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El Ábaco, la Lira y la
Rosa
Una Interpretación desde Colombia
Ciencia, arte y sabiduría, como formas diferentes de conocimiento, deberían ser
manifestaciones permanentes de los pueblos, más cuando en el caso de Colombia, se habla
de la necesidad de generar desarrollo, progreso y calidad de vida.
En un país con grandes necesidades y pocos recursos, el papel de la ciencia, debería
orientarse a resolver los problemas que prevalecen en la sociedad1. Y el arte y la
sabiduría, deben apuntar a construir comunidades con valores y sensibilidad ante el
mundo.
El libro El Ábaco, la Lira y la Rosa. Las regiones del conocimiento, de José Luis
Díaz2, a lo largo de los 69 ensayos, organizados en 11 capítulos, logra plasmar
claramente, a través de un lenguaje sencillo, la idea de lo que le gustaría al autor que
fuera la cultura, si las formas de conocimiento se enlazaran formando una sola unidad.
El libro pone en evidencia que las diferentes modalidades de conocimiento, proveen juntas
una plataforma para que éste florezca en toda su dimensión, que es por demás deseable
para el progreso del saber.
Son 268 páginas, en las que el lector puede acercarse a la ciencia y el arte, a través
de textos que de manera sencilla exponen su desarrollo, sus alcances, su aproximación a
otras formas de conocimiento. Finalmente el libro logra despertar cierta inquietud por
indagar más en teorías que sin duda, han sido de gran relevancia para el hombre.
Queda claro, que aquellos pueblos que cultivaron el árbol del conocimiento cosecharon
civilizaciones y generaron grandes saberes en todas sus formas, que han sido base para el
desarrollo de la humanidad a través de todas las culturas y toda la historia. Aquí se
resalta el aporte de los árabes en las matemáticas, el desarrollo de los mayas en
astronomía, el aporte de los griegos a las artes, la filosofía y la política, entre
muchos otros ejemplos que podríamos mencionar.
Al estudiar las grandes civilizaciones de la historia, se hace evidente, que la ciencia y
el arte no deben ser considerados de manera independiente, porque ambos desde su
perspectiva, logran reflejar la visión del mundo, comparten el deseo de saber y la
satisfacción de conocer, y sus manifestaciones son fruto del intelecto humano.
Estoy de acuerdo con José Luis Díaz cuando dice que tanto la ciencia como el arte
pueden considerarse formas simbólicas de aproximación (
) permite al ser humano un
desarrollo progresivo en el entendimiento de tal realidad, el cual se manifiesta en la
sabiduría, aunque más adelante concluye que la sabiduría es, en suma, el
conocimiento más individual, el polo opuesto al conocimiento universal que es la
ciencia.
Si bien coincido en la idea de ubicar la sabiduría como un paso superior, creo que en las
sociedades que han alcanzado un grado de incorporación del arte, la ciencia y la
tecnología en el estilo de vida, es posible incentivar, ampliar y consolidar la
sabiduría, como un proceso de democratización de la cultura.
El autor plantea la posibilidad de que la separación de estas tres formas de cultivar el
conocimiento, sea una de las raíces del malestar de la cultura. Y si consideramos que, el
desequilibrio entre el desarrollo de las dimensiones del ser humano (intelectual, física
y espiritual) puede desencadenar en una falta de valores éticos y morales, esta idea toma
mayor fuerza.
Además, como dice José Luis Díaz, La ciencia no ha dicho lo que el hombre deba
hacer con el conocimiento, y en sociedades donde el poder, la guerra, las
desigualdades, son tan frecuentes, el divorcio entre el saber y su aplicación,
entre el saber y los valores, son factores que disminuyen el impacto que puede
generar la ciencia en la sociedad y en ocasiones, en lugar de emplearse para construir, se
utiliza como arma de destrucción.
En la mayoría de los países de Latinoamérica, pese a que se encuentran esfuerzos
interesantes3, la promoción de la ciencia y la cultura es escasa, sobre todo en cobertura
y asimilación, y corresponde más a manifestaciones de ciertas élites, como fenómenos
aislados que se viven de manera casi exclusiva. Es frecuente entonces que la práctica de
la investigación se haya visto como un lujo innecesario, y como una actividad que sólo
sirve para alimentar el ego de quienes trabajan en ella.
En este sentido es importante reconocer la labor que realiza el Fondo de Cultura
Económica al publicar la colección de libros La Ciencia para Todos y a todas las
entidades que convocan el concurso, como un ejemplo importante que acerca y difunde la
investigación entre los jóvenes al estimular la lectura y la creatividad.
Este esfuerzo resulta de gran mérito cuando es frecuente, que los jóvenes, ignoren el
acervo cultural de nuestros orígenes y se produce un fenómeno de homogenización de la
cultura, apropiando esquemas de países más desarrollados como Estados Unidos, que
producen en ocasiones falsas identidades y muchas veces promueven una cultura del
consumismo y facilismo que resultan destructivas. Lo anterior se agudiza con la presencia
del analfabetismo, sobre todo de tipo funcional, existente en nuestros países.
