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MA NGOMBE: EL GANADOEn la lengua criolla de Palenque de San Basilio, ma ngombe quiere decir el ganado, las vacas, los toros y los terneros que manejan los hombres en los corrales de ordeño en el monte, o que empujan los niños y los jóvenes por los potreros, por las trochas, o a lo largo y ancho de las calles polvorientas del poblado. El ganado es tan vital culturalmente para los hombres y la comunidad, como ha sido nguba, el maní que las mujeres han cultivado y cosechado en sus rozas al ritmo de sus cantos de trabajo. La permanencia de estos dos vocablos de origen ki-kongo (De Granda, 1973), una lengua africana de la familia bantú, en el idioma que todavía hablan los descendientes de los palenques de la colonia española, cuya descripción lingüística ha realizado Carlos Patiño Rosselli (1978, 1983), da cuenta del contacto que los palenques tuvieron desde muy temprano con el ganado y con el maní. La lengua ki-kongo, de acuerdo con De Granda (1971), la hablan pueblos bakongos al norte y sur del río Zaire, lugares de donde se extrajeron esclavos que en la colonia se conocieron como "congos" y "angolas". Patiño Rosselli (1978) considera a la lengua palenquera de San Basilio como un medio lingüístico independiente del español, aunque estrechamente relacionado con él, cuya historia no partió de Castilla La Vieja, sino de las costas de África Occidental, de las factorías de la trata esclavista y que milagrosamente se ha conservado como una reliquia lingüística en este hemisferio. El estudioso añade, desde su enfoque sociolingüístico, que este vernáculo criollo ha constituido un factor primordial de cohesión y preservación de la identidad del negro de San Basilio, frente al mundo externo, factor que responde a manifestaciones lingüísticas tales como los pidgins o las lenguas criollas que se nutren de la desigualdad social en un ámbito dominado por otro lenguaje, que en el caso del palenque de San Basilio ha sido el español. Pero Patiño Rosselli ha rastreado en la lengua palenquera consecuencias negativas del impacto de la "modernización" que, a partir de 1974, se ha acentuado a ritmo acelerado con la introducción de la luz eléctrica, la televisión, el acueducto, el transistor y muchos elementos de prestigio. Su opinión es que posiblemente la lengua, que ha sido factor de cohesión e identidad, dejará de desempeñar tal papel cuando se agudice su absorción por parte del idioma español dominante. En este sentido, debe anotarse, no obstante, que en los procesos de cambio de la comunidad palenquera su adaptatividad creativa presenta en la actualidad elaboraciones culturales tales como el boxeo, que dibujan posibilidades para el mantenimiento de la cohesión de la comunidad como agrupación con perfiles históricos y contemporáneos distintivos, frente no solo a la sociedad regional sino a la nacional. Volviendo nuevamente a la cuestión del ganado y remitiéndonos a los tiempos iniciales de la trata de esclavos, se encuentra que don Pedro de Heredia, el fundador de Cartagena de Indias, junto con Luis de Lugo hicieron en 1540 las primeras importaciones de ganado español que trajeron desde Santo Domingo, con destino a estancias costeñas (Reyes Posada, 1978: 28). Estas, que fueron el germen de la hacienda, se formaron al desintegrarse la encomienda. El hacendado fue el antiguo encomendero y los negros esclavos constituyeron la fuerza básica de las haciendas de la costa atlántica, en un principio exclusivamente agrícolas (Fals Borda, 1976: 31), dedicadas al cultivo de, plátano, arroz, coco, caña de azúcar y a la producción de azúcar y miel y que luego establecieron hatos ganaderos. La adaptación del ganado español al clima tropical durante trescientos años, dice el trabajo de Havens y otros (1965), dio lugar por selección natural, a la raza rústica y resistente del costeño con cuernos, que constituyó el ganado de la colonia tanto en los hatos como en los montes. Según Reyes Posada, rebaños de ganado cimarrón fugado de los hatos también recorrían los bosques (1978: 28) y, junto con el botín de los asaltos palenqueros a estancias y haciendas, debieron hacer parte de los poblados de negros