ARQUEOLOGÍA DE COLOMBIA
Un texto introductorio
Gerardo Reichel-Dolmatoff
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Capítulo V

LOS DESARROLLOS REGIONALES: LAS COSTAS

La introducción y aceptación del cultivo de maíz en gran escala tuvo un fuerte impacto en las sociedades agrícolas de las tierras bajas tropicales. El alto valor nutritivo del maíz, junto con su fácil adaptación a diferentes suelos, alturas y condiciones climáticas, hicieron posible tal vez la penetración al interior del territorio y el poblamiento de las faldas y serranías, distantes de los cursos de los ríos y lagunas. Parece haber sido el cultivo de maíz lo que permitió a una creciente población expandirse rápidamente sobre las vertientes de las cordilleras colombianas, zonas que hasta entonces probablemente habían sido poco pobladas.

Esta probable adaptación ecológica llevó al desarrollo de una pauta de asentamiento que se caracterizó por una tendencia a la descentralización. La población, siempre en aumento, comenzó a extenderse sobre las vertientes tropicales y subtropicales, donde construyó sus viviendas esparcidas, a veces solitarias, en ocasiones en grupos de parentelas, que ocupaban tres o cuatro viviendas, donde quiera el terreno accidentado parecía propicia para un plantío.

Este nuevo rumbo hacia los valles montañosos, desde luego no llevó a la deserción de las tierras bajas; numerosos grupos continuaron alli su anterior modo de vida, pero la tendencia general fue hacia el interior, hacia los valles de las cordilleras.

Entre las consecuencias más notables de este desarrollo, se destacan algunas que deben tratarse en más detalle, debido a su particular importancia.

En primer lugar, un movimiento demográfico hacia el interior montañoso, debe haber dado un gran ímpetu a las técnicas y a la experimentación agrícola. Colombia ocupa un lugar muy importante en el campo de la domesticación y diversificación de cultígenos nativos y los innumerables microambientes, en diferentes alturas, con características edáficas y factores meteorológicos variados, constituyen un laboratorio ideal para estos fines. Un considerable conocimiento, basado en experimentos con nuevos cultivos o nuevas variedades de especies ya domesticadas, debe haberse acumulado en las tierras bajas ya tiempos atrás, y la domesticación de ciertas raíces que prosperan en zonas de escasa o irregular precipitación, quizás llevó al poblamiento esporádico de regiones interfluviales, pero una vez que ya se había logrado, gracias al maíz, la independencia definitiva del ambiente litoral y ribereño, la ocupación de las nuevas tierras dio grandes estímulos a la intensificación y, ante todo, diversificación, de las prácticas agrícolas.

Ahora bien, el cultivo del maíz (1) , si quiere ser exitoso, necesita grandes cantidades de lluvia y de sol, pero la productividad depende no tanto de la cantidad de precipitación sino de su distribución estacional. Se puede decir entonces que, en cierta manera, las exigencias de este cultivo que, desde luego, es en sí un producto cultural, mostraron el camino hacia aquellas regiones donde la productividad fue máxima debido a una combinación particularmente favorable de factores ambientales y meteorológicos. Al mismo tiempo, un tal medioambiente era propicio a una amplia gama de otras plantas altamente productivas, gran variedad de las cuales podían cultivarse en las fértiles vertientes templadas de las cordilleras. Dentro de este potencial ambiental econtramos ahora el germen del cambio de un modo de vida. Las comunidades maiceras comenzaron a establecerse sobre una amplia área de las montañas, ascendiendo los valles del Magdalena y Cauca, y colonizando las laderas de los Andes.

Una segunda consecuencia de la dispersión de los cultivadores de maíz, fue de no menos importancia que la expansión de su desarrollo agrícola. Por entonces, la vida en las hoyas, en los estrechos valles o en los altiplanos fríos, estaba marcada por el regionalismo y por el aislamiento cultural. En las tierras bajas de la Costa había habido siempre un común denominador en términos de condiciones climáticas similares, y de un sistema económiço generalizado, que se basaba en recursos ribereños, lacustres y marítimos; pero ahora aquella unidad anterior estaba desapareciendo. La adaptación a microambientes específicos llevó a la diversificación y al advenimiento de culturas locales que, aunque a veces ocupaban valles vecinos, se diferenciaban mucho en su ámbito y contenido. Aparentemente aquí no había contradicciones ni estilos-horizontes comparables a los de los Andes Centrales, sino más bien una marcada diversidad debida al aislamiento geográflco y cultural, así como a las diferentes maneras como las gentes confrontaban sus medioambientes locales.

Debemos examinar en más detalle los testimonios arqueológicos que nos dejaron las comunidades maiceras que, al comienzo de nuestra era, poblaban el interior y las Costas. Por lo que se puede deducir, en el estado actual de las investigaciones, la tendencia a la descentralización prevaleció sobre amplias regiones. En las estribaciones más norteñas de las tres cordilleras, en las laderas de los valles del Magdalena y Cauca, y en el Macizo Andino, se encuentran diseminados y aislados muchos pequeños sitios de vivienda, a diferentes alturas. Para unas gentes acostumbradas a la vida ribereña o llanera, el ambiente de las vertientes planteó, entre otros, ciertos problemas tecnológicos, en lo que se refiere a la arquitectura doméstica. A veces fue difícil encontrar un pedazo de tierra plana para construir una vivienda y se hizo necesario preparar un trecho piano, por medio de una combinación de cortes y rellenos. Dichos pequeños sitios de habitación, circulares o semicirculares, son muy característicos para estos grupos de las laderas, y asociados con ellos encontramos alineamientos de piedras, círculos de bloques irregulares, o pequeñas murallas de contención rodeando parte de la plataforma de vivienda. Tenemos pues, aquí, una fase temprana de ingeniería y arquitectura que, aunque no tuvo mayores desarrollos, constituye un rasgo frecuente entre los cultivadores de maíz. En estos sitios se hallan grandes y pesados metates y manos de moler, los pruneros profundamente ahuecados, lo cual atestigua su uso durante generaciones. Estos metates los encontramos generalmente dentro de la vivienda o en el patio adyacente, pero a veces hay profundas depresiones en grandes rocas vecinas, que fueron usadas como morteros, artesas o pilones.

