LAS TRIBUS INDÍGENAS DEL MAGDALENA

 

JORGE ISAACS
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II   (CONTINUACIÓN)

Y volviendo a los chimilas, viene a punto esta observación comprensiva también de las tribus que habitan y defienden, tenaces, la Cordillera oriental del Valle Dupar.

Mareigua es el nombre con que los guajiros designan a Dios, mejor dicho, al no engendrado, fuerza inmaterial, dueño de la creación. Los chimilas le llaman Marayajna, y los tupes y yukures Maruta. No es, a buen seguro, casual la común raíz mar en las tres denominaciones o palabras. Y véase ahí, como en otros ejemplos del mismo orden, un nuevo rumbo que los filólogos pueden aprovechar, lo mismo que las numeraciones, en la investigación de orígenes y comercio o trato remoto de las tribus americanas; porque es lógico y natural suponer que ha sido invariable o de muy difícil alteración, en las que alcanzaban ya cierto grado de cultura, eli nombre de Dios o del poder más o menos temible que reconocían y veneraban a su manera.

En Magüeipá, al Oriente de la Península, y en Pararierun, recogí las tradiciones más importantes de los guajiros.

Mareigua habitó un tiempo en las cumbres de Arahur, y se fue dejándoles la tierra a sus nietos. Existe allí una laguna salada, donde vive una serpiente voraz. Si alguien toma frutas de los árboles inmediatos, al punto muere. Las alturas de aquel monte, el más venerado de las tribus, se cubren a veces de nieblas, y es de aspecto extraño en aquella región e imponente por lo mismo para los indígenas. A esto se reduce lo que de su teogonía me fue dado conocer.

Como otros pueblos salvajes de América, tienen recuerdo legendario de un diluvio o inundación del país que habitan, y hé aquí el relato que de tal acontecimiento me hizo un anciano de la raza Jayariú:

Era Guarunka una virgen de extraordinaria hermosura e irresistibles atractivos, y su padre, el jefe más poderoso y valiente de la nación. Nunca mujer tan bella habían conocido los hombres, y ninguno podía ser bastante rico para comprarla como esposa. Un agorero o adivino advirtió a los padres de la doncella, que sería funesto el instante en que su hija concediera las primicias de amor. Vióla Yarfá —Luzbel o espíritu maligno— y desde ese momento fue poseído de amoroso frenesí. Toma entonces, experimentado y astuto, la apariencia de un mancebo gentilísimo, y ronda las florestas y campiñas espiando a Guarunka, ya en secreto abrasado de amor.

Bañábase la princesa en las corrientes del Sarsaráin: aprovechó Yarfá el descuido de los guardianes celosos, y ella, olvidada del fatal y odiado pronóstico, fue débil para resistir a los ruegos y caricias de su amante.

Obligada era la fuga, y se asilaron en Guarkasnhirú: allí tenía casa el raptor, grande y cómoda; pero al despertar advirtieron los amantes que se había convertido en piedra, o en un antro sin salida, sobre el cual bramaban las olas. Largo tiempo transcurrió después, que es de suponerse no sería de ansiedad ni de privaciones para la reclusa y venturosa pareja, porque Yarfá debió apelar a todo su poder, no bastante sin embargo a combatir el elemento que los sepultaba. Al fin oyeron sobre la casa de piedra el canto de un ave: les decía que llamasen a Suarrar —la rata grande— para que abriera salida bajo el suelo, porque ya la tierra se había secado; mas no se aceptó el recurso. Entonces la avecilla —el canoro turpial de aquellas pampas— convocó a todas las aves a efecto de abrir algún agujero en la roca: todo en vano, porque sus picos se amellaban y solo el Hischu fue capaz de hacer uno pequeñito, por donde salieron Yarfá, Guarunka y cuatro hijos, en forma de pájaros diminutos, colibríes seguramente. Mas el quinto de aquéllos se resistió a transformarse así: era el más sabio y malicioso; el padre futuro de los guajiros nobles. Le instaron a que saliera convertido en humo, y eso sucedió. Luego una grandísima serpiente fue sacando del lodo gentes de todas las razas: primero los indios que habitan la región oriental de la Guajira, después los paraujas, que marcharon más allá de la sierra de Makuira, en seguida los cosinas, que se fueron al Sur, y por último, ingleses, españoles y otros blancos. Notóse a poco, que los guajiros comían mucho, y fue necesario resolver que los blancos buscaran tierra en donde vivir, y se les arrojó al punto.

