido de estas actividades es incorporar la reacción social a ciertas formas de conducta y así mantener los valores normativos; con la embriaguez aumentan los reclamos mutuos y generalmente se termina en agresiones personales.

Las honras fúnebres también se convierten en un requisito que modifica el estado social de un individuo, ya que el casamiento inmediato después de la muerte del cónyuge es censurado; por este motivo, la fiesta de honras combina la veneración del muerto con el dejar en libertad al viudo para contraer nuevas nupcias.

Es costumbre de los indígenas varones acostarse cuando la mujer va a dar a luz a un hijo. La madre debe atender por sí misma el parto fuera de la casa, mientras su marido presenta todos los síntomas característicos de ese estado; posteriormente permanece "delicado", lo que le impide levantarse por un tiempo, durante el cual es objeto de cuidados especiales que le brinda la esposa.

Para el indígena, la couvade es un acto necesario tendiente a preservar al recién nacido de posibles maleficios. En este sentido, la couvade tiene una profunda significación cual es tratar de engañar a los espíritus malos que operan a través del cuerpo de la madre y afectan al niño; así, le corresponde al hombre asumir el papel de la mujer dando a luz. Para que el "embuste" funcione perfectamente, el marido se apropia del papel, física y psicológicamente, hasta entrar en un trance, en el cual efectivamente siente dolores, gesticula y se angustia con las características típicas de un parto.

Estos rituales de "inversión" son similares a los disfraces usados en carnavales, o al hecho de colocarse caretas para representar otro personaje, muy útiles en los ceremoniales de hechicería. Por el grado de interiorización de esta práctica, es difícil establecer hasta qué punto subsiste entre los Kwaiker la couvade, drásticamente censurada y castigada por los extraños al grupo.

Entre las creencias que sobreviven está la del chutún; se describe como un animal de figura antropomorfa con una inmensa cara redonda parecida a un sol brillante que se introduce en el cuerpo de las personas cuando se encuentran "vagando por el monte".

Los síntomas del chutún son dolores de cabeza e intenso resfrío que "mantienen al enfermo calentándose en el sol". Reconocidos los indicios y señales de su ataque, inmediatamente se llama al curandero tradicional, quien lo pulsa, después medita un poco y decide si es el chutún el causante del mal; luego charla con los familiares del enfermo, para llegar a un arreglo; del éxito obtenido en sacar al chutún del cuerpo, dependen varias cosas, como el monto del pago en especie y lo que es más importante, su prestigio en el grupo; si fracasa, se pone en duda su capacidad de curandero.

El tratamiento se realiza a las cuatro de la tarde de 3 a 5 días seguidos; en cada ocasión el curandero frota el tórax con tabaco y chapil, elementos considerados con poder mágico; esta operación se repite varias veces, ya sea soplando sobre el cuerpo dichas sustancias o rociándolas con un manojo de ramas; también le hace pintas y rayas en la cara utilizando achiote. Posteriormente, lo lleva fuera de la casa, cerca de una mata o arbusto, donde permanecen juntos, pero no se puede observar las actividades que realizan; luego regresan a la casa y el curandero se queda fuera, en actitud de rezar, aunque tampoco se sabe o se entiende las oraciones que pronuncia (Levi-Strauss, 1980: 168).

El último día se extrae definitivamente el chutún, con la asistencia de familiares y vecinos de la vereda. Cuando se inicia la reunión, el enfermo se sienta y observa el transcurrir de la fiesta: todos beben, comen, bailan y cada vez la algarabía es mayor. El curandero solo bebe; esta actitud simbólica conduce a demostrar que la fortaleza del poder mágico se paga con restricciones y sacrificios; con su disciplina, enseña a todos que la abstinencia no se debe ver como una privación, sino como una forma de acumular poder.

