Pilotos, bañadores y achicadores

Cada una de las embarcaciones tiene un piloto, un pilotillo o proero y un achicador. Por lo general, el piloto de la principal actúa como capitán de todo el equipo, mientras que el piloto de la auxiliar es el segundo en la jerarquía del grupo. Los proeros no sólo señalan los obstáculos que se van presentando en la ruta, sino que comparten con el piloto la responsabilidad de escoger el sitio para el lance, así como la táctica para desarrollarlo.

Cuando realizan la faena en un bajo, es indispensable programarla con la bajamar. Cuando se lleva a cabo desde una playa, es posible hacer lances durante la pleamar, siempre y cuando la vegetación de la orilla no les impida moverse con los cabos atados a la cintura. Dependiendo de las mareas, salen entre las 3 y las 6 de la mañana. Les toma por lo menos una hora cargar motores, tanques de gasolina, aparejos, alimentos y utensilios para cocinar. Cada pescador va de mochitos (pantaloneta), camisa de manga corta, sombrero y sus chivatas bien agarradas. Dentro de estas mochilas hechas con pedazos de chinchorro viejo ponen un corte de plástico, un recipiente con agua dulce, una vianda, o plato u olla para que se les sirva allí el almuerzo, y una cuchara o un tenedor. Después de acomodarse, sacan el corte de plástico y con él se defienden del viento frío y de las salpicaduras levantadas por los flotadores de balso. Exceptuando al piloto, al proero y al achicador, es usual que a los pocos minutos de viaje toda la tripulación estire sus huesos y se ponga a dormir.

Cuando la pesca no es abundante o cuando los motores están en malas condiciones, se escogen sitios cercanos para la faena. En estos lugares no se gastaba más de una hora después de salir de la sede de Anpac. Cuando las máquinas estaban bien y esperaban una buena captura, viajaban durante 2 y 3 horas hasta Salahonda o hasta la frontera con Ecuador. Por la disminución de las capturas, los pescadores comenzaron a definir líneas de territorialidad, que afirmaban llegando lo más temprano posible al lugar sugerido por la estación del año y las mareas. La necesidad de pesca en zonas distantes también obedecía a que el tsunami de 1979 agrietó fondos como los de La Bocana, donde se enredaban las redes.

Poco antes de que la faena comience, es frecuente que el cielo esté lleno de arreboles que hacen resaltar los perfiles de las embarcaciones y los pescadores. Entonces, las dos canoas se alinean. Los tripulantes de la auxiliar toman el extremo del cabo de la manga de estacas y el pilotillo orienta la máquina hacia la orilla. Allá se apea la mitad de la tripulación. La canoa principal, también impulsada a gran velocidad, comienza a desenrollar los cabos de la misma manga. Para ello, uno de los tripulantes asegura una palanca de madera contra las tablas de la realza, mientras que el cobero cuida que las manilas se desenrollen sin formar nudos. Terminados los cabos, los botadores de buche y plomo van lanzando el chinchorro al mar, hasta llegar al sardenal perteneciente a la manga de apegue. Dejan la línea de boyas en el extremo superior y en el inferior una línea de plomos. Lanzados los cabos de apegue, el piloto de la canoa principal se dirige a la orilla y ancla la embarcación para que el resto de la tripulación se apee en la playa o en el bajo. El primero en saltar a tierra debe ser persona experimentada, ya que tiene que sostener la red hasta que lleguen los demás.

A medida que saltan, comienzan a halar los cabos haciendo con ellos pares de anillos o guindolas que se meten por la cabeza, hasta que el lazo les llega a los glúteos. Entonces, con ritmo pausado, empiezan a avanzar de espaldas. En cada manga se forman dos filas de 6 a 8 pescadores cada una. Halan sincronizadamente, hasta llegar al propio monte o fondo marino demasiado profundo para hacer la fuerza requerida. Cada trayecto se llama subida. El primero que no pueda continuar, se va a la orilla del mar o al comienzo del bajo, hace una guindola individual y aguanta el cabo hasta que llegan los demás para hacer sus pares de guindolas.

