anense5.jpg (14465 bytes)  
Cobero (La Bocana, ensenada de Tumaco). Foto: Jaime Arocha, agosto de 1995)  

CAPÍTULO II

ANANSE EN ESTEROS Y MARES (1)

Las telarañas de Ananse

La región que quizás más ha puesto a prueba la capacidad de supervivencia de Ananse y sus ombligados es el sur del litoral Pacífico colombiano. Se trata de un ambiente caluroso y superhúmedo, cuyos contornos cambian día a día debido a la altura excepcional que la atracción lunar le imprime a los pleamares. Así, el acceso a los sitios de pesca, recolección y cultivo, o la disponibilidad de especies, varían de acuerdo con las fases de la Luna. También responden a cambios más drásticos como los que más o menos cada lustro impone el fenómeno climatológico conocido como El Niño, o los terremotos y maremotos que --si bien ocurren con menos frecuencia-- borran puertos y playas de la faz de la Tierra.

  Además de esos remezones telúricos, están los que provienen del sistema económico. El litoral Pacífico posee materias apetecidas por los mercados del Atlántico Norte: maderas, oro, camarones y demás productos sujetos a intervalos de auge y decadencia, que dictan las leyes de la oferta y la demanda, pero, en especial, las de la especulación (Whitten 1970, 1974). Estos colapsos son tan impredecibles y desestabilizadores como lo es un temblor de tierra.

  En Colombia no son muchos los trabajos antropológicos acerca de las personas que viven del mar y sus incertidumbres. Cuando comencé a realizar éste, mis observaciones de terreno sobre las artes, aparejos y técnicas que emplean los pescadores y las recolectoras de conchas de la ensenada de Tumaco me mostraron que la extracción, procesamiento y venta de productos marinos ocurría en concordancia con la explotación de los manglares, el cultivo de la tierra y otras actividades económicas. Entonces, tuve que ir ampliando mi visión para hacerle justicia a la estrategia polifónica mediante la cual los ombligados de Ananse le han salido al paso a la incertidumbre.

  Una de las bases de esa estrategia era la teleraña que hizo Ananse uniendo pesca y agricultura. Su funcionamiento consistía en atender las parcelas cuando las pleamares hacían riesgosa la navegación, y en pescar durante los bajamares. A lo largo del año, los descensos en la producción de una actividad tendían a ser compensados por los ascensos de la otra.

  Alcancé a ser testigo de parte del funcionamiento de esta red, la cual también recibía apoyos de la de los agricultores que tenían sus parcelas a lo largo de la carretera entre Pasto y Tumaco, y que se fue rompiendo por la modernización económica del decenio de 1980. Primero llegaron las piscinas para la camaricultura y luego, con la pavimentación de esa vía, se expandió el cultivo de oleaginosas. La erosión de las economías campesinas tomó fuerza a medida que muchos de los pescadores-agricultores vendieron sus tierras y pasaron a trabajar en las plantas procesadoras de camarón, mientras que los de la carretera se refugiaban en el puerto o en otras áreas metropolitanas.

  Pese al resquebrajamiento de la relativa autosuficiencia alimentaria de la región, los ombligados de Ananse no han cejado en su lucha por sobrevivir. Quienes habían vivido de la explotación del mangle han formado asociaciones para defenderse en el mercado, buscar apoyos para proteger el recurso del cual subsisten e, incluso, impulsar camaroneras comunitarias. Han surgido nuevos grupos de concheras y los pescadores han seguido innovando artes y técnicas. Esas transformaciones aparecen inventariadas en la tesis de maestría de Marta Luz Machado, y también en el libro Pacífico: ¿desarrollo o diversidad? Estado, capital y movimientos sociales en el Pacífico colombiano, editado por Arturo Escobar y Álvaro Pedrosa, y son objeto de estudios a profundidad por parte del equipo que el instituto francés Ostrom auspicia en la Universidad del Valle. Aquí no me propongo reseñar los resultados de estos últimos trabajos, sino sistematizar datos recogidos dentro del proyecto Etnodesarrollo de grupos negros en Colombia, el cual llevé a cabo en asocio con Nina S. de Friedemann. He presentado parte de esa información en el libro De sol a sol: génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia y en artículos de revistas y periódicos. La visión unificada de este libro facilitará comparaciones futuras.

  Mi interés por la gente de Tumaco, El Chajal y la Caleta Viento Libre se relaciona con un simposio llevado a cabo en San José de Costa Rica, en diciembre de 1981. Durante ese encuentro académico se examinaron los alcances de los procesos de etnodesarrollo. El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla (1982) había acuñado el término para referirse a la capacidad social de un pueblo para construir su futuro, aprovechando las enseñanzas de sus experiencias y los recursos reales y potenciales de su cultura. A pesar del prestigio académico y político de los invitados al evento de San José, en su mayoría consideraron que en América Latina los únicos que habían ejercido el etnodesarrollo eran los amerindios.

  La antropóloga Nina S. de Friedemann estuvo presente allá y concluyó que, una vez más, la academia tendía el velo de la invisibilidad sobre los pueblos afrodescendientes de América Latina y del Caribe. Exceptuando su voz aislada, no figuró en la agenda de ese simposio aproximación alguna sobre las formas de resistencia impulsadas por los pueblos negros para hacerle frente a los proyectos hegemónicos estatales. Tampoco aparecieron las maniobras constantes que ellos desarrollan para ejercer la participación política que, con terquedad, los gobiernos insisten en negarles. En conclusión, volvía a relucir esa antropología excluyente y discriminatoria, cuyos efectos venía denunciando la mencionada autora desde finales del decenio de 1960 (Friedemann 1984b).

  Para contrarrestar esa exclusión, ella y yo diseñamos en 1982 un proyecto de investigación que demostrara que muchos de los descendientes de africanos no sólo forman etnias, sino que han impulsado proyectos de etnodesarrollo. La propuesta que formulamos, Una contribución al etnodesarrollo de grupos negros en Colombia, incluía la preparación de materiales que coadyuvaran a la consolidación de procesos de afirmación étnica, como ha sucedido con los herederos del legado cimarrón en el palenque de San Basilio, con los campesinos que cultivan café y cacao en un enclave rodeado de plantaciones industriales de caña de azúcar, localizado en la zona plana del norte del Cauca, o con los mineros-agricultores de los ríos del litoral Pacífico.