cimarrones. Es así como el contacto del negro esclavo y del cimarrón con el ganado aparece no solamente claro desde el inicio de la colonia, sino que existen indicios de que su experiencia en el manejo fue transferida a grupos de indígenas guajiros, cuando los cimarrones negros buscaron refugio entre tales indígenas. Su pastoralismo de reses, caballos, ovejas y cabras es posterior a la conquista y coincide con la llegada de los negros a la Guajira (Wilbert, 1976: 63). Por ello no extraña que a los actuales descendientes de los cimarrones en el poblado Palenque de San Basilio se les encuentre culturalmente identificados con el ganado, su crianza y su cuidado, pese a que son pocos los dueños de gran número de cabezas. No obstante, cada familia posee cierto número de reses, a la vez que aspira a invertir en ganado cualquier dinero que consiga. Pero la adquisición de éste por parte de los palenqueros de San Basilio ha estado ligada a las vicisitudes de la ganadería en la costa atlántica, la cual ha respondido al proceso de apropiación de la tierra, la conformación de latifundios de ganadería extensiva y el correspondiente' manejo restringido del poder político. Los trabajos de Fals Borda (1975; 1976) y Reyes Posada (1978) en este sentido brindan la posibilidad de enfocar el contexto dentro del cual los palenqueros surgen comparativamente como ganaderos sin ganado. A partir de 1540 y hasta 1850 los dueños de ganado hicieron uso comunal de la gran disponibilidad de pastos naturales, y las reses pacieron en las sabanas en invierno y en las tierras bajas de playones y ciénagas en verano. El paso de las reses se hacía sin obstáculo, ya que no existían cercas. Reyes Posada (1978: 27) muestra con estadísticas cómo en 1772 eran 1.102 negros quienes en esclavitud cuidaban las 31.300 cabezas de ganado registradas en un censo que incluyó las villas de Tolú, San Benito Abad y trece pueblos de la provincia de Cartagena de Indias. Pero a un mismo tiempo el primer inventario ganadero de la costa atlántica occidental realizado en 1776, transcrito por el mismo autor, mostró 55.680 cabezas, de las cuales 49.730 estaban en manos de 60 propietarios, en tanto que las restantes 5.9501o estaban entre dueños de 17 sitios. El análisis del censo arrojó un dato más importante aún, ya que entre los 60 grandes ganaderos había cuatro que tenían 32.000 cabezas, o sea el 57 por ciento del ganado de la región. Con base en estos datos, la conclusión es que en época tan temprana como 1776 existía ya una concentración aguda de la ganadería en pocas manos. Pero la hacienda esclavista, limitada por el costo de los esclavos y su mantenimiento, por la relativa escasez de productividad copada por el consumo regional y pequeña distribución en el mercado de Cartagena y la falta de caminos de comunicación para la circulación ágil del ganado y los productos de la labranza, cayó en crisis. Antonio de la Torre Miranda intentó hallar soluciones a la situación. Creó poblaciones, abrió caminos, canales y ciénagas que comunicaron y fueron útiles, según él mismo lo dice en su informe de 1789 "a la propagación del Evangelio, al Comercio y al Estado". El mismo documento anota que para abrir el nuevo camino que atravesara la montaña de María, conectando las sabanas o praderas de Tolú con Cartagena, tuvo que tomar una "temeraria resolución", usar "maña y constancia" y "vencer muchos horrores y dificultades" provenientes tanto de los negros del Palenque de San Basilio, como de los árboles, brozas, barrancas y despeñaderos del lugar donde estaban asentados en las faldas de la montaña de María y a tres leguas del paso. de Gambote sobre el canal del Dique. Con todo, De la Torre Miranda nunca llegó al palenque, aunque anotó en su documento el establecimiento oficial de la población, especificando que había aceptado las condiciones de los negros. Exigían que quien los gobernara fuera un capitán elegido por ellos mismos, y expresaban que no permitirían a ningún blanco en el palenque, a menos que fuera un cura, confirmando así las mismas condiciones deletreadas al obispo Casiani desde 1713, en el famoso entente cordiale de la guerra cimarrona. Consecuentemente, especificaciones