Concheras, pianguas y jejenes en un manglar (1)

Hace cuatro años vi, por primera vez, la fotografía de esas dos niñas. Llevaban sombreros alones y empujaban los remos de una canoa pequeñísima. Bogaban por un estero cerca de Buenaventura, en busca de pianguas y sangaras, dos especies de conchas que viven enterradas en el lodo de los manglares. Una parte de los animales recolectados se iría para el mercado; otra se cocinaría en agua de coco, haciendo de la comida de esa noche un verdadero manjar. Como me interesaba la pesca en el litoral Pacífico, en ese momento pensé que era imperativo observar la recolección de pianguas.

En casi todo el mundo, las hijas, esposas y compañeras de los pescadores trabajan en la preparación y venta de pescados y mariscos, mas no en su producción. Se dice que ello se debe, por una parte, a lo difícil que es manejar embarcaciones y aparejos pesados, y por otra, a que las jornadas de pesca requieren ausentarse de la casa por días y hasta semanas.

Fenómeno excepcional era, pues, el que, según la fotografía, parecía darse en esa franja aluvial que se extiende al sur desde el río San Juan, hasta Esmeraldas, en la zona del litoral Pacífico que comparten Colombia y Ecuador. Allá, numerosas mujeres son protagonistas de lo que cabe llamar «explotación directa de un recurso marino». Y para recolectar las conchas, ellas tienen que alejarse de hijos, familia y tareas domésticas. Empero, el ámbito les sirve de cómplice para que las ausencias sean cortas, y con sus mareas y manglares, les facilita navegar lejos por las aguas que aquietan los esteros. También les permite usar potros y potrillos --embarcaciones de pequeña envergadura-- y unos implementos muy simples.

A mediados de 1983, la seccional de Tumaco de la Asociación Nacional de Pescadores Artesanales de Colombia puso en marcha un programa innovador para la recolección de las conchas. Adquirió una canoa realzada de gran capacidad de carga y un motor fuera de borda de 40 caballos de potencia. Se transportarían hasta 30 mujeres y su producción de piangua. Entregarían sus conchas en las bodegas de la Sociedad Colectiva de Pescadores Artesanales de Tumaco, localizadas frente a un estero enorme. Bautizado con el nombre de Comuna del Manglar, el programa también incluía los servicios del motorista Ítalo Valencia.

Maryluz era una de las hijas de Cleofe Batioja, pescador muy experimentado del barrio Panamá de Tumaco; imagino que ahora tendrá unos 25 años y que seguirá siendo tan alegre y ágil como ese 9 de julio cuando vino a avisarme que las concheras de la Comuna del Manglar se embarcarían a las 7 de la mañana, junto al sanitario público del barrio. Saldríamos con la marea baja, para encontrar el manglar descubierto. El piso del embarcadero era de tierra viscosa y verde. Mientras esperaba a Ítalo y a las socias de la Comuna, asomaron en la proa varios potrillos con 3, 5 o 7 mujeres a bordo; cada conchera llevaba una pequeña olla de aluminio, humeante, y un balde o un canasto.     Maryluz fue la primera en pegar el brinco y caer dentro de la canoa. Vestía un enorme suéter oscuro de lana virgen. En ese trópico húmedo, su traje era testigo elocuente del tipo de ayuda que recibieron los damnificados por el terremoto que casi acaba con Tumaco, en diciembre de 1979. La seguía su tía Betty Quiñones, y después de ellas dos, Lina y Ruth, adolescentes atléticas, peinadas con trencitas diminutas, que no paraban de hablar y reírse. En seguida apareció doña Olfa con sus comadres doña Gloria y doña Diana. Eran tres mujeres de cuyas edades sólo se podía decir que oscilaban entre los 40 y 60 años. Por último, María. Venía con un vestido rosado cuya finura se asomaba por entre las manchas de sudor dejadas por muchos bailes de salsa. Al contrario de las otras, pidió ayuda para franquear las altas realzas de tabla. Mientras que Ítalo y yo tratábamos de alzarla, nos gritó con rabia: «Flojos. Ejque lojhombre no pujan pa sacá lo hijo». En efecto, dos días antes ella había dado a luz, pero si no regresaba al manglar, el sustento de su nené peligraría.