  A medida que avanzábamos en el diseño, descubríamos otros grupos cuyas organizaciones también daban indicios de etnodesarrollo. Entre ellos descollaban los pobladores de La Boquilla, cerca de Cartagena, y los de la ensenada de Tumaco. En uno y otro lugar, la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia contaba con un nutrido número de miembros.

  El Centro de Investigaciones para el Desarrollo (CIID) decidió auspiciar esa porción de nuestro trabajo de terreno, a cuyo término Friedemann viajó a Senegal y Mali, donde constató la validez de algunas suposiciones sobre aquello que desde entonces llamábamos huellas de africanía.

  Hemos esgrimido este concepto en contra de aquel que persiste en ver a las culturas afroamericanas como resultado de la herencia de patrones que permanecen más o menos incólumes a lo largo del tiempo. Hace 20 años la afroamericanística se guiaba por el modelo de encuentro postulado por Melville Herskovitz. Esta interpretación tenía como punto de partida una concepción mecanicista que especificaba el área cultural como la coincidencia entre un territorio y complejos de rasgos culturales. Así, los especialistas imaginaron a los esclavos como portadores, si no de la totalidad, por lo menos de componentes de un complejo africano occidental que habría chocado con complejos de origen europeo (Mintz y Price 1992: 7-24). La pureza de las africanidades contemporáneas sería inversamente proporcional a la intensidad del encuentro y podría medirse de acuerdo con escalas de relativa autenticidad. Esos cálculos se construían comparando las expresiones culturales del África occidental con las de este continente (Friedemann 1984b).

  Este panorama de viejas retenciones y persistencias comenzó a cambiar con el uso del concepto de adaptación introducido por Norman Whitten en 1970 para interpretar las manifestaciones socioculturales del litoral Pacífico colomboecuatoriano.  Sus trabajos rompían con el difusionismo lineal, introducían la posibilidad de ver en los desarrollos de esas costas el impacto de invenciones independientes y facilitaban el prestarle atención a la relación de la gente con su entorno físico y sociohistórico.

  Por su parte, Sidney Mintz y Richard Price reformularon el modelo de encuentro con base en los siguientes argumentos: (1) la comparación de rasgos contemporáneos se basa en una visión estática de la historia; es muy posible que los complejos que hoy por hoy existen en el África occidental, poco tuvieran que ver con los de hace dos o tres siglos, en especial por las profundas transformaciones acarreadas, precisamente, por la esclavitud. (2) Cada grupo de esclavos embarcados a la fuerza en África tenía procedencias étnicas muy disímiles; lo usual era que quienes compartían espacio en urcas y filibotes, durante la travesía, ni hablaran los mismos idiomas, ni adoraran a los mismos dioses, ni practicaran las mismas tradiciones artesanales. (3) Tampoco es posible suponer que los esclavos hayan traído con ellos sus instituciones; la captura de sacerdotes individuales no garantizó que todo un complejo ritual y teológico atravesara el océano; algo similar puede decirse de los gobernantes y los sistemas políticos, de los médicos y de la medicina.

  Ante tal heterogeneidad, ambos autores proponen que lo homogéneo entre los individuos capturados y explotados habrían sido las orientaciones cognoscitivas o «supuestos básicos sobre las relaciones sociales y el funcionamiento de los fenómenos reales» (p. 10). Una sola orientación puede manifestarse mediante rasgos muy diversos. Así, expresiones tan distintas como el sacrificio de mellizos entre los ibos y la deificación de los mismos entre los yorubas corresponderían a una orientación cognoscitiva única: los nacimientos inusuales tienen un significado sobrenatural y merecen un tratamiento especial (ibid.)

  Tales “principios gramaticales”, esas huellas de africanía, sí habrían sobrevivido al encuentro con la cultura europea de los colonizadores blancos, constituyéndose en la materia prima para un proceso evolutivo que ocurriría con una celeridad inigualada. Los amos trataban a sus esclavos como bienes muebles. Si bien las condiciones de vivienda y vida familiar que les permitieron eran precarias, a la hora del trabajo les exigieron desempeñarse como miembros de grupos sociales. Parecería que supusieron que por el hecho de exhibir obvias destrezas culturales, lingüísticas y manuales, todos los esclavos compartían sistemas comunes de coordinación y comunicación. Pero, por lo menos al principio de la trata, la realidad equivalía a heterogeneidad. Ante el horror de perecer si no trabajaban de sol a sol, afianzaron sus orientaciones cognoscitivas y, aplicándolas al ámbito que les era extraño, probaron y experimentaron. Así, con una eficiencia quizás no alcanzada por el resto de la humanidad, los africanos en América reinventaron tecnologías, economías y formas de organización social; reencarnaron a las deidades africanas en imágenes de yeso o en tallas barrocas de madera, y crearon nuevos lenguajes en su habla, su música y su gestualidad.

  Pese a la aceptación de estos postulados, nuestra investigación mostró que la heterogeneidad de los cautivos fue pasajera. Las regiones de aprovisionamiento permanecieron constantes a lo largo de la vigencia de cada uno de los asientos, de modo tal que la consecuente reagrupación étnica no sólo fue inevitable, sino activada por los legados de Ananse: cimarronaje que se extendió desde la llanura Caribe hasta El Patía y Tadó; insumisión en los cabildos de negros de Cartagena y en los procesos de automanumisión cuyo auge aumentó a partir del siglo XVIII. (Véase capítulo I). Esa investigación sí ratificó que el sur del litoral Pacífico agigantó la autosuficiencia de Ananse, como se verá en las secciones que siguen.

Terremotos, incertidumbre y creatividad

A Rafael Valencia lo mataron el 20 de septiembre de 1992. Resulta irónico recordar que Martha Luz Machado, en ese momento mi estudiante de posgrado, me hubiera dado la noticia minutos antes de que Anne Marie Losonzcy y yo iniciáramos un diálogo sobre las formas no violentas de resolver el conflicto social que primaban en el litoral Pacífico. El escenario era el Coloquio internacional sobre la contribución de África a la cultura de las Américas. La ametralladora de utopías ya no está con nosotros.

  Ése fue el nombre que le di a Rafa en el capítulo sobre su aporte (Friedemann y Arocha 1986: 314-324). Ya se cumplieron doce años desde que lo escribí dentro del libro De sol a sol, del cual Nina S. de Friedemann es coautora. Han sido dos lustros a lo largo de los cuales las predicciones que formulábamos sobre el porvenir de los pueblos indios y negros del litoral parecen tener la desgracia de cumplirse.

