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Capítulo
V
LOS DESARROLLOS
REGIONALES: LAS COSTAS
La introducción y
aceptación del cultivo de maíz en gran escala tuvo un fuerte impacto en las sociedades
agrícolas de las tierras bajas tropicales. El alto valor nutritivo del maíz, junto con
su fácil adaptación a diferentes suelos, alturas y condiciones climáticas, hicieron
posible tal vez la penetración al interior del territorio y el poblamiento de las faldas
y serranías, distantes de los cursos de los ríos y lagunas. Parece haber sido el cultivo
de maíz lo que permitió a una creciente población expandirse rápidamente sobre las
vertientes de las cordilleras colombianas, zonas que hasta entonces probablemente habían
sido poco pobladas.
Esta probable adaptación
ecológica llevó al desarrollo de una pauta de asentamiento que se caracterizó por una
tendencia a la descentralización. La población, siempre en aumento, comenzó a
extenderse sobre las vertientes tropicales y subtropicales, donde construyó sus viviendas
esparcidas, a veces solitarias, en ocasiones en grupos de parentelas, que ocupaban tres o
cuatro viviendas, donde quiera el terreno accidentado parecía propicia para un plantío.
Este nuevo rumbo hacia los
valles montañosos, desde luego no llevó a la deserción de las tierras bajas; numerosos
grupos continuaron alli su anterior modo de vida, pero la tendencia general fue hacia el
interior, hacia los valles de las cordilleras.
Entre las consecuencias más
notables de este desarrollo, se destacan algunas que deben tratarse en más detalle,
debido a su particular importancia.
En primer lugar, un
movimiento demográfico hacia el interior montañoso, debe haber dado un gran ímpetu a
las técnicas y a la experimentación agrícola. Colombia ocupa un lugar muy importante en
el campo de la domesticación y diversificación de cultígenos nativos y los innumerables
microambientes, en diferentes alturas, con características edáficas y factores
meteorológicos variados, constituyen un laboratorio ideal para estos fines. Un
considerable conocimiento, basado en experimentos con nuevos cultivos o nuevas variedades
de especies ya domesticadas, debe haberse acumulado en las tierras bajas ya tiempos
atrás, y la domesticación de ciertas raíces que prosperan en zonas de escasa o
irregular precipitación, quizás llevó al poblamiento esporádico de regiones
interfluviales, pero una vez que ya se había logrado, gracias al maíz, la independencia
definitiva del ambiente litoral y ribereño, la ocupación de las nuevas tierras dio
grandes estímulos a la intensificación y, ante todo, diversificación, de las prácticas
agrícolas.
Ahora bien, el cultivo del maíz
(1)
, si quiere
ser exitoso, necesita grandes cantidades de lluvia y de sol, pero la productividad depende
no tanto de la cantidad de precipitación sino de su distribución estacional. Se puede
decir entonces que, en cierta manera, las exigencias de este cultivo que, desde luego, es
en sí un producto cultural, mostraron el camino hacia aquellas regiones donde la
productividad fue máxima debido a una combinación particularmente favorable de factores
ambientales y meteorológicos. Al mismo tiempo, un tal medioambiente era propicio a una
amplia gama de otras plantas altamente productivas, gran variedad de las cuales podían
cultivarse en las fértiles vertientes templadas de las cordilleras. Dentro de este
potencial ambiental econtramos ahora el germen del cambio de un modo de vida. Las
comunidades maiceras comenzaron a establecerse sobre una amplia área de las montañas,
ascendiendo los valles del Magdalena y Cauca, y colonizando las laderas de los Andes.
Una segunda consecuencia de
la dispersión de los cultivadores de maíz, fue de no menos importancia que la expansión
de su desarrollo agrícola. Por entonces, la vida en las hoyas, en los estrechos valles o
en los altiplanos fríos, estaba marcada por el regionalismo y por el aislamiento
cultural. En las tierras bajas de la Costa había habido siempre un común denominador en
términos de condiciones climáticas similares, y de un sistema económiço generalizado,
que se basaba en recursos ribereños, lacustres y marítimos; pero ahora aquella unidad
anterior estaba desapareciendo. La adaptación a microambientes específicos llevó a la
diversificación y al advenimiento de culturas locales que, aunque a veces ocupaban valles
vecinos, se diferenciaban mucho en su ámbito y contenido. Aparentemente aquí no había
contradicciones ni estilos-horizontes comparables a los de los Andes Centrales, sino más
bien una marcada diversidad debida al aislamiento geográflco y cultural, así como a las
diferentes maneras como las gentes confrontaban sus medioambientes locales.
Debemos examinar en más
detalle los testimonios arqueológicos que nos dejaron las comunidades maiceras que, al
comienzo de nuestra era, poblaban el interior y las Costas. Por lo que se puede deducir,
en el estado actual de las investigaciones, la tendencia a la descentralización
prevaleció sobre amplias regiones. En las estribaciones más norteñas de las tres
cordilleras, en las laderas de los valles del Magdalena y Cauca, y en el Macizo Andino, se
encuentran diseminados y aislados muchos pequeños sitios de vivienda, a diferentes
alturas. Para unas gentes acostumbradas a la vida ribereña o llanera, el ambiente de las
vertientes planteó, entre otros, ciertos problemas tecnológicos, en lo que se refiere a
la arquitectura doméstica. A veces fue difícil encontrar un pedazo de tierra plana para
construir una vivienda y se hizo necesario preparar un trecho piano, por medio de una
combinación de cortes y rellenos. Dichos pequeños sitios de habitación, circulares o
semicirculares, son muy característicos para estos grupos de las laderas, y asociados con
ellos encontramos alineamientos de piedras, círculos de bloques irregulares, o pequeñas
murallas de contención rodeando parte de la plataforma de vivienda. Tenemos pues, aquí,
una fase temprana de ingeniería y arquitectura que, aunque no tuvo mayores desarrollos,
constituye un rasgo frecuente entre los cultivadores de maíz. En estos sitios se hallan
grandes y pesados metates y manos de moler, los pruneros profundamente ahuecados, lo cual
atestigua su uso durante generaciones. Estos metates los encontramos generalmente dentro
de la vivienda o en el patio adyacente, pero a veces hay profundas depresiones en grandes
rocas vecinas, que fueron usadas como morteros, artesas o pilones.