Una vez en tierra, los proeros se desempeñan como caberos. La valía de su trabajo aumenta con el avance del arrastre de la red. Si no enrollaran las manilas en el orden debido, el segundo lance o el de la mañana siguiente tomará mucho tiempo. Al filo del agua siempre hay alguien, llamado bañador, que guía los cabos para que no se enreden. Trabaja en compañía del piloto, en especial cuando la línea de plomos se apega o se enreda en el fondo del mar. Entonces, piloto y bañador salen en una de las canoas. Lo usual es que a esta altura del lance baste con halar la línea de boyas para que la red se despegue.

Siempre me ha parecido emocionante el inicio de cada jornada. El brillo solar del amanecer y los reflejos cambiantes del agua, así como la energía rebosante de los pescadores, constituyen estímulo permanente para oprimir el obturador de la cámara o tomar notas instantáneas. Cuando se está halando y el calor aumenta, uno va tomando conciencia del cansancio y de los cientos de picaduras que los casi invisibles jejenes le han propinado desde el embarcadero. Para quien no está acostumbrado a los rayos del Sol, el ardor en las pantorrillas y en los brazos puede ser intolerable. A ello se suma la somnolencia producida por el madrugón.

Entonces vale la pena tirarse al mar o caminar desde la manga de apegue hasta la manga de estacas. Si el lance fue en una playa como la de La Hacienda, es posible que uno encuentre en el trayecto sorpresas inesperadas, como la que ofrecen miles de cangrejos rojos que se mueven en todas las direcciones posibles y huyen del ruido de los pasos extraños. En ese momento uno cae en cuenta de que no se trataba de hojas secas, sino de una vitalidad vibrante.

La composición de la manga de estacas es equivalente en número a la de la manga de apegue. Sin embargo, es usual que aumente la edad de los pescadores, y con ella la experiencia requerida para dar cumplimiento cabal a su misión de iniciar el lance. También hay un cabero de estacas. Como en la manga de apegue, en este grupo el cabero también hala el chinchorro. Sin embargo, cuando está arreglando los cabos, le guardan el puesto, dejando una guindola libre.

Una vez halados los cabos, se dice que el chinchorro comienza a calar. Casi siempre esto coincide con el momento en que se hacen visibles las boyas. Para entonces, unos 500 metros separan ambos extremos de la red. Al estar cargada, y dado que se está cerca de la orilla o el bajo, las probabilidades de que la red se enrede aumentan tanto como las veces que hay que bañar el chinchorro, buceando y despegando la red del fondo del mar. Cuando las boyas se aproximan a la orilla, menos guindolas se pueden hacer y así se arrastra tirando directamente de la red. A partir de ese momento, los pescadores de cada manga se dividen en dos grupos: acomodadores de boyas y acomodadores de plomos. En la manga de estacas, el bañador y el pilotillo se meten al agua para facilitar el calado; en la otra, el piloto y el cabero hacen lo mismo. Cuanto más cerca estén las boyas unas de otras, mayor el número de gaviotas y tijeretas que se posan sobre el buche hirviente del chinchorro.

En la medida en que se acerca el bolso a los pescadores, más ardua es la operación del calado. No paran, no hay descanso. Cuando sale la red, su acomodo no es tan ordenado; quien esté disponible va ordenando cada manga. Dado que muchos peces quedan mallados en las alas, otros pescadores condicionales reciben el mosqueo, es decir el pescado que alcanzan a desenmallar. Mosquear puede ser una tarea tan productiva como la propia pesca, pero requiere de un trabajo rápido por parte del pescador condicional. El mosqueo es una actividad que pueden desempeñar aquellos pescadores que al no haber podido madrugar, se unen a un grupo que no es el suyo.

Chequeo y tapao

La aparición de los sardenales coincide con el chequeo o inspección de la superficie alborotada, en busca de presas valiosas, tales como las langostas. Se oyen gritos como «Vienen dos cabezonas (o lisas); vi un toyo; viene una langosta». Quien cante primero, tiene derecho a la presa, ya sea para venderla o para repartirla entre los miembros de su familia. Cuanto más cerca esté de los pescadores, más hierve el buche. No deja de ser angustioso el ruido de tantos seres vivos luchando por no morir. Los primeros peces que saltan son arrojados con fuerza al bolso.

