Presentación
Por: Baudilio Revelo Hurtado
Carolina Revelo González
Camilo Revelo González
"Eleot era un hombre viejo… sus pies estaban cansados de ir y venir de aldea en aldea, de reino en reino, su cabeza estaba llena de sabiduría y de historia… quizás no estaba allí, en el momento, en el lugar donde cazaron al primer esclavo, pero lo supo, porque los tambores, los pájaros y la selva le llevaron la noticia. Entonces su corazón se llenó de pena: «¿Qué les daré para que se lleven y no puedan quitarles?». Allá en lo más oscuro y espeso de la selva, en la hora en que hablan los dioses… Invocó a Olofi, y este escuchando la queja doliente llamó a los orishas, sus emisarios para llevar sus palabras a los hombres.
«—¿Quién? —preguntó el Dios supremo—. ¿Quién seguirá a mis hijos más allá del mar y de estas tierras?
—Yo señor Orí, el pensamiento, yo estaré siempre dentro de ellos y nadie podrá quitarles su memoria. Yo señor Obatalá seré por siempre dueño de sus cabezas, les llenaré el corazón de paz»."
Fragmento de una remembranza Oggún
África, continente del origen del hombre, albergó múltiples civilizaciones: la de Magreb; la de Egipto; la del Imperio de Axum; la de Kushita-Meroita; la de Kanem-Bornu; la de Songhay y la de Mali; entre otras se destaca —por haber traído al continente americano sus bellos trabajos de orfebrería— la civilización de Ghana, tierra de la actual Mauritania de la Costa de Oro; la civilización yoruba, de la Costa de Nigeria de gran influencia, por cuanto su imperio mantuvo siempre la unidad étnica. Por otra parte se desarrolló en África central y meridional una civilización en la que el poder lo ejercía el manikongo o señor del Kongo: era una nación rica en pesca, caza, armas de fuego, joyas de cobre, cerámica y monedas de caracol. Cuando África se encontraba en pleno desarrollo, arribaron a sus costas los europeos, quienes entre centellas, tormentas de fuego y sangre llevaron a sus habitantes con cuello, manos y pies atados hacia un continente incierto, en numerosos barcos negreros, calculados en más de 54.000 que equivalían al 60% de todo el tráfico de la época.1
Llegaron a Cartagena de Indias, primero los portugueses en la segunda mitad del siglo XV, y luego, en la primera mitad del siglo XVI, los españoles, holandeses, ingleses, franceses y daneses. El hermano de piel de hulla con el «tatuaje de esclavo en sus manos» implementó, sin embargo, mecanismos de resistencia, lanzándose por la borda del filibote para evitar el sufrimiento que lo perseguiría por siempre, hasta que Changó, hijo de Yemayá y Obatalá, dios de la fecundidad, la guerra y la danza, se apiadara de él; se enfermaba de melancolía fija, para, acurrucado, con la barbilla sobre las rodillas y los brazos alrededor de las piernas, rehusar alimento hasta morir; o doblaba la punta de la lengua hacia adentro, y empujando la glotis sobre la tráquea la obliteraba impidiendo la entrada y salida de aire a los pulmones hasta ahogarse, práctica heredada de los guerreros yogos o bijagos.
Es de advertir que este botín viviente gozaba de la bendición del papado que con sus teorías políticas, bíblicas y dogmas permitió perpetuar el sistema esclavista, el más cruel en la historia de la humanidad con doscientos millones de africanos desplazados. Fue el genocidio más infame, definido por Jean-Michel Deveau, historiador francés, como «la tragedia más grande de la historia de la humanidad por su amplitud y su duración».
