EL CARACOL EN COLOMBIA

La mayoría de las culturas precolombinas del territorio colombiano crearon y utilizaron diversas formas de caracoles. Fue el instrumento común y símbolo idealizado por la belleza de su forma. Entre los ejemplares que se pueden contemplar en el Museo del Oro del Banco de la República en la ciudad de Bogotá, sobresale el que se encontró en el municipio de Restrepo, Departamento del Valle de Cauca, perteneciente a la cultura Calima. Es un caracol repujado con láminas de oro sobre un modelo natural ya destruido por el tiempo. Pesa 202.42 gramos y mide 29.5 centímetros de largo. Es un instrumento símbolo que no tiene orificios para producir sonidos.

Otros dos caracoles de oro, más pequeños, de la cultura Quimbaya, son objetos de adorno muy preciosos y representan el caracol de tierra. Es oportuno agregar que, tanto la cultura Quimbaya como la Calima, no ofrecen datos musicales adicionales fuera de algunas vasijas percutivas. Tampoco se puede decir que el caracol haya sido un instrumento musical importante para ellos pues, como ya se anotó, éstos fueron utilizados como símbolo y adornos.

El caso excepcional es el de las culturas de la región que comprende el sur de Colombia y norte del Ecuador. Allí existieron varias culturas precolombinas que se distinguieron por el inmenso amor por el caracol como instrumento y como forma expresiva. Los Pastos, Nariño o Quillacinga y los Mallamúes debieron recibir influencias recíprocas con las que, poco a poco, sintetizaron determinados tipos de caracoles verdaderamente hermosos. En general son caracoles pequeños, elaborados en arcilla, con fascinantes colores y dibujos.

Conjunto de caracolitos colección J. Ignacio Burbano. Fotografía: Luis A. Escobar
Conjunto de caracoles en plato, Pasto. Colección J. I. Burbano. Fotografía: Luis A. Escobar

Las paredes que forman el instrumento son finísimas en todas sus partes, inclusive interiormente, producto de las técnicas tradicionales en el manejo del barro, cocción y selección de colores. Se puede pensar que fueron, más que todo, objetos bellos para ofrendar, representaciones artísticas, objetos con sentido mítico y mágico, amuletos, piezas para colgar o exhibir, para expresar y comunicar por medio del barro a manera de idioma delicado y sutil. Aún se siente en aquella región ese poder de comunicación por medio de la artesanía y del llamado barniz de Pasto. El caracol, como el laúd del medioevo y renacimiento en Europa, encarna el espíritu y la materia, la música y la forma, y resume las actitudes nobles de muchas generaciones. Las principales características de los caracoles de la región de Nariño son las siguientes:

CARACOLES CON MIQUITOS 

Conservan la forma del caracol marino, interna y externamente. Son de tamaño mediano, hechos como para ser tomados y acariciados por la mano. En la punta cerrada del caracol, uno, y más frecuentemente dos miquitos, colocan sus cabezas, y sus colas armoniosamente abrazan las ondulaciones propias del molusco. La simbología de los miquitos no ha sido debidamente estudiada pero en general se le otorga una connotación sexual ligada con la fertilidad, lo cual de por sí ya tiene el mismo caracol.

Caracoles con caras de hombres o dioses no son tan comunes. Sin embargo, existen unos pocos ejemplares en los que aparecen figuras que están tocando antara o flauta de Pan. Tienen formas femeninas muy elaboradas que no descuidan los detalles del peinado o la belleza en sus contornos. Son verdaderas expresiones artísticas esculturales. El caracol se convierte e sitio medio para representar mitos y creencias.

Caracol Nariño configura humana. Banco República, Bogotá. Foto: Luis A. Escobar.

CARACOLES DE TIERRA

Llegamos a una bella síntesis de los caracoles de mar y tierra, caracol alargado con dos huecos y cuyos sonidos son bajos casi imposibles de lograr. Por su forma extraña, se les asignan nombres que no corresponden. Los llaman silbatos, ocarinas y hasta flautas. Como instrumentos musicales son piezas raras y sin función. Más bien se les debe considerar como objetos de arte. Todos llevan hermosos colores con dibujos abstractos en estilo que difiere del resto de sus expresiones pictóricas, incluyendo sus famosos platos en los cuales aparecen figuras geométricas, de animales y hasta escenas o movimientos humanos.

Caracol Nariño para colgar. Colección Obando. Pasto. Foto: Luis A. Escobar.

