Castas, mestizaje y blanqueamiento

Buscando un marco de interpretación para la sociedad de la época colonial, en una periodización histórica socioeconómica de ciclos de minería, con agricultura y comercio, Germán Colmenares (1982) muestra el origen de las diferenciaciones sociales. Dos pilares parecerían sustentar el orden de tal sociedad: las circunstancias de la conquista como una empresa que vinculó el Atlántico a la red comercial que unía a Europa, África y América a través de la cuenca mediterránea (1982: 229) y el privilegio institucionalizado que le fijaba a cada participante un estatus. Con todo, añade el historiador, semejante estratificación fue desbordada cuando la encomienda cayó en decadencia y la competencia profesional en actividades económicas entró en juego. El reclamo de sitiales sobre esta base en la nueva sociedad marcó entonces los perfiles de la ubicación social. Así, el tope horizontal del escenario colonial una vez que la preeminencia de los descendientes de los conquistadores había concluido, aparece compartido por mineros, terratenientes y comerciantes aliados todos con descendientes de la burocracia imperial. Debajo de éstos en una verticalidad de variadas condiciones están los indígenas encomendados, los esclavos negros y los peones malamente pagados o compensados. Esta división vertical de la sociedad basada en una sujeción de origen racial se expresa en una dualidad étnica-cultural que persiste a lo largo del período colonial y se convierte en los cimientos de un orden social de castas. Efectivamente, la confrontación entre europeos, indígenas y negros esclavos africanos en un primer momento constituye una polaridad, que con el transcurso de las circunstancias en el siglo XVIII empieza a designar como castas a aquellas gentes resultado de combinaciones genéticas que empezaron a mostrar matices fenotípicos variados.

Al comienzo de la colonia el término casta se había usado para señalar la tribu o el lugar de origen de los esclavos negros. Así eran negros de casta congo o bien biafra o lucumí y a la vez podían especificarse como bozales si eran recién llegados del África con su lengua o lenguas nativas. También se les llama negros de nación, africanos de nacimiento, y si estaban bautizados y tenían algunas experiencias europeas se volvían ladinos. Desde luego que a comienzos del siglo XVII en Cartagena, no sólo era posible ver africanos recién llegados, ladinos o bozales, que fuera de sus lenguas africanas debían conocer el idioma criollo afroportugués (Megenney 1982), sino que ya había negros nacidos en las Indias, a quienes se les denominaba criollos o con cualquiera de los muchos apelativos que hacían hincapié en las cualidades o defectos físicos, y también en el grado de pigmentación de la piel.

Con el tiempo, el vocablo casta empezó a usarse de manera despectiva para señalar a aquellos que no eran blancos y por ende especificar las mezclas genéticas y más tarde en el siglo XVIII sirvió a las mismas castas para reclamar una posición socioeconómica en ese escenario de dominio blanco-español. Resultaron entonces mulatos, zambos, tercerones, cuarterones y hasta quinterones, que ya eran otra vez blancos. Aquellos que genéticamente se aproximaban al quinterón, pero volvían a tener hijos con un cuarterón o con un mulato, eran signados como tentenelaire el primero y como saltatrás el segundo. Y para designar a un zambo o a un mulato libres, apareció el término pardo. Desde luego, que frente a todas estas castas se alzaban, en Cartagena y en toda la Nueva Granada, los chapetones o españoles y sus hijos, a quienes se reputaba como blancos criollos. En esta taxonomía, el fenotipo preponderaba sobre condiciones sociales, económicas o religiosas. La cuestión racial era de tal monta, que aún los grados de mezclas entre blancos y la combinación de éstos con descendientes de negros y blancos o de negros e indios y blancos se expresaban en una gama de términos a la vez que en dibujos y pinturas costumbristas que en sus leyendas registraron las líneas de la sociedad de ese tiempo (Friedemann y Arocha 1986).

Entonces las castas eran categorías de gente que sin ser blanca aspiraba o andaba en la senda de lograrlo. La referencia a " lo blanco" en las clasificaciones de cuarterones, quinterones o tercerones o la ausencia del mismo en el caso del zambo, indio o negro es bastante explícita. El mestizaje que fue así sustento en la construcción de la sociedad de castas cuyo tope ideal era ser o convertirse en blanco, llevaba implícita la ideología del blanqueamiento. Que a su vez se convirtió en un proceso sociogenético. Dentro de éste entonces, pasar de una casta a otra requería una sucesión de generaciones y no pocos sinsabores. En 1787, por ejemplo, en Santa Fe de Bogotá un don Ignacio de Salazar declaró que " viniendo de gente honrada limpia de toda raza de Guinea" entablaba querella contra su propio hijo Juan Antonio por haber contraído " matrimonio de secreto" con la joven Salvadora Espinosa de calidad mulata. El padre percibía el daño social de este matrimonio en su persona y en el porvenir social de sus hijas quienes " temía no encontrarían esposo de su misma categoría" (AHNC. Misc.).

Así, el proceso de mestizaje no fue homogéneo ni en el período colonial ni en los años posteriores a la abolición de la esclavitud. Además, el ímpetu de unas actividades económicas específicas en regiones particulares contribuyó a una distribución geográfica desigual de elementos indios, negros y blancos, que se concretó en procesos de territorialidad étnica. El antropólogo Peter Wade (1991:41- 68) se refiere al hecho, en términos de una " regionalización de la raza". En efecto, siguiendo el modelo propuesto por Colmenares (1982), se observa que los ciclos de oro arrastraron cuadrillas de esclavos negros a las regiones antioqueñas y luego a las del litoral Pacífico. En las primeras, el número de blancos en relación con el de negros y el estilo de colonización (Parsons 1979) propició una amalgama activa cuyo resultado en términos sociales y fenotípicos sumergió la especificidad del negro y del indio en lo que más tarde se denominaría " la antioqueñidad", una expresión política de etnicidad como sustento de regionalismo en la nueva nación.