  Desde que conocí a Rafael, fui testigo de su capacidad para imaginar proyectos que redimieran a los miembros de la seccional tumaqueña de la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia (Anpac). Soñaba con un futuro digno, acataba las sugerencias de los egresados de varias universidades, y había ayudado a fundar esa organización. A lo largo del proceso, estos profesionales le enseñaron que uno de los problemas fundamentales de los pescadores dizque consistía en aquella marcada incapacidad para planear la construcción del porvenir, partiendo de las privaciones del hoy. Valencia decía: «Los compas sólo piensan en su traguito y en gastarse cada peso que reciben». Sus palabras evocaron el compromiso del antropólogo Marvin Harris (1971: 496, 497) de descorrer el velo tendido sobre una hipocresía llamada gratificación diferida: los supuestos redentores de los pobres les exigen posponer la satisfacción de sus deseos. Les importa poco que los medios de comunicación de masas y el sistema financiero no renuncien en su obstinada campaña tendiente a convertir caprichos vanos en necesidades cotidianas, igualando felicidad y libertad con satisfacción de antojos, y aleccionando a la gente para que crea que los préstamos de bancos y usureros son señal de éxito personal.

  Rafa había pertenecido al MOIR. Sus años de militancia maoísta habían agudizado su conciencia de clase, mas no aquella que quizás le hubiera ayudado a comprender que el cambio de valores que él proponía a sus compañeros quizás podría reñir con las exigencias cotidianas del medio social dentro de cual se movían. Capté este contrasentido en febrero de 1984, cuando me hallaba analizando el cúmulo de notas legadas por un semestre de trabajo etnográfico. En ellas reconocía las huellas del enfoque ecológico-cultural dentro del cual me había formado (Steward 1973). Éste hace énfasis en cómo las relaciones entre un pueblo y el escenario de su existencia moldean la forma como aquel organiza su tecnología, su economía y su estructura social. Por eso dejé de traducir el verbo adaptarse por conservar y lo convertí en sinónimo de innovación cultural para salirle al paso a los cambios ambientales. Todo ello sin desconocer la consolidación de esa aldea universal que, de manera asimétrica, estrecha los nexos entre los niveles locales, regionales, nacionales e internacionales.

  A partir de ese marco acumulé decenas de fichas sobre los cambios que, de manera continua, experimenta el entorno tumaqueño, así como sobre las diversas estrategias a través de las cuales han respondido los pobladores de la ensenada. También recogí informes sobre las crisis profundas que sufre la cotidianidad como consecuencia de las decisiones tomadas por empresarios transnacionales, desde sus rascacielos de Nueva York o Los Ángeles. Mi suma de datos dibujaba un hábitat tan deleznable como el andamiaje económico construido sobre él. Ante semejante incertidumbre, los intentos universitarios por cambiarle a los pescadores tumaqueños su orientación temporal podrían ser tareas tan arduas como inútiles.

  El litoral Pacífico se puso de moda desde que el presidente Belisario Betancur incluyó a la región en el inventario de mercancías que se vienen ofreciendo a japoneses, coreanos y chinos. Las administraciones siguientes le han dado continuidad a esa noción de desarrollo y, en octubre de 1996, el presidente Samper viajó al lejano oriente para firmar acuerdos que profundizaran la integración del país con las naciones de la cuenca del Pacífico (Presidencia 1996). Durante este lapso, la prensa despliega las ejecutorias de las entidades responsables de la modernización de esa zona.

  Así, se va asociando al litoral con El Dorado del siglo XXI. Éste incluye un gigantesco almacén de canales transoceánicos, puertos, carreteras, maderas, oro, platino, palma africana, camarones y camaroneras, pero se tiende a ignorar a los moradores negros e indígenas de la región (Arocha 1998d: 380-383). Recuérdese la forma como Laureano Gómez (1928: 59) se refería a nuestro país: «Somos un depósito de incalculables riquezas, que no hemos podido disfrutar porque la raza no está condicionada para hacerlo».

  Exclusión e invisibilidad étnicas persisten a pesar del reconocimiento que la Constitución de 1991 hizo de la etnicidad afroamericana y amerindia como parte integral de la nación colombiana. En consecuencia, el proceso de legitimación de la territorialidad étnica avanza con lentitud, cuando es necesaria la condición contraria. De manera creciente, y en especial durante el último lustro, guerrilleros, fuerzas armadas y paramilitares incorporaron esa región a la cartografía del conflicto armado en Colombia. La fuerza del aparato de guerra es tal que los mecanismos dialogales y de naturaleza arbitral, que habían permitido superar los conflictos interétnicos por el territorio, no alcanzan a interponerse en calidad de antídotos contra la agresión armada o la justicia tomada por mano propia. Así, ambos pueblos ancestrales se ven forzados a engrosar las filas de los desplazados por la violencia, en tanto que los paisajes que crearon sus antepasados tienden a quedar a merced de las nuevas empresas de explotación de recursos naturales o de la especulación en transacciones de finca raíz.

anense6.jpg (32787 bytes)  
Ensenada de Tumaco  

La franja impredecible

La ensenada de Tumaco hace parte de la baja costa aluvial del litoral Pacífico. Esta franja que se extiende 640 kilómetros hacia el sur, desde el Cabo Corrientes hasta la provincia de Esmeraldas en el Ecuador, presenta: (1) adyacente a la orilla del mar, un cordón de bajos de barro y aguas pandas; (2) playas de arena interrumpidas por caletas de reflujo, estuarios y vastos bajos de lodo; (3) una zona de manglares, cuyo ancho por lo general es de 2,5 a 5 kilómetros; (4) a espaldas de los manglares de agua salobre, una faja cenagosa de agua dulce, cuyo nivel cambia con las mareas. Detrás de las ciénagas de reflujo, sobre tierras un poco más altas, la selva húmeda ecuatorial cubre prácticamente la totalidad de las tierras bajas del Pacífico (West 1957: 52, 53).

