CARACOLES

Caracol Cerámica Museo del Oro, Banco de la República, Bogotá. Cultura Nariño: Fotografía Luis A. Escobar

A medida que cambian los tiempos cambian los significados de las palabras. Esto que es obvio, pues las palabras son el producto del sentimiento del hombre, lo olvidamos con mucha frecuencia. Hay que recordarlo ahora precisamente cuando se deben utilizar aquellas fascinantes y hermosas palabras como, magia, hechizo, embeleso. Son éstas, y otras palabras que a lo mejor no se han inventado, las que nos sirven discretamente para describir el "encanto" del caracol para el indígena. Nuestros cronistas nos relatan que los indios de la región del altiplano cundinamarqués cambiaban las mantas y la sal por los caracoles pero lo mismo se podría decir de otros núcleos para quienes existía ese cierto misterio, magia o hechizo del instrumento. Algo se puede comprender cuando observamos en nuestra época a los campesinos abrazados al "transistor" o radio de pilas del cual no se desprenden ni aún para sembrar la papa. No es solamente la cajita de música sino la magia escondida tras el misterio de algo que no comprenden cabalmente pero que allí "vive". Son las artes reunidas, el color, la forma, el sonido lo que para los indígenas o para nuestros campesinos sigue siendo "magia", encanto en el verdadero sentido de la palabra.

Todo lo que se diga será poco para tratar de comprender el amor de muchos grupos precolombinos hacia los caracoles. Basta con admirar los indescriptibles caracoles de la cultura Teotihuacán, que adornan el Palacio de las Mariposas. Leamos lo que nos dice José Corona Núñez al respecto:

"En la ciudad arqueológica de Teotihuacán, QUETZALCOATL aparece en la pirámide de su nombre como una serpiente emplumada recostada sobre conchas y caracoles, haciéndose con eso hincapié sobre su condición de deidad creadora. Y precisamente, en esa misma ciudad donde fue el nacimiento de los dioses, lugar de creación, en el recién descubierto Palacio de las Mariposas, hay en las pilastras la reiterada imagen en alto relieve y a colores, de formidables caracoles marinos con embocadura y adornos de plumas de quetzal indicando que se trata del QUETZALTECCIZTLI: caracol divino, que con su sonido debió presidir la creación de los dioses que gobiernan el Quinto Sol, la quinta era que estamos viviendo.

También la palabra de Dios se produce en el hombre. Cuando éste habló en nombre de la deidad se llamó TLATOANI: el que habla en voz alta, el que gobierna, el que manda. Cuando el hombre moduló la palabra, se produjo el canto y la poesía. Entonces la espiral del caracol, convertida en la vírgula del habla, se adornó con flores porque con esta clase de palabra se habló directamente al corazón del hombre, considerado como la flor más preciosa. Cuando esta voz se reprodujo al través de mecanismos, se creó la trompeta, la flauta, la ocarina. . . Surgió la música como un torrente de palabras divinas.

Pero la naturaleza también habla mediante los tumbos del mar, el retumbo del trueno en el cielo y en los montes y en los ecos de toda la tierra, y mediante el ruido de las aguas y el traqueteo de la lluvia. El hombre, al copiar esas voces, creó el gran tambor, el teponaxtle, el raspador, la sonaja. . . Todos instrumentos de percusión y de viento que forman el complemento de las voces del cielo y de la tierra.

Si así fue como se crearon la música, la poesía, el canto y la danza que es la mímica de estas bellas artes, es indudable que el indio tenía plena conciencia de ello, y de allí su uso ritual y el gran respeto con que las ejercía.

"El hombre prehispánico de México sentía en el viento la presencia de Dios. Pero no concibió su palabra sino hasta que el viento salió a través de un caracol marino. Entonces fue cuando el caracol se convirtió en el instrumento de la palabra divina".

Jaguar tocando el Caracol. Palacio de las Mariposas. Teotihuacán México. 500 d.C. Museo Nacional de Antropología. México.

Esta bella interpretación del arqueólogo mexicano, José Corona Núñez, nos ayuda a comprender el evidente grado de aprecio del indígena por los caracoles, pero como decía al comienzo, el estado de embeleso o enajenación mística impulsado por el caracol como símbolo de lo espiritual en la búsqueda de sus Dioses, requeriría de palabras que no se han inventado.

En cierta medida es lo que acontece con la misma música que aún siendo más poderosa en su expresión íntima, acude al proceso de los silencios, algo como si el escritor dejara en blanco páginas o espacios, anonadado por el mismo peso de su pensamiento o espiritualidad. Nada de lo anterior se puede quitar al indígena o a cualquier hombre cuando principia a buscarse, a buscar a sus dioses, a buscar su gran modo de sentir, Viene entonces una nueva simbología que concreta su gran mundo espiritual. Es cuando aparecen los caracoles, los tabernáculos, los Sancta Sanctorum, las palomas, jaguares, y tantos otros animales o dioses que aparentemente sintetizan el fragor interior del hombre primitivo.

Caracol Corno o Trompeta con boquilla. Relieve de uno de los altares en el Palacio de las Mariposas. 81 cms. Museo Nacional de Antropología.
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