CONCURSO: LEAMOS LA CIENCIA PARA TODOS 2002 - 2004
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Juan Daniel Florez
22 años
Primer Premio
Categoría C
Institución educativa: 
Universidad Distrital Francisco José de Caldas


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Un universo en expansión
Reseña Crítica

 

Lo que el ojo ve (interpreta) del universo: La luz del pasado

 

No develaron los dioses a los hombres todos sus secretos;
Mejores son los resultados de una larga indagación

Xenófanes


“El ojo que contempla el firmamento, observando aquella luz que no le aprovecha ni le perjudica, que nada tiene de común con la Tierra y sus necesidades, ve en esta luz su propia esencia, su propio origen (...) Los primeros filósofos eran astrónomos, el cielo recuerda a los hombres su destino, o sea que no solamente son creados para obrar, sino también para contemplar”1.

Cuando el filósofo alemán Ludwig Feuerbach consignó lo anterior en su libro La Esencia del Cristianismo (1841), estaba situando la astronomía en un elevado nivel de conciencia sobre la esencia del hombre, más aún cuando afirma que “...la teoría empieza con la mirada hacia el cielo”. Sobre lo que hoy podemos decir que no tenía razón, es cuando afirma que esa luz que vemos en el firmamento ni perjudica, ni tiene nada que ver con las necesidades de la Tierra.

Muy al contrario, gracias a la astronomía moderna hoy sabemos que en el cielo está la gramática sobre nuestros orígenes más remotos (claro está que un geólogo o arqueólogo nos dirían lo opuesto), y que la respuesta a la pregunta sobre el surgimiento de la vida se encuentra en la formación del universo. Sin embargo, contemplar el firmamento no es una nueva actividad del hombre. Desde tiempos primigenios, los primeros homo sapiens observaban el cielo nocturno con temor e intriga. Luego, sociedades más complejas hicieron de la observación del cielo una forma de prever estados climáticos, estaciones para la agricultura y calendarios para medir el tiempo. La astronomía se encontraba estrechamente ligada a la religión y al ritual, la cual tenía una importancia política enorme, como en el caso de los mayas.

De esta manera, junto con las grandes civilizaciones existió un alto grado de perfeccionamiento en el modo como se observaban los astros, hasta el punto de representar en ellos dioses y mitos que se asociaban a la aparición de la humanidad. Desde el marco de representación mental mitológico se intuía que el origen del hombre venía de las estrellas. Pero es con los griegos que la astronomía asume un papel protagónico (como muchas otras cosas del mundo occidental), junto con las matemáticas y la filosofía, donde la ubicación de la Tierra en el espacio es el tema recurrente. En el siglo VI a.C. para Anaximandro, autor de la primera obra filosófica titulada Sobre la Naturaleza que no ha llegado hasta nuestros días, en el centro del universo se encuentra la Tierra, que tiene la forma de un cilindro achatado, alrededor de la cual giran tres círculos celestes: el del sol, el de la luna y el de las estrellas. Anaxímenes creía que las estrellas son fuego pero que su calor no se percibe porque están muy lejos, y Anaxágoras explicaba el origen del sistema de los cuerpos celestes por una mezcla desordenada de sustancias, luego de su rotación en forma de torbellino.

En el año 340 a.C. el filósofo Aristóteles, en su libro De los Cielos, afirmaba que la Tierra era una esfera circular, debido a la observación que hizo de los eclipses lunares, donde la sombra de la Tierra sobre la luna era redonda y no elíptica. Además creía que la Tierra era estacionaria y que el sol, la luna y los planetas giraban alrededor de ella. En el siglo II d.C. Ptolomeo construyó un modelo que perfeccionó la idea aristotélica, donde la Tierra permaneció en el centro rodeada de ocho esferas que transportaban la luna, el sol y los cinco planetas conocidos hasta ese momento: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. A esto se agregaba una esfera externa en la cual se encontraban las llamadas estrellas fijas. Lo que había más allá de esta esfera era un misterio.