  Este escenario figura entre los más húmedos del mundo. Recibe un promedio de 4.000 mm de lluvia anual. Aunque llueve todo el año, ocurren períodos más secos en los meses de febrero, marzo, septiembre, octubre y noviembre. Su temperatura registra fluctuaciones de menos de un grado, con una media de 28°C (ibid.: 22-39). Si bien es un territorio escaso en sabanas, es abundante en ese barro arcilloso tan característico de los suelos ácidos y poco fértiles del trópico húmedo. Allí, las ruedas tienden a enterrarse, oxidarse y pudrirse. Ese hábitat de árboles enormes y manglares es además inhóspito para bueyes, caballos y mulas. Con pocas máquinas y aún menos animales de tiro, sus pobladores tradicionales le han dado vida a sus economías invirtiendo la energía de sus propios cuerpos.

  El paisaje de la costa aluvial nunca es igual porque «[...] La variación media en el nivel de las aguas es de 2,5 a 3 metros, pero durante la estación lluviosa aumenta a 4 y 4,5 metros», cuando el efecto de las pleamares puede notarse hasta en Barbacoas u otros sitios muy separados de la orilla del mar (ibid.: 53). Las aguas ascienden por períodos de 6 horas y media, y bajan durante lapsos de la misma duración (Olarte 1978). La marea comienza a subir una hora después de que la Luna haya pasado sobre un lugar; como cada día su salida se atrasa una hora, el comienzo de los flujos y reflujos siempre está cambiando (Escovar 1921). Las alturas que alcanzan las pleamares y bajamares también cambian en cada lapso. Las pujas se dan durante los plenilunios cuando el nivel de la pleamar es cada día mayor. Las quiebras, entre tanto, coinciden con las semanas de cuarto menguante y cuarto creciente; para entonces, cada seis horas la altura del flujo es menor. Es como si durante los ocho días de puja entrara más agua de la que sale, mientras que en los ocho días de quiebra sucediera lo contrario (ibid., Igac 1983).

  Los pilotos de los equipos que pescan con chinchorro en la ensenada tienen catálogos mentales de las relaciones entre los fenómenos asociados con los cambios de marea. Por ejemplo, hablan de que con el primero de quiebra hay que ir a La Bocana porque entonces la pesca allá es muy abundante. O que en el segundo de puja siempre es mejor salir a pescar a las 4 de la mañana.

  A finales de 1982, el calentamiento de las aguas evidenciaba la llegada de El Niño. Este cambio climatológico no muy bien explicado tiene ciclos de diez años y deja huellas en los cinco continentes (Canby 1984). En la ensenada de Tumaco, conforme subía la temperatura del mar, aumentaban las embarcaciones que con sus redes de arrastre peinaban el fondo, atrapando los productos de la nueva bonanza: camarones de, por lo menos, cinco especies: tití, pomadilla, tigre y langostino; también jaibas o azulejos y calamares. El resto de pescados –peladas, cardumas, pejesapos, anguillas y zafiros– formaba carga desechable que regresaba al mar hecha cadáver.

  Entonces los pescadores artesanales idearon la changa, versión miniatura de las redes que los grandes camaroneros emplean para catar un sitio antes de hacer el lance. Le amarran la changa a sus potros, después de haberse conseguido un motor de cuarenta caballos. Para 1983, enjambres de pequeñas canoas habían conquistado un sitio en el territorio que antes habían monopolizado los pesqueros comerciales. La masacre de la fauna no tardó en preocupar a los biólogos del entonces Inderena, y se fueron lanza en ristre, no contra los pescadores empresariales, sino contra los que usaban changas: dizque porque los ojos de sus mallas eran tan pequeños que arrasaban con todo. «Con lo mismo que arrasan las redes grandes», dijeron pescadores como los de El Chajal. Pero ellos contaban con menos recursos para defenderse, y las multas reiteradas, así como la creciente escasez de jaibas y camarones, fueron sacando a muchos de ellos del panorama económico.

  Para otros la única alternativa consistió en aumentar el hacinamiento de Tumaco y buscar empleo en las procesadoras de camarones. Pero en 1992, cuando El Niño apadrinó una nueva bonanza, regresaron a la ensenada con sus potros de palo y sus redes remendadas.

  En la Caleta Viento Libre encontré más gente que había rehecho su vida con la autosuficiencia de los ombligados de Ananse. Se les había conocido por sus cultivos de caña, arroz, plátano y, en especial, cocos, en parcelas cercanas a la orilla. Pero la sal depositada por el tsunami de 1979 esterilizó la tierra. Esas personas reaccionaron buscando entre la basura pedazos de cordel para hacer largas líneas de anzuelos, cuyos plomos eran piedras y cuyas boyas eran trozos de plástico, también rescatados de los botaderos. Reciclando desechos, se convirtieron en pescadores de jaiba. Con el nuevo oficio, comenzaron a erigir un presente alterno.

  Como otras que se repiten a lo largo y ancho del litoral, las adaptaciones creadas en La Caleta nacieron a pesar de un Estado discriminador. Los terremotos también atestiguan de la inventiva que les ha permitido a los afrodescendientes enfrentar este trauma cíclico, más severo que los anteriores, aunque menos frecuente. Éstos son recurrentes en la ensenada por la cercanía de puntos de choque entre la capa litosférica de Nazca y la americana (National Geographic, the editor 1986: 638, 639; Nel 1984, vol. 9: 9199-9201). A su vez, estos movimientos sísmicos levantan esas olas que arrasan playas como la de La Caleta y poblaciones costeras como La Ensenada, en la bocana de Iscuandé (Buzzard 1982: 4-6; Friedemann 1989: 116-120; Rosero 1981: 1, 2; West 1957: 57-60). Entre los sacudones más avasalladores figuran los de 1836, 1868, 1906 y diciembre de 1979. Los efectos de este último aún son visibles en muchos lugares (Rosero 1981, 1983).

A finales de 1983 se aclaró que Roberto Soto Prieto había planeado y ejecutado el robo de 13,5 millones de dólares pertenecientes al Estado colombiano. Tan pronto como este empresario huyó de la justicia colombiana hacia Austria, comenzaron a cerrarse algunas de las empresas de las cuales él figuraba como accionista. Dos de ellas funcionaban en Tumaco: un aserradero industrial y una enlatadora de palmitos. Allí decenas de hombres y mujeres recibieron el año nuevo sin empleo, preguntándose a quién reclamarle el pago de sus prestaciones. Muy pronto, este grupo de desempleados aumentó con quienes habían figurado en la nómina de la desfalcada multinacional CalColombia. Ellos eran responsables de los servicios de transporte y suministro para una mina industrial que extraía oro, no muy lejos de allí, en Payán, puerto del río Magüí. Una parte de todo este conglomerado de personas buscaba medios para retornar a los pueblos ribereños de donde había emigrado en busca de oportunidades para mejorar sus ingresos.