La cerámica de aquellos sitios, por lo general, es burda pero bien hecha; el desgrasante es de arena o a veces consiste de fragmentos cerámicos molidos, lo último especialmente en las zonas del interior. En la Costa existe a veces un desgrasante de conchas trituradas, combinado con arena muy fina. La mayoría de las vasijas está quemada en una atmósfera oxidante y tiene un color carmelita-rojizo, pero cerámicas negras ocurren en ocasiones. Hay gran cantidad de formas: son frecuentes las bases anulares o altos soportes de pedestal; hay vertederas tubulares, gran variedad de manijas y agarraderas, así como vasijas de silueta compuesta, con una división formal muy clara en base, cuerpo y cuello. El modo decorativo principal sigue siendo la incisión, y los motivos así trazados cubren la mitad superior del cuerpo o, inclusive, el cuello de las vasijas; pero también se hacen presentes el modelaje, la aplicación de peloticas o bandas y la decoración pintada de rojo. Son comunes las grandes tinajas para el almacenamiento de agua, excepto en lugares inmediatos a un curso de agua, y recipientes similares probablemente se usaron para la preparación de la chicha.

Figurinas humanas de arcilla son más bien escasas y en su lugar se encuentran ahora vasijas antropomorfas de diversos tipos. Pesadas hachas de piedra, deforma trapezoidal, son muy comunes y atestiguan la labor de desmonte; también son frecuentes los volantes de huso, cuentas de collar de piedras perforadas, y muchos pequeños adornos personales tallados de piedras finas. Es posible que el entierro en urnas de cerámica se extendió en aquellos tiempos. Primero usaban para este fin grandes tinajas de uso diario, pero luego manufacturaron urnas ovoidales o cilíndricas, estrictamente para usos funerarios (2) .

Sería peligroso tratar de generalizar para todo el país o aún para áreas restringidas, como por ejemplo, el valle del Magdalena o la Cordillera Central; las diferencias regionales son tan marcadas que cualquier correlación global será altamente dudosa. Además, para muchas regiones del interior se carece aún de informaciones detalladas acerca de sitios arqueológicos y, ante todo, de excavaciones estratigráficamente controlados. Es necesario, entonces, limitar nuestras apreciaciones a algunas regiones, donde se han efectuado excavaciones metódicas o, por lo menos, se han hecho investigaciones sobre los desarrollos culturales, que son el tema del presente capítulo. Sin embargo, antes de ocuparnos de la descripción de regiones y sitios específicos debemos considerar primero algunos nuevos aspectos, esta vez en el occidente del país, en la Costa Pacífica.

Según las fechas de radiocarbono, alrededor de 500 años antes de Cristo, pero probablemente ya en una época más antigua, apareció cierto nuevo complejo cultural, en la parte sureña de la Costa Pacífica, sobre todo entre la desembocadura del río San Juan y la isla de Tumaco, esta última ya cerca de la frontera con el Ecuador. Según parece, esta nueva cultura (o culturas) no se deriva de una tradición costanera anterior; he propuesto una posible influencia mesoamericana en esta región (3) .

Mientras que al norte del río San Juan las manifestaciones de este complejo cultural casi no existen, ellas aumentan considerablemente hacia el sur y, tanto en el delta del río Paría como en la zona de Tumaco, hay numerosos sitios que atestiguan la expansión de estos colonizadores.

Las fechas de radiocarbono disponibles colocan esta intrusión a la Costa Pacífica, en un período de aproximadamente 500 años antes de Cristo al primer siglo después de Cristo, pero bien puede ser que los primeros vestigios en la Costa Pacffica colombiana se remonten a fechas mucho más antiguas.

Los elementos introducidos por esta población tienen como rasgos cerámicos característicos, los siguientes: cazuelas muy finamente hechas, de paredes delgadas y provistas de soportes mamiformes huecos; vasijas con doble vertedera; vasijas con rebordes sublabiales, periféricos ondulados o rebordes basales; vasijas con soportes altos, puntiagudos; vasijas con baño rojo o carmelita, con motivos geométricos finalmente incisos; pintura carmelita; pintura blanca sobre fondo rojo, figuras antropomorfas y zoomorfas de gran variedad de formas y expresiones. Los grandes metates y manos de moler indican la agricultura del maíz y la acumulación de basuras y pisos de vivienda, hasta varios metros de grosor, sugiere una vida sedentaria en aldeas o en casas dispersas (4) .

El hecho de que los asentamientos en la Costa Pacífica aumenten hacia el sur, tanto en frecuencia como en profundidad de acumulación de basuras, se debe probablemente al limitado potencial agrícola del Chocó, la zona septentrional de la Costa Pacífica donde la muy alta lluviosidad y las tierras lixiviadas oponen serios obstáculos a la vida sedentaria de horticultores.

Para ellos la Costa Pacífica septentrional y los inmensos manglares al sur de Buenaventura deben haber parecido inhóspitos, y así aquellos colonizadores se concentraron más bien en la región mucho menos lluviosa de Tumaco (5) .

En la parte sur de la Costa Pacífica se distinguen esencialmente dos grandes ecosistemas bien definidos: el litoral marítimo, con sus manglares, y las tierras bajas aluviales cubiertas con selvas. Los pobladores de los sitios arqueológicos hasta ahora investigados, parece que participaron en ambos sistemas, ubicándose con preferencia muy cerca del mar, dentro de los manglares, por cuya red de canales tuvieron acceso a las zonas selváticas y a las leves colinas no inundadizas.

