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En la organología tradicional del vallenato está la guacharaca
que es un instrumento de fricción, hecho del tallo de una caña a la
que se tallan estrías. Con una costilla de res o con un trinche se
raspa la caña. Según Quiroz (1983:192), la guacharaca fue el primer
instrumento que con voz similar a la de una pava silvestre que
anuncia la lluvia, se unió a los cantos de donde saldría el
vallenato. El acordeón es un instrumento típico de muchos puertos
del mundo que parece haber llegado a Colombia y al vallenato a
finales del siglo XIX. La trilogía básica la completa la caja de
clara estirpe africana, con memoria de tambores, con un parche que
inicialmente era de piel del buche del caimán sacado con ceniza
debajo del sol, y después remplazado por cueros de venado, chivo o
carnero (Quiroz -Ibídem-).
Con el tiempo, al vallenato han ingresado otros instrumentos y de
él han surgido otros ritmos que lo han convertido en un pozo de
creatividad: puyas, merengues, sones, paseos o tamboras, forman una
intrincada genealogía musical. Esta cualidad de pozo ha contribuido
a que el vallenato se haya constituido en otro símbolo de la
identidad cultural de Colombia. Con la innegable huella del legado
africano, no sólo en la conformación sociohistórica del hecho
artístico, sino en la misma esencia del fenómeno musical.
Claro que el vallenato es apenas una parte importante de la
oralitura de la costa Atlántica, cuyas expresiones surgen en una
gama nutrida de narración, poética y novelística. La mayor de
todas, la obra de Gabriel García Márquez que construye una realidad
fantástica llamada Macondo. El vocablo, un fitónimo bantú (De
Granda 1978:234) designa al plátano y conlleva significados mágico
-religiosos. De Granda afirma que Macondo es un símbolo de
"l
a sociedad abigarrada, multirracial, mulata, que
describe García Márquez y que corresponde por entero a la fisonomía
de un territorio en el que indios, blancos y sobre todo africanos,
han vivido juntos durante varios siglos". En efecto,
el territorio es a su vez asiento de una zona de cultivos intensos
de plátano y de acuerdo con García Márquez, el nombre es una
memoria de sus años infantiles y jóvenes en las vecindades de
Aracataca, donde existía una hacienda con ese nombre.
Pero a propósito de
Makondo como vocablo bantú, es
válido anotar que precisamente en esas tierras de plátano y de
ganados, durante siglos han estado arraigados descendientes de
africanos: cimarrones, libres y criollos. Además, en un palenque
residual de la región los negros han mantenido hasta nuestros días
huellas de la presencia africana en su vida cultural y social. Se
trata del Palenque de San Basilio, dueño aún de una lengua criolla
propia, considerada como una reliquia lingüística en América
(Patiño Rosselli 1983). Tiene vocablos bantú de las hablas ki-kongo
y kimbundu que desde luego con Makondo permiten señalar en
Cien años de soledad y en varios de sus personajes
y épicas una proyección colombiana en la novelística universal de
iconografías del mundo negro africano en América Latina.
En el ámbito de la lengua española, la influencia lingüística
proveniente de lenguas africanas es conforme dice Germán de Granda
(1978:271) muy identificable en zonas como la caribeña ola del
litoral Pacífico, donde hay importantes conglomerados de
descendientes de africanos. El acento bantú, sin embargo, es
dominante en muchos lugares y aparece en el habla cotidiana, así
como en toponimias de memorias congolesas y angolesas: Matamba,
Masinga, Malemba, Angola, Songo, Miangoma, Nanguma, Quilembe y
Lamba son nombres de arroyos, montes y caseríos en lugares cercanos
a Cartagena y también territorios de antiguos cimarrones. Y en el
litoral Pacífico Matamba y Mungarrá, son muestras de toponimias
también de origen bantú, aunque Beté sobre el Atrato es el nombre
de una etnia en Costa de Marfil. En el léxico cotidiano la
influencia es abundante. En la culinaria el
guandú, referencia bantú, -kikongo-, por ejemplo,
es un plato de perfil costero sobre el Atlántico, mientras que el
fufú, de referencia bantú, -mfufu-, una manera de
preparar el plátano, es del acervo de la gastronomía del
Pacífico.
En rituales profanos como el currulao o
cununao en
el Pacífico, el tambor cununo y la marimba son de estirpe
Ki-mbundu, igual que la cachimba que es una pipa y
chimbo que es moneda (Del Castillo 1984). En
rituales sagrados como en San Basilio, el palenque residual, con un
último dominio étnico bantú, se preserva en las canciones fúnebres
del ritual mortuorio conocido como
lumbalú
(Schwegler 1990) testimonios de la procedencia africana no sólo de
gentes, sino de visiones cósmicas en torno al mundo
sobrenatural.
En el estado actual de los estudios de grupos negros en Colombia,
es posible examinar comparativamente en el ámbito no sólo de la
lingüística, sino también de la expresión religiosa y en otros
espacios, elementos compartidos por comunidades negras en diversos
lugares colombianos. Y desde luego, la impregnación que ellos han
hecho en variados planos de la vida cultural nacional.
La imágenes acuáticas que aparecen en el velorio de muertos en
palenque y que se evocan a través del habla del tambor y en las
canciones de lumbalú también son parte de velorios en comunidades
del litoral Pacífico en los bosques mineros y en los pueblos en
proceso de urbanización. Ya su vez rememoran el pensamiento de
gentes del Congo que conviven un universo donde
Calunga -palabra que también aparece en los cantos
fúnebres del lumbalú- un ámbito de aguas, debajo de la tierra es el
sitio de los espíritus de los muertos (Mac Gaffey 1986, Friedemann
1991:77).
Y en el litoral Pacífico, los ámbitos acuáticos son por excelencia
los tablados poéticos del drama de encantamientos y personajes del
mundo sobrenatural, que emergen de los mares para entrar en el
mundo de los hombres. Protagonistas como las enormes serpientes que
causan las inundaciones, o las diminutas lombrices que salen y
entran al cuerpo humano causando enfermedades y que viven en el
agua, son patrimonio de la cultura negra de amplios
territorios.
El esbozo anterior es un intento para delinear algunos aportes de
la diáspora africana a la cultura de regiones y de la nación
colombiana en ciertas instancias. Pero no alcanza a tocar muchos
detalles sutiles de la poética visión o lo intrincado de sus
creaciones sociales y materiales como espejo de sus iconografías
antiguas y de aquellas transformadas en el proceso histórico. Para
el estudioso de las culturas negras de América, sin embargo, tal
testimonio es vivencia de estrategias de resistencia cultural.
Después de 500 años, las huellas de la madre África llegadas con
los esclavos aparecen dibujadas no sólo entre sus descendientes,
sino como parte de nuevas construcciones culturales en
Colombia.
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