dictadas por De la Torre Miranda sobre, por ejemplo, diseño de los poblados con una plaza en cuadro, una casa en cada una de las cuatro esquinas y una iglesia en el mismo cuadro no tuvieron operatividad alguna en el poblado palenquero de ese tiempo. Reyes Posada (1978: 40) se refiere a la escasez de mano de obra que en el transcurso de la ganadería en la costa atlántica, ocasionó crisis constantes durante los siglos XVII y XVIII, que en el siglo XIX empezaron a solucionarse usando tales estrategias como la de monopolizar la tierra y con ello cercar a los trabajadores. Se impidió así a la población trabajadora su acceso a terrenos libres y se mantuvo la disponibilidad de su fuerza de labor. Las leyes que por una parte facilitaron la adquisición de tierras a la élite terrateniente, le impidieron a gentes de recursos escasos adquirir terrenos baldíos. Por otro lado, los ganaderos establecidos empujaron a sus ganados sobre terrenos que se estuvieran utilizando por otros en el marco de baldíos. Siguiendo la antigua costumbre de que las reses pacían en ciénagas y playones y con la importación, a partir de 1875, del alambre de púas que acababa de ser inventado en Estados Unidos, y que solamente estaba al alcance de los terratenientes, éstos empezaron a cercar terrenos, a correr las cercas, a hacer desaparecer las señales naturales que establecían la propiedad de los menos poderosos, y a ensanchar los latifundios. Ya en la década de 1880, Palenque de San Basilio estaba sufriendo la arremetida de los terratenientes de la región. Melquíades Tejedor, uno de los habitantes del poblado, entró en pleito de linderos con unas gentes del pueblo vecino de San Pablo que afirmaban que Tejedor no tenía derecho a trabajar sobre el costado oriental del arroyo de Pava. Ello provocó que Tejedor solicitara al estado soberano de Bolívar una copia certificada de los títulos de posesión y propiedad de las tierras del distrito del Carmen y de los demás pueblos de la montaña que anteriormente se denominaba María La Alta y entre los cuales se contaba Palenque de San Basilio. Su solicitud fue atendida y produjo el documento, fechado en 1884, que reproduce las diligencias de deslinde de cada población, verificadas en 1864, sobre la base de la fundación de poblaciones hecha por De la Torre Miranda en 1774 y el decreto de cumplimiento de 1778. El documento expedido a petición de Tejedor vino a constituirse en la base notarial de la historia contemporánea de las tierras comunales de Palenque de San Basilio, y actualmente se halla protocolizado bajo la escritura No. 131 de agosto 24 de 1921, depositada en la notaría de la población de El Carmen de Bolívar (libro No. 20, serie 64, folios 276-295), pese a que sus folios se hallan bastante deteriorados. Algunas de sus hojas han desaparecido y otras están casi deshechas por la polilla. El caso de Tejedor se repetió muchas veces. En la historia oral de los últimos cien años de Palenque de San Basilio, ello se relata con frecuencia: el ganado de los terratenientes sirvió a comienzos del presente siglo como punta de lanza para desalojar a los palenqueros del Bajo Grande de Palenque, donde acostumbraban a sembrar arroz, maíz, maní, yuca y ñame durante parte del año y el resto del tiempo a dejar pacer sus ganados en forma comunal. Las cercas empezaron a correrse y los palenqueros a retirarse hacia las partes altas. Los dos principales terratenientes blancos así se apropiaron de muchos terrenos, sin siquiera haber comprado las mejoras. Los palenqueros se vieron obligados a vender después que sus terrenos habían sido cercados con alambre de púas. "Quitar las cercas era además el delito más grande", dice don Fermín Herrera, riéndose con amargura. Claro que todo el proceso se ha facilitado por el hecho de que no todas las gentes de Palenque han titulado sus tierras individualmente ante las respectivas oficinas de gobierno. Muchos siguen apoyándose en los linderos de la propiedad comunal y en la tenencia familiar definida por la tradición. A finales del siglo pasado, ganado cebú tipo brahma fue introducido por el alemán Adolfo Held para su hacienda en Zambrano sobre el Magdalena, iniciándose así la absorción