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INDICE
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Las nuevas condiciones jurídicas del negro, con seguridad
contribuirán a devaluar aquellas ideas que, por ejemplo en el campo
de la antropología coadyuvaron a desechar a las comunidades negras
como sus sujetos de estudio y que en la historia sociocultural de
Colombia, han invisibilizado a África como continente ancestral de
núcleos importantes de gente negra en amplios territorios
nacionales. Claro que experiencias similares de negación de la
historia son también parte del transcurso africano. El estudioso
senegalés Cheikh Anta Diop, sucintamente evalúa el fenómeno cuando
afirma que "
borrar, destruir la conciencia histórica
siempre ha formado parte de las técnicas de colonización, sumisión
y embrutecimiento de los pueblos" (1983:60). El
proceso sin embargo no alcanzó a aniquilar la memoria histórica
africana, porque de acuerdo con Yoro FalI "los europeos no
tuvieron la fuerza necesaria para conquistar el alma y los cerebros
de todos los africanos" (1992:19).
Pero en África misma en el siglo XVII, durante la formación del
imperio Ashanti, que estuvo mediada por la conquista de muchos
grupos, entre los vencidos (Towa 1985:148), a los griots,
historiadores tradicionales, especie de trovadores, especialistas
de música, genealogistas o embajadores se les prohibió seguir
contando la historia de su gente. Cualquier violación era castigada
con la muerte. Los griots debían aprenderse la versión de una
historia oficial que bajo la nueva hegemonía debía ser relatada
para sepultar los verdaderos orígenes de los grupos dominados, y
lograr unidad y armonía bajo el nuevo imperio.
Si bien en Colombia la historia de los aborígenes americanos
también fue víctima de este tipo de técnicas, la de África y la de
la diáspora africana en América han resultado más afectadas. No
obstante, en África, desde finales de 1950 comenzó a tomarse
conciencia en torno a los efectos de la destrucción del
conocimiento sobre el pasado ya la urgencia de su restauración.
Actualmente, en este proceso participan intelectuales africanos que
con el dominio de técnicas europeas de investigación y las suyas
propias se esfuerzan por establecer un enfoque propio para dar a
conocer en su continente y en el mundo occidental, la historia
africana desde su propia visión (Fage 1982:60, Curtin 1982:78, Fall
1992:17-37). Su trabajo ha contribuido a erosionar algunos de los
mitos racistas seudocientíficos que llegaron a desfigurarla al
punto de proclamar que "
África no tenía un
pasado". Esos mitos se servían de una escala de
valores socioculturales, espejo de una pirámide de pigmentación
epidérmica en cuyos segmentos inferiores se colocaba a los negros
como parte de los no-civilizados, de los otros. La historia de los
africanos y de sus descendientes en el Nuevo Mundo resultaba así
una cuestión sin importancia ni valor, y hablar de sus
contribuciones en las sociedades donde vivían era más que un
exabrupto.
El proceso de descolonización en África también generó ímpetus para
afirmar la identidad de sus pueblos y naciones. La conmoción
sociopolítica y económica de la poscolonia alcanzó los ámbitos de
la educación y la ciencia. En la batalla por aniquilar los
prejuicios racistas, la conciencia de una enseñanza de historia
descolonizada se adoptó como un arma estratégica. A partir de 1960,
en un lapso de 20 años, y de modo simultáneo al proceso de
descolonización, alcanzaron a prepararse más de quinientos
historiadores africanos con doctorado o grados equivalentes,
quienes han emprendido investigación, publicación y enseñanza de
sus análisis y materiales (Curtin 1982:86).
Su recopilación de fuentes escritas europeas, árabes, hindúes y
chinas anteriores y posteriores al siglo XV (H. Djait 1982, 1.
Hrbek 1982) dan cuenta de encuentros de África con otros mundos,
mucho antes de 1492.
Elikia M' Bokolo, es uno de esos nuevos historiadores. Actualmente
se desempeña como director en la Escuela de Altos Estudios de
Ciencias Sociales en París. M'Bokolo ha examinado las relaciones
antiguas entre el Asia Oriental y el continente africano, que
permiten trazar el protagonismo de África en una cadena de tiempo,
espacio y circunstancias sociopolíticas. Que conforme él sostiene,
desde luego invalidan cualquier pretensión de reclamar un comienzo
absoluto en 1492, como fecha inaugural de tránsito de un mundo
plural a un ámbito planetario único.