Aquellos indígenas no le dan por causa al diluvio de su leyenda la corrupción de los hombres, que tal castigo merecieran, rebeldes a los mandatos y enseñanzas del Creador; atribuyen la calamidad a obra del Espíritu maligno —a quien temen y cuyo poder admiran— enloquecido de amor por una mujer de la tribu, se reputan descendencia de Satanás, su Noé, si no con orgullo, a lo menos sin rubor.

"De estas leyendas (las indígenas, dice Nadaillac) las que tratan del diluvio universal serían de mucho interés si fuese dable creer que no han sido amplificadas ni alteradas por los misioneros españoles".

En el corazón de la tribu de que se habla, inconquistable, y en comarcas que nunca visitaron misioneros, la sencilla leyenda que acabo de relatar, tiene verdaderamente su carácter primitivo; mas de seguro se refiere a épocas en que ese pueblo habitó otro país, y por sus mayores fue acomodada a las condiciones geográficas del que poseen hoy. Confirma esta hipótesis lo que dicen sus antiguas tradiciones sobre la manera como se adueñaron de la Península, que ocupaban desde tiempo inmemorial cuando el arribo de la primera expedición española a sus costas en 1499, la de Ojeda, que tocó en Chichibacoa, según es de colegirse región que fue denominada Coquibacoa, erradamente quizá.

Véase qué memoria subsiste entre ellos en cuanto a la época de la llegada de sus mayores a la Península y la tribu que antes la habitó. En Juyamurá, cerca del valle de Epiesí, estaba el centro de la nación de los aruá. Pelearon con un jefe de Maracaibo, Arakuayú, y fueron vencidos en la guerra; de ahí su emigración hacia el Occidente, donde se asilaron en las alturas orientales de la Sierra Nevada.

Hay circunstancias interesantes en esa tradición breve y precisa, que he tomado literalmente de una de mis carteras de viaje. Habitaba no lejos de Epiesí el mayor núcleo de la tribu de los aruá, y restos de ella, gentes despreciadas y en servidumbre hoy, encontré en el valle que fecundan y embellecen con sus cultivos, extraños en medio de la nación dominadora de la Península. Aruá (vencidos) se les llamó, y también kachosas, por apodo depresivo y humillante. Aquél es el mismo nombre que aún se les da en las tribus guajiras a los habitantes de la Sierra Nevada, y si éstos las temen por agresivas y feroces, ellas les atribuyen sabiduría de envenenadores y de brujos. En guajiro la partícula kar, añadida a los nombres de cierta terminación, como la partícula kor en otros casos, sustituye al artículo, que en nuestro idioma se antepone a muchos vocablos: arudkar significa el arud, y es evidente que de tal expresión provino el nombre de aruacas o aruacos, que los españoles les oirían a los indígenas al hablarles éstos de las tribus que habitaban en la Sierra Nevada; y así debió suceder desde que los primeros soldados de Federmann cruzaron las planicies guajiras de lid en lid. Dice la tradición apuntada, que de Maracaibo era el jefe que venció y expulsó de la tierra a los aruá, es decir, del Sur, y hay motivos para suponer que del lago de Maracaibo, y aun de regiones más lejanas del litoral venezolano, y de las Antillas, llegaron a la Península las diferentes parcialidades de la nación guajira.

De los caribes, nación marinera, belicosa, y fuerte además por su número; de ese pueblo conquistador que difundía el espanto entre las tribus que habitan en la desembocadura del Orinoco y en el litoral que se extiende a uno y otro lado de ella, debió venir, batallando y venciendo, el enjambre que se apoderó del hermoso país y de las comarcas que lo limitan hasta el Socuy y el río Enea, Otras reflexiones o inferencias sobre el mismo asunto son oportunas aquí.

