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Por el mismo tiempo, en 1540 salió de la península la expedición del licenciado Alonso Luis de Lugo. Luego de llegar al Cabo de la Vela, arrancó por tierra, " con baquianos y gente que ya había estado en otras expediciones, llevaba doscientos soldados y otros tantos caballos y bestias para carga y treinta y cinco vacas con sus toros" (Simón Ed. 1981. T.IV: 140). Aunque en un comienzo el cronista no menciona negros, a medida que avanza su narrativa los esclavos surgen como personajes de trajín. Hay un momento de crisis cuando las provisiones escasean y los ánimos le flaquean al mismo don Alonso. Entonces salta el esclavo Gasparillo quien habiendo hecho parte de una expedición anterior con Jerónimo de Lebrón y conociendo las trochas y serranías de la región, dijo que podría llegar hasta la ciudad de Vélez y conseguir ayuda. Pero lo haría -dijo- " si vuestra señoría se sirviese de darme carta de libertad". A lo cual don Alonso le contestó que no sólo le daría una carta de horro sino cuarenta si fuera necesario, escritas en letras de oro, con tal de que consiguiera socorro (ibídem: 152).
Pero éste no fue el único incidente en el cual el protagonismo de uno de los negros alivió la crisis. Unos días antes Juan de Castellanos soldado muy avezado y quien al parecer había estado en la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, le propuso al licenciado Alonso que en compañía de otros se desprendería del grupo y llegaría a Vélez para conseguir auxilios. En la crónica aparece entonces el negro Manga Lengua -quizá manga luango- que en vista de tanta hambre, privaciones y dificultades, decide entrar al poblado de indios que divisan a lo lejos. Sin resultado, porque tan pronto los indios lo ven empiezan a perseguirlo y de milagro se salva.
Juan de Castellanos resultó el mismo que años después sería cronista, cura, Beneficiado de Tunja y dueño de haciendas y esclavos negros (Cortés 1966). El Canto I de sus Elegías de Varones Ilustres de Indias evoca su aventura, dejando entre líneas el hambre, el desfallecimiento y los tallos de bihao que para no agonizar, según Fray Pedro Simón (Ed. 1981 T. IV: 144), tuvieron que comer él y sus acompañantes día tras día:

El don Alonso, pues con buenos guías
de los antiguos hombres convocados
Por el de la ciudad de Santa Marta
en continuación de su viaje
fue caminando por aquellos llanos
por do fueron a dar a los dos ojos
de cristalinas aguas, aunque gruesas,
desde donde se ve la serranía
frontera de los indios Coronados,
cuyas faldas se dicen las acequias
de que tenían uso los vecinos
Confines al enhiesto y empinado
Cerregión de los negros fugitivos,
Que en tiempo les sirvió de fortaleza
desde donde comienzan las llamadas
del gran Valle de Upar, diversas veces
en mis memoriales repetidos.

(Juan de Castellanos en Castro Trespalacios 1977:28).

Al fin y al cabo la crónica de Simón no volvió a referirse ni al esclavo Gasparillo ni a la suerte del negro Manga Lengua. En 1543 cuando el licenciado Alonso Luis de Lugo llega a Vélez solamente iba con setenta y cinco compañeros de los casi trescientos con quienes comenzó y de los casi trescientos caballos y otras bestias que tenía sólo llegaron veintinueve o treinta (Simón Ed. 1981 T. IV: 157). Ya en esta parte del relato se desvanece la esperanza de saber cuántos negros o si acaso ninguno llegó con vida a Vélez.
Por su parte, Juan de Castellanos en su Historia de Cartagena sí menciona el hecho de que Pedro de Heredia llevaba negros en su expedición del Cenú. Dato que aparece confirmado en el juicio de residencia que en 1537 le siguen y donde se le acusa de " permitir a los cincuenta negros que había traído para trabajar en las sepulturas... " que robaran los mantenimientos de los indios en los alrededores (Borrego Pla 1983:54).
Sobre estos negros se sabe que algunos de ellos se fugaron y en 1540 fueron localizados en cercanías de San Sebastián de Buenavista. Pero es interesante el encuentro en 1545 de un palenque situado en las inmediaciones del pueblo de Tofeme en el partido de Tolú y que según documentación existía desde 1525. Así cuando la campaña de exterminio sale de Cartagena hacia Tolú, al regreso el parte fue que habían encontrado y abatido como trescientos cimarrones (ibídem:430). La pregunta que sigue entonces es la de si estos negros provenían de España y Portugal a través del goce de licencias que en ese tiempo la Corona concedía a particulares. Y cómo lograron constituir un grupo de rebeldes tan considerable en número. Un ensayo de respuesta es el de Borrego Pla (1985: 431) que supone la llegada de cimarrones desde Panamá y Tierra Firme.
De cualquier modo, los datos anteriores permiten presumir que buen número de ladinos, o conforme algunos autores señalan, negros españolizados llegaron con los conquistadores a tierras de nuevo mundo. Así, la crónica aludida por Juan Friede en sus Documentos inéditos para la historia de Colombia (1955 -1960) puede contar cómo en Ada (actual Panamá), músicos y bailarines negros en 1520 entretenían a los caciques Darién.

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