casi completa por cruce del ganado costeño con cuernos (Reyes Posada, 1978: 69). En Palenque fueron Nepomuceno Valdés y Antonio Salinas quienes llevaron los primeros ejemplares cebú. Hubo otros cambios tecnológicos como la introducción del cultivo de pastos artificiales y la utilización de técnicas de tumba de monte hecha por campesinos sin propiedad, a cambio de una cosecha, después de la cual debían entregar el terreno sembrado de pastos. Estos cambios, a tiempo que ocurría una demanda interna y externa de ganado, estimularon la expansión de la hacienda ganadera. Aun la apropiación de terrenos comunales fue otra estrategia para satisfacer los requerimientos de la ganadería de tipo extensivo. Así, cuando a comienzos de este siglo uno de los grandes ganaderos de la región llegó por el lado del canal del Dique con 500 cabezas de ganado, la maniobra de empujarlo sobre los terrenos de los palenqueros estropeando los cultivos no se hizo esperar. Se elevaron reclamos continuos, pero el ganadero, que a su vez era codueño del ingenio de azúcar en Sincerín, respondió ofreciendo pagar los daños. El pago consistía en llevar a los damnificados al comisariato de las instalaciones azucareras y autorizarlos para pedir vituallas y bastecimiento un pedazo de coleta para la paruma -el traje del palenquero-, una franela, abarcas o un saco de arroz. La mayor parte de la veces, el palenquero terminó así "vendiendo las mejoras" de su terreno al ganadero a tiempo que éste registraba prontamente su nueva propiedad. Se' estableció así una relación paternalista con el ingenio que complementó su "ayuda", autorizando a los negros a transportarse en sus embarcaciones por el canal del Dique hasta Cartagena. La contraprestación era, además, la captación de la mano de obra del palenquero. Fue precisamente mediante esta experiencia que los palenqueros empezaron a tener contacto activo con el mundo exterior. De su trabajo en el ingenio los hombres decidieron irse más lejos aún, hasta la zona bananera y Palenque enfrentó el reto del proceso de cambio. Hace solamente un par de años, cuando en el curso de este estudio me acerqué a las oficinas del Incora (Instituto Colombiano de Reforma Agraria) en la población de San Pablo con el objeto de obtener datos sobre la región, conversé con un heredero de grandes terrenos, quien se hallaba en negociaciones con la citada oficina de gobierno. Sobre un mapa marcó con precisión a quién le pertenecía cada extensión. Me sorprendió cuando, señalando el territorio de Palenque de San Basilio, afirmó enfáticamente: -Allá, eso es de nadie. ¡Ahí es donde se metieron los palenqueros! La historia notarial que días antes había consultado en El Carmen de Bolívar se congelaba para enfrentar la afirmación que acababa de oír y la narrativa de los palenqueros. Unos actores blancos arrogantes, empujando ganado blanco criollo y cebú para cercar con alambre de púas el Bajo Grande de Palenque, que en otro tiempo fuera terreno comunal, propiedad del poblado de los negros. Y en plena década de 1970, doscientos años después de que Antonio Miranda de la Torre señalara al Palenque de San Basilio unos terrenos para erigir su población, descendientes de los criollos blancos afirman todavía que tales tierras aún detentan la opción de su apropiación. En la actualidad Palenque de San Basilio está constituido por el poblado, los montes en donde se mantienen los ganados y los cultivos y unos pequeños caseríos dispersos también adentro en el monte, a los que se llama Retiros, por ejemplo, La Bonga o Cativas. En 1972 la dirección agrológica del Instituto Geográfico Agustín Codazzi realizó un estudio de suelos del municipio de Mahates, a cuya jurisdicción pertenece Palenque de San Basilio. En la clasificación de las tierras por su capacidad, San Basilio fue señalado con suelos desde fuertemente quebrados a escarpados, con pendientes que pasan del 50 por ciento, afectados por la erosión debido al mal manejo. Sin ser aptos para la agricultura, pueden utilizarse para pastos en las pendientes suaves. Es interesante anotar por contraste la capacidad de las tierras del Bajo de Palenque que en un tiempo pertenecieron a la población, con una topografía