Supo la «gente de los ríos de Guinea» o «negros de ley», por ser letrada e islamizada, y por boca de otros miles de piel nocturna, que muchos habían llegado a sufrir tormentos allende de su aldea. A estos hombres los vistieron de aceite para cubrirles sus heridas y de inmediato proceder a venderlos en pública subasta al mejor postor, quien los hacía correr, saltar y hablar para descubrir que la mercancía no tenía vicio oculto; una vez examinados, les escupía en el rostro para enseñarles que entre amo y esclavo no existía el más mínimo gesto de lástima. Para hacerles perder su altivez, se les marcaba con hierro candente. Además de esta marca —la carimba— se les castigaba con el látigo o con la petacona del cepo que los inmovilizaba por días, o con la dentellada de la tintorera que les cercenaba genitales, orejas, extremidades y casi siempre la vida, para desterrar de sus mentes la idea de la liberación, único reino de la fantasía del oprimido.
Frente a este holocausto, todos los «negros de la negrería» en los países de América donde fueron vendidos, llamaron a sus dioses y empezó así el rito de las invocaciones: el vudú de Haití, los ritos de circuncisión makanda de Luanda, el culto eolite de la Costa de Marfil y de Ghana, los mitos de los bachwezi y de los ryangobe de los Grandes Lagos, la ceremonia de Mwari en Mwene Mutapa y la veneración a la dinastía Merina de Madagascar.
Procurando hallar valor espiritual con estas súplicas, los hombres de ébano encontraron el camino hacia la morada de la revolución; aparecen entonces los palenques en Colombia, los quilombos en Brasil, los cumbes en Venezuela y los marrons en Jamaica, hecho histórico que significó el salto hacia la independencia.
En Colombia el cimarronismo fue tan vehemente que en 1713 la corona, a través del obispo de Cartagena, fray Antonio María Cassiani, pactó la libertad de los sublevados de las faldas de la Sierra de María o Palenque de San Basilio. Con este antecedente muchos penetraron la manglería del Pacífico, que ya estaba poblada por diferentes etnias, sobre todo los centros mineros más importantes del país, como Citará, Nóvita y Barbacoas, sobre los ríos Atrato, San Juan y Telembí, las cuales habían sido traídas por los holandeses, franceses e ingleses. Igualmente por el río San Juan, por la vía del Cauca y el río Baudó. Por ellos penetraron los españoles que jamás desataron el lazo del cuello de los fanti ashanti, baule, ewé, fang, corozo, combu, charcopa, eyó, guagui, lucumí, guile, milio, ayinwimpi, mandinga, arara, mina, ayoví, banguela, baqui, biogho, bocoy, cagua, cambindo, cambimboro, carabalí, casierra y popo. La región de Yurumanguí, entre Buenaventura y Guapi, fue poblada por los mina, congo, mandinga, gangá; el alto Guapi por los biáfara, cambindo, cuenu, y la región de Iscuandé, por los carabalí y campolino. En el territorio colombiano la liberación nació en el Pacífico y terminó en él. En 1665, en el palenque de El Castigo en el Valle del Patía naufragó en la desembocadura del río Esmeralda un barco negrero, cuyos esclavizados lograron salvarse. Se internaron en el bosque y se fortalecieron en Quinde y Santo Domingo de los Colorados, donde resistieron hasta la insurgencia libertaria en 1688 en las minas de Neguá. En 1713 la corona española, como ya se mencionó, le reconoce a Benkos Biohó autonomía en el litoral Caribe. En 1777, en las minas de Sanabria en Iscuandé, los esclavizados prefirieron enterrarse en el socavón que continuar bajo el dominio del peninsular, cantando: «Aunque mi amo me mate a la mina no voy». En 1825, en el Cantón de San Juan en Nóvita, incluyendo las parroquias de Baudó, Tadó ylas viceparrioquias de Juntas, Cajón y otras, a comienzos del siglo XIX en el río Saija.
Ya libres para enrumbar sus vidas, los bisabuelos yorubas con sus voces apacibles y manos tiernas aplicaron el bálsamo de los cuentos contados y cantados, alabaos, arrullos, adivinanzas, fábulas, mitos, chigualos, cantos de cuna, cachos, décimas, proverbios, guali, narraciones, visiones, rondas y cantos de bogas para cicatrizar las heridas de años y años de dolor, y así evitar que se calcinaran las estructuras culturales de los primeros habitantes de la tierra y para poder sembrar el Pacífico con floresta de voces.
