Hubo allí un planteamiento muy sacudidor. Recuerdo Cómo me
impactó lo que dijo el antropólogo
Gerardo Reichel-Dolmatoff Me hizo ver que la evangelización tal
como se estaba llevando a cabo en el continente, era simple y
llanamente una destrucción de culturas y una acción
dominadora.
La angustia que me produjo aquel planteo que se descubría ante mi
fue grande, Yo estaba sentado entre los obispos de Guatemala,
Flores y Girardí. Formábamos un grupito entre los obispos invitados
a Melgar, todos de zonas misioneras indígenas. Y cuando Dolmatoff
hizo ver que las culturas indígenas tenían una trayectoria
milenaria y una unidad que exigía respeto también de parte de
nosotros los obispos; que esas culturas eran el caminar milenario
de pueblos para llegar a configurar una forma de pensar, de ser, de
articularse dentro de la sociedad, y que la repercusión de un
cambio, de una modificación hecha desde el exterior traía una
reacción en cadena, destructiva, me quedé con una gran
preocupación.
Me dejó aturdido, confundido, el planteamiento aquel. Pensé:
Si lo que queremos es el cambio de religión, que dejen de ser
paganos para ser cristianos...
Recuerdo que le di un codazo a monseñor Flores, lleno de coraje y
le dije: Mira, antes eran los teólogos y juristas los que nos
decían que debíamos tener teólogos y peritos en derecho para ser
obispos. Ahora resulta que son los sociólogos y los antropólogos
los que nos tienen que decir cómo hacer nuestro
trabajo.
Me paré y le pregunté al antropólogo: En las culturas
indígenas que usted conoce hay cosas secundarias y elementos
primarios. ¿La religión es algo secundario o algo
fundamental?. Dolmatoff me respondió: En todas las
culturas indígenas que yo conozco, la religión es un elemento
definitivamente aglutinante de todos los factores
culturales.
Me senté lleno de desesperación y con una cantidad de interrogantes
en la cabeza. Me quedaba una incógnita terrible: Entonces,
¿qué cosa era evangelizar? ¿Era destruir culturas? ¿Debía yo
sentarme a contemplar las culturas o hacer que revivieran en su
esplendor precolombino? ¿Por qué permitió Dios la existencia de
tantas culturas? ¿O ha dejado que existan para ser destruidas? El
mismo nació y abrazó una cultura determinada llegando incluso a
hablar el dialecto de los nazarenos del rumbo de la
Galilea.
A fin de cuentas, la pregunta que me atormentaba era qué cosa
significaba evangelización, ante esa situación?. Al otro día,
Gustavo Gutiérrez [obispo peruano muy importante a finales de los
sesentas, quien tomó parte activa en el planteamiento de la
teología de la liberación] nos hizo un resumen simple
del documento Ad Gentes y de la postura misionera del Concilio
[Vaticano II] .Y ahí estaban las respuestas a esas interrogantes
que yo y otros obispos teníamos, y que han formado parte nuclear de
las reflexiones subsiguientes en el Departamento de Misiones del
Celam.
Posteriormente, en la reunión de Xicotepec (Puebla, 1970) durante
el Encuentro de Pastoralistas, Indigenistas e Indígenas volvimos a
abordar el asunto, en el sentido de una visión positiva de las
culturas que nace de un nuevo concepto de rebelión (semilla del
Verbo), a partir de lo cual dicha visión pasó a ser parte
permanente de la reflexión y planteamiento teológicos en México.
Toda esa reflexión está recogida fundamentalmente en el libro
Fundamentos teológicos de la pastoral indígena[1].
Debido al ahínco con el cual el Obispo de Chiapas se refirió a
Melgar y a la intervención de Gerardo ReichelDolmatoff,
Carlos Fazio le preguntó para terminar;
- ¿Se puede concluir que Melgar y Dolmatoff actuaron como una
línea divisoria desde el punto de vista de su discernimiento?
El obispo respondió;
- Creo que sí. Porque aunque ya estaban en el Concilio las
respuestas a los planteamientos, no las habíamos asimilado.
Dolmatoff cuestionó la pastoral que teníamos en el subcontinente,
de una herencia donde evangelio y cultura están en una
identificación y se imponen... Yo había pasado por ahí pero no
había profundizado las respuestas. Por lo tanto, despertamos a un
momento interesante.[2]
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A través de las palabras de monseñor Ruiz se puede descubrir el
impacto que ejerció el pensamiento de Gerardo
ReichelDolmatoff sobre la visión que tiene la Iglesia
Católica de su papel misionero en América Latina. Su influjo
alcanzó al continente africano, donde los antropólogos se valieron
de su texto para presionar un cambio en las actitudes de los
misioneros católicos. Ante todo, la exigencia que hacía
ReichelDolmatoff a los obispos para que respetaran a los
indígenas como creadores y como filósofos caló hondo en algunos de
ellos. Muy pocos antropólogos han logrado tanto: Gerardo
ReichelDolmatoff era, ante todo, un maestro.
En 1963, junto con su esposa, fundaron el Departamento de
Antropología de la Universidad de Los Andes, en Bogotá, el cual
gozó del gran prestigio internacional que tenían por entonces sus
fundadores. Fue profesor y director de esa escuela basta 1968,
cuando publicó la primera edición de Desana: Simbolismo de los
Indios Tikano del Vaupés, cuyo método y propuestas novedosas lo
consagraron como uno de los más importantes etnólogos del mundo.