Los lances que presencié dieron muy pocos pescados comerciales como el pargo rojo, la corvina o la sierra, debido a la época del año. El 90% de las capturas eran de especies para el mercado local, como el burique, el ojón, la plumuda (sardina) y la abundancia (o arrechera, del cual se dice que es afrodisiaco).

Acercan la canoa auxiliar y comienzan a llenarla de pescado. Cuando ésta se dirige hacia el mercado, pueden suceder dos cosas: si la producción no fue abundante, se cargan los aparejos en la principal y se regresa a puerto cuanto antes. En el caso contrario, se hace un segundo lance. Como no se cuenta con dos canoas para realizarlo, el bañador de la manga de apegue toma el cabo de la misma, aguantándolo con toda su fuerza mientras la canoa principal sale a gran velocidad para extender los cabos. Una vez fuera del agua, los otros pescadores de la manga de apegue se botan a ayudar al bañador. El resto del lance sigue como el primero.

Mientras esto sucede, el cocinero comienza a preparar el almuerzo. Lo tradicional es el exquisito tapao, que prepara en una olla de aluminio donde coloca una capa de pescado y pedacitos de plátano que se tapan con hojas del mismo; luego, una segunda capa de pescado cubierta con hojas de bijao, hasta llegar al borde del recipiente. Sólo le pone un poco de agua de mar, y espera a que los líquidos de las hojas le den sabor. Cuando termina su subida, cada pescador pasa por el rancho y recibe su porción en una hoja de plátano. De inmediato, regresa a la manga; se faja su guindola y cobra cabo a medida que come. Hoy, las pastas y otras comidas cocinadas en agua dulce pasan de ser platos especiales a cotidianos. Al haberse roto la red que unía pesca y agricultura, la economía local perdió su autosuficiencia, de modo tal que resulta más fácil conseguir galletas de sal, sardinas enlatadas, gaseosas y demás alimentos procesados, que pescado fresco y plátano.

El cargo de achicador se rota, mientras que el de cocinero es fijo. Cuando no hay un segundo lance, reparten el almuerzo de regreso hacia Tumaco. En estos casos, una ración frecuente consiste en pastas con salsa de tomate y arroz. Es sorprendente la cantidad de alimentos que recibe cada cual. Una de las viandas más apetecidas es una tapa de olla de medio metro de diámetro; otra, ollas de un litro. Algunos se comen todo lo que les sirven y piden repetición. Otros guardan para llevarles a sus hijos. El repelo o pegao de arroz del fondo de la olla se considera algo muy apetecido para llevar a la casa como obsequio, después de la faena.

Cuando la captura era escasa en especies comerciales, los grupos de la Anpac les vendían su pescado a los intermediarios de Tumaco y no a la Sociedad Colectiva de Pescadores Artesanales, empresa de la cual eran copropietarios. Esta interacción comercial con su propia comercializadora era más intensa en los meses de cuaresma, cuando aumentaba la captura de los peces de alto valor comercial. Como se aprecia en las Tablas 3, 4, 5, 6 y 7 (véase pp. 51-53)

Tabla 3

Libertador

Tabla 4.

Birkeen

Tabla 5.

Unidos Venceremos

Tabla 6.

Zwann

A mediados de julio de 1983 la captura de todos los grupos fue abundante pero sólo en ojón, plumada y abundancia. Incluso, el mercado local se saturó y la producción fue repartida entre los pescadores de los cuatro grupos de chinchorro con el fin de que las mujeres la salaran y secaran. De ahí las grandes cantidades de pescado que por esos días dejaban afuera, sobre pequeñas tarimas de madera, frente a cada casa.