PEQUEÑOS Y REDONDOS

En este caso la forma típica en espiral del caracol marino y también la forma del caracol terrestre, desaparece para convertirse en un objeto manual. El tamaño parece que se ajustara para que cupiera en la palma de la mano. Son hechos de piedra y no sólo en cerámica. En algunos casos la piedra es hermosamente labrada para que aparezcan relieves y ornamentaciones abstractas. En los objetos de cerámica sobresale el color muy bien conservado. Se puede advertir el deseo de pintar paisajes y escenas de danza. Ya se ha dicho que no son instrumentos musicales y los agujeros que tienen pueden utilizarse solamente para colgarlos. Son objetos que llegaron a convertirse en expresión abstracta partiendo del caracol musical. Es algo ligado al tacto, a la posesión o dominio por medio de las manos, al goce de tocar, palpar, circundar, es decir, poseer totalmente. El hombre tiende a palpar con su interioridad como si fuera un ciego permanente, a circundar con las manos y a encontrar el significado total por medio de la satisfacción no solamente erótica. La escultura está ligada a ese sentido de gozo de las dimensiones. El caracol ofrece la tentación y la oportunidad para palpar esas cualidades y goces que quizá el hombre moderno haya perdido en cierta medida. La idea de continuidad en la ondulación, la suavidad y delicadeza de las texturas, convierten a este objeto-caracol en centro de búsquedas de otras sensaciones y expresiones abstractas, misteriosas, expresiones que lograron estos grupos precolombinos. De ahí que existan tantos caracoles y caracolitos, para colgar, para adornar, para palpar, para hacer sonar, pintar, o simplemente mirar como expresión de algo que se acepta o se intuye. Ellos crearon e inventaron. Los verdaderos caracoles de mar fueron los modelos.

Caracol Nariño con cara felina. Colección Obando. Pasto. Foto: Luis A. Escobar.

Al contrario, en la Costa Atlántica de Colombia, obviamente se encuentran muchos caracoles de mar de todos los tamaños y para todos los usos pero no se convierten en símbolo ni en instrumento principal. Allí surgirían otros símbolos y otros instrumentos musicales muy importantes.

Precisamente del norte de Colombia llegaban los caracoles marinos que ambicionaban y veneraban los indígenas de las planicies y cercanías de Bogotá. Se intercambiaban por sal y mantas de atractivos colores. "En febrero conmemoraban los chibchas la venida de Bochica con procesiones y rogativas. Venían cerca de diez mil indios de los reinos de Tunja, Bogotá y Sogamoso, y al son de caracoles marinos guarnecidos de oro, de flautas y tamboriles, celebraban las ceremonias religiosas". Así lo relata el historiador colombiano, Monseñor José Ignacio Perdomo Escobar. También Fray Pedro Simón dice, "... y cuando entraban en la lidia atronaban la tierra y el aire en estruendo de trompetas, bocinas y caracoles".

Fue el caracol el instrumento de las culturas precolombinas de Colombia, el más amado y elaborado aunque no el más representativo musicalmente. Sus pocos sonidos engendraban toda clase de reacciones especialmente en los grupos primitivos. Hasta nuestros días sigue la confusión por los nombres que los cronistas y comentaristas usaban y siguen usando indistintamente. Las palabras, fotuto, fututo, trompeta, bocina y hasta flauta, fueron aplicadas al caracol pero esto mismo nos hace ver cómo se tenían en tanto aprecio por los indígenas de Colombia y el resto de América.

Sobre los actuales indígenas IJCA de la Sierra Nevada de Santa Marta, los antropólogos Álvaro Chávez Mendoza y Lucía de Francisco Zea escriben:

"El Máma estudia al niño y le pone un nombre de acuerdo con el lugar y día de su nacimiento, con la familia a que pertenezca, con las características físicas propias y las de sus padres. Le coloca una "seguranza", pulsera de cuerda con semillas o caracoles que evita las enfermedades. Los niños llevan caracoles alargados llamados "siriches", que simbolizan el miembro viril y las niñas "muruchos", caracoles redondeados que simbolizan su sexo".

La magia y el poder misterioso del caracol sigue vigente. Aún seguimos escuchando las voces secretas del mar y de nuestro propio mar interior. Para los precolombinos fue algo más. Como instrumento musical tocado por sus dioses se convirtió en el símbolo de lo inefable, centro de afecto como cáliz mediador para tratar de llegar a lo desconocido.

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