Se puede comparar con una audiencia pública, en la que nadie personifica al juez y todos son jurados de conciencia. Allí se sabe quién está cometiendo adulterio, cuál de las mujeres jóvenes "ha sido tocada", o sea, ha perdido la virginidad, cuál de los hombres está deseando a su entenada, etc. En este sentido el chutún tiene más trascendencia que una simple celebración o fiesta; da la oportunidad de reforzar los códigos morales y de comportamiento del grupo, y la manera de mantener cohesionada parte de su identidad cultural. La vigilancia que todos observan sobre todos, se convierte en una forma de frenar los excesos, el incesto, el irrespeto a la propiedad personal y el patrimonio de la comunidad.

Una creencia bien difundida entre los Kwaiker y compartida con distintas culturas, es "el mal de ojo" que puede ser voluntario o involuntario; en el primer caso, se atribuye a un individuo con poderes especiales, quien ejerce una acción de brujería; el segundo se produce en forma inconsciente. De todas formas, el mal de ojo aparece siempre enmarcado en una diversidad de sentimientos, por los cuales una persona se hace acreedora a ese sortilegio: envidia, celos, venganzas, etc., son motivos para "ojear" o quedar "ojeado". Entre los Kwaiker, el "ojeamiento" casi siempre procede de los blancos; por esta razón, nunca le sostienen la mirada; tal fenómeno es en el fondo otra forma de rechazo y la negativa a iniciar una conversación. Esta actitud hostil contribuye a alejarlo del campesino, a mantener dispersa la población y en la práctica pretende reproducir las condiciones de subsistencia. Al igual que los otros mitos, proviene de causas objetivas, como aprensión que cada quien debe guardar frente a los demás.

Los elementos mágicos de alto poder que evitan y contrarrestan el mal de ojo y otros maleficios, los compran a los indígenas del alto Putumayo, llamados genéricamente "Sibundoyes". Estos medicamentos pueden ser hierbas, partes de animales, piedras y semillas que se usan para hacer bebidas o talismanes; entre ellos se destacan la cabalonga, anillos de acero "rezados" y sustancias exóticas como el azufre. Además, el Kwaiker también posee objetos protectores propios de su cultura: dientes de tigre, guatín o conejo y vegetales como cedrón, llantén y tabaco, al cual le atribuyen un alto poder. Cada medicamento se usa de manera específica: o se frotan o se beben; cualquiera sea la forma de tratamiento, es infaltable que vaya acompañado de una cruz para echar bendiciones al cuerpo.

Entre los Kwaiker al parecer hay lugares asociados al agua, que producen efectos benéficos o purificantes y se piensa en ellos como fuente de poder. Ya mencionamos la curación del chutún, que finaliza con la inmersión del enfermo; también se da la costumbre de meter a los recién nacidos en el agua.

Un ritual de purificación poco conocido se denomina guairo, "fiesta de ropa", y se hace al marido cuando queda viudo o a uno de los familiares cercanos. Consiste en meter a éste en el río, acompañado de unas cinco personas quienes lo bañan, le dan consejos sobre buen comportamiento y le hablan de las virtudes del muerto para que lo imite.

No obstante lo anterior, el agua también alberga muchos misterios, espíritus antropomorfos, asociados a parajes desolados y hondonadas agrestes por donde corre ("duende" y cueche, son algunos de ellos).

Cuando un indígena se siente transgresor de una norma, ya sea porque se emborrachó, se demoró demasiado, se durmió en el camino, etc., generalmente aparecen ciertos malestares que inmediatamente asocia con algún tipo de maleficio; a veces dicen que "los ha orinado el cueche':

La mencionada leyenda se oye muy poco en la actualidad; sin embargo, muchos coinciden en decir que sale de un remanso del río, donde surge un inmenso ojo que proyecta el arco iris y cae sobre otro ojo en un lugar distante; de todas formas, si alguien se encuentra en el sector de origen del cueche puede morir.

El Señor de Kwaiker representa la máxima expresión religiosa para indígenas y campesinos del lugar; se trata de una talla de madera, que como muchas imágenes fueron introducidas por los conquistadores y/ o misioneros en la época colonial; probablemente procede de Quito (Cortez, 1971:22), desde donde se proyectó la tarea evangelizadora para esta región.