Este modelo estuvo en vigencia hasta bien entrada la Edad Media, pues fue la concepción aceptada por la Iglesia cristiana. La astronomía en esta época daría notables avances, pese a que su interpretación estaba totalmente ceñida sobre la visión teológica del mundo. La afirmación de que la Tierra era el centro del universo era resultado, no solamente de la observación empírica como en el caso de los griegos, sino además, porque la creación de Dios era perfecta y debía ser el centro y la medida de todas las cosas. Lentamente, esta cosmovisión se iría resquebrajando, para dar paso a un entendimiento del hombre en busca de la “verdad”. Para la doctrina medieval no interesaba la investigación del mundo, sino comprender a Dios desde el paradigma de la divinidad. En la modernidad, se quiere comprender al hombre desde el paradigma de la cientificidad.

Es así como, no sólo la astronomía, sino el pensamiento en general, daría un giro completo en el siglo XVII. En palabras de Alexandre Koyré, se pasaría de un mundo cerrado a un universo infinito. “Es posible describir aproximadamente esta revolución científica y filosófica diciendo que conlleva la destrucción del Cosmos. Es decir, la desaparición, en el campo de los conceptos filosófica y científicamente válidos, de la concepción del mundo como un todo finito, cerrado y jerárquicamente ordenado...”2.

En el caso de la astronomía, el antes y el después viene dado con la obra Philosophiae Naturalis Principia Matemática (Principios Matemáticos de la Filosofía Natural. 1687), donde Isaac Newton problematizó la concepción que se tenía sobre la imagen del universo, mediante la simplificación del mismo: ya no era la ley divina la que gobernaba el tiempo y el espacio, sino la ley de los movimientos de los cuerpos que obedecen a la gravedad y atracción entre ellos, aunque no desconoció la creación del universo por un ser superior. Pero Newton fue el producto de un gran acumulado de filósofos y científicos que sin darse cuenta, a través de sus postulados fueron secularizando la teoría, creando lentamente la ciencia moderna, alejándose de la especulación y la metafísica religiosa.

Desde el siglo XV hombres como Nicolás de Cusa y Marcellus Palingenius, afirmaban la característica interminada y la infinitud del cielo de Dios, respectivamente. Nicolás Copérnico pasó de un universo geocéntrico a uno heliocéntrico; aunque este momento en la historia del pensamiento se considera decisivo, el mundo copernicano seguía siendo cerrado y jerárquico.

En el libro Sobre el infinito universo y los mundos a cargo (1584), Giordano Bruno nos habla de un mundo que acepta el cambio y el movimiento como signos de perfección en un universo infinito3. Kepler es famoso por su afirmación de que los planetas giran en órbitas elípticas, y Galileo Galilei, “el mensajero de los astros”, daría al mundo de la astronomía su más codiciado instrumento: El perspicilum, un rudimentario aparato que luego tomaría el nombre de telescopio.

Hoy nos encontramos en el siglo XXI, y podemos afirmar sin sonrojo que el siglo XVII fue para la historia de la astronomía, lo que significó el recién acabado siglo XX. Este siglo hereda del anterior la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Sobre el origen y la constitución del universo ¿podemos afirmar que hoy sabemos más que en el siglo XVII? Como la ciencia es una actividad acumulativa, podemos decir que sí; claro está que el ánimo escéptico y pesimista que inunda este comienzo de siglo parece afirmar lo contrario. En todo caso, para saber en qué va la astronomía es recomendable tomar un buen libro y estudiarlo. Pero muchos dirán: ¿Cómo leer un libro que trate temas astronómicos, si se es un lego en asuntos astrofísicos, cuánticos y de alta ingeniería matemática?

El libro del astrónomo mejicano Luis Felipe Rodríguez es una buena opción. Titulado Un universo en expansión y editado por el Fondo de Cultura Económica (legado de don Daniel Cossío Villegas), pertenece a una colección que tiene por nombre La ciencia para todos, un esfuerzo encomiable por acercar los descubrimientos de la ciencia al público en general, y divulgar los aportes y reflexiones que se hacen desde un país latinoamericano al mundo científico. Como su título lo indica, se encuentra dentro del contexto de la revolución conceptual que se dio en la física desde comienzos del siglo XX, la cual rompió con el paradigma mecanicista newtoniano, e introdujo la incertidumbre en la conformación del universo4. Conceptos como tiempo, espacio y movimiento se relativizaron, dejando de ser entidades absolutas y reales, para llegar a una física que pone más acento en los eventos, que en los objetos o partículas.