Efectuóse quizá, al propio tiempo que la otra, una migración de caribes a esa parte del Continente y al litoral comprendido entre Santa Marta y el río Sinú: el viento Nordeste que agita impetuoso esos mares en casi todos los meses del año, hecha excepción de tres o cuatro, pudo facilitar mucho aquellas migraciones de pueblos o tribus, y por relaciones y cruzamiento con los aborígenes primitivos de la región, se alteró su lenguaje y se modificaron a la vez sus feroces costumbres: de ahí acaso el tipo y carácter viril y belicoso de los chimilas, vencedores de Alvaro Palomino en las orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta en 1526, orillas circundadas por poblaciones de aquella tribu; de ahí también la resistencia heroica que primero Ojeda, y Heredia después, encontraron al batallar con los indígenas de Turbaco y otras parcialidades del territorio actual del Estado de Bolívar (54).

No iba pues descaminado Fray Alonso de Zamora al decir lo siguiente de los indígenas de Cartagena, en su Historia de la Provincia del Nuevo Reino (Libro II, capítulo II):

"La valerosa nación de los machanaes, nombre común de los indios de esta Gobernación, que en nuestro idioma quiere decir no hay, es oriunda de Maracapana, que costa a costa, del Mar del Norte vinieron desde Caracas a llenar la Provincia de Cartagena. Su fama belicosa se dilató por todo lo descubierto, con tal asombro de valentía, que si pasaban por aquella costa algunos bajeles, miraban la tierra como sepultura de soldados españoles".

No hay en la Península guajira jeroglíficos ni emblemas grabados en las rocas; todas mis investigaciones a ese respecto fueron inútiles, y más tenaces por cuanto acababa de hacer estudios de la pictografía en la Sierra Nevada de Santa Marta, y naturalmente me aguijoneaba el deseo de completar investigaciones del mismo orden en todo el territorio del Estado. Quizá un viaje detenido con el fin de hacer inspección minuciosa en las serranías de la Península, diera más felices resultados; pero lo dudo: es de suponerse que los invasores caribes se adueñaron de la tierra en tiempo relativamente no muy lejano de la edad en que las planicies aparecieron poco a poco y no alcanzó ya el Océano a cubrirlas. La retirada gradual de las aguas se ve en las ondas vastísimas de collados que descienden a la costa, en Güinkúa, al centro de las pampas de Occidente, como en Jurjier y Kenap, al pie de la Cordillera de Makuira, cuando se espacía la mirada en el horizonte que en último término limita el mar. Y las tribus que habitaban la Península al efectuarse la invasión caribe, eran, sin duda, descendencia muy lejana, mucho, del pueblo que grabó en las vertientes orientales de la Sierra los signos y figuras que copié en Setkús (Marocaso) y valles al Poniente, en las rocas de seukuke, Hungüirruambá y Lonzeirá. Escribí en páginas anteriores que ni los guamakas ni los otros moradores actuales de la Sierra conocen el origen y edad de las pictografías, y que solo les ha llegado muy débil luz de aquellos tiempos: apenas pueden explicar la significación de dos emblemas, si bien les tributan culto secreto a los antiguos adoratorios- Parte de los guamakas, dicho se está, fueron los aborígenes vencidos por la tribu guajira, y expulsados casi en su totalidad de la Península.

Por razones idénticas a las apuntadas, no existen, al menos que yo sepa, pictografías o jeroglíficos prehistóricos en el Valle Dupar, hoya antigua del rio Magdalena, que ocupó en toda su anchura según puede observarse al pie de los contrafuertes meridionales de la Sierra Nevada y en los occidentales de la Cordillera de Perijá.

Remontémonos cuanto sea dable investigando de qué regiones de América vinieron los inmigrantes cuyos descendientes se hallaban en las Antillas y en nuestro litoral Atlántico al empezar la conquista, incluyendo las tribus subsistentes hoy en el macizo de la Nevada, y la nación de los taironas, extinguida a mediados del siglo XVII en su lucha valentísima con la raza conquistadora.