El capitán del equipo reparte las ganancias del día. Éste suma los gastos de combustible y comida que se presentan antes de zarpar y los resta a lo recibido de quien compra la producción. De ahí, le suma doce partes al número de pescadores que salió ese día, para entonces hacer la división. Luego, le entrega cuatro partes a cada uno de los dueños de cada motor y cuatro partes más al dueño de la red. Cada una de las partes restantes es para los tripulantes que salieron esa mañana.

Tabla 7. 

Otros equipos  

Tabla 8

Forma como se reparte la producción entre los pescadores de un chinchorro

Motores = 2(4) = 8 partes

Chinchorro = 4 partes

Pescadores = 25 partes

Total = 37 partes

P (repartir) = (Producción – Gastos)/(n + 12)

Cuando hay un solo lance, los pescadores regresan antes de las tres de la tarde. Cuando hay dos, entre las cuatro y las siete de la noche. Después de varias horas al sol calando el chinchorro, dejan preparados los equipos para el día siguiente: ordenan los aparejos, endulzan el motor y remiendan la red. Terminado todo esto, se van a la casa, se bañan y regresan a la sede de la Sociedad para reunirse en el mentidero construido al frente de la entrada. Decorado con murales alusivos a la historia de la Anpac, es el lugar predilecto para comentar las incidencias del día y cortejar a las muchachas que pasan. Es usual que alguien traiga una botella de aguardiente Galeras, ya sea para celebrar el éxito de la jornada o para olvidar el fracaso de la misma. Como otros pescadores del mundo, éstos ingieren bastante licor.

Hacia las siete de la noche regresan a sus casas, comen aparte de sus mujeres e hijos y, con o sin ellos, acuden a las tiendas del barrio para no perderse la telenovela nacional. Luego se van a dormir hasta las tres de la mañana, cuando el piloto del grupo pasa de puerta en puerta para despertarlos. Al abrir los ojos, cada uno prenderá su radio, que hará llorar al nené de la casa. Los perros comienzan a ladrar, las aves a aletear y cacarear y el barrio a despertar. Hacia las seis de la mañana, los hombres que no pescan saldrán a buscar pescado o carne, mientras las mujeres traen el verde (plátano) para el desayuno.

Pesca y mutilación corporal

A las cinco de la tarde de ese 23 de junio de 1983, como estaba cansado de transcribir notas de campo, me fui a conversar con Camachito. Estaba en la caseta donde los pescadores del chinchorro El Libertador guardaban canoas y aparejos. Charlaba con el viejito y con quienes habían estado por la mañana pescando en Proalaluna. De un momento a otro, decidieron partir al mismo sitio. Ésa era la época de irse para allá y no podían resignarse a los ocho pesos que les había dejado el lance terminado cuatro horas antes. Además, tenían rabia porque uno de los del grupo había chequeado dos rayas y una tortuga. Se suponía que el beneficiado debería haber soltado a la tortuga, especie en vía de extinción, pero la mató en el muelle por su carne y caparazón. Aunque me había negado a ver el sacrificio del animal, tuve que oír detalles de esa agonía tan prolongada que precede al último suspiro de todas las tortugas.

Pregunté cómo botarían la red, si ya comenzaba a oscurecer. El capitán me miró con cara de a usté qué le importa. El pilotillo trató de romper el hielo con un guiño, y añadió: «Seguro, no fallaremo», me dijo. La dinamita no les falló. ¡Y yo que había pensado que iban tan livianos porque usarían espineles! Hablé con Rafa porque si una de las metas de la Anpac era proteger el medio para que les tocara algo a los pescadores de mañana, ¿cómo se quedaban tan tranquilos sabiendo el sacrificio de tortugas y de la pesca con dinamita?

Rafa me explicó que ésas eran dos de las batallas que estaban perdiendo. Me contó cómo hacía dos semanas, un hombre y su mujer habían tirado un taco tan cerca de una de las canoas del Birken, que se habían dañado las realzas de la auxiliar. En vez de protestar, los pescadores habían hecho lo usual en estos casos: desnudarse para que no los agredieran las fieras (tiburones); botar un tibunco que, a manera de boya, les mostrara la dirección de la corriente que se llevaba la mancha de peces muertos; coger otro tibunco para meter los pescados que pudieran sacar con cada bañada y, por último, vender sin tener que repartir porque la captura con mecha depende de la fuerza y habilidad de quien bañe, no del trabajo en equipo.

