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África en América (talla de un sol bamún sobre una batea tadoseña para catear oro) Foto: Jaime Arocha, sol bamún: colección de Adriana Maya; cateadora, colección Jaime Arocha  

CAPÍTULO I

LA LLEGADA Y LOS TRUCOS DE ANANSE  

El Día de la Raza

--Para un antropólogo, ¿qué mereció la pena celebrarse cuando se cumplieron los quinientos años del descubrimiento de América?  ¿Se justifican los festejos que se realizan el Día de la Raza?-- preguntó uno de los profesores de secundaria asis­tentes a una de esas conferencias que se organizan cada año en vísperas del 12 de octubre.

      Me invadió un silencio angustioso, mientras hacía un recuento rápido de mis pesamientos en torno a este asunto. Me di cuenta de que después de hablar una hora sobre la investigación que había llevado a cabo entre los afrodescendientes del río Baudó, terminaría por hacer otra charla acerca de parte de la historia de la trata y la esclavización de los africanos en América. Por fin hallé palabras para responder:

      --A partir del 4 de julio de 1991, los colombianos tenemos una nueva carta política, cuyo artículo séptimo por fin reconoció el carácter multicultural y pluriétnico de la nación colombiana. Ya podemos celebrar el que nuestras diferencias en la manera de comunicarnos, amar a Dios o escoger con quien tenemos hijos no puedan ser motivo de exclusión de nuestra colombianidad. Sin embargo, aún persisten voces que insisten en que debemos festejar aportes europeos como «raza», idioma y religión. Que aparecen como superiores tan sólo después de haber pasado por los filtros de formas racistas de ciencia y propaganda ideadas para justificar exterminio y esclavización (Arocha 1998d). Los europeos hablaron de la trata de esclavos negros como un acto humanitario. Inventaron que redimían a los africanos integrándolos a la sociedad colonial de acuerdo con las pres­cripciones de los códigos negros que asimilaban esclavo con mercancía. Especificaban además qué torturas y mutilaciones no eran delictivas como medio de someter rebeldes. Sin embargo, el argumento de la redención de almas fue poco convincente, a juzgar por la experiencia de fray Bartolomé de las Casas. Después de esgrimirlo para salvar indios, en el capítulo V de su Historia de las Indias, escribió: «¿Seré absuelto el día del Juicio Final?» (Friedemann y Arocha 1986: 109).

      --Tantos resquemores produciría la trata --agregué-- que a partir de 1580, como lo señala Nicolás del Castillo Mathieu en su estu­dio Esclavos negros de Cartagena y sus aportes léxicos, la Corona suspendió las licencias que le había otorgado desde 1533 a algunos de sus mercaderes, funcionarios, misioneros, conquis­tadores y «allegados a la Corte y privados del Rey». A su turno, ellos negociaban con los portugueses instalados en las costas de las selvas de África ecuatorial. De ahí en adelante la impor­tación de esclavos a las colonias se subcontrató mediante asientos que monopolizaron, primero, Portugal, entre 1580 y 1640, y luego Holanda, desde 1640 hasta 1703. Durante esos años aumentó el número de deportaciones de fantis y ashantis, así como las historias de Anansi y el protagonismo de la deidad arácnida en el liderato de las luchas por la libertad. Miembros de estas etnias siguieron arribando entre 1703 y 1740, mientras franceses e ingleses controlaron el asiento hasta 1810, año que marca el final del intento de España por romper los monopolios que habían regido, y el establecimiento de su propia compañía, la Gaditana, después de cuya quiebra aumentarían los negocios con negros nacidos en América (Maya 1998a; véase tabla 1).

Tabla 1 Características preponderantes de los esclavizados en la Nueva Granada (1)