La cerámica de aquellos
sitios, por lo general, es burda pero bien hecha; el desgrasante es de arena o a veces
consiste de fragmentos cerámicos molidos, lo último especialmente en las zonas del
interior. En la Costa existe a veces un desgrasante de conchas trituradas, combinado con
arena muy fina. La mayoría de las vasijas está quemada en una atmósfera oxidante y
tiene un color carmelita-rojizo, pero cerámicas negras ocurren en ocasiones. Hay gran
cantidad de formas: son frecuentes las bases anulares o altos soportes de pedestal; hay
vertederas tubulares, gran variedad de manijas y agarraderas, así como vasijas de silueta
compuesta, con una división formal muy clara en base, cuerpo y cuello. El modo decorativo
principal sigue siendo la incisión, y los motivos así trazados cubren la mitad superior
del cuerpo o, inclusive, el cuello de las vasijas; pero también se hacen presentes el
modelaje, la aplicación de peloticas o bandas y la decoración pintada de rojo. Son
comunes las grandes tinajas para el almacenamiento de agua, excepto en lugares inmediatos
a un curso de agua, y recipientes similares probablemente se usaron para la preparación
de la chicha.
Figurinas humanas de arcilla
son más bien escasas y en su lugar se encuentran ahora vasijas antropomorfas de diversos
tipos. Pesadas hachas de piedra, deforma trapezoidal, son muy comunes y atestiguan la
labor de desmonte; también son frecuentes los volantes de huso, cuentas de collar de
piedras perforadas, y muchos pequeños adornos personales tallados de piedras finas. Es
posible que el entierro en urnas de cerámica se extendió en aquellos tiempos. Primero
usaban para este fin grandes tinajas de uso diario, pero luego manufacturaron urnas
ovoidales o cilíndricas, estrictamente para usos funerarios
(2)
.
Sería peligroso tratar de
generalizar para todo el país o aún para áreas restringidas, como por ejemplo, el valle
del Magdalena o la Cordillera Central; las diferencias regionales son tan marcadas que
cualquier correlación global será altamente dudosa. Además, para muchas regiones del
interior se carece aún de informaciones detalladas acerca de sitios arqueológicos y,
ante todo, de excavaciones estratigráficamente controlados. Es necesario, entonces,
limitar nuestras apreciaciones a algunas regiones, donde se han efectuado excavaciones
metódicas o, por lo menos, se han hecho investigaciones sobre los desarrollos culturales,
que son el tema del presente capítulo. Sin embargo, antes de ocuparnos de la descripción
de regiones y sitios específicos debemos considerar primero algunos nuevos aspectos, esta
vez en el occidente del país, en la Costa Pacífica.
Según las fechas de
radiocarbono, alrededor de 500 años antes de Cristo, pero probablemente ya en una época
más antigua, apareció cierto nuevo complejo cultural, en la parte sureña de la Costa
Pacífica, sobre todo entre la desembocadura del río San Juan y la isla de Tumaco, esta
última ya cerca de la frontera con el Ecuador. Según parece, esta nueva cultura (o
culturas) no se deriva de una tradición costanera anterior; he propuesto una posible
influencia mesoamericana en esta región
(3)
.
Mientras que al norte del
río San Juan las manifestaciones de este complejo cultural casi no existen, ellas
aumentan considerablemente hacia el sur y, tanto en el delta del río Paría como en la
zona de Tumaco, hay numerosos sitios que atestiguan la expansión de estos colonizadores.
Las fechas de radiocarbono
disponibles colocan esta intrusión a la Costa Pacífica, en un período de
aproximadamente 500 años antes de Cristo al primer siglo después de Cristo, pero bien
puede ser que los primeros vestigios en la Costa Pacffica colombiana se remonten a fechas
mucho más antiguas.
Los elementos introducidos
por esta población tienen como rasgos cerámicos característicos, los siguientes:
cazuelas muy finamente hechas, de paredes delgadas y provistas de soportes mamiformes
huecos; vasijas con doble vertedera; vasijas con rebordes sublabiales, periféricos
ondulados o rebordes basales; vasijas con soportes altos, puntiagudos; vasijas con baño
rojo o carmelita, con motivos geométricos finalmente incisos; pintura carmelita; pintura
blanca sobre fondo rojo, figuras antropomorfas y zoomorfas de gran variedad de formas y
expresiones. Los grandes metates y manos de moler indican la agricultura del maíz y la
acumulación de basuras y pisos de vivienda, hasta varios metros de grosor, sugiere una
vida sedentaria en aldeas o en casas dispersas
(4)
.
El hecho de que los
asentamientos en la Costa Pacífica aumenten hacia el sur, tanto en frecuencia como en
profundidad de acumulación de basuras, se debe probablemente al limitado potencial
agrícola del Chocó, la zona septentrional de la Costa Pacífica donde la muy alta
lluviosidad y las tierras lixiviadas oponen serios obstáculos a la vida sedentaria de
horticultores.
Para ellos la Costa
Pacífica septentrional y los inmensos manglares al sur de Buenaventura deben haber
parecido inhóspitos, y así aquellos colonizadores se concentraron más bien en la
región mucho menos lluviosa de Tumaco
(5)
.
En la parte sur de la Costa
Pacífica se distinguen esencialmente dos grandes ecosistemas bien definidos: el litoral
marítimo, con sus manglares, y las tierras bajas aluviales cubiertas con selvas. Los
pobladores de los sitios arqueológicos hasta ahora investigados, parece que participaron
en ambos sistemas, ubicándose con preferencia muy cerca del mar, dentro de los manglares,
por cuya red de canales tuvieron acceso a las zonas selváticas y a las leves colinas no
inundadizas.