Partimos a la hora prevista. Nuestro destino era un bosque de mangle rojo y blanco, denominado El Piñal. Allí estaríamos desembarcando una hora más tarde. El azul celeste y el rojo de la embarcación parecían recién untados. Sus cuatro flotadores de balso habían sido colocados muy arriba, hundiéndose sólo cuando llevaba carga completa. Aquel día, con tan sólo diez tripulantes, se mostraba muy inestable, celosa, como decían las concheras. A las más viejas les producía mucho miedo los movimientos bruscos. Cuando íbamos a plena velocidad, el roce tenue de los flotadores con las olas comenzó a levantar un rocío penetrante y frío. Por ello, todas las concheras se aglomeraron en el centro de la canoa y se cubrieron con amplias telas plásticas negras. Debajo de esas carpas improvisadas, fueron desvistiéndose y poniéndose chores y camisetas o batas viejas, raídas y apropiadas para la faena que les esperaba.

Después de darle la espalda a la ensenada, Ítalo se metió por una bocana amplia. La quietud de sus aguas reflejaba canoa, vegetación y cielo, creando una simetría casi irreal. Volteando siempre a la derecha, nos deslizábamos por esteros cada vez más angostos, hasta llegar a un lugar donde los flotadores tropezaron contra las raíces del mangle. La orilla se veía firme, pero al saltar a tierra los pies de las mujeres se iban clavando y el barro les subía hasta las rodillas. Encaramado en la proa, yo permanecía boquiabierto por la habilidad de ellas para moverse en ese piso tan blando. Sólo cuando comenzaron a encender sus braseros, ya trepadas en las raíces aéreas, me enteré de que esas ollitas no eran para preparar alimentos, sino para quemar estopa de coco y corteza de mangle rojo. El humo de ambas ahuyentaría las nubes de jejenes del manglar. Ítalo me explicó que pianguas no eran los caracoles que yo veía aferrados a los troncos del mangle, sino las conchas que vivían enterradas en el cieno a 5, 10 y hasta 20 centímetros; que los cangrejos rojos y negros manchados de amarillo se llamaban tasqueros y no eran muy sabrosos, pero que los barreños, azules y amarillos, de gran tamaño, sí eran deliciosos. Comenzaba la época de atraparlos, tarea difícil debido a los laberintos profundos que cavan con rapidez para despistar a los recolectores.

Le pregunté si a las mujeres les molestaría que las fotografiara sacando la piangua. «No, al revé; ejtarán felice; vamo», dijo Ítalo. Al no contar con el humo de los braseros que nos protegiera de los insectos, nos untamos repelente en los brazos y la cara, y saltamos. Como lo había previsto Ítalo, me hundí hasta más arriba de la rodilla. Me esforcé para que el barro no se tragara mis zapatos de caucho. No había alcanzado a avanzar cinco pasos, cuando me encontré con lo que para mí era una barrera vegetal impenetrable. Al ver que acomodaba mi cámara dentro del morral, preparándome para reptar sobre el fango, Ítalo me alertó que nuestro recorrido sería aéreo, pisando el lugar donde las raíces de mangle se unen para sostener el tronco, por encima del agua en cada pleamar. Nos agarraríamos de las ramas. Lo miré con gran escepticismo, y no sé cómo, pero rápidamente me encontré siguiéndolo. Increíble. A los pocos minutos, estábamos a dos metros y medio del suelo, sobre una maraña de palos y hojas que se bamboleaban al ritmo de nuestras pisadas. Cuando llegamos junto a las mujeres, me sorprendió la velocidad con la cual había transcurrido nuestra marcha. Desde mi parapeto de troncos, las observé moviéndose por debajo de las raíces, en cuclillas o gateando, hundiéndose en el barro, palpándolo a cada tramo y sacando conchas revueltas con el lodo. El olor era fresco y perfumado. Al contrario de lo que rezaban los libros, no exudaba vapores de podredumbre.

Nunca había visto mi cámara tan embarrada y maltratada. Tampoco había sentido que tomar la foto de una labor casi heroica fuera una acción tan emocionante y conmovedora. Experimentaba una sensación de felicidad y total realización profesional.