Período y régi­men de la trata   

Tratan­tes

Afilia­ción étnica mayoritaria

Labor desempe­ñada

Región de destino

Forma de resistencia

1533-1580, Licen­cias 

Españo­les, genove­ses, portugueses

Wolof, ba­lanta, bran, zape, biáfara, serere, bijago

Servicio domésti­co, ganadería.  Minería del oro

Llanura Caribe,    Antio­quia

Desco­nocida

1580-1640, Asiento 

Portugueses

Kongo, manicongo, anzico, angola bran, zape

Ganade­ría    Minería del oro

Llanura Caribe  Antio­quia

Cimarro­naje armado   Cimarro­naje simbóli­co

1640-1703, Asiento

Holande­ses

Akán, yoruba, fanti, ewe-fon, ibo

Agricultura   Minería del oro

Valle del Cau­ca   Litoral Pacífico

Cimarro­naje armado  Automanumisión

1704-1713, Asiento 

France­ses

Ewe-fon yoruba, fanti

Agricultura    Minería del oro

Valle del Cau­ca  Litoral  Pacífico

Cimarro­naje armado,   Auto manumi­siónsion

1713-1740, Asiento      

Ingleses

Akán, ewe, ibo

Agricultura    Minería del oro

Valle del Cau­ca   Litoral Pacífico

Automanumisión

1740-1810, contra­bando, asiento, comercio libre

Ingle­ses, españo­les

Akán, ewe, ashanti, kongo

Minería del oro

Litoral Pacífico

Automanumisión

1750-1850, Comercio libre 

Españo­les

Criollos

Minería del oro

Litoral Pacífico

Automanumisión

            --En otras palabras, ¿usted preferiría que se borrara el Día de la Raza? --me reclamó otro maestro.

            --Que se cambiara el nombre y abarcara otros sucesos --le dije, tratando de conservar la calma--. En 1989, en Costa Rica tuvo lugar el simposio internacional Estado, etnia y nación. En su clausura, los participantes redactaron una protesta para las agencias multilaterales que adherían las ideas de celebración y descubrimiento, en referencia al 12 de octubre de 1992. No lo firmé porque excluyeron al África y a los pueblos afrodescendientes dentro de su inventa­rio de tierra y gente transformadas de raíz desde 1492.

Para completar una cargazón

--Háblenos de una de esas exclusiones --pidió el primero de mis interlocutores.

            --La producción y creación lingüística y cultural, dentro de márgenes cuya estrechez estaba inédita dentro del transcurso humano --respondí--. La trata quizás haya sido el episodio más vergonzoso en la historia de nuestra especie, y se tradujo en el transplante masivo y violento de doce millones de africanos (Friedemann y Arocha 1986: 33-35). Antecede en cien años al primer viaje de Colón, pero inicia su apogeo a mediados del siglo XV, después de que los turcos ocuparon Constantinopla y taponaron las rutas que terminaban en el sur de Rusia (ibid.: 30). Recorriéndolas, los europeos adquirían el grueso de sus esclavos. El cambio tuvo lugar cuando la industria azucare­ra del Mediterráneo tomaba un auge enorme. El impasse en el suministro constante de trabajadores para cultivar y moler caña se resolvió gracias a que los avances tecnológicos alcanzados por los navegantes portugueses permitieron obviar las rutas terrestres que atravesaban el desierto del Sahara. Por su lentitud, éstas daban pie a que los capturados fueran rescatados por los ejércitos de sus pueblos.

            --¿De qué tecnología habla? --preguntó otra de las maestras que había guardado silencio.

            --Llegar hasta las costas de lo que los españoles y portu­gueses llamaban Guinea usando las carabelas tradicionales era una empresa difícil, si no imposible. Tan sólo modificando velas, cascos y timones, e introduciendo la brújula y el sextante, las naves pudieron aprovechar tanto los vientos de todas las direcciones, remon­tar el Cabo Verde y regresar hacia Europa (ibid.: 31, 32).

            --¿Plantaciones de azúcar en el siglo XV? --dudó alguien en voz alta.

            --Desde el siglo VII, los árabes comenzaron a sembrar esquejes de caña, pero ésa es otra historia. (Véase el aparte La mermelada que nutrió al capitalismo). Aprovechando los conflic­tos territoriales que signaban las relaciones entre muchos pueblos africanos, los portugueses fueron los primeros en lograr que varios gobernantes del Congo y Angola se convirtie­ran en sus intermediarios. Entre ellos sobresalen el rey Nzinga a Nkuwu, bautizado por los portugueses como Joâo I, el 3 de mayo de 1491, y quien lo sucedió en 1510, Afonso I del Congo (Friedemann y Arocha 1986: 85-92). A cambio de armas y mer­cancías europeas, ellos suministraban telas, marfil, cera de abejas, tintes, nueces de cola, aceite de palma, arroz y escla­vizados (ibid.). Claro está que los propios portugueses también tomaban parte en la captura, usando mallas y trampas. De ellos, a quienes residían en las costas de Guinea se les conoció con los nombres de lançados y con el de pombeiros en el río Congo (ibid.: 98-102). Para completar una cargazón de negros era necesario almace­narlos en factorías. La del fuerte de San José de El Mina en Ghana, la Costa de Oro africana, debe su renombre a Colón, quien alabó sus características y propuso replicarla, después de haberla visitado en 1481. Por su parte, la de la isla de Goréé, frente a Dakar, hoy por hoy es visitada por miles de africanos que aspiran a no perder la conciencia de su historia (véase Puerta de viaje. Sin regreso, tomado del diario de Nina S. de Friedemann).

