Capítulo I

INTRODUCCIÓN

Capítulo I

INTRODUCCIÓN

La evolución cultural de las sociedades indígenas del Continente Americano, desde las simples bandas de cazadores hasta las grandes civilizaciones que se derrumbaron ante la expansión europea del siglo XVI, se había efectuado de modo desigual, en tiempo y espacio. Durante muchos miles de años, aquellos grupos asiáticos que, en la época de la última glaciación, habían penetrado a América por la región del Estrecho de Bering, continuaron su vida errante de cazadores y recolectores, persiguiendo las manadas cuyas migraciones les habían mostrado el camino de Asia al Hemisferio Occidental, y recorriendo la inmensidad del Continente desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Sólo en una época relativamente reciente, tal vez hace más de unos 8.000 años, algunos de estos grupos adoptaron un modo de vida más sedentario, posibilitado por una creciente dependencia de alimentos vegetales cuya lenta domesticación y cultivo inducían a la gente a establecerse en campamentos o pequeñas aldeas. Fue el desarrollo de la horticultura, luego de la agricultura, y en especial de cultivos tales como la yuca, el maíz y la papa, que formaron la base de aquel avance cultural que, en su forma culminante, se ha designado como civilización.

No es fácil encontrar una definición clara de lo que se ha querido decir con este término. Es obvio —la misma palabra lo indica así— que se trata de una etapa en la cual el aumento de población lleva a una vida urbana, en la cual las actividades y controles sociales se desarrollan dentro del marco de una sociedad estratificada. Otras características serían entonces la cohesión política territorial, un código de leyes, un sistema formalizado de simbolismo religioso, una arquitectura urbanística así como obras públicas tales como caminos, canales o terrazas de cultivo. También se debe mencionar aquí la invención de la escritura o de algún otro sistema de flotación abstracta. La base fundamental de esta evolución social, intelectual y artística, es indudablemente la agricultura y el advenimiento de la etapa designada como civilización, dependía entonces en alto grado de la eficaz utilización de las tierras, y de la calidad y cantidad de las cosechas obtenidas.

Los rasgos culturales enumerados arriba y que definen el concepto de civilización, se desarrollaron, en el Hemisferio Occidental, sólo en una región muy limitada, que los arqueólogos denominan América Nuclear. Este concepto, como veremos, abarca tres áreas contiguas. En el norte se trata del área de Mesoamérica, constituida por el sudeste de México, Guatemala y Honduras Occidental, mientras que hacia el sur es el área de los Andes Centrales, formada por Perú, Bolivia noroccidental y partes de Ecuador, Argentina y Chile. Fue en estas dos áreas donde, durante un período de 3.000 años, evolucionaron las grandes civilizaciones indígenas, aproximadamente a partir de 1500 antes de Cristo hasta que, en los años de 1500 de nuestra era, la conquista española puso fin a este desarrollo.

El avance que habían logrado dichas sociedades forma parte de un legado valioso de la humanidad. En condiciones climáticas y ambientales a veces muy adversas, los pueblos aborígenes de México y Perú habían creado grandes estados y sistemas económicos muy eficaces. Su arquitectura, organización social, relaciones comerciales, religión y cosmología, artesanías y artículos de lujo, atestiguaban un nivel tecnológico, intelectual y artístico muy apreciable. En efecto, sise evoca mentalmente una imagen de prehistoria americana, de algún aspecto arqueológico que se destaque en nuestra conciencia, sea por su arte, su monumentalidad o por su poder expresivo, se piensa inmediatamente en algún templo de México, Guatemala o Perú, o en alguna estatua colosal de una divinidad allí venerada. La idea de prehistoria americana se ha venido asociando pues ante todo con Mesoamérica y los Andes Centrales. Obviamente, las culturas prehistóricas de la mayoría de los otros países latinoamericanos nunca han ejercido la misma fascinación, ni tampoco han despertado la misma admiración que siente el visitante en los grandiosos museos de México, o al contemplar los templos de Tikal, en Guatemala, olas ruinas de Machu Picchu, en Perú.

