Chinchorros pejeros

Entre los pescados de alto valor comercial figuran la corvina, el pargo rojo, la pelada, la sierra, el róbalo, la mojarra, el bagre, el machetajo, el gualajo, el alguacil y el toyo. Se capturan en aguas medias usando redes enormes cuyo manejo y calado requieren  dos embarcaciones, tripuladas por 20 o más pescadores que desempeñan labores especializadas de cuya coordinación no sólo depende el éxito de cada zarpa, sino la vida misma.

De los 56 chinchorros pejeros que los biólogos habían contado en la ensenada, 14 pertenecían a pescadores de distintos barrios del puerto (Rodríguez 1983). A su vez, cuatro de estos últimos constituían el equipo básico de la Sociedad Colectiva de Pescadores Artesanales de Tumaco. Bautizaron esos equipos con unos apelativos --Birken, Zwann, Libertador y Unidos Venceremos-- que daban cuenta del proceso contradictorio en el cual se habían embarcado: construir su propia autonomía a partir de los fondos que la filantropía norteamericana hacía llegar por medio del Plan de Padrinos.

A la hora de preguntar por el origen de la pesca con chinchorro en el barrio Panamá, ancianos como Camachito o doña Segunda Mosquera decían que había comenzado hace setenta años. Entre los responsables de la innovación, recitaban los mismos nombres: Pío Vallecilla, María Minota, Roberto Landázuri, Eliodoro Landázuri, Félix Landázuri, Edgar Valencia, Aleázar Quiñones (La Patrona), los hermanos Buitrago, Santiago Pineda y Pedro Martínez. No dudaban en resaltar el papel de matronas autoritarias en este proceso. Con desprecio, Rafael Valencia los llamaba dueños o patrones, añadiendo:

Todavía son mayoría. Explotan a los pescadores. ¿No ve que hasta les pegan? ¡Y ay del que critique la repartición! Los obligan a reparar redes y canoas. Son dueños de tienda o comerciantes que tienen el contacto y el billete para enyelar y vender la producción. Es muy poco el dinero que le entregan al pescador, sino que al fiao le dan alimentos, cigarrillos y aguardiente. Como lo que deben siempre es más caro que la parte que les toca a los pescadores, ahí se la pasan pagándole con producción. La Sociedad es para librarnos de ellos.

En los comienzos se usaban nasas que podían manejar unas cuatro personas, además del canoero o piloto. Pese a que los dueños también se hubieran valido de su posición dentro de las grandes parentelas para formar los equipos, durante mi investigación fue difícil trazar las líneas de parentesco que aún moldean los grupos. Una de las dificultades para obtener la información consistió en la constante prédica antinepotista de los asesores de la Anpac. Cuando uno le preguntaba a un pescador si era familiar de otro, era usual que evadiera la respuesta, como si los derechos familiares fueran algo amoral. Era corriente que hicieran énfasis en el carácter democrático del grupo al cual pertenecían y que se refirieran a los vínculos entre parientes como una vergüenza del pasado. Una segunda dificultad consistía en el trazo de genealogías, no tanto por fallas en la memoria de los interrogados, como por la multiplicidad de parientes que origina la poliginia. Y una tercera complicación era el parentesco ficticio: es usual que dos personas se llamen parientes para reforzar lazos de amistad y afecto. Los jóvenes, además, utilizan apelativos como tío, tía, abuelita y abuelito para referirse a las personas que les merecen mayor respeto.

Antes de que aparecieran las nuevas modalidades de pesca, al dueño o dueña del arte le correspondían dos partes de la producción; otra era para el piloto y a cada pescador le tocaba una parte. Como los motores fuera de borda sólo aparecieron en 1940, el cómputo de los gastos era más sencillo: alimentación sumada al mantenimiento de redes y embarcaciones. Sin embargo, no era permitido que los pescadores preguntaran por los criterios para repartir las capturas y, si llegaban a hacer algún reclamo, los propios pilotos tenían el derecho de propinarles palizas.

Con añoranza, los viejos recuerdan que la producción era abundante, aun en lugares cercanos al barrio Panamá, donde ahora se coge muy poco. Dicen que, hoy por hoy, hay que ir lejos para traer animales pequeños.

 
Diagrama de relaciones de parentesco

Mangas, sardenales y canoas

Los chinchorros pejeros que se hacen ahora miden hasta 400 brazas (800 metros), y en la mitad su altura llega a las diez brazas. En el centro tienen un buche, cuya posición dentro del mar se conocerá por una enorme boya roja. En el agua, la tensión de sus costados (alas o sardenales) se mantiene por medio de plomos que van en la línea inferior, y en la línea superior, boyas ovoides de icopor amarradas cada dos brazas. De ahí en adelante, aparecen las mallas y medias mallas, que se van angostando paulatinamente hasta llegar a unos palos de mangle, cuya longitud varía entre 1 metro con 20 cm y 1 metro con 80 cm. Se amarran 7 manilas de 60 a 70 metros del extremo que se lanza primero, llamado manga de estacas, y del otro extremo o manga de apegue se amarran 8 manilas de la misma longitud. Así es posible lanzar uno de estos chinchorros a distancias hasta de 1,5 km desde una orilla o desde un bajo. Los de menor tamaño pueden lanzarse mediante embarcaciones de remo o vela y calarse con tripulaciones de 10 personas. El lance de los más grandes requiere tripulaciones hasta de 40 pescadores, quienes pueden no ser capaces de halar la red, si las corrientes marinas son muy fuertes.

Estos equipos tienen que usar motores de cuarenta caballos, adecuados para embarcaciones hasta de diez metros de eslora. Los carpinteros tumaqueños empiezan la talla de una canoa con una sola pieza sacada del tronco de un árbol. A ella le clavan diez o doce costillas de 140 grados cada 60 cm, con puntillas grandes que sujetan las tablas para realzar la embarcación básica. Así aumentan en un metro la línea de flotación, y el ancho, en metro y medio o dos metros para de este modo poder cargar una tonelada de pescado o de aparejos. Para calafatear las realzas mezclan brea y estopa vegetal. Ninguna de las canoas de esta zona tiene prolongaciones de proa y popa, tan prominentes en las piraguas senegalesas como medio eficaz para aumentar la estabilidad marina. En Tumaco ese efecto se logra mediante los dos flotadores de balso que se amarran de los lados.

Los tumaqueños llaman canoa madre o principal a la más grande de las dos, y en su centro acomodan el chinchorro con los cabos necesarios para calarlo. Los tripulantes se sientan encima de los aparejos y en los espacios restantes. La otra canoa o auxiliar es de menor tamaño. De ida, transporta la segunda mitad de la tripulación, y de venida, la captura.


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