El bisabuelo bantú, con su afligida voz viajera, nos dio la palabra viva, la palabra creadora y nos volvió inmortales como los dioses africanos que vagan en la memoria colectiva del hombre-litoral; nos dio esa palabra enriquecedora de la cultura para verterla en las almas de los ñetos que navegan por paraíso de potrillos, de barcos atiplados de algarabía fonética, de bosques de marimbas, de olas cansadas de vagar refugiadas en esteros, de mareños extenuados por soportar la caldera de sol que derrite su piel. Son voces que necesitamos como el río al mar, como el currulao al corazón para inventarnos el regreso al seno materno del África donde el bisabuelo dejó enterrado su ombligo.
De ese aluvión dialectal germinó el cuento, navío encallado en mi infancia, guardafaros en la formación del niño, o como lo explica mi madre, «manos de agua musicalizadas en la vida ética del párvulo». Estas narraciones presentan variaciones fonéticas, morfológicas, sintácticas y léxicas que enriquecen la castellanidad y deben ser recogidas con premura. La cuentería alumbró mellizas: la narrativa africana y la española, contada por la abuelas y nanas que con sus voces cansadas, por las noches arrullan a sus criaturas para que el sueño les traiga el sosiego del día fluvial que los distrae de la pobreza endémica.
Las mujeres afropacíficas se convirtieron así en los griots que conservan en sus recuerdos milenarios la fuerza interna de sus aldeas y la huella magicoreligiosa; ellas cuidan la memoria de la africanidad. En ese mundo de la oralidad son las tejedoras mágicas de la palabra. Son las maestras que con sus voces les enseñan a los infantes nautas las reglas de convivencia, el origen del mundo, los abrazos de la felicidad que les inunda el corazón de peces de mil colores y también los alabaos de tristeza que humedecen por siempre y para siempre la existencia. Es necesario conocer y saborear este espacio de la dialogicidad del Pacífico como fruta fresca; los labios frondosos están abiertos para la hablantanuría, deseando que se divulgue en el hilero popular.
En cada cultura ágrafa se observa una bisabuela constructora de la memoria colectiva, con su cachimba prendida, pregonando sus sabias enseñanzas. Por ello no debe faltar ningún ñeto a la hora en que comienza a sonar su voz, música de río que espanta los fantasmas nocturnos que deambulan por agua y selva. La gran mayoría de las fábulas de fuentes afroides, arraigadas a las orillas de los ríos y del litoral, son metáforas de amor o de tesoros náuticos que vislumbraron sentimientos, esperanzas de luchas y triunfos. Además son sin discusión balsadas embellecedoras del paisaje verbal. La cuentería recoge en su atarraya oral no solo saberes africanos sino europeos, por cuanto estos también nos trajeron en urca la conquista, la esclavitud, la peste, la prostitución y consigo la cultura blanca, el hierro, el caballo, la pólvora, el idioma, la imprenta, la corona y el crucifijo. En su orgía de oro, vino y látigo desgranaban narraciones de su país que las nanas aprendían a hurtadillas, así como escondían en sus cabellos ensortijados semillas para fertilizar el suelo de los palenques al encontrarse en las noches con su febril amante cimarrón. A los ibéricos también les debemos ese cardumen de fábulas que hoy permite a los chicos afrodescendientes fantasear frente a su hermano triétnico.