Bueno es antes leer unos párrafos de Irving sobre los caribes, adecuadísimos a mi propósito, porque sintetizan lo que interesa dejar anotado. Son de la obra citada otras veces (libro VI, capítulo III):

"Es de todo punto probable que muchas de las pinturas que se nos han dado de esta singular raza de gente hayan derivado su triste colorido del miedo de los indios y de las preocupaciones de los españoles. Eran los caribes el horror de los indios, y la pesadilla de los españoles. Las pruebas que se presentan de su canibalismo deben juzgarse con mucha circunspección, por lo descuidado e inexacto de las observaciones de los marineros, y la preconcebida creencia del hecho que existía en los ánimos de los españoles. Era usanza general entre los naturales de muchas de las islas y de otras partes del Nuevo Mundo, conservar los restos de sus difuntos, parientes y amigos. A veces todo el cuerpo; otras la cabeza sólo, o algún miembro disecado; y otras, en fin, nada más que los huesos. Estos, cuando se encontraron en las viviendas do moraban los habitantes indígenas de la Española, contra quien no existía semejante preocupación, se miraban regularmente como reliquias de los muertos, conservadas por afecto o reverencia; pero cualquiera de semejantes restos, hallado entre los caribes, se miraba con horror, como prueba de su canibalismo.

"El belicoso y altivo carácter de aquellos isleños, tan diferente del de los pusilánimes que los rodeaban, y el ancho campo que daban a sus empresas y expediciones, como las tribus errantes del Antiguo Mundo, debían necesariamente distinguirlos. Se les educaba en las armas desde su infancia. Tan pronto como sabían andar les ponían sus intrépidas madres el arco y flechas en la mano, y los preparaban a tomar temprana parte en las arriesgadas empresas de sus padres. Sus atrevidas expediciones marítimas los hacían observadores e inteligentes.

"Las tradiciones que restan de su origen, aunque de suyo inciertas y poco valederas, pueden hasta cierto punto verificarse por hechos geográficos, y abren una de las únicas venas de curiosas investigaciones de que abunda el Nuevo Mundo. Se dice que emigraron de los remotos valles formados por las montañas Apalaches. Las primeras noticias que de ellos tenemos los representan con las armas en la mano, continuamente empeñados en guerras, conquistando su camino y mudando de morada, hasta que con el tiempo se encontraron al extremo de la Florida. Abandonando luego el continente del Norte, se pasaron a las Lucayas, y de allí gradualmente en el decurso de los años, de isla en isla, por aquella verde y dilatada cadena que eslabona los extremos de la Florida y de la costa de Paria, en el continente del Sur. El archipiélago que se extiende desde Puerto Rico a Tobago era su principal guarida, y la isla de Guadalupe su ciudadela. Desde aquel punto lanzábase a atrevidas expediciones llevando la guerra a todos los países circunvecinos, que amedrantaban con su presencia. Desembarcó multitud de ellos en el continente del Sur, y se apoderó en algunas partes de tierra firme. Se han descubierto también sus huellas muy en el interior del país por donde fluye el Orinoco. Los holandeses hallaron colonias de ellos en las márgenes del Ikouteca, que desemboca en el Surinam, por el Esquivo, el Maroni y otros ríos de Guayana; y aun parecería que avanzaron hasta las costas del Océano del Sur, donde, entre los indígenas del Brasil, había algunos que se llamaban caribes, distintos de los otros indios por su valor, constancia, sutileza y arriesgadas empresas.

"El trazar las huellas de estas tribus en sus emigraciones desde las montañas Apalaches en el continente del Norte, por el grupo de islas que esmalta el golfo mejicano y mar Caribe, hasta la costa de Paria, y lo mismo por en medio de las vastas regiones de Guayana y la Amazónica, a las remotas playas brasileñas, sería una de las investigaciones más curiosas de la historia primitiva, y derramaría torrentes de luz en puntos misteriosos que envuelven en tinieblas muchas cuestiones de alto interés para el Nuevo Mundo".

Ciertamente, aquella investigación es de importancia suma para la historia de los pueblos americanos; y los estudios hechos con posterioridad a la época en que escribió Irving los pasajes que he trascrito, ayudan a determinar con alguna precisión el itinerario de las migraciones que vinieron de las zonas templadas de los hemisferios boreal y austral a refundirse en la tórrida, formándose así, seleccionada por el cruzamiento de dos nacionalidades guerreras e inteligentes, la poderosa Nación caribe. El carácter aventurero y empresario de las dos masas migradoras; la superioridad de entrambas sobre las tribus que iban venciendo y arrollando, desde los montes Apalaches a las Antillas, y desde los dominios guaraníes hasta la desembocadura del Orinoco y las Guayanas, determinó una alianza seguramente, y de ahí el poder y la dominación del pueblo caribe.

Simonin, citado por Nadaillac, desconoce la posibilidad de estas migraciones en América: me refiero a su obra titulada El hombre americano (Paris, 1870).