El grupo de concheras se había dividido en dos: las cuatro jóvenes atravesaron un estero y siguieron adelante. Las viejas se quedaron cerca de nosotros. Ruth, Lina y Maryluz regresaron en una hora, atravesando el pantano a nado, porque ya comenzaba a subir la marea. Ruth se unió a María, en tanto que doña Olfa y doña Gloria se separaron. Terminada su labor, Lina se metió al agua para quitarse el barro. Con placidez, se sentó en una orilla. Echó las conchas al suelo y comenzó a contarlas. De las gotitas de agua aferradas de sus trenzas salían haces finísimos de luz, y su piel reflejaba un brillo casi azul. Me impresionó el verde oscuro y vivaz de las hojas de mangle que recibían los rayos solares en línea directa. Contrastaba con otro verde, claro, cristalino y transparente que me mostró el visor de mi cámara, cuando las mismas hojas le quedaron a contraluz, mientras yo buscaba un buen ángulo para fotografiar a la conchera. Los matices pardos y grises de los troncos y el rojo de las patas de los cangrejos saturaban todas las posibilidades de película y retina.

Habían pasado dos horas. No resistí más y empecé a regresar buscando la canoa. El barro que se le había pegado a mis zapatos ya estaba casi seco y, por lo mismo, muy resbaloso. Así, ya no era fácil seguir a Ítalo caminando sobre los arcos de las raíces[ASF]Buscar en el diccionario de la Academia . Ahora, el andar más lento, deslizante e inseguro les daba tiempo a las hormigas para clavar sus mandíbulas en mi piel, después de haber trozado el dril de mi camisa mojada. Sacudírselas con tanto sudor a veces parecía imposible. Las termitas, llamadas muranes en la región, exploraron mis brazos, piernas y cuello abriéndose camino por entre la tela con sus fauces afiladas. Por fin caímos sobre el piso de la canoa. Lavamos nuestras ropas y zapatos y, extenuados, nos quedamos dormidos, sin energía para pelear contra los jejenes.

La algarabía de las concheras jóvenes nos despertó. Lavaron sus ropas y se metieron al agua a hacer recocha. Ya bañadas, fueron tomando sus puestos. Mientras tanto, Ítalo prendió el motor y, yéndose en reverso, exploró cada curva del canal delgado, buscando a las concheras de más edad. Ellas habían optado por no regresar al embarcadero, y a gritos nos señalaban la localización de cada una. Pudimos enderezar la canoa a los 50 metros de haberle ayudado a la última recolectora a acomodarse, con su brasero extinguido, sus baldes de conchas y un barreño de tenazas enormes. De ahí en adelante, el ancho de las superficies formadas por las aguas plomizas iba en aumento, hasta abrirse al infinito y volverse azul profundo en la ensenada. Había pocas nubes y un sol blanco y brillante.

Antes de llegar al muelle de la Anpac, comenzaron a contar sus chiripianguas y zangaras. Cada una de las concheras mayores tenía entre 290 y 310 conchas. La Anpac les reconocía un peso por cada concha, pero descontaba cuarenta centavos por la gasolina, los repuestos, el motorista y la consolidación de un fondo social para salud y vivienda. De no haber tenido su grupo de trabajo, habrían tenido que depender de uno de los tenderos del barrio. Ellos pagan la mitad, y no en dinero, sino en artículos de sus tiendas. Como a las mujeres les cobran por el alquiler de los potrillos, es frecuente que si la captura es mala, ellas queden endeudadas con el intermediario y que, para cancelarle, tengan que seguir concheándole.

Mariluz había recogido 225 pianguas, y para satisfacer mi curiosidad, me dio a probar una. Ni el destornillador que venía con la herramienta del motor parecía suficiente para sacar de la concha lo que aparentaba ser una gelatina de lodo. Con escrúpulos, me la metí a la boca. Su sabor resultó exquisito. Se rieron al ver mi cara da satisfacción, y en medio de una gran camaradería aceptaron que cuando desembarcáramos, Ítalo me retratara con ellas. Dentro de una semana nos volveríamos a reunir para otro viaje; entonces, y si ellas estaban de acuerdo, las filmaría para tener un registro ágil de una actividad que, con la tala del mangle y la producción del carbón de mangle, entre todas las descritas en este libro, no se realiza bajo el sol. En este caso, el trabajo de las mujeres se hace inclemente por la lucha constante para no hundirse en el barro, en la humedad del aire y en las masas de insectos. A ellas, les forja una altivez tan excepcional como su papel activo en la explotación de recursos marinos.