No obstante su severidad, este tipo de crisis no era nueva. En el litoral Pacífico, si mares, mareas y maremotos tornan vacía la idea de porvenir, más lo pueden lograr aquellas conmociones dependientes de la naturaleza de los productos de la región. Por su escasez en el hemisferio norte y las dificultades para extraerlos, alcanzan precios elevados que pueden llevar al exceso de oferta y caída abrupta de los precios.

La esclavización fue el primer vínculo con los mercados del Atlántico norte. Hoy, el oro, las maderas, el petróleo y los recursos marinos la ligan con la economía de metrópolis europeas y americanas. Por su papel nodal dentro de los circuitos que enlazan ambos hemisferios, puertos como Tumaco son imanes para la población ribereña (Whitten y Friedemann 1974) y figuran en los mapas de su ascenso social. De ahí que esos sitios tengan períodos de crecimiento vertiginoso. Entre 1961 y 1976 se duplicó la población de Tumaco y hubo barrios en los que llegaron a apretujarse ¡850 personas por cada cuadra! (Ochoa de Sandoval 1982: 25-27). Sin embargo, suspendidas las actividades de las industrias de Soto y las de CalColombia, es muy posible que hacia 1985 hubiera menos de las 200.000 almas que los demógrafos le habían presagiado al puerto con base en sus cálculos para el decenio anterior.

Si bien es cierto que Guapi, Tumaco o El Charco ocupan lugares importantes en los planes de vida que hace la gente del litoral, no figuran como mojones, sino como peldaños temporales entre la selva y ciudades del interior, como Popayán, Cali y Bogotá. La circulación por esos puntos toma los sentidos que dicten las fuerzas de la geografía y del mercado. Para regresar del puerto a la aldea ribereña, la gente se agarra de redes de parientes que le permiten reclamar derechos étnico-territoriales, tanto por la vía materna como la paterna, y en las explotaciones mineras artesanales comunales o familiares, o también dentro del sistema agrícola de tumba y descomposición (Friedemann 1984a). Basado en la siembra simultánea de plátano, cacao, arroz y frutales, su vitalidad y permanencia dependen de la constancia de quienes emigran menos, las mujeres.

Cuando la mudanza toma la dirección contraria, la conquista de un espacio urbano se hace también colgándose de las parentelas (Whitten 1974). Como en este caso pueden estar consolidándose, se admiten reclamos de membrecía más amplios, como los de ser compadre de un primo o de un tío. No es raro que el anfitrión acepte al huésped por dos o más años porque la solidaridad étnica debe alcanzar para ayudarle al recién llegado a conseguir trabajo y techo.

Como resultado de todo este movimiento, las caras que uno ve en un barrio tumaqueño como el de Panamá varían de continuo. La violencia añade su cuota al cambio de fisionomías. Es muy frecuente que las peleas estallen en bailaderos y discotecas, por una mujer, después de dos o tres noches de merengue, bolero y salsa. En otras ocasiones, para el forastero es más difícil comprender los móviles. Al pescador Walberto lo mató su tío; meses antes, regresando de botar chinchorro, el sobrino se había comido el pegao de arroz que quedaba en la olla del almuerzo. El viejo lo reprendió y como Walberto le respondió a puños, fue sancionado por la Anpac con una semana de licencia, lo cual fue calentando los ánimos hasta llegar al homicidio.

Un escenario como el de Tumaco puede llenar de razones a quien opine que donde el Estado está ausente, hay violencia. Situado al suroeste del departamento de Nariño, a 1° 48' de latitud norte y a 78° 46' de longitud oeste de Greenwich, ese municipio tiene 3.800 km² repartidos entre las islas de Tumaco, La Viciosa y El Morro, además de una porción continental (Mendoza y Olarte 1976: 1, 2). Todas estas superficies están cubiertas por precarias redes de acueducto, alcantarillado y electricidad. La prestación eficiente de estos servicios nunca ha dejado de figurar en la agenda de los paros cívicos que se repiten desde 1980. Varias veces, los manifestantes han amenazado con buscar la anexión de su puerto al Ecuador, y la prensa bogotana se ha mofado de ellos, sin reflexionar que allá la gente compra leche, huevos, café cigarrillos, enlatados, manteca y aceite ecuatorianos, pesca con redes tejidas con fibras hechas en ese país y sale al mar en canoas impulsadas por motores comprados allá, sin los onerosos aranceles que se cobraban en Colombia antes de la apertura económica. En su cotidianidad, los tumaqueños palpan al Ecuador, pero tienen que imaginarse a Colombia. Mientras que montándose en una canoa de motor gastan hora y media en llegar a la primera población ecuatoriana, la comunicación marítima con Buenaventura es tan irregular como el cabotaje y la navegación fluvial (Ochoa de Sandoval 1982: 2). La única carretera es la de Pasto y, hasta 1995, transitarla era una aventura que no sobrepasaba los 15 km/h en varios trechos de sus 300 km.

Volviendo al barrio Panamá, quizás sea difícil resistir la tentación de sostener que la carencia de servicios públicos, añadida al muy apretado tejido de calles y casas, podría crear una atmósfera de frustración propicia para las reacciones brutales y desproporcionadas. Sin embargo, la iniciativa privada ha llenado muchos de los vacíos que ha dejado el Estado. Por una parte, el Plan de Padrinos, una institución filantrópica norteamericana, ofrece subsidios económicos, presta servicios médicos y educativos y auspicia innovaciones en los métodos y técnicas de pesca. Por otra parte, grupos de vecinos han construido sistemas de desagüe a los cuales otros pueden conectar la tubería de sus nuevos inodoros, siempre y cuando acuerden con quienes hicieron la instalación original y se comprometan a cooperar en la manutención de las pequeñas redes (Buzzard 1982: 15-20).

Los vecinos también se dan la mano en el arreglo de sus viviendas. Dependiendo de la proximidad al mar y para responder al régimen de mareas, hacen sus casas sobre pilotes de madera de 1 a 4 metros. Bien mantenidas, las paredes de tablas (tulapuesta), los pisos de listón y los techos de zinc o de tela asfáltica resisten las intensas lluvias de todo el año. No se puede decir lo mismo de las calles. De piedras y arena sueltas, se convierten en arroyos con cada aguacero.