Figura 44. Figura decapitada; región Tumaco. Museo Nacional de Bogotá.

Figura 45. Figurina femenina; región Tumaco. Museo Arqueológico Casa de Marquez de San Jorge

Figura 46. Perfil oriental del Corte I; Portacelli

Figura 47. Fragmento antropomorfo; Crespo.

Figura 48. Fragmentos cerámicos con pintura negra sobre pintura roja; Ciénaga de Luruaco.
Figura 49. Excavación del túmulo Pacífico; Zambrano (ver figuras 44,45,46,47,48 y 49)

Carecemos de datos acerca de los primeros pobladores de esta región. Si existen vestigios de ellos, éstos probablemente están cubiertos por espesos estratos de sedimentos, salvo en algunas zonas elevadas, pero estas últimas aún no han sido exploradas. No conocemos los desarrollos paleoindígenas, arcaicos o formativos de esta parte del país, y sólo a partir del Formativo Tardío contamos con algunas informaciones. La mayoría de los sitios investigados hasta la presente y que, en realidad, son muy pocos, contienen vestigios culturales que pertenecen a la Etapa de Desarrollos Regionales, pero aún no constituyen una imagen coherente (6) .

Culturalmente el litoral septentrional del Ecuador, desde el río Esmeraldas, y la mitad meridional del Litoral Pacífico de Colombia, hasta el bajo río San Juan, forman una sola zona arqueológica que podemos designar como Area Tolita-Tumaco. Cronológicamente se pueden reconocer en dicha área varios períodos, pero la dinámica de su sucesión y de sus desarrollos locales está aún lejos de formar un cuadro sucinto, sobre todo en lo que se refiere a la parte del territorio colombiano. Es allí donde, en algunas partes, parece que haya continuidad de desarrollo interno, en otras es evidente que hubo períodos de desocupación más o menos prolongados; en unas zonas hay contacto entre grupos vecinos mientras que en otras parece que predominaba cierto aislamiento. Existen marcadas diferencias tipológicas y tecnológicas, tanto en un sentido de expansión horizontal como en un sentido vertical cronológico.

Según la cronología ecuatoriana, la Etapa Formativa está constituida esencialmente por la secuencia Valdivia-Machalilla-Chorrera, a la cual sigue la Etapa de Desarrollos Regionales. Esta última consiste, en la Costa de Esmeraldas, en la Fase Tolita; en la Costa de Manabí, en la Fase Bahía Jama-Coaque; en la costa del río Guayas, por la Fase Guangala, y en la cuenca del Guayas, por las Fases Tejar-Daule. La Etapa de los Desarrollos Regionales del Ecuador abarca aproximadamente mil años, desde 500 años antes de Cristo hasta 500 después de Cristo.

En Colombia, infortunadamente, no podemos distinguir aún esta secuencia de fases y es pues muy arriesgado tratar de generalizar. La mejor manera de presentación consiste entonces en describir los resultados de algunas investigaciones.

La región de Monte Alto está ubicada sobre la margen izquierda del bajo río Mataje, el cual forma la frontera con el Ecuador. En efecto, Monte Alto queda, en línea recta, en la mitad del trayecto entre Tumaco y la Tolita. En medio de los manglares se levantan algunas colinas cubiertas de selva, que no están expuestas a las mareas, y sobre ellas se encuentran extensos sitios de habitaciones prehistóricas. Efectuamos una amplia excavación en un montículo ubicado en la confluencia del río Mataje y la quebrada La Rucia y pudimos constatar que se trataba de una acumulación de despojos culturales, de casi 3 metros de profundidad, los cuales se habían depositado en este lugar, en el curso de cuatro siglos, entre aproximadamente 500 años antes de Cristo y la primera década después de Cristo. Este lapso corresponde pues a la primera parte de la Fase Tolita, del vecino litoral ecuatoriano.

He dividido la secuencia en tres períodos, de acuerdo con las características de la estratificación ffsica y cultural, a saber, Mataje I, desde una fecha aproximadamente de 500 años antes de Cristo hasta 400 años antes de Cristo; Mataje II, de 300 años antes de Cristo hasta 10 después de Cristo, y Mataje III; sin fechas absolutas, pero perteneciente con toda probabilidad a los primeros siglos de la Era Cristiana (7) .

En el período Mataje I encontramos fragmentos que indican las formas cerámicas siguientes: grandes platos pandos de tipo budare; vasijas globulares o subglobulares con borde volteado hacia afuera; vasijas de doble vertedera, de forma más o menos globular y con un puente de sección plano-convexa, que une los dos tubos o picos; trípodes grandes, de forma aproximadamente globular, con soportes cónicos alargados y sólidos; cazuelas con ángulo periférico; vasijas con reborde sublabial, vasijas con base anular.

En cuanto a la decoración de dicha cerámica encontramos los siguientes modos: baño rojo o carmelita combinado con incisiones geométricas finas lineares; pintura carmelita clara sobre fondo rojo o naranja, en motivos geométricos sencillos; franjas rojas en el borde de las vasijas; baño rojo o crema; muescas impresas en bordes o ángulos periféricos; protuberancias semiglobulares pequeñas, cerca del borde.

Hallamos varios fragmentos de figurinas humanas macizas, aparentemente femeninas, de pie y con brazos colgantes abiertos. Ya que sólo encontramos fragmentos pequeños y erosionados, sus detalles diagnósticos son difíciles de establecer.

Entre los artefactos líticos observamos manos demoler y de triturar, así como metates. Hay numerosas pesas para redes, que consisten de piedras ovaladas provistas de muescas o escotaduras laterales, para amarrarlas a las redes de pesca.