Un universo en expansión nos pone en guardia sobre la imagen del universo preconcebida a través de la religión o el cine de ciencia-ficción. Estamos en un universo que se expande; nuestro planeta Tierra es casi nada, y nuestro sistema solar un grano de mostaza frente a la inmensidad del universo. Lo primero que se percibe en el libro de Luis F. Rodríguez es un intento por resquebrajar esa concepción que cree al hombre superior, único y privilegiado; desde un comienzo nos dice que la Tierra es un lugar que no tiene nada de especial, y para ello las cifras son más que elocuentes: la estrella más cercana es el sol, el cual contiene un 99.9% de la materia del sistema solar. Sin embargo es un astro de término medio que se encuentra en las orillas de la vía láctea, nuestra galaxia, la cual es un conglomerado de forma aplanada constituido por cientos de millones de estrellas.

Además, galaxias hay por doquiera. Se dice que son cientos de millones, donde la más próxima a nosotros es Andrómeda. La luz que de ella podemos observar comenzó su viaje hace más de dos millones de años. El problema de cuál es la fuente de energía del núcleo de galaxias y los cuásares, es uno de los más importantes y difíciles que enfrenta el astrónomo en el siglo XX.

El universo que según Edwin Hubble está en expansión, se originó en una gran explosión hace aproximadamente 15 mil millones de años, aunque recientemente científicos del Centro Espacial Goddard, de la NASA, establecieron que la edad actual del universo es de 13,7 mil millones de años5. Luis F. Rodríguez nos dice que la historia del universo incluye cuatro momentos separados entre sí por aproximadamente cinco mil millones de años: el Big Bang o gran explosión, desde el cual comienza el tiempo; la formación de nuestra galaxia; la formación del sol a los diez mil millones de años, y el presente.

A las etapas mencionadas anteriormente habría que agregarles los descubrimientos recientes de la NASA: La primera generación de estrellas que brillaron lo hicieron doscientos millones de años tras la gran explosión; el universo está compuesto en un 73% de “energía oscura”, que nadie ha podido medir ni entender (como el más allá de la esfera de las estrellas fijas del modelo de Ptolomeo). Otro 23% está compuesto por una “materia oscura fría”, que tampoco se puede ver ni medir, pero se sabe que existe. “...Finalmente un 4% es lo que vemos: asteroides, planetas, nebulosas, galaxias, un libro, una computadora, o la planta que tiene en su jardín”6. Por último se sabe que el universo es plano y que se continuará expandiendo hasta convertirse en un lugar frío y oscuro. Cada vez más las galaxias se distancian entre ellas.

La primera edición del texto de Luis F. Rodríguez salió en 1986, hace 17 años, lo que en cifras astronómicas es insignificante, pero en materia de divulgación científica sobre nuevos descubrimientos es considerable. Sin embargo, el libro no pierde vigencia pues constituye un panorama general y claro sobre temas que aborda con denuedo la astronomía, como los agujeros negros y la formación de estrellas.

Es una preocupación constante del autor mostrar la importancia de la astronomía en la vida práctica cotidiana. En el capítulo XI donde habla de su influencia en el desarrollo tecnológico, expone cómo los satélites artificiales, los fundamentos teóricos de su movimiento, provienen de la astronomía, desde que Newton quiso entender por qué la luna gira alrededor de la Tierra. La tecnología de alta calidad, en áreas como la óptica, la mecánica y la electrónica se han desarrollado en parte al esfuerzo de la astronomía, igual que el desarrollo de la investigación de la fusión nuclear.

De la misma manera llama la atención el apéndice que se ocupa de la aportación mejicana a la astronomía, que encaja muy bien en la intencionalidad explícita de la colección La ciencia para todos, que inició con este libro y no ha detenido su expansión. Desde el calendario astronómico de los Mayas hasta el comienzo de la época moderna de la astronomía mejicana, cuando en 1942 se inaugura en un cerro cercano al pueblo de Tonantzintia, un moderno observatorio astronómico, gracias al empeño de Luis Enrique Erro (que en su honor, después de fallecido, uno de los cráteres de la luna recibió su nombre), se ve una continuidad de esfuerzo por auscultar los misterios del universo por parte de los habitantes americanos, que estimula su estudio en diferentes latitudes del continente, y el interés por parte de los jóvenes, que en noches despejadas dedican un momento de reflexión a contemplar esos puntos luminosos que nos genera expectación.

