|
INDICE
|
|
Había así intercambio o préstamos y también se daba el caso de
que una mujer fuera
capitana de mina. Con todo, en
la instancia del intercambio o del préstamo, al cabo de un tiempo,
los amos hacían regresar a los trabajadores a sus cuadrillas
originales. La referencia para unos y otros era entonces el
antepasado originario del grupo familiar, que según Romero (1990:
106) y de acuerdo con el proceso evolutivo arriba delineado, podía
ser una mujer-madre o abuela-.
El oro que producían las cuadrillas se entregaba al administrador
con destino al señor de minas. Pero después del trabajo de los
esclavos, es decir en los terrenos ya removidos que quedaban como
mazamorra, se permitía trabajar a negros libres e indios. El
rescate de lo que quedaba era de su propiedad y a ellos se les
conocía como mazamorreros. Es posible entonces que algunos de estos
negros libres hubieran dejado de ser itinerantes detrás de las
cuadrillas de minería colonial y se hubieran quedado clavados en
lugares donde siguieron practicando la minería y para hacerlo
empezaran a elaborar el sistema que ha llegado a nuestros días con
el nombre de troncos (Friedemann 1974, 1985a).
Por otro lado, en la cuadrilla hubo una dinámica de movilidad donde
el capitán era un individuo que por su poder de mando fue capaz de
acumular más oro; trabajando en los días de fiesta -como era
permitido- y seguramente en lugares ricos más rápidamente compraba
su libertad (West 1952:89-90). Así, en su estatus de libre, a
tiempo que dejaba la plaza vacante para otro esclavo, él podía
establecerse como mazamorrero libre itinerante o bien entrar a
formar parte de un incipiente tronco. Lo descrito tan sucintamente
en torno al transcurso de las cuadrillas permite señalar un momento
crucial de la génesis de dichos troncos que seguramente
constituyeron un modelo alternativo de vida para aquellos negros
que encontrándose libres con las leyes de abolición de la
esclavitud de 1851, rehusaron quedarse como peones en las haciendas
y en las minas e iniciaron un éxodo hacia la selva y los troncos al
borde de los ríos. Es así como en el decenio de 1970, la
investigación antropológica encontró troncos entre mineros del oro
en áreas de Barbacoas y a juzgar por datos de otras investigaciones
(Friedemann 1989, Villa 1985, Fnedemann y Briceño 1990) también en
otros lugares del bosque aurífero sobre la costa caucana y el
Chocó.
Los
troncos corresponden en la literatura
antropológica a los ramajes. Son grupos cognáticos de parientes
consanguíneos que re montan su linaje tanto por la vía materna como
por la paterna, hasta un antepasado hombre o mujer fundador de la
descendencia. Quien pertenece a un tronco, tiene derechos de
trabajo y herencia sobre las tierras mineras y chagras de cultivos
reclamadas por el fundador como propiedad de su descendencia
(Friedemann -Ibídem-). Cada tronco ha contado con su propio y
delimitado territorio y tiene su parentela definida por derechos
activos y latentes, maternos y paternos de trabajo y de herencia.
Así, un hombre preferiría no casarse con una mujer de su mismo
ramaje, porque entonces la pareja sola mente tendría derecho a
trabajar en la propiedad de un solo tronco, lo cual le impediría
movilizarse a lo largo de varios ríos en otros troncos.
Los troncos se desenvuelven en unidades socioeconómicas llamadas
minas. La mina está conformada por el caserío donde viven los
mineros, la chagra o sitio de cultivos de subsistencia, el corte
minero de cada familia nuclear y el corte minero comunal del grupo
total de descendencia, que son los lavaderos de oro propiamente
dichos. Los miembros de cada familia viven y trabajan en la unidad
mina de su ramaje o tronco Los hombres limpian el terreno, cortan
madera para construir las casas y las canoas y hacen el trabajo
pesado en el corte minero. Su mujer y sus hijos también van a la
chagra, cortan banano, caña de azúcar y hacen panela en los
trapiches de aspas que aún existen. Pero también asisten a los
cortes familiares o comederos y a los comunales o compañías donde
se sigue trabajando bajo la autoridad de un capitán. La repartición
sobre la cuenta de cada día de trabajo es una de las obligaciones
del capitán de la mina.