Ocultar para discriminar

--En las factorías se inició un proceso que sí merecería un brindis, la invención de nuevos idiomas. Los captores de esclavos no atrapaban a todo un pueblo. Primero, porque los más apetecidos eran los varones fuertes entre los 18 y 22 años. Segundo, porque algunos lograban fugarse. Entonces, el lançado formaba un grupo de gente muy diversa que en los primeros años podía incluir bigajos, balantas, yolofos, biáfaras, sereres y mandingas, por ejemplo. Así, en la factoría convivían personas de afiliaciones étnicas y lingüísticas dispares o antagónicas, quienes además tenían que interactuar con los portugueses. No debió de ser infrecuente que, pese a hablar lenguas emparenta­das, como sucede en nuestro caso con el español y el italiano, algunos de ellos no lograran comprenderse; entonces, fueron elaborando nuevas hablas. Aquí se comienza a saber de aquellas que se fundamentaron en la familia africana bantú del Congo y Angola, con adiciones...

            --Bantú me suena a salvaje --comentó otro maestro.

            --Claro, porque uno de los horrores de nuestra cultura consiste en haber tomado nombres africanos, como cafre, para designar lo que no es civilizado. O en desacreditar a la familia negra llamándola ilegítima e inestable por no estar regida por la monogamia católica, y por vincular a un gran número de parientes consanguíneos y afines. Al reiterar descalificativos, se va construyendo la discriminación.

            --Por eso será que uno no se da cuenta de ser racista --reflexionó la misma persona.

            --Quizás --dije, añadiendo--: Al unirse con africanas, pombeiros y lançados engendraban hijos de la tierra, quienes para el siglo XVII formaban una clase poderosa que coadyuvó en la consolidación de estas jergas que los especialistas llaman vehiculares o transaccionales porque sirven para hacer transacciones comerciales entre pueblos que hablan distintos idiomas.

            --Aquí la transacción era de personas --comentó alguien, agregando--: ¿Cómo se sabe esto?

            --En parte por el estudio de las lenguas criollas, llevado a cabo por lingüistas como Willian Megenney, Carlos Patiño Rosselli y Armín Schwegler. Aquí en Colombia existen la del Palenque de San Basilio, cerca de Carta­gena, y la de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Son idiomas...

            --Dialectos querrá decir, profesor --me corrigió mi más frecuente interlocutor.

            --Otra palabra horrible que se ha usado para ningunear a negros e indios, asociándola con supuestas faltas de progreso o con inhabilidades comunicativas. En realidad, los lingüistas hablan de dialectos no para designar inferioridades, sino las particularidades que a lo largo de la historia va tomando un idioma en una región específica.

            --Decía --continué-- que los criollos son idiomas que tienen muchos elementos prestados de otros. En el palenquero gran parte de las palabras africanas y el sustrato gramatical vienen del ki-congo, una lengua bantú. También hay expresiones españolas y portuguesas. La unión de esas tres lenguas, dentro de la cual el núcleo bantú es indeleble, indica la posibilidad de que al fugarse, los cimarrones portaran una de esas jergas transaccio­nales y que continuaran usándola en esos pueblos rodeados de murallas de madera, que llamamos palenques en Colombia, cumbes en Venezuela, mambises en Cuba y quilombos en Brasil. Estudios como los de Carlos Patiño Rosselli nos muestran que cuando una pareja que habla esa jerga tiene hijos y los educan mediante ella, el habla se va haciendo más rica y compleja; menos rudimentaria, hasta convertirse en un idioma criollo.

            --No me queda claro qué celebración puede ameritar esto -- manifestó mi crítico de cabecera.

