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Cuando la ciencia nos
alcance
Reseña Crítica
El mundo no es
lo que parece o lo que nos depara la ciencia
Formarse expectativas, sesgar la propia lectura al enfrentarse a cierto tipo de texto es
irremediable. Y además las expectativas suelen ser vagas, inciertas. Y esto en principio
por dos razones. La primera es una constitutiva de la lectura misma, y es que la
naturaleza del acto de leer implica siempre una recomposición, una reinvención del
texto. Y la segunda, que depende directamente del lector, comprende las preguntas
específicas con las que abordamos la lectura, que también resultan ser vagas,
indefinidas aún. Tanto es así que la lectura del texto y su interpretación consiste
muchas veces, o siempre, en aclarar determinadas preguntas y sopesar su relevancia.
La disposición ante los libros divulgativos de la ciencia tiene que ser, sin duda,
singular. Y es singular por la extraña relación que se ha formado entre el hombre común
y corriente, y lo que él sabe, o cree saber acerca de la ciencia, al lado de lo que le
venden como tal. Se imponen necesariamente ciertas preguntas: ¿qué parte de
la ciencia se puede llegar a entender sin haber realizado estudios en profundidad? Se
puede ir más lejos y preguntar: ¿es posible divulgar la ciencia? Y si es posible,
¿cuál es la forma más adecuada de emprender esta tarea?
El libro Cuando la ciencia nos alcance II[1] de Shahen Hacyan, es una respuesta a estas
preguntas. Cuestiones que merecen una contestación, tanto más cuanto que el hombre
jamás se había visto tan cercado y aun dependiente de la tecnología subsidiaria del
conocimiento científico, y, a la vez, jamás la brecha entre el hombre y el conocimiento
del que se deriva esa tremenda fuerza de transformación de su vida cotidiana había sido
tan amplia. Sin contar que la resolución, o mejor, el perfeccionamiento de estas
preguntas, comprometen la plenitud con la que el hombre existe en el mundo, la percepción
que tiene de él, el valor que le encuentra, y no sólo su mera educación. Ésta también
está en entredicho, por supuesto, pero en cierto sentido es secundaria, si la definimos
de forma restringida como una preparación limitada a cierta etapa en la vida del hombre,
en la que se le brindará a éste la posibilidad de que forje sus propias herramientas
intelectuales para su personal descubrimiento del mundo. Somos esforzados aprendices
siempre. O debemos serlo.
Sí, a esta altura de la historia han coincidido dos fenómenos que con un vistazo
superficial pueden parecer antagónicos, pero que en absoluto lo son[2]: La
sobrepoblación de artefactos (que modelan determinantemente la vida cotidiana) hijos de
la ciencia, y el cariz esotérico (en tanto es desconocida para las multitudes) que ha
cobrado la ciencia, progresiva, y aceleradamente desde principios del siglo pasado hasta
nuestros días.
¿Qué cualidad o cualidades entonces debe ostentar un escrito que tenga como propósito
la divulgación de la ciencia? Unas inquietudes semejantes estuvieron detrás de un ensayo
de Bertrand Russell (publicado a principios del pasado siglo, en 1918) titulado El lugar
de la ciencia en una educación liberal[3]; inquietudes que allanan el camino que me va a
permitir perfilar las mías con más nitidez[4]. En este ensayo, Russell advierte que
aquello que muchas veces el hombre del común entiende como ciencia, no es más que la
utilidad ulterior que se gana de ella, un mero producto de la tecnología, un apéndice.
Lo urgente, una vez más, se ve desplazado por lo importante. Y lo importante es,
continúa Russell, no tanto la utilidad de la ciencia, la afinación de sus artefactos,
sino algo que podemos denominar como el espíritu científico, con los valores, los fines,
las condiciones que implica adoptarlo. Y, creo, la significación (el valor) de un texto
de divulgación científica se debe juzgar, en tanto se ponga a la luz, armonía
consustancial a este espíritu científico, que rige al tiempo aptitudes, disposiciones y
fines.
Es decir: en la media en que este espíritu científico, este carácter, trasluzca en el
texto y, consiguientemente, abra la posibilidad de contagiar al lector de él, es posible
un texto que lleve un poco de ciencia a alguien no especializado. Este, se podría decir,
es mi sesgo, mi tara personal al leer los libros que buscan llevar el conocimiento
científico a un público cada vez más amplio.