Figura 44. Figura
decapitada; región Tumaco. Museo Nacional de Bogotá.
Figura 45. Figurina
femenina; región Tumaco. Museo Arqueológico Casa de Marquez de San Jorge
Figura 46. Perfil oriental del Corte I; Portacelli
Figura 47. Fragmento antropomorfo; Crespo.
Figura 48. Fragmentos cerámicos con pintura negra sobre pintura roja; Ciénaga de
Luruaco.
Figura 49. Excavación del túmulo Pacífico; Zambrano (ver figuras
44,45,46,47,48 y 49)
Carecemos de datos acerca de
los primeros pobladores de esta región. Si existen vestigios de ellos, éstos
probablemente están cubiertos por espesos estratos de sedimentos, salvo en algunas zonas
elevadas, pero estas últimas aún no han sido exploradas. No conocemos los desarrollos
paleoindígenas, arcaicos o formativos de esta parte del país, y sólo a partir del
Formativo Tardío contamos con algunas informaciones. La mayoría de los sitios
investigados hasta la presente y que, en realidad, son muy pocos, contienen vestigios
culturales que pertenecen a la Etapa de Desarrollos Regionales, pero aún no constituyen
una imagen coherente
(6)
.
Culturalmente el litoral
septentrional del Ecuador, desde el río Esmeraldas, y la mitad meridional del Litoral
Pacífico de Colombia, hasta el bajo río San Juan, forman una sola zona arqueológica que
podemos designar como Area Tolita-Tumaco. Cronológicamente se pueden reconocer en dicha
área varios períodos, pero la dinámica de su sucesión y de sus desarrollos locales
está aún lejos de formar un cuadro sucinto, sobre todo en lo que se refiere a la parte
del territorio colombiano. Es allí donde, en algunas partes, parece que haya continuidad
de desarrollo interno, en otras es evidente que hubo períodos de desocupación más o
menos prolongados; en unas zonas hay contacto entre grupos vecinos mientras que en otras
parece que predominaba cierto aislamiento. Existen marcadas diferencias tipológicas y
tecnológicas, tanto en un sentido de expansión horizontal como en un sentido vertical
cronológico.
Según la cronología
ecuatoriana, la Etapa Formativa está constituida esencialmente por la secuencia
Valdivia-Machalilla-Chorrera, a la cual sigue la Etapa de Desarrollos Regionales. Esta
última consiste, en la Costa de Esmeraldas, en la Fase Tolita; en la Costa de Manabí, en
la Fase Bahía Jama-Coaque; en la costa del río Guayas, por la Fase Guangala, y en la
cuenca del Guayas, por las Fases Tejar-Daule. La Etapa de los Desarrollos Regionales del
Ecuador abarca aproximadamente mil años, desde 500 años antes de Cristo hasta 500
después de Cristo.
En Colombia,
infortunadamente, no podemos distinguir aún esta secuencia de fases y es pues muy
arriesgado tratar de generalizar. La mejor manera de presentación consiste entonces en
describir los resultados de algunas investigaciones.
La región de Monte Alto
está ubicada sobre la margen izquierda del bajo río Mataje, el cual forma la frontera
con el Ecuador. En efecto, Monte Alto queda, en línea recta, en la mitad del trayecto
entre Tumaco y la Tolita. En medio de los manglares se levantan algunas colinas cubiertas
de selva, que no están expuestas a las mareas, y sobre ellas se encuentran extensos
sitios de habitaciones prehistóricas. Efectuamos una amplia excavación en un montículo
ubicado en la confluencia del río Mataje y la quebrada La Rucia y pudimos constatar que
se trataba de una acumulación de despojos culturales, de casi 3 metros de profundidad,
los cuales se habían depositado en este lugar, en el curso de cuatro siglos, entre
aproximadamente 500 años antes de Cristo y la primera década después de Cristo. Este
lapso corresponde pues a la primera parte de la Fase Tolita, del vecino litoral
ecuatoriano.
He dividido la secuencia en
tres períodos, de acuerdo con las características de la estratificación ffsica y
cultural, a saber, Mataje I, desde una fecha aproximadamente de 500 años antes de Cristo
hasta 400 años antes de Cristo; Mataje II, de 300 años antes de Cristo hasta 10 después
de Cristo, y Mataje III; sin fechas absolutas, pero perteneciente con toda probabilidad a
los primeros siglos de la Era Cristiana
(7)
.
En el período Mataje I
encontramos fragmentos que indican las formas cerámicas siguientes: grandes platos pandos
de tipo budare; vasijas globulares o subglobulares con borde volteado hacia afuera;
vasijas de doble vertedera, de forma más o menos globular y con un puente de sección
plano-convexa, que une los dos tubos o picos; trípodes grandes, de forma aproximadamente
globular, con soportes cónicos alargados y sólidos; cazuelas con ángulo periférico;
vasijas con reborde sublabial, vasijas con base anular.
En cuanto a la decoración
de dicha cerámica encontramos los siguientes modos: baño rojo o carmelita combinado con
incisiones geométricas finas lineares; pintura carmelita clara sobre fondo rojo o
naranja, en motivos geométricos sencillos; franjas rojas en el borde de las vasijas;
baño rojo o crema; muescas impresas en bordes o ángulos periféricos; protuberancias
semiglobulares pequeñas, cerca del borde.
Hallamos varios fragmentos
de figurinas humanas macizas, aparentemente femeninas, de pie y con brazos colgantes
abiertos. Ya que sólo encontramos fragmentos pequeños y erosionados, sus detalles
diagnósticos son difíciles de establecer.
Entre los artefactos
líticos observamos manos demoler y de triturar, así como metates. Hay numerosas pesas
para redes, que consisten de piedras ovaladas provistas de muescas o escotaduras
laterales, para amarrarlas a las redes de pesca.
Algunas formas cerámicas
(budares) y las manos de triturar sugieren que se trata de grupos agrícolas; las pesas de
redes atestiguan la pesca marítima y, desde luego, la navegación. El modo de vida parece
haber sido sedentario, al juzgar por la gran cantidad de despojos culturales acumulados.