            --Este proceso tomó pocos años y se llevó a cabo en condi­ciones muy adversas; piense en un caso típico: el 24 de diciem­bre de 1595 llegó a Cartagena la carabela Nuestra Señora de la Concep­ción con 205 esclavos, pese a que el maestre portugués Jorge Rodríguez Gramaxo tan sólo entregó setenta licencias debidamen­te registradas en la Casa de Contratación de Sevilla. La nave llevaba ¡135 esclavos de sobrecupo! (ibid.: 118, 124). Ello quiere decir que por lo menos durante 45 días estas personas permanecieron acostadas y apeñuscadas, rodeadas de sus excrementos en un calor tropi­cal, sin ventilación y sometidas al movimiento de las olas. No es de extrañar que muchos se suicidaran, ni que después del desembarque, los esclavos ponderaran el suicidio como una forma extrema de liberación.

            --Pero San Pedro Claver los ayudaba cuando llegaban --se disculpó otra maestra.

Formar cabildos para la autonomía

--Bueno, eso tuvo lugar un poco más tarde, después de 1620, cuando habían aumentado las ocasiones de que las personas del mismo origen se encontraran. Para ese entonces los cabil­dos de negros ya estaban establecidos para brindar ayuda a los recién desembarcados (ibid.: 174, 175). Se basaban en las antiguas cofradías de negros que habían existido en Andalucía desde el siglo XV. Agrupaban a gente de la misma raíz étnica y, por lo tanto, brindaban oportunidades de hablar el idioma ancestral y recor­dar viejos usos y costumbres. En estos espacios afianzó Anansi el tejido de su red de insurgencia, astucia y autonomía. De ahí la represión contra los cabildos. En ello desempeñó san Pedro Claver un papel destacado. Por ejemplo, se dedicó a erradi­car el tambor y sus toques (ibid.: 167-171). Desde la perspectiva española, acertó al contribuir a demoler un medio de aglutinar y perpe­tuar recuerdos de dioses y ceremonias, de danzas y ritos, de arte, poesía y comunicación.

            --La memoria --insistí-- fue el mayor patrimonio de los capturados, en especial al comienzo de la trata. Durante esos años no salían agrupaciones aglutinadas, sino cargas de personas distintas. Se dice que durante la travesía se aliviaba el aislamiento fortaleciendo la amistad con el compañero de viaje y estimulando el canto y el baile en los pocos momentos de descanso, cuando los capturados podían ser llevados a cubierta (Chandler 1972). Estas díadas creaban vínculos fuertes de afecto y soli­daridad (Mintz y Price 1992: 42-46), pero se rompían con el desembarque y la venta, cuando el esclavo tenía que comenzar a producir riqueza para el amo. Pero, ¿cómo hacerlo si era difícil comunicarse? ¿Cómo lograrlo si en América las materias primas para hacer instrumentos de trabajo --maderas y cuerdas, por ejemplo-- eran tan diferentes? ¿Cómo alcanzarlo, si no había con quién consultar? Pensemos que aquí pudo haber desembarcado un arquitecto, pero no la arqui­tectura dogón de Malí; un sacerdote, pero no todo un complejo ceremonial, mítico y liturgico de los ngolas; un médico, pero no la medicina balanta del río Cacheo. Una mayoría de postado­lescentes, cuya formación por lo general estaba lejos de con­cluir, se bajó de las naves con recuerdos que aplicó a las riquezas del nuevo continente y a las artes de indios y españo­les, hasta ir haciendo culturas nuevas. Éstas ostentaban el legado africano, pero no eran africanas; dejaban ver los prés­tamos de América y Europa, pero no eran ni americanas ni euro­peas.

            --Como sucedió con el de la lengua, el proceso de produc­ción cultural ocurrió con una celeridad inigualada --recalqué--. Antes de haber completado medio siglo de vida en el nuevo continente, los africanos ya habían desarrollado artefactos y técnicas, formas de organización social y política, estrategias militares basadas en manejos creativos de selvas, ciénagas y pantanos, así como medios de comunicación abiertos o clandestinos, según fuera necesario contactar a sus semejantes o a sus dioses. A la velocidad de los procesos normales de la humanidad, una elaboración compa­rable les hubiera tomado siglos de evolución. Esta creatividad sí que merece celebrarse, pero jamás los esfuerzos de ayer y de hoy por aniquilarla, debilitarla o sustituirla por la de rai­gambre europea.


(1) Tomado de Arocha 1998d: 343. Fuentes: Escalante 1965 y Del Castillo 1982.

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