Algunas formas cerámicas (budares) y las manos de triturar sugieren que se trata de grupos agrícolas; las pesas de redes atestiguan la pesca marítima y, desde luego, la navegación. El modo de vida parece haber sido sedentario, al juzgar por la gran cantidad de despojos culturales acumulados.

Acerca de la evolución cultural general caben las siguientes observaciones. Aproximadamente a los 2.20 metros debajo de la superficie, observamos un piso de vivienda marcado por desperdicios pisados y triturados, pero sin fogones. A 1.90 debajo de la superficie, a partir dc un contacto entre una tierra carmelita rojiza y otra de color carmelita oscura, aparecen algunos elementos nuevos: trípodes con soportes globulares o mamiformes huecos, vasijas con cortos cuellos cilíndricos; decoración del borde con impresiones triangulares.

En el período Mataje II continúan muchas de las formas y modos decorativos, pero se introducen algunos cambios característicos. Aparecen entonces grandes tinajas, probablemente destinadas a contener líquidos, tal vez chicha; también se modifican algunos detalles de forma en las vasijas de doble vertedera. La decoración incisa fina tiende a desaparecer, lo mismo que el baño de color rojo o crema. Igualmente hay cambios en la distribución numérica de ciertas formas y modos decorativos. En términos generales se puede decir que hay un desmejoramiento en la cerámica, tanto en un sentido tecnológico como estético. La cocción no está bien controlada; las formas son algo irregulares y menos simétricas y la decoración carece de precisión en su diseño y ejecución. La misma matriz tiene características particulares en cuanto se trata inicialmente de una tierra mixta, luego se presenta un estrato de greda roja, al cual sigue por último una gruesa capa de tierra anaranjada.

El período Mataje III está separado del anterior por un estrato culturalmente estéril, y ya pertenece a la Era Cristiana, pero no tenemos fechas absolutas para determinar su posición cronológica con más precisión. La tradición cerámica continúa con leves modificaciones pero nuevamente se observa cierta decadencia tecnológica y artística, si la comparamos con la del período Mataje I. Se podría pensar en un lento decaimiento de una cultura inicialinente bien desarrollada pero que, al establecerse en esta zona, sufre bajo condiciones climáticas no acostumbradas y no ha desarrollado aún los mecanismos de una adaptación adecuada. Un rasgo nuevo que se introduce en este período consiste en ralladores hechos de cerámica; se trata de bandejas provistas a veces de un pequeño borde y cuyo fondo plano está cubierto por pequeñas esquirlas de cuarzo que están incrustadas en la greda. La forma de estas bandejas es alargada, a veces algo elíptica. Obviamente se trata de rallos, pero no de yuca u otras raíces grandes, sino más bien de ají o algún otro condimento.

La secuencia tripartita del montículo del Mataje ofrece un esquema cronológico y tipológico general que puede servir como marco de referencia para otros sitios del área Tolita-Tumaco. Algunos años antes de nuestras excavaciones en Monte Alto, se habían efectuado extensas investigaciones en la misma zona, cerca del montículo de la quebrada La Rucia. El arqueólogo Julio César Cubillos había excavado diez cortes, encontrando depósitos culturales hasta de 3.50 metros de profundidad, así como varios entierros que contenían uno o más esqueletos. El material cerámico y lítico corresponde a grandes rasgos al hallado en el montículo de la quebrada La Rucia, salvo que Cubillos halló muchas más figuras modeladas, algunas de ellas zoomorfas (aves, felinos) y otras que presentan formas monstruosas; algunos ejemplares de estas figurinas parecen haber sido manufacturados en moldes (8) .

Cubillos distingue dos períodos sucesivos, relacionados entre sí, que se distinguen por la distribución diferencial de ciertos elementos culturales (9) . El período más antiguo tiene las características siguientes: predominio de cerámica "semidura"; escasez de cerámica pulida, escasez de trípodes y de figuras humanas; entierros individuales y profundos. El período más reciente se conforma así: predominio de cerámica "blanda", aumento de cerámica pulida, mayor frecuencia de trípodes, aparición de ralladores, aparición de artefactos líticos pulidos, construcción de montículos (tolas), entierros colectivos o individuales a poca profundidad. Acerca de la base económica el arqueólogo Cubillos opina que los pobladores de Monte Alto eran ante todo pescadores, pero dedicados también a la caza y a la recolección. La diversificación de las formas cerámicas y la introducción de nuevos elementos en el período superior, las interpreta Cubillos como indicios de un avance cultural. Como se observa, nuestra interpretación no coincide del todo con la que Cubillos hace de sus hallazgos, pero los nexos entre La Rucia y los materiales del arqueólogo mencionado no dejan duda de que se trata esencialmente de un solo desarrollo.

Un tercer sitio donde se han efectuado excavaciones en mayor escala, es el montículo de lnguapí, a unos 16 kilómetros al sur de Tumaco. Aquí la palabra montículo significa una acumulación de tierra acarreada al lugar, con el objetivo de formar una base alta y seca para construir vivienda; sobre esta tierra acarreada luego se superpone la basura. La investigación fue dirigida por el arqueólogo francés Jean-Francois Bouchard (10) , quien logró establecer una secuencia de tres complejos cerámicos, a saber: Inguapí inferior, Inguapí superior y, como complejo más reciente, Bucheli. Las formas de los complejos Inguapí abarcan platos, platos trípodes, recipientes semiesféricos, vasijas con ángulo periférico, trípodes con cuerpo globular, vasijas con vertedera doble, ralladores con incrustaciones de cuarzo. Los modos decorativos de Inguapí inferior son inciso fino, rojo pintado, bandas rojas, pintura bicromada y policromada, pintura negativa. En el complejo Inguapí superior se encontró pintura roja, bandas rojas, pintura policromada y decoración incisa.