plana, de textura arcillosa, suelos imperfectamente drenados, y por lo tanto con encharcamientos durante las lluvias, pero aptos para caña, pastos, arroz y otros. Por ello, al perder las tierras bajas, los palenqueros empezaron a perder la tradición de cultivos como el arroz y el maní que hasta hace unos treinta años todavía eran base de su subsistencia. En ambos cultivos las mujeres se desempeñaban activamente. Los hombres abrían los huecos y las mujeres colocaban la semilla. Los niños protegían el cultivo de arroz de los pájaros y ayudaban a las mujeres en la extracción del maní. Al disminuir estos cultivos, los hombres empezaron a tumbar más monte, a hacer cultivos rotativos y pastos, con la consecuente erosión que ello implica. Jesús Pérez hablando sobre el tema le comentó así a Carlos Patiño: -Ombe, ma jende kelé sembla maní ma nu [Hombre, la gente no quiere sembrar ya maní ].Pero me rise majaná ke maní re ayá ten guto kumo maní re akí nu [Pero me dice la gente que el maní de allá no tiene el mismo gusto que tiene el de aquí ]. K ë un poko ma simple ke maní ri akí [Que es un poco más simple que el maní de aquí], pero ri akí sí é sabroso, nduse, nduse, nduse [pero el de aquí sí es sabroso, dulce, dulce, dulce]. Kuando í taba chikito lo ke ma mujé Beba asé manisá akí, numá í Beba limpiá un solo biaje [Cuando yo estaba chiquito el manizal que las mujeres sembraban aquí no más yo lo limpiaba de una sola vez]. ¡Jé! maní, kuando ta parió é muy sabroso, pae [¡Je! el maní, cuando está parido, es muy sabroso, compadre]. A las faenas de siembra en el monte un día Aniano Casiani se refirió así: -En octubre í asé un beranio [En octubre hizo un veranito]. Id semblá maí pa kojé ese maí aora febrero [Yo sembré maíz para coger ese maíz ahora en febrero]. Depué li k'i ke kojé maí í á ten ke makanid tiela, ku machete [Después, cuando coja el maíz, tengo que "macaniar" la tierra con el machete]; abrilo guaddarraya, echalo kandela, i depué i k é kemá [abrirle guadarrayas, echarle candela, y después de que está quemada], ejpera pa agua yobé p ï semblá maí, semblá patiya [esperar a que llueva agua para yo sembrar maíz, sembrar patilla],semblá yuka i semblá ñame, semblá pepino i eso [sembrar yuca, y sembrar ñame, sembrar pepino y eso] en maso, en maso o en abril, depué, pendiente pa límpialo en mayo [en marzo, en marzo o en abril; después pendiente para limpiarla en mayo]. Entonse en mé San Juan á ten ke rrapá tiela má. [Entonces en el mes de San Juan hay que raspar la tierra otra vez]. Tiela lo ke kelá sin semblá na a ten ke límpialo pa semblá aló [La tierra que quedó sin sembrarse nada en ella hay que limpiarla para sembrar arroz]. ¿Bo a kuchá? i ma mata patiya á ten ke límpialo pa alé polé nda [¿Oíste? y las matas de patilla hay que limpiarlas para que ellas puedan dar]. Ese memo tiempo á ten ké limpid ma mata maí p ' ané nda tambié [En ese mismo tiempo hay que limpiar las matas de maíz para que ellas den también]. Batata á sé semblá en mayo tambié o en abril [La batata se siembra en mayo también en abril]. La fauna que hace doscientos años mencionara De la Torre Miranda como "manadas de puercos zajinos, morrocoys, monos de varias especies, animales silvestres, tigres, gatos monteses y leopardos" es dramáticamente escasa. Aunque el palenquero tiene aún la tradición de irse al monte con un machete y una escopeta para cacería, muy rara vez regresa con alguna caza. Cuando lo hace es hazaña que el pueblo conoce y cuando se trata de una ardilla, a veces la piel del animal se cuelga debajo del techo frente a la puerta de la casa. Sin embargo, todavía se habla de la cacería de venado, saíno, armadillo, ñeque, mono colorao, guatinaja y de una variedad grande de aves como codorniz, guacharaca, perdiz, suira, corcorao, chavarrí, pisingo, pava congona, paujil y loros mangleros. Las descripciones etnográficas de Escalante sobre mocuños, jaulas y lazos para la cacería, así como las prácticas y creencias asociadas que parece se hallaban en vigor hasta hace veinticinco años se han convertido en la actualidad en parte de la tradición oral que aún preserva el poblado. Buen número de cabras, cerdos, patos, gallinas, caminan a toda hora durante