Ensenada: diques y arena

El cordón bajío de la ensenada le pinta colores al mar y causa turbulencias particulares. Mediante esos y otros datos, los pescadores infieren el relieve marino y dibujan los mapas mentales que guían sus recorridos en busca de peces, moluscos y crustáceos. Así, para calar los chinchorros camaroneros, están pendientes de que las quiebras expongan bajos arenosos. Por el contrario, quienes usan sus canoas motorizadas para arrastrar changas tienen que sacarle el quite a las aguas panditas para no dañar artes y motores. El dique que se encuentra adyacente al manglar es bastante amplio y está

Moldeado por olas y corrientes marinas a partir de las arenas finas que depositan los ríos. Hacia el sur, desde Buenaventura hasta el delta del Patía, y a partir de la orilla, se extiende una barrera de aguas pandas con un ancho de cinco a seis kilómetros [...] Durante los bajamares, las porciones más altas de ese dique sobresalen un metro. Las olas grandes se rompen contra la orilla de los bajos que miran al mar, formando una playa continua que puede tener cuatro o más kilómetros. Una de las impresiones más vivas que deja la costa de manglares es el ruido distante que hace aquella pared blanca de olas que estallan a lo lejos (West 1957: 53-55).

Como de continuo --por la acción de mareas y corrientes-- las porciones más altas de los bajos están cambiando de posición, la navegación junto a la orilla es muy peligrosa, así se trate de canoas y botes de poco calado. Durante las pleamares, es casi imposible salir en canoa debido a las marejadas que llegan a la costa. La faja de diques también hace riesgosa la entrada por los estuarios de los ríos. Los bajos y los bancos que sobresalen durante las bajamares se forman en las bocas de todos los ríos de la costa aluvial (ibid.)

El pez sin agallas

Pocas actividades humanas dependen tanto de la cultura como la pesca. La gente carece de agallas, de aletas o de cualquier otra adaptación corporal que la haga apta para la supervivencia acuática. Vivir de mares, ríos y lagos fue posible tan sólo cuando la gente ideó máquinas para flotar o hundirse sin perecer asfixiada y, en especial, cuando ideó formas de endoculturación capaces de formar personas hábiles en el manejo de tales aparatos. Por lo tanto, las unas y las otras responden a procesos complejos de observación del tipo de aguas y de la clase de fondos propios del entorno de la comunidad en cuestión. De ahí que los pueblos pescadores tiendan a tener una larga tradición de convivencia con los recursos acuáticos (Acheson 1981).

Sin embargo, los pescadores negros de Tumaco se desvían de esta línea. Hace setenta años no usaban chinchorros pejeros. Y aún hoy, son más bien desconocidas las técnicas para pescar a media mar, con las largas líneas de anzuelos conocidas como palangres. Como en el caso de las concheras, parecería que el medio físico hubiera contribuido con la gente para ahorrarle la invención de artefactos complejos. Como ellas, los pescadores también pueden navegar por dentro. Y aun cuando se alejen de las orillas, si prevén los efectos de pujas y aguajes, encuentran aguas poco profundas y vientos más bien moderados. Y lo más importante, fauna numerosa sustentada por la riqueza del manglar. Este ambiente privilegiado permite, incluso, que la pesca industrial de camarones, entre otras especies, también tenga lugar dentro de la propia ensenada de Tumaco y, por lo tanto, que sus empresarios no tengan que incurrir en los gastos que en otros ámbitos implica la fabricación de embarcaciones con grandes cavas de refrigeración.

A continuación, examino técnicas que se basan en redes de poca altura, con pequeños ojos de malla. En este caso, la creatividad debe verse no tanto en función exclusiva de las técnicas para extraer recursos, sino en la combinación plural de actividades económicas. El rasgo adaptativo parecería ser el diseño de modelos de endoculturación múltiple que no atan de por vida a una persona con una actividad económica, sino que le permiten subsistir moviéndose de la una a las otras.  

Planes, artes y aparejos  

De no haber sido por el tsunami de 1979, la gente de la Caleta Viento Libre haría como la de El Chajal: pescar durante las quiebras e irse para la finca durante los aguajes, cuando disminuyen las capturas. Ahora su subsistencia depende tan sólo de la pesca de jaibas. Las sacan mediante líneas de anzuelos. Si tuvieran los medios, quizás usarían aquellas pequeñas redes de arrastre que se conocen con el nombre de changas. Pero ante la escasez, ellos siguen con sus espineles, mientras que otros tienen que seguirse valiendo de un chinchorrito pequeño que calan amarrándose los cabos a la cintura. Así pescan langostinos, camarones, calamares y cangrejos.