Aun siguen muchas preguntas sin resolver, dado que como dice el epígrafe de este escrito, los dioses no nos revelaron todos sus secretos: se requiere de una larga y paciente indagación, para responder si hay vida inteligente en el universo. O a qué se debe que, como lo muestra Luis F. Rodríguez, “si existo, luego G= 6.67 ? 10 – 8 cm3 s –2 g–1”. ¿Qué sucedería si G, la constante gravitacional, fuera mayor o menor? No existiríamos: O el universo se hubiera expandido demasiado como para no dar tiempo a la formación de las galaxias, o se hubiera contraído rápidamente. Y estas constantes universales como la velocidad de la luz o la constante de Planck, ¿quién las creó?, ¿Acaso Dios? Como la pregunta que alguna vez se hizo Einstein “¿cuántas posibilidades de elección tenía Dios al construir el universo?”7. En este punto al libro Un universo en expansión le falta hacer explícito que el modelo matemático, de lo que se conoce del universo, no es más que un conjunto de reglas y ecuaciones8.

Claro que el sol está ahí y giramos alrededor de él, y sin él no podríamos vivir. Claro que estamos en un rincón de la vía láctea, donde existen millones de estrellas más con posibles planetas a su alrededor, y todo esto lo ha resuelto la astronomía; pero si somos los únicos seres inteligentes ¿toda la formación del universo y la gran explosión se debió no más para generar vida en el planeta Tierra?; ¿y los cientos de cientos de millones de millones de estrellas están ahí no más para deleite de un observador en la inconmensurable inmensidad del espacio?

A mi modo de ver, sobre estos temas abunda la imaginación poética (como bien la llamaría Bachelard). De la astronomía habría que decir lo mismo que Catherine Morland hablando de la historia: “Me maravillo a menudo de que resulta tan pesada, porque gran parte de ella debe ser pura invención”9.

Hablar de la formación de una estrella a partir de su contracción gravitacional es una descripción igualmente bella, y se puede acoger dentro del cuento de Cortázar “Los limpiadores de estrellas”, que habla de la formación de una sociedad que se propuso limpiar todas y cada una de las estrellas del universo. Al final, limpiada la última estrella, la noche quedó instantáneamente abolida. Todo fue blanco, suma de todas las estrellas limpias. El cielo enteramente blanco y todas las estrellas formando puntos negros. O si queremos buscar una hermosa metáfora sobre la separación de una pareja, la podemos encontrar en los efectos de un agujero negro: “La velocidad que debe tener un cuerpo para superar la fuerza gravitatoria se denomina velocidad de escape”10. O ¿seremos capaces hoy de cortar en trozos los rayos del sol mediante unas tijeras de cristal transparente?11. Tal vez...

Ahora bien, no estoy subestimando a la astronomía al ubicarla al lado de la imaginación poética; al contrario, veo en ello una virtud. Ni mucho menos estoy diciendo que la astronomía es producto de fabulaciones o modelos apócrifos. Solo afirmo, que para tratar de entender, siquiera un poco, la complejidad del universo, se debe recurrir (tanto astrónomos como neófitos en la materia) a la imaginación, a la invención de formas que nos expliquen por qué estamos en un universo que lenta pero constantemente se está expandiendo. Al fin y al cabo, desde Nietzsche sabemos que la ciencia no es más que una interpretación.

Pensar en la inmensidad del universo es la mejor opción para asumir la muerte. Saber que somos producto de la formación de miles de años nos puede hacer ver privilegiados, pero si reflexionamos sobre el lugar que ocupamos en el universo, sabemos que no somos más que polvo de estrellas. Feuerbach tenía razón al decir que en el cielo están nuestros orígenes. De alguna manera podemos morir en paz sabiéndonos, no como individuos, sino como pertenecientes a un mismo espíritu —materia del cosmos—: la vida. La luz del pasado que vemos en el cielo nocturno, es la misma que vieron nuestros antepasados, y que verán nuestros descendientes. Morir, entonces, no es más que el silbido de un pájaro en un desierto innombrable.