el día por entre el poblado. Perros y gatos compiten por los sobrados que se arrojan a los animales a medida que las gentes ingieren sus comidas, sentadas a la mesa en algunas casas o sentadas en banquitos en las cocinas. En los patios o corrales de las casas, colgadas de las empalizadas, es frecuente ver los caparazones de las hicoteas que ocasionalmente los hombres cazan en las ciénagas o que compran especialmente para los rituales de semana santa y diciembre. Perros, gatos, gallinas y patos duermen generalmente en las cocinas o en otros lugares de la casa. En los corrales se guardan los burros, los caballos y los cerdos. En varias casas todavía se mantiene la costumbre de traer al atardecer las vacas y los terneros para el ordeño la mañana siguiente y se guardan en los corrales detrás de las casas, después de lo cual se arrean hacia los potreros en el monte. Jesús Pérez un día se refirió al ganado así: -Í á tené un ma ndo baka [Yo tengo unas dos vacas]. Í á se -oddeñá ané toa la mañana [Yo las ordeño todas las mañanas]. Î á ke/d k'un chito leche p 'i bebé í el uto [Yo me quedo con un poquito de leche para yo beber y el otro]. Í á sé entregá ma kamion ele, ma kamion í sé kumblá leche [Yo lo entrego a los camiones, los camiones que compran leche]. Í ta aséguegtesita al pa egchá ma baka ayá [Estoy haciendo una huertecita ahí para echar las vacas allá].! tan semblalo yebba, p ï egchá ma baka aí, ma ngombe [voy a sembrarle yerba, para echar las vacas ahí, el ganado] ma ngombe lo egcho ayá [el ganado lo echo allá] Í tan yebá ma ngombe p`payà p i egchalo ává [voy a llevar el ganado para allá para echarlo allá] Entre suto á tené ke á tené losa ele i ma bakita tambié, ma ngombesito [Entre nosotros hay quien tiene roza y sus vaquitas también, su ganadito] pero ku ese ma ngombe, siempre jendé á sé atendé ma ngombesito i suto a sé atendé losa suto [pero siempre la gente atiende su ganadito y nosotros atendemos nuestras rozas]. Empujar los ganados de los potreros hacia los corrales en el monte o en el poblado para el ordeño, el agua y la sal, es trabajo que generalmente hacen los niños varones desde los ocho años. Es una obligación de cada niño en cada casa, bien con su propio ternero y la madre del ternero, o con el ganado que hace parte de la casa mayor a la cual su propia casa pertenece. Esto trató precisamente de explicar un niño en la escuela del pueblo, cuando la maestra le increpó su tardanza en llegar todos los días a clase. -Maestra, es que tengo que jarriá el ganado de mi tío todos los días -le dijo. Los maestros de la escuela, que tienen una jornada entre las ocho de la mañana y las doce del día porque viven en Cartagena y regresan a la ciudad al mediodía, desconocen el significado que tiene para el niño jarriá o arriar el ganado antes de presentarse a la escuela. Las aulas, por otra parte, están situadas en el borde externo del poblado, de suerte que al transcurso diario de la vida palenquera los maestros no tienen acceso ni siquiera visualmente. Gran número de mujeres que deja a sus hijos al cuidado de los hermanos mayores, de los tíos, primos, cuñados, abuelos, se levanta a las cuatro de la mañana. Desde la noche anterior tienen preparada su porcelana con frutas y sus bultos de ñame, yuca y plátano para vender en Cartagena y otros poblados. El bus de Palenque recorre "los barrios", que pueden ser una calle o un alrededor, recogiendo los productos y los pasajeros. El poblado tiene dos sectores principales, arriba y abajo. Entre las calles de arriba están Nuché, Tamarindo, Arriba e la loma y Allacito. En el otro sector están El culo e la mula, Caballito, Barrio e la olla, Entre si quiere, Boquita, Chopachu y Tronconá. Pero antes de que existiera la carretera, se sabe que desde comienzos del presente siglo las mujeres ya emprendían viaje caminando kilómetros hasta Sincerín, con sus catabres o canastos sobre la cabezá. Llevaban arroz y maní para la venta. El viaje se extendió luego hasta Cartagena, cuando el ingenio de los Vélez les permitió montar en la canoa, que transitaba por el canal del Dique. El hecho de que las mujeres palenqueras hayan encarado el mundo externo a su comunidad desde muy temprano, en