La leyenda de su "aparición", por hacer parte solo de la tradición oral, se está perdiendo paulatinamente. Según ella, el Señor de Kwaiker se apareció a dos indígenas en un potrero llamado "El Campanario", al pie de una palma china. En el sitio de la aparición, se construyó una capilla, que obviamente se convirtió en centro aglutinador de la población, ya que alrededor de ella se levantó un caserío denominado Kwaiker, por estar junto al río del mismo nombre; allí aparecieron simultáneamente la autoridad religiosa y la autoridad civil. Posteriormente, se estableció una fecha para conmemorar anualmente la aparición y reunir voluntariamente la población dispersa y aun la que ha huido por el maltrato o la alta tributación exigida.

Dentro de las fiestas religiosas la Iglesia establece una forma de garantizar los recaudos mínimos, para lo cual se nombran los fiesteros, llamados pendoneros, costumbre institucionalizada en la época de la Colonia por el capitán español Diego de Galíndez, por el año de 1520. Efectivamente, el honor de ser pendonero les costaba a los indígenas por lo menos la mitad de su patrimonio y el trabajo de un año. La fiesta del pendón no era exclusiva del Señor de Kwaiker, y se extendía a las celebraciones obligatorias dentro del calendario de la Iglesia Católica, además de otras de carácter local, de acuerdo con la predilección de los grupos misioneros que llegaron al lugar.

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El carcaj para portar dardos, la cerbatana, las flechas y trampas hacen parte de las ingeniosas técnicas de caza y pesca de los Kwaiker. Entre los instrumentos musicales se encuentran los wasá de caña y el cununo de madera ahuecada con membrana de cuero, adoptados de culturas vecinas.

Cambio cultural

El origen del grupo es incierto, pues el andén litoral de Nariño y el norte ecuatoriano estuvieron ocupados en la época prehistórica por la cultura Tumaco, la cual presenta gran similitud con las de Mesoamérica, (Ochoa, 1983:99-103; Arango, 1963:136-137; Lehmann, 1966:115); no obstante, los hallazgos arqueológicos solo datan de unos pocos siglos después de Cristo, sin que se tengan noticias del desenvolvimiento de la región en los tiempos precedentes a la conquista europea. Los españoles que penetraron en el área alrededor de 1525 sólo encontraron en la región grupos seminómadas con un menor grado de desarrollo y las comunidades del altiplano Andino. Dichos grupos tenían gran afinidad cultural al compartir un mismo ecosistema; los conquistadores los llamaron a todos Barbacoa por el estilo de las viviendas, pero muchas tribus recibieron el nombre de los ríos donde se asentaban: Sindagua, Telembí, Barbacoa e lscuandé; más específicamente en la zona que hoy ocupan los Kwaiker, aparecen los Nulpe, Puntal, Pialpie, Mayasquer y los propios Kwaiker; todos, poblados y encomendados en centros mineros.

Estos hechos relacionados con la explotación aurífera instauraron el traslado de la población indígena, por tanto se puede inferir que la población Kwaiker actual es un reducto de varios grupos del área, especialmente Sindagua, lo que se demuestra al comparar los apellidos en el expediente que registró su castigo en 1630 ("Antes que anotar el Gobernador de Popayán a su Majestad en su Real Consejo de los Indios sobre el castigo que se ha hecho a los Sindagua, gente caribe y/o comedora de carne humana") (A.G.I., Quito, legajo 16).

Como es obvio, al área también llegaron los agentes de evangelización y encomiendas, permitiendo el surgimiento de varios caseríos, entre ellos Asunción de Nuestra Señora de Kwaiker, hoy Kwaiker Viejo, donde se supone existió una alta concentración de indígenas y por ende autoridad civil y religiosa impuesta por los españoles. Dichos caseríos, entre ellos Altaquer, San Pablo (hoy Ricaurte), Chucunés, Mallama, estaban llamados a perdurar por ubicarse en la vía que conduce al puerto de Barbacoas sobre el río Telembí, considerado el más importante centro minero hasta comienzos del siglo XX, situación que implica un paulatino crecimiento de las actividades comerciales entre el puerto y la ciudad de Túquerres, proveedora de productos agropecuarios para toda la población costera, dedicada casi con exclusividad a las actividades de extracción de oro de aluvión.