Ese año renunció a su cargo en la dirección del Departamento de
Antropología en la Universidad de Los Andes, lo cual constituyó un
hecho muy importante en su vida. Desde entonces, tomó la decisión
de separarse para siempre de la vida social de la
antropología colombiana y se dedicó a trabajar con más ahínco que
hasta entonces, llegando a realizar una de las obras científicas
más impresionantes de Colombia y, sin duda, la obra completa más
extensa, sobresaliente y mejor conocida en el mundo, de las
ciencias sociales Colombianas.[3]
Como ocurre con poca frecuencia, Gerardo ReichelDolmatoff
recibió muchos honores durante su vida. Fue premiado con varias
condecoraciones en Francia, Austria, Inglaterra, Estados Unidos y
Colombia. En 1975, le fue entregada la Medalla Thomas Henry Huxley,
del Royal Anthropological Institute de Inglaterra, una de las
máximas distinciones académicas de la antropología mundial. Su
lectura para la recepción de esta medalla, titulada Cosmology as
Ecological Analysis, se publicó en la revista Man, y le otorgó un
mayor renombre internacional. También fue invitado varias veces
como conferencista central a eventos internacionales en Europa,
Estados Unidos y Sur América. Pero las distinciones que más lo
emocionaron fueron los doctorados Honoris Causa, concedidos por la
Universidad del Atlántico, en 1958, la Universidad Nacional de
Colombia, en 1987, y la Universidad de Los Andes en 1990.
Era respetuoso de sus opositores, pero no era tolerante. La
tolerancia es una forma de aceptar la mediocridad. Amaba la
confrontación inteligente, como esa que mantenía durante años con
los sabios indígenas o con algunos de sus colegas más irreverentes.
La soledad era su compañera y la única posibilidad para entregarse
de lleno a uno de los deleites de su vida: leer, leer con ansiedad
y mantenerse al tanto del desarrollo mundial de las ciencias, en
particular de las sociales. Siguió de cerca la carrera de algunos
intelectuales que le llamaban mucho la atención:
Eric Neumann (estudiante de Jung), François Jacob (el genetista),
Luís Gernet y Marcel Detiene (historiadores),y el físico Fritjof
Capra, a quien conoció en la Universidad de California y de
inmediato reconoció como uno de los grandes de este fin de siglo.
Siempre encontró tiempo suficiente para extasiarse en la historia
del arte y en la lectura de la poesía inglesa y francesa.
El profesor ReichelDolmatoff fue un modelo de científico
honesto y consagrado. Para él cada nueva escritura era un nuevo
ensayo para enseñar la realidad desde otra perspectiva y cada nueva
descripción era una nueva interpretación del mundo. Siempre estuvo
consciente de que necesitaba repensar los mismos temas cada vez que
descubría una nueva razón para hacerlo. Como antropólogo, fue un
convencido de que la diversidad es la garantía del futuro. Cada uno
de sus escritos es un esfuerzo para demostrar que en la diferencia
radica la gran fortaleza de la humanidad. Por eso, siempre
experimentaba una gran ansiedad por conversar, por intercambiar con
el otro puntos de vista sobre el mundo natural o sobre la
conciencia. Lo hizo durante años con los sabios indígenas y buscaba
hacerlo cada vez que encontraba un interlocutor que podía contarle
algo nuevo acerca del mundo, Amaba las preguntas y podía dedicar
horas para construir una respuesta. Su lenguaje era poderoso. Era
un verdadero teatro de imágenes y sentidos, de significados y
conexiones que maravillaban por su maestría; es decir, por su
sencillez. Como ocurre siempre con los grandes seres humanos, los
demás no pudimos caminar a su ritmo y necesitaremos muchos años más
para acabar de leer, de entender, y de asimilar haciendo nuestras,
las ideas de libertad y de respeto que Gerardo
ReichelDolmatoff repitió sin cansancio a través de sus
escritos. Murió en Bogotá en mayo 1994. Sus restos reposan cerca de
Medellín, en una capilla benedictina.
En la historia de las ciencias sociales en Colombia, hay un
capítulo aún por escribir: el de las mujeres de la ciencia. En el
caso de Gerardo ReichelDolmatoff, su obra completa y su vida
fueron una sinfonía a cuatro manos con Alicia Dussan, su colega y
esposa. Es imposible referirse a la vida y obra del maestro sin
tener que eludir mencionarla a ella a cada paso. Ella fue amiga y
compañera en todas sus empresas, refugio y consejo en sus momentos
difíciles, guerrera altiva y convencida de todos sus proyectos.
Ella fue el eje sobre el que pudo mantenerse su familia cuando él
se desprendía de este mundo para conectarse con los dioses. Ella
fue su interlocutora más inmediata y su primera crítica. Ella ha
sido su colega. Nada puede decirse acerca de Gerardo
ReichelDolmatoff que no la incluya a ella. Tendremos pronto
que descubrir su propia obra y evaluar con justicia su aporte a la
que hicieron juntos. Nos falta descubrir a esa Alicia, pionera de
la antropología, lejos de la luz ensombrecedora de su esposo. Sería
injusto no mencionar aquí también a sus cuatro hijos, René, Inés,
Elizabeth y Elena, quienes tuvieron que entregar muchas horas que
debían ser suyas, para que los demás seres humanos pudiéramos
disfrutar de la creatividad y el trabajo de sus padres.

