DISCURSO PRONUNCIADO POR GERARDO REICHEL-DOLMATOFF EL 16 DE DICIEMBRE DE 1987, AL RECIBIR EL DOCTORADO

Honoris Causa de la Universidad Nacional de Colombia [1]

Señor Rector de la Universidad Nacional de Colombia Señores Decanos y Profesores Señoras y Señores:

Quisiera comenzar expresando mi agradecimiento profundo a la institución académica máxima del país, por el honor que se me otorga hoy. Hay pocas distinciones tan estimulantes y enaltecedoras como ésta.  
Señor Rector: al yerme en compañía de tan destacados Académicos, reconozco la presencia de un supremo foro que ha evaluado generosamente mi obra.

Así pues, con el sol a las espaldas, hay aún días de fiesta para mí y poderlo celebrar en la Universidad Nacional, es doblemente grato y honroso. Ello significa para mí la coronación de un gran esfuerzo, y poder vivir este día conlleva mi sincera gratitud a Colombia y a quienes me han acompañado en mi camino con su colaboración, su amistad, su amor, su estímulo intelectual, su apoyo y su interés en mi trabajo.

Mis labores de investigación y docencia han abarcado varios campos de la Antropología, sea porque mis intereses personales me hicieron ver nuevas dimensiones, o sea porque condiciones externas influyeron sobre las posibilidades de acción. Así me he dedicado no solo al estudio de sociedades indígenas -presentes y pasadas- sino también a sociedades campesinas y a la antropología aplicada.
Pero principalmente he consagrado medio siglo a la arqueología y etnología, ante todo porque tengo la convicción de que el elemento indígena constituye para el país, para América y para la humanidad, un componente muy importante.

Hoy debo destacar que, desde comienzos de la década de los cuarenta, para mí fue un verdadero privilegio convivir y tratar de comprender en profundidad algunos grupos indígenas. Pude constatar entre ellos ciertas estructuras mentales y sistemas de valores, que parecían salirse por completo de las tipologías y categorías de la Antropología de entonces. No encontré al "buen salvaje" ni tampoco al así llamado "primitivo". No encontré aquel indio degenerado y embrutecido ni mucho menos aquel ser inferior por entonces descrito generalmente por gobernantes, misioneros, historiadores, políticos y literatos.

Lo que si encontré fue un mundo de una filosofía tan coherente, de una moral tan elevada, una organización social y política de gran complejidad, un manejo acertado del medio ambiente con base en conocimientos bien fundados. En efecto, vi que las culturas indígenas ofrecían opciones insospechadas; que ofrecían estrategias de desarrollo cultural que simplemente no podemos ignorar, porque contienen soluciones válidas y aplicables a una variedad de problemas humanos. Todo aquello hizo crecer más y más mi admiración por la dignidad, la inteligencia y sabiduría de estos aborígenes, quienes no por último han desarrollado sorprendentes dinámicas y formas de resistencia, gracias a las cuales la llamada "civilización" no ha podido exterminarlos.

Yo he tratado de contribuir a la recuperación de la dignidad del indio, esta dignidad que desde la llegada de los españoles se le ha negado; en efecto, durante quinientos años ha habido una abierta tendencia a difamar y a tratar de ignorar la experiencia milenaria de la población de todo un continente.

Pero la humanidad es una sola; la inteligencia humana es un don tan precioso que no se le puede despreciar en ninguna parte del mundo y el país está en mora de reconocer la gran capacidad intelectual de los indígenas y sus grandes logros gracias a sus sistemas cognoscitivos, los cuales no pierden validez por el mero hecho de no ajustarse a la lógica del pensamiento occidental.

Espero que mis conceptualizaciones y trabajos hayan tenido cierta influencia más allá del círculo antropológico. Tal vez soy demasiado optimista, pero me parece que los antropólogos de viejas y nuevas generaciones, según su época y el cambiante papel de la Ciencias Sociales, hemos contribuido a ir develando nuevas dimensiones del Hombre Colombiano y de la nacionalidad.

También confío que nuestra labor antropológica constituye un aporte a las propias comunidades indígenas, en su persistente esfuerzo de lograr el respeto, en el más amplio sentido de la palabra, que les corresponde dentro de la sociedad colombiana.
Yo creo que el país debe realzar la herencia indígena y garantizar plenamente la sobrevivencia de los actuales grupos étnicos. Creo que el país debe estar orgulloso de ser mestizo. No pienso que se pueda avanzar hacia el futuro sin afirmarse en el conocimiento de la propia historia milenaria, ni pasando por alto qué sucedió con el indio y con el negro no solo en la Conquista y la Colonia, sino también en la República y hasta el presente.

Son estas, en fin, algunas de las ideas que me han guiado a través de casi medio siglo. Ellas han dado sentido a mi vida.

Mi deuda con Colombia es grande pues, fuera de haberme dado un hogar, me ha abierto el inmenso mundo de su pasado y presente indígena, un cosmos tan rico y tan apasionante como difícilmente lo hubiera encontrado en otra parte. Al haber hecho conocer, dentro y fuera del país, este mundo aborigen, he tratado de retribuir aunque fuese una mínima parte de lo mucho que debo a Colombia.

Señor Rector: Usted, como pocas personas, me da una voz de aliento al premiar el cometido a mis esfuerzos. Al aceptar el altísimo honor que hoy se me concede, me permito expresar toda mi gratitud a usted y a las distinguidas directivas académicas de la Universidad Nacional.

 

 

[1]
Este discurso fue publicado antes en pequeñas ediciones en: Mutis, Santiago (director) 1989 Gradiva, Revista Literaria. Año III(7-8):5-6.
 Dussan, Alicia (compiladora) 1992 Premio Nacional al Mérito Científico, 1991, Gerardo Reichel-Dolmatoff pp. 81-83. Asociación Colombiana pata el Avance de la Ciencia y Granahorrar, Bogotá.
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