En medio de estas dos grandes áreas de civilización aborigen, se extiende la llamada Area lntermedia, formada por América Central, Colombia y partes de Venezuela y Ecuador. Allí nunca surgieron grandes imperios, ni hubo extensas ciudades, ni palacios, ni fortalezas, ni templos monumentales, como en Mesoaméricay Andes Centrales. En el Area Intermedia había sólo cacicazgos, a lo mejor estados incipientes, esparcidos sobre las vertientes de las cordilleras o en las ardientes llanuras de las costas. De estos asentamientos y de la actividad humana desarrollada allí, raras veces perduraron ruinas o grandes monumentos; generalmente sólo quedaron los dispersos vestigios de un modo de vida simple —la vida de selvícolas o serranos, la vida de pescadores y aldeanos—. Fue así que en las décadas pasadas, las grandes expediciones de los museos o universidades de Europa o Norteamérica no tomaron mayor interés en aquellos países cuyo pasado prehistórico parecía ser tan poco espectacular; con pocas excepciones, se dirigían hacia los grandes centros de civilización indígena. También es cierto que los gobiernos mismos de los países del Area Intermedia no se preocupaban mucho por su pasado aborigen, por artefactos y piedras que dejaron aquellos pobladores.

La arqueología y las actividades del arqueólogo explorador siempre han estado rodeadas de cierto nimbo romántico que comúnmente se asocia con ciudades misteriosas, templos y tesoros escondidos u obras de arte de esplendor exótico. Esta imagen popular de la arqueología ha sido reforzada, si no directamente creada, por la tendencia de los museos y coleccionistas de mostrar sólo lo espectacular o precioso y de complacer al público que gusta ver lo insólito o lo que, en un momento dado, se considera como una obra de valor estético y por ende de valor monetario. Sólo en las últimas décadas la arqueología ha logrado deshacerse, en parte, de esta falsa imagen y ha podido dedicarse, con la ayuda de otras disciplinas científicas, a su auténtica tarea de reconstruir las culturas del pasado, sin otras consideraciones que las que se refieren a las causas, modos y metas de la conducta humana, sean cuales fuesen sus logros.

Al operarse este cambio y al introducirse a la arqueología una visión esencialmente antropológica (y no estética selectiva, y mucho menos aún chauvinista), los vestigios prehistóricos de culturas sencillas y muy poco desarrolladas, en un sentido estético y tecnológico, comenzaron a adquirir más y más importancia. En lugar de buscar templos y tumbas, los arqueólogos comenzaron a interesarse en procesos tales como los orígenes de la agricultura, la evolución de las pautas de asentamiento, la adaptación ecológica, la transición del cacicazgo al estado y muchos más que, anteriormente, se habían ignorado casi por completo.

Si se considera ahora el Area Intermedia desde este punto de vista, la importancia de sus vestigios arqueológicos queda fuera de toda duda. En primer lugar, la misma posición geográfica del territorio colombiano hace de él un puente, una zona de contacto. No obstante que al norte y al sur se hayan desarrollado dos centros de civilización avanzada, entre México y Perú existía una antigua base común. Además, una vez que las dos civilizaciones habían adquirido cada una su identidad distintiva, continuaban entre ellas múltiples contactos, sea por migraciones y relaciones comerciales, o sea por la difusión de ideas y de procedimientos. En realidad, si el estudio de la arqueología americana pretendía ser una ciencia comparativa, tenía que tener en cuenta a los antiguos pobladores de estas regiones intermedias.