Quienes han estudiado la pesca sostienen que la dinamita tiene mala prensa (Acheson 1981). Dicen que hay muchos peces que no mueren sino que quedan aturdidos, y que cuando la mecha deja de producir, los pescadores la dejan, como sucede con cualquier otra técnica. Gracias al abandono, el lugar va recuperando sus especies y cadenas alimenticias, hasta que --como dicen en El Chajal-- el pescador otra vez puede volver a acosar a la fauna. Sin embargo, el caso tumaqueño parecería salirse de madre. Primero, por el número elevado de mujeres y hombres que luchan por sobrevivir después de la explosión, que supusieron ocurriría un segundo más tarde, con dolor insoportable y hemorragias interminables. Ésta les arrancó uno o ambos brazos, una o las dos piernas, orejas, narices u ojos. Segundo, porque es en los manglares en donde se ven mejor las manchas de peces en trance de devorar lo que esté a su paso. Quien pesca con dinamita pasa horas esperando ver una de esas comederas. Entonces, en esos lugares, el estallido no sólo da cuenta de los animales grandes que pueden sacar a manos limpias, sino de larvas, juveniles y reclutas de camarones, cangrejos, caracoles, pianguas y demás animales cuya vida se desarrolla alrededor de las raíces del mangle.

Recuerdo el bello manglar situado al frente de las casetas de los chinchorros de la Anpac. A diario, los socios de la empresa temían que quienes tiraban las mechas allá, averiaran instalaciones y equipos. Sus protestas eran inútiles porque ellos mismos no eran consecuentes con sus súplicas.

Arrecifes coralinos

Ricos en animales grandes y caros, los arrecifes coralinos del litoral Pacífico distan por lo menos 36 km de Tumaco o El Chajal. A profundidades de 100 brazas o más, y cubiertos por aguas turbulentas, requerirían embarcaciones mucho mayores que las empleadas para la pesca con chinchorro. No sólo está en juego la seguridad de los pescadores, sino la necesidad de recoger largas líneas de anzuelos y refrigerar luego la producción para que no la dañe la travesía prolongada. La pesca de altura es selectiva y respetuosa del entorno, adecuada para los pescadores artesanales, siempre y cuando adopten mejores embarcaciones. Pese a que esta modalidad parece más cercana a la industrial, en El Chajal hay un grupo de pescadores que, valiéndose de embarcaciones similares a las que usan para arrastar las changas, cobran rayas y tiburones en lugares bien alejados de la costa. Además, en la Calle de los Estudiantes de Tumaco existe un grupo de especialistas en pesca con volantines. Por su parte, la Sociedad Colectiva, con el apoyo del Plan de Padrinos y otras agencias, adoptó una tercera modalidad de pesca con embarcaciones de ferroconcreto que cuentan con motores diesel de centro de 125 caballos de potencia.

Espineles para pesca de tiburón

No se necesitan más de dos personas para formar un equipo de pesca con espinel. Usan potros de 6 a 8 metros de eslora con motores fuera de borda hasta de 40 caballos. Dada la estrechez de las embarcaciones y el volumen de las presas que estos pescadores cobran, el que quiera observar una de estas faenas debe viajar en otra canoa y prepararse para un día de remezones por las olas altas y los vientos fuertes.

En El Chajal, don Alejandro Saya combina la agricultura con el cobro de rayas y tiburones. Frente a su tienda, con las artes en la mano, me explicaba:

El espinel para la pesca de tiburón se hace primero empatando anzuelos en un empate corto, y después que se empatan, se encadena en la mama [hilo limpio]. Se empata el primero y se van midiendo dos brazas, [luego otro] anzuelo. Uso 300 anzuelos, o sea una línea de 600 brazas. Después uno se va a la mar y hay otro complemento que es como una piedra, un sacho, del cual se amarra una cuerda, que el sacho la lleve al plan, y de la punta de la cuerda arriba se amarra una boya. Bueno, y entonces, según la distancia que esté picando el pescado, se amarra la punta de la mama [...] Pongamos que ésta es la boya, entonces, va soltando y va boyando y va soltando. Cuando llega a 50 anzuelos, se amarra otro sacho, en la misma forma. Según la hondura, se pone una izadora hasta de 20 brazas de larga. Se deja unos 15 o 20 minutos. Se guinda uno de la punta, deja que pasen los 20 minutos y corre para la otra punta, que empieza a levantar, hasta llegar a la segunda izadora. Suelta otra vez allá, tiempla bien y ahora sí va mirando. Donde está el pescado, lo va sacando. El anzuelo que tenga dañada la carnada, se le pone otra nueva, porque el pescado, según he notado, es como una gente. Hoy día, antes con una sola carnada cogía hasta 2 o 3, 4, 5 pescados, pero hoy día no; en cuanto llegó un pescado, la babosió y la mordió y la dejó ahí, hay que sacársela porque ya no pica más, otro ya no se la come. Coge, pero que sea nuevita, que esté con todo el marijco, bueno, así es la pesca. Pican desde que se echa el anzuelo. Se le dan tres revisadas, y si no viene el viento muy duro, entonces viene uno sacando y se acaba la pesca. Hay veces que con dos revisadas se termina; si es raya o tiburón, en una vista no más ya está arreglado.

Explica que no se usa ningún instrumento para sacar el pez del agua; basta con el propio anzuelo. En el caso del tiburón, pese a sus dientes filudos, se agarra de la nuca y se mete al potro porque abre la boca y se saca el anzuelo. Y continúa su relato:

La de la raya, esa sí hay que hacer fuerza, uno queda sudado, y cuando son grandes, tenemos que ponernos todos a embarcarla. La raya, pues uno va arrimando el cabo, el espinel y cuando siente adelante que jzjzjzjz, y corre el potro para adelante y ahí cuando se siente se da planes porque ella como es ancha, pega en el plan y ahora entonces uno hace fuerza, y en cuanto se levanta y en donde come, uno se aguanta cuando uno siente [...] los anzuelos son número cero, cable 120 y 240. [...] Hay muchos peligros con la púa de la raya, que inclusive llega a clavar en el potro. Para evitar este peligro se busca la manera de cortarle esa púa mediante un machetazo. De ahí que a veces sea necesario agarrar la raya por detrás con otro anzuelo. Ya para subirla, se le da con el machete en medio de los ojos. El arpón es para pegárselo a la raya. Vale 400, pero con dos pescados ya ha recuperado la inversión.

Al igual que la pesca con changas, la que se realiza mediante espineles ocurre en alternada sincronía con las labores agrícolas. Los campesinos van al mar cuando hay quiebras, y a la finca cuando hay pujas o aguajes. Y ésta, como la anterior, también atestigua la vigencia de un modelo de adaptación polivalente, que incluye no sólo actividades económicas, sino procesos de endoculturación que desembocan en la formación de individuos plurales.

Volantines

En el barrio de la Calle de los Estudiantes de Tumaco hay un grupo de especialistas en la pesca de altura con volantines. Es posible que este arte llegue a representar una alternativa para los grupos de chinchorro cuyos territorios están sobreexplotados.

Los volantines son cuerdas de nylon con 8 o 10 anzuelos, para pescar en bancos que están a más de 100 brazas de profundidad, pero los cuales son todavía visibles desde la costa. Los manejan grupos de cuatro pescadores que usan canoas ensanchadas con cava para enyelar la captura.

El piloto catea el banco echando una línea de prueba. Si tiene éxito, los otros arrojan sus anzuelos y van haciendo un poco de trolling, hasta que las pesas de las izadoras toquen el fondo. Después de un rato, sacan los volantines y, dependiendo del número de peces, marcan el lugar con una boya, y luego la canoa ensanchada gira alrededor de ésta. Cada faena implica pasar la noche en altamar y regresar al otro día con el pescado enyelado.