Acerca de la evolución
cultural general caben las siguientes observaciones. Aproximadamente a los 2.20 metros
debajo de la superficie, observamos un piso de vivienda marcado por desperdicios pisados y
triturados, pero sin fogones. A 1.90 debajo de la superficie, a partir dc un contacto
entre una tierra carmelita rojiza y otra de color carmelita oscura, aparecen algunos
elementos nuevos: trípodes con soportes globulares o mamiformes huecos, vasijas con
cortos cuellos cilíndricos; decoración del borde con impresiones triangulares.
En el período Mataje II
continúan muchas de las formas y modos decorativos, pero se introducen algunos cambios
característicos. Aparecen entonces grandes tinajas, probablemente destinadas a contener
líquidos, tal vez chicha; también se modifican algunos detalles de forma en las vasijas
de doble vertedera. La decoración incisa fina tiende a desaparecer, lo mismo que el baño
de color rojo o crema. Igualmente hay cambios en la distribución numérica de ciertas
formas y modos decorativos. En términos generales se puede decir que hay un
desmejoramiento en la cerámica, tanto en un sentido tecnológico como estético. La
cocción no está bien controlada; las formas son algo irregulares y menos simétricas y
la decoración carece de precisión en su diseño y ejecución. La misma matriz tiene
características particulares en cuanto se trata inicialmente de una tierra mixta, luego
se presenta un estrato de greda roja, al cual sigue por último una gruesa capa de tierra
anaranjada.
El período Mataje III está
separado del anterior por un estrato culturalmente estéril, y ya pertenece a la Era
Cristiana, pero no tenemos fechas absolutas para determinar su posición cronológica con
más precisión. La tradición cerámica continúa con leves modificaciones pero
nuevamente se observa cierta decadencia tecnológica y artística, si la comparamos con la
del período Mataje I. Se podría pensar en un lento decaimiento de una cultura
inicialinente bien desarrollada pero que, al establecerse en esta zona, sufre bajo
condiciones climáticas no acostumbradas y no ha desarrollado aún los mecanismos de una
adaptación adecuada. Un rasgo nuevo que se introduce en este período consiste en
ralladores hechos de cerámica; se trata de bandejas provistas a veces de un pequeño
borde y cuyo fondo plano está cubierto por pequeñas esquirlas de cuarzo que están
incrustadas en la greda. La forma de estas bandejas es alargada, a veces algo elíptica.
Obviamente se trata de rallos, pero no de yuca u otras raíces grandes, sino más bien de
ají o algún otro condimento.
La secuencia tripartita del
montículo del Mataje ofrece un esquema cronológico y tipológico general que puede
servir como marco de referencia para otros sitios del área Tolita-Tumaco. Algunos años
antes de nuestras excavaciones en Monte Alto, se habían efectuado extensas
investigaciones en la misma zona, cerca del montículo de la quebrada La Rucia. El
arqueólogo Julio César Cubillos había excavado diez cortes, encontrando depósitos
culturales hasta de 3.50 metros de profundidad, así como varios entierros que contenían
uno o más esqueletos. El material cerámico y lítico corresponde a grandes rasgos al
hallado en el montículo de la quebrada La Rucia, salvo que Cubillos halló muchas más
figuras modeladas, algunas de ellas zoomorfas (aves, felinos) y otras que presentan formas
monstruosas; algunos ejemplares de estas figurinas parecen haber sido manufacturados en moldes
(8)
.
Cubillos distingue dos
períodos sucesivos, relacionados entre sí, que se distinguen por la distribución
diferencial de ciertos elementos culturales
(9)
. El período más antiguo tiene las
características siguientes: predominio de cerámica "semidura"; escasez de
cerámica pulida, escasez de trípodes y de figuras humanas; entierros individuales y
profundos. El período más reciente se conforma así: predominio de cerámica
"blanda", aumento de cerámica pulida, mayor frecuencia de trípodes, aparición
de ralladores, aparición de artefactos líticos pulidos, construcción de montículos
(tolas), entierros colectivos o individuales a poca profundidad. Acerca de la base
económica el arqueólogo Cubillos opina que los pobladores de Monte Alto eran ante todo
pescadores, pero dedicados también a la caza y a la recolección. La diversificación de
las formas cerámicas y la introducción de nuevos elementos en el período superior, las
interpreta Cubillos como indicios de un avance cultural. Como se observa, nuestra
interpretación no coincide del todo con la que Cubillos hace de sus hallazgos, pero los
nexos entre La Rucia y los materiales del arqueólogo mencionado no dejan duda de que se
trata esencialmente de un solo desarrollo.
Un tercer sitio donde se han
efectuado excavaciones en mayor escala, es el montículo de lnguapí, a unos 16
kilómetros al sur de Tumaco. Aquí la palabra montículo significa una acumulación de
tierra acarreada al lugar, con el objetivo de formar una base alta y seca para construir
vivienda; sobre esta tierra acarreada luego se superpone la basura. La investigación fue
dirigida por el arqueólogo francés Jean-Francois Bouchard
(10)
, quien logró establecer una secuencia de tres
complejos cerámicos, a saber: Inguapí inferior, Inguapí superior y, como complejo más
reciente, Bucheli. Las formas de los complejos Inguapí abarcan platos, platos trípodes,
recipientes semiesféricos, vasijas con ángulo periférico, trípodes con cuerpo
globular, vasijas con vertedera doble, ralladores con incrustaciones de cuarzo. Los modos
decorativos de Inguapí inferior son inciso fino, rojo pintado, bandas rojas, pintura
bicromada y policromada, pintura negativa. En el complejo Inguapí superior se encontró
pintura roja, bandas rojas, pintura policromada y decoración incisa.
