LA CONQUISTA

Fragmento de un pito. Cultura Quimbaya Colección Mejía Marulanda Pereira. Fotografia: Luis A. escobar.

Para las culturas precolombinas la gran catástrofe de la Conquista no fue él haber perdido sus objetos preciosos, el oro, especialmente. La tragedia consistía en contemplar el permanente derrumbe de sus creencias, de sus culturas. Sus dioses irían a ser cambiados por otros, sus costumbres, idiomas, músicas, todo, todo lo que conforma el modo de ser de sociedades forjadas en muchos siglos, principiaba a cambiarse como si se tratara del simple trueque de objetos sin valor.

Ellos eran conscientes de que en sus guerras se jugaba algo más que la supervivencia personal o la defensa de sus pertenencias y metales preciosos. Eran conscientes de que estaban defendiendo sus culturas, algunas increíblemente adelantadas. Por eso la guerra fue a muerte, guerra total, con todas las implicaciones tenebrosas de la lucha a sangre y fuego. Así lo refieren los cantares de algunos poetas o "Cuicapic que" nahuas, cantos realistas, cantos de extremada expresividad, reveladores del alto grado musical a que habían llegado pues eran, a la vez, poemas y cantos que seguramente también se danzaban. Uno de esos hermosísimos cantos es el que hace relación con el sitio de Tenochtitlán y que transcribo, tomado de la "Visión de los vencidos" o relaciones indígenas de la conquista, en versión de Ángel Ma. Garibay K. Este trágico y bellísimo poema sintetiza la angustia y profundo dolor no sólo de los indios de Tenochtitlán. Es la descripción desgarradora del indígena americano.

Gritona. Cerámica. Museo Nacional de Antropología San Salvador.

Llorad, amigos míos.
Tened entendido que con estos hechos hemos Perdido a la nación mexicatl".

"En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen los muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados los sesos.
Rojas están las aguas, están como teñidas,
y cuando la bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe
y era nuestra herencia una red de agujeros.
Con los escudos fue su resguardo,
pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad...

Llorad, amigos míos,
tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexícatl.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!
Esto es lo que ha hecho el Dador de la vida en
Tlatelolco...".

"Llorad, amigos míos.
Tened entendido que con estos hechos
hemos perdido la nación mexícatl".

Pocos poemas alcanzan a pintar tan patética situación. El poeta refleja todos los extremos. Los dardos rotos, los cabellos esparcidos, las casas destechadas, los muros ensangrentados, los gusanos pululando por calles y plazas, las paredes salpicadas de sesos... Este mural de sintéticos pavores hacen recordar las versiones infernales de Pedro Breughel el joven, o la variada fantasía, también directa y terrible de Jerónimo Bosch. ¡Cuánta fuerza expresiva en aquellos poemas indígenas que resumen el inmenso dolor y frustración de sus razas!.

Cuando se refiere el poeta a la herencia perdida, la compara con una red de agujeros y luego se duele de la lucha inútil con los escudos que tampoco servirán para atajar la terrible soledad de la derrota. De ahí el desespero rabioso de los golpes contra la pared de adobe. No puede haber lamentación más desesperada, desbordada, que finalmente se resume en la agobiante petición de llorar, llorar como último signo de la fatal derrota.

"Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe y era nuestra herencia una red de agujeros.

Con los escudos fue su resguardo, pero ni con escudos puede ser sostenida su Soledad... "

Tan tremendas narraciones, también se refieren a los instrumentos musicales:

"Inmediatamente cercan a los que bailan, se lanzan al lugar de los atabales: dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos. Luego lo decapitaron: lejos fue a caer su cabeza cercenada".

Chipe dios de los deshollados
Llorona. Colección Burbano. Pasto.

"Cuando así se hubo cegado el canal, ya marchan los españoles, cautelosamente van caminando: por delante va el pendón van tañendo sus chirimías, van tocando sus tambores".

El canto y la danza no podían faltar en tan significativas contiendas.

"Pues así las cosas, mientras se está gozando de la fiesta, ya es el baile, ya es el canto, ya se enlaza un canto con otro, y los cantos son como un estruendo de olas, en ese preciso momento los españoles toman la determinación de matar a la gente. Luego vienen hacia acá, todos vienen en armas de guerra".

Retumba en el oído como seco y fuerte acorde Beethoveniano, la frase: "y los cantos son como un estruendo de olas..."

Tampoco podía faltar el canto en sus poemas de dolor pues su poesía era para cantarse:

"Van cantando ellos, pero también cantando están los mexicanos. De un lado y de otro se oyen cantos. Entonan los cantares que acaso recuerdan y con sus cantos se envalentonan".

La Conquista era guerra de cantos, guerra de culturas, guerra que persiste, guerra con derrotas que aún siguen y duelen en el alma del indígena.

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