el marco de la venta de productos, mientras que los hombres producen el ñame, la yuca, preparan la roza y cuidan los ganados en el monte, ha propiciado entre el mundo blanco y moreno de la región la imagen de una comunidad negra sustentada primordialmente por el trabajo de las mujeres. El escrutinio cuidadoso del trabajo de hombres y mujeres en Palenque desfigura tal imagen que hace parte del estereotipo que han esgrimido las clases dominantes sobre los grupos negros en el proceso de su discriminación sociorracial. En Palenque, los hombres se levantan a las cinco de la mañana y emprenden camino al monte hacia las rozas que son los cultivos de maíz, yuca y ñame y hasta los potreros tras del ganado. Con ellos van los hijos adolescentes y los pequeños. En el sitio del ordeño se encuentran con otros hombres y otros jóvenes y niños que hacen parte del mismo conjunto o compuesto. Mientras los hombres preparan los cántaros, los jóvenes y los niños recogen el ganado en los potreros y lo arrean hasta el corral de ordeño. Las mañanas son frescas, húmedas y el paisaje es transparente. Es posible observar con claridad la línea de los montecillos que enmarcan el poblado: Junché, Miangoma, Ayapé o Loma Grande, Jonjá, La Verea, San Cayetano, Santa Rita. En los potreros los corrales están hechos de palo de guarumo o matarratón. Hay campanos y uno que otro cedro. Los volanderos o makondos son árboles que crecen más de 5 metros. La bonga es otro árbol que se yergue con altivez. La abundante vocinglería de gran cantidad de pericos se mezcla con los bufidos de las vacas que reclaman sus terneros. Una de esas mañanas de ordeño, yendo a uno de los potreros de propiedad de don Fermín Herrera, observé la dinámica del funcionamiento del conjunto o compuesto en la organización social de Palenque. Don Fermín es uno de los palenqueros que poseen más de 200 hectáreas de terreno y aproximadamente 300 cabezas de ganado. Como don Fermín hay varios mayores de compuestos. Hay dueños medianos, otros que sólo,tienen tres o cinco hectáreas y un par de vacas, en tanto que otros no tienen tierra. Esa mañana gran parte del ganado que los niños arreaban para ordeñar, pertenecía a don Fermín. Pero también había vacas que eran propiedad de Aniano Casiani, Cenén Salas, Andrea Casiani, Efraín Cáceres y María Hernández, quienes a su vez son jefes de familia en cada una de sus casas. Aniano, Cenén, Efraín y Pollo, hijo de Andrea, ordeñaban junto con Raúl el hijo de María. Sanín y Anaín, los hijos adolescentes de Andrea, arreaban el ganado junto con Alfredito, Robertico y William, hijos criados de don Fermín y su esposa Ña Flor. Estudiando las genealogías de cada uno de los participantes en el ordeño me di cuenta de incidencia de parentesco con Fermín o con Ña Flor, su esposa, entre los trabajadores. Pero también de que el parentesco no modelaba el grupo, de trabajo (Friedemann: 1978a). El terreno y los pastos eran de don Fermín y él permitía allí el ganado de las demás casas del compuesto, que además estaban localizadas en el poblado en el sector Arriba y unas cerca de las otras. La reciprocidad de los miembros de estas casas en la rutina del ordeño era tan clara como en muchas de sus otras actividades. Existen en Palenque, entonces, no solamente para labores de ganado, sino para cultivos, y demás rutinas de trabajo y trances diversos, los conjuntos o compuestos. Una casa mayor o nuclear y casas menores a su alrededor conforman un conjunto, y la existencia de varios de estos conjuntos permite diseñar r un mapa social en el poblado, con proyecciones en distinta fases de su organización. En ésta, el cuagro, que es un grupo de edad con dos mitades, una masculina y otra femenina, tiene una dinámica que aún es vital en la existencia de los compuestos o conjuntos. Gentes de cada casa que hacen parte de un compuesto, a la vez son miembros de un cuagro, según su edad. En la casa de don Fermín, por ejemplo, Alfredito, uno de los hijos criados, es miembro del cuadro Vendaval al que también pertenece Sanín, un joven de la casa menor vecina, que a su vez hace parte del compuesto encabezado por don Fermín y su casa mayor. . Los niños varones tienen entonces la obligación