Considero que es en estas sociedades, donde se hace imperante la necesidad de generar
mecanismos que permitan una mayor apropiación del conocimiento, en últimas, construir
una cultura donde la ciencia, el arte y la sabiduría, sean el fundamento y la estructura
del progreso, sociedades del conocimiento en donde el saber, se genera, transmite y
difunde en toda su expresión.
Una sociedad del conocimiento está en capacidad de generar saber sobre su realidad, de
utilizarlo integrándolo en el proceso dinámico de construcción de comunidad, a través
del desarrollo, la transformación y la consolidación de las instituciones sociales, en
busca de concebir, forjar y construir su futuro.
Pero para lograr generar este tipo de sociedad, el gobierno, la familia, el sector
productivo y el académico, juegan un papel fundamental como actores dinamizadores de este
proceso.
La educación entonces debe tener como objetivo formar los ciudadanos de la sociedad del
conocimiento, y para que esto sea así, es necesario cultivar la ciencia y el arte, y
dejar de lado la educación informativa, que enseña conceptos de memoria y deja de lado
la reflexión y el análisis del mundo4.
Ahora bien, cualquier proceso que busque el desarrollo de los pueblos, es por lo general a
largo plazo, e involucra en la mayoría de los casos cambios generacionales, que sólo se
dan, si se empieza con algo.
Entonces lo que se debe hacer es estimular la ciencia, que ya existe, socializarla,
permitir su apropiación. Pero además se debe estimular el arte y generar espacios de
identidad cultural que rescaten las tradiciones de nuestros países.
Pero se debe tener en cuenta, que el intercambio y transferencia efectiva de conocimiento,
ocurre de forma más natural en el seno de las comunidades informales5 y es en esta
interacción donde el conocimiento se alimenta, ratifica, y se incorporan nuevos saberes6,
de cada uno de los individuos que interactúan, que al final van a constituir el
desarrollo de un conocimiento consensual.
No se puede olvidar que el conocimiento surge de una relación de circunstancias, de los
sentidos y de la experiencia, las habilidades y la práctica, del pensamiento, la emoción
y la razón. Es limitado y subjetivo, es decir individual, variable y dinámico; no puede
haber conocimiento absoluto, sino que por el contrario es particular a cada individuo y se
avala en comunidad a través del consenso entre las personas.
Se hace necesario entonces entender la estructura de valor del conocimiento7, teniendo
claro que a mayor avance por la pirámide de la misma, mayor es el esfuerzo para avanzar
al siguiente escalón, pero también mayores serán los resultados alcanzados no sólo en
la ciencia y la tecnología, sino también en el impacto potencial que se puede generar en
la sociedad.
La pirámide plantea una construcción de sabiduría colectiva vía la socialización y la
transferencia de saberes, que parte de datos, que organizados adquieren el valor de
información, que se vuelve útil luego de un proceso de análisis, estructura y
aplicación para convertirla en conocimiento en sus diferentes manifestaciones.
Pero la búsqueda del conocimiento per se, no debe ser el fin como se ha creído en
ocasiones, éste debe ser la fuente de nuevos saberes y esto sólo se logra a través de
su socialización, transferencia y apropiación, que permiten desarrollar una sabiduría
colectiva y además propiciar nuevos ciclos de generación de conocimiento y conducir a la
sociedad en un proceso de desarrollo permanente8.
La nueva sociedad exige establecer una inteligencia competitiva basada en la
transformación de la información en saber, por medio de un aprendizaje colectivo, y
basados en que el conocimiento es un proceso natural que se obtiene siguiendo el proceso
de mirar, ver lo que se mira, entender lo que se ve, aprender de lo que se entiende y
actuar sobre lo aprendido.
De esta forma el conocimiento es el instrumento para explicar y comprender la realidad, es
el motor del desarrollo de los pueblos y el factor dinamizador del cambio social.
Comprende los procesos básicos de la sociedad, buscando determinar el funcionamiento de
los sistemas, el papel del Estado y sus nuevas formas de intervención, los cambios en la
organización del trabajo, explorando soluciones al sistema educativo ineficaz, la
pérdida de competitividad y el empleo, el deterioro del medio ambiente y los recursos
naturales.
Basado en lo anterior creo que en Colombia, el conocimiento como herramienta para explicar
la realidad y dar soluciones, permitirá construir un mejor país, por lo que se requiere
movilizar toda la inteligencia emocional con el fin de analizar problemas de
narcotráfico, corrupción y violencia, causas primeras de muchos de los problemas antes
mencionados y fortalecer y crear en muchos casos, mecanismos que permitan la construcción
de conocimiento, su socialización y transferencia.
De ahí que el mayor aporte de la lectura del libro El Ábaco, la Lira y la Rosa, es
vislumbrar la posibilidad de que la integración de las diferentes formas de conocimiento,
no sólo permitan entender el mundo, sino también, edificar una sociedad que apunte al
progreso de la comunidad. Queda entonces el reto de generar los mecanismos que permitan
esta unión de saberes.
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