Aunque no alcanzaron el mismo nivel de desarrollo de las civilizaciones de Mesoamérica y de los Andes Centrales, los avances logrados en el Area Intermedia no podían subestimarse, ni tampoco ignorarse su papel como creadores y transmisores de estímulos culturales, que procedían de diversas direcciones y operaban en diferentes épocas. En muchos aspectos Colombia ocupaba una posición clave, a mitad de camino entre dos grandes focos culturales del norte y del sur, adquiriendo así importancia crucial, para las investigaciones que trataron de trazar las interrelaciones más amplias entre las culturas indígenas amencanas. Hoy en día, éstos y otros aspectos teóricos del papel desempeñado por el territorio colombiano en la prehistoria americana se reconocen claramente por parte de los arqueólogos americanistas, pero falta aún en estos países una participación académica y oficial más activa en el desarrollo de tales investigaciones.

Una pregunta, engañosa tal vez pero justificada a primera vista, se plantea tan pronto como se echa un vistazo al mapa geográfico y al esquema cronológico de América Nuclear: ¿A qué se debe este vacío, entre los dos centros culturales principales? ¿Por qué los pueblos prehistóricos de Colombia no lograron un desarrollo similar al de sus vecinos, de México y de Perú? La gama de condiciones climáticas no es tan diferente; las costas y cordilleras tienen muchos rasgos en común; flora y fauna comparten muchas especies similares y aun idénticas. La calidad de las tierras, la precipitación, las variaciones altitudinales o las rutas naturales de migración, todos estos rasgos físicos generales que el arqueólogo observa y evalúa, son bastante similares y ofrecen una amplia y variada base para servir de escenario de desarrollos culturales. ¿Por qué entonces esta interrupción? ¿Qué ventaja tenían los valles y montañas de Oaxaca, sobre el Valle del Cauca o la Cordillera Central de Colombia? ¿No son acaso muy similares los antiguos lagos pleistocénicos del Valle de México y los de la Sabana de Bogotá? ¿Por qué permanecieron las culturas prehistóricas de Colombia sobre un nivel esencialmente rural, sin lograr la cohesión y complejidad de los estados que florecían en Mesoamérica y los Andes Centrales, en la llamada etapa ‘‘clásica’’?

Y si, como es aparente, todo aquello no ocurrió en territorio colombiano, puede entonces formularse una segunda pregunta: ¿Cuál era la función cultural del Area Intermedia? ¿Qué papel desempeñaba el territorio colombiano en aquel tiempo cuando, en Mesoamérica y en los Andes Centrales, florecían las grandes civilizaciones indígenas? ¿Era un simple puente terrestre, un eslabón físico, pero sin mayor importancia cultural? ¿O era un filtro, una encrucijada, una articulación, un punto de convergencia o de dispersión? ¿Era una unidad distintiva, dentro de la historia cultural del continente? ¿En el Area Intermedia, qué factor, o combinación de factores, obstruyeron los desarrollos más avanzados, en cierta época, a cierto nivel de evolución o en cierta zona crucial que podría haber sido el foco de lo que llamamos "progreso"?

Hasta hace relativamente poco, estas preguntas aún no se habían formulado con toda claridad. Mesoamérica y los Andes Centrales parecían serdos fenómenos aislados. Pero con el avance de las investigaciones esta interpretación ha cambiado. Partiendo de comparaciones estilísticas tentativas, la arqueología americana avanzó hacia las bases más firmes de secuencias y complejos comparables, fijados en el tiempo por escalas cronológicas, y en el espacio, por la observación de la difusión. Así se demostró que las culturas prehistóricas del Area Intermedia habían sido parte esencial de estas fases de desarrollo de Mesoamérica y los Andes Centrales; que Colombia también había sido poblada desde el Pleistoceno, por bandas de cazadores nómadas, algunos de los cuales evolucionaron a horticultores. Había pues una antigua base en común; y eso no sólo en la secuencia de grandes etapas generales, de complejidad similar, sino, también en muchos detalles de rasgos tecnológicos y estilísticos.

Pero luego en Colombia se produjo una solución de continuidad. Tal vez no de súbito; no en un momento crítico; sino más bien como una lenta tendencia, una dispersión, un debilitarse de una consistencia interna. En alguna época, tal vez hace unos 2.000 años, las culturas prehistóricas de Colombia dejaron de tomar parte en la dinámica de los principales centros de desarrollo de América Nuclear, y comenzaron a rezagarse en su avance, después de haber sido un gran foco cultural temprano que irradiaba a otras áreas y que luego se estancó. Es ésta pues la trama que quiero dilucidar en este libro.