No hay bonanza de cuaresma porque extraen especies disponibles durante todo el año. Toda la captura es de filete --ambalú, corvina y pargo rojo-- lo cual se traduce en calidad y precio. Después de descontar los gastos, dividen la captura en dos. Una parte para el dueño del motor y la restante se divide entre el número de pescadores que haya zarpado. Como en la pesca de altura no hay territorialidad, se reducen las tensiones por salir primero y tomar posesión del bajo o playa. Así es posible reemplazar los frágiles motores de gasolina por Ruggerinis diesel que, si bien son lentos, son muy resistentes. Para muchos miembros de la Sociedad, este arte ha debido explorarse antes de lanzar el programa que describo a continuación.

Supercanoas

Con este nombre se distinguieron dos embarcaciones adquiridas por el Plan de Padrinos dentro de un programa conjunto con la regional tumaqueña de la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia, y con Cida, la agencia de ayuda internacional del gobierno canadiense. Bautizadas Canadá y Alberta, fueron construidas en ferroconcreto por un astillero de Barranquilla. Tenían 20 metros de eslora, motor central de diesel y 125 caballos de fuerza, cava de refrigeración, camarotes para diez tripulantes, cocina y sistema de radiocomunicaciones. Dotadas de bastante autonomía, ya ofrecían la opción de explotar bancos de peces localizados a 50 y más kilómetros de la ensenada, utilizando trasmallos con ojos de 5 pulgadas y espineles de gran calibre.

Como el programa se proponía entrenar a los miembros de la Sociedad Colectiva en técnicas de pesca más eficientes, la tripulación para cada una de estas embarcaciones salía de cada uno de los equipos de chinchorro. Viajaban a Buenaventura donde tomaban cursos sobre las técnicas y artes empleadas y comenzaban a salir en faenas que se demoraban de siete a diez días. Los pescadores aspiraban a que, transcurridos seis meses, hubiera rotación de tripulaciones y, por lo tanto, igualdad de oportunidades para aprender.

Los capitanes de estas embarcaciones no eran tumaqueños. Este personal, especializado en navegación en alta mar, debía tener además licencia de operadores de radio. Dentro de esta innovación fue necesario traer un técnico canadiense y contratar un supervisor de tierra, quien se encargaba de la logística de cada zarpa y del consecuente contacto radial permanente.

Quienes habían quedado en tierra no ocultaban su envidia por las primeras tripulaciones seleccionadas, ni paraban de denunciar preferencias que consideraban injustas. Todos los pescadores expresaban rencores hacia los capitanes y el técnico extranjero, asegurando que sus conocimientos eran inapropiados para esas tierras. Los forasteros, a su vez, miraban con desdén a los miembros de la Sociedad y no estaban integrados con ellos, y tampoco daban muestras de compartir sus conocimientos. De ahí que quienes veían con buenos ojos la pesca con volantines quizás tenían razón de que este salto fue demasiado ambicioso: para todos hubiera sido más provechosa la introducción de un arte menos complejo.

Ananse y el mañana

Fue en junio de 1985 cuando vi por última vez a Rafael Valencia. Celebrábamos el Simposio Pesca Artesanal en las Américas, dentro del Cuadragesimoquinto Congreso Internacional de Americanistas, y a lo largo del encuentro, con una tristeza difícil de disimular, describió escenas que para él debieron de ser dantescas: a principios de ese año, los pescadores del barrio Panamá exigieron la liquidación de su propia Sociedad Colectiva de Pescadores de Tumaco. Cuando ellos le solicitaron a la administración que les diera la parte que les correspondía, él y otros compañeros intentaron convencer a los demás de que su mayor capital era la solidaridad, la coordinación grupal y la sede que habían construido con el trabajo de todos. Los afiliados desoyeron esa última súplica y exigieron que les entregaran lo que creían suyo. Algunos, desencantados por el poco metálico, tomaron hasta pupitres del salón que los vio reunirse cada semana para figurarse un nuevo futuro.