social de aprender desde muy chicos el manejo del ganado y tomar su puesto de participación en el compuesto al cual pertenece su casa. De esta suerte, cuando adulto el niño podrá solicitar, por ejemplo, al mayor del compuesto un préstamo de tierra para desmontar, cultivar y cosechar y al cabo de tres años entregar la tierra en pastos para ganado, útiles a su propio ganado y al ganado de propiedad del dueño de la tierra y cabeza del compuesto. La importancia del compuesto en el transcurso del manejo político de la comunidad la evocan con vigor algunos de los líderes actuales. Basilio Pérez, dueño de ganados y tierras, jefe mayor o cabeza de un compuesto y también uno de los dirigentes notables de Palenque, anota cómo hace muchos años allí existía la junta de vecinos que resolvía problemas de la comunidad y decidía acciones como la citada de Melquíades Tejedor en 1880, sobre los linderos de Palenque. El jefe de la junta era un anciano respetable a quien se llamaba El Meyo, que convocaba a reunión al toque de un tambor. Muchas de sus decisiones, consultadas con el resto de miembros de la junta, eran acatadas por la comunidad total. Los líderes actuales reconocen que esa unidad jerárquica se rompió como resultado de la intrusión del poder político de "afuera". Sin embargo, es posible no solamente inferir algunas líneas de la organización política tradicional, sino empezar a trazar perfiles de adaptación que la comunidad ha elaborado en la arena política. En el mapa social de Palenque llama la atención la dinámica seguida por los compuestos frente a la introducción del modelo de junta de acción comunal propuesto por el gobierno nacional, bajo el supuesto de que el poblado se encontraba desorganizado. La comunidad eligió a los jefes de las casas mayores de los compuestos más importantes tanto en el sector de Arriba como en el de Abajo como directivos de tal junta de acción comunal. Aunque algunos de sus miembros han sufrido la influencia de la política y de los políticos regionales, la comunidad palenquera actual ha venido integrando el modelo presentado por el gobierno nacional en una clara estrategia de evolución adaptativa. Esta le ha permitido participar en el juego político electoral de la región y en ocasiones presionar algunas obras de infraestructura tales como aulas para la escuela, electricidad, acueducto, puesto de salud, etc. En los potreros los niños montan sobre el ganado, retozan, lo acarician, le hablan y cada ternero, vaca y toro tienen un nombre: Candelaria, Vinotinto, Chupete. El aprendizaje del manejo del ganado es juego y es una labor exclusiva de los hombres. Las niñas desde muy pequeñas han acompañado a sus madres y demás mujeres a la casimba, que son los huecos en el lecho del arroyo de donde se saca agua para la vida diaria en las viviendas. Las tareas del ordeño en los potreros del monte generalmente finalizan a las siete y media de la mañana. La leche en cántaros y sobre andas en burros se transporta al poblado. Las mujeres en el poblado se encargan entonces de venderla al camión que la recoge con destino a fábricas de quesos y otros productos en Cartagena. Los hombres van a sus rozas y los niños se preparan para la escuela, a la cual llegan después de las ocho de la mañana. También lo hacen las niñas, que deben ir al arroyo a cargar agua para la casa como parte de su aprendizaje cultural. Cada día después de salir de la escuela, el niño regresa al potrero en el monte, con otros niños de su cuagro y de su compuesto, vigila el agua del ganado, mira su ternerito, vuelve a arrear hacia los corrales y si hay necesidad hasta el pueblo. Anteriormente eran las mujeres quienes ordeñaban en los corrales del pueblo detrás de las casas, pero en los últimos años algunos inspectores de policía, que no han sido palenqueros, han prohibido el paseo del ganado por las calles. Sin embargo, todavía se observan comparsas de ganado en las tardes cuando el clima se hace tibio y en las mañanas cuando el ambiente es aún fresco. Su desfile lento y masivo le presta al poblado un hálito vital y mágico, que a su paso dibuja siluetas polvorientas de pezuñas y cachos.
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