Pero antes de ocuparme de la tarea difícil de ofrecer al lector, en las páginas que siguen, un cuadro coherente de los desarrollos culturales prehistóricos en Colombia, es necesario presentar primero un breve esbozo de la historia de los descubrimientos e investigaciones en este país.

Colombia es el país de El Dorado, de esmeraldas y tesoros enterrados, de oro escondido en montañas y lagunas, y de alhajas enterradas en tumbas y cavernas. Oro y perlas fueron el primer botín que los conquistadores españoles tomaron entre los indios de la costa del Mar Caribe, y de ahí en adelante el oro se volvió su obsesión. Lo raparon de los vivos y de los muertos; extorsionaron las poblaciones, torturaron a los caciques, saquearon las tumbas y los santuarios. La búsqueda del oro pronto se convirtió en el factor decisivo en determinar las rutas de penetración de las huestes conquistadoras, así como en su escogencia de los lugares para establecer las primeras fundaciones permanentes. No es de sorprenderse pues si los frailes y capitanes que se volvieron los primeros cronistas de estas hazañas, al escribir de las riquezas, se maravillen de los tesoros indígenas encontrados por los soldados. Las crónicas hablan de "águilas" de oro, de coronas, patenas y diademas, de narigueras y de brazaletes. Todo eso hallado, robado, recibido de regalo o en cambio por cuentas de vidrio, arrebatado como tributo o desenterrado en las tumbas de los jefes. Y luego, todo aquello debía ser fundido en lingotes, para enviarse a España. Ya en 1530, el Gobernador de Santa Marta, García de Lerma, decretó que los entierros de los indios Taironas podían abrirse sólo con su permiso personal, para poder así establecer los derechos de la Corona sobre el oro encontrado en ellos. En 1572, una Cédula Real ordenó que la mitad del oro que se hallase en los ricos túmulos del río Sinú debía ser entregado a la Corona; disposiciones similares fueron dictadas por la mayoría de las autoridades locales, para controlar el saqueo de las tumbas y garantizar que las arcas del Rey recibieran su parte del botín.

Pero poco más se dice en las crónicas de la Conquista, sobre los monumentos o construcciones que atestiguan el pasado indígena. Hay descripciones de las ciudades y construcciones lfticas de los Taironas, de los túmulos y templos del Sinú, de los cercados y santuarios de los Muiscas, así como de algunas obras de irrigación, en diferentes regiones del país, pero por lo demás, estos vestigios del pasado tuvieron escaso interés para los españoles. La destrucción de los ídolos y templos fue cosa fácil, pues la mayoría estaba hecha de material perecedero, y como los conquistadores no encontraron grandes construcciones o monumentos comparables a los que sus contemporáneos estaban descubriendo en México y Perú, los cronistas simplemente no describieron lo que, a ellos, entonces parecía ser de poco interés.

En algunas crónicas se encuentran descripciones más o menos detalladas de algunas "tribus" indígenas que poseían objetos de oro y que por eso merecían la atención de los cronistas; acerca de ellos dan informaciones valiosas sobre algunos aspectos culturales que, desde luego, pueden ayudar al arqueólogo a interpretar algunos de los antiguos artefactos que hoy en día se están descubriendo. En estas crónicas se encuentran datos sobre las pautas de asentamiento, técnicas agrícolas, religión y magia, ritos funerarios, actividades de guerra, armas, utensilios y muchos elementos más. Hay relaciones bastante extensas, sobre todo acerca de los antiguos Muiscas, Taironas y Quimbayas, así como sobre algunos otros cacicazgos tales como los del Cauca o sobre pequeños grupos tribales. De esta manera, las crónicas de los siglos XVI y XVII son fuentes importantes de información y el arqueólogo puede obtener de ellas datos de gran valor ( 1 ).