Los intentos por modernizar la pesca también se apoyaron en estas formas de solidaridad. En 1972, varios pescadores del barrio formaron la Cooperativa de Pescadores del Pacífico, Copesca, la cual llegó a tener 350 socios. Si bien ellos tuvieron la visión para conseguir un crédito por tres millones de pesos para construir una sede con equipos de refrigeración, no lograron programar el mantenimiento y reposición de equipos. Cuando los motores se fundieron y las neveras dejaron de enfriar, se desintegró la organización. Inconformes, cuatro de sus miembros viajaron a Buenaventura para tomar parte en el Primer Congreso de Pescadores Artesanales. Viajaron con la intención de denunciar los efectos sobre la pesca de los frecuentes derramamientos de petróleo. De allí nació la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia (Anpac), institución que apoyó a los delegados de Tumaco para que iniciaran una campaña educativa que desembocaría en la fundación de una seccional tumaqueña de la Anpac.

En 1978 esta organización comenzó a elaborar proyectos para la creación de equipos para pescar con chinchorros. Para 1980 ya existían cuatro de estas unidades de producción, con 92 asociados. En 1981, aunando esfuerzos con los del Plan de Padrinos, creó la Sociedad Colectiva de Pescadores Artesanales. Esta empresa fue dueña de una sede moderna para el procesamiento, refrigeración y venta de la captura lograda por las unidades asociadas. Otros programas de la Anpac de Tumaco incluyeron la introducción de nuevos equipos y artes, la educación de pescadores de otras localidades de la ensenada de Tumaco y la formación de unidades adicionales de producción, como la de las recolectoras de las conchas de los manglares.

En 1985 desapareció esa Sociedad debido a su incapacidad para cumplir sus acreencias con la Caja Agraria, y a la presión de sus propios socios por liquidarla y repartir los aportes. De los girones de esos esfuerzos, los afrodescendientes de la ensenada de Tumaco volvieron a tejer grupos asociativos y comenzaron a explorar la forma como la Ley 70 podía favorecerlos. El propósito fundamental de este nuevo estatuto consiste en legitimar la territorialidad ancestral de las comunidades negras de riberas y selvas. Tal sería el caso de los chajaleños que combinan pesca y agricultura de acuerdo con la época del año. Sin embargo, como se verá en las páginas que siguen, otra es la situación de residentes urbanos, como es el caso de las recolectoras de piangua, quienes extraen los moluscos en distintos esteros alejados del puerto, de acuerdo con la altura de las aguas y de la disponibilidad de animales adultos. ¿El total de áreas que ellas visitan cada año forma un territorio étnico? Si se tiene en cuenta que hay otra gente que vive del manglar, ¿cómo precisar las áreas sobre las cuales cada grupo podría alegar estar ejerciendo algún tipo de dominio? ¿Qué superposiciones territoriales tienen lugar? ¿Quiénes serían los depositarios de títulos? ¿La colectividad de concheras, más los productores de carbón? ¿O cada colectividad tendría un título distinto? ¿Se podrían otorgar escrituras sobre segmentos que por su importancia para la vida de otras especies vegetales y animales deben ser protegidas por el Estado?

Frente a éstos y otros nuevos interrogantes, han aparecido nuevos grupos de expertos tratando de plantear soluciones (Harold Moreno 1996). Muchos de ellos, empero, no parten del conflicto entre la legitimación de territorialidades étnicas y las formas de desarrollo sostenible, alcanzada por la Constitución de 1991, y las políticas de la apertura económica profundizadas por las administraciones de los presidentes César Gaviria y Ernesto Samper. En consecuencia, esos profesionales no aprecian el sentido adaptativo de los rasgos que la cultura local origina como respuestas creativas a su ámbito movedizo e incierto, y ellos mismos pueden coadyuvar en su eliminación.

En las próximas secciones continuaré dibujando las características de ese hábitat, para luego detenerme en las estrategias que los afrotumaqueños han desarrollado para utilizar los distintos territorios que componen su entorno.

Maniobras culturales en esteros y ensenadas

La antropología colombiana está en mora de profundizar la descripción y análisis de la capacidad de maniobra cultural que comparten los ombligados de Ananse. Sin ella, sería difícil comprender cómo tantos afrocolombianos logran desarrollar vidas plurales. Para la zona plana del norte del Cauca, he sugerido que la endoculturación incluye variedad de escenarios, juegos y formación de grupos de edad que quizás contribuyen a modelar personalidades maleables (Arocha 1995). Ese proceso formativo tiene raíces históricas en la simbiosis que el historiador Germán Colmenares identificó entre mina y hacienda de trapiche (Friedemann y Arocha 1986: 241-257 y 325-332). La primera suministraba el metálico para el funcionamiento de la segunda, y esta última producía para la anterior carne, plátano y, en especial, aguardiente. La relación entre las dos unidades iba más allá del vínculo geográfico y económico. Los amos rotaban a sus esclavos entre las labores mineras y las agrícolas, pluralizando desde arriba la existencia esclavizada. Pero además de esta posible diversificación cultural impuesta, está otra de carácter espontáneo: la que ha surgido como respuesta a la variedad de escenarios como los que ofrece la franja objeto de estas reflexiones.

 Manglares

Muy pocas actividades económicas del litoral Pacífico podrían imaginarse sin el manglar. Durante las pleamares, esteros y caños amortiguan el oleaje, permitiéndole al navegante bogar en potro hasta sitios distantes. La infinidad de organismos que sustenta forman el primer eslabón de las complejas cadenas alimenticias del Pacífico. De los troncos y ramas de sus árboles salen tanino y leña, y de las raíces, carbón vegetal. En fin, de las conchas y cangrejos que se albergan en el lodo depende la vida de muchas mujeres.

La maraña de palos

El lodo suave del manglar es negro azuloso, compuesto de sedimentos de un diámetro menor de los 0,02 mm, rico en restos de materia en descomposición. Ésta, al estar atrapada en un barro pobre en oxígeno, dentro del cual hay una gran actividad de bacterias anaeróbicas, produce bastante sulfuro de hidrógeno, causante del hedor propio de estos pantanos. A lo largo de los esteros, donde continuamente se renuevan los depósitos de sedimento, el barro es muy blando por lo cual una persona pesada puede hundirse hasta las rodillas.  (West 1957: 70).