Tiran sus argumentos a combatir el monogenismo de la especie humana, mas son tan débiles y rebatibles, que si únicamente con argumentaciones de tal fuerza y especie pudieran contar los partidarios de su teoría, ya estuvieran vencidos. Me es necesario prescindir por ahora del dictamen de ese autor, para ocuparme de su razonamiento en próxima ocasión.

Hay en la Península nombres de sitios, como Jamaikamana y Paraguaipó, que autorizan la inferencia de haber sido llevados de las Antillas, y de región muy más distante al Sur del Continente. Podríase, sin embargo, observar que falta la comprobación de que tales denominaciones de comarcas existan de tiempo remoto o inmemorial; pero cuando interrogué a los ancianos guajiros sobre este punto, con el deseo de confirmar la hipótesis, y precisado a no fundarla por ningún motivo en una base falsa, me contestaron que aquellos sitios nunca habían tenido otros nombres (55).

Pronto se advertirá que no tiene nada de extraño, y si de muy natural y lógico, el hallarse el nombre de Paraguaipó empleado en la Guajira para designar un sitio que en época no muy distante debieron tener cubierto las aguas marinas y las que desbordaban del Grande Eneal. Démosle primeramente una ojeada breve al vocabulario guajiro, o estudio sobre ese idioma, que dejó el lector en otras páginas, y el señor doctor Aristides Rojas, de profundos conocimientos que admiro, y otros americanistas tan perspicaces y competentes como él, harán esto mejor, procurándose vocabularios de dialectos caribes, que no ha estado a mi alcance conseguir al hacer con precipitud imprevista el presente trabajo.

Arauka llámase entre los guajiros cierto árbol, y araukema una planta medicinal. Es inútil recordar, porque ha de hacerlo el lector, que Arauka es el nombre del rió que recorre los llanos de Casanare y Meta; que Araukó es el de un pueblo de la provincia de Tucumán cerca de la ciudad dc Rioja, en la República Argentina, y Araukanía del de un territorio que ocupan en el corazón de Chile, indomables hasta hoy, los araucanos cuyo heroísmo cantó Ercilla.

Aparáin vale en guajiio pescador; paraj, mar o playa marina; paransís, hombre blanco, extranjero, no español; parasír, naufrago; parás, salado; parúa, salina.

En el vocabulario de la Gramática Goajira del señor Presbítero Rafael Celedón, hay estas palabras: parúrua, mero (pez); párapa ejéjte, viento nordeste; parápuna, del lado del mar; pararu, costa del mar; paraise, corriente de río; pararuma, sitio donde ha estado el mar; paraset, arrastrarse; aparajasij, revolcarse; párait, voltear; partaj, peinarse. Este último verbo, así como los tres anteriores, inducen a suponer que se les formó expresando cada acción con una imagen tomada del mar.

Viene al caso hacer mención de ciertas designaciones geográficas de la Península. Pararía, cumbre que se divisa de Baretamana y Kasuto hacia la costa oriental: Parasi, cadena de montes que se tiende de Punta Chimare a Bahía-honda, no lejos del mar: Parisuó, arroyo que nace en las alturas de Arahur: Pararierun, que significa ensenada de mar, es el nombre indígena de Puerto Estrella.

En el Diccionario geográfico histórico del Coronel don Antinio de Alcedo hojéense cuidadosamente del cuarto tomo las páginas 62 a 95, y se encontrarán setenta y siete y más nombres de ríos, islas, puertos, cabos, poblaciones ribereñas, etc., en su mayor parte del Brasil, Paraguay y la República Argentina, que llevan todos la raíz para.

Esto anotado, es más oportuno ahora transcribir algunos párrafos de los Estudios Indígenas del señor Aristides Rojas, que abundan en conceptos confirmados en las últimas líneas que dejo escritas. Trata de las radicales del vocablo agua en las lenguas americanas.