Sin embargo, los recuentos de los historiadores y viajeros del siglo XVIII contienen pocos datos. En 1757, Fray Juan de Santa Gertrudis ( 2 ) visitó las cabeceras del río Magdalena y escribió un relato ingenuo pero interesante sobre las estatuas monolíticas de la región de San Agustín. Cuarenta años después, en 1797, el naturalista Francisco José de Caldas visitó la misma zona y mencionó este sitio arqueológico en una publicación aparecida en 1808 ( 3 ). Alexander von Humboldt ( 4 ) fue el primer viajero que escribió sobre las antiguas pictografías y petroglifos del Orinoco y, en su relato sobre sus exploraciones en el interior de Colombia; en 1801, describe la laguna de Guatavita, cerca de Bogotá, donde un cacique Muisca anualmente hacía su tradicional ofrenda de oro. Humboldt también escribió en algún detalle sobre las teorías del padre José Domingo Duquesne, párroco de un poblado del altiplano de Bogotá, quien, equivocadamente, interpretó una pequeña piedra tallada, y destinada a trabajos de orfebrería, como un calendario aborigen. De ahí en adelante y ciertamente bajo el estímulo de los libros tan influyentes de Humboldt, las culturas prehistóricas, sobre todo la Muisca, se mencionan con más frecuencia en las obras de los viajeros. Como curioso ejemplo de las tendencias fantásticas que, en aquel entonces, tomaban algunas especulaciones sobre el origen de los indios americanos, mencionamos aquí la obra de M. de Paravey, aparecida en París en 1835, bajo el título de Mémoire sur l’origine japonaise, arabe et basque de la civilisation des peuples du plateau de Bogotá.

Hasta aquí no se puede hablar aún de investigaciones propiamente dichas. Se trata de relatos de viaje, de observaciones esporádicas de tal cual aspecto de las culturas indígenas, pero aún falta un interés más metódico en las "antigüedades" precolombinas. Sólo a partir de la mitad del siglo XIX se observa una creciente curiosidad en las culturas indígenas, ahora por parte de un distinguido grupo de estudiosos colombianos: Para trazar la historia de la arqueología, el punto de partida es entonces la época alrededor de 1850 ( 5 ).

Los hombres que dedicaron su atención a estos vestigios eran esencialmente historiadores, académicos formados en la tradición humanística y cuyos intereses como coleccionistas eruditos estaban estrechamente relacionados con los de sus contemporáneos europeos. En 1848, Joaquín Acosta publicó en París su Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva Granada e incluyó en él algunas ilustraciones de objetos arqueológicos Muiscas y Taironas. Ezequiel Uricoechea escribió su Memoria sobre las antigüedades neogranadinas (Berlín, 1854) y luego se dedicó a varios estudios lingüísticos. Los viajeros europeos que visitaron a Colombia en aquella época tenían la misma afición a las antigüedades. La expedición de Eduardo Mariano de Rivero y Johann Jakob von Tschudi (1851), y, más tarde, la del geógrafo italiano Agustín Codazzi ( 6 ) produjeron las primeras descripciones e ilustraciones de las estatuas de San Agustín, y el viajero inglés William Bollaert escribió sobre Antiquarian, Ethnological, and Other Researches in New Granada, Equador, Peru and Chile (London, 1860), dedicando un capítulo a la arqueología colombiana. Adolf Bastian ( 7 ), uno de los fundadores de la antropología moderna, fue el primer viajero en publicar una extensa lista de sitios arqueológicos colombianos. Muchos objetos arqueológicos del país encontraron en aquellos años su camino a los museos europeos; fueron adquiridos por viajeros, misioneros y diplomáticos, o por técnicos europeos, quienes estaban al servicio del gobierno de Colombia. Otras colecciones fueron vendidas o donadas por coleccionistas colombianos. Aunque había un creciente interés en Colombia por estas antigüedades, fue una atracción de objetos exóticos, sin conectarla con las sociedades sobrevivientes de quienes habían creado estos artefactos, y menos aún con el pasado histórico de dichas sociedades.