Como se puede apreciar fácilmente, el complejo de Inguapí se asemeja notablemente a la cerámica del montículo de la quebrada La Rucia, en Monte Alto. Se distingue sin embargo de este último por la proliferación de la cerámica pintada y por los modos policromados y negativos. Son nuevos también los platos y algunas formas de recipientes semiglobulares. Figurinas humanas huecas aparecen en Inguapí superior.

Por cierto, las fechas de radiocarbono comprueban esta correlación. Para Inguapí inferior hay una fecha de 325 antes de Cristo y para Inguapí superior de 270 años antes de Cristo a 50 años antes de Cristo, correspondientes a Mataje I y Mataje II (11) . Sea dicho aquí que el material cerámico de Inguapí es de mucho mejor calidad que el del montículo del Mataje; las vasijas son más simétricas, mejor acabadas y más profusamente decoradas.

Los artefactos líticos también son parecidos, pues en Inguapí existen las mismas pesas de redes y manos de moler, como en la secuencia del Mataje. En cambio en Inguapí no hay budares ni metates, lo que es difícil de explicar.

En el fondo del complejo de Inguapí inferior se hallaron tres fragmentos de un hilo finísimo de oro, de sección rectangular. De acuerdo con los conocimientos actuales sería ésta la muestra más antigua de orfebrería colombiana, con una fecha de 325 antes de Cristo.

La última ocupación del montículo de Inguapí está representada por el complejo Bucheli. Mientras que en Inguapí aún no se observaba un montículo propiamente dicho, este tipo de construcción artificial aparece ahorajunto con las siguientes asociaciones: cerámica, frecuentemente provista de un marcado ángulo periférico y decorada con motivos geométricos incisos que cubren la parte superior del recipiente; figurinas antropomorfas macizas de manufactura burda; ralladores, pesas de red y algunas plaquitas de oro martillado. Una fecha de radiocarbono de 1075 después de Cristo indica que pasaron mil años desde el final del complejo Inguapí hasta el complejo Bucheli.

Fuera de Inguapí, Bouchard y su equipo excavaron varios otros sitios, a saber: El Balsal, El Morro, Pampa de Nerete y Caúnapí. Mientras que El Balsal representa el complejo Bucheli, El Morro constituye un nuevo complejo, superpuesto a materiales cerámicos de tipo Inguapí. Son características de El Morro las copas de pedestal con decoración pintada bicromada blanco y rojo.

En La Pampa de Nerete encontraron montículos que contenían grandes trípodes decorados con motivos geométricos incisos y pintados.

Bouchard, en el análisis comparativo de las investigaciones, concluye que el complejo Inguapí inferior pertenece aún al final de la Etapa Formativa del Ecuador y sugiere un parentesco con la Fase Chorrera. En efecto, en Inguapí inferior existen numerosos rasgos de tipo Chorrera que postenormente, es decir en Inguapí superior, ya no se presentan. Se trata de detalles decorativos tales como líneas incisas paralelas, cierto tipo de pintura roja brillante y el pulimento total o parcial de la superficie. En cambio, comenzando con Inguapí superior, las semejanzas con la Etapa de Desarrollos Regionales del Ecuador son notables. La fase Inguapí representa pues la transición de la Etapa Formativa (aproximadamente 300 años antes de Cristo) a la de los Desarrollos Regionales. Bouchard presenta estas comparaciones con Chorrera como alternativa a la teoría de influencias mosoamericanas.

Antes de seguir, caben algunas observaciones acerca de las figurinas que han dado tanta fama a la arqueología del área Tolita-Tumaco. Se trata de representaciones antropomorfas y zoomorfas, algunas veces de talla pequeña pero otras veces llegando a tener una altura de más de 30 centímetros. Estas figuras están, técnica y estéticamente, entre las mejores obras de arte prehistórico americano e incluyen una amplia gama de presentaciones: hombres y mujeres, generalmente de pie, parejas abrazándose, madres con sus niños; hay personas enmascaradas o llevando grandes atavíos de plumas en la cabeza. Todas estas figuras muestran muchos detalles de vestido y adorno, tales como faldas, delantales y taparrabos; collares, orejeras y muchos otros elementos. Algunas figuras tienen una deformación craneana occipital-frontal muy marcada. Las representaciones zoomorfas son de jaguares y reptiles, lechuzas y monstruosos reptiles, con agudos colmillos y lenguas protuberantes. A veces la cabeza de un animal o de un monstruo está combinada con un cuerpo humano, en otros casos una cara humana asoma por la boca abierta de un ave o jaguar monstruoso. Hay una figura decapitada, con la cabeza puesta dentro del tronco hueco y mirando hacia afuera por una especie de ventanilla. Algunas de las cabezas humanas están muy individualizadas y dan la impresión de representar personas específicas. A veces son figuras de ancianos, algunos de ellos con barba y rasgos faciales demacrados y arrugados. Con alguna frecuencia se observa un concepto de dualismo, al representar una cara humana dividida verticalmente en dos mitades, cada una con una expresión facial distinta. Muchas de estas figurinas han sido manufacturadas en moldes de cerámica; con frecuencia las flgurinas están pintadas, sobre todo con franjas y zonas rojas.

Siguiendo el litoral hacia el norte, la frecuencia de sitios arqueológicos disminuye, aunque en los cursos bajos de algunos ríos (Mira, Satinga, Patía, Iscuandé, etc.), observamos pequeños montículos o basureros de poca extensión. La cerámica de estos sitios corresponde a formas y decoraciones semejantes a Inguapí y Mataje, pero la calidad estética de las figurinas es menos bien lograda. La máxima extensión septentrional de las manifestaciones del área Tolita-Tumaco se encuentra en el bajo río San Juan y en el bajo río Calima, al norte de Buenaventura. En el sitio de Cuéllar, en la orilla sur del bajo San Juan, encontramos un extenso sitio superficial. No apareció estratificación observable pero en una colección de 5.000 fragmentos cerámicos recogidos en la superficie observamos claramente dos complejos; el uno relacionado con el complejo de Minguimalo, del medio río San Juan y del cual se hablará en seguida, y el otro constituido por una extensión de la cerámica de la región de Tumaco. En este último caso, se trata de recipientes con borde volteado hacia afuera y de vasijas aproximadamente globulares provistas de un reborde periférico, ambas formas decoradas con pintura roja, bordes pintados de rojo, y líneas incisas en la zona bajo el borde. Una cabeza antropomorfa, hueca, finamente trabajada, muestra testos de pintura roja. Subiendo el río San Juan encontramos la misma cerámica en los sitios de Boca de Sierpe y Boca de Calima, pero siempre en sitios superficiales que no permitieron una excavación estratigráfica.