"El estudio de las radicales del agua, en el Continente Americano, no es para nosotros estudio de mero pasatiempo; propósitos más elevados nos estimulan. Si por una parte deseamos conocer nombres geográficos de un mismo origen etimológico, por otra queremos investigar la filiación de ciertos pueblos, el camino que ellos trazaron, la ley de sus emigraciones, sus conquistas de Oeste a Este o de Sur a Norte, y hasta los orígenes primitivos de la población Americana, oriunda de los pueblos de Asia, por un lado, de las regiones de Europa y Africa, por otro (56). El estudio de una sola de las radicales del agua, va a hacernos conocer las peregrinaciones del pueblo Caribe y de sus numerosas tribus, venidas de pueblos más adelantados que demoraban al Sur del hemisferio Americano; la manera como se pobló la extensa región acuática que constituye las hoyas del Plata, del Amazonas y del Orinoco; y las conexiones que tuvieron, en remotas épocas, naciones que hoy existen en regiones del hemisferio diametralmente opuestas.

"Los orígenes quechua y guaraní de algunas radicales del agua, van a ponernos de manifiesto las conexiones que tuvo el pueblo Caribe con las naciones que habitaron los Andes del Perú y de Bolivia, y con las que se establecieron en las pampas del Plata. Toda la región oriental de la América parece haber participado mucho de la civilización de los pueblos del Sur. Los nombres geográficos nos indican el itinerario constante que siguió el pueblo Caribe, favorecido, en sus excursiones y conquistas, por la inmensa red de ríos navegables, al Este de América; pudiendo de esta manera aclimatar sus costumbres, imponer su idioma y dialectos a las tribus y naciones que conquistó en la dilatada área de tierra que se extiende desde los Andes peruanos hasta las costas de Venezuela e islas del mar antillano (57).

"Los quechuas, los guaraníes, los moxos, los chiquitos, y mas al Norte los omaguas, los salivas y otras naciones, fueron los pobladores de las sabanas y bosques de la gran región acuática al Este de los Andes. Su comercio, sus luchas y conquistas tienen que haber sido por agua, favorecidos por una naturaleza propicia a sus proyectos. Por esto abundan en esta región las radicales que pertenecieron a las naciones del Sur..."

"De todas las radicales del agua, en los pueblos antiguos de la América dcl Sur, la que ha abrazado una zona geográfica más extensa y ha impreso su sello sobre las grandes regiones acuáticas del Continente es la radical quechua-guaraní, PARA.

"PARA, en lengua quechua, equivale a lluvia, y en un sentido más general, a agua, y por lo tanto, a mar, gran río, gran lago, etc. De Para, PARIHUARA, que significa flamante, ibis; parani, significa LLOVER; paranayana, ESTA PARA LLOVER; paramilla, TIEMPO DE AGUAS, INVIERNO; paray-conchuy, TORBELLINO, TEMPESTAD..."

"En la lengua guaraní, la radical Para no equivale a lluvia como en el idioma quechua, sino a mar. DE PARA, mar; PARAGUACU, mar grande; PARANA, pariente del mar, punta del mar...

"Los guaraníes llaman al río de la Plata, Paraguacu, que quiere decir, GRANDE AGUA o paranaguacuque, que equivale a RIO COMO MAR. Paraguay, en documentos antiguos está escrito Paragua-y, que quiere decir, FUENTE DEL MAR. Si continuamos hacia el norte y entramos en las dilatadas hoyas del Amazonas y del Orinoco, y seguimos hasta las costas de Venezuela o islas adyacentes, veremos que las dos radicales guaraní y quechua no pierden su acepción primitiva, y que tienen sus representantes en toda la zona hidrográfica, al Este de los Andes...

"Pernambuco es corrupción de Paranambú. El nombre antiguo del Brasil fue Para-sil y el del gran Amazonas, Paraná, con lo que quisieron decir los indígenas PARIENTE DEL MAR O GRAN MASA DE AGUA. Con el nombre de Paraná conocieron los omaguas al Amazonas.

"Finalmente, los paranapuras, paranos, parapecos, fueron los nombres dc las tribus indígenas que estuvieron en las misiones del Marañón. Véase por estos ejemplos que la radical Para, como equivalente de grandes y pequeños ríos y sitios fértiles, es abundante en la nación brasilera, en la cual se habla hoy el idioma guarani.

"En la lengua general del Brasil, la tupí, en la caribe y en la maypure, para equivale a mar. Por esto, Pará, Paraná, como nombres de ríos, indican, grandes masas de agua.