Muchos de aquellos hombres de letras colombianos tenían una marcada inclinación hacia la etnología y la lingüística. Su interés en las culturas tribales estaba basado en el conocimiento del historiador, de las fuentes españolas antiguas, las cuales contenían datos dispersos sobre ritos funerarios, prácticas chamanísticas, o sobre canibalismo y guerra. Estas fuentes antiguas hablaban de los "Caribes" y de otros grupos belicosos, describiendo sus migraciones y conquistas. Algunos eruditos prominentes comenzaron desde entonces a hacer especulaciones sobre estos Caribes y otras migraciones, iniciando una orientación que ha tenido una influencia notable sobre el pensamiento antropológico en Colombia. En estas teorías se combinaban la lingüística comparativa, la toponimia y la difusión de ciertos elementos culturales, tales como la metalurgia, las costumbres funerarias, las deformaciones corporales, etc., para trazar movimientos migratorios, y de esta manera se introdujo la noción de una sucesión cultural, en el tiempo. Sin embargo, no se hacía ningún esfuerzo para encontrar las pruebas arqueológicas de esas migraciones. Un factor que contribuyó muy notablemente al conocimiento de los problemas antropológicos fue la publicación, entre 1850 y 1900, de una serie de cronistas españoles que, hasta entonces, habían sido en Colombia casi inaccesibles en sus ediciones originales. Estas crónicas, publicadas en Madrid y en Bogotá, en nuevas ediciones, atrajeron la atención de los eruditos sobre las diversas características culturales y lingüísticas de los indígenas y estimularon el trazado de mapas que mostraban la distribución de los grupos tribales, más importantes, que habían poblado el territorio colombiano en la época de la Conquista.

La compilación de dichos mapas de distribución llevó inevitablemente a la tendencia de identificar ciertas tribus históricas con los vestigios arqueológicos hallados en sus territorios respectivos. De esta manera, cualquier objeto descubierto en el altiplano de Bogotá se atribuyó a los Muiscas; objetos procedentes de la Cordillera Central o de la zona adyacente del valle del río Cauca se tomaron como obra de los antiguos Quimbayas, y los artefactos, de la Costa Atlántica, se atribuyeron a los Caribes. Muchos de estos objetos arqueológicos eran subproductos de la búsqueda de tesoros, ocupación bastante lucrativa, ya que con alguna frecuencia se encontraban en los entierros indígenas valiosos objetos de oro. Otros hallazgos se hacían en las propiedades de hacendados prominentes y muchos objetos fueron llevados a Europa, a museos o a colecciones particulares. En resumen, aunque se descubrieron muchísimos objetos arqueológicos, los ensayos de clasificación y de estudio se limitaban a especulaciones sobre sus relaciones con grupos indígenas de la época de la Conquista.

En el curso de estos descubrimientos prevaleció una circunstancia que contribuyó a producir cierta falta de interés en la dimensión temporal. En muchos países de América, el descubrimiento de restos óseos humanos, aparentemente muy antiguos, excitó la imaginación tanto de los eruditos como del gran público, y estimuló la formulación de teorías sobre la edad de estos vestigios del Hombre Americano. Pero ningún descubrimiento de este orden se hizo en Colombia, ni tampoco se encontraron aquí complejos líticos que hubieran podido compararse con el Paleolítico del Viejo Mundo. Parece que faltaba todo estímulo para estudiar la prehistoria en términos de períodos cronológicos.