El Chajal está localizado sobre la desembocadura del río Chagüí donde sólo es posible llegar en embarcaciones de poco calado. Para construir el puerto de pasajeros y carga, los chajaleños bajaron enormes piedras de río, a espaldas de las cuales nace la calle principal, y que también es de piedras aluviales y está franqueada por casas de dos y tres pisos, cuya altura, para una zona rural, me pareció  al principio tan fuera de lugar como el poco espacio que los constructores habían dejado entre vivienda y vivienda. Sin embargo, pronto comprendí que allá escaseaba la tierra. Detrás del pueblo se levanta la montaña de selva tupida, y como la marea cubre las porciones bajas, sólo queda una franja delgada para hacer casas y calles. Fuera de la principal, todas éstas son de barro y las recorren enormes troncos a los cuales se les han clavado barandas de madera. Sin estas especies de muelles, la gente tendría muchas dificultades para ir de un lado a otro durante los plemares.

Por su parte, la Caleta Viento Libre está localizada al noroccidente de El Chajal. Treinta casas (que aún revelan el afán por tener un techo, después del tsunami) se alinean a lo largo de la orilla del mar. Aunque la salinidad del suelo todavía es elevada, comienzan a renacer las palmas que fueron tan importantes dentro de la agricultura de la aldea. Hoy sus pobladores están otra vez  combinando pesca y cultivo.

Chinchorros camaroneros

En la ensenada hay 77 de estas redes pequeñas. De ellas, 26 son de El Chajal (Rodríguez 1983). Miden hasta 100 metros de largo por cuatro de alto en el bolso donde quedan atrapados los peces, con alas o mangas de dos metros cada una. No se necesitan más de cinco hombres para manejarlas (Rodríguez 1982: 8) y sus ojos no alcanzan a tener la pulgada y cuarto que el Inderena exigía para realizar una pesca que defienda larvas y reclutas.

Cuando baja la marea, si no es que sobresalen, los bajos quedan a sólo 50 centímetros de la superficie marina. De ahí que los pescadores lancen sus chinchorros camaroneros desde estos puntos y los cobren (o recuperen) dentro del agua. Harán los lances que la pleamar les permita. Entre abril y junio no son raras capturas hasta de 42 kilos de camarón. Si el grupo es de cinco pescadores, dividen la captura en siete partes, una para cada uno de ellos, la sexta para el dueño de la red y la séptima para el propietario de la canoa. Con las changas se logra una producción más elevada, pero los gastos de gasolina y mantenimiento de los motores reducen las cantidades para repartir. De ahí que yo me preguntara por qué los chajaleños insistían en sustituir los chinchorros por las changas. La respuesta está en las incapacidades prolongadas y frecuentes que sufren quienes calan los chinchorros, después de ser picados por las rayas y peces sapos que abundan en los bajos.

Espineles

También llamados palangres, consisten en una serie de anzuelos que se guindan de una línea madre de nylon. Para mantenerla hundida, pero paralela al fondo marino, a intervalos regulares y a sus dos extremos se atan izadoras o cordeles que se yerguen perpendiculares al piso por medio de boyas de pedazos viejos de icopor, que se amarran al extremo superior, y a los sachos de piedra, del inferior. Para la extracción de jaibas --también llamados azulejos-- se usan hilos delgados y anzuelos pequeños, calibres 30-36 y 9-10, respectivamente (Cuero 1983).

Dos personas realizan las faenas mediante pequeños potros movidos a canalete o a vela. Por lo general, padre e hijo salen con el bajamar y van soltando las líneas que pueden tener hasta 50 anzuelos localizados cada braza y media (3 m). Como carnada utilizan trozos de anguila (anguilla), cuya carne dura distrae al cangrejo mientras los pescadores recorren e inspeccionan la línea. Para cobrar, jalan el cordel vertical donde la jaiba esta ocupada tratando de trozar la anguila. La suben al potro mediante una especie de raqueta de tenis, conocida como chayo. Con los equipos actuales, cada embarcación rinde 3 kilos diarios de jaiba (ibid.)

Reúnen la producción en grandes canastos y, sujetando las tenazas, van pasando los cangrejos a ollas sobre brasas. Los azulejos se van cocinando en sus propias aguas y se sacan cuando se ponen rojos y anaranjados. Cuando ya están fríos, las mujeres y los niños los llevan al piso de la cocina, donde apalean quelas y caparazones, y van poniendo la carne blanca en ollas de aluminio, que los hombres llevan a vender a las chontas en El Chajal.  