Los cuentos afropacíficos se adornan con musicalidad gestual de manos, caderas, pies y boca vibrante; un antiguo proverbio de los bubi de Guinea Ecuatorial reza: «Acércate al fuego que pueda ver lo que dices». Esta magia de la verborización siembra de símbolos la mente del niño; estos son sencillos, comprensibles y le permiten construir un puente filial con el padre para que ambos, cogidos de las manos, lo atraviesen y el pequeño entienda que él nunca lo abandonará cuando la desesperanza le destroce el espíritu. Además penetra con los ojos abiertos por el camino milenario de la ancestralidad africana, indígena y europea, ese peregrinar que nos legó el imperio de la fantasía de las razas y lo lleva a jugar mentalmente con los animales en el bosque; con sus brazos en forma de alas recorre el cielo, se adentra en los castillos custodiados por gigantes, navega con su piel cubierta de escamas por mares huracanados y al final sale airoso. Dentro del baúl de voces de la cuentería infantil no existe una que enriquezca y llene más su incipiente espíritu que la de los animales. Los feroces, grandes y astutos se llaman Tío. Así nos deleitamos con Tío León, desafiante, que siempre vence al débil, pero en la lucha contra el hombre pierde; Tío Tigre, constantemente engañado por animales pequeños, por confiar únicamente en sus músculos y colmillos; Tía Zorra, acompañada por los amos de la selva, a quienes somete con su dañina dulzura. Tío Anancio o Araña, elemento simbólico común en la mayor parte de las creencias de las civilizaciones antiguas, hace parte de la entomología cultural; es portadora, entre otros poderes, de la astucia y la habilidad para engañar a sus captores y lograr con sus hilos de seda envolver a sus víctimas. Tía Tortuga tiene un lento caminar y es inmutable ante el viento del tiempo; y el famoso Tío Conejo, el más hábil de cuanto existe en la selva, es el prototipo de la inteligencia, de la astucia, de la artimaña y de la sabiduría que, a falta de fuerza, colmillos y garras que le permitan vencer los obstáculos y las trampas de la selva y de los animales, puede así engañar sin escrúpulos a los que se atraviesen en su camino.
Pero también están los sobrinos, animales débiles, indefensos, presas fáciles de los depredadores; en muchas ocasiones son burlados y conducidos a la muerte, o por lo menos al descrédito, que es otra forma de perecer. Los animales piensan, parlan, bailan, gozan y sufren como los humanos. Son sus amigos permanentes. Cuando el animal se lastima, el pequeño siente el dolor y su corazón se arrincona en un cucho oscuro; cuando el animal-amigo o amigo-animal ríe, el niño también muestra su felicidad.
Parece ser que el ángel de la guarda es reemplazado por los imaginarios que transitan sosegadamente por aire, mar, ríos, esteros y bosques sin la cadena del hombre-domador. Junto con el Arca de Noé de cada una de las 1.100 etnias africanas desplazadas a América, los animales vinieron a embellecer el zoológico de la fantasía de niños y niñas. España nos legó el imperio del castellano, que en esa época daba su primeros pasos, y con él los cuentos de hadas, de príncipes y princesas, de castillos, corceles y doncellas nacidas del fondo del mar, fábulas que atrapan la atención del niño, lo divierten y excitan su curiosidad. En esta caldera ardiente de palabras, el malo al final siempre pierde. Así le sucede al gigante devorador de jovencitos, a la bruja de nariz deforme y aliento fétido que se alimenta de niños hervidos en la olla, al envidioso y glotón compadre rico que humilla al compadre pobre, a la asesina magrastra. En fin, la virtud se impone después de una ardua batalla. Estos cuentos son atemporales; así se escucha en la narración del pescadito en la cual «la novia quedó encantada y el papá va siempre a sentarse a oírla cantar» o en el cuento del tuco y el ciego, en donde los héroes se quedarán viviendo en el palacio: «Yo los dejé así desde que me vine de Guapi», confiesa el cuentero.
Estos trigales de cuentería que pasa de boca en boca preservan los valores culturales, enseñan reglas de conducta para cimentar los principios del niño. En los cuentos jamás hay una moral dual; se tiene un comportamiento abominable o una conducta buena, por lo cual el héroe es un hombre virtuoso, no como el de la televisión, donde el titán es un depredador de vida e ilusiones que erosiona la mente del infante.
El héroe encarna la moral y se enfrenta al ruin; el más humilde puede vencer en la vida y muchas veces ayudar a aquel que lo vilipendió en público, por lo que el comportamiento del hombre pobre y honesto sirve de brújula para exaltar los valores. Y en estas narraciones triunfan los valores. Las narraciones navegan en el discernimiento del niño para romper las redes que impone la moral capitalista y llevarlo a alcanzar la madurez ética. Durante la infancia es un deber enseñarle al niño que los vientos de la inmoralidad no pueden derribarlo, que hay que dominarlos.
En el siglo pasado, lastimosamente, intelectuales, académicos y políticos pregonaban la invisibilidad del territorio del Pacífico, asumiendo que no hacía parte del Estado colombiano. Solo unos pocos luchadores como Guillermo Payán Archer, Helcías Martán Góngora, Tulio Calonje, Nicolás Martán Góngora y Agustín Revelo Peña, mi padre, a quien sueño en su bahía de palabras tiernas en 1936, se atrevieron a gritarle al mundo democrático en la revista Vanguardia que el Pacífico era un territorio acosado por la marginalidad y la exclusión de los gobernantes de turno, y a exigirles con su talante de febriles jóvenes intelectuales respeto a la cultura de los pueblos y las etnias minoritarias.
Con el texto, Cuentos para dormir a Isabella, buscamos el reconocimiento de la diversidad etnicocultural, afianzar una vez más nuestra identidad afropacífica en momentos en que el mundo unido
por esa fuerza globalizante o imperialista disfrazada propone disolver la cosmovisión y la cosmogonía.
La «ensarta» de cuentos que conforman esta compilación se recogió durante diez años aproximadamente en la costa y ríos del Pacífico colombiano, en conversación con las y los mareños, mineros, agricultores, folcloristas, maestros, vendedores de mariscos y frutas, así como con los compositores, músicos y artesanos, participantes del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, realizado cada año en la ciudad de Santiago de Cali, que trae consigo la herencia cultural de la tradición oral que dejaron los ancestros. Una vez realizado ese trabajo de campo se seleccionaron las narraciones con los mejores componentes éticos, pedagógicos, amorosos, cómicos y religiosos.
Deseamos agradecer a los narradores y narradoras del libro que hoy publicamos, Homeros de piel de socavón que van de aldea en aldea verbalizando los relatos milenarios, enseñando las reglas de convivencia que se escuchan en cada narración para evitar que en el naufragio ineluctable de la vida se ahogue el verbo florido, sus dioses y su memoria de abuelo feliz. Igualmente agradecemos a nuestros amigos —la mitad del corazón de uno, como lo definía Baudelaire— Alfredo Vanín Romero, Aura Elena González Sevillano (la Maye), Nelson Muñoz Perea, Jenny Claros, Miguel Pantoja León, Julián Ospina, Yaneth Riascos Góngora, Maximiliano Caicedo, Héctor Orobio y Darío Henao, quienes navegaron con nosotros por los esteros de la cuentería. A la doctora Paula Marcela Moreno, ministra de Cultura; al rector Ángel Mozo Calvo, la docente María Emilia Echeverri y los alumnos de primaria del Colegio Hispanoamericano de Cali, quienes con sus manos pintaron el mensaje de estas fábulas. A los niños del taller Alcanzarte, dirigido por Luz Dary Revelo de Restrepo, Diana Meza y Silvia Rivero que con sus vivas láminas se olvidan por momentos de las dificultades para respirar en la vereda Piles, del corregimiento La Dolores, cuyos habitantes viven de la quema de madera. Igualmente agradecemos a los niños del taller de pintura de Diana Meza, quien enseña con la ternura de su alma, e indiscutiblemente al hermano y Tío Hernando de quien podemos predicar que sin él no estaríamos en esta salutación de gaviero. Para todos, música de marimbas en sus vidas y cesta de abrazos infinitos.
1 Unicef (2006). Manual de los afrodescendientes de las Américas y el Caribe. Mundo Afro, Bogotá: Gente Nueva, pag. 61.