Al terminar el siglo, el historiador colombiano Liborio Zerda había escrito su libro El Dorado: Estudio histórico, etnográfico y arqueológico de los Chibchas (Bogotá, 1883), Manuel Uribe Angel había publicado su Geografía general y compendio histórico del Estado deAntioquia, con 34 láminas que ilustraban objetos arqueológicos del occidente de Colombia (París, 1885); y Carlos Cuervo Márquez quien, en su libro Prehistoria y Viajes, describió los sitios arqueológicos de San Agustín, Tierradentro y Santa Marta (Bogotá, 1893). En 1895, Vicente Restrepo publicó su Atlas Arqueológico, con 46 grandes láminas, obra que suplementó su libro aún clásico Los Chibchas antes de la conquista española (Bogotá, 1895). Sería imposible enumerar aquí todos los autores, tanto colombianos como extranjeros, quienes mostraron interés en los vestigios prehistóricos del país, antes de 1900. Ellos eran historiadores, coleccionistas o viajeros ocasionales, que simplemente describían lo que veían u oían y que, muchas veces, incorporaron en sus escritos las ideas y especulaciones que sus predecesores habían hecho, sobre el origen y el significado de estos vestigios antiguos.

Fue solamente en 1913 cuando, por fin, se efectuaron las primeras excavaciones sistemáticas en suelo colombiano. De 1913 a 1914, Konrad Theodor Preuss, del Museum für Volkerkunde, de Berlín, trabajó en San Agustín, y en 1929 se publicó en Góttingen su obra Monumentale vorgeschichtliche Kunst, libro que contiene la primera descripción científica de una cultura prehistórica colombiana. La próxima expedición, también organizada por un gran museo, estuvo a cargo de L. Alden Mason, del (Field Museum), Chicago, quien trabajó entre 1922 y 1923 en la zona tairona de la Sierra Nevada de Santa Marta, y publicó luego tres volúmenes sobre sus resultados. La calidad de las descripciones de artefactos, contenidas en las obras de Preuss y Mason, sentaba un estándar muy alto, las ilustraciones eran de excelente calidad y formaban un inventario muy completo. Sin embargo, aún no se había producido la "revolución estratigráfica" y los dos arqueólogos no se ocupaban de problemas cronológicos en el terreno. Aunque Preuss y Mason estaban perfectamente conscientes de que los vestigios que habían descubierto eran el resultado de un largo desarrollo previo, no efectuaron excavaciones controladas, y cuando publicaron sus obras, el gremio de arqueólogos se encontró de nuevo ante culturas indígenas que aparentemente carecían de toda profundidad temporal. En los años siguientes hubo varios arqueólogos extranjeros de renombre, trabajando en Colombia. Las investigaciones de Sigvald Linné (1929) en la zona del Darién, contribuyeron al conocimiento de la región ístmica, y Henry S. Wassen (1937) excavó en la Cordillera Occidental. Otros se dedicaron a excavaciones en pequeña escala en diversas partes del país, sobre todo en las zonas Muisca, Tairona y de San Agustín (Bolinder, 1937; Lunardi, 1934, 1935; Mason, 1940; Walde-Waldegg, 1937; Wavrin, 1936). Sin embargo, aunque todas estas investigaciones produjeron resultados importantes, es aparente que, durante estos años, los estudiosos colombianos no fueron influenciados por las publicaciones de misiones extranjeras ( 8 ).

