"Las estrellas son negras" de Arnoldo Palacios

El escritor chocoano Arnoldo Palacios vive en París desde hace varias décadas. En 2010, el Ministerio de Cultura de Colombia reeditó su primera novela, “Las estrellas son negras” (1949), dentro de la colección de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana. La novela ya empieza a ser reