COLOMBIA PREHISPANICA
Regiones arqueológicas
Instituto Colombiano de Antropología e Historia
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V. La Altiplanicie Cundiboyacense

Álvaro Botiva Contreras

 

ÍNDICE 

VER EL MAPA DE LA REGIÓN DE LA ALTIPLANICIE CUNDIBOYACENSE

 

Nota Introductoria

 

En este capítulo se presenta una aproximación al conocimiento del Período Prehispánico del altiplano Cundiboyacense; para su elaboración se recurrió a la consulta de la bibliografía arqueológica existente para esta región.

A lo largo de 51 años de investigación arqueológica en el altiplano (1937-1988) se ha ido complementando la información; cada trabajo hace énfasis en aspectos distintos, tanto que, a veces, da la impresión de conocer puntos de vista contradictorios. Si a lo anterior se agregan las diversas interpretaciones sobre el poblamiento, formas de organización y períodos de ocupación, resulta entonces claro que hacer una presentación de esta región es tarea difícil aventurada.

Las anteriores consideraciones significan que en el proceso de elaboración de este capítulo se dieron varias direcciones. En primer lugar, teniendo en cuenta que las investigaciones sobre el período precerámico fundamentalmente han estado dirigidas por un reducido grupo de arqueólogos que ha implementado una metodología unificada, se presenta la información de acuerdo al orden cronológico de datos, retomando en varios casos las secuencias de las excavaciones, sin querer mostrar procesos unilineales en sentido evolucionista; sin embargo en el estado actual de los conocimientos se puede observar una secuencia de poblamiento en la Sabana de Bogotá y sus alrededores que abarca varios miles de años, período en el cual se presentan sucesivos complejos culturales.

Puede, en segundo lugar sintetizarse la información sobre el "Período Herrera" partiendo de los resultados de las pocas investigaciones adelantadas sobre dicho período. No sobra aclarar que con los datos disponibles es demasiado arriesgado definirlo cultural y cronológicamente. El "Período Herrera" debe entenderse como un complejo Formativo de la Sabana de Bogotá. A través de los datos el lector podrá observar cómo las evidencias culturales que se asocian con este período son fundamentalmente la cerámica y las pautas de asentamiento que corresponden a una sociedad con una agricultura desarrollada.

Los vestigios se encuentran junto con elementos del período lítico, o en sitios ocupados más tarde por los Muisca, sin una continuidad cultural, con excepción de la aparente transición Herrera-Muisca que se presenta en el yacimiento de Tunja.

En tercer lugar, con relación al último período de ocupación Prehispánico en el Altiplano Cundiboyacense no se pretende mostrar un punto de vista sobre lo que fue la sociedad Muisca; ni plantear una interpretación sobre esta etnia; por el contrario, se piensa que un buen punto de partida puede ser el hacer referencia a las investigaciones realizadas en el campo de la arqueología pues, por una parte se pueden apreciar las diferentes metodologías empleadas, por otra, observar hasta que punto el registro, manejo de información y descripción de los vestigios permite conocer el pasado histórico y finalmente ver como la relación arqueología-etnohistoria complementa el conocimiento sobre las comunidades indígenas para el período de conquista. Sabemos que para el grupo Muisca existe una valiosa información en las crónicas y datos de archivos de los siglos XVI, XVII y XVIII. Esta da bases sólidas para elaborar una historia general a partir de la fecha de contacto (1537) y permite lograr reconstrucciones sobre la última parte del período anterior al proceso de conquista en ésta región. Si bien existe abundante información sobre los Muisca en trabajos de historiadores, antropólogos, lingüistas, etnohistoriadores, arqueólogos, etc., sólo retomarnos los últimos por tratarse de un balance arqueológico 1 , de otra parte la no inclusión de trabajos relacionados con las zonas limítrofes del territorio Muisca se debe a que éstos van reseñados en otros capítulos.

En síntesis, sobre este período se presentan los datos básicos obtenidos por la arqueología en general para el territorio Muisca y en particular de acuerdo a la división territorial establecida por Falchetti y Plazas (1973), para el siglo XVI (zipazgo, zacazgo y territorios independientes), también se incluyen los resultados de algunos trabajos recientes sobre los Muisca, a partir de la consulta de documentos de archivo. Estos trabajos reafirman la necesidad de estudios regionales y sugieren que los Muisca del Sur (Cundinamarca) y los del Norte (Boyacá) no tuvieron la homogeneidad que se ha creído.

 

Descripción Geográfica

 

La altiplanicie Cundiboyacense se haya encerrada por una serie de ramales principales de la Cordillera Oriental que en este sector forman el límite entre dos cuencas hidrográficas: la del río Magdalena y la del río Orinoco.

Componen esta región tres grandes altiplanicies que se conectan con otras de pequeña extensión. Tienen alturas que fluctúan entre los 2.500 y 2.760 m.s.n.m. Hacia el sur se ubica la de Bogotá, que con aproximadamente 1.200 Kms. de superficie plana, es la más extensa. Desde ésta, remontando el río Funza se llega a la llanura del Sisga y luego a la de Chocontá.

La Sabana de Bogotá está separada de la altiplanicie Ubaté-Chiquinquirá (en la cual se encuentra el lago de Fúquene y las llanuras de Languazaque y Guachetá), por una cuchilla montañosa. La otra altiplanicie es la de Sogamoso, se extiende desde la región de Duitama hasta los bajos de Tópaga. Desde Sogamoso se asciende a Paipa y desde allí hacia el sureste de las llanuras de Tunja, Toca y Siachoque. Al lado opuesto, hacia el noroeste se encuentra la llanura de Santa Rosa.

Existen además altiplanos independientes, cuyas salidas no desembocan en ninguna de las grandes altiplanicies. Entre ellos se encuentra: el Valle de la Laguna donde se localizan las poblaciones de Samacá, Sora y Cucáita; los llanos de Sáchica y Leyva y la llanura de Floresta y Belén,

En toda el área, tanto en los altiplanos, en los páramos y vertientes, se encuentran espacios bañados por arroyos y ríos que corren entre terrazas antiguas de 10 a 20 mts. de altura. Estrechos y profundos valles transversales se comunican con otros longitudinales y estos últimos forman un corredor continuo; en otros como en el río Sogamoso, se observan profundos cañones, debido a la erosión.

Los ríos de la vertiente oriental de la altiplanicie se inician en el páramo de Sumapaz. El río Negro, que tiene sus cabeceras al suroeste de Bogotá, forma una corriente longitudinal entre los páramos de Cruz Verde y Chingaza, y sale de la cordillera al sur de Villavicencio; recibe en su recorrido los ríos Guatiquia, Upín, Guacabía y Humea. En el trayecto de los ríos que forman las cuencas del Guavio, del Garagoa, Lengupá y Upía, también se forma un continuo de valles longitudinales.

En la vertiente occidental que es parte de la cuenca del río Magdalena, se presenta una estructura hidrográfica más variada; el eje de ésta es transversal y se extiende desde las fuentes del río Bogotá, en dirección suroeste, hasta cerca de Ambalema. Este eje es una proyección de la divisoria de aguas que corre a través del centro de la altiplanicie, entre Tunja y la laguna de Tota. Comprende los siguientes ríos: el Sumapaz, que desarrolla sólo en pocos sectores direcciones longitudinales; el río Funza, el más largo y el que más profundamente penetra en la cordillera, recibe antes de salir del altiplano por el sur, una serie de pequeños afluentes; el río Negro cuyos tributarios superiores llegan hasta el borde de la Sabana de Bogotá, el río Minero que tiene una extensión longitudinal mucho mayor, se conoce como río Carare a partir de su cauce medio; tanto el anterior como los ríos Opón y Colorada se limitan a la zona periférica occidental de la cordillera; el río Sogamoso, formado por los ríos Suárez, Saravita y Chicamocha tiene fuentes que lindan con las del río Bogotá.

El relieve, en asocio con la temperatura de clima ecuatorial (en el cual los períodos estacionales no son térmicos sino hídricos), es la causa principal de las lluvias y su concentración espacial en las cumbres y altas vertientes, por ello se produce una variedad de climas, suelos y vegetación.

La temperatura media de las altiplanicies es de 13.5°C con variaciones en los promedios mensuales inferiores a 1°C pero con oscilaciones diurnas mayores de 25°C. La precipitación anual varia entre 580 y 1000 mm.

En la actualidad las áreas de Bogotá, Ubaté y Sogamoso presentan una formación vegetal denominada "bosque seco montano bajo" comprendida entre los 2.000 y los 3.000 mts. de altura sobre el nivel del mar. En síntesis las altiplanicies y sus alrededores (serranías y páramos) constituyen un mosaico climático y ecológico; que ofrece excelentes condiciones para la vida humana.

El clima y la vegetación han sufrido cambios significativos en el transcurso del tiempo, que se conocen a través de análisis de polen procedentes de varios sitios de la Sabana de Bogotá. La siguiente secuencia se basa en los perfiles de los sitios Páramo de Sumapaz y Laguna de los Bobos, El Abra y Tequendama realizados por Thomas Van Der Hammen y Gonzalo Correal Urrego (1962, 1969- 1977).

Las ocupaciones prehispánicas (2)

Con base en lo expuesto se considera que esta región debe entenderse a través de los diversos procesos socioculturales que se dieron dentro de una temporalidad de más de 13.000 años y era una zona que comprende sabanas, valles, llanuras y vertientes.

A partir de 1970 se tiene información sobre los primeros habitantes que ocuparon la altiplanicie cundiboyacense; fueron grupos de cazadores que vivieron bajo abrigos rocosos y en campamentos al aire libre; éstos se han asociado con una etapa lítica o precerámica. Las evidencias se han registrado en la Sabana de Bogotá; al Este, en la región del Guavio y al Occidente en la vertiente del Magdalena; en una época de fuertes cambios climáticos (del final de la última glaciación).

El período se extiende aproximadamente desde el año 12.400 al 3.270 A.P. Los vestigios arqueológicos muestran una tecnoeconomía basada en el trabajo de la piedra para la caza, el faenado de animales de presa y la recolección, por grupos que debieron estar organizados en pequeñas familias o bandas. Hacia el final del período se presenta en Zipacón la coexistencia de patrones de subsistencia basados en la caza, la recolección vegetal y animal con prácticas agrícolas y además la presencia de cerámica correspondiente a un nuevo período cultural denominado "Herrera"

Los habitantes de este período fueron los primeros alfareros de la región y conocieron la agricultura, pero también ocuparon abrigos rocosos y campos abiertos en la Sabana de Bogotá, la vertiente del río Guavio, el Alto Valle de Tenza, la Altiplanicie de Tunja y los alrededores de la Sierra Nevada del Cocuy. Se cree que los individuos de este período posiblemente provenían del Valle del Magdalena.

Los resultados de las excavaciones en la Sabana de Bogotá no han mostrado una continuidad cultural entre los habitantes de este período y los Muisca, siendo más las diferencias que las similitudes.

En 1984, en Tunja con base en la tipología cerámica y su posición estratigráfica, se planteó un período de transición entre la ocupación "premuisca" y la Muisca, alrededor del siglo VII d.C. Ya en 1937 Hernández de Alba al excavar el temple de Goranchacha en dicha ciudad, mencionó la existencia de un pueblo anterior y diferente al Muisca. Igualmente, en las décadas de los años 50 y 60 se señaló la posible existencia de un substrato "prechibcha" en la Sabana de Bogotá. Al finalizar la década del 70 se planteó con base en la estratigrafía cultural del sitio de Tequendama la existencia de un período oscuro, vacío cultural que se ha ido llenando con estudios recientes.

La tercera ocupación corresponde a la cultura Muisca, la cual se remonta alrededor del siglo VII d.C.. Esta se extendió por una amplia zona de la cordillera Oriental desde los actuales municipios de Fosca, Pasca (Páramo de Sumapaz) y Tibacuy al sur, hasta los municipios de Onzaga, Soatá y el valle del río Chicamocha al norte; por el oriente llegó hasta la vertiente de la cordillera que da a los llanos, probablemente desde los 1.000 m.s.n.m., incluyendo los municipios de Quetame, Gachalá, Somondoco, y Zotaquirá, y parte del Páramo de Pisba; por el occidente abarcó una gran parte de la vertiente del Valle del Magdalena, desde la población de Tena al Sur hasta los páramos de Chontales y Guantiva, al Norte.

El territorio ocupado por los Muisca incluyó valles interandinos con mesetas y laderas condicionadas por diferencias altimétricas, las que implican cambios de temperatura, humedad y precipitación; también la exposición a las corrientes de vientos húmedos y secos del Valle del Magdalena y de los Llanos Orientales estimulan la diversidad geográfica con tierras frías, templadas y cálidas, con una flora abundante y variada.

 

Sobre los Muisca existe mucha información en crónicas, archivos y documentación etnohistórica, a partir de finales de la primera mitad del siglo XVI. Los españoles se encuentran con una cultura que poseía una tecnología agrícola variada, con énfasis en el cultivo del maíz que se producía en todos los climas y constituía la base de su alimentación, junto con el fríjol, la ahuyama y la papa; también cultivaron la calabaza, el ají, el algodón, el tabaco y la coca, demostrando un excelente manejo en el control de los diferentes pisos térmicos de su territorio; explotaron las fuentes de agua salada; produjeron cerámica para uso doméstico, ritual y para el intercambio; tuvieron una próspera industria textil y un complejo desarrollo de la orfebrería. La circulación y el intercambio de productos se llevó a cabo en varios sitios donde se realizaban mercados periódicos. El tributo y la distribución cacical, favoreció el aprovisionamiento regular de las comunidades y la existencia de una especialización local en la producción de artículos.

Tuvieron templos construidos en forma circular y otros lugares de culto y ofrenda, como cavernas, grandes piedras, lagunas y las cumbres de algunos cerros.

Los patrones de asentamiento estuvieron condicionados por la formación de grandes aldeas y la construcción de viviendas dispersas permanentes o temporales situadas en los sitios de cultivo.

Las estructuras de las tumbas, el contenido de éstas y en general las practicas funerarias presentan variaciones relacionadas con el personaje enterrado, ya que reflejan el status que este tuvo dentro de su sociedad. Es importante recalcar las diferencias regionales, ya que éstas en parte reafirman la heterogeneidad de los Muisca. Al parecer no fue una gente igual en todas partes, la variación regional en las formas de enterramiento es muy significativa. En el asentamiento de Soacha (Cundinamarca) (Botiva en preparación), las tumbas son rectangulares, de poca profundidad, se localizan muy cerca unas de otras, en algunos casos superpuestas con orientaciones variables. Menos de un 10% de las tumbas están cubiertas con lajas y sólo alrededor del 30% presentan ajuar funerario. Los individuos en general fueron colocados en posición de decúbito dorsal extendidos. En Guasca (Botiva, 1976) al noreste de la sabana las tumbas en su mayoría están tapadas con lajas, el ajuar funerario es más abundante y se encuentran tumbas de pozo con cámaras laterales. Las tumbas de Ubalá en la región del Guavio (Botiva, 1984) al oriente de Cundinamarca son de corte trapezoidal y el personaje, posiblemente se colocó sentado. En el Valle de Samacá (Boada, 1987), algunos individuos al morir recibían un tratamiento muy complejo, se flexionaba el cadáver hasta dejarlo en posición fetal, para ello muy posiblemente fue atado y envuelto en mantas. En algunos casos se les colocó arcilla en la cabeza y los pies, luego fueron recubiertos con una capa de ceniza; se depositaron en una tumba cuya forma variaba entre oval, pozo redondo y pozo con nicho. Cuando se utilizó el último tipo de tumba, el cuerpo podía ser puesto en posición sentada o acostada. En este sitio también se encontraron entierros de infantes en vasijas funerarias. En síntesis el tratamiento de los cuerpos, el complejo ritual funerario y toda la variabilidad de información que ofrecen los reportes arqueológicos confirman que los Muisca no fueron tan homogéneos como se ha creído.

Al finalizar la década de los años 70, Reichel-Dolmatoff (1978) planteó que eran muy pocas las investigaciones arqueológicas que corroboraban dichas apreciaciones; que no se habían encontrado las grandes aldeas que describían los cronistas; tampoco las excavaciones sistemáticas dejaban reconocer un solo sitio de habitación, ni ninguna planta de vivienda; y que los pocos conocimientos sobre la cultura prehispánica Muisca se fundamentaban en hallazgos ocasionales de piezas de oro, cerámica, textiles, tallas de piedra o madera y tumbas generalmente carentes de contexto; también planteó que las escasas excavaciones científicas adelantadas en esta región referentes a los siglos antes de la Conquista se habían limitado a problemas locales y a sitios arqueológicos superficiales; igualmente comentó lo poco que se sabía sobre la estratigrafía cultural en el territorio Muisca; siendo así, no era posible definir las fases de desarrollo que permitieran reconocer cambios adaptativos y sus correlaciones tecnológicas y sociales. Además planteó que el nivel cultural logrado por los Muisca no debía juzgarse por los escasos y sencillos restos materiales, sino en su desarrollo espiritual e intelectual y que los verdaderos logros de los Muisca fueron sus elaboraciones religiosas y observaciones astronómicas, elementos indicadores de un avance científico e ideológico, que junto con las instituciones políticas, y económicas constituyeron un nivel socio-cultural que no fue alcanzado por las otras sociedades nativas que ocuparon el actual territorio colombiano.

Válidas o no las anteriores consideraciones, el estudio de los Muisca continúa siendo tema de interés. Actualmente, la investigación para lograr inferir los orígenes y sucesivas fases de desarrollo de esta etnia, tiene en cuenta que ésta junto con los SUTAGAOS, TUNEBOS, LACHES, GUANES, CHITAREROS, TIMOTOS y CUICAS formaron parte de la gran familia lingüística Chibcha que ocupó en el siglo XVI un área conjunta de más de 70.000 Km2. Estas sociedades guardaban entre sí muchas similitudes y relaciones; por ello el estudio de los Muisca se viene enfocando en un marco regional, cultural y cronológico amplio que se relaciona con los "Chibchas de los Andes Orientales". Esta denominación comprende los grupos mencionados en una región que abarca la cordillera Oriental de Colombia desde el norte del Macizo de Sumapaz, hasta la Serranía de Mérida en Venezuela. Lleras y Langebaek (1987).
 

Tabla de climas y vegetación

El Período Lítico o Precerámico

 

Las primeras evidencias de ocupación temprana en la Sabana de Bogotá, se localizaron en abrigos naturales (Rocas de Sevilla) en la hacienda El Abra (Zipaquirá). La investigación adelantada por T. Van Der Hammen, G. Correal, L.C. Lerman (1970); y W. Hurt, T. Van der Hammen y G. Correal (1976),(1977), permitió determinar las características tipológicas y cronológicas de un conjunto lítico formado básicamente por artefactos de chert, cuya técnica preferencial fue la percusión, para producir bordes cortantes; sólo ocasionalmente, se utilizó la técnica de presión para producir retoques secundarios a los artefactos. Se conocieron además las características ecológicas y adaptaciones culturales, que se dieron en la Sabana de Bogotá y las diferentes épocas del poblamiento "pre-chibcha"; así se estableció que el desecamiento del antiguo lago sabanero debió ocurrir entre los años 40.000 y 30.000 A.P. El período comprendido entre los 30.000 y 20.000 años A.P. correspondió a una época fría con una vegetación de páramo húmedo, época en la cual todavía no hay vestigios culturales. Hacia el año 20.000 A.P. el clima se vuelve más frio aún y además muy seco. Alrededor del 12.500 años A.P. el clima mejoró notablemente, aumentó la temperatura y la humedad, la vegetación adquirió un carácter de subpáramo y los bosques especialmente de alisos cubrieron casi toda la sabana. Para esta época ya hay vestigios de la presencia del hombre, representados en carbón vegetal y artefactos líticos, sin descartar la posible utilización de otros materiales como madera y hueso en la fabricación de instrumentos.

 

La secuencia de El Abra culminó con grupos recolectores hacia el año 7.250 A.P.

El sitio Tibitó (50 Kms. al norte de Bogotá), estudiado por Gonzalo Correal U. (1981) ofreció, por primera vez en Colombia, evidencias culturales precerámicas asociadas a restos de megafauna (mastodonte y caballo americano) y de otras especies menores como venados. Los vestigios se asociaron con una fecha de 11.740 + o - 110 años A.P. El material cultural, consistió en artefactos de asta de venado, perforadores de hueso, e instrumentos líticos; un raspador aquillado muy elaborado muestra una tecnología similar a la que se presentó en la zona de ocupación 1 del sitio Tequendama fechada en el milenio XI A.P. Las evidencias palinológicas de Tibitó I, revelaron un descenso en la temperatura, hasta condiciones de subpáramo y permitieron establecer correlaciones con el estadial de El Abra (entre los años 11.000 y 10.000 A.P.). Este sitio se puede considerar como una estación de beneficio de presas de megafauna (mastodontes) y especies menores (venados y otros).

Con los resultados de las investigaciones de Correal U. y Van der Hammen (1977) en los abrigos rocosos del Tequendama se presentan los primeros intentos de sistematizar la información sobre la etapa precerámica o lítica en Colombia. Los investigadores localizaron yacimientos arqueológicos estratificados que abarcan una secuencia temporal que va desde finales del pleistoceno (10.920 años A.P.), hasta aproximadamente el año 5.000 A.P. para las industrias líticas precerámicas y entre los 2.500 años A.P. y la época de la conquista para los elementos cerámicos.

En el estrato inferior de la secuencia, depositado hace aproximadamente 12.500 años, al principio del tardiglacial, se encuentran vestigios de la presencia del hombre. Los pocos desperdicios de talla de piedra señalan la existencia de campamentos de cacería de corta duración. Alrededor del décimo milenio A.P. se evidencia la presencia estacionaria del hombre por los restos de fogones y artefactos de chert de tipo Abriense, los cuales se caracterizan por la preparación de un borde de utilización por medio de la técnica de percusión. Se supone que la zona I de ocupación se destinó para la preparación de las presas de caza. Otros artefactos fueron hechos con una técnica más refinada (Tequendamiense), empleando materiales más densos y a veces provenientes de otros lugares (Valle del Magdalena). Los instrumentos muestran retoques superficiales muy bien controlados, logrados mediante la técnica de presión (hoja bifacial delgada, instrumento bifacial escotado, punta de proyectil y raspador aquillado). En otros, se observan retoques secundarios muy finos en el contorno y en el borde de utilización.

Los restos de fauna sugieren la caza del venado en un alto porcentaje y, en menor proporción, de roedores (ratón, curí, conejo), armadillos, zorros y perros de monte.

El conjunto de evidencias demuestra que los abrigos del Tequendama estuvieron habitados durante el estadial de El Abra por cazadores especializados que se habían adaptado a los terrenos semiabiertos de la Sabana de Bogotá.

La zona de ocupación II, se ubica temporalmente hacia el año 8.500 A.P., allí abundaron los fogones y alrededor de ellos grandes cantidades de restos de mamíferos y deshechos de comida. También se identificó un taller de artefactos líticos de tipo Abriense: perforadores, raederas, raspadores terminales y cóncavos, (estos últimos para el trabajo de la madera) lo mismo que artefactos de hueso.

La fauna representada indica una baja en la cacería de venados y aumento en la de roedores, lo cual parece indicar un cambio en el modo de subsistencia de cazadores especializados a cazadores recolectores. En esta época se dio la práctica ritual de la cremación de cadáveres, seguida del entierro de los restos.

Entre los años 7.000 y 6.000 A.P, se presenta en la zona III de ocupación, un aumento en la densidad de artefactos que son únicamente del tipo Abriense, y de desperdicios óseos. Se nota la ausencia de cuchillas, raspadores aquillados y laterales; se encuentran lascas laminares, prismáticas y raspadores cóncavos que muestran la importancia de la industria de la madera. Para esta época disminuyen los instrumentos de hueso; se produjo un incremento de la vida en los bosques y se dio mayor énfasis en la recolección. La caza del venado persistió, aunque aumentó la de roedores y hay indicios de domesticación del curí. Los restos de caracoles (gasterópodos) son más frecuentes. En los entierros se observaron esqueletos completos colocados en posición de decúbito lateral o dorsal, con los miembros flejados; los infantes fueron enterrados en posición de cuclillas. El ajuar funerario consistió en instrumentos de hueso. Un entierro fue fechado en 7.200 años A.P. y otro en 5.800 años A.P.

La fuerte abrasión dentaria, sumada a otros rasgos mandibulares, se relaciona con un régimen de alimentos duros característico de los cazadores recolectores.

La continuidad del trabajo de G. Correal (1979), ha permitido la identificación de nuevos sitios estratificados, uno de ellos Sueva I, se localiza en la margen derecha del río Juiquin (vertiente del río Guavio), donde bajo un abrigo rocoso se identificaron varias unidades de estratos culturales.

En la unidad estratigráfica 1 se encontró una baja densidad de artefactos líticos; el estrato 2 presentó mayor cantidad de instrumentos en piedra de tipo Abriense en chert rojo muy compacto. El análisis de C 14 arrojó un fecha de 10.090 años A.P. la cual se asocia con el entierro de un joven, cuyo ajuar funerario consistió en artefactos líticos y restos de mamíferos.

La unidad estratigráfica 3 no contenía elementos culturales; sin embargo, en el estrato 4 abundaban los instrumentos líticos en chert, asociados con fogones y restos de fauna, los cuales fueron fechados en 6.350 años A.P. En la capa vegetal erosionada se encontraron fragmentos cerámicos y volantes de huso de tipología Muisca.

Es de interés la presencia de hematita especular, transportada por el hombre, la cual, igualmente es registrada en Los Alpes, municipio de Gachalá, (también en la vertiente del río Guavio). Las evidencias de los dos sitios son similares y posiblemente éstos corresponden a la misma oleada de individuos. La fecha más antigua se obtuvo bajo el abrigo rocoso de Los Alpes y corresponde al año 9. 100 A.P.

Las investigaciones arqueológicas adelantadas por Sergio Rivera (1986) en el Páramo de Guerrero, Municipio de Tausa (Cundinamarca), permitieron reconocer bajo los abrigos rocosos de Payará, sobre la ladera occidental del embalse del río Neusa a 3.360 m.s.n.m. una sucesión de ocupaciones humanas desde épocas precerámicas hasta tiempos recientes. Bajo una capa de piedra producida por esfoliación se encontró la mayor densidad de elementos arqueológicos, fragmentos de hueso calcinados, artefactos líticos de tipo Abriense, utensilios burdamente tallados asociados a la industria de chopper y chopping tools, restos óseos de mamíferos y aves, así como fogones, ceniza y carbón. Se sugiere que la ocupación de este estrato ocurrió entre los años 8.000 y 6.000 A.P. (Período Hipsitermal). La riqueza de instrumentos óseos y la técnica bien desarrollada permitió deducir que se trataba de una cultura de cazadores adaptada al páramo; la actividad de la cacería fue perdiendo importancia, sin desaparecer, mientras crecía la práctica de la recolección y posiblemente de agricultura primitiva. De otra parte, en la abundante muestra cerámica se encuentran fragmentos que abarcan toda la secuencia de las ocupaciones tardías establecidas para el altiplano cundiboyacense. Dentro de la cerámica Muisca se identificaron tipos de diversas procedencias.

Las excavaciones de Gonzalo Correal (1979) en Nemocón 4 mostraron una secuencia que se caracterizó, en la unidad estratigráfica 3 por una baja densidad de artefactos líticos, instrumentos de hueso y una fauna variada representada por abundantes restos óseos de venados, zorros, nutrias, saínos, mapuros, jaguares y roedores. La fecha asociada corresponde al año 7.640 A.P.

El estrato siguiente carece de elementos culturales. La unidad 5 contenía una alta frecuencia de deshechos de talla; allí se observó un incremento de raspadores y de cantos rodados, lascas utilizadas, núcleos y martillos relacionados con el desarrollo de la actividad recolectora; también aumentó el volumen de huesos de roedores y se registraron crustáceos (cangrejos). Asociados con los artefactos líticos aparecen instrumentos de hueso, principalmente punzones; se identificaron restos humanos, aparentemente de un entierro secundario. La unidad superior estaba representada por un mínimo de martillos que indica una menor actividad recolectora. Los artefactos continúan siendo elaborados con una técnica simple.

Otra ocupación humana precerámica fue localizada por Liselotte de García y Silvia de Gutiérrez (1983) en Quebraditas (Zipaquirá). La abundancia de deshechos de talla indica que se trató de un taller lítico fechado hacia el año 5.360 A.P. El piso superior presentó evidencias del período cerámico.

Nuevas exploraciones en 1984, en el municipio de Sutatausa (Cundinamarca), hechas por María del Pilar Gutiérrez B. (1985), dieron lugar al hallazgo de varios sitios precerámicos con material lítico consistente en raspadores, raederas, cuchillos los cuales permitieron estudiar sus implicaciones funcionales de utilización y a la vez demostraron la presencia de cazadores-recolectores en dicha zona.

Gerardo Ardila (1980-1981-1984) halló nuevas evidencias líticas y cerámicas en el municipio de Chía.

Los cortes realizados fueron: Chía I-(La Mana), con material lítico; Chía II -(Las Peñitas), con material cerámico y Chía III -(Las Peñitas), con material lítico y entierros.

Las excavaciones permitieron identificar tres ocupaciones, la más antigua, bajo un abrigo rocoso (codificado como Chía III) ocurrió aproximadamente entre 7.500 y 5.000 años A.P. Esta se asocia con un pequeño grupo de personas, quienes delimitaron las áreas de cocina, taller, descanso y enterramiento. Los artefactos líticos son de la clase Abriense. En el sitio se fabricaron cuchillos y raspadores en huesos de venado. La tipología de los artefactos, y la economía de los ocupantes de Las Peñitas, son similares a la que tuvieron los habitantes, por la misma época, en la zona III del Tequendama, Nemocón 4, Zipaquirá y Payara II. En estos sitios fue muy importante la recolección y el consumo de caracoles, complementando la dieta con venados y otros mamíferos pequeños.

En Chía III, se encontraron 7 entierros, todos de la misma época y contemporáneos con la ocupación del sitio. Los cuerpos fueron enterrados en posición decúbito lateral con los miembros flejados. El ajuar funerario consistió en artefactos líticos, y restos de venado y conejo. La fecha obtenida en el entierro 5 es de 5.040 años A.P. Los individuos eran de talla media, con fuerte desarrollo muscular, cráneo dolicocéfalo, de cabeza alta, frente angosta y corta, nariz ancha y un pronunciado prognatismo alveolar. Los restos dentarios muestran por "primera vez" caries en épocas preagrícolas.

No se sabe si los habitantes de Chía III abandonaron la Sabana o si derivaron hacia nuevas formas socioeconómicas en un lugar cercano. Lo cierto es que la región quedó deshabitada temporalmente.

Entre los años 5.000 - 3.000 A.P. ocurre la segunda ocupación en Chía I por un grupo numéricamente superior al anterior, éste ocupó un sitio a cielo abierto (terraza coluvial), sin vinculación con los abrigos. Es probable que los habitantes que utilizaron este nuevo patrón de asentamiento (semejante al de Vistahermosa en Mosquera y Aguazuque 1 en Soacha) también hayan utilizado los abrigos rocosos como vivienda. Las evidencias sugieren contactos entre el Valle del Magdalena y el altiplano. Los artefactos son de la clase Abriense, pero incluyen cantos rodados con bordes desgastados (edge ground cobbles), raspadores planos e instrumentos multifuncionales, asociados a la recolección y posiblemente a domesticación de plantas, raíces y/ o tubérculos. La tradición de cantos rodados con bordes desgastados no había sido reconocida para la etapa lítica en Colombia, pero se relaciona con otros yacimientos (Chiriqui - Panamá) con evidencias de agricultura temprana. En Chía I también aparece un piso de piedras fechado en 3.120 años A.P., en un estrato superior con cerámica del período Herrera.

Gonzalo Correal (1986) excavó en la hacienda Aguazuque (municipio de Soacha) un campamento de cazadores recolectores y pescadores al aire libre, y a la vez un complejo funerario precerámico. El asentamiento estaba resguardado de las inundaciones por hallarse sobre una terraza que presentaba condiciones propicias para vivir y aprovechar los recursos que ofrecían los remanentes lacustres de la Sabana de Bogotá, así como los recursos faunísticos y vegetales de los alrededores. Además de campamento de cacería, el sitio sirvió de basurero y a la vez como cementerio.

En la formación del yacimiento se presentan 7 unidades estratificadas. Las unidades 1 y 2, las más bajas, son dos capas arenosas que culturalmente solo representan el fondo del entierro inferior de la tumba doble de la unidad superior. La unidad 3 es la base de la secuencia cultural; en esta se registraron fogones rellenos de ceniza, carbón, restos de fauna (venados, roedores, caracoles terrestres, moluscos de agua dulce y crustáceos), artefactos líticos, pesas para redes de pesca, plataformas concéntricas con huecos periféricos, entierros primarios, secundarios y una tumba de pozo doble, sobre una plataforma apisonada. Los restos se encontraron cubiertos con pintura blanca revestida con ocre, en ellos aparecen rasgos anatomopatológicos que corresponden a treponematosis (Sífilis) avanzada. También se registró la presencia de huecos que delimitan áreas circulares, que en un caso enmarcan la plataforma mencionada y en otros casos aparecen independientes de dichas estructuras, configurando cobertizos en forma de colmena.

La unidad 4 (1) presentó los vestigios arqueológicos de mayor interés, fechados en 4.030 años A.P. Allí se encontró un entierro humano; los restos se hallaron cubiertos de pintura blanca y están asociados con artefactos líticos de la clase Abriense e instrumentos de hueso. También se hallaron restos de cráneos con bordes biselados, decorados con incisiones rellenas de pintura blanca, delineando motivos curvilíneos (volutas, círculos y líneas paralelas); sobre algunos de estos se aprecia pintura de color rojo.

Los huesos largos recuperados, sin epífisis, muestran pintura plateada y blanca sobre negro, en líneas paralelas. Esta unidad muestra un complejo funerario no definido anteriormente en Colombia para yacimientos de cazadores recolectores; consta de 23 entierros primarios y secundarios en disposición circular. En los primeros se incluyen mujeres, hombres y niños, predomina el entierro doble, en posición lateral derecha o izquierda, con los miembros flejados. Los paquetes de huesos humanos y de animales así como los huesos calcinados y cráneos aislados sugieren la practica del canibalismo.

La unidad 4 (2) no muestra variaciones significativas en los artefactos, restos de fauna o entierros, con relación a las unidades superiores. En esta unidad aparecen las plataformas circulares de color rojo con huecos rellenos de piedras areniscas angulares y huesos de venados.

Las unidades 51 y 52 incluían fogones, construcciones de planta oval identificadas por huecos de postes, entierros primarios y secundarios. A éstos se les puede asignar, por asociación estratigráfica con el sitio (MSQ 14) Vistahermosa, fechas entre 3.400 y 3.100 años A.P. respectivamente. Para esta última época se destaca una inhumación doble (hombre y mujer adultos), colocados en la misma posición que los de la unidad inferior, pero con el rostro hacia el oeste. también se encontraron huesos con pintura blanca, deformación craneal fronto-occipital y huesos largos pintados de rojo. Los entierros de niños muestran posición sedente con los miembros flejados.

Los restos de fauna pertenecen a venados, ratones, curíes, faras y comadrejas, entre los restos de peces se destacan el capitán y la guapucha, otros restos parecen corresponder a batracios, (ranas), crustáceos (cangrejos), gasterópodos y moluscos, este último representado por la especie de agua dulce (Unio pictorum) que debió servir como fuente de proteínas y para la extracción del colorante plateado (Nácar).

Los artefactos líticos siguen siendo de la clase Abriense; pero se incluyen martillos de mano y cantos rodados con borde desgastado (edge ground cobbles), tradición lítica similar a la de Chía I y Vistahermosa. En este sitio se registraron punzones de hueso reconocidos también en Vistahermosa y pesas circulares bucólicas para redes de pesca, elaboradas en cantos rodados de arenisca.

La capa 6 solamente contiene pequeños trozos de carbón vegetal y unos pocos fragmentos cerámicos del período Muisca. La unidad 7, la más alta, presenta cerámica moderna, vidrio y tiestos definidos para el período Muisca.

Los restos óseos de Aguazuque presentan rasgos ya descritos para series precerámicas de Colombia, tales como la dolicocefalia, atrición dentaria, prognatismo alveolar moderado, pómulos fuertemente desarrollados etc.; es importante destacar cómo por medio de los estudios paleopatológicos se han identificado en los restos óseos de este sitio lesiones luéticas (sífilis).

En la investigación realizada en la Hacienda Vistahermosa sitio (MSQ 14) en el municipio de Mosquera al borde de la Laguna de Herrera G. Correal, (1984) identificó una estación precerámica abierta, con dos capas culturales. La capa 1 u horizontal A, se caracterizó por la presencia de un piso de piedras irregulares y postes de madera en posición horizontal, posiblemente utilizados como aisladores de humedad. Se encontraron raspadores, raederas, lascas con borde cortante y abundantes artefactos de asta y hueso que incluyen raspadores, perforadores, leznas, y punzones, estos últimos denominados Vistahermosa, los cuales se caracterizan por haber sido elaborados "con la porción superior de omoplatos de venados, presentan una parte próxima laminar oblonga y un extremo agudo". También se encontraron fogones y entierros humanos, destacándose un esqueleto completo rodeado por cinco cráneos. Los restos de fauna incluyen mamíferos, aves y caracoles los cuales indican actividades de cacería y recolección. Esta capa fue datada en 3.135 años A.P. La capa 2 presenta artefactos de piedra y hueso; fue fechada en 3.410 años A.P. La presencia de basalto sugiere desplazamientos entre esta parte del altiplano y el Valle del Magdalena.

María Victoria Palacios (1972), excavó en las colinas del Alto de La Cruz, cerca de Bojacá (Cundinamarca). Encontró esqueletos humanos cuyos cráneos fueron definidos como dolicocéfalos, con un índice promedio de 66.8%, por lo cual la investigadora supuso contemporaneidad con la etapa precerámica. También encontró asociación con artefactos líticos, trabajados por percusión y retocados por presión. Además registró instrumentos de hueso (agujas, un cuchillo y un pulidor). Los artefactos y los restos de fauna los relacionó con actividades de caza y recolección.

El Periodo Herrera (3)

La investigación de Gonzalo Correal U. y María Pinto Nolla (1983) en Zipacón sugieren que los desarrollos agrícolas alfareros en la Sabana de Bogotá se remontan más allá del año 3.270 A.P. Esta fecha modifica la periodización cultural anteriormente establecida, con base en la información de la zona IV de ocupación del Tequendama con prácticas agrícolas por el año 2.225 A.P. Los hallazgos de Zipacón muestran la coexistencia de patrones de subsistencia basados en la cacería y la recolección, el cultivo incipiente de maíz y batata. Este sitio, además de suministrar la fecha más antigua para la cerámica de la Sabana, permite una visión más concreta sobre los acontecimientos ocurridos hacia el cuarto milenio A.P., esclareciendo en parte, el vacío de información que existía. Según Correal y Pinto, el aspecto de mayor interés es la presencia de los tipos cerámicos del "Período Herrera", "Zipacón Cuarzo Fino", "Zipacón Rojo sobre Crema". La cerámica de este sitio se ubica entre principios del segundo milenio a.C., y primeros siglos D.C. Los artefactos líticos obtenidos no difieren de los ya reconocidos en otras áreas de la Sabana.

La fauna asociada incluye mamíferos, peces, aves, crustáceos y gasterópodos (caracoles), sobresale la presencia de restos de pecarí, que junto con la de semillas de aguacate y rasgos en la cerámicas relacionados con otros del Valle del Magdalena, sugieren una lenta migración de esta región hacia el altiplano, a finales de la etapa lítica, de grupos diferentes a las bandas de cazadores que habitaron la Sabana de Bogotá durante largo tiempo. Estos eran recolectores, horticultores y alfareros.

Los resultados de esta investigación son de gran importancia, por ser la primera vez que se plantea una etapa antes desconocida en el desarrollo cultural de la Sabana de Bogotá como fue el paso de la agricultura incipiente (horticultura) y la recolección, a la etapa agrícola ya desarrollada, en Zipaquirá y otros sitios del Período Herrera. De otra parte los datos obtenidos en Zipacón permiten ir aclarando lo relativo al "Período Oscuro" o "Vacío Prehistórico" planteado en investigaciones anteriores, para un período comprendido entre los años 5.000 a 2.225 A.P.

Silvia Broadbent (1971) fue quien registró la cerámica Herrera (3) en los municipios de Mosquera, Madrid y Bojacá (Cundinamarca), en sitios por lo menos del tamaño de una aldea (aproximadamente 5 has.). La investigadora definió los tipos "Mosquera Rojo Inciso" y "Mosquera Roca Triturada"; planteó que esta cerámicas era muy particular, y diferente a la Muisca encontrada en los mismos sitios. Ahora, con base en los resultados de varias investigaciones, se puede plantear que la cerámica Herrera, a pesar de su amplia distribución en la altiplanicie cundiboyacense, es muy homogénea.

Al Período "Herrera" corresponden los desarrollos culturales ocurridos entre el precerámico tardío y el período Muisca; Cardale de Schrimpff (1985) afirma que éste se definió principalmente por el estilo cerámico más antiguo conocido en la Sabana de Bogotá y que, con anterioridad a los trabajos de Broadbent, Duque Gómez (1955) y Hernández de Alba (1937) habían planteado la existencia de sitios y objetos diferentes a los asociados con los Muisca en esta región.

Las excavaciones de García y Gutiérrez (1983), en el abrigo rocoso Tequendama III , mostraron un piso de vivienda, probablemente permanente tanto para la etapa lítica como para el período cerámico "Herrera". En este sitio también se encontraron dos pisos de piedra superpuestos y claramente diferenciados que correspondieron a ocupaciones humanas, el piso inferior presentó material lítico, óseo y un entierro, y el superior estaba asociado al período cerámico.

Gerardo Ardila (1981) identificó en el abrigo rocoso Chía II la tercera ocupación de esta zona, por gente portadora de cerámica Herrera. La fecha obtenida fue de 2.090 años A.P. y según las evidencias los abrigos no se utilizaron como sitios de vivienda, sino esporádicamente, como campamentos de paso.

 

Uno de los trabajos más significativos sobre el Período Herrera es el de Marianne Cardale de Schrimpff (1981) sobre las Salinas de Zipaquirá. Allí la ocupación premuisca se asentó en las laderas de la planicie o parte alta de la colina de La Sal. En la primera mitad del último milenio a.C. el sitio había sido desmontado y los primeros habitantes cultivaron maíz y quinoa. La cacería estuvo representada por restos de venado grande, soche y curí. Se calcula que para el primer siglo a.C. habitaron el lugar de 35 a 70 personas. Por el año 2.326 A.P. en Nemocón también se producía sal por el proceso de evaporación.

En Zipaquirá durante el primer siglo d.C. se incrementó la producción de sal. Los cálculos sugieren la presencia de 500 toneladas de fragmentos de vasijas utilizadas en la compactación de la sal. La investigadora planteó que la población de la zona fue aproximadamente de 30.000 habitantes.

El conjunto cerámico de Zipaquirá, está representado por los tipos "Mosquera Roca Triturada", "Zipaquirá Rojo sobre Crema", "ollas con decoración ungulada" y "Zipaquirá Desgrasante de Tiestos". Estos comparten rasgos decorativos y aparecen asociados en sitios contemporáneos. Un tipo adicional, en muy baja proporción, es el "Mosquera Rojo Inciso" importado tal vez de los límites suroccidentales de la Sabana. No se sabe si se trató de un tipo cerámico del "Período Herrera" o si fue elaborado por gentes de otra etnia, tal vez provenientes del Valle del Magdalena.

En Zipacón y en varios sitios de Mosquera, se halló el tipo "Zipaquirá Desgrasante de Tiestos", lo cual sugiere que la sal se transportaba en las vasijas en que se compactaba.

En la Sabana de Bogotá, Karl H. Langebaek R. y Hildur Zea S. (1983-85-86) en el sitio El Muelle II (municipio de Sopó) identificaron tres períodos cerámicos. En el primero (Herrera) el sitio de utilizó como basurero de una cerámica dedicada a la evaporación de aguasal.

Los tipos cerámicos asociados son el "Zipaquirá Desgrasante de Tiesto", que corresponde a vasijas utilizadas en la producción de sal y, en menor proporción, el "Sopó Desgrasante Calcita", cuyas formas sugieren una función de almacenamiento. Tipos como el "Mosquera Roca Triturada" y "Mosquera Rojo Inciso" se asocian a cerámica doméstica, comúnmente relacionados con el "Zipaquirá Desgrasante Tiestos". Estos no se encontraron en el sitio, lo cual hace pensar que el lugar de vivienda quedaba en las inmediaciones de El Muelle II. Los vestigios de fauna sugieren la caza de venado grande, venado pequeño, ratones y patos.

Las características estratigráficas, y evidencias obtenidas para el segundo período identificado en el sitio, corresponden a la cultura Muisca y probablemente El Muelle sea el antiguo asentamiento de Meusa.

En dicho sitio entre los períodos Herrera y Muisca cambiaron las características de ocupación, lo cual sugiere que entre estos no hay mayor continuidad cultural. Al tercer período le corresponde la cerámica post-conquista. Langebaek (1986), compara los resultadas obtenidos en la región de Sopó con los de otras excavaciones del altiplano. El investigador comenta que las excavaciones en "El Muelle" brindaron la oportunidad de conocer la historia de un sitio donde se arrojaron desperdicios de los dos períodos cerámicos previos a la invasión española; también identificó algunos rasgos comunes para ambos períodos. Se sabe que los indígenas de estos períodos compartieron el conocimiento de prácticas agrícolas y alfareras, escogieron el mismo sitio para vivir y al parecer mantuvieron relaciones de intercambio que les daban acceso a productos de lejana procedencia. Sin embargo entre los indígenas de uno y otro período parecen haber existido más diferencias que similitudes. En la cerámica existe un evidente contraste: el uso de pintura para la decoración en el Período Muisca, con técnicas y motivos que recuerdan tradiciones del norte de Colombia, Venezuela y los Llanos Orientales. Tanto Langebaek (1986) como Cardale (1981) opinan que no es difícil relacionar los tipos incisos de dicha región con el material de los sitios de Sopó y Zipaquirá. El tipo Herrera "Mosquera Rojo Inciso", se asemeja a vasijas encontradas en el Valle del Magdalena; este tipo no está representado en el material de los dos sitios mencionados. Esta cerámica es común en el sur y occidente de la Sabana de Bogotá y presenta estrecha relación con tiestos de cerámica "Pubenza Rojo Bañada", característicos de algunos sitios de la vertiente occidental de la cordillera. Lo anterior sugiere el traslado de dos tradiciones cerámicas en el límite entre las dos áreas. Langebaek plantea que la relación entre el Muelle II y el Valle del Magdalena, se debe trazar a partir de la cerámica con desgrasante de calcita (Mosquera Roca Triturada), cuyas formas y decoración recuerdan aspectos de vasijas encontradas en Arrancaplumas, cerca a Honda.

En cuanto al área ocupada por los Muisca fue por lo menos cuatro veces mayor que la ocupada por los habitantes del período anterior. Estos grupos presentan diferencias en las pautas de asentamiento. Durante el Período Herrera hay utilización de abrigos rocosos y sitios a campo abierto, mientras que los asentamientos Muisca son únicamente de la segunda categoría.

Durante el Período Herrera tuvieron importancia para la dieta los frutos de la caza y la recolección, la cual se complementaba con productos de una agricultura incipiente; la evaporación de aguasal era una actividad económica notable. Para los Muisca la economía se basó en la agricultura desarrollada con énfasis en el cultivo del maíz. Durante el Período Herrera es notable la ausencia de tejidos, de orfebrería y de cerámica ceremonial, lo que apunta a diferencias en la vida ritual y espiritual. Langebaek defiende la tesis que se trata de dos épocas en las cuales predominaron grupos de distinta filiación cultural, Herrera y Muisca, que probablemente son de origen disímil.

Alvaro Botiva (1984), obtuvo una muestra superficial de Cerámica Herrera del tipo "Mosquera Roca Triturada", en la Cueva del Nitro (Municipio de Ubalá) sobre la margen izquierda del río Guavio. Esta se encontró asociada superficialmente con cerámica Muisca, pesas tubulares para red, cuentas de collar en calcita y concha marina. Aunque no fue posible adelantar excavaciones en dicho sitio, es interesante la presencia de dicho material en la vertiente oriental de la Cordillera Oriental, ya que sirve como indicador de la gran expansión que tuvieron las gentes del Período Herrera en la altiplanicie. Esta migración se confirma una vez más con el trabajo de Sergio Rivera (1986) quien, al noroeste de la Sabana de Bogotá, en el Páramo de Tausa bajo los abrigos rocosos de Payará, encontró cerámica de dicho período además de Muisca y moderna. Para este sitio se planteó que pudo haber sido una estación tardía de caza y recolección, y a la vez parte de una ruta de comercio. Es interesante observar que los dos sitios mencionados corresponden a dos pisos térmicos diferentes, clima medio y páramo, lo cual nos confirma que la ocupación Herrera se asentó en regiones de distintos ambientes y explotó varios nichos ecológicos.

 

El sitio "La Loma" (Facatativá, investigado por García y Gutiérrez (1983) se caracterizó por la ausencia total de un período lítico y el hallazgo de abundante cerámica, instrumentos de hueso y un fogón. La fecha 310 años A.P., obtenida de un piso cultural, no es del todo consistente con el tipo cerámico "Mosquera Roca Triturada" pero aceptable, por la asociación con el tipo cerámico, "Funza Cuarzo Fino". Se cree que el lugar sólo se utilizó esporádicamente como estación de caza, a la vez que probablemente sirvió como refugio de los desbordes del río Chueca.

El Período Herrera en Boyacá se remonta a una fecha de 2.160 años A.P.; ésta fue obtenida por Virgilio Becerra (1985) en "Piedrapintada" (Ventaquemada-Boyacá). Se asocia con cerámica Herrera, un fogón, huecos de poste, una zona de deshechos de cocina, un sector para depósito de tiestos y una zona para la industria lítica.

Ya en 1937 Hernández de Alba, al excavar en Tunja, encontró 7 columnas de piedra que formaban un círculo; según él, debieron ser parte de construcciones trabajadas por un pueblo distinto al que en el mismo sitio dejó huecos de maderos de una construcción también circular. Hernández de Alba, encontró cerámica con decoración incisa y pintada. También excavó varias tumbas, en la No. 4 además del esqueleto, halló tiestos pintados con líneas negras, piedras de moler y carbones; el autor es muy claro en afirmar que los cortos trabajos revelan diferentes tipos de construcciones, dos clases de cerámica, usos funerarios, detalles religiosos, características raciales y un llamativo problema sobre dos culturas. Es interesante anotar que el sitio donde Neila Castillo (1984), encontró cerámica Herrera, está localizadas muy cerca de las excavaciones hechas en 1937 por el mencionado investigador y que identificó como el Temple de Goranchacha.

Para la región del Alto Valle de Tenza, Roberto Lleras (1986), encontró en el Municipio de Tibaná dentro de una pequeña cueva, cerámica del período Herrera.

Las fechas entre los años 2. 180 y 2.880 A.P. obtenidas por E. Silva Celis (1981-1883-1986) en El Infiernito, sugieren que las estructuras megalíticas orientadas Este-Oeste se erigieron durante el período Herrera. Desafortunadamente todavía este investigador no ha publicado la descripción del material cerámico asociado a las esculturas; sin embargo, Boada (1987) hace la analogía de la cerámica de El Infiernito con la de Sutamarchán, Samacá y Tunja, con lo cual deja entrever que esta cerámica es indiscutiblemente Muisca.

No sobra aclarar que dicho investigador asocia las construcciones megalíticas del observatorio de Zaquencipa (El Infiernito) con los Muisca. Con base en la cronología que él obtuvo los remonta a una época que oscila entre los siglos III y X a.C. Estos datos son contradictorios con las primeras fases de la ocupación Muisca, conocida en otros documentos de la literatura arqueológica del Altiplano Cundiboyacense.

 

Las investigaciones de Neila Castillo (1984), en Tunja, muestran una primera ocupación que va desde el siglo III o IV hasta el siglo X d.C. (950 años d.C.). Esta se definió con base en una secuencia relativa, pues solo se obtuvieron dos fechas de C-14; la primera de año 690 d.C. o 1.260 A.P. El material cerámico corresponde al complejo de cerámica incisa, caracterizado por los siguientes tipos "Tunja Desgrasante Calcita", "Tunja Rojo sobre Crema o Gris", "Tunja Desgrasante Tiestos", "Tunja Fino Inciso" y "Tunja Carmelito Ordinario". Estos se encontraron estratificados en dos pozos en los estratos 8, 7, 6 y 5 y revueltos en los otros. Según Castillo, las notables diferencias de esta cerámica con la Muisca, permitieron definirla como un complejo anterior. Esta primera ocupación se caracterizó por que los tipos cerámicos ya citados que son semejantes a los del Período Herrera de la Sabana de Bogotá; no obstante, fueron denominados de manera diferente.

A esta ocupación sigue una zona de contacto cuya duración pudo extenderse por unos 300 o 400 años a partir del siglo VII-VIII d.C., hasta el X u XI d.C. (1.170 d.C. o 780 A.P.). La investigadora obtuvo esta última fecha en la base de la unidad 4 de los pozos T VII y T IX, de manera que existe un lapso de tiempo de casi 500 años de diferencia entre el límite superior del estrato 7 y la base del estrato 4, que se reparte entre los estratos 6 y 5. A este período correspondería la zona de contacto o transición entre un complejo inciso Período Herrera y uno pintado Muisca. Un hecho relevante es la aparición del tipo Tunja Arenoso, que la arqueóloga presenta como la cerámica transicional en la medida que porta elementos representativas como las formas de vasijas del período precedente y la pintura roja como técnica decorativa en la cerámica del período siguiente; un elemento propio de esta cerámica es la variación en la pasta. El complejo de cerámica pintada va a caracterizar el segundo período de ocupación a partir del siglo IX d.C. Los tipos cerámicos representativos y en orden de aparición son los siguientes: "Tunja Desgrasante Gris", "Tunja Desgrasante Fino", "Cucáita Desgrasante Blanco", "Tunja Naranja Pulido" y "Valle de Tenza Gris (bicromo)".

Ann Osborn (1985), menciona varias alineaciones de columnas de piedra (menhires) en los alrededores de la Sierra Nevada del Cocuy, especialmente en Chita y la presencia de abundante cerámica del Período Herrera alrededor de éstas. Según Marianne Cardale (1985), la cerámica se relaciona estrechamente con la excavada en Tunja por Neyla Castillo, que pertenece al complejo de Cerámica Incisa, En la muestra abundan los cuencos hemisféricos decorados con motivos incisos, e impresos alrededor del borde. Esta decoración a veces se combina con franjas de pintura o baño rojo; estas formas y motivos decorativos son característicos de los tipos "Tunja Desgrasante Calcita" y "Tunja Rojo sobre Gris o Crema". Sin embargo se descarta la posibilidad de comercio directo de las vasijas, ya que la pasta de la cerámica de Chita no tiene calcita. Otros fragmentos con decoración de escobilla o superficie raspada se parecen al tipo "Tunja Carmelito Ordinario"

Entre el primer siglo a.C. y el sexto siglo d.C. W. Bray (citado por Cardale M. en Osborn (1985), encuentra en el municipio de Carrizal una cerámica que corresponde a la denominada Fase La Antigua. Esta sugiere relaciones entre la zona montañosa de Santander del Sur y la parte norte de la altiplanicie cundiboyacense, durante el primer milenio d.C. última época del Período Herrera.

Para culminar lo referente a este período podemos comentar que en cuanto al tipo de vivienda a cielo abierto, no es muy claro todavía; Duque Gómez (1965) comenta que él excavó un bohío circular en Mondoñedo (Mosquera Cundinamarca) que tenía cerámica diferente a la Muisca. En Tequendama, Zipaquirá, Nemocón (Cundinamarca) y Piedrapintada (Boyacá) se encontraron huecos de poste, recientemente en Soacha (Cundinamarca) la planta completa de un piso de habitación o vivienda.

Las evidencias obtenidas a la fecha sobre los asentamientos del período Herrera para el altiplano Cundiboyacense indican que fueron ocupados 9 abrigos rocosos, 4 sitios sobre colinas (Sauquirá en Cogua y las Salinas de Zipaquirá, Tausa y Nemocón), y 20 sitios en áreas abiertas, (entre ellas la pequeña salina de El Muelle en la vereda de Meusa (Sopó). El reconocimiento y distribución de 30 sitios del período Herrera muestran una ocupación extendida por todo el altiplano (Mosquera al sur, Tunja al Norte, Zipacón al suroccidente y Ubalá al oriente), así como en diferentes pisos térmicos, que incluyen áreas de páramo (Payará II), de clima frío (Sabana de Bogotá) y de clima templado (en las dos vertientes Ubalá y Valle de Tenza al Este y Zipacón hacia el oeste).

De otra parte es claro que en la Sabana de Bogotá el Período Herrera y el Muisca se encuentran separados. En cuanto a la transición Herrera-Muisca en Boyacá, es interesante observar que la cronología de los sitios del Valle de Samacá (Boada, 1987), plantea una alternativa de colonización proveniente del norte que va ocupando los valles interandinos (Sutamarchán, El Infiernito, Samacá y luego Tunja). Esta propuesta se opone a la de Castillo sobre un período de contacto y transición entre Herrera y Muisca, puesto que se trataría de un grupo de gente que habría llegado a asentarse en Tunja, llevando una tradición cerámica ya desarrollada.

El Período Muisca

La complejidad social, económica y política de los Muisca fue sin duda la más notable del actual territorio colombiano en la época prehispánica. Este planteamiento se viene afirmando cada vez más de acuerdo a la información de los cronistas, con el análisis de la documentación de archivos que ha permitido entre otras cosas establecer el vasto territorio ocupado por esta etnia, y con los resultados de la investigación arqueológica que han dado cuenta de los diferentes momentos del quehacer de dicho grupo no sólo a nivel de sus elementos materiales y económicos sino también brindando datos sobre sus asentamientos, aspecto físico y biológico, salud y enfermedad, manifestaciones ideológicas, (arte, religión, etc.). Muestran estos estudios también que la homogeneidad de la sociedad Muisca es aparente, puesto que hay notorias diferencias entre los habitantes del sur y los del norte de la Altiplanicie Cundiboyacense.

El presente aparte trae los resultados obtenidos por los diferentes arqueólogos que han estudiado la sociedad Muisca a nivel de asentamientos, arte rupestre, orfebrería, cerámica, osteología y consulta de archivos, de acuerdo con la división territorial establecida por Falchetti y Plazas (1973) para el siglo XVI.

José Pérez de Barradas (1941), recopiló parte de las manifestaciones rupestres de Boyacá y Cundinamarca. El autor consideró que las pinturas no eran diametralmente opuestas a los grabados, sino que ambas técnicas fueron utilizadas por la misma cultura. Reafirma la opinión de Juan de Castellanos, Juan Rodríguez Freyle y Bernardo de Lugo referente a la falta de escritura por parte de los naturales de este reino; sostuvo además que las pinturas y los grabados no pudieron ser indicios o rudimentos de escritura. También retomó los documentos y comentarios de los investigadores Liborio Zerda y Miguel Triana; para plantear que el arte rupestre ofrece la posibilidad de interpretarlo; comentó que si bien era un campo difícil de investigar, no lo creía sin solución, pero tampoco tema propicio para toda clase de fantasías.

Jaime Jaramillo Arango (1946), describió dos piezas del trabajo orfebre de los Muisca, sus técnicas de elaboración, y ofreció hipótesis sobre la utilización de las figuras. Planteó que si bien el arte chibcha presentaba ejemplares de una gran delicadeza y hermosa filigrana no obstante constituyó un tipo de orfebrería primitivo en relación con lo avanzado de la producción metalúrgica de la Colombia Prehispánica.

Ana María Falchetti y Clemencia Plazas (1973), con base en cronistas, documentos de archivo, mapas de los siglos XVII, XVIII y XIX, trabajos arqueológicos y otros escritos sobre los Muisca, delimitaron el territorio de este grupo, y localizaron los asentamientos antiguos (pueblos viejos). El mapa que elaboraron presenta los territorios del Zipa, del Zaque, y los independientes, así como los límites externos y la colindancia con Sutagaos, Guayupes, Teguas, Tunebos, Laches, Guanes, Muzos y Panches.

Gonzalo Correal y Jaime Gómez (1974), con base en los análisis y radiografías realizadas en tres cráneos Muisca diagnosticaron por primera vez en Colombia, intervenciones quirúrgicas. En el cráneo de una mujer, procedente de Sopó (Cundinamarca) además de la trepanación, se observó una craneoplastía, compuesta de arcilla silícea de alto contenido férreo, color gris y constitución densa. Por la obturación realizada en este cráneo se sugiere que la paciente debió sobrevivir algún tiempo luego de la operación. En el segundo caso, otro cráneo de mujer procedente de Belén (Boyacá), no está clara la finalidad de la trepanación que le fue practicada. En el tercer caso sobre el cráneo de un hombre procedente de Nemocón (Cundinamarca), con deformación (aplastamiento de la región frontal), la práctica quirúrgica trató una lesión traumática, indicada por una fractura.

El estudio de Silvia Broadbent sobre la cerámica moderna de las altiplanicies de Cundinamarca y Boyacá 1974 (Tausa, Ubaté, Chiquinquirá, Ráquira), es clave porque muestra la importancia de su comercio, así como su utilización entre el campesinado; afirma también como la cerámica moderna se ubica en dos categorías: la arraigada en la tradición indígena y la influenciada por tradiciones foráneas, posteriores a la conquista. Esta investigación complementa los estudios arqueológicos, pues permite señalar semejanzas con la cerámica antigua, en lo pertinente a la fabricación. En un trabajo anterior adelantado en 1969, relaciona los hallazgos aislados y monumentos de piedra del territorio Muisca referidos por diversos autores; estudió las terrazas de cultivos reseñadas por Haury y Cubillos (1953), y las dividió en dos clases, de acuerdo a la época de construcción. Esta arqueóloga además trabajó en 1964 documentos de archivo referentes a la organización sociopolítica de los chibchas. De este estudio obtuvo información sobre la organización interna de los grupos locales, las relaciones feudatarias entre caciques, los derechos y funciones de éstos, los pueblos de indios. En cuanto al patrón de asentamiento describe un poblamiento nucleado en Partes o Capitanías, junto con vivienda dispersa.

Clemencia Plazas (1975), tomando las colecciones de orfebrería del Museo del Oro del Banco de la República, propone una nueva metodología de clasificación empleando criterios cuantificables, para reemplazar la apreciación visual. Esta metodología aplicada a 412 tunjos Muisca, permitió establecer 42 criterios de clasificación. El análisis de las figuras arrojó un listado de sus características, las cuales fueron llevadas a tarjetas de computador. Así se obtuvieron las tablas de correlación entre dos variables y otras pruebas estadísticas. La investigadora plantea que, para obtener una clasificación científica es necesario hacer un análisis exhaustivo, según criterios objetivos, catalogación bien archivada, establecimiento de tipologías por características significativas y obtención de pruebas de distribución de frecuencias.

 

Lucía Rojas de Perdomo (1975),en un estudio sobre la cerámica Muisca, analizó 1817 piezas de colecciones de varios museos y estableció tipos cerámicos referidos siempre a una zona dentro del territorio Muisca. Mediante la consulta bibliográfica siguió la dispersión de la vasija a cuya forma es conocida como "mocasín". Luego de un recuento sobre las investigaciones adelantadas en el altiplano cundiboyacense, entra a estudiar la cerámica desde su aparición hasta llegar al detalle de la cerámica Muisca, definiendo los rasgos técnicos. Con base en La revisión de la documentación histórica sobre la cerámica, menciona los centros de producción y las características de la cerámica funeraria. La investigadora definió las formas y variaciones en los tipos Valle de Tenza, y Buenavista (Boyacá), Guasca y Tequendama (Cundinamarca); retoma de otros investigadores los tipos Suta y Guatavita.

Clara Inés Casilimas e Imelda López (1982), realizaron un estudio etnohistórico encaminado a reconstruir la religión Muisca, desde la preconquista hasta el siglo XVII; utilizaron la información que ofrecen los documentos coloniales, las crónicas y las investigaciones arqueológicas. A partir de la recopilación de mitos y su posterior estudio estructural se intenta reconstruir el templo Muisca. El área de estudio, correspondió a la región denominada etnohistóricamente Zipazgo; sin embargo, en algunas oportunidades se recurrió a datos arqueológicos y etnohistóricos del Zacazgo, ya sea por la carencia de información en el área estudiada o porque los datos de una y otra se complementaban y en ciertas ocasiones son comunes a los Muisca del sur y del norte. Las mismas investigadoras (1984), destacaron la importancia de las "Visitas" como fuente primaria para el hallazgo de datos etnográficos que contribuyan al conocimiento y comprensión de las etnias precolombinas, particularmente de la Muisca. De esta forma en el estudio se recogieron datos referentes a tres aspectos de esta cultura, a saber: ubicación de pueblos, composición interna de los repartimientos y actividad económica local. El material etnográfico se clasificó de acuerdo a las cuencas hidrográficas principales del territorio ocupado por el grupo Muisca. Este ordenamiento permitió distinguir y comparar las diferentes subregiones geográficas con relación a los aspectos culturales señalados anteriormente. De igual manera, las investigadoras elaboraron un diccionario de topónimos en el cual reseñan a más de su ubicación (en ocasiones) su significado en lengua.

Carl Langebaek (1984, 1985a, 1985b, 1985c, 1986a), centra su interés en la información de documentos del Archivo Nacional referentes a la organización social poblamiento, distribución étnica y economía Muisca (producción agrícola, mercados, circulación de productos, intercambio etc.) extendiéndolo a los demás grupos de la lengua chibcha que ocupaban la Cordillera Oriental en el siglo XVI, especialmente los Laches. También ha orientado otros trabajos hacia el estudio del patrón de pisos térmicos entre los grupos mencionados, documentando la existencia de una pauta de residencia mixta, un tiempo en aldeas y otro en bohíos dispersos, lo cual permitió una economía susceptible de incorporar artículos de diversos climas, posición compartida también por algunos investigadores que estudian la región. También muestra el acceso de los Muisca a los plantíos de coca durante el siglo XVI e incluye las áreas donde se dio la producción de tabaco, yopo y coca en territorio Muisca y regiones colindantes.

En el trabajo sobre "Mercados, Poblamiento e Integración Etnica entre los Muiscas del siglo XVI", Langebaek (1987), analiza la distribución de productos entre los cacicazgos de habla chibcha. Muestra como la producción y circulación de alimentos agrícolas y bienes de trabajo entre los Muiscas fue el resultado de la autosuficiencia gracias a la utilización de diversos pisos térmicos; el acceso a los recursos de éstos, así como el mantenimiento de posición y prestigio político de los caciques fue una consecuencia no de la acumulación de riqueza sino de la redistribución entre la población de los excedentes comunales (tributo) que tenía un manejo centralizado en beneficio de la comunidad, sistema que debe entenderse como fundamental de la organización socioeconómica entre los Muisca. Al tratar el intercambio plantea que no requirió de especialistas, del uso de moneda o del transporte de grandes cantidades de productos.

Con los mercados, que se hacían en sitios según las confederaciones, se fomentó la integración étnica. También plantea como algunos cacicazgos y pueblos intermedios fueron centros económicos en la circulación de productos. El investigador trae además una clara descripción de las características de los cacicazgos y los artículos de intercambio y materias primas. En síntesis presenta un panorama general de la economía Muisca del siglo XVI.

Margarita Silva (1985), clasificó tipologicamente 506 volantes de huso Muisca procedentes de Sogamoso, Tunja, Chiquinquirá, Pesca, Samacá, Sutamarchán, Soacha, Pasca, Guasca, Sopó, Guatavita y 111 de procedencia desconocida pero de tipología Muisca. Todos están elaborados en piedra negra, característica que los diferencia de los de otras culturas prehispánicas. La tipología fue establecida de acuerdo con la función desempeñada por el volante y las diferentes técnicas (Bororó y Bacairí) empleadas en el hilado. Las formas se identificaron por medio de conceptos geométricos, clase de material empleado, color, dureza, peso, dimensiones, técnica de fabricación, diseño y decoración.


Territorio del Zipa

 

Para el territorio del Zipa se han realizado los siguientes trabajos:

Gerardo Reichel Dolmatoff (1943), investigó en la Vereda Panamá municipio de Soacha (Cundinamarca), un sitio que tradicionalmente se ha denominado El Cementerio (4). Allí, recolectó superficialmente una pequeña muestra de fragmentos de vasijas, hachas, ganchos de tiradera, torteros de piedra con decoración grabada y empastada, fragmentos de collares de piedra, barro y concha, una ocarina ornitomorfa y dos matrices para el trabajo del oro. El informe no trae ningún tipo de análisis ni correlación del material.

Emil Haury y Julio César Cubillos (1953), realizaron excavaciones en Gachancipá, en la vereda de Pueblo Viejo y en el Parque Arqueológico de Facatativá; aunque no excavaron terrazas de cultivo, registraron buen número de ellas en cercanías de Soacha, Facatativá, Sopó, Tocancipá, Zipaquirá, Tausa, Occidente de Chocontá y Tunja, y sugirieron que no se requirió de un sistema social rígido para hacer estas construcciones, ni grandes grupos de trabajadores; plantearon que la responsabilidad en la preparación de los terrenos debió recaer en la familia, como en una sociedad rural. Referente a la ausencia de sitios estratificados y con alta concentración de material, los investigadores hipotéticamente manifestaron que debió tratarse de una población dispersa o a una corta historia. Con base en el estudio de la cerámica, identificaron doce tipos con los cuales establecieron una secuencia cronológica de tres períodos, preconquista antes de 1538, colonial entre 1538 y 1820, y reciente de 1820 al presente. Propusieron un estudio del ajuar funerario y de las tumbas para observar probables contrastes entre la cerámica funeraria y la doméstica.

Silvia Broadbent (1962, 1969), adelantó su primer trabajo arqueológico en un cementerio indígena (Muisca) en el barrio Tunjuelito al sur de Bogotá, en el sitio "LA CANDELARIA". Los hallazgos consistieron en restos humanos de varias tumbas que inicialmente fueron perturbados por trabajadores del lugar. La investigadora describe el tipo de tumbas y comenta que hacia el borde de una terraza de formación pleistocénica halló un pequeño basurero. El trabajo de excavación lo concentró en este depósito cultural, porque según ella correspondía a un sitio de habitación, con una mayor posibilidad de obtener nuevos datos y además porque se podía establecer una secuencia cultural por medio de la estratigrafía. De los cortes hechos logró delimitar el basurero y deducir como se formó. La cerámica obtenida la llamó "Chibcha Clásica"; a una de las clases cerámicas la designó "Tunjuelito Pintado". Además de la cerámica encontró torteros, una cuenta discoidal de caracol, agujas, leznas de hueso y cuerno de venado, además encontró restos de venado, curí, aves y pescados.

En otros de sus trabajos esta investigadora fue quien sentó las bases de la clasificación cerámica para la parte sur del territorio Chibcha. Utilizó el nombre del sitio de procedencia del material, así como las características relevantes de pasta, desgrasante, tratamiento de superficie, decoración, etc. La seriación de la cerámica en relación con la frecuencia, la distribución por sitios así como estratigráficamente, y la definición de los tipos cerámicos (1971-1986), le permitieron formular un período pre-Muisca, hoy llamado Herrera, caracterizado por los tipos "Mosquera Roca Triturada", y "Mosquera Inciso Rojo". El tipo "Funza Cuarzo Abundante" correspondería a una alfarería cercana al Período Muisca, representado por los tipos "Funza Roca Triturada", "Funza Laminar Duro", "Tunjuelo Arenoso Fino Pintado", "Tunjuelo Laminar", "Tunjuelo Cuarzo Fino", "Chocontá Arenoso Grueso", "Guatavita Desgrasante Tiestos", "Variante Rojo Abundante y Roja Burda", "Guatavita Desgrasante Gris". Un período moderno está representado por la cerámica "Chocontá Vidriada" y "Ráquira Desgrasante Arrastrado".

Wenceslao Cabrera Ortíz (1970) estudió algunas generalidades de los conjuntos pictóricos de Cundinamarca. Para su estudio retoma críticamente trabajos anteriores sobre el tema elaborados por Miguel Triana, José Pérez de Barradas y Antonio Núñez Jiménez, centrando su interés sobre las pictografías de las Piedras de Tunja en Facatativá. Comenta que allí se encuentra el núcleo más numeroso que integran el llamado "Cercado del Zipa", que según él sería el conjunto pictórico más impresionante de Colombia, por la gran cantidad de dibujos distribuidos en 63 murales entre pequeños y grandes, pintados sobre 32 piedras.

En su escrito presenta un croquis completo de la ubicación de las piedras y describe los pictogramas más importantes, planteando que los dibujos que trae dan una mejor idea de su imponencia, ya que estos hablan con mayor elocuencia. Dice que no hay riqueza de los signos, que hay una repetición muy marcada de elementos primarios o sea de figuras rectilíneas.

En el documento se muestran otros conjuntos pictográficos, el de la Vereda Chunavá en Bojacá el cual consta de 13 piedras pintadas siendo éstas por su representación, de las más importantes. Igualmente localiza y describe las piedras de los Cerros de Usca en cercanías a la laguna de la Herrera en Mosquera de las cuales dice que la representación es bastante pobre. Trae otra serie de pinturas rupestres de la Hacienda Mondoñedo y del Cerro de las Cátedras, también de Mosquera; de Sibaté, Canoas, San Benito y Tequendama en Soacha; de Sutatausa, Suesca, Chía y Zipaquirá. El investigador Cabrera Ortíz recalca que la destrucción de estos monumentos se debe a la acción brutal de la ignorancia.

Elena Uprimmy (1969), excavó en el Alto de Cubia, (municipio de Bojacá), una colina rocosa en la que encontró cerámica, artefactos líticos y restos óseos. Los pocos fragmentos cerámicos hallados en las capas superficiales eran de tipología "chibcha", similar a la encontrada por Reichel-Dolmatoff (1943) en Soacha y a la descrita por Haury y Cubillos (1953) para Facatativá. En tumbas de pozo circular, oval y rectangular se encontraron esqueletos de adultos y uno de niño, colocados en posición decúbito lateral. Luego del estudio de éstos, la investigadora planteó que la dolicocefalia, que presentaban los cráneos era una característica poco común en los grupos chibchas, lo cual sugiere la posibilidad de que se tratara de individuos pertenecientes al período lítico; de ser así se explicaría la profusión de raspadores y lascas de piedra; cuchillos en hueso de venado y restos óseos de curí, armadillo, venado, zarigüeya y varias clases de aves. El carbón vegetal y la variedad del material hacen pensar que el sitio fue un basurero de vivienda o un taller lítico, además de cementerio. La cerámica correspondería a un período más reciente ya que se trata de alfarería Muisca. La investigadora además describió 10 pictografías con dibujos geométricos, pero no analizó el significado de éstos por falta de elementos comparativos.

Cerca a la población de Bojacá, Mariana Brando (1971), excavó en los sitios La Fragua y Montanel. La estratigrafía cultural observada en los cortes de 10 trincheras en ningún caso alcanzó un metro de profundidad. Allí encontró 8 esqueletos incompletos que presentaban aplicación de pintura roja, abundante material lítico y unos pocos fragmentos de cerámica. Las características antropométricas, las formas de enterramiento y el material cerámico, (con el cual estableció 13 tipos) pertenecen al grupo Muisca.

El análisis del material lítico permitió observar muchas similitudes con el encontrado en el sitio El Abra por Correal, Van der Hammen y Hurt; dado que la investigadora no trató sobre el período precerámico, es de suponer que la presencia en Bojacá de material lítico similar con el de El Abra se deba a la continuación de la técnica del tallado (Industria Abriense).

Dermis H. O'Neil (1972), investigó varias terrazas de cultivo en el sitio llamado San Jorge, en el municipio de Suba. Estas se construyeron apilando tierra en 5 estadios sucesivos. Cada una de las 4 terrazas tiene su propia historia de construcción, no obstante ser aledañas y contemporáneas. En sus alrededores se hallaron evidencias de un asentamiento nucleado, de 4 a 8 viviendas con áreas de cultivo. Para la época de la conquista el área inmediata estaba densamente poblada. El mayor potencial de fertilidad del suelo se encontraba al sur de las colinas de Suba. La cronología que estableció este investigador para el sitio, fue preconquista tardía y post conquista (siglos XV y XVI), las evidencias según él son contemporáneas con Facatativá, Mosquera, Cota, Tocancipá y Soacha.

Por medio del material encontrado en Pasca (Cundinamarca), Luisa Fernanda Herrera (1972), sienta las bases para establecer la frontera Muisca-Panche. Plantea el contacto entre estos dos grupos, bien por medio de guerras, invasión de territorios o por simple comercio e intercambio de cultura material. El estudio, con base en información de los cronistas, aporta datos para la historia y localización geográfica de Panches y Muiscas. Los materiales obtenidos en las excavaciones de cinco cuevas y sitios abiertos, consisten en restos óseos humanos, de animales e instrumentos líticos y cerámicos. Según la arqueóloga, el Páramo de Pasca era considerado como santuario, en el cual un tipo de ofrendas consistía en depositar múcuras con huesos de animal, conchas y cuentas de collar; en el otro se colocaban pequeños tunjos, en vasijas cilíndricas pequeñas, de cerámica pulida y decorada con aplicaciones. La actividad económica principal fue la agricultura del maíz complementada con animales de presa.

Inés Elvira Montoya (1974), estudió pictografías de la Hacienda Terreros del Municipio de Soacha, las cuales no se habían registrado antes. La investigadora trata en general sobre las pictografías encontradas en Cundinamarca, las cuales se concentraron en las tierras altas y frías ocupadas por Muisca y Sutagaos. Según ella, el diseño de las pictografías se relaciona con la cerámica y la orfebrería Muisca, con la cerámica por ejemplo en el uso de la pintura positiva, con predominio del color rojo. La investigadora especula al establecer relaciones con la mitología; según ella el diseño de las pictografías se asemeja con el de las mantas, cuyos motivos Bochica trazó sobre piedras sagradas.

La excavaciones de Alvaro Botiva C. (1976), en el municipio de Guasca y las fracciones colindantes de Sopó y Guatavita, se concentraron por una parte en las formas de enterramiento, tratando de establecer la relación entre el sitio, la estructura funeraria y el contenido de la tumba. En cuanto a las formas de las tumbas, registró diferentes tipos, principalmente rectangulares con un alto contenido de materia orgánica (tierra negra), poco profundas (1 mts. aproximadamente) y cubiertas con lajas de piedra; tumbas de pozo con cámara lateral, algunas con varias cámaras selladas con una laja de piedra y más profundas que las anteriores, (1.80 mts en promedio). Otro tipo de estructura funeraria consistió en una bóveda rectangular y lateral a la pendiente de una pequeña colina; la entrada se cubría con pequeñas lajas continuas. Referente al material óseo no fue posible su recuperación pues debido a la acidez del suelo se hallaba prácticamente desintegrado. Por otra parte el investigador identificó varios depósitos arqueológicos al parecer de carácter ceremonial, localizados en las cimas de los cerros y en cercanías a las fuentes de aguas termales, lagunas y ríos. También ubicó basureros que debieron ser parte de áreas de vivienda; registró pinturas rupestres y 4 rocas con petroglifos. Las piezas cerámicas las documentó individualmente en fichas de clasificación.

Marianne Cardale de Schrimpff (1981b y 1982), realizó un estudio de la cerámica Muisca hallada en la Colina de la Sal, Zipaquirá III. Para éste partió del principio por el cual el conocimiento superficial de la cerámica y la atribución de un estilo a un grupo étnico e histórico no es suficiente prueba; por ello comenta lo conveniente que fue revisar las bases sobre las cuales se fundó dicha atribución. Debido a la falta de descripciones detalladas de la cerámica Muisca en las obras de los cronistas, la investigadora creyó necesario estudiar sitios del período de contacto entre Muiscas y españoles (ver Marianne Cardale 1978, y Eliécer Silva Celis 1945). Los hallazgos en dichos sitios muestran que la copa y la múcura son formas netamente Muisca, a las cuales se ha encontrado asociada una amplia gama de otras formas cerámicas. (ver Botiva 1976-1984; 1988 en preparación).

Con base en las excavaciones, elaboró un mapa que muestra en forma tentativa la extensión sobre la colina de La Sal de las zonas que fueron ocupadas en los diferentes períodos: Herrera, Muisca y Colonial. Planteó además una serie de hipótesis sobre esta colina, pues en el sitio Zipaquirá V (ver Cardale 1981) los resultados mostraron claras evidencias de la explotación de la sal desde una época anterior al comienzo de la era cristiana, tradición que se prolonga hasta la ocupación Muisca.

Alvaro Botiva C. (1984), adelantó un reconocimiento de la región del Guavio, tendiente a localizar asentamientos Muisca. En la vereda Salinas (municipio de Gachetá) excavó una tumba de pozo e inició la excavación de un basurero de más de 5 metros de profundidad, asociado con un taller cerámico. La principal forma cerámica (vasijas globulares de asa maciza), al parecer, se relaciona con el transporte de aguasal. En el área de impacto de la hidroeléctrica del Guavio (Ubalá-Cundinamarca) rescató vasijas de cerámica, dentro de tumbas Muisca de corte trapezoidal, cubiertas con lajas de piedra. El carbón contenido en una de ellas fue fechado en 290 años A.P. Además prospectó otros sitios de interés arqueológico como la Cueva del Nitro o del Indio, con cerámica del tipo "Mosquera Roca Triturada" asociada con el período Herrera.

También encontró pesas de red, cuentas de collar en concha marina y cerámica Muisca. El investigador complementó la información obtenida con la interpretación de documentos del Archivo Nacional del año 1670 sobre los Indios Chíos, habitantes de Gachetá, estableciendo relaciones entre etnohistoria y arqueología de la región.

Silvia Gutiérrez y Lizelotte de García (1984), excavaron en la hacienda La Ramada (Funza-Cundinamarca). Al adelantar el rescate de varias tumbas Muisca hallaron en un área de 200 mts2 por 0.50 mts. de profundidad, manchas de tierra negra en forma de triángulo, orientadas de sur a norte. Se trataba de pirámides invertidas de bases triangulares cavadas en una capa de arcilla amarilla con intervalos regulares, variación de volumen y en orden decreciente; paralelo a las pirámides corría un canal artificial. El relleno de todas las estructuras presentaba tierra negra y fragmentos cerámicos, líticos y óseos.

Para las autoras se trataría de un lugar sagrado. Su interpretación se basó en la comparación y análisis de conceptos simbólicos, míticos y rituales. El elemento que sobresalía en el sitio fue el triángulo, como símbolo femenino, también representado en la cerámica, en los tejidos en la orfebrería y en las pictografías. Interpretaron el conjunto de triángulos formando una línea ondulante, como la serpiente, animal ligado a los mitos de Bachué y Meikuchuka, que simboliza la eternidad, la encarnación, la fuerza y energía así como la fecundidad. Otro elemento importante fue el agua, por estar en ella el origen de la vida, y ligado al mito de Bachué cuando sale del agua, para luego convertirse en serpiente y retornar a su lugar de origen, reapareciendo como la misma divinidad lunar Chía.

Carl Langebaek (1983, 1985d-1986b) adelantó una investigación arqueológica en el sitio El Muelle Sopo (Cundinamarca), allí excavó una yacimiento que muestra un asentamiento del Período Herrera, en el cual muy posiblemente explotaron una pequeña salina. Sobre éste y de manera independiente, se asentó un grupo de la etnia Muisca. El autor describe el material lítico, cerámico y óseo obtenido el cual corresponde a tres ocupaciones, Herrera, Muisca y Moderno. También describe las tumbas Muisca excavadas. Complementa la información arqueológica con datos etnohistóricos y asocia el sitio con el antiguo pueblo de indios de Meusa.

Posteriormente el investigador expone sus apreciaciones sobre los basureros, áreas de vivienda y de cultivo registradas en el sitio. Resume el estado de conocimiento sobre los períodos Herrera y Muisca, y defiende la tesis que se trata de dos épocas en las cuales predominaron grupos de distinta filiación cultural y probablemente origen disímil.

María Cristina Hoyos (1985), partiendo de los trabajos arqueológicos adelantados en Facatativá y sus alrededores por Haury y Cubillos(1953), la información etnohistórica contenida en la obra " Pueblo, Encomienda y Resguardo en Facatativá: 1538- 1852" de Jeanne B. de Buchanan (1982)y con ayuda de mapas, identificó el sector correspondiente al asentamiento del cacicazgo de Facatativá, localizado en una amplia zona al suroccidente del altiplano. Además, le atribuyó importancia especial al sitio de Pueblo Viejo, (sobre las faldas del Cerro Manjui, entre los caminos que van de dicha población a Zipacón y Anolaima), considerado como el pueblo del cacique de Facatativá.

Las excavaciones le permitieron aclarar aspectos referentes al patrón de asentamiento indígena, Para ello, localizó tres sitios que se conocen como "El Mercado", "La Iglesia de los Indios" y "el Cementerio". Este último sitio se localiza sobre un aterrazamiento artificial y fue allí donde se encontró la mayor concentración de cerámica.

Como sobre la cerámica obtenida en Pueblo Viejo ya se había hecho una clasificación, la investigadora realizó un intento de homologación de los tipos propuestos por Haury y Cubillos (1953) con los descritos por Broadbent (1967- 1971) y Cardale (1981). Confirmó así que los tipos clasificados como D y E por los primeros arqueólogos corresponden al tipo "Funza Cuarzo Fino"

También analizó, mediante un estudio petrográfico, las características y composición de algunas secciones de cerámica pertenecientes a los tipos "Funza Cuarzo Fino", "Funza Cuarzo Abundante" y "Mosquera Rojo Inciso". Del tipo "Funza Rojo Cuarzo Fino", pudo constatar la correspondencia de los componentes de la pasta con la formación geológica "Guadalupe" del área de estudio. Encontró que la composición litológica de los derrubios hallados en la zona se asemeja con la observada en las placas, lo cual indica que la cerámica se fabricó en la región. En los otros dos tipos estudiados a través de secciones delgadas, se encontró abundancia de feldespatos, que corresponden a zonas con rocas volcánicas. La investigadora planteó que esta cerámica debió ser foránea, lo cual explicaría la relativa escasez de este material en la Sabana de Bogotá. Basándose en la similitud encontrada a partir del estudio petrográfico y de la cercanía cronológica entre los tipos "Funza Cuarzo Abundante" y "Mosquera Rojo Inciso" propuesta por Broadbent (1971), sugiere unificarlos bajo una sola denominación.

Germán A. Peña León (1986), adelantó exploraciones arqueológicas en el municipio de Cachipay (Cundinamarca), en busca de yacimientos arqueológicos en la vertiente suroccidental de la Cordillera Oriental, en la cuenca media del río Bogotá, donde las vías naturales permitieron sucesivos desplazamientos de grupos humanos, posibilitando diversas relaciones culturales en épocas distintas. Hasta el momento ha identificado, en pequeños cortes controlados estratigráficamente cerámicas de los períodos Herrera y Muisca asociados con artefactos líticos semejantes a los de la tradición Abriense.

Graciela Escobar González (1986), adelantó una prospección arqueológica desde el municipio de El Calvario hasta el de San Juanito (Meta) practicando sondeos y trincheras estratigráficas en sitios escogidos. Este trabajo es un estudio preliminar y una de las primeras investigaciones arqueológicas realizadas en la cuenca alta del río Guatiquia, zona muy quebrada y de grandes pendientes, entre los 25º y 50º. El trabajo comprende una parte etnohistórica; además trae una reseña histórica y arqueológica sobre los diferentes trabajos realizados en cercanías a la zona estudiada.

La investigadora identificó una tumba de "Cancel o Dolmen" con cinco lajas verticales y una horizontal. El análisis del material cultural hallado incluye la descripción lítica, cerámica y ósea del mismo. También la descripción de los diferentes tipos de enterramiento. A manera de conclusiones, la arqueóloga identificó parte de la cerámica como perteneciente a los tipos Muisca "Guatavita Desgrasante Gris", y "Guatavita Desgrasante Tiesto" Para una visión más real de la zona, se propone adelantar, una investigación sistemática, en la cuenca alta del río Guatiquia que incluye las poblaciones de San Juanito, El Calvario, San Francisco y Monfort .

Alvaro Botiva Contreras, Arqueólogo del ICAN adelantó (entre marzo y septiembre de 1987), el rescate de información arqueológica de un asentamiento Muisca que se destruyó para dar paso a la construcción de la Urbanización Portalegre de propiedad de Promotora Colmena. El yacimiento se localizó en el municipio de Soacha al norte de la población. Allí se excavaron 133 tumbas, 4 plantas de bohíos, con sólo una puerta de entrada hacia el S.E. y un diámetro promedio de 8 Mts.; así como varios nichos que contenían metates, manes de moler, tiestos, restos óseos de animales y un alto contenido de materia orgánica, representado en tierra muy negra con abundante fósforo.

Las tumbas en su mayoría eran de planta rectangular, poco profundas (1 metro en promedio) y ninguna sobrepasó el estrato de arcilla lacustre. Aproximadamente el 10% de las tumbas se hallaban cubiertas con lajas de piedra. Los cuerpos fueron enterrados en posición de decúbito dorsal extendido y con diferentes orientaciones sobresaliendo la E-O, S-N y 10º NW. (La orientación se tomó en relación al eje cabeza-piernas).

El material cerámico recuperado consistió en 36 vasijas representadas en mocasines, cuencos, copas, jarras, ollas globulares de 2 asas y cientos de fragmentos; todo el material, sin excepción, corresponde a formas y tipologías ya establecidas para los Muisca de la Sabana de Bogotá; se obtuvo igualmente una excelente muestra de cuentas de collar de diferentes formas, elaboradas en concha marina. El material lítico estaba formado por 3 volantes de huso, 1 fragmento de hacha, varias manos de moler y metates. En hueso trabajado se encontró un fémur humano aguzado en un extremo y con orificios en el otro, así como 2 agujas. Las piezas metálicas recuperadas consisten en 1 fragmento de tunjo en cobre, un posible tejuelo del mismo metal y una cuenta de collar en oro. La fauna presente en el asentamiento incluye venado, curí y peces.

De acuerdo con los cortes realizados y la estratigrafía observada en ellos, se puede asegurar que para la ocupación del sitio se adecuó el terreno nivelando el suelo con una capa de "Duripán" horizonte de color gris claro que por la limpieza del grano permitió una fácil cementación, convirtiéndose en una capa dura y compacta.

Los hallazgos formaban parte de un gran poblado Muisca, posiblemente anterior a la conquista, ya que no se registraron elementos materiales de procedencia europea.

En cuanto a los restos óseos, se les prestó la importancia que éstos merecían, pues se consideró que con la osteología se podría obtener una clara información sobre paleodemografía, paleopatología, sexo, edad, índices antropométricos para correlacionarla con otra del asentamiento, como tipos de tumbas, ajuar funerario, personaje enterrado, jerarquía del mismo, cronología, etc. Si bien el material óseo humano se encontró en aparente buen estado, alrededor del 50% estaba fragmentado. La presión de la tierra contribuyó a la deformación de los cráneos. En los ejemplares infantiles, debido a que poseen láminas diploides muy delgadas, se deformaron completamente impidiendo en muchos casos su reconstrucción completa.

José Vicente Rodríguez ( 1987), estudió un conjunto de 68 esqueletos de los 133 recuperados. De éstos 39 son de mujeres (57.3%), 22 hombres (32.3%)y 7 infantes (10.3%).

Para el análisis paleodemográfico de la población, descrita en el informe tomó 6 individuos más.

El promedio de vida de la población, incluyendo todos los períodos ontogénicos es de 33,8 ± 15.5 años. En las mujeres adultas se aproxima a 37.8 ± 10.0 años y en los varones adultos a los 41,1 ± 9.2 años, lo que indica que los hombres observan una expectativa de vida mayor que en las mujeres.

En lo que respecta a los diferentes períodos de deceso, se observa que casi el 50% de los decesos se produce entre los 40-54 años, el 29.7% entre los 20-39 años, el 20.3% entre los 0-19 años. Esto significa que el cementerio está constituido en casi un 80% de individuos adultos, cifra anormal para cementerios locales prehispánicos. El investigador comenta que en el cementerio de Soacha se enterraban individuos nativos de los alrededores, regresándolos a su lugar natal, o simplemente falta representatividad de la población infantil, lo que incide en los cálculos demográficos.

A nivel dental se encontraron caries en 22 individuos (29,7 del total), de los cuales 19 (86,4%) pertenecen a mujeres y 3 (13.6%) a hombres. La mayoría de caries de la superficie oclusal se localizan en niños. Igualmente registró enfermedades periodentales (restos óseos de las tumbas Nos. 6, 12, 32 y 34), que constituyen una respuesta inflamatoria a uno o más elementos irritantes, y la presencia de cálculo dental.

En cuanto a la osteopatología, el análisis de las anormalidades del tejido óseo, permitió diagnosticar del estado de salud o enfermedad del individuo, lo que a su vez hizo posible establecer el grado de efectividad de la dieta alimenticia de la población estudiada y la efectividad de su adaptación al medio ambiente, pudiéndose plantear la jerarquización social que existiría en la distribución de algunos alimentos en la dieta de la población, tales como la proteína animal, básica en las sociedades ganaderas y cazadoras, pero escasa en las sociedades agrícolas que no poseen animales domésticos.

Las enfermedades más comunes en la población arqueológica de Soacha son: desórdenes metabólicos debido a deficiencia de vitamina D (osteomalacia), lesiones de las articulaciones (artritis reumatoide, artritis degenerativa, espondolitis anquilosante), tuberculosis de huesos y articulaciones; los traumas (fracturas, dislocaciones, mutilaciones) son muy raros.

El análisis parcial de los restos óseos de Soacha permite una aproximación al aspecto físico de esta población prehispánica y a la vez determinar algunos elementos de los proceso biológicos y etnohistóricos a que estuvieron sometidos los componentes de esta parte de la sociedad Muisca. En el análisis intragrupal se destaca la homogeneidad de la población masculina, aún perteneciendo a diferentes generaciones, lo que demuestra su continuidad biológica, sin descartar algunos elementos de procedencia foránea.

En cuanto al grupo de mujeres, éste es más heterogéneo, lo que indica que su procedencia es diferente a la del grupo masculino. La estatura promedio de las mujeres es de 148,8 ± 3,49 cms., es decir, baja. Las mujeres se diferencian por tener mayor incidencia en el aplanamiento lamboideo, lo que le dá a la cabeza una forma más corta, ancha y alta, es decir más redonda; proporcionalmente el rostro femenino es más ancho corto y de pomulos más prominentes que el masculino. La nariz es más ancha, corta y aplanada, las órbitas conservan las magnitudes medias, tanto en su altura como en su anchura. El arco alveolar presenta también magnitudes medias además del rostro, la mandíbula constituye otro elemento diferenciador entre los grupos femenino y masculino. En las mujeres se aprecian relativamente, mandíbulas más robustas tanto en el cuerpo mandibular como en la rama ascendente (lugar de inserción del músculo macetero que refleja el grado de robustez del aparato masticador), ubicándose en el grupo de mayor anchura bicondilar a nivel mundial con rama ascendente bastante ancha, superando en magnitud a las mandíbulas de los esqueletos obtenidos en el sitio del Tequendama I, asociados con la etapa lítica (grupos de cazadores) entre 7000- 5000 años A.P. cuya dieta alimenticia era bastante ruda (Ver Período lítico).

Por otro lado que el grupo femenino se distingue por una mayor incidencia de caries, mayor atrición dental y en general mayor frecuencia de enfermedades periodentales. El mal estado de la corteza ósea (periostio), está indicando mayor incidencia de enfermedades relacionadas con la malnutrición, en especial con el reducido consumo de proteína y grasa animal.

De la información anterior, se colige que entre los Muisca, existió, no solamente una jerarquización social sino también sexual, las mujeres tenían poco o ningún acceso a la carne, consumían grandes cantidades de carbohidratos y vegetales en general, muy posiblemente utilizaban sus mandíbulas en la preparación de alimentos (quizás La chicha). Sin embargo, el estado de desnutrición no era crónico, ya que no se ha encontrado anemia y la osteomalacia observada se de tipo leve. Por otro lado, la existencia de individuos improductivos, tanto por la tuberculosis registrada, como por el anquilosamiento de la articulación sacro-iliaca, indica que la sociedad poseía un excedente alimenticio representado en el maíz y otros vegetales suficiente para poder sostener a las personas lisiadas por diferentes enfermedades.

Otra conclusión a la que llega el investigador Rodríguez, de acuerdo a los análisis de la antropología física, es que la inmensa mayoría de mujeres en la composición sexual del cementerio de Soacha confirma la poliginia, y que las mujeres provenían de grupos diferentes a los hombres. No obstante, dentro de ellas existió una preferida, que poseía el mismo status social del varón y por consiguiente, el acceso a prebendas en el sistema alimenticio, lo que explicaría la existencia de mujeres sanas y de buena constitución ósea. El resto de mujeres cumplirían las labores domésticas y de recolección de vegetales.

Esqueletos con puntas de lanzas o punzones de hueso humano (fémur trabajado) y otros de gran estatura y fortaleza, vigorosos y sanos posiblemente correspondan a los guerreros o Guechas que describe Fray Pedro Simón como "terribles gandules... de terrible estatura y fortaleza... hombres de grandes cuerpos, valientes, sueltos, determinados y vigilantes" (citado por J.V. Rodríguez, 1987).

De otra parte, es interesante observar, que en el análisis del estado de salud y enfermedad de la población del cementerio de Soacha se observa un estado de posible confinamiento, hacinamiento o desplazamiento producidos por la presión de algún enemigo externo. Esta conclusión se refuerza con el análisis de las formas de enterramiento; en varios casos hay tumbas superpuestas, enterramientos en bohíos abandonados, y alteración de nichos por construcción de las estructuras funerarias. Estas condiciones de vida facilitaron la transmisión de la tuberculosis.


Territorio del Zaque

En el territorio del Zaque (Boyacá) la información disponible se desglosa a continuación.

La investigación adelantada por Gregorio Hernández de Alba en 1937 en Tunja, fue la primera en realizarse en esta región y en el territorio Muisca.

El investigador se basó en los datos del padre Simón sobre la leyenda de Goranchacha, y según él excavó el "Templo del Sol". Este estaba formado por dos estructuras circulares: una exterior con soportes de piedra y varas, otra interior formada por solo varas o postes de madera. En el centro había un eje o sostén para el techo, bajo el cual encontró huesos de niño. En los alrededores, y sobre la superficie , el investigador localizó cerámica con decoración pintada de color rojo oscuro formando figuras rectangulares, adornos con incisiones o relieves muy bajos que podrían corresponder a los Muisca.

Eliécer Silva Celis (1945a), excavó varias necrópolis y sitios de habitación en Sogamoso. De las 692 tumbas abiertas ha descrito solamente el 12%. En uno de los sitios encontró entierros dentro de bohíos, niños colocados en urnas, inhumaciones con pintura roja previo descarnamiento del cadáver. Enumeró los hallazgos del material lítico, cerámico, objetos de concha marina y hueso. Las viviendas que excavó eran circulares demarcadas por las huellas de postes, que debieron ser fuertes maderos enterrados y protegidos por medio de guijarros o cascajo.

El mismo autor (1945b), analizó algunas características de seis cráneos (4 femeninos y 2 masculinos) y concluyó que las evidencias arqueológicas obtenidas en Cundinamarca y Boyacá mostraban como en la constitución del pueblo Chibcha o Muisca intervinieron individuos braquicéfalos (80 a 85%) y dolicocéfalos (20 a 15%).

Este investigador en su trabajo de 1967 analizó con base en los resultados de las excavaciones de Sogamoso la antigüedad de los Muisca y las ofrendas de maíz sacrificado por medio del fuego en relación con el mito de Bochica, personaje considerado como un típico Héroe civilizador y elevado al rango de "divinidad" entre su pueblo. Una fecha obtenida de maíz carbonizado se remonta al año 310 d.C. 1640 + o - 50 años A.P. No obstante ser solo una fecha sin confirmar, el arqueólogo supone una mayor antigüedad, para los Muisca de por lo menos dos mil años, contados a partir de la quinta o cuarta centuria que antecedió al comienzo de la era cristiana. También habló de pueblos anteriores a los chibchas, posiblemente tribus de diversa filiación lingüística y cultural, que asoció a grupos cazadores-recolectores. De los chibchas analizó su mitología, la compara con la de otros pueblos americanos mostrando el desarrollo, personalidad y características propias de una de las culturas más elevadas e interesantes del Nuevo Mundo. Sugiere que la diferente acogida a las enseñanzas de Bochica pudo estar condicionada por las variaciones locales en cada sector de la población Muisca. En la época de la conquista española los pueblos de Bogotá, Tunja y Sogamoso mostraban diferencias lingüísticas.

Eliécer Silva Celis (1958), reseña una colección de vasijas de barro de color gris obtenidas en Garagoa, Ramiriquí, Chinavita y Tenza, cuyas características de superficie, pasta y desgrasante la hacen claramente distinguible. Posteriormente, a esta cerámica se la denominó "Tipo Valle de Tenza", identificándose con relativa facilidad en cualquier región donde se encuentre. Eliécer Silva Celis (1961), describió y analizó pictografías Muiscas, que correlacionó con los dibujos en piedra de otras zonas del país. Comentó sobre el uso de los tres colores utilizados y estableció relaciones simbólicas.

Eliécer Silva Celis (1978), describe una momia procedente de las montañas de Pisba, cuyo envoltorio consiste en una piel de ovino, una tosca red de malla de "Cuan" (5) y una mochila tejida con una admirable ornamentación. Esta contenía un poporo y una flauta en hueso de venado. Por el tipo de entierro y el tratamiento del cadáver, el investigador insinuó que se trataba de un personaje de alta jerarquía social o religiosa. Los diseños de la mochila los interpreta como influencia de otros grupos por contacto comercial. Una descripción detallada de dicha mochila fue hecha por Marianne Cardale de Schrimpff (1978).

Roberto Lleras (1983, 1984, 1986), realizó una exhaustiva prospección en el Alto Valle de Tenza (Boyacá). Recolectó material superficial, hizo levantamientos topográficos y excavaciones de prueba. Los 33 sitios reseñados, comprenden cementerios, abrigos rocosos, asentamientos, murales con pictografías, sitios con megalitos, de los cuales Tibaná I, Ramiriquí I y Ramiriquí IV presentan muchas columnas. El sitio de Umbitá I presenta un monolito denominado nueve Pilas.

La cerámica muestra una dispersión muy amplia sobresaliendo el tipo "Guatavita Desgrasante Gris", con una frecuencia de 85% en contextos funerarios y domésticos, mientras que el tipo "Guatavita Desgrasante Tiesto" en los mismos contextos, presenta un menor porcentaje. También se hallaron piezas cerámicas de intercambio de los tipos "Suta Naranja Pulido", "Valle de Tenza Gris" y "Funza Cuarzo Fino".

Una muestra de carbón obtenida en Nuevo Colón I Tumba I asociada a los tipos cerámicos mencionados dió una fecha de 370 años A.P. Las investigaciones arqueológicas en el Alto Valle de Tenza se complementaron con informaciones tomadas del Archivo Nacional, que sirvieron para ubicar pueblos y parcialidades del siglo XVI. Los topónimos actuales utilizados para la prospección permitieron localizar 17 parcialidades indígenas.

Eduardo Londoño (1984a), con base en documentos del Archivo Nacional, obtuvo datos sobre la organización socio-política Muisca de la región de Tunja, que le permitieron demostrar que no existió un estado Muisca en época prehispánica, sino que, a partir de las unidades fundamentales o capitanías se organizó el poblamiento, la territorialidad, la propiedad comunal de la tierra y en general la estructura sociopolítica de los cacicazgos. Con respecto a la tributación afirma que consistió en labranzas comunales, cuyo fruto revertía a la comunidad bajo la forma de servicios de especialistas del gobierno y granero. Plantea que las unidades locales formaban Uzacazgos y éstos un cacicazgo propiamente dicho, como el Zipazgo y el Zacazgo. Si bien, los Muisca tuvieron un origen étnico común, presentaban numerosas diferencias locales lo que obliga a realizar estudios regionales, para no partir de un supuesto errado, como sería el de la homogeneidad de las instituciones sociales y culturales.

El mismo autor (1984b), también basándose en información del Archivo Nacional, afirma que poco antes de la conquista española los alrededores del Valle de la Laguna (Samacá), estaban habitados por los cacicazgos independientes de Saquencipá, Moniquirá y Sáchica y que el Cacique de Ramiriquí y sus aliados Boyacá, Cucaita, Sora y Samacá, sujetos al Zaque, invadieron el valle, ocasionando el desplazamiento de los caciques independientes hacia el Valle de Leyva. En síntesis, se planteó la relación de una conquista prehispánica Muisca de mucho interés para conocer más de cerca las guerras internas en el norte del territorio Muisca.

A raíz de la información de archivo analizada por Londoño (1984), Ana María Boada (1984) se propuso corroborar arqueológicamente la existencia de las dos ocupaciones en el valle de Samacá, para lo cual hizo una prospección de las laderas del sector norte del valle, en cercanías de los actuales pueblos de Cucaita y Sora, donde ubicó 13 asentamientos prehispánicos, de los cuales recogió una muestra superficial de cerámica. Para el estudio partió de tres indicadores: características tipológicas del material cerámico, patrones de asentamiento y relaciones de intercambio.

La mayoría de los asentamientos que podrían atribuirse a una primera ocupación, se localizaron en la ladera oriental del valle, en posición estratégica para defender lo que en ese momento constituía la frontera con el Zaque; en ellos aparecieron en mayor proporción, los tipos cerámicos más antiguos establecidos hasta ahora en el norte del territorio Muisca, como son el "Arenoso" (situado alrededor de los siglos VII y VIII d.C.), y el "Desgrasante Gris" (siglo IX d.C.), según cronología relativa con base en la secuencia cerámica de Tunja (castillo 1984).

En cuanto al intercambio, el material arqueológico, indica que estos grupos mantuvieron vínculos más estrechos con la zona de Leiva, Sutamarchán, el área Guane, la Sabana de Bogotá y Valle de Tenza, que con las áreas sujetas al Zaque. El general, el análisis del material cultural, sugiere que los cacicazgos Muisca de esta zona, no tuvieron una fuerte relación económica ni política con Tunja, reforzando así la información etnohistórica según la cual, estos grupos constituían unidades políticas autónomas e independientes del Zaque (Londoño 1984).

Los grupos invasores (Ramiriquí, Cucaita, Sora y Samacá) que componen la segunda ocupación situada en el primer cuarto del siglo XVI, se asentaron en las laderas del norte del Valle, quizás con el objeto de proteger la nueva frontera. Las características del material cerámico hallado en estos sitios, permite definirlo como más tardío; tal es el caso del tipo "Naranja Pulido" que aparece ya desarrollado en Sutamarchán para el siglo XI d.C. (Falchetti 1975), el Cuarzo Abundante y el Naranja Fino, considerados como los más tardíos en la secuencia cerámica de Tunja (Castillo 1984), En general , toda esta cerámica presenta características que reflejan una gran influencia de la zona de Tunja. Aunque en los yacimientos del Valle fueron encontrados objetos de otras zonas (caracoles marinos, artefactos líticos hechos en roca de origen volcánico, cerámica del área Guane, o Valle de Tenza y Sabana de Bogotá), puede decirse que las relaciones fueron más estrechas con Tunja y sus alrededores, lo cual complementa los datos etnohistóricos referentes al dominio del Zaque sobre estas zonas durante la segunda ocupación.

Los grupos de ambas ocupaciones poblaron y cultivaron las laderas de los montes que circundan el Valle desde pequeños núcleos habitacionales, cuyas gentes muy posiblemente estaban unidos por lazos de parentesco a nivel de las capitanías mayor (Sybyn) y/o menor (Uta). Esto explicaría la abundancia de sitios arqueológicos esparcidos por el valle. Paralelo a este patrón de poblamiento nucleado, se dio uno de vivienda dispersa que en la mayoría de los casos pudo ser utilizado temporalmente, dependiendo de la época de cultivo, como lo hacen hoy en día los campesinos de la zona, quienes tienen una casa en el pueblo y otra en la zona de labranza.

Ana María Boada (1987) continúa con la investigación sistemática de uno de los asentamientos del valle del Samacá, Marín (Municipio de Cucaita), sitio que no pudo ser identificado dentro de las ocupaciones planteadas por la etnohistoria. Allí identificó cerca de treinta terrazas artificiales hechas mediante el corte de la pendiente o el relleno de las depresiones naturales del terreno. En algunas de ellas se detectaron pisos de arcilla compacta y huellas de poste pertenecientes a bohíos y zonas pequeñas de tierra negra con alto contenido de fósforo y calcio que parecen haber sido huertas caseras. Las variaciones entre estas construcciones, la diferenciación en la distribución de la cerámica y en el tratamiento mortuorio llevan a pensar en una diferenciación social del espacio del asentamiento.

La excavación de 36 tumbas permitió reconocer nuevas formas en el tratamiento funerario, como la envoltura de los cadáveres en una capa de ceniza mezclada con arcilla y arena y luego en textiles, todo esto asociado con una fecha entre los años 600 al 700 A.P. Los cuerpos fueron enterrados en tumbas de pozo oval o cilíndrico con nicho, siempre en posición fetal sentada o de decúbito.

Otro aspecto desarrollado en esta investigación se refiere a las patologías observadas en dicha población que indican una dieta desbalanceada, nutricionalmente baja en proteínas y alta en carbohidratos. Así mismo, se hace una descripción de la práctica de la deformación craneana hecha de diversas maneras en infantes y adultos, así como de la determinación sexual, edad, morfología y paleopatología de cada esqueleto.

Juanita Sáenz (1986), realizó un estudio del manejo económico en la utilización de los pisos térmicos controlados por los Muisca, en este caso en la región del Valle de Tenza. Este trabajo se basó en anteriores investigaciones etnohistóricas y etnográficas (Murra 1972, Osborn 1979, Langebaek 1985) que muestran este tipo de economía como característica de algunos pueblos andinos.

Con esta base el reconocimiento arqueológico se realizó en dos pisos térmicos diferentes y se complementó con el estudio de datos etnohistóricos relacionados con la economía y pautas de poblamiento. La información obtenida mostró una mayor concentración de población en la zona templada, aunque no era una región de asentamientos nucleados, ya que el material cultural se encontró disperso. La preferencia de ocupación en clima templado, se halla reforzada por los datos etnohistóricos.

Se encontraron cinco sitios aptos para vivienda en zonas planas naturales o terrazas artificiales más o menos extensas; cinco cementerios en las cimas de pequeñas colinas, y terrazas de cultivo en terrenos de inclinaciones fuertes, con suelos coluviales bastante fértiles

La información etnohistórica muestra un énfasis en cultivos de tierra templada (algodón y coca) y movimientos temporales de la población, hacia las zonas donde tenían las labranzas, aunque no se puede precisar si eran entre pisos térmicos diferentes. El control económico se pudo apreciar más que todo por la sujeción política de unos pueblos por otros.

El estudio de la cerámica mostró características distintivas, en cuanto a formas, técnica de manufactura, cocción, color de la pasta y decoración, con las cuales se define el tipo "Valle de Tenza Gris" diferenciable y reconocible, aunque combina rasgos de otros tipos cerámicos sobre todo del "Guatavita Desgrasante Gris", típico de la Sabana de Bogotá. La cerámica del Valle de Tenza y la Muisca en general forman parte de una gran tradición alfarera de grupos emparentados de la cordillera Oriental de Colombia y los Andes Venezolanos; por la semejanza entre el material de la región del Guavio (Botiva 1984) y el del valle de Tenza se pueden suponer vínculos entre estas regiones que son la zona limítrofe entre los territorio del Zipa y el Zaque.

Parece entonces, que la región del Bajo Valle de Tenza estuvo influenciada por el Cacique de Guatavita. Según documentos de archivo citados por la arqueóloga, este cacique tuvo sujeto al cacique de Súnuba y algunas capitanías Técuas. El trabajo comprende el estudió de la cerámica actual del municipio de La Capilla, el cual se hizo con el fin de observar posibles raíces precolombinas en su elaboración. Los datos obtenidos parecen indicar que la manufactura de cerámica prehispánica desapareció, al mismo tiempo con la disminución de la población indígena; posteriormente, en épocas coloniales, surgió una nueva tradición alfarera, emparentada con la de Ráquira (Boyacá).

Sonia Archila (1986), llevó a cabo una investigación arqueológica en los municipios boyacenses de Belén, Cerinza, Floresta, Busbanzá y Betéitiva, en los tres grandes valles que pudieron ser las zonas más apropiadas para asentamientos humanos. En el Valle de Belén-Cerinza se ubicaron cementerios indígenas guaqueados y se estudiaron algunas cerámicas del ajuar funerario que pertenecen en su mayoría a tipos definidos para el territorio Guane .."Oiba Rojo sobre Naranja" y "Villanueva Ocre sobre Crema-Negro"; se registró también la presencia de cerámica del tipo "Guatavita Desgrasante Tiestos", muy característico del sur del territorio Muisca y una vasija del tipo cerámico "Valle de Tenza Gris".

Existen datos etnohistóricos sobre el intercambio de vasijas entre los cacicazgos Muiscas y entre éstos y otros grupos como el Guane, probablemente durante períodos tardíos, al juzgar por las fechas asociadas: siglos XII y XV d.C. para el tipo "Oiba Rojo sobre Naranja" y siglo XV para el Tipo "Guatavita Desgrasante Tiestos".

En el Valle de Floresta-Busbanzá Archila localizó dos yacimientos arqueológicos, de éstos se recuperó material cerámico y lítico que dio paso al establecimiento de dos nuevos tipos cerámicos para el área Muisca: "Busbanzá Carmelito Burdo" y "Busbanzá Rojo Burdo" Una muestra de carbón asociada a cerámica del tipo "Busbanzá Carmelito burdo", arrojó una fecha de 1.110 años A.P. La pintura con la cual se decoró la cerámica es de color rojo y representa un diseño bien desarrollado. El otro tipo Busbanzá rojo burdo parece ser posterior y tal vez contemporáneo con las fases tardías del período Muisca de la Sabana de Bogotá.

Partiendo de los postulados de Lleras y Langebaek (1987), sobre la relación en épocas prehispánicas, entre los grupos indígenas de la cordillera Oriental colombiana y la Serranía de Mérida en Venezuela (organización socio-política, medios de subsistencia, filiación lingüísticas y alfarería) la autora plantea la posibilidad de introducción de tradiciones cerámicas distintas a las del altiplano Cundiboyacense, desde épocas tan Antiguas como el siglo IX d.C., de acuerdo con la fecha obtenida en Busbanzá.



Territorios Independientes

En cuanto a los territorios independientes de los Muisca en el Altiplano Cundiboyacense sólo se conocen los trabajos de Falchetti (1975) y Eliécer Silva Celis (1981, 1983, 1987). Este último investigador, al referirse a las excavaciones adelantadas en Villa de Leyva, describe dos campos sagrados orientados exactamente E-O. El espacio más grande de 30 metros de largo por 15.90 metros de ancho está enmarcado por el Norte y el Sur mediante sendas filas de columnas monolíticas finamente talladas, dispuestas linealmente con espacios intercolumnares de 30 cmts. Cada fila estuvo formada por 54, 55 a 66 columnas, que se encontraron enterradas verticalmente e inclinadas hacia el Sur. Las columnas muestran en la parte superior un rebajamiento producido por talla. El campo Norte está separado del campo Sur por 3 metros. El largo de éste es de 21 metros por 11 de ancho. El investigador supone que ambos espacios tuvieron igual función; plantea una mayor antigüedad para la construcción sur y se refiere a dos periodos arquitectónicos.

En el centro, de los campos se localizaban algunos monolitos o columnas solares que servían para detectar el paso del sol por el cenit y la posición celeste del astro rey. Los campos según Silva Celis, fueron vías de recepción sagrada del sol en su movimiento aparente Este y Oeste. Estos en general fueron espacios de observación astronómica y meteorológica, culto a sol y a la luna. Allí también se practicaron actos culturales y religiosos destinados a mover la acción bienhechora de los espíritus. Fuerzas y fenómenos naturales dispensadores de la fecundidad de la tierra. Las sombras también fueron objeto de culto; el juego de luces y sombras creaba una atmósfera de irrealidad que según las interpretaciones del investigador substraía al nativo de lo terreno y lo elevaba a una esfera de ensoñación religiosa, excitación espiritual y emotiva.

Este sitio arqueológico, denominado El Infiernito lo relacionó con pictografías de la región donde supuestamente está el sol, la luna y las estrellas en asociación con símbolos terrestres y meteorológicos. Las piedras pintadas también fueron sitios de observación astronómica, allí se dibujaban escenas para recordar, desde ellas se podía observar la presencia de fenómenos celestes, todo lo cual fue necesario tener en cuenta para las faenas agrícolas y en los actos religiosos. La asociación de símbolos terrestres y espaciales señalaba, según el investigador la integración de cielo y tierra. Al producirse el descenso del sol afirma, que los campos sagrados llegaron a ser verdaderos laboratorios de investigación astronómica y meteorológica; que allí se dió la integración entre ciencia y religión; por ello relaciona el número de columnas con un valor calendárico y plantea que los monolitos sirvieron para los cálculos de solsticios y equinoccios, única manera de predecir la temporada de lluvia y los eclipses.

La orientación Este/Oeste señala sitios naturales fijos como la laguna de Iguaque. Referente a los constructores, Silva Celis comenta que son los mismos autores que tallaron los monolitos de Sutamarchán, Tunja, Ramiriquí, Tibaná y Paz del Río, ocho siglos antes de la era cristiana?

Al juzgar los otros elementos arqueológicos recuperados en el sitio, no deja duda sobre la asociación con los Muisca: sacrificios de animales, de maíz y esmeraldas por medio del fuego quemas de inciensos, coloración de rojo sobre el suelo y en algunos cadáveres, entierros de niños en urnas funerarias, entierros humanos con piezas de orfebrería, cerámica, elementos de hueso, conchas de mar y torteros de piedra.

Los Muisca, comenta, fueron excelentes escultores de piedra, madera y arcilla, materiales que se trabajaron en diferentes tamaños y cuya representación muestra diferentes estilos y actitudes. Si bien en El Infiernito es poco lo que quedó de escultura antropomorfa, ésta está representada por un fragmento de mano tamaño natural, muy realista. La talla también se utilizó para las tapas de tumbas (rectangular y oval). Silva Celis describe por comparación los tipos de tumbas de El Infiernito; hace una interpretación sobre los personajes enterrados en relación con la "clase social" o política. También compara la función de las columnas con otras encontradas en Fúquene y en las casas de los principales Guanes.

Es necesario comentar que si bien las tres publicaciones tratan el mismo tema, presentan datos contradictorios en las dimensiones de los campos así como en el número de columnas. De otra parte en ninguna publicación se hace mención detallada de las excavaciones ni de los materiales arqueológicos encontrados.

Ana María Falchetti (1975), investigó en Sutamarchán y Ráquira, una zona cuya importancia en la época precolombina fue notoria por su colindancia con Muzos y Guanes, porque por allí entró la mayor parte del oro en bruto al territorio Muisca, y existió una especialización en la alfarería indígena, probablemente con fines comerciales (actualmente la zona goza de fama por la llamada "loza del suelo"). Aunque en Sutamarchán no se encontraron depósitos culturales que mostraran cambios a través del tiempo, en la producción cerámica actual de la zona se observan una manufactura arraigada en la tradición indígena. Falchetti Estableció la existencia de talleres precolombinos con basureros hasta de 800 mt2 y depósitos de ceniza hasta de 0.80 mts. de profundidad con desechos de cerámica cocida al aire libre.

Los tiestos asociados con los basureros corresponden únicamente al tipo cerámico "Suta Naranja Pulido" cuya posición cronológica, en el sitio Suta II, se ubica en el año 945 A.P. Las características de esta cerámica son conocidas en otras regiones del norte del territorio Muisca. Otro tipo cerámico, no asociado con basureros, es el "Suta Arenoso". Los dos tipos aparecen relacionados solo en uno de los 14 sitios localizados confirmando su aislamiento y distribución geográfica. La investigadora planteó la posibilidad de que el tipo "Suta Arenoso" sea el más antiguo y que se haya elaborado para necesidades domésticas locales. El tipo cerámico "Suta Naranja Pulido" al parecer se produjo con fines comerciales.



Balance General de la Región

 

Si bien el período lítico se viene estudiando desde hace 20 años, no es del todo conocido. Las estaciones abiertas de cazadores recolectores comienzan a localizarse; por ello se requieren nuevas investigaciones en busca de datos sobre este patrón de asentamiento, el área de dispersión y la transición hacia una vida sedentaria, representada por el "Período Herrera".

Es necesario estudiar el proceso socio-cultural de la región con el fin de precisar las formas de adaptación al medio, las técnicas agrícolas, la variedad de cultivos, la especialización en la alfarería, las relaciones de intercambio y, en general, las actividades económicas y formas de organización social y política. También se debe lograr una más clara ubicación temporal y espacial de los diferentes grupos que ocuparon la región.

Tampoco la trayectoria de la etnia Muisca debe entenderse como una historia claramente conocida. Por el contrario, las nuevas perspectivas de la Etnohistoria y los problemas que plantean recientes investigaciones arqueológicas dejan ver la conveniencia de estudiar más a fondo los procesos y estructuras sociales en épocas prehispánicas. A manera de ejemplo, la zona norte del territorio Muisca ofrece una visión muy fragmentada sobre patrón de asentamiento y formas de enterramiento. La distribución de la cerámica muestra elementos relacionados con varias regiones. En general hace falta la unificación de criterios tendientes a la comprensión del período cerámico; se deben precisar supuestas relaciones de contemporaneidad, así como publicar estudios inconclusos y ocultos realizados sobre la antigua población que ocupó la altiplanicie cundiboyacense. Vale la pena hacer la crítica a los investigadores que no dan a conocer por ningún medio el material de sus excavaciones, ni siquiera la descripción del mismo. De igual manera no se puede seguir con la idea aferrada de demostrar mayor antigüedad, como si se tratara de récord del investigador. Las fechas del arqueólogo E. Silva Célis para Leyva y Sogamoso niegan por completo la existencia del Período Herrera y le atribuyen a la ocupación Muisca una mayor antigüedad, la cual según recientes investigaciones sólo se remonta el siglo VIII d.C. siendo esta cronología la aceptada por los arqueólogos.

También es hora de superar la idea que en Muisca ya todo es conocido y que la Altiplanicie Cundiboyacense a nivel arqueológico está plenamente estudiada. Día a día se conocen nuevos asentamientos de interés que se hallan próximos a desaparecer bien por erosión o labores agrícolas (como el sitio de Marín en Cucaita) por urbanizaciones (como Portalegre en Soacha), por hidroeléctricas (como los sitios de Guavio) por carreteras (como el sitio de Candelaria en Bogotá; este último reseñado por Silvia Broadbent en 1962 y rescatado apresuradamente en 1987. Tampoco podemos olvidarnos de la guaquería, en búsqueda de material cerámico y orfebre cada día es más apetecido por su escasez.

Si bien se conocen diversos elementos de la sociedad Muisca, no podemos negar la ignorancia sobre muchos otros aspectos desconocidos o conocidos parcialmente. Sabemos que existen informes con datos fragmentarios de excavaciones minúsculas. Ahora se necesita adelantar investigaciones con excavaciones extensas que aporten información de aldeas, patrones funerarios, y análisis más profundos con un enfoque regional.

La diferencia en los mitos de origen entre los Muisca del Sur y del norte, las formas de enterramiento, el material cerámico, etc. indican, que no se trata de un pueblo tan homogéneo como se ha creído.

La existencia de territorios independientes, podría tener implicaciones que deben tomarse en cuenta para ahondar en las estructuras sociales, económicas y políticas. Finalmente, retomando a Eduardo Londoño (1984b p. 10) "los antropólogos estamos tomando el relevo en cuanto a la historia de los Muisca pero heredamos muchas concepciones etnocéntricas y nos cuesta trabajo abandonarlas". Unas de estas concepciones son más evidentes y por lo tanto caen más pronto: ya no nos escandalizan las religiones "paganas" como le ocurrió a los cronistas y cada vez se confunden menos los cacicazgos con estados. Pero estas celadas son más sutiles y más difíciles de evitar: el vocabulario con el cual se habló aquí de guerra y de conquista, por ejemplo, no se adapta a la realidad Muisca. Palabras como "independiente", "tributo", "sujeto", "frontera", "conquista", o "guerra" refleja la experiencia de una sociedad occidental como la nuestra, pero nos impide entender en sus propios términos a una sociedad tan diferente como lo fue la Muisca. Para entender por qué hubo dos caciques o superar las deficiencias del lenguaje; para que los Muisca dejen de ser un mito construido a nuestra imagen y semejanza, necesitamos fortalecer la comparación etnográfica y establecer algunas comparaciones con la etnolingüística"

No sobra recordar que para el estudio de un grupo como los Muisca, es necesario estrechar la relación etnohistoria - arqueología. De otra parte, los temas y áreas que se han investigado en la altiplanicie cundiboyacense solo cubren una parte, como lo demuestran los datos bibliográficos; a la vez se hace necesario una mayor integración de la información sobre la etnia Muisca, en el contexto de los Chibchas de los Andes Orientales. Esta apreciación sólo es válida superando la falta de estudios a nivel local, para así analizar la información e integrarla a modelos teóricos que permitan interpretar la relación de la sociedad Muisca, su medio y su complejidad, no con el fin de conocerla como algo del pasado sino con el objetivo de comprender dicha relación y poder retomar esa experiencia con miras a adelantar un fin social.
 

NOTAS

1. El lector interesado sobre diversos aspectos de los Muisca puede consultar entre otras las siguientes obras:

Cronistas

GONZALO XIMENEZ DE QUEZADA.
1547-1972
Epítome de la Conquista del Nuevo Reino de Granada.

GONZALO FERNANDEZ DE OVIEDO Y VALDEZ.
1548-1959
Historia General y Natural de las indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano.

JUAN DE CASTELLANOS.
1601-1955
Historia del Nuevo Reino de Granada. En: Elegías de Varones Ilustres de indias.

FRAY PEDRO SIMON.
1625-1981
Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra firme en las Indias Occidentales.

JUAN RODRIGUEZ FREYLE.
1636-1982
El Carnero. Conquista y Descubrimiento del Nuevo Reino de Granada y Fundación de la ciudad de Santa Fé de Bogotá.

LUCAS FERNANDEZ DE PIEDRAHITA.
1666-1973
Noticia Historial de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada.

FRAY ALONSO DE ZAMORA.
1701-1980
Historia de la Provincia de San Antonio del Nuevo Reino de Granada.

FRAY PEDRO DE AGUADO.
1851-1956
Recopilación Historial.

Otros escritores

JOAQUIN ACOSTA.
1884
Compendio histórico del Descubrimiento y Colonización de la Nueva Granada en el siglo Décimo Sexto.

EZEOUIEL URICOECHEA.
1854
Memoria de las antigüedades Neogranadinas.

LIBORIO ZERDA.
1883
El Dorado, estudio histórico, etnográfico y arqueológico de los chibchas.

EUGENIO ORTEGA.
1891
Historia General de los Chibchas.

VICENTE RESTREPO.
1895
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2. Agradezco los comentarios y sugerencias de los arqueólogos Santiago Mora, Ana María Boada y del antropólogo Augusto Gómez.

3. El nombre "Herrera" proviene de la laguna del mismo nombre, en el municipio de Mosquera (Cundinamarca), en cuyos alrededores la arqueóloga la encontró por primera vez.

4. Actualmente el sitio arqueológico se halla en predios de "Ladrillera Santa Fé" y se encuentra bastante alterado.

5. CUAMNE, cabuya de paja utilizada en Cundinamarca y Boyacá aproximadamente hasta 1950 para amarrar el chusque al enmaderado para el techo de las casas.

 

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