Notas

1.  Feuerbach, Ludwig. La esencia del Cristianismo. Editorial, Claridad. Buenos Aires, 1941. El párrafo completo de donde proviene la cita es el siguiente: “Por el objeto se conoce al hombre; en aquél se manifiesta su esencia; el objeto es su esencia manifestada, su verdadero yo objetivo. Y esto, no sólo vale por los objetos espirituales, sino también por los perceptibles. También los objetos más remotos con respecto al hombre, porque y en cuanto le son objetos, son revelaciones de la esencia humana. También la luna, también el sol, también las estrellas le dicen al hombre, conócete a ti mismo. El hecho de que ve aquellos cuerpos y que los ve así como los ve, es un testimonio de su propia esencia. El animal sólo es representado por el rayo de luz necesario para la vida; el hombre en cambio se emociona también por el rayo indiferente de las estrellas más remotas. Sólo el hombre tiene alegrías y efectos puramente intelectuales; sólo el hombre celebra fiestas puramente teóricas para sus ojos. El ojo que contempla el firmamento, observando aquella luz que no le aprovecha ni le perjudica, que nada tiene de común con la Tierra y sus necesidades, ve en esta luz su propia esencia, su propio origen. El ojo es de una naturaleza celestial. Por eso el hombre se eleva sobre la Tierra sólo con el ojo; por eso la teoría empieza con la mirada hacia el cielo. Los primeros filósofos eran astrónomos, el cielo recuerda a los hombres su destino, o sea, que no solamente son creados para obrar, sino también para contemplar”. Pág. 18, 19.
2.  “...Además, ese Cosmos se ve sustituido por un universo indefinido y aun infinito que se mantiene unido por la identidad de sus leyes y componentes fundamentales y en el cual todos esos componentes están situados en un mismo nivel del ser”. Koyré Alexandre. Del mundo cerrado al universo infinito. Siglo XXI. Editores. 1996. Pág. 6.
3.  “La concepción de la infinitud del universo es, por supuesto, una doctrina puramente metafísica que puede perfectamente, como ocurrió de hecho, servir de base a la ciencia empírica, y que nunca se puede sustentar sobre el empirismo. Se trata de algo que Kepler comprendió muy bien, y por tanto, la rechazó”. Ibíd. Pág. 62.
4.  “En los primeros 25 años del presente siglo se produce en la física una revolución conceptual tan sólo comparable a la que tuvo lugar en el siglo XVII (...) La emergencia de las nuevas teorías —la relatividad y la mecánica cuántica— replanteará, con particular intensidad, problemas filosóficos y epistemológicos sobre la naturaleza y los límites de la experiencia humana y sobre el significado y los modos válidos del conocimiento del mundo físico”. José Granés. La revolución conceptual en la física a comienzos de siglo. En: revista Ideas y valores. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. Número 87-88. Abril 1992. Pág. 89.
5.  Posada Ángela. Retrato del universo bebé. En revista Lecturas dominicales, del periódico El Tiempo. Domingo 16 de marzo de 2003. Pág. 7.
6.  Ibidem.
7.  “Si encontrásemos una respuesta a esto, el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios”. Stephen W. Hawking. Historia del tiempo. Editorial Planeta-Agostini. Barcelona. 1992. Pág. 224.
8.  “¿Qué es lo que insufla fuego en las ecuaciones y crea un universo que puede ser descrito por ellas? El método usual de la ciencia de construir un modelo matemático no puede responder a las preguntas de por qué debe haber un universo que sea descrito por el modelo, ¿Por qué atraviesa el universo por todas las dificultades de la existencia?”. Ibíd. Pág. 223.
9.  Epígrafe del libro de Edward H. Carr, titulado ¿Qué es la historia? Editado por Ariel. Barcelona. 2001.
10.  Isaac Asimov. Agujeros negros. Editorial Molino. Barcelona. 1984.
11.  “Las partes de un espíritu son tan incapaces de separación, aunque se dilaten, como incapaces somos nosotros de cortar en trozos los rayos del sol mediante unas tijeras de cristal transparente”. Henry More. En el libro Del mundo cerrado al universo infinito. Pág. 124.