Entrando al río Calima, en la orilla derecha, descubrimos en 1960 el sitio de Catanguero, un alto barranco no inundable, sobre el río. Debajo de una capa de más de un metro de tierra aluvial hallamos un solo estrato cultural que contenía algunos centenares de fragmentos cerámicos. La excavación de este material dejó reconocer que esta cerámica tiene marcadas semejanzas con la de Tumaco, notablemente con Mataje I, es de color crema y de grano fino, y según los fragmentos se reconocen vasijas y copas globulares a seniiglobulares, con paredes muy delgadas y una decoración de franjas pintadas de rojo y de zonas triangulares rellenas de incisiones finas. Hay vasijas con reborde sublabial ondulado y también se encontró un fragmento de una figurina antropomorfa.

Obtuvimos para este complejo de Catanguero una fecha de 250 años antes de Cristo, lo cual la coloca con los comienzos de Mataje II o de Inguapí superior (12) . Esta correlación parece aceptable pero la situación geográfica del sitio de Catanguero plantea aquí un problema adicional. Como veremos en un capítulo posterior, la región del alto río Calima, ya en el departamento del Valle, es una zona arqueológica muy importante que se caracteriza también por cerámicas pintadas, incisas y zoomorfas. En efecto, algunos fragmentos incisos-zonificados de Catanguero muestran marcadas semejanzas con la cerámica llamada Calima (y con la de Chorrera) y se podría pensar en una relación entre los tres complejos.

Subiendo el río Calima encontramos los lugares de Ordóñez, La Trojita, Tatabrito, La Caleta, Guadual y La Loma, todos sitios arqueológicos con materiales superficiales de cerámica que, en buena parte, se relaciona con la de la zona de Tumaco.

Pero debemos volver a tratar del río San Juan, uno de los principales cursos de agua del Chocó. Subiéndolo, a partir de su confluencia con el río Calima, localizamos algunos sitios superficiales como Tenendó, Quícharo, Cucurrupí, Puerto Clemencia, Quebrada Piedras, y otros, todos caracterizados por fragmentos superficiales de una cerámica perteneciente a un complejo nuevo y tipológicamente muy distinto de los hasta aquí descritos. Sólo al llegar a la región del caserío de Noanamá hallamos algunos sitios profundos donde pudimos efectuar excavaciones estratigráficas y fue allí donde identificamos dos nuevos complejos cerámicos: Minguimalo y Murillo (13) .

El sitio de Minguimalo está cerca del caserío de San Miguel, al norte de Noanamá. Excavamos un corte de más de 3 metros de profundidad que produjo una secuencia de dos complejos culturales, a saber, el complejo de Murillo, con una fecha de 820 después de Cristo y seguido por el complejo de Minguimalo, fechado en 1252 y 1432 después de Cristo (14) . Los fragmentos cerámicos de Murillo estaban asociados con restos de grandes postes de madera que estaban bien conservados por el lodo húmedo. La cerámica de Minguimalo consiste de grandes y medianos recipientes globulares, con grueso borde volteado hacia afuera. Hay dos modos decorativos muy comunes: el uno muestra impresiones hechas con la punta del dedo, combinadas con pequeñas impresiones semilunares marcadas con la uña; la otra decoración está constituida por pequeñas burbujas producidas al perforar la pared del recipiente con un palillo, desde adentro, de modo que se forma en el exterior una pequeña cúpula repujada, mientras que en el interior el hueco se cubrió con greda, dejando un espacio vacío. El complejo Murillo está decorado con lineas incisas rectas que forman motivos de meandros angulares o de rectángulos concéntricos. Algunos fragmentos muestran restos de pintura oscura (¿brea?) sobre fondo natural grisáceo, que consisten en motivos curvilíneos toscamente ejecutados. En Minguimalo encontramos muchas manos de machacar y triturar; en cambio en Murillo hallamos un complejo lítico compuesto de grandes metates y manos de moler, lo que sugiere un cambio marcado en la base de subsistencia de estos dos grupos.

En los alrededores de Noanamá, San Miguel y Dipurdú, localizamos varios otros sitios, pero todos superficiales; consistían de materiales cerámicos, los unos del complejo Minguimalo y los otros de Murillo. Hasta la presente éstos son los principales complejos arqueológicos que se han identificado en las orillas del río San Juan.

Regresando nuevamente al Litoral Pacífico, los sitios arqueológicos son muy difíciles de localizar. Los manglares y tupidas selvas hacen que sólo raras veces se encontrara algún sitio prehistórico en los barrancos de un río o sobre la cima de alguna loma.

Al subir por el río Baudó y por su afluente, el río Catrú, observamos en el lecho de este último grandes bloques de sfiex color de miel, excelente materia prima para la manufactura de una multitud de utensilios tales como cuchillos, raspadores, perforadores y otros. En efecto, en varios lugares de las orillas del Catrú encontramos artefactos líticos superficiales, todos de una tipología esencialmente paleoindia/arcaica. En ningún caso había asociaciones con cerámica o con objetos de piedra pulida, de manera que prevalece la impresión de ser un complejo lítico muy antiguo. Pero no hay pruebas contundentes, puede ser que tales técnicas hayan perdurado a través de los milenios. Hallamos artefactos parecidos en las orillas de los ríos Juruvidá y Chorí, en Cabo Corrientes y en la Bahía de Utría (15) .