Changas

En El Chajal todos reconocen a Héctor Mariano Cabezas como el tejedor de redes que inventó e hizo popular la changa. Observó cómo, antes de lanzar redes de arrastre, los camaroneros industriales hacían un lance de prueba. Así predecían la captura y el posible éxito de la faena por venir. Tomando como base la red de prueba, Cabezas realizó varios ensayos hasta desarrollar una malla con ojos de una pulgada, tan liviana y eficiente que podía ser arrastrada mediante embarcaciones pequeñas tripuladas sólo por un proero y un piloto.

Más baja y corta que los chinchorros camaroneros, la changa debe arar el fondo marino cuando la jalan canoas de 6 m a 8 m de eslora. Lo ideal es usar motores de 40 caballos, pero a muchos no les alcanza la plata sino para uno de 15. Como ninguno de los dos, pero en especial el último, ha sido diseñado para desempeñar semejante esfuerzo, su vida es breve, y costosa su manutención. Añadidos a los costos de combustible, estos gastos dan cuenta de la relativa ineficiencia de esta estrategia.

De los extremos de la red salen cuatro cabos de 15 a 20 metros de longitud. Para que se mantenga contra el piso del mar le ponen unas especies de alerones que los chajaleños denominan puertas y que hacen con rectángulos de madera de 80 por 60 centímetros, con argollas de hierro. De ellas, sujetan las amarras inferiores, hacia la mitad de la distancia entre el bolso de la red y las plumas. Con este último nombre designan una vara de la misma longitud de la canoa, que se ata a un travesaño localizado a las dos terceras partes la popa. Ambos maderos se unen por medio de una manila que forma anillos que se pisan a sí mismos. De cada extremo de la pluma salen seis cabos; dos de ellos se dirigen a un agujero perforado en la proa. Allí se atan formando un triángulo que compensa el esfuerzo del arrastre. Otros dos van en la línea superior, señalada y mantenida a flote mediante una sola boya plástica de 80 cm de diámetro. Los restantes van en las puertas, y de las puertas, a la línea inferior.

Mi anfitrión en El Chajal fue Félix Montaño, quien venía colaborando con la Anpac en la organización de los demás pescadores del pueblo. Vivía en una casa que su mujer había llenado de matas y, a diferencia del resto de sus compañeros, no tenía finca. De ahí que saliera al mar con más frecuencia. Los demás se turnaban entre la changa y la tierra. Pescaban más cuando se venían las quiebras, y menos con las pujas, porque se llenaban los caños que desembocan en el Chagüí, y así podían subir más lejos en sus canoas para recoger fruta, y no tenían que bajarla a pie, enredándose con las raíces protuberantes de los cientos de palos de la finca y del bosque.

El señor Montaño me llevó a varias faenas, pero la que mejor recuerdo fue la primera, ocurrida el 16 de julio de 1982, cuando debimos haber salido a las seis de la mañana. Empero, alguien le había secuestrado las varillas del acelerador al motor de Félix. Mientras él negoció la devolución de las partes, su hijo, Henry y yo, rodeados de nubes de jejenes, esperamos en el embarcadero, lo que nos permitió ver la llegada de varios chinchorros camaroneros, y a sus pescadores heridos de raya, y a los cientos de cangrejitos agonizantes que al ser desechados sin contemplación alguna formarían la superficie gelatinosa sobre la cual se pararían el resto de quienes, esa mañana, salieron y entraron del muelle pesquero.

Cuando arrancamos, El Chajal parecía uno de aquellos palafitos mágicos que han hecho famosa a la Ciénaga Grande del Magdalena. Por eso pudimos entrar hasta la propia casa de Félix. Partimos después de que su mujer nos alcanzó el desayuno. La superficie estaba tan tranquila que daba lástima cuando la proa hacía pedazos el cielo reflejado, primero en el río, después en el mar. Félix actuaba como proero, y por el camino iba desenredando los cabos de las puertas y verificando el estado de los anillos para la sujeción de éstas. Al tener en cuenta que muy pronto harían las veces de rastrillos, sus partes metálicas debían estar en óptimas condiciones. Terminada esta tarea, amarró el extremo posterior de la red, donde termina la bolsa que recoge la captura.

Transcurridos 20 minutos, el piloto escogió el lugar del lance. Dio la orden de que el proero asegurara la pluma y, girando a estribor, le mandó arrojar el bolso. Amarraron el motor al lado izquierdo del espejo para que la canoa no dejara de dar vueltas a la derecha, y ambos fueron echando las mangas de la red que comenzó a formar una línea perpendicular con el lado del motor, y los cabos pasaron a la parte de atrás de la canoa. De nuevo, el proero comprobó el estado de los amarres con las plumas y con el orificio de la proa.