De no ser por el sinnúmero de ríos que desembocan en el litoral Pacífico y la infinidad de esteros que forman, no se depositaría ese barro rico en arcillas y materias orgánicas. A su vez, si cada seis horas no fluctuara el nivel marino, el barro se endurecería y no permitiría el arraigo de las semillas vivíparas del mangle y tampoco podría sostener los moluscos y crustáceos que viven en su interior. Este teatro de vida sería impensable sin los cambios permanentes en la salinidad de las aguas. Tampoco si las temperaturas fueran menores de 20°C en el mes más frío, o si su cambio excediera los 50°C (ibid.: 61, 62). También, si el oleaje fuera demasiado fuerte, barro y semillas vivíparas serían arrastradas lejos de la costa.

En la ensenada de Tumaco hay dos tipos de manglar. En el primero es dominante el mangle rojo (Rhizophora brevistyla). En el segundo predomina el mangle comedera o mangle negro (Avicennia nitida). En uno y otro bosque también hay mangle blanco (Laguncularia racemosa). Aunque no estén relacionados, los árboles del manglar comparten una serie de adaptaciones al medio salino. Entre las características más sobresalientes figura el sistema de raíces aéreas (Von Prahl, Cantera y Contreras 1990). El mangle rojo, por ejemplo, ha desarrollado (1) grandes raíces arqueadas que se apuntalan en el barro levantando el tronco sobre el suelo y (2) largas raíces colgantes que, partiendo de las ramas, buscan el fango del suelo. Con la bajamar, esta maraña de raíces, cuya altura alcanza los 5 metros, forma un laberinto casi impenetrable. El mangle comedera se caracteriza por un sistema de raíces superficiales que disparan sobre el suelo vástagos puntiagudos hasta de 12 cm, que hieren a los caminantes.

Otra particularidad fundamental de los manglares consiste en la viviparidad de sus semillas, las cuales germinan dentro de la fruta antes de separarse de la planta matriz. Una vez ancladas en el barro, las semillas producen raíces y dan origen a un árbol nuevo. De este modo, los manglares deberían reproducirse y colonizar rápidamente los bajos de barro; sin embargo, debido a la actividad destructora de olas y corrientes, este caso no se da a menudo (West 1957: 63).

Las hembras de los anofeles ponen sus huevos en los pocitos de agua lluvia y cristalina que se forman entre los pétalos y hojas de las matas que crecen al lado del mangle: bromélidas y orquídeas, helechos de 1,5 a 3 metros y quiches de mil verdes (ibid.: 66). Una multitud de hormigas y termitas (muranes) defienden su territorio, clavando sus mandíbulas afiladas en la ropa y la piel de la gente intrusa. Esta agresividad contrasta con el andar tranquilo de cangrejos rojos, negros y amarillos y de aquellos caracoles grises y azulosos que rompen la monotonía de verdes y marrones.

Esas mismas condiciones son las que, entre otras, hacen posible la participación de la mujer en la recolección de pianguas y cangrejos. El complejo deltaico permite navegar por dentro, sin tener que salirse al mar abierto para cubrir distancias largas. Los remeros cubren trechos amplios con la marea alta, usando embarcaciones pequeñas. Como el lodo se deja escarbar con la mano, las concheras no tienen que viajar con aparejos y herramientas.

La aldea mundial

Se dice que la televisión y los satélites convirtieron a la Tierra en una aldea. Sin embargo, el pueblito existía mucho antes, conforme uno se percata, al hacer estudios sobre los esclavizados y sus descendientes. Con la trata nació un comercio transcontinental, cuya representación predilecta ha sido un triángulo (Friedemann y Arocha 1986: 117). En sus vértices están Europa, África y América. Sus lados son rutas de doble vía. Por la que conecta a África y América circulan, en una dirección, cautivos; en la otra, yuca y otros productos agrícolas. El puente desde América a Europa llevaba oro y plata, azúcar y demás drogas del proletariado (Mintz 1985); regresaba con instrumentos de represión: pólvora, armas y caballos, telas y manufacturas de hierro. Algo comparable pasaba con la conexión de ese continente con África.

No es que la modernización de los medios haya universalizado a la gente, pero ha incrementado interconexiones, como aquella que se originó con la Segunda Guerra Mundial. Para hacer las botas y las cartucheras de los soldados se necesitó más tanino. Para suministrarlo, la gente negra del Pacífico se salió de sus pueblos ribereños y comenzó a tumbar el mangle de la costa. A estos nuevos pobladores había que alimentarlos, así que hubo más pescadores, más embarcaciones y redes; por lo tanto, más bocas que alimentar, más fogones que prender, más leña que buscar, más carbón que preparar y más mujeres trabajando en los esteros (Olarte 1974, 1978).

Pero la bonanza no fue eterna. Los químicos que se inventaron taninos sintéticos quizás murieron sin imaginarse las mudanzas que ocasionaron a lo largo de los ríos de nuestros bosques aluviales, o los reacomodos de la minería y la agricultura tradicionales.

El conche y doña Segunda

Doña Segunda ya sale poco. El estero le quitó parte de sus fuerzas. Durante años hizo carbón, «Tumbábamos el árbol, y lo cortábamos en pedacitos pequeños desde la raíz hasta las ramas». Formaban el hogar para una hoguera e irradiando de él, casi tejiéndolos, se iban colocando los trozos más gruesos. «Encima, va poniendo los más medianos, los más grandecitos, luego el más medianitico, hasta el último que se dice es el del arrope, es el más menuditico. [Sobre eso,] la paja, sí, de monte; se corta de cualquier monte, y luego lo ahoga digamos con tierra. Mientras tanto, va quemando todo». Aunque, según ella explica, también es posible iniciar la quema hasta el puro final, «echándole candela al plan. Si no, se arropan los troncos gruesos con los menuditicos, los gruesos no queman, cuando la candela pasa de los menuditicos a los más grandes. Quemada la patiadura, hasta el último palo, se saca la tiza; luego se cova y se le echa agua de mar».