Como se puede apreciar
fácilmente, el complejo de Inguapí se asemeja notablemente a la cerámica del montículo
de la quebrada La Rucia, en Monte Alto. Se distingue sin embargo de este último por la
proliferación de la cerámica pintada y por los modos policromados y negativos. Son
nuevos también los platos y algunas formas de recipientes semiglobulares. Figurinas
humanas huecas aparecen en Inguapí superior.
Por cierto, las fechas de
radiocarbono comprueban esta correlación. Para Inguapí inferior hay una fecha de 325
antes de Cristo y para Inguapí superior de 270 años antes de Cristo a 50 años antes de
Cristo, correspondientes a Mataje I y Mataje II
(11)
. Sea dicho aquí que el material cerámico de
Inguapí es de mucho mejor calidad que el del montículo del Mataje; las vasijas son más
simétricas, mejor acabadas y más profusamente decoradas.
Los artefactos líticos
también son parecidos, pues en Inguapí existen las mismas pesas de redes y manos de
moler, como en la secuencia del Mataje. En cambio en Inguapí no hay budares ni metates,
lo que es difícil de explicar.
En el fondo del complejo de
Inguapí inferior se hallaron tres fragmentos de un hilo finísimo de oro, de sección
rectangular. De acuerdo con los conocimientos actuales sería ésta la muestra más
antigua de orfebrería colombiana, con una fecha de 325 antes de Cristo.
La última ocupación del
montículo de Inguapí está representada por el complejo Bucheli. Mientras que en
Inguapí aún no se observaba un montículo propiamente dicho, este tipo de construcción
artificial aparece ahorajunto con las siguientes asociaciones: cerámica, frecuentemente
provista de un marcado ángulo periférico y decorada con motivos geométricos incisos que
cubren la parte superior del recipiente; figurinas antropomorfas macizas de manufactura
burda; ralladores, pesas de red y algunas plaquitas de oro martillado. Una fecha de
radiocarbono de 1075 después de Cristo indica que pasaron mil años desde el final del
complejo Inguapí hasta el complejo Bucheli.
Fuera de Inguapí, Bouchard
y su equipo excavaron varios otros sitios, a saber: El Balsal, El Morro, Pampa de Nerete y
Caúnapí. Mientras que El Balsal representa el complejo Bucheli, El Morro constituye un
nuevo complejo, superpuesto a materiales cerámicos de tipo Inguapí. Son características
de El Morro las copas de pedestal con decoración pintada bicromada blanco y rojo.
En La Pampa de Nerete
encontraron montículos que contenían grandes trípodes decorados con motivos
geométricos incisos y pintados.
Bouchard, en el análisis
comparativo de las investigaciones, concluye que el complejo Inguapí inferior pertenece
aún al final de la Etapa Formativa del Ecuador y sugiere un parentesco con la Fase
Chorrera. En efecto, en Inguapí inferior existen numerosos rasgos de tipo Chorrera que
postenormente, es decir en Inguapí superior, ya no se presentan. Se trata de detalles
decorativos tales como líneas incisas paralelas, cierto tipo de pintura roja brillante y
el pulimento total o parcial de la superficie. En cambio, comenzando con Inguapí
superior, las semejanzas con la Etapa de Desarrollos Regionales del Ecuador son notables.
La fase Inguapí representa pues la transición de la Etapa Formativa (aproximadamente 300
años antes de Cristo) a la de los Desarrollos Regionales. Bouchard presenta estas
comparaciones con Chorrera como alternativa a la teoría de influencias mosoamericanas.
Antes de seguir, caben
algunas observaciones acerca de las figurinas que han dado tanta fama a la arqueología
del área Tolita-Tumaco. Se trata de representaciones antropomorfas y zoomorfas, algunas
veces de talla pequeña pero otras veces llegando a tener una altura de más de 30
centímetros. Estas figuras están, técnica y estéticamente, entre las mejores obras de
arte prehistórico americano e incluyen una amplia gama de presentaciones: hombres y
mujeres, generalmente de pie, parejas abrazándose, madres con sus niños; hay personas
enmascaradas o llevando grandes atavíos de plumas en la cabeza. Todas estas figuras
muestran muchos detalles de vestido y adorno, tales como faldas, delantales y taparrabos;
collares, orejeras y muchos otros elementos. Algunas figuras tienen una deformación
craneana occipital-frontal muy marcada. Las representaciones zoomorfas son de jaguares y
reptiles, lechuzas y monstruosos reptiles, con agudos colmillos y lenguas protuberantes. A
veces la cabeza de un animal o de un monstruo está combinada con un cuerpo humano, en
otros casos una cara humana asoma por la boca abierta de un ave o jaguar monstruoso. Hay
una figura decapitada, con la cabeza puesta dentro del tronco hueco y mirando hacia afuera
por una especie de ventanilla. Algunas de las cabezas humanas están muy individualizadas
y dan la impresión de representar personas específicas. A veces son figuras de ancianos,
algunos de ellos con barba y rasgos faciales demacrados y arrugados. Con alguna frecuencia
se observa un concepto de dualismo, al representar una cara humana dividida verticalmente
en dos mitades, cada una con una expresión facial distinta. Muchas de estas figurinas han
sido manufacturadas en moldes de cerámica; con frecuencia las flgurinas están pintadas,
sobre todo con franjas y zonas rojas.
Siguiendo el litoral hacia
el norte, la frecuencia de sitios arqueológicos disminuye, aunque en los cursos bajos de
algunos ríos (Mira, Satinga, Patía, Iscuandé, etc.), observamos pequeños montículos o
basureros de poca extensión. La cerámica de estos sitios corresponde a formas y
decoraciones semejantes a Inguapí y Mataje, pero la calidad estética de las figurinas es
menos bien lograda. La máxima extensión septentrional de las manifestaciones del área
Tolita-Tumaco se encuentra en el bajo río San Juan y en el bajo río Calima, al norte de
Buenaventura. En el sitio de Cuéllar, en la orilla sur del bajo San Juan, encontramos un
extenso sitio superficial. No apareció estratificación observable pero en una colección
de 5.000 fragmentos cerámicos recogidos en la superficie observamos claramente dos
complejos; el uno relacionado con el complejo de Minguimalo, del medio río San Juan y del
cual se hablará en seguida, y el otro constituido por una extensión de la cerámica de
la región de Tumaco. En este último caso, se trata de recipientes con borde volteado
hacia afuera y de vasijas aproximadamente globulares provistas de un reborde periférico,
ambas formas decoradas con pintura roja, bordes pintados de rojo, y líneas incisas en la
zona bajo el borde. Una cabeza antropomorfa, hueca, finamente trabajada, muestra testos de
pintura roja. Subiendo el río San Juan encontramos la misma cerámica en los sitios de
Boca de Sierpe y Boca de Calima, pero siempre en sitios superficiales que no permitieron
una excavación estratigráfica.