El libro Cuando la ciencia nos alcance II reúne columnas que aparecieron originalmente en
el periódico La Reforma; es decir, son textos que buscan atraer e informar a la mayor
cantidad de personas posible. Y aquí podemos evaluar entonces el caso extremo: el del
más desprevenido neófito enfrentado a un texto que pretende informarlo acerca de temas
científicos. Sería imposible hacer una síntesis de cada texto aquí; y hacer una
enumeración de sus temas tampoco nos aportaría gran cosa; no tiene sentido además,
debido a la cualidad misma que tienen los textos de tratar de comprimir en el menor
espacio posible un tema de la ciencia o tangencial a ella[5]. No hay una sola directriz
temática, sino una biodiversidad de temas cercanos o medulares a la ciencia. Lo que sí
hay, y a lo que es substancial referirse y valorar, es el ánimo, la tesitura con la que
fueron escritos (y ver adicionalmente, en pro de un diagnóstico completo, la consistencia
y la coherencia que tiene con aquello que indagamos como espíritu científico). Expongo
para comenzar, un ejemplo del que intentaré extraer ese ánimo, la forma en que fue
escrito, más no su contenido específico, que en aras de la exposición de este ensayo
pasa a un segundo plano.
El artículo con el que abre el libro[6], ¿Cuál método científico?[7], pretende
cuestionar la consabida definición que indiscriminada y secularmente nos han enseñado
del método científico. Retomando las observaciones críticas que hace Paul Feyerabend de
dicho método, Hacyan impugna el hecho, o mejor, la idea de que este símbolo de la
ciencia[8] sea monolítico, esté prefijado. Reflexionando acerca de la perfecta
incomunicación que existe entre los científicos y los filósofos, escribe Hacyan
(invocando el librepensamiento de Feyerabend):
Por fortuna, han surgido algunos pensadores sensatos, como Paul Feyerabend, que están
conscientes de la inutilidad de encajonar la actividad creativa en estrechas reglas
lógicas. En su ensayo Contra el método, Feyerabend nos recuerda que los grandes
descubrimientos científicos se dieron justamente en contra de todas las reglas lógicas
establecidas en su momento. (...) Feyerabend cita varios ejemplos para ilustrar su tesis.
Así, la nueva ciencia que propuso Galileo no fue aceptada con facilidad, no tanto por la
intolerancia de sus contemporáneos, sino porque iba en contra del sentido común (lo cual
se manifiesta en el hecho de que la física de Galileo y Newton sigue todavía siendo
incomprensible para la mayoría de gente)[9].
Y no traiciono ni a la ciencia ni a la propia argumentación de este ensayo, si afirmo que
la imagen del método científico, monolítica y preceptiva, que siempre nos han
enseñado, también es igualmente cierta. Las dos versiones, la ortodoxa y la anárquica,
son verdaderas, y son como dos focos de luz distintos que nos esclarecen niveles distintos
del mismo proceso; únicamente es necesario saber graduar estas luces en los momentos
adecuados con las intensidades adecuadas. En nuestro caso, además, es conveniente ver de
qué forma (o cuándo) es útil mencionar una versión u otra del método. Si presentamos,
como proverbialmente se ha hecho, al método como la aplicación de unos pasos que siguen
consecutivamente, para la ulterior prosecución de una verdad objetiva y comprobable
acerca del mundo (es decir, una verdad científica), no faltaremos a la verdad. Podemos
incluso repetir la sucesión de pasos con la que, consensualmente, se reconoce a lo largo
y ancho la dinámica propia del método científico: La selección del problema, la
elaboración de la hipótesis, el procedimiento para obtener los datos, y la
interpretación de los resultados[10].
Pero ¿cuál es la estrategia por la que opta Hacyan en su artículo?: dudar de la
infalibilidad de este método, introducirlo en la historia, sugerirnos los vaivenes que
inevitablemente ha debido de sufrir siendo un producto del hombre, destacar su ductilidad,
valorarlo enteramente por el camino de valorarlo en su justa medida. En fin, darle vía al
asombro, que debe ser el acicate de todo aprendizaje, y más de aquel que pretende un
conocimiento objetivo, fiable, de esa materia bruta e insólita que resulta siendo el
mundo, siempre ancho y ajeno. Es más afín al espíritu científico, mostrar su método
con la misma actitud de razonable escepticismo y de renovada vigilancia con la que el
mismo método debe ser aplicado.
La iniciática aproximación con la que se invita a reconstruir el mundo a partir de la
ciencia, debería estar siempre precedida por el asombro, por esa posibilidad de ensanchar
nuestra visión del mundo y de nosotros mismos. Y es con estos criterios que estimo (en
este caso) valiosos los textos divulgativos de ciencia de Hayan; además de que se apartan
de otras formas de allanar el camino, y forjan un puente por el que podemos llegar a la
constante comprensión del mundo a través de la ciencia y de sus ilimitados recursos de
acción. Pudo, por ejemplo, servirse de la posibilidad de invocar la importancia de la
ciencia forzando una complicidad, una fraternidad (hoy en día frustrada) con el resto de
conocimientos (la sabiduría, las artes), deseando una nueva fusión de estos distintos
saberes como en la Antigüedad[11]. O entronizar a la ciencia, definirla (agotarla) como
el único o al menos como el más veraz camino para el conocimiento del mundo. Sin
embargo, creo que es más enriquecedor apreciar a la ciencia como una posibilidad entre
muchas de acceder al conocimiento de este mundo; es más enriquecedor para nuestro
espíritu identificarnos con esta pluralidad de posibilidades.