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1-  Los principales cronistas españoles que tratan de la conquista y colonización del territorio colombiano, son: Juan de Castellanos, Elegías de Varones Ilustres, Madrid, 1847, e Historia del Nuevo Reino de Granada, Madrid, 1886; Fray Pedro de Aguado, Recopilación Historial, 4 vol., Bogotá, 1956-1957; Gonzalo Fernandez Oviedo y Valdés, Historia general y natural de las Indias, islas y tierra finne del mar océano, Madrid, 1851-1855; Pedro Cieza de León, La crónica del Perú, Madrid, 1862; Fray Pedro Simón, Noticias historiales de las conquistas de Tierra Fieme en las Indias Occidentales, 5 voL, Bogotá, 1882-1892; Lucas Fernández de Piedrahíta, Historia general de las conquistas del Nuevo Reino de Granada, Bogotá, 1881; Antonio Herrera y Tordesillas. Historia general de los hechos de los castellanos en las islas i tierra firme del mar océano, 9 vol., Madrid, 1726-1727. Importantes colecciones de documentos son, entre otros: Antonio B. Cuervo (editor), Colección de documentos inéditos sobre la geografla y la historia de Colombia, 4 vol., Bogotá, 189 1-1894; Juan Friede (Editor), documentos inéditos para la historia de Colombia, 10 vol., Bogotá, 1955- 1960. La mayoría de los cronistas españoles existe tansbién en ediciones recientes publicadas en Bogotá. Una excelente obra de resumen es de Carl Ortwin Sauer, The Early Spanish Main, University of California Press, Berkeley y Los Angeles, 1966. Otras obras de interés son: Juan Friede, Descubrimiento y Conquista del Nuevo Reino de Granada: Régimen de Gobernadores 1499-1550, Historia Extensa de Colombia, Vol. II, Bogotá, 1965. (regresar a 1)

2-   Santa Gertrudis, Fray Juan de, Maravillas de la Naturaleza, 2 vol., Bogotá, 1964. (regresar a 2)

3-  Caldas, Francisco José de, Estado de la Geografía del Virreinato de Santa Fe de Bogotá, con relación a la economía y el comercio (en: Seminario del Nuevo Reino de Granada), varias ediciones. (regresar a 3)

4-   Humboldt, Alexander de, Vues des Cordilléres et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, 2 vol., París, 1816. (regresar a 4)

5-  Sobre la historia de la arqueología, véanse Luis Duque Gómez, Colombia: Monumentos Históricos yArqueológicos, 2 vol., Instituto Panamericano de Geografía e Historia, México. 1955; id., Prehistoria: Etnohistoria y Arqueología, Historia Extensa de Colombia, Vol. 1, Bogotá, 1965. (regresar a 5)

6-  Codazzi, Agustín, "Ruinas de San Agustín", en: Felipe Pérez, Geografía física y política de los Estados de Colombia, 2 vol., Bogotá, 1863 (Cf. II, pp. 76-107); Rivero, Eduardo Mariano y Johann Jakob von Tschudi, Antigüedades Peruanas (texto y atlas), Viena, 1851. (regresar a 6)

7-   Bastian. Adolf, Die Culturländer des Alten America, 3 vol. Berlín, 1878/1889 (Cf. 1, pp. 225, 237-238,242-243,269,299). Otra obra que contiene muchos datos e ilustraciones de cerámicas colombianas, en museos alemanes, es: Seler, Eduard, Peruanische Alterthümer, Berlín, 1893. En ella figuran varios nombres de coleccionistas colombianos, de fines del siglo pasado. (regresar a 7)

8-  Bolinder, Gustaf, "Archaeological Research on the Tableland about Bogotá", Ethnos, Vol. 2, N°4, pp. 130-132, Stockholm, 1937; Linné, Sigvald, Darien in the Past: The Archaeology of Eastern Panamá and North-Western Colombia, Göteborg, 1929; Lunardi, Federico, El Macizo Colombiano en la Prehistoria de Sur América, Impresa Nacional, Rio de Janeiro, 1934; id.La vida en las tumbas:Arqueología del Macizo Colombiano, Rio de Janeiro, 1934; Mason, Gregory, South of Yesterday, New York, 1940; Walde-Waldegg, Hermano von, "Preliminary Repon on the Expedition to San Agustín (Colombia)", Anthropological Series of The Boston College, Vol. II, N° 7, pp. 5-54 Boston, 1937; Wassén, Henry S., "Archaeological Study in the Western Colombian Cordillera", Etnologiska Studier, N° 2, pp. 30-67, Göteborg, 1936; Wavrin, Robert de, "Apport aux connaissances de la civilisation dite de San Agustin et à la archéologie du Sud de la Colombie", Bulletin de la Société des Américanistes de Belgique, N" XXI, pp. 107-134, Bruselas, 1936. (regresar a 8)

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