Entrando al río Calima, en
la orilla derecha, descubrimos en 1960 el sitio de Catanguero, un alto barranco no
inundable, sobre el río. Debajo de una capa de más de un metro de tierra aluvial
hallamos un solo estrato cultural que contenía algunos centenares de fragmentos
cerámicos. La excavación de este material dejó reconocer que esta cerámica tiene
marcadas semejanzas con la de Tumaco, notablemente con Mataje I, es de color crema y de
grano fino, y según los fragmentos se reconocen vasijas y copas globulares a
seniiglobulares, con paredes muy delgadas y una decoración de franjas pintadas de rojo y
de zonas triangulares rellenas de incisiones finas. Hay vasijas con reborde sublabial
ondulado y también se encontró un fragmento de una figurina antropomorfa.
Obtuvimos para este complejo
de Catanguero una fecha de 250 años antes de Cristo, lo cual la coloca con los comienzos
de Mataje II o de Inguapí superior
(12)
. Esta correlación parece aceptable pero la
situación geográfica del sitio de Catanguero plantea aquí un problema adicional. Como
veremos en un capítulo posterior, la región del alto río Calima, ya en el departamento
del Valle, es una zona arqueológica muy importante que se caracteriza también por
cerámicas pintadas, incisas y zoomorfas. En efecto, algunos fragmentos
incisos-zonificados de Catanguero muestran marcadas semejanzas con la cerámica llamada
Calima (y con la de Chorrera) y se podría pensar en una relación entre los tres
complejos.
Subiendo el río Calima
encontramos los lugares de Ordóñez, La Trojita, Tatabrito, La Caleta, Guadual y La Loma,
todos sitios arqueológicos con materiales superficiales de cerámica que, en buena parte,
se relaciona con la de la zona de Tumaco.
Pero debemos volver a tratar
del río San Juan, uno de los principales cursos de agua del Chocó. Subiéndolo, a partir
de su confluencia con el río Calima, localizamos algunos sitios superficiales como
Tenendó, Quícharo, Cucurrupí, Puerto Clemencia, Quebrada Piedras, y otros, todos
caracterizados por fragmentos superficiales de una cerámica perteneciente a un complejo
nuevo y tipológicamente muy distinto de los hasta aquí descritos. Sólo al llegar a la
región del caserío de Noanamá hallamos algunos sitios profundos donde pudimos efectuar
excavaciones estratigráficas y fue allí donde identificamos dos nuevos complejos
cerámicos: Minguimalo y Murillo
(13)
.
El sitio de Minguimalo está
cerca del caserío de San Miguel, al norte de Noanamá. Excavamos un corte de más de 3
metros de profundidad que produjo una secuencia de dos complejos culturales, a saber, el
complejo de Murillo, con una fecha de 820 después de Cristo y seguido por el complejo de
Minguimalo, fechado en 1252 y 1432 después de Cristo
(14)
. Los fragmentos cerámicos de Murillo estaban
asociados con restos de grandes postes de madera que estaban bien conservados por el lodo
húmedo. La cerámica de Minguimalo consiste de grandes y medianos recipientes globulares,
con grueso borde volteado hacia afuera. Hay dos modos decorativos muy comunes: el uno
muestra impresiones hechas con la punta del dedo, combinadas con pequeñas impresiones
semilunares marcadas con la uña; la otra decoración está constituida por pequeñas
burbujas producidas al perforar la pared del recipiente con un palillo, desde adentro, de
modo que se forma en el exterior una pequeña cúpula repujada, mientras que en el
interior el hueco se cubrió con greda, dejando un espacio vacío. El complejo Murillo
está decorado con lineas incisas rectas que forman motivos de meandros angulares o de
rectángulos concéntricos. Algunos fragmentos muestran restos de pintura oscura (¿brea?)
sobre fondo natural grisáceo, que consisten en motivos curvilíneos toscamente
ejecutados. En Minguimalo encontramos muchas manos de machacar y triturar; en cambio en
Murillo hallamos un complejo lítico compuesto de grandes metates y manos de moler, lo que
sugiere un cambio marcado en la base de subsistencia de estos dos grupos.
En los alrededores de
Noanamá, San Miguel y Dipurdú, localizamos varios otros sitios, pero todos
superficiales; consistían de materiales cerámicos, los unos del complejo Minguimalo y
los otros de Murillo. Hasta la presente éstos son los principales complejos
arqueológicos que se han identificado en las orillas del río San Juan.
Regresando nuevamente al
Litoral Pacífico, los sitios arqueológicos son muy difíciles de localizar. Los
manglares y tupidas selvas hacen que sólo raras veces se encontrara algún sitio
prehistórico en los barrancos de un río o sobre la cima de alguna loma.
Al subir por el río Baudó
y por su afluente, el río Catrú, observamos en el lecho de este último grandes bloques
de sfiex color de miel, excelente materia prima para la manufactura de una multitud de
utensilios tales como cuchillos, raspadores, perforadores y otros. En efecto, en varios
lugares de las orillas del Catrú encontramos artefactos líticos superficiales, todos de
una tipología esencialmente paleoindia/arcaica. En ningún caso había asociaciones con
cerámica o con objetos de piedra pulida, de manera que prevalece la impresión de ser un
complejo lítico muy antiguo. Pero no hay pruebas contundentes, puede ser que tales
técnicas hayan perdurado a través de los milenios. Hallamos artefactos parecidos en las
orillas de los ríos Juruvidá y Chorí, en Cabo Corrientes y en la Bahía de Utría
(15)
.