La consecución de esta humildad, que consiste en ver cada vez más claramente el mundo y
de despojarlo en lo posible de nuestros prejuicios y múltiples cegueras, es el tipo de
actitud que debería sugerir un texto de divulgación científica. El mundo no es lo que
parece, y esta es la tarea a la que minuciosamente se dedica la ciencia. Hay un poema de
Carlos Drummond de Andrade iluminador al respecto:
Historia natural
Las culebras ciegas son nocturnas
El orangután es profundamente solitario
Los monos también prefieren el aislamiento
Ciertos árboles florecen sólo de 25 en 25 años
Las golondrinas copulan durante el vuelo
El mundo no es lo que parece[12].
Se pueden probar distintos, entretenidas e incontables paráfrasis de este poema de
Drummond de Andrade, con el material que nos brinda el libro de Hacyan (en particular) y
con el material que nos brinda industriosa y continuamente la ciencia (en general). Por
ejemplo, en los capítulos dedicados a reseñar lo que actualmente se sabe del
comportamiento de las partículas elementales[13], hay material para hacer una estimulante
paráfrasis. El hecho de que en este invisible mundo, las entidades no actúen según las
reglas con las que hemos creído siempre que el mundo funcionaba, es una sorpresa entre
muchas, que nos puede regalar la ciencia; el hecho de que la ley de la gravitación
universal con la que, tanto teórica como experimentalmente, asociamos todos los
fenómenos que ocurren en el mundo, pierda total validez, es, para empezar, increíble. Es
asombroso consentir la posibilidad de que las acciones del pasado y las del futuro sean
intercambiables, como nos sugiere Hacyan que sucede de cierto modo en el mundo de los
átomos. Entrever esa posibilidad (sin deslizarse hasta la ciencia ficción) es una
ganancia inesperada y, tal vez no sobra decirlo, sólo producto de la ciencia. El
espacio y el tiempo bien podrían ser formas de percepción propias del sujeto, como
pensaba Kant, pero sin realidad en el mundo cuántico[14]. Estas imágenes son
apenas vislumbres, pero quizá despierten un poder de la imaginación dormido antes en
nosotros, un hábito de búsqueda, de viva exploración del mundo puesto ante nosotros. Y
ya para entonces no quede más que su inagotable desciframiento a través de nuestra vida.
Notas
[1] Hacyan, Shahen.
Cuando la ciencia nos alcance II. Fondo de Cultura Económica. México D.F. 2002.
[2] Incluso, me arriesgo a inferir, llegan a ser concomitantes (Y agrego esta pregunta,
como una cuenta más al collar de interrogantes que debería y deseo que sea cada ensayo).
[3] Russell, Bertrand. Misticismo y lógica y otros ensayos. Editorial Paidós. Buenos
Aires. 1951. Pp. 42-53.
[4] Y, adicionalmente, me brindan un contexto que me sitúa y sitúa a mi hipotético
lector.
[5] Los capítulos en los que está dividido el libro son: Filosofía natural,
Computadoras, Mente, El universo, Vudú cuántico, Pseudociencia, Mundo atómico y
Miscelánea.
[6] Y que se encuentra en el capítulo dedicado al impacto de la ciencia en nuestro
pensamiento: Filosofía natural.
[7] Hacyan, Shahen. Op. cit. Pp. 11-13.
[8] Se le ha llegado a denominar incluso el mayor regalo de la ciencia (...) Es el
cimiento sólido y permanente en el que se basa toda actividad humana que aspira a ser
considerada como científica (...) Se trata nada menos que del único método que nos
permite conocer la verdad sobre la naturaleza. Pérez Tamayo, Ruy, Acerca de
Minerva. Fondo de Cultura Económica. México, D.F. 1999. Pp. 18-21. La entronización
aquí me parece excesiva: más adelante, ya se verá, procuro temperar un poco esta
posición en contraste con otras más prudentes. La ciencia no merece que la carguen con
tareas excesivas: ya es suficientemente valiosa compartiendo los honores del
descubrimiento del mundo con otras diferentes aprehensiones del mundo.
[9] Hacyan, Shahen. Op. cit. Pp. 11-13.
[10] Díaz, José Luis. El ábaco, la lira y la rosa. Las regiones del conocimiento. Fondo
de Cultura Económica. México, D.F. 1997. Pp. 31-34.
[11] Este, acaso no sobra decirlo, es el enfoque explícito que le señala derroteros a
José Luis Díaz para la composición de su libro (inmediatamente citado en la nota
anterior). El contraste cobra relevancia puesto que este libro tiene el mismo objetivo de
recopilación de breves ensayos, publicados originalmente en periódicos.
[12] Drummond de Andrade, Carlos. Visión de la poesía brasileña. Red internacional del
libro. Chile. 1996. P. 179.
[13] Vudú cuántico y Mundo atómico en Hacyan, Shahen. Op. cit. Pp. 97-111 y
123-152.
[14] Hacyan, Shahen. Op. cit. P. 103.
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