M'Bokolo (1992:4) y numerosos científicos africanos, por el
contrario, enfocan el evento de 1492 como parte de una serie de
comienzos en los cuales África nunca estuvo ausente. Dentro de este
propósito, la hipótesis considerada
"
sacrílega", especialmente por la
ciencia de occidente, en torno al contacto africano con América en
tiempos precolombinos, es una inquietud permanente, que estimula la
búsqueda de testimonios de variada índole. Una conversación entre
el gobernador de El Cairo y el emperador de Mali, Kankou Mousa
durante su peregrinaje a lugares santos del Islam en 1324,
compilada por lbn Fadl Allal Al Omari, narra los esfuerzos de su
predecesor Mansa Aboubakar II en torno a la exploración del océano
Atlántico (M'Bokolo: 1992, Friedemann y Arocha: 1986, Diaw 1983).
Documentos como éste se divulgan para estimular investigaciones
sobre técnicas antiguas de navegación en África, que aún es uno de
los asuntos menos abordados en la nueva historiografía del
continente. Lo cual no quiere decir que no existieran. Las
experiencias de Thor Heyerdahl demuestran lo contrario. Con su
piragua Ra I, construida de acuerdo con las técnicas de los Buduma
del Chad, Heyerdahl navegó 4.345 kilómetros saliendo de Safi el 25
de mayo para llegar a las Antillas el 18 de julio de 1969 (M'Bokolo
1992).
En Colombia, en la misma vena de las hipótesis sacrílegas se ha
colocado la del arqueólogo Donald Lathrap (1977) que propone el que
los procesos de domesticación vegetal, como otros ocurridos en el
Viejo Mundo, se derivan de un patrón único de experimentación
neolítica elaborado en el África hace 40.000 años, por portadores
de las culturas Sangoana y Lupembana (Shaw 1972). De acuerdo con
una parte de la propuesta de Lathrap, en algún lugar de la costa
septentrional del Brasil, hace más de 12.000 años pudo arribar un
grupo de pescadores africanos. Buscando terrazas fueron llevados
por corrientes marinas lejos de las costas occidentales de África
hasta un punto entre Recife y la desembocadura del Amazonas.
¿Viajaban en balsas o en canoas? ¿Fueron arrastrados con redes y
las semillas del calabazo de botella (Lagenaria siceraria)
domesticado en África y que no puede reproducirse sin la ayuda
humana? ¿Acaso estas semillas fueron empleadas por gentes en las
costas americanas?
Aunque durante un decenio esta hipótesis fue desdeñada, en los
últimos años, el aumento del número y la antigüedad de las fechas
que atestiguan el poblamiento del continente americano, como la de
Pedra Furada con 32.000 años en el nororiente del Brasil, sumados a
otros datos que la sustentan, vuelven a poner a la propuesta de
Lathrap en el escenario del debate (Guidon y Delibrias 1986, Gruhn
1988). Y en el foco de las preocupaciones que estimulan la nueva
historiografía en África. Por otro lado, si hablamos de encuentros
de mundos, ésta hipótesis aludiría a uno temprano (Friedemann 1992,
Friedemann y Arocha 1985).
Retomando el hilo del trabajo de los africanos sobre reflexión y
restauración en torno a su historia, deben mencionarse estudios
como el de A. Hampaté Ba (1982) inmersos en la historia oral o en
la oralitura. La
tradición viviente, conforme la
denomina, es sinónimo de "
La Gran historia de la
vida", que comprende la historia de las tierras y de
las aguas, de los vegetales, de las venas del seno de la tierra, de
los astros, y por supuesto, de la historia del hombre, simbiosis de
todas las historias, expresión de partículas de todo lo que ha
existido antes de él.
Como una fuente para la reconstrucción del pasado, la recolección y
evaluación de tradiciones e historias orales prosigue en África.
Una muestra de su importancia es el resultado de la confrontación
de las narraciones del cronista Cavazzi (1687) en el siglo XVII,
relatos épicos, narrativas literarias y datos cosmogónicos con
invetigaciones recientes de terreno en 1970, sobre tradiciones
locales. Todo lo cual ha servido para trazar en la región del Alto
Kwango en Angola, un horizonte de dinastías y cambios
sociopolíticos (Vansina 1985:182). Y también para traer a la luz la
resistencia de carácter epopéyico contra la trata negrera, que en
esa región como en otras se dio de modo permanente desde el siglo
XVII hasta fines del XIX.
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