El lance debería durar una hora, pero comenzaron a sacar la red veinte minutos antes. Primero, el piloto viró a estribor para que el proero sujetara el cabo derecho desde la última mitad de la canoa. Después de haber traído unos tres metros, lo ató provisionalmente de la pluma y comenzó a traer el segundo cabo. Amarraron de nuevo el motor y comenzaron a halar ambos cabos,  luego subieron las puertas con sumo cuidado. Al llegar a la changa, comenzaron a sacudirla para que los peces enmallados llegaran al buche. El proero mantuvo la red dentro del agua y caminó con ella hacia las plumas, cerca de las cuales la izó para que el piloto soltara las amarras y cayera al piso el contenido del bolso: animales, ramas y troncos.

La captura incluía camarón tití, pomadilla, que es similar al titi, pero más amarillo y se daña con mucha facilidad, y, en menor proporción, tigre y langostino. También había varios ejemplares de un langostino que tiene púas venenosas, jaibas de varios tamaños y un calamar. Entre los peces figuraron peladas, cardumas, pejesapos, anguillas, y zafiros. Las jaibas se abalanzaron de inmediato sobre los pies de la tripulación. En ese momento entendí la utilidad de las botas de caucho.

En el transcurso del segundo lance, el proero comenzó a escoger la producción, desechando las jaibas jóvenes o aquellas que hacía poco habían mudado su caparazón. Le devolvió al mar todas las sardinas y luego los pejesapos. Éstos se desechan sujetando una jaiba joven a la que se obliga a morder al pez, y así, tiran ambos animales al agua. Terminada la clasificación, Henry sirvió el desayuno: enormes cantidades de arroz, atún enlatado, galletas de coctel, naranjas y cocacola. 

El nuevo lance dio resultados muy similares a los del primero, mientras que el tercero fue de menos producción. Los dos lances siguientes tuvieron lugar en una pleamar muy rizada. El zarandeo de la embarcación era fuerte y la altura de las olas hacía que la hélice girara en el aire y así el motor se forzaba y la canoa perdía el impulso necesario para el arrastre. La última captura quedó sin clasificar sobre el piso de la canoa y con los desechos vegetales.

Serían las tres de la tarde cuando el proero amarró la embarcación en una de las chontas del puerto. Así llaman a los palafitos donde se procesa y vende la producción. Este nombre quizás esté relacionado con la madera con la que se construye el piso de estas plataformas que, junto con las casas de la parte trasera, se sostienen mediante pilotes de 3 a 5 metros, clavados a la orilla del río Chagüí. En la canoa de Félix Montaño, llegamos a la chonta de Aquiles Quiñones y su esposa Soledad, quienes hacía poco habían llegado desde Bogotá, lo que podía deducirse de su vestido y manera de hablar. Combinaban la compra de pescado con la de plátano y frutas para llevar a Tumaco o para venderle a otros usuarios de sus instalaciones.

La chonta es un sistema de intercambio que funciona a la manera de un almacén en el cual confluyen productos vegetales que pueden venir de lugares alejados de la ensenada, así como productos marinos extraídos de los alrededores de Tumaco. En ella no circula mucho dinero debido a que los dueños de la chonta pueden pagarle a los pescadores con plátanos, chontaduro, cacao y caimitos, y a los agricultores, con el ripio de los frutos del mar. Hablaré más adelante de la función de este sistema de intercambios que ha caído víctima de la modernización.

A los pocos minutos de haber llegado al puerto, aparecieron otros dos hijos del piloto, quienes enseguida ayudaron al proero a sacar las jaibas y a separar al tití de los langostinos y los tigres y a aquél de la pomadilla, que se debe consumir pronto en el propio Chajal. Terminada esta selección definitiva, metieron cada clase de animal en chivatas, que son mochilas hechas con redes viejas. Mientras les llegaba el turno para cocinar los mariscos, comentaron las incidencias de la faena y les lanzaron piropos a las mujeres que pelaban camarones.

  Para cocinar mariscos y crustáceos se atiza primero el fuego de los calderos llenos de agua salada. Estas canecas de 45 galones, la leña y las varas necesarias para guindar las chivatas de las orillas son de la chonta. Sus dueños le descuentan al pescador tales usos y consumos.