"El antiguo nombre del Orinoco fue Paragua, que lleva hoy un afluente del Caroní. Cuando Ordaz cruzó el Orinoco en 1536, el río era conocido con el nombre de Uriaparia que llevaba uno de los principales caciques de la comarca, De aquí, los nombres corrompidos de Aparía, Yupaparia, Huriaparia, Viaparia, con los cuales se designó al Orinoco en los días de la conquista castellana. Este nombre de Uriaparia, no pasó de las regiones del Meta, y fue más conocido cerca del golfo de Paria".

Largo sería transcribir, y ya de sobra, todo lo que sobre el asunto hay en libro que tengo a la vista. Páginas adelante, el señor Rojas hizo esta indicación, única, pero de importancia, referente a la nación indígena de que me ocupo:

"Los goajiros, cuyo idioma tiene mucha semejanza con el caribe, llamaron al agua uin. Hé aquí un vocablo perteneciente a la costa Oeste de Venezuela, idéntico a los vocablos de origen peruano, uni, ueni, uiní, etc., que representan el agua en muchos ríos del Amazonas y del Orinoco, Los goajiros llaman al manantial UINCUA, voz compuesta, semejante a la cumanagota HUINCUA, que significa fuente, manantial".

Aunque no rigurosamente exacta la observación, sí demuestra o permite inferir que hubo en lejana época relaciones entre los cumanagotos y la parcialidad caribe de la cual descienden los guajiros, lo que no tiene nada de extraño; antes bien confirma el concepto que emití al principio acerca de la vía que siguió en sus migraciones y conquistas esa última tribu; y a ser posible un estudio comparativo y atento del lenguaje de las dos, la identidad quedaría seguramente comprobada, o por lo menos, semejanzas numerosas. Mas no es uin, sino güin el nombre que los guajiros le dan al agua: mal escuchada la locución, se incurre en el error. El señor Celedón en su gramática de aquel dialecto, también puso güin; y Güinkúa se llama, no todo manantial, sino el muy puro y socorrido por cierto que está en el centro de la región occidental de la Península a muy poco trecho de Iramaki, ranchería que tiene al Oriente.

Concluye y queda completo —gracias a la copia de importantísimos datos que ha recogido el señor doctor Rojas sobre la materia— lo que me importaba decir o exponer en lo relativo a origen e itinerario de la nación guajira o de sus ascendientes, hasta que desalojaron de la Península a la tribu que la poseía.

Y tomo del capítulo revisado estas líneas, que sugieren una deducción importante acerca de otra tribu del Estado del Magdalena:

"Los motilones, pueblo nómade, inconstante y feroz, llamaron al agua chimara".

Según se ve en la muestra del lenguaje de los indios motilones que ha quedado atrás, kumasiase es el nombre que dan al agua; y tratando de un vocablo de muy difícil alteración por su uso frecuente, aserto abonado por las sabias observaciones del señor Rojas, transcritas ya, es de suponer que hay diferencias notables de origen e idioma entre la tribu de los motilones que habita territorio de Venezuela, y la que tiene el mismo nombre entre nosotros, muy temible desde 1846 en el Valle Dupar. Estos son evidentemente mezcla o conjunto de tupes, itotos, yukures y acaso también de akanayutos, tribu de la cual dice a su manera, y con la sencillez que lo caracteriza, cosas de provecho don José Nicolás de la Rosa (58)

Viene al caso lo que casi a seguida escribió de los motilones:

"Los caribes que habitan las serranías de Ocaña, son llamados motilones. Estos fueron conquistados en los principios, y poblados en los llanos que llaman de la Cruz, y estuvieron sujetos a doctrina; pero habiendo entrado luego una general epidemia de viruelas en Ocaña, acudían temerosos a su cura, y éste los preparaba haciéndoles tomar baños y bebidas frescas, para que moderada su naturaleza cálida hiciesen las viruelas menos efecto en ellos, y últimamente les hizo quitar el pelo, para mayor desahogo de la cabeza. No bastaron estas preparaciones, para que ellos se asegurasen, y cautelosamente trataron de fuga. Hiciéronla todos una noche, llevándose al monte violentamente al cura, con sus ornamentos y demás alhajas, dejando desierto el pueblo. Seis meses estuvieron fugitivos, enviando sus exploradores de tiempo en tiempo a saber el estado de la epidemia, y luego que se aseguraron de estar acabada, volvieron a la Cruz, y trajeron a su cura. Los vecinos que veian pelados a los exploradores, y después a los indios, empezaron a llamarlos motilones. El cura, que no había retirádose de muy buena gana, tuvo alguna desconfianza en la perseverancia de sus feligreses, y sólo asistía entre ellos a lo preciso, y así no se halló en el pueblo en otra epidemia que hubo pocos años después: de cuya ida al monte no volvieron más los indios a la Cruz, quedándose alzados en la montaña. De esta raza proceden los motilones, y de éste acaso se formó la etimología de su apelativo, que así es la tradición, y por el mismo hecho se conoce la verosimilitud que tiene, no porque permanezcan pelados, sino porque lo estuvieron con aquel motivo sus primeros ascendientes. Las costumbres y políticas de estos indios, no son bien sabidas; pero siendo cierto que por lo interior de las montañas tienen comunicación con los demás caribes, es también indudable que se aparten muy poco de su modo de vida, y está lastimosamente experimentado que en dar muerte a cuantos pueden, son tan eficaces como todos ellos".

Sirvan de solaz el cuento curioso del señor Alférez y sus especies, que no debieron de ser mal fundadas, y a beneficio de inventario aceptará el señor Rojas lo de la tradición, costumbres y políticas referentes a la tribu, como lo hizo en casos semejantes y aun más peregrinos el Barón de Humboldt, leyendo el "Orinoco Ilustrado" del padre Joseph Gumilla.

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(54) Refiriéndose a estos últimos —de las hazañas de los otros me ocuparé en el lugar debido—   dice el bachiller Martin Fernández de Enciso. Alguacil mayor de Castilla de Oro, en La suma de Geografía publicada en el año de 1519: "Estos puertos de Cartagena tienen una isla enmedio que no sale del compás de la tierra, y por la una parte y por la otra de la isla hay puerto. pero la de la parte del Este (¿Boca Grande?) es la mejor entrada; la isla se llama Quodego: tiene dos leguas de longitud y media legua de latitud; está bien poblada de indios pescadores. La gente de esta tierra es bien dispuesta, pero los hombres y las mujeres andan todos desnudos como nacen: son belicosos y usan arcos y flechas: tiran todas las flechas con yerba de la mala, y pelean las mujeres tan bien como los hombres; yo tuve presa una moza de fasta diez y ocho o veinte años que se afirmaba por todos, que había muerto ocho hombres cristianos antes que fuese presa en la batalla en que la aprehendieron" Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada, por el Coronel Joaquin Acosta. Apéndice, Paris-1848. (regresar a 54)

(55) No parece extemporáneo añadir la observaclón que dicto a seguida: Tupis es el nombre de una tribu de los guaraníes, y Tupi el de uno de sus progenitores de la época prehistórica. Tupes fue siempre la designación de la tribu aguerrida y audaz, en parte domesticada al pie de la Cordillera Oriental del Valle Dupar hasta 1575, cuyos restos habitan hoy en lo alto de la Sierra. Guana es el nombre de una comarca guaraní. y el mismo, sin diferencia, es el del puerto más importante de la República de Venezuela: y con leve diferencia. el de la tribu que se halló a corto trecho de Santa Marta y cuyo nombre tiene su población primitiva. Martín Fernández de Enciso que recorrió aquella costa antes de 1515, después de Alonso de Ojeda que la visitó en 1509, dice en su obra ya citada. "Desde Santa Marta vuelve la costa al Sur a veinte leguas (distancia exagerada, observa Acosta). y en la vuelta, cabe Santa Marta, está Baria, que es la gente muy mala, y adelante está Aldea grande". Al hallar el nombre de Baria, que nunca tuvo esa tribu, sino el otro de Gaira, Acosta hace notar el error. Véanse Paruruma y Parasis en el Diccionario de Alcedo. (regresar a 55)

(56) Contrariedad penosa es para el autor de este trabajo no tener opinión idéntica a la del señor doctor Rojas sobre este punto, aunque no diferente del todo. (regresar a 56)

(57) y asimismo en el litoral de Colombia, desde la Guajira a la desembocadura del Sinú, excepto la parte de costa que dominaban los taironas; y más aún, probablemente, hasta el golfo de Urabá. (regresar a 57)

(58) Obra citada. Libro tercero, cap. IV. (regresar a 58)

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