El tronco como realidad social y cultural ha modelado la
subsistencia de grupos negros y el riesgo de abandonar el bosque,
el río o los parientes en el caso de agotamiento del oro, de
inundaciones o de otra emergencia. Vigente aún en las postrimerías
del siglo XX, con sus raíces en la cuadrilla esclava yen los
antiguos mazamorreros, el tronco sigue siendo una respuesta de los
grupos negros contemporáneos a las condiciones de discriminación
socioétnica y económica tanto como a la incertidumbre del habitat
en el litoral Pacífico (Arocha 1991).
Las condiciones de trabajo en el litoral Pacífico durante los
siglos de la Colonia son comparables a las épocas recientes al
finalizar el siglo XX. Hombres y mujeres generación tras generación
han venido desempeñándose en su habitat de selva superhúmeda donde
la rueda como elemento básico del ámbito tecnológico en el
transporte o en la mecánica general, no ha tenido mayor aplicación.
En los cortes mineros las piedras se movilizan de un lugar a otro
mediante cadenas de hombres y mujeres que las pasan de mano en
mano. Los accidentes son constantes y las dolencias de la gente que
permanece largas horas parada entre el agua, doblados sus torsos
con las piernas y rodillas rectas, podrían compararse con algunas
de las frecuentes afecciones que quedaron registradas en
inventarios de esclavos de minas.
Norman Whitten (1974) ha llamado pioneros a los habitantes negros
del litoral que se asientan en cuatro nichos socioculturales:
caseríos rurales dispersos, caseríos rurales compactos, pueblos y
ciudades. Su proceso de producción sigue siendo el de una economía
fluctuante de auge y decaimiento basada en la extracción de oro,
maderas, mangle, bananos, pesca, caucho, tagua, cocos, plantas
medicinales, por parte de especuladores extranjeros y nacionales.
Por un lado con soluciones de vida selvática y campesina que
escasamente permiten la subsistencia mediante la minería y los
cultivos de frutales, caña y arroz, combinados en la chagra y la
caza y la pesca en ríos y manglares. Por otro lado, tomando la
alternativa del peonaje como trabajadores de compañías nacionales y
multinacionales, cortando y arrastrando trozas de árboles hacia
aserraderos o pescando
"
independientemente" para las industrias
de productos de mar, o como cadeneros y peones en los muelles.
Todos, hay que reiterarlo, socializados desde chicos para
desempeñarse en trabajos de selva o como peones y eventualmente
proletarios en los puertos y ciudades.
En el horizonte histórico y contemporáneo de los grupos negros
cualesquiera que hayan sido sus ciclos económicos, o sus etapas
migratorias en el litoral, el parentesco se ha manejado como un
recurso social efectivo. Si un minero de la selva requiere ayuda en
el puerto, lejos de su caserío, él busca algún pariente de su
tronco y acude a él, avivando de este modo una relación recíproca.
Whitten (1969: 235) muestra cómo la movilidad en pueblos y ciudades
en el litoral se da así por entre la trama de una organización que
él define como "
ramajes rotos". Que a su
vez al conjugarse con el hallazgo de los
troncos o
ramajes en la selva aurífera, da cuenta de un proceso
evolutivo social. El juego de la genealogía y el parentesco tienen
así papeles cruciales en el manejo rural-urbano y desde luego en
puertos y ciudades dentro de la sociedad de gente negra y aquellos
que en el marco del mestizaje son considerados como morenos, el
término cortés con el cual en la sucesión racial moderna, la
sociedad dominante sigue señalando a los negros o a aquellos con
rasgos visibles de negro.
|