Rápidamente Barbacoas se convirtió en un Centro de riqueza y puerto de gran importancia regional, debido al aislamiento del sur con el resto del país. Gracias al puerto, en aquella época se facilitaba más traer una mercancía de Londres que de Bogotá a Pasto, lo cual impulsó la construcción de un camino de herradura entre dicha ciudad y Túquerres.

El 10 de agosto de 1891 llegaron a las orillas del río Telembí los primeros caballos, dando inicio a la era de la recua, que agilizó la comercialización de productos entre el altiplano y las áreas mineras de la costa. Además, los estímulos concedidos a los constructores del camino permitieron un mayor desarrollo de los caseríos ubicados en el flanco derecho del río Güiza por donde se trazó la nueva vía; de este modo, la colonización presionó con violencia la zona indígena; a la vez se propició la evolución del grupo Kwaiker con diferentes grados de aculturación, que en la actualidad presentan diferencias interétnicas. Algunos decidieron quedarse trabajando como peones, en el mantenimiento del camino o como cargueros y poco a poco fueron asimilados por el mestizaje cultural y racial. En la actualidad este grupo constituye el 30% de la población Kwaiker y se comporta en forma similar al campesinado parcelario.

Otros indígenas se retiraron a sectores relativamente cercanos, siguiendo la cuenca de los ríos Gualcal y Vegas, en ese entonces aún distante de la población radicada en el camino. Hoy prácticamente comparten esta zona con campesinos y, por consiguiente, es un área de conflictos potenciales que alberga el 35% de los Kwaiker o sea unos 1.500 indígenas. Especialmente en el río Vegas predomina la mediana propiedad, que si bien permite el cultivo de productos básicos, imposibilita la utilización de otros recursos tradicionales en la supervivencia del indígena como cacería y pesca. El resto de población indígena, por estar ubicados en áreas inaccesibles y alejadas, no sufrieron en forma directa la invasión blanca; constituyen el 35% restante y ocupan la cuenca de los ríos Nulpe, Cungupí, Canumbí, Albí, Cuembí y un flanco del río San Juan, en Colombia; esta área también recibe una población indígena procedente de las zonas congestionadas, aunque muchos se han trasladado al Ecuador, que constituye el frente más reciente de ocupación Kwaiker, donde la población llega casi a 1.000 habitantes. Este reducto, por estar alejado de la carretera, aún conserva gran parte de sus expresiones culturales auténticas y por consiguiente allí se concentra la información de esta síntesis.

De todas formas es interesante analizar por qué después de varios siglos de evangelización, la mentalidad mágico-religiosa del indígena sigue casi inquebrantable. A nuestro modo de ver la razón radica en que las creencias de la religión católica no tienen relación con el mundo mítico del Kwaiker; no le hablan ni hacen referencia a sus vivencias.

Los elementos negativos introducidos por la iglesia y maestros de escuela que problematizan aspectos de la vida de los indígenas propios de su cultura, como el amaño, la desnudez, el ocio, etc.; el proceso de evangelización y de enseñanza así concebido forma individuos avergonzados de su propia identidad, abochornados de su idioma, de su forma de vestir; en suma, indígenas anulados por un sentimiento de inferioridad, que los inhabilita para defender sus derechos en grupo o individualmente, tal como ha ocurrido con los Kwaiker. No obstante, es saludable verificar que últimamente algunos ministros de la Iglesia en Llorente y Altaquer están realizando labores conducentes a reivindicar el derecho de los indígenas a tener sus propias manifestaciones culturales, lo mismo que a contrarrestar la explotación que sufren bajo diferentes formas.

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