  Después de cinco minutos, sacan los productos y los lavan con agua dulce tomada del río. Cuando los tres hermanos Montaño se disponían a pelar los mariscos, llegó una niña de doce años que quiso ganarse los 25 pesos que vale pelar el contenido de una olla de dos litros. A la muchacha le tomaba un segundo pelar un tití, tres un tigre y siete un langostino. Los hombres gastaban el doble del tiempo, pero ganaban dos veces más que ella.

  Hacia las cinco de la tarde les compraron el camarón. A esa hora habían completado un poco más de tres kilos y cuarto de tigre y langostino (a $430 el kilo, es decir, $1.397,50) y cuatro kilos y medio de tití (a $130 el kilo, es decir, $552,50). Ese día, los Montaño reunieron $2.000, de los cuales Aquiles les descontó $1.000 de un avance anterior. Los lances de aquel día no compensaron las 12 horas de trabajo invertidas por los dos hombres, los $1.600 de la gasolina ni los $200 que había costado el almuerzo.

  Al atardecer, la chonta parecía un lugar encantado: los rayos oblicuos del Sol pegaban a la esterilla de guadua de las paredes, proyectando multiplicidad de líneas que formaban diferentes ángulos y sombras. El vapor de los calderos envolvía a las docenas de pescadores de chinchorro que llegaban y procesaban sus capturas. Dos jóvenes picaban el hielo traído por Aquiles desde Tumaco, con el fin de preservar la producción de Félix y otros pescadores que habían llegado primero. El hielo se metía en dos pequeñas canoas. En la más grande se ponía una capa de camarón por cada capa de hielo, y en la pequeña se hacía lo mismo con la carne de jaiba. A la mañana siguiente, rumbo a Tumaco, saldría este curioso trencito acuático, con ambos potricos remolcados por la canoa realzada de la chonta.

  La captura diaria de una changa se divide en cinco partes. La primera de ellas es para el dueño de la red; la segunda y la tercera, para el dueño del motor; la cuarta, para el proero, y la quinta, para el piloto. Entre 1982 y 1983, el biólogo Óscar Julio Rodríguez tomó nota de la producción de 24 changas, correspondiente a la venta en una de las chontas de El Chajal. Comparada con las tablas de producción de los chinchorros , la tabla 2 muestra que durante la cuaresma se pesca un mayor número de animales en un número menor de faenas.

Tabla 2

Producción de las changas

 Mes  

No. de Faenas 

kg tití Mes  

 kg tigre Mes   

kg tití Ch/día

 kg tigre Ch/día

 11.82  

  179 

 4.274  

  1.711  

 8,1  

  3,2 

 12.82  

  170 

 3.247  

  1.739  

 6,5  

  3,4 

 01.83  

  182 

 4.507  

  1.842  

 8,0  

  3,0 

 02.83  

  203 

 4.097  

  1.617  

 7,0  

  3,0 

 03.83  

  230 

 4.676  

  1.937  

 7,0  

  3,0 

 04.83  

  130 

 6.240  

  2.208  

 12,0  

  3,0 

 Total  

 

 27.039  

 11.052  

 8,0  

  3,0 

De acuerdo con las series de la tabla anterior, la producción de las changas varía entre medio y 43 kilogramos, dependiendo del número de lances y de la potencia del motor. El hecho de que, hoy por hoy, Henry Montaño y casi todos sus compañeros de labores se hayan mudado a Tumaco y se desempeñen como empleados de las procesadoras de camarón ratificaría la opinión de los biólogos que dicen que las changas no eran muy rentables. Sin embargo, para poder emitir una afirmación más certera sería necesario tener en cuenta el fenómeno de El Niño y otros efectos ambientales. El acceso a esa información requiere que la comunidad científica otorgue a los equipos de investigación un tiempo mayor que el que actualmente les concede (quizás un año). En el caso de Tumaco, los nexos entre cambios ambientales y culturales requerirán una visión más profunda que permita tener en cuenta no sólo los hechos coyunturales, sino los que tienen ritmos más lentos. 


(1) Juan Fernando Esguerra editó estas notas con el fin de publicarlas en el libro De sol a sol: génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia (Friedemann y Arocha 1986: 347-354). Una variación sobre el mismo tema apareció en uno de los órganos del Departamento de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia, Cuadernos de antropología, N° 7. Su título, «Concheras, manglares y organización familiar en Tumaco», simposio Pesca artesanal en las Américas, coordinado por Jaime Arocha y Mary De Grys. Bogotá: Cuadragésimo quinto Congreso Internacional de Americanistas, julio 2 y 3 de 1985.

 

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