Con insistencia, Rafa se preguntaba: ¿no comprendieron que el capital era de ellos?, ¿que su fuerza residía en mantener juntas las partes? Muy posiblemente no, y al disolverse no hicieron otra cosa que responder con una lógica que parecería ajustarse a la transitoriedad de su entorno y al desgarramiento de un tejido del cual ellos no tenían por qué ser conscientes.

Me refiero a la telaraña que Ananse tejió entre agricultura y pesca, la cual también involucraba a los campesinos de la carretera de Pasto a Tumaco. Estos últimos, como los campesinos de la ensenada, también surtían el mercado local con plátano, chocolate, chontaduro y frutas. Dejaron de hacerlo a medida que los unos fueron desplazados por el cultivo de la palma africana, el cual, a su vez, avanzaba con la pavimentación de la vía y con la proliferación de dineros calientes, y a medida que los otros perdían sus tierras por efecto de la presión de los compratierras relacionados con la construcción y expansión de estanques para la cría y exportación de camarones.

Considero imprescindible examinar el funcionamiento de otras redes. Tal es el caso de la que unía a minería y agricultura en áreas como la del Magüí, entre otros ríos de Nariño (Bravo 1990). Su funcionamiento era similar al que integraba pesca y agricultura: los mineros iban al colino cuando las lluvias escaseaban y no había suficiente agua para alimentar los canalones mediante los cuales lavaban arenas aluviales. En dirección hacia el puerto podían circular excedentes de plátano y otros productos agrícolas; en la contraria, pescado salado. Ambas rutas alimentaban mercados locales como el de la chonta de Soledad y Aquiles en El Chajal (Arocha 1992e). Empero, en el Magüí, profesionales de Corponariño comenzaron a promover la modernización de la minería artesanal (Bravo 1990). Otorgaron créditos para la compra de motobombas que propulsaban por los canalones el agua de las quebradas, y pequeñas dragas que absorbían las arenas del fondo de los ríos. Entonces, mientras que mineras y mineros se independizaban de las lluvias y podían lavar oro todo el año, no podían atender sus colinos. Éstos se fueron enmontando y dejando de producir, mientras que sus dueños racionalizaban el fracaso de la agricultura diciendo que la malaria había atacado sus cultivos. Cuanto más palúdicas sus matas de plátano, más tenían que aprovisionarse desde lugares que --como las costas de la región ecuatoriana de Esmeraldas-- no habían figurado dentro de su noción de mercados para comprar los alimentos que antes cultivaban. Los costos de los productos traídos de otras regiones se sumaron a los del mantenimiento y reposición de equipos y, juntos, absorbieron las ganancias que provenían de la mecanización de la minería. Los créditos se hicieron onerosos y la emigración surgió como alternativa al fracaso.

¿Qué queda hoy de las telarañas de Ananse? Lo dirán las investigaciones que en la actualidad tienen lugar en el Pacífico sur. Las respuestas que ellas ofrezcan serán fundamentales para lograr que la territorialidad étnica legitimada por la Constitución de 1991 y la Ley 70 de 1993 tenga sentido en el marco de las particularidades urbanas y rurales de la ensenada de Tumaco.

De su gente, las concheras forman un grupo que ha sido excluido del nuevo marco jurídico (Ángela González 1998). El caso de una de ellas, Tomasa Preciado, ilustra la severidad de la actual cuyuntura modernizante. Murió poco después de haber colaborado en la investigación que llevó a cabo Martha Luz Machado (1996, 1997). Conmovida por la historia, una de mis estudiantes preguntó de qué había muerto Tomasa. «De hambre», replicó Machado. Ante la sorpresa de la interlocutora, la expositora añadió: «se murió de alimentarse con cocacola y galletas de soda».

Si las telerañas que tejió Ananse en la ensenada de Tumaco no hubieran sido desgarradas por la modernización de la economía, plátano y pescado quizás no habrían desaparecido de la dieta de Tomasa. Uno aspira a que con la astucia de la araña sus ombligados aprovechen pronto las nuevas oportunidades que abre la Ley 70 y den origen a alternativas territoriales y económicas que permitan contrarrestar los efectos del desarrollo pensado tan sólo para el beneficio de los inversionistas.

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