Pero en el litoral Pacífico, la escasez de los blancos y el derrumbe demográfico de los indios y su migración hacia las cabeceras, propiciaron en la Colonia la inserción demográfica de una población negra que paulatinamente le cambió el rostro indio al litoral Pacífico y convirtió la región en un territorio de dominio demográfico negro.

En el valle del río Cauca, en el siglo XVII las haciendas de trapiche y de ganadería reclamaron el uso masivo de esclavos como mano de obra, la cual fue surtida muchas veces por cuadrillas procedentes de las minas del litoral. Descendientes de estos trabajadores se asentaron al borde de las haciendas y más tarde constituyeron pueblos que hasta el presente muestran una concentración socioétnica negra. Aquí vale considerar la migración que hace hoy parte de urbes como Cali y Popayán, a partir de estas fincas familiares o del proletariado de la caña en este siglo.

En los territorios de la costa Atlántica, la evolución de una economía de haciendas señoriales con ganado y agricultura (Fals Borda 1984: 69) y la existencia de una diversidad de trabajadores pobres blancos, colonos, concertados, terrajeros con la presencia de negros esclavos, libertos y cimarrones responsables mayormente de la formación de hatos propició un mestizaje ágil. De tal magnitud que aunque existen sectores de concentración demográfica negra, podría considerarse que allí el mestizaje se ha aproximado más al ideal triétnico de una mezcla racial en la cual negros, indios y blancos habrían perdido su pigmentación y rasgos fenotípicos específicos adquiriendo una nueva expresión. Desde luego, que de acuerdo con Peter Wade (1991) en Colombia todas las instancias del mestizaje están mediadas por una jerarquía del color y de la raza, estimulada ésta por la fuerte superposición del orden racial con el de la clase social en la pirámide: los negros y los indios han seguido en la base y en el tope continúan los " blancos".

En la Colonia, en ciudades y pueblos donde el mestizaje fue activo, el goce de ventajas y privilegios basados más en la supuesta cualidad de ser blanco se reclamó y se ejerció con vigor. Ser mulato solamente tenía ventajas frente al negro, porque el primero ostentaba mezcla de blanco. Pero ser llamado mulato o zambo era denigrante y ofensivo. Entonces, aquellos que consideraban que ya habían avanzado hacia el color blanco, reclamaban tal reconocimiento. Así, se registraron numerosos pleitos en los cuales un individuo se defendía de la acusación de otro que lo señalara como mulato o zambo, porque el primero ya se consideraba blanco. Para el efecto, mediante testimonios, algunos lograban probar " la limpieza de sangre" que tenían, es decir que no estaban impregnados de negro o de indio.
En este orden social de castas, tanto derechos como deberes estaban establecidos. Aquellos " limpios de sangre" desempeñaban trabajos considerados nobles, como el ejercicio de la jurisprudencia, cargos en las oficinas públicas yen la iglesia. En otras palabras, la burocracia era oficio de nobles. Y todos los trabajos manuales eran labores innobles propias de pardos, mestizos y otras castas (Jaramillo Uribe 1969). Como a las que en el siglo XVIII en la Gobernación de Popayán se las conocía con el nombre de plebeyas. Eran aquellos comerciantes que acudían a los corrales de las haciendas a comprar ganado vacuno para convertirlo en carne salada, transportarla y venderla para abastos de las minas. Se les llamaba montañeses o mestizos y monteras. Y debían vestir calzones de pana o de una tela de algodón llamada portomahón, de color azul o amarillo y chaqueta del mismo género. Esta norma de vestido como muchas de cortesía en el saludo, en el sitio de oración en la iglesia fueron claros marcadores sociales de casta. El terrateniente y amo por ejemplo, usaba balandranes que eran sobretodos de seda sueltos, con mangas cortas que le sobresalían en los hombros, caracoles de zaraza que así se llamaba a los anchos camisones de fino algodón. En la hacienda, los es clavos hombres vestían calzones anchos y cortos de lienzo de Quito, capisayo de lana basta y sombrero de junco y no usaban camisa. Las mujeres se envolvían de la cintura hacia abajo un pedazo de bayeta de Pasto y se terciaban desde el hombro otra tira de la misma tela, cubriéndose la cabeza con monteras de paño o bayeta, hechas de te las de diferentes colores (Friedemann y Arocha 1986: 186-253).

No obstante, el número abrumador de uniones entre gentes de una y otra casta estimuló el mestizaje acentuando el blanqueamiento etnocultural entendido como el camino " ideal " hacia la consecución de sitiales en la sociedad dominada por criollos blancos. Con el tiempo, se incrementaría el proceso de blanqueamiento. Sectores de negros en la sociedad republicana intentaron enfrentar la discriminación socioracial huyendo de lo negro hacia lo blanco con la mira de participar significativamente en la vida de la nación colombiana.

El mestizaje exaltado como medio democrático para alcanzar la igualdad se convirtió entonces en elemento útil para desconocer la diversidad y los derechos asociados con la identidad cultural e histórica.

 

Título: Castas, mestizaje y blanqueamiento
Colección: Afrocolombianidad


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