Cuando comenzaba a subir la marea, en companía de las dos o tres mujeres con quienes había marchado hacia el estero, doña Segunda colocaba el carbón entre el potro. Por el peso, bogaban despacio. Ya en tierra, los niños ayudaban. A ella le compraban en su casa, pero había quienes salían por las calles a vender el carbón, como se hace con el pescado. Le fue bien. Con parte de lo que ganó, se hizo socia de otra señora que tenía canoas y chinchorros. Hasta le dio universidad a varios de sus nietos. El éxito caminó de la mano de la autonomía. En cambio, a los desconchadores de mangle no les fue tan bien. Ni siquiera llegaron a ser dueños de las macanas para quitar las tapas. Después de la bonanza, se hallaron tan pobres como al principio.

Tanino

A don Casimiro Camacho, todos le dicen Camachito. Rafa me lo presentó con mucho orgullo, «Vea, mi papá». Como trabajaba cuidando el muelle y la caseta de las supercanoas, pude deleitarme muchas horas con su lenguaje pausado, lleno de palabras que me parecían mágicas, como Guaripio, el nombre de la canoa que más le gustaba y que servía para traer la cáscara de mangle desde el estero hasta el muelle de la procesadora que abrieron unos españoles de apellido Martínez. Quedaba justo ahí, desde donde él me hablaba:

Me pagaban dos pesos por cada pesada (quintal de 75 kg de corteza). Íbamos todos de madrugada, perdíamos el sueño de la madrugada con agua o sin agua, déle de noche. Llegábamos al lugar a trabajar. Ya Rafa, mijo, se quedaba soplando la candela, viendo por la vida, ¿no? Yo me saltaba con el hacha a derribar palo. Así que una vez que lo derribaba, él me llamaba: «Papá ya está esto», pero yo como en el trabajo siempre he sido que me agrada tomarme la vela, yo ni hacía por salir a desayunar, sino que eso era darle y darle hasta que [...] pelábamos el palo, recogíamos la corteza [y] la embarcábamos. Ya que teníamos la canoa repleta, de 20 pesadas, salíamos del estero pues por aprovechar la marea alta [...] recién iba yo a hacer por la vida. Unas veces mi hijo se ponía ahí en el plan de sacar ripio, pues para no tener [...] que perder tiempo ripiándola [en el puerto...] Sáquele la conchita y dejar la pura cáscara. Llegábamos a la casa y yo me venía a botar [...] si era de cargarla adentro, la cargábamos. Había muelles para botar la corteza [señala los alrededores de la sede de Anpac]. De ahí la cargábamos a hombro porque [había] veces que los más vivos tomaban las carretas, los que adelante llegaban pues. Y uno con ganas de pesar y la carreta también invadida. Mientras que si iban desocupando uno iba llevando al hombro. Allá adentro era la pesada; allá donde es la casa y la oficina [del Plan de Padrinos].

            Les pagaban cada día; él sacaba para las golosinas del niño, para sus cigarrillos y para la mujer. Al otro día lo mismo:

Ese trabajo es más encoñador porque cuando el palo de mangle es bien pelador, a usté le da gusto; usté tiene que irle metiendo la macana despacio a troque de no irse de boca, poj poj van cayendo las tapas al suelo. Otras veces es pegada la cáscara; hay que tumbar el palo y entonces para aflojar la cáscara se le mete fogata por debajo: ahora sí ahí va hinchando la cáscara o se le da mazo y ahora sí afloja, para no perder el trabajo de balde. [...] Uno se para en las raíces; no es que vamos a decir que el mangle se tumba de tronco, sino que uno le va dando a las raíces, ¿no? Muchas personas han perdido hasta la propia vida porque se han visto atropelladas de otro palo.

También era posible llenar la canoa y esperar a que los Martínez mandaran un barco para recoger la corteza.

Sí, el manglar se volvió buen negocio, porque mire: cuando nosotros no teníamos la propiedad de ir por ejemplo los días lunes que amanecía enguayabada la gente [...] y yo podía ir el día lunes a cargar cáscara y entonces así nos reuníamos dos o tres compañeros buenos y decíamos, caramba a cortar leña de caldera o a la caldera del molino, pedacitos así. Llegábamos y cortábamos 2 o 3 canoas; las vaciábamos; en trocitos las cargábamos y las pesábamos. Con esa platica ya teníamos centavos para comprar nuestros cigarrillos y así nuestros menesteres de irnos por la noche a cortar cáscara.

Explica que el mangle sí atrajo mucha gente a Tumaco y que las excursiones para buscar cáscara cada vez tenían que hacerse más lejos. Por eso

Ya no se ven mangles grandes sino mangle mocito porque los mangles corpulentos ya fueron derrocados, ¿oyó? Hubo mucha gente. Ni más ni menos como cuando se abre una empresa como el ferrocarril o una carretera; grandes cuadrillas; ahora ha disminuido; están criando los mozos que habían; ahora no están comprando. Vea, nosotros fuimos cortando cáscara a un punto denominado Purúm. Nos fuimos en canoa pequeña y allá hacíamos unas talanqueras hartas, para vivir teníamos un rancho; ahí dormíamos y trabajábamos los dos o tres días y al decir los cuatro, nos veníamos con la canoa cargadita a llenar barco aquí donde los Martínez; ¡barco! de motor y vela, para irse por fuera y entrar allá; barco así como estos barcos pesqueros (señala las supercanoas); así iban allá; eran barcos que tenían exclusivamente para esa tarea. Entre dos y tres hombres teníamos para llenar el barco de boya a plomo, y qué cáscara. (El mangle que queda se seca), no ve que se le quita la juerza...

Todos los instrumentos utilizados por quienes trabajaban en el manglar pertenecían a diferentes clases de intermediarios. De ellos, los corteros tenían que alquilar desde las canoas hasta las hachas para pelar o tumbar los palos. Cuando los Martínez ya no compraron más concha, Camachito decidió regresarse con Rafa para la finca de la familia, que no quedaba lejos de Tumaco, en Inguapí del Carmen. Años más tarde volverían a abandonarla, en pos de la mejor fortuna que les prometía la pesca.


(1)  Una versión abreviada de este capítulo apareció con el título Afrocolombianos, creadores de riqueza: mineros, agricultores, pescadores y concheras, en el fascículo N° 31 que elaboré con Bernardo Leal para la serie Colombia, país de regiones, Medellín: El Colombia­no y Centro de Investigación y Educación Popu­lar (Cinep).

Comentarios () | Comente | Comparta c