Aún más hacia el norte se abre la Bahía de Cupica, donde excavamos un extenso sitio arqueológico. Se trata de un leve túmulo funerario, ubicado en un manglar llamado Estero de la Resaca, en un terreno que se inunda cada vez que sube la marea que, en esta región, alcanza a unos 3 metros. Los entierros secundarios de este túmulo forman estratos que contienen a veces vasijas aisladas, depositadas en calidad de ofrendas. Los restos óseos han desaparecido por completo (16) .

La excavación nos demostró que se trata de tres estratos superpuestos, que contienen un total de 38 pozos de entierros. La fase más antigua consistió de 24 vasijas; la intermedia de 19 y la más reciente de 30. Se observa una gran variedad de formas, técnicas y modos decorativos, desde vasijas esculpidas y modeladas, copas de pedestal y recipientes de doble vertedera, hasta vasijas antropomorfas policromadas. Obviamente se trata de varias tradiciones cerámicas que tienen nexos tanto con Panamá como con la región del Golfo de Urabá y del Sinú. Se trata pues de influencias venidas del Norte y que entraron al Chocó siguiendo por el litoral y por el río Atrato. La fase intermedia se pudo fechar en 1215 años después de Cristo y corresponde bien a la posición cronológica de los complejos centroamericanos (Coclé). Por su variedad de formas y modos decorativos la cerámica de Cupica se distingue marcadamente de la de los sitios del río San Juan, la cual es comparativamente burda. No parece que aquella intrusión norteña haya avanzado más allá de Cupica y más bien puede que se trate de una o varias avanzadas aisladas. Parece que la alta lluviosidad impidió un asentamiento más permanente. En Cupica también se excavaron artefactos líticos, raspadores de cuarzo, volantes de huso de greda cocida y un hacha pulida, de forma trapezoidal. En un entierro encontramos una pequeña nariguera de oro, en forma de anillo abierto.

Siguiendo por la Costa, hasta la frontera con Panamá, no se han hallado más sitios y una exploración de los ríos Jampavadó y Juradó no nos dio resultados positivos. En un somero reconocimiento del bajo río Atrato tampoco logramos localizar vestigios arqueológicos, salvo algunos esporádicos fragmentos cerámicos, sin valor diagnóstico.

Al terminar este resumen sobre la Costa Pacífica, caben algunas observaciones finales. Es muy significativa en todos los sitios arqueológicos costaneros la casi total falta de conchas comestibles y de restos óseos de animales. Esta ausencia es difícil de explicar, salvo el caso que se hayan desintegrado por la humedad, pues tanto en el litoral como en los manglares abundan peces, moluscos comestibles y presas menores de cacería.

Trataremos ahora nuevamente de la Costa Caribe, para trazar allí los desarrollos que siguieron a la Etapa Formativa Tardía.

En el valle del río Ranchería, una ancha depresión entre la Sierra Nevada de Santa Marta y las estribaciones septentrionales de la Cordillera Oriental, encontramos una secuencia de períodos representados por varios complejos cerámicos denominados según sus sitios tipos: La Loma, -El Horno, Portacelli y Los Cocos (17) . Estos complejos identificados en profundos basureros, que también contenían entierros primarios y secundarios, se encontraron en sitios ubicados en las orillas del río y de sus afluentes; la presencia de pesados metates indica la forma de vida sedentaria de aquellos cultivadores de maíz. El cultivo de la yuca también puede haber sido de importancia, pues se observan fragmentos de grandes budares. En la actualidad ésta es una región muy árida que forma parte del ambiente climático del desierto de La Guajira, pero en épocas pasadas parece que haya habido una precipitación pluvial más alta y, por consiguiente, una flora y fauna diferentes. Algunos sitios arqueológicos están ubicados en zonas periféricas de depresiones, que parecen haber sido pequeñas lagunas o pantanos; otros se hallan en las riberas de cauces y zanjones secos hoy en día, aun en la estación lluviosa. Restos faunísticos tales como huesos de mamíferos selváticos y las conchas de ciertos caracoles terrestres que pertenecen a especies generalmente asociadas con un ambiente selvático húmedo son indicios de un cambio climático, lo mismo como las aves acuáticas que frecuentemente se representan en la decoración pintada de la cerámica, pero que han desaparecido de la región.

Los períodos La Loma y El Horno constituyen el llamado Primer Horizonte Pintado de esta área, caracterizado por el uso predominante de pintura policromada y bicromada. Son muy típicos los elementos curvilineares; hay espirales, líneas onduladas, motivos sigmoideos, motivos en forma de peine, todo ello pintado en rojo y negro, sobre el fondo de un baño color crema. Hay gran abundancia de formas: platos pandos, copas de pedestal cilíndrico, vasijas de silueta compuesta, pequeñas copas con múltiples soportes abombados. Un tipo cerámico, de color negro brillante, lleva una decoración incisa curvilinear, y a veces las incisiones se rellenaron con un pigmento mineral blanco, para hacer resaltar el motivo inciso. En el período El Horno son frecuentes las figuras antropomorfas huecas, caracterizadas por piernas muy abultadas, pero por lo demás con facciones realistas; generalmente estas figuras están pintadas con colores muy vivos. Los dos períodos -La Loma y El Horno- aúnque cronológicamente distantes, muestran un énfasis en cerámicas modeladas y de fuertes colores, contrastando mucho con las tradiciones cerámicas del Formativo Temprano, cuyas cerámicas estaban decoradas ante todo con incisiones y eran generalmente monocromas.

