Prólogo

Por: Alfredo Vanín

La importancia de la memoria colectiva, especialmente para los pueblos marginalizados, se evidencia en la búsqueda que emprenden por entender y visibilizar su lugar en el mundo. Cuál es su origen, de dónde proceden sus conocimientos, qué aportes le han hecho a un mundo cada vez más desconocedor de lo que no sea el fetiche de mercado, cómo mostrarle al resto de la humanidad que poseen una historia, que han construido espacios donde han creado culturas y nuevas posibilidades humanas, diferentes a las reconocidas como canónicas por Occidente, pero al fin y al cabo humanas, vitales para la comprensión y el manejo del territorio propio y del hábitat común llamado tierra.

A comienzos del siglo XX, al otro lado del mundo, el poeta Blaise Cendrars había compilado su famosa Antología negra, que sirvió para que varias generaciones de franceses, suizos, belgas y muchos otros europeos bebieran literalmente la formidable mitología y fabulación del continente africano, con sus mitos sorprendentes; Leo Frobenius publicó luego su Decamerón negro, donde  campean los animales y los caballeros andantes, sin nada que envidiarle a los caballeros europeos. En tiempos más recientes, la profesora cubana Lirca Vallés publica los Relatos de la Costa de los esclavos, también sobre África. En Colombia, este libro, Cuentos para dormir a Isabella. Tradición oral afropacífica colombiana, prolonga un camino que había iniciado muchos años antes, casi  de manera solitaria, el jurista Sofonías Yacup (Litoral recóndito, 1934), seguido del escritor y antropólogo Rogerio Velásquez (Cuentos de la raza negra, 1959) y por los poetas y escritores Helcías   Martán Góngora (Historias sin fecha, 1974), Guillermo Payán Archer (Trópico de carne y hueso), Alfredo Vanín (El príncipe Tulicio, 1986; Relatos de mar y selva, Colcultura, 1993; Entre la tierra y el cielo. Magia y leyendas del Chocó, Ediorial Planeta, 1994, coautor con Nina S. de Friedemann; Historias para reír o sorprenderse, Panamericana Editores, 2006), Hernando Arcos y Fernando Pinzón (Crónicas de la manglería, 1994), Flover González (Madre de agua, 1999), Óscar Olarte Reyes (Prisioneros del ritmo del mar, 1988) entre otros, quienes realizaron compilaciones de relatos orales  del Pacífico, de manera literal o adaptándolos para lectores fuera de la región.

Y hace poco, Conchita Penilla, periodista cultural de Radio Francia Internacional, publicó su libro bilingüe Las palabras del abuelo (Les paroles du grand-père, París, 2006, tesis de doctorado en La Sorbona).

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En el caso del Pacífico colombiano, dos momentos se imponen. A partir de la década de los ochenta del pasado siglo XX, algunas investigaciones ponen de presente ante el mundo la necesidad de entender los aportes de este pueblo, su historia y su cultura, la construcción y concepto del territorio y del espacio geográfico, y el estado de su biodiversidad como resultante de las interacciones antrópicas con la naturaleza. Posteriormente tomaría cuerpo una antigua aspiración: que los afrocolombianos sean reconocidos en la Constitución de 1991 como un pueblo con características  étnicas diferentes y con posibilidades de diseñar su propio desarrollo. Con mayor o menor suerte, un gran número de estudios, propuestas y publicaciones se entregan al público colombiano e  internacional en este periodo. Pero la efervescencia por la autodeterminación tendrá como enemigos las mismas trampas de la ley, generadas desde el Estado mismo: el individualismo, la  corrupción administrativa de alcances catastróficos, la desviación de los recursos comunitarios hacia las arcas individuales, y de manera más grave la aparición del conflicto armado a casusa del  narcotráfico. Entonces, como había ocurrido con nuestra historia productiva de carácter cíclico, el Pacífico se inunda de cultivos ilegales, y tras ellos llegan narcotraficantes, paramilitares y  uerrilleros, por el control de las rutas y los territorios, convirtiendo la región en un campo de batalla, coincidiedo con la ampliación de los monocultivos agroindustriales de la palma de aceite, a  sangre y fuego, como ocurrió en Jiguamiandó, Chocó, rompiendo en pedazos los nacientes consejos comunitarios de comunidades negras y los resguardos indígenas. Los antiguos cultivadores de pancoger, pescadores y pequeños mineros, se sublevan de sus viejos oficios y se dedican a la propagación de un cultivo que marcará uno de los peores momentos de la historia del Pacífico: las masacres, los desplazamientos forzosos, los desalojos y las rupturas comunitarias de proyectos de vida estarán en este momento de la historia a la orden del día. Un nuevo accionar se impone: la toma del territorio por grupos armados, en algunos casos con complicidad de las fuerzas del Estado, como ocurre todavía, dada la indiferencia ante la oleada de muertes. Una vez decantada la  tragedia (aunque no concluida), se vuelve a la búsqueda de memorias como un imperativo para entender nuestro sitio en el mundo.

A esta última fase corresponde el libro del abogado Baudilio Revelo Hurtado, quien nos ofrece una estupenda compilación de relatos del Pacífico, donde la diversidad es la mayor apuesta. Se reviven las historias de Tío Conejo, se vuelve a leer la picardía de personajes humanos y animales con rasgos antropomorfos. El trasfondo del paisaje es un aliciente para el lector nativo, desarraigado o no,  y para el que solo conoce la región de oídas.

Las historias fueron recogidas a lo largo de varios años, en sus viajes a Guapi, en el Cauca, y en entrevistas con nativos mayores de la costa nariñense, chocoana, vallecaucana y caucana. Es  inevitable la repetición de algunos cuentos ya publicados, pero la oralidad ampara las variaciones en los textos, los nombres de algunos personajes, y aun los desenlaces de las mismas historias. Este libro entrará a integrar la creciente —aunque todavía mínima— bibliografía sobre el Pacífico colombiano, un mundo que siempre requerirá ser conocido, debido a que pese a su aparente  inmovilidad, sus dinámicas son ahora superiores a las de los pretendidos aislamientos que parecían soportarse a través de los siglos. Es una prueba de que la vida sigue, por encima de las  presencias de conflictos que han hecho de la región un campo de enfrentamientos, convirtiéndola en la mayor proveedora de desplazados del occidente colombiano. Pero su cosmovisión y sus imaginarios, su música y sus leyendas, y su concepción de una vida más auténtica, siguen alimentando de manera subterránea y poderosa la esperanza y cultivando aun la grandeza de la resistencia contra los vientos impetuosos de la destrucción, originados por aquellos que se sienten dueños de una región construida a base de lo más grandioso del ser humano: su persistencia y su solidaridad.

Cuentos de origen medioriental, africano, indígena y europeo, alientan esa larga noche de leyendas que enfrentó la travesía hasta América y hasta las entrañas mismas del Nuevo Mundo. El saqueo ha continuado, pero Tío Conejo, el astuto héroe llegado de remotos parajes africanos, sigue vigilante y decidido a burlar la decadencia y la muerte.
 

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