Aún más hacia el norte se
abre la Bahía de Cupica, donde excavamos un extenso sitio arqueológico. Se trata de un
leve túmulo funerario, ubicado en un manglar llamado Estero de la Resaca, en un terreno
que se inunda cada vez que sube la marea que, en esta región, alcanza a unos 3 metros.
Los entierros secundarios de este túmulo forman estratos que contienen a veces vasijas
aisladas, depositadas en calidad de ofrendas. Los restos óseos han desaparecido por completo
(16)
.
La excavación nos demostró
que se trata de tres estratos superpuestos, que contienen un total de 38 pozos de
entierros. La fase más antigua consistió de 24 vasijas; la intermedia de 19 y la más
reciente de 30. Se observa una gran variedad de formas, técnicas y modos decorativos,
desde vasijas esculpidas y modeladas, copas de pedestal y recipientes de doble vertedera,
hasta vasijas antropomorfas policromadas. Obviamente se trata de varias tradiciones
cerámicas que tienen nexos tanto con Panamá como con la región del Golfo de Urabá y
del Sinú. Se trata pues de influencias venidas del Norte y que entraron al Chocó
siguiendo por el litoral y por el río Atrato. La fase intermedia se pudo fechar en 1215
años después de Cristo y corresponde bien a la posición cronológica de los complejos
centroamericanos (Coclé). Por su variedad de formas y modos decorativos la cerámica de
Cupica se distingue marcadamente de la de los sitios del río San Juan, la cual es
comparativamente burda. No parece que aquella intrusión norteña haya avanzado más allá
de Cupica y más bien puede que se trate de una o varias avanzadas aisladas. Parece que la
alta lluviosidad impidió un asentamiento más permanente. En Cupica también se excavaron
artefactos líticos, raspadores de cuarzo, volantes de huso de greda cocida y un hacha
pulida, de forma trapezoidal. En un entierro encontramos una pequeña nariguera de oro, en
forma de anillo abierto.
Siguiendo por la Costa,
hasta la frontera con Panamá, no se han hallado más sitios y una exploración de los
ríos Jampavadó y Juradó no nos dio resultados positivos. En un somero reconocimiento
del bajo río Atrato tampoco logramos localizar vestigios arqueológicos, salvo algunos
esporádicos fragmentos cerámicos, sin valor diagnóstico.
Al terminar este resumen
sobre la Costa Pacífica, caben algunas observaciones finales. Es muy significativa en
todos los sitios arqueológicos costaneros la casi total falta de conchas comestibles y de
restos óseos de animales. Esta ausencia es difícil de explicar, salvo el caso que se
hayan desintegrado por la humedad, pues tanto en el litoral como en los manglares abundan
peces, moluscos comestibles y presas menores de cacería.
Trataremos ahora nuevamente
de la Costa Caribe, para trazar allí los desarrollos que siguieron a la Etapa Formativa
Tardía.
En el valle del río
Ranchería, una ancha depresión entre la Sierra Nevada de Santa Marta y las estribaciones
septentrionales de la Cordillera Oriental, encontramos una secuencia de períodos
representados por varios complejos cerámicos denominados según sus sitios tipos: La
Loma, -El Horno, Portacelli y Los Cocos
(17)
. Estos complejos identificados en profundos
basureros, que también contenían entierros primarios y secundarios, se encontraron en
sitios ubicados en las orillas del río y de sus afluentes; la presencia de pesados
metates indica la forma de vida sedentaria de aquellos cultivadores de maíz. El cultivo
de la yuca también puede haber sido de importancia, pues se observan fragmentos de
grandes budares. En la actualidad ésta es una región muy árida que forma parte del
ambiente climático del desierto de La Guajira, pero en épocas pasadas parece que haya
habido una precipitación pluvial más alta y, por consiguiente, una flora y fauna
diferentes. Algunos sitios arqueológicos están ubicados en zonas periféricas de
depresiones, que parecen haber sido pequeñas lagunas o pantanos; otros se hallan en las
riberas de cauces y zanjones secos hoy en día, aun en la estación lluviosa. Restos
faunísticos tales como huesos de mamíferos selváticos y las conchas de ciertos
caracoles terrestres que pertenecen a especies generalmente asociadas con un ambiente
selvático húmedo son indicios de un cambio climático, lo mismo como las aves acuáticas
que frecuentemente se representan en la decoración pintada de la cerámica, pero que han
desaparecido de la región.
Los períodos La Loma y El
Horno constituyen el llamado Primer Horizonte Pintado de esta área, caracterizado por el
uso predominante de pintura policromada y bicromada. Son muy típicos los elementos
curvilineares; hay espirales, líneas onduladas, motivos sigmoideos, motivos en forma de
peine, todo ello pintado en rojo y negro, sobre el fondo de un baño color crema. Hay gran
abundancia de formas: platos pandos, copas de pedestal cilíndrico, vasijas de silueta
compuesta, pequeñas copas con múltiples soportes abombados. Un tipo cerámico, de color
negro brillante, lleva una decoración incisa curvilinear, y a veces las incisiones se
rellenaron con un pigmento mineral blanco, para hacer resaltar el motivo inciso. En el
período El Horno son frecuentes las figuras antropomorfas huecas, caracterizadas por
piernas muy abultadas, pero por lo demás con facciones realistas; generalmente estas
figuras están pintadas con colores muy vivos. Los dos períodos -La Loma y El Horno-
aúnque cronológicamente distantes, muestran un énfasis en cerámicas modeladas y de
fuertes colores, contrastando mucho con las tradiciones cerámicas del Formativo Temprano,
cuyas cerámicas estaban decoradas ante todo con incisiones y eran generalmente
monocromas.
__________
1.
Sobre el cultivo del maíz véanse, entre otros: Roberta, L. M. et al. "Razas de
maíz en Colombia" Boletín Técnico, N° 2. Ministerio de Agricultura. Bogotá,
1951; Mangelsdorf, Paul C. "The Mystery of Corn: New Perspectives" Proceedings
of the American Philosopbical Society, Vol. 127. N° 4. pp. 215-247, Philadelphia, 1983;
Zevallos M. Carlos et al. "The San Pablo Corn Kernel and Its Friends" Science,
Vol. 196, pp. 385-389, 1977. (regresar a 1)
2. La introducción del entierro en urnas podría sugerir un cambio
en las costumbres religiosas. En el siglo noveno antes de Cristo, en la Etapa Formativa,
ya se practicaba el entierro Secundario (Reichel-Dolmatoff, 1985), pero urnas propiamente
dichas sólo aparecen más tarde. (regresar a 2)
3. Además reconozco que esta influencia no es la única, ya que,
fuera de indudables elementos mesoamericanos, existen otros que pueden ser de origen
sureño.(regresar a 3)
4.
Para ilustraciones, véase ante todo Lathrap, Collier y Chandra, 1975. (regresar a 4)
5. Para un resumen geográfico de la Costa Pacífica, véase West,
Robert C. "The Paciflc Lowlands of Colombia: A Negroid Area of the American
Tropics",Louisiana State University Studies. Social Science Series, N° 8. Baton
Rouge, 1957. (regresar a 5)
6. Entre 1960 y 1962 se llevó a cabo un proyecto de
investigación del Institute of Andean Research, Washington. con el objetivo de explorar
las costas entre Mesoamérica y los Andes Centrales. La exploración del trecho
colombiano, desde Panamá hasta Ecuador, estuvo a cargo del autor y su esposa. (regresar a 6)
7. Las fechas exactas son M-1480, Mataje I, 2350 ± 130 antes de
presente, 400 años antes de Cristo; M-1479, Mataje II, 2250± 200 antes de presente. 300
años antes de Cristo; hasta M1478, 1940 ± 130 antes de presente, 10 después de Cristo.
(regresar a 7)
8. Acerca de las figurinas caben las siguientes observaciones.
Indudablemente se trata de un desarrollo artístico extraordinario que ha llamado mucho la
atención de especialistas y aficionados. Estos últimos han hecho grandes colecciones
particulares, pero la mayoría de las piezas existentes en colecciones privadas colombinas
son de origen ecuatoriano, aunque hayan sido adquiridas como procedentes de Tumaco. (regresar a 8)
9.
Cubillos, Julio César. Tumaco: Notas Arqueológicas. Ministerio de Educación Nacional.
departamento de Extensión Cultural, Editorial Minerva, Bogotá. 1955. (regresar a 9)
10. Bouchard. Jean-François. "Investigaciones en la
Costa Pacífica meridional de Colombia: El Proyecto Tumaco Revista Colombiana de
Antropología, Vol. XXI, pp. 283-3 14, Bogotá, 1977-1978; id. "Hilos de oro
martillado hallados en la costa meridional" Boletín Museo del Oro, Año 2, pp.
21-24, Banco de la República. Bogotá, 1980; id. "Recherches archéologiques dans la
région de Tumaco, Colombia "Mémoire N°34 del Insuitut Français dEtudes
Andines. París, 1984; Bouchard, Jean-François & Alberto Cadena "Las figurillas
zoomorfas del litoral pacífico ecuatorial" Bulletin de lInstitut Français
d'Etudes Andines, Vol. IX, Nos. 3-4, pp. 49-68, Lima, 1981. (regresar
a 10)
11. Las fechas exactas para Inguapí son: Ny 642 2275 ± 85 antes
de presente, 325 antes de Cristo: Ny 639 2220 ± 85 antes de presente, 270 años antes de
Cristo; Ny 640 20064 80 antes de presente, 50 años antes de Cristo (Bouchard, 1984, p.
82). (regresar a 11)
12. La fecha es M- 1170 2200 ± 100 antes de presente, 250 años
antes de Cristo (Radiocarbón, Vol. 5, pp. 246-247). (regresar a 12)
13. Reichel-Dolmatoff. Gerardo y Alicia "Investigaciones
arqueológicas en la Costa Pacífica de Colombia: Una secuencia cultural del bajo río San
Juan" Revista Colombiana de Antropología Vol. XI, pp. 9-73, Bogotá, 1962. (regresar a 13)
14.
Las fechas son: M-1168 1130 ± 820 antes de presente, 820 después de Cristo; M-1169 710
± 75 antes de presente, 1240 después de Cristo; M-l 171 530 ± 75 antes de presente,
1420 después de Cristo (Radiocarbón, Vol. 5, pp. 246-247). (regresar a
14)
15. La mayoría de las bolsas que contenían estos artefactos me
fueron robadas durante el viaje (Cf. Capítulo III). (regresar a 15)
16. Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia "Investigaciones
arqueológicas en la Costa Pacífica de Colombia: El sitio de Cupica" Revista
Colombiana de Antropología, Vol. X, pp. 237-331, Bogotá. 1961. En 1927. los
antropólogos suecos Sigvald Linné y Erland Nordenskiold efectuaron la primera
exploración arqueológica y etnográfica del Chocó. Linné excavó en la Babia de
Cupica, aparentemente en las inmediaciones del sitio posterionnente excavado por nosotros.
Véase Linné, Sigvald.Darien in the Past: The Archaeology of Eastern Panama and
Northwestern Colombia. Göteborgs Kungl. Vetenskaps - och Vitterhets - Samhälles. (regresar a 16)
17. Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia "Investigaciones
arqueológicas en el departamento del Magdalena, Colombia, 1946-1950 Parte I. Arqueología
del Río Ranchería; Parte II. Arqueología del Río Cesar" Boletín de Arqueología.
Vol. III. Nos. 1-6, pp. 1-334, Bogotá, 1951. (regresar a 17)
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