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1.   Sobre el cultivo del maíz véanse, entre otros: Roberta, L. M. et al. "Razas de maíz en Colombia" Boletín Técnico, N° 2. Ministerio de Agricultura. Bogotá, 1951; Mangelsdorf, Paul C. "The Mystery of Corn: New Perspectives" Proceedings of the American Philosopbical Society, Vol. 127. N° 4. pp. 215-247, Philadelphia, 1983; Zevallos M. Carlos et al. "The San Pablo Corn Kernel and Its Friends" Science, Vol. 196, pp. 385-389, 1977. (regresar a 1)

2.  La introducción del entierro en urnas podría sugerir un cambio en las costumbres religiosas. En el siglo noveno antes de Cristo, en la Etapa Formativa, ya se practicaba el entierro Secundario (Reichel-Dolmatoff, 1985), pero urnas propiamente dichas sólo aparecen más tarde. (regresar a 2)

3.  Además reconozco que esta influencia no es la única, ya que, fuera de indudables elementos mesoamericanos, existen otros que pueden ser de origen sureño.(regresar a 3)

4.   Para ilustraciones, véase ante todo Lathrap, Collier y Chandra, 1975. (regresar a 4)

5.  Para un resumen geográfico de la Costa Pacífica, véase West, Robert C. "The Paciflc Lowlands of Colombia: A Negroid Area of the American Tropics",Louisiana State University Studies. Social Science Series, N° 8. Baton Rouge, 1957. (regresar a 5)

6.   Entre 1960 y 1962 se llevó a cabo un proyecto de investigación del Institute of Andean Research, Washington. con el objetivo de explorar las costas entre Mesoamérica y los Andes Centrales. La exploración del trecho colombiano, desde Panamá hasta Ecuador, estuvo a cargo del autor y su esposa. (regresar a 6)

7.  Las fechas exactas son M-1480, Mataje I, 2350 ± 130 antes de presente, 400 años antes de Cristo; M-1479, Mataje II, 2250± 200 antes de presente. 300 años antes de Cristo; hasta M1478, 1940 ± 130 antes de presente, 10 después de Cristo. (regresar a 7)

8.  Acerca de las figurinas caben las siguientes observaciones. Indudablemente se trata de un desarrollo artístico extraordinario que ha llamado mucho la atención de especialistas y aficionados. Estos últimos han hecho grandes colecciones particulares, pero la mayoría de las piezas existentes en colecciones privadas colombinas son de origen ecuatoriano, aunque hayan sido adquiridas como procedentes de Tumaco. (regresar a 8)

9.   Cubillos, Julio César. Tumaco: Notas Arqueológicas. Ministerio de Educación Nacional. departamento de Extensión Cultural, Editorial Minerva, Bogotá. 1955. (regresar a 9)

10.   Bouchard. Jean-François. "Investigaciones en la Costa Pacífica meridional de Colombia: El Proyecto Tumaco Revista Colombiana de Antropología, Vol. XXI, pp. 283-3 14, Bogotá, 1977-1978; id. "Hilos de oro martillado hallados en la costa meridional" Boletín Museo del Oro, Año 2, pp. 21-24, Banco de la República. Bogotá, 1980; id. "Recherches archéologiques dans la région de Tumaco, Colombia "Mémoire N°34 del Insuitut Français d’Etudes Andines. París, 1984; Bouchard, Jean-François & Alberto Cadena "Las figurillas zoomorfas del litoral pacífico ecuatorial" Bulletin de l’Institut Français d'Etudes Andines, Vol. IX, Nos. 3-4, pp. 49-68, Lima, 1981. (regresar a 10)

11.  Las fechas exactas para Inguapí son: Ny 642 2275 ± 85 antes de presente, 325 antes de Cristo: Ny 639 2220 ± 85 antes de presente, 270 años antes de Cristo; Ny 640 20064 80 antes de presente, 50 años antes de Cristo (Bouchard, 1984, p. 82). (regresar a 11)

12.  La fecha es M- 1170 2200 ± 100 antes de presente, 250 años antes de Cristo (Radiocarbón, Vol. 5, pp. 246-247). (regresar a 12)

13.  Reichel-Dolmatoff. Gerardo y Alicia "Investigaciones arqueológicas en la Costa Pacífica de Colombia: Una secuencia cultural del bajo río San Juan" Revista Colombiana de Antropología Vol. XI, pp. 9-73, Bogotá, 1962. (regresar a 13)

14.   Las fechas son: M-1168 1130 ± 820 antes de presente, 820 después de Cristo; M-1169 710 ± 75 antes de presente, 1240 después de Cristo; M-l 171 530 ± 75 antes de presente, 1420 después de Cristo (Radiocarbón, Vol. 5, pp. 246-247). (regresar a 14)

15.  La mayoría de las bolsas que contenían estos artefactos me fueron robadas durante el viaje (Cf. Capítulo III). (regresar a 15)

16.  Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia "Investigaciones arqueológicas en la Costa Pacífica de Colombia: El sitio de Cupica" Revista Colombiana de Antropología, Vol. X, pp. 237-331, Bogotá. 1961. En 1927. los antropólogos suecos Sigvald Linné y Erland Nordenskiold efectuaron la primera exploración arqueológica y etnográfica del Chocó. Linné excavó en la Babia de Cupica, aparentemente en las inmediaciones del sitio posterionnente excavado por nosotros. Véase Linné, Sigvald.Darien in the Past: The Archaeology of Eastern Panama and Northwestern Colombia. Göteborgs Kungl. Vetenskaps - och Vitterhets - Samhälles. (regresar a 16)

17.  Reichel-Dolmatoff, Gerardo y Alicia "Investigaciones arqueológicas en el departamento del Magdalena, Colombia, 1946-1950 Parte I. Arqueología del Río Ranchería; Parte II. Arqueología del Río Cesar" Boletín de Arqueología. Vol. III. Nos. 1-6, pp. 1-334, Bogotá, 1951. (regresar a 17)

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