RIVALIDAD Y GUERREO

-Hoy es día de pelea -exclamó Efraín Cáceres cuando ese viernes santo, Anselma, su mamá, llegó a la tienda de Yeyita a contar cómo la noche anterior su nieta había sido desafiada a pelear por un cuadro de niñas del sector de Abajo. Como no quiso enfrentarse a la contendora que el grupo le ponía, las niñitas seguían gritándole esa mañana igual que anoche: Cobá, Cobá [Cobarde, cobarde].

Yeyita, que estaba en la cocina, frente al fogón, acabando de ahogar en agua hirviendo a una de las hicoteas para preparar el almuerzo del viernes santo, la dejó caer del todo en la enorme olla y, secándose las manos en el delantal, se acercó a Efraín y Anselma opinando con el aire pontificial que siempre usaba:

Victoriana debe salir a pelear. Hoy es día de pelea.

Después de que haya ganado o perdido, no habrá más problema.

Niños y niñas desde muy temprano, cuando comienzan a alinearse en cuadros sobre territorios de juego frente a las casas, detrás de ellas, en los corrales o en los espacios entre unas viviendas y otras, aprenden a identificarse con una mitad del poblado: Arriba o Abajo. Así, en Palenque todavía es posible trazar un mapa con la localización de los cuadros de los niños, adolescentes y adultos, examinando sus agrupaciones de juego y reunión, en calles y lugares, especialmente por las tardes, cuando el sol es menos ardiente. Unos cuadros se diferencian de otros de la misma edad en el mismo sector, sea este arriba o abajo, pero solamente compiten con puños si son de sectores opuestos. Asimismo, es posible reconstruir cuadros antiguos mediante la tradición oral.

En Palenque, los ancianos cuentan que los cuadros son más viejos que sus abuelos. Y los puños entre los cuadros, dicen, son tan viejos como los cuadros. Don Crescenciano, ahora de 73 años y asiduo visitante de la casa de don Fermín, era del cuadro Ruana de Arriba, que tenía 25 hombres en su mitad masculina y veinticinco mujeres en la femenina. Se casó con una joven de Arriba, también de su cuagro. Ella y muchos de los cuagros y cuadrilleras ya murieron, pero él recuerda cómo la insignia del grupo era una ruana del mismo color, que todos usaban. "Competíamos -dice Crescenciano- por el poder, con fuerza, sabiduría y elegancia pero, por encima de todo, con los mejores puños que teníamos".

No solamente los niños aprenden los puños. Las niñas aprenden, practican y pelean. Cada uno en un estilo diferente. Los niños pegan directo a la cara y al pecho y saltan con firmeza. Pelean en la plaza, en la calle, o en los corrales de ganado, detrás de las casas. Las niñas pelean abrazándose, con patada en barriga, con mordiscos, y se tumban al suelo. Pero prefieren pelear cerca de las casimbas, que son los hoyos en el lecho del arroyo, seco casi siempre, y de donde extraen el agua que vacían en ollas y tanques que cargan sobre sus cabezas desde muy pequeñitas. El arroyo ha sido por excelencia el sitio de reunión y comunicación de las mujeres, el sitio predilecto para Jugar y disfrutar el agua: la que corre en el arroyo en meses de invierno o la de las casimbas en tiempo de sequía, también es el lavadero de ropas, pero en un tramo alejado. Ha sido además la arena de entrenamiento de la vociferación, elemento importante que estimula la agresión física en los juegos de guerra de las niñas, que hasta hace un par de aros se celebraban sin falta en semana santa. Para el caso se define la vociferación como el habla que utiliza un tono de voz fuerte y agresivo y determinado código de palabras en frases aceptadas como ofensivas en una región o entre un grupo y proferidas en un momento, dentro de una kinesia determinada, como mecanismo de ataque y defensa.

Con la instalación reciente del acueducto en Palenque, probablemente ocurrirán no solamente cambios sino que aparecerán situaciones adaptativas a la nueva circunstancia.

Pero todavía en los primeros meses de 1978, por las mañanas, a las mujeres que se quedaban en el poblado se las veía desfilar armoniosamente, rumbo al arroyo, con sus tanques en la cabeza, sobre soportes de tela que llaman rodilleras, yendo y regresando. Muchas hacían hasta cuatro viajes. Allí bañaban a los niños y ellas mismas se refrescaban con parte del agua de las casimbas. La costumbre es arrodillarse al borde del hueco, probar el agua y llenar los recipientes. La norma es respetar el turno de llegada a la cacimba. Cuando éste se viola, el conflicto verbal no se hace esperar. El episodio cultural de vociferación agresiva como entrenamiento diario de las mujeres es un juego que jóvenes y viejas disfrutan mientras cargan los tanques y unas y otras se salpican con agua.

En el arroyo una mujer que defiende su turno o su punto de vista inicia el juego; otra le contesta. Inmediatamente otras se unen a lado y lado de las iniciadoras y configuran en un momento bandas vociferantes. El tono de las voces es fuerte y agresivo, utilizando vocablos de ataque y defensa, así:

Í tan da bo un garrotaso! [¡Te voy a dar un garrotazo!]

-Entonse, ¿pué tú me ba a ra kon el palo? [Entonces, ¿pues tú me vas a dar con el palo?]

-¡Nda ku palo! [Dáme con el palo]

-í á ken ke ndalo al é asentao [Yo le voy a dar donde esté sentada].

- Yo no te pego ma poke bo á sé nda mí mucho ndoló pa pegá bo. [No te pego más porque tú me das mucho dolor de pegarte].

-¿P' i ka' boka kumo? [¿Cómo así que me calle la boca?]

-I bo no ta jablá pura p ï ndejá Pura Kieto [Y tú no estás hablando con Pura para que yo la deje tranquila].

-¡Bo tan salí, bagamúnda! [¡Tú vas a salir, vagabunda!]

-¡Ma ombre tan aselo desaire! [¡Los hombres la van a hacer un desastre].

Las mujeres se yerguen al barde de las casimbas, afirman sus pies sobre el polvo húmedo del arroyo y agitan los brazos en ánimo provocador. La discusión en cierto momento es ininteligible. Ninguna escucha a la otra. Las niñas muy pequeñas que acompañan a sus mamás, tías, hermanas o abuelas también participan aunque no puedan todavía hablar. Mueven sus bracitos y balbucean con sus tonalidades más fuertes de voz y con la entonación de la fórmula agresiva. La firmeza, la inflexión de voz y el estilo defensivo-agresivo que la mayoría de palenqueras adoptan en plazas de mercado y calles, en lugares urbanos y otros poblados donde venden frutas, yuca, ñame y maní en la región, es profundamente reminiscente de este juego de vociferación que practican en la casimba.

En el arroyo no muy frecuentemente se van a las manos. Ello ocurre sobre todo entre jovencitas. Pero no falta la ocasión en que una mujer sale del arroyo no sólo con un tanque de agua sobre la cabeza, sino con un chichón en la frente. Con todo, recorre el sendero hacia su vivienda con la misma cadencia y compostura con que llegó a la casimba.

De todos modos, al igual que entre las mitades masculinas de los cuadros, en la agresión física las mujeres se acogen a las regias de nunca atacar compañeras del mismo cuadro. Cuando la acometida ocurre, las mujeres pertenecen a cuadros diferentes y generalmente los cuadros hacen parte de sectores distintos, en el poblado, pero las mujeres deben además tener edad semejante.

El arroyo ha sido también escenario de pelea de los niños. Cuando éste tiene agua, los niños entrenan puños en sus aguas, y el juego es espectacular.

El viernes santo y el 25 de diciembre han sido fechas favoritas para encuentros que son ritos de guerrilla y que han acostumbrado tanto niños como niñas. Anteriormente, los niños hacían bandos al igual que las niñas y eran los jefes de los cuadros quienes iniciaban las peleas. El jefe de un cuadro de Arriba se trataba a puños con el jefe de un cuadro de Abajo. Luego seguían los demás. En verdad era una banda contra otra y cada banda podía tener 25 individuos. La lucha implicaba un desafío y el encuentro cuerpo a cuerpo de los miembros del cuadro, respaldados por sus bandos en trance de asalto y defensa. A los puños de los cuadros asistían las niñas, e igual sucedía con las
peleas de las niñas. Los varoncitos, no solamente las animaban, sino que las incitaban. Se señalaba un vencedor cuya victoria era ostentada con orgullo tanto por la mitad masculina como por la femenina del cuadro. Al final de los encuentros, que a veces duraban hasta tres días, se tiraban pedruscos y tierra unos grupos a los otros en señal de finalización de la lucha y Palenque Arriba contaba vencedores y perdedores frente a los vencidos y triunfantes de Palenque Abajo. A éstos se les unían, precisamente para la celebración, los jóvenes palenqueros que venían de Barranquilla y los que venían de Cartagena. Hubo un momento en Palenque cuando la población estuvo virtualmente separada en dos mitades, cada una con sus cuadros y cuadrillas de varias edades y cada una con sus jefes y jefas, triunfos y derrotas. Con todo, la solidaridad del poblado como tal nunca se ha quebrantado y estas acciones sólo han tenido el significado del entrenamiento.

-¡Oi, a Komé aló ku kotea! [A comer arroz con hicotea] -dijo Yayita.

Yayita personalmente preparó el gran almuerzo del viernes santo, día de pelea. En la cocina de la casa generalmente está Niñita, la mujer de Pollo, el hijo criado de don Fermín. Pollo, hijo de Andrea y nacido en una casa menor del compuesto de don Fermín, cuando tenía sólo 16 años hizo salimiento con una jovencita de 12 años de su cuadro, que como es la costumbre se quedó por unos meses en la casa de don Fermín. Pero no pudo haber arreglo para el matrimonio, de suerte que don Fermín pagó la dote y la niña regresó a la casa de sus padres. Años más tarde, Pollo hizo otro salimiento con Niñita, a quien también trajo a la casa de don Fermín, y con quien se casó después de estar endichado por un tiempo. Niñita le ayudó ese día a Yayita en la preparación del arroz con coco rallado. Pero Yayita se hizo cargo de la muerte y preparación de las hicoteas.

Desde la semana anterior, Pollo y los hombres de las demás casas habían salido a las ciénagas a chuzá hicotea, en las ciénagas y en los playones. Para encontrarlas se sumergen en el barro hasta la cintura, en el agua fangosa, tientan casi centímetro a centímetro con el chuzo; cuando sienten que éste toca el cuerpo de la hicotea, se agachan y la agarran. Ponen el animal en la bolsa que llevan colgada al hombro y prosiguen la búsqueda de más ejemplares. La costumbre es entregarlas a las mujeres. Cuando éstas las reciben, inmediatamente las examinan con los dedos para saber si son hembras o machos. Las hembras que llegan con más número de huevos son las más apetecibles, ya que traen suerte, bonanza y son "bonitas". Se ponen entre un costal, vivas todavía, y se guardan debajo de la cama, hasta el día de la fiesta.

Andrea, la suegra de Niñita, es viuda y no tiene hombre. En su casa solamente están sus nietos aún pequeños; así que tiene que comprar sus hicoteas en Gambote, para seguir la costumbre. Meses más tarde, comentando con el profesor Federico Medem, jefe de la Estación de Biología Tropical en Villavicencio, sobre este rito de fertilidad en Palenque, precisamente en las fiestas católicas de nacimiento y muerte de Jesucristo, el profesor me anotó que él mismo en 1955, en su trabajo de investigación sobre esta hicotea (Pseudemys scripta callirostris), había examinado ejemplares coleccionados en Gambote y en el Canal del Dique (Medem, 1975: 83-106). Lo que resulta irónico de este ritual de fertilidad de los palenqueros, y cuya costumbre se ha extendido por la costa atlántica, es la de que al cumplirlo se acelera la extinción de una especie de hicotea propia de esa zona geográfica, salvo una población aislada en el estado de Falcón, Venezuela.

En una olla de agua hirviendo, Yayita, que había sacado la hicotea del costal, sumergió la mitad del cuerpo del animal. Este agitó las patas traseras con violencia y desesperación. Yayita las asió con firmeza y la mantuvo sumergida. Cuando las extremidades cesaron casi de moverse, agarró un cuchillo y empezó a quitarles la piel y las uñas a las patas; luego colocó la tortuga en un lado del fogón e hizo lo mismo con el pecho. Seguidamente la sumergió en agua y tapó la olla, mientras conseguía la otra hicotea y empezaba el mismo proceso por segunda vez. De la misma manera que en muchas casas, su preparación era la cúspide de otras tareas esa semana: pilar maíz, hacer bollos,
limpiar el arroz, pelar la yuca y el ñame, rallar los cocos y vigilar las ollas y el fuego.

A la hora del gran almuerzo, pedazos de la piel y las paticas de la tortuga aparecieron en mi plato junto con hilachas de su cuerpo sobre el arroz con coco. Yayita se paró frente a mí urgiéndome para que comiera la hicotea, en cuya preparación ella `me había visto tan interesada.

Tan pronto don Fermín, Ña Flora, Dilsa, Yayita, Alfredito y los demás acabaron de comer, Sólida y Estela, hijas una de una hermana y la otra de un hermano de Yayita, se le acercaron con el peine, los trajes y las cintas para que las peinara y las vistiera. Las dos niñas, al igual que las demás, saldrían a jugar esa tarde con sus cuadrillitas. Empezaron a formarse grupos en la plaza frente a la iglesia de San Basilio y al puesto de salud. A medida que avanzaba la tarde los grupos se hacían más nutridos. La agregación de estos grupos que provenían de Arriba tomó la forma de una escuadra alargada. Sus miembros miraban hacia una misma dirección: la de otra escuadra que se había formado con grupos de Abajo y que se encaraba de la misma manera. Cuando una escuadra avanzaba, la otra retrocedía y viceversa. En algunos de los cuadros saltaban todos sus miembros. La discusión era entonces qué cuadro pelearía pon cuál. De pronto todas las jóvenes de la escuadra levantaron los brazos y se abalanzaron sobre la otra gritando "VIVA, VIVA, a ganar, ¡ganamos!". Ésta, actuando en forma semejante, se enrolló sobre sí'misma, formando un círculo, y escogió la niña que se trabaría con la del otro bando a muñecas. como llaman a los puños entre las mujeres. Al alistar a la elegida, las compañeras la despojaban de cualquier objeto que pudiera herirla o herir a la otra: pulseras, collares, horquillas de pelo, aretes.

Las dos jovencitas se enredaron en la lucha, que no duró mucho. La mamá de una de ellas apareció amenazante con un palo, con el ánimo de suspender el encuentro, la tomó de la mano
y la arrastró hacia su casa. El grupo siguió a las dos mujeres provocando a la joven, llamándola cobarde. La mamá entró en la casa v volvió a salir con un tanque de agua que les lanzó para que
se alejaran. Pero las jóvenes volvieron a reunirse. Las dos escuadras entraron nuevamente en incitación mutua para la pelea. Durante todo este juego, los miembros varones de los cuadros respectivos escoltaron a sus mitades femeninas y las animaron, hasta cuando un grupo de hombres de más edad apareció con palos y amenazas para que las escuadras se disolvieran.

No obstante, las jovencitas buscaron reagruparse. El bando de Arriba empezó a reunirse nuevamente. Esta vez lo hicieron cautelosamente y empezaron a avanzar hacia la plaza usando la estrategia del escondite por entre las casas y las calles. Intentaban al mismo tiempo sorprender al grupo de Abajo, que avanzaba hacia Arriba con la misma táctica de escondite y cacería. El juego duró el resto de la tarde y hubo dos encuentros más a muñeca entre las jovencitas, pese a la oposición de algunos adultos y hombres jóvenes. Estos sostienen que aunque en Palenque ha existido la costumbre de que las mujeres peleen, hacerlo ahora "no es moral" y sería mejor que se acabara. Hace unos años también un inspector de policía "de afuera" prohibió la pelea de las muchachas. "A la que pelee le quito 50 pesos de multa", decía. Entonces las mujeres peleaban y pagaban. Por el contrario, existe un gran acuerdo para que los niños y los jóvenes varones practiquen los puños con miras al boxeo. La semana anterior, por ejemplo, en el corral de Celia, después de empujar las vacas y los toros a un lado, de armar las cuerdas para un cuadrilátero de boxeo sobre el terreno ondulado por las pisadas del ganado, Luciano y Plácido, ambos de 12 años, cada uno jefe de su cuadro, se amarraron unos guantes prestados y se lanzaron al combate. Miembros de cada uno de los dos cuadros estaban presentes. Animaban la embestida de cada contendor. "¡Pégale por abajo... más fuerte, noo... así no!". La instrucción era constante, la crítica implacable, la emoción escalofriante. Usar guantes era nuevo ese día para Luciano y Plácido, aunque pegar puños no es nuevo para ningún palenquero.

Así también comenzó Pambelé, el gran boxeador internacional.

-Cuando niño él era de un cuadro de Abajo y tiraba puños siguiendo la costumbre -dice don Fermín Herrera, quien se considera el primer boxeador de Palenque-. ¡Se peleaba duro! ¡Se peleaba como pelea Pambelé!

Toda la cuestión del boxeo en Palenque comenzó cuando los primeros hombres como don Fermín, que nació en 1905, salieron de detrás de los montes al ingenio Sincerín y a la zona bananera en el Magdalena, al finalizar la década de 1920, y se enfrentaron como asalariados, aprendieron a hablar español y a transitar en el mundo que todavía los palenqueros llaman "afuera". Don Fermín pegaba duro en su cuadro, que era Ribero o de Arriba, pero no el único que daba buenos puños. Félix Salgado, su cuagro, quien más tarde se hizo compadre de don Fermín, también pegaba fuerte.

En la zona bananera de Santa Marta, don Fermín escapó de milagro al infierno de balas y fuego en la Compañía, cuando la huelga. Recuerda que en su huida por trochas vio cuerpos en las zanjas.

-Paréceme -dice don Fermín- que los trabajadores asaltaron los comisariatos y cargaron con artículos y víveres. Si los soldados los encontraban con armas ahí mismo los abaleaban. Don Fermín se ganó la comida trabajando unos días en la hacienda Macondo, tratando de regresar a pie a Palenque. Pero en 1932 volvió a salir, llegó a Guacamayal y allí empezó a pelear con guantes de boxeo. Primero, con Pámbiche de Ciénaga, a quien derrotó. Le pagaron veinte pesos. Luego se fajó en Fundación con Feliciano Hidalgo, el Toro de las Pampas, con Buchipluma, en Orihueca, y con Miguel Márquez, el Oso Negro, a quien también le ganó. El día que se iba para Santa Marta a firmar un contrato de boxeo, le llegó un telegrama que le avisó sobre la agonía de la mamá. Entonces dejó todo, regresó a Palenque y nunca más salió a la zona bananera ni a boxear.

Don Fermín, ahora de 72 años, no solamente Mayor de un compuesto, sino quien desempeñó en Palenque un papel preponderante en el transcurso político interno y también en sus relaciones con el mundo de "afuera", recita como cualquier otro palenquero los nombres de palenqueros, campeones o aspirantes en el escenario del boxeo internacional. Dos Cervantes, Antonio y José; dos Cardonas, Ricardo y Prudencio; cuatro Valdés, Rubén, Justo, Martín y Concepción; dos Cáceres, Jairo y Alfonso; Manuel Casiani, Ramoncito Reyes. Pero no solamente estos nombres aparecen en el boxeo. Grupos de muchachos que al caer la tarde, día tras dia, juegan dominó o bolitas en las aceras de las casas aún tibias del sol candente de Palenque, recitan también los nombres de jovencitos como Manuel Navarro Valdés, del cuadro Antillano, o Víctor Casiani, del cuadro Clan de la Salsa, quienes dentro de diez años estarán fajándose con sus guantes, al igual que los de ahora, en los cuadriláteros boxísticos de Cartagena, Nueva York, San Juan, Seúl, Maracaibo o Mónaco.

Palenque ha sido una sociedad guerrera. Rebeldes frente a la esclavitud colonial, lucharon como héroes detrás de empalizadas, ciénagas y montes, frente a la soldadesca española, sus armas y sus perros, sin que fueran sometidos. Pese a que guardaron sus flechas, lanzas y arcabuces, los palenqueros han mantenido los perfiles de su organización, su lengua, sus convicciones, sus ritos y juegos de guerra.

Claro que muchos cambios han ocurrido y seguirán ocurriendo también en la órbita de la rivalidad y el guerreo en Palenque, quizás más aceleradamente que antes. Los que traerá el asentamiento del acueducto para el entrenamiento de la vociferación en el ámbito de la casimba como una estrategia de defensa y ataque de las mujeres que en su trabajo de venta de frutas encaran el mundo de "afuera" que hace parte de las clases dominantes en la región. Los que se delinean en el antagonismo que ya existe en el poblado en relación con el juego de guerra de las niñas. En el caso de los jóvenes, es claro que en su juego de guerra se ha acentuado la importancia del encuentro cuerpo a cuerpo desde muy temprano. El desprendimiento del guerrero de su cuadro en el trance de la pelea es un hecho. Ya desde los ocho años el niño penetra solo en un remedo de cuadrilátero. El juego de guerra se torna en juego de boxeo. Sus compañeros de cuadro son espectadores por fuera de las cuerdas. En la pelea juego, los más grandecitos actúan como árbitros, masajistas, entrenadores. El corral de Tía Reina es para los puños de niños de ocho años, y al corral de Celia van los de doce años en adelante, que ya se ponen guantes y que empiezan a moverse sobre líneas formales de inspiración pambeliana, cardoniana o valdesiana. Su preparación es de lucha individual.

La ocurrencia de todos estos cambios no implica que el espíritu desafiante de Palenque esté desfalleciendo. Por el contrario, dentro de este proceso creativo de adaptación y evolución, nuevos héroes se preparan en los cuadriláteros de tierra y polvo, en los corrales de palo de matarratón, detrás de las casas de palma, en el mismo sitio donde se ordeña el ganado blanco de los palenqueros. Palenque asiste al surgimiento de guerreros modernos con guantes de boxeo. Algunos de ellos con nombres como Pambelé, Pambelecito, Rocky, La Cobra, o simplemente Cardona, ya boxean en cuadriláteros internacionales, controvertidos, envidiados y adulados, en busca de laureles, mientras en Palenque son entronizados como dioses, junto a los santos, sobre las paredes de caña, afrecho y boñiga, en las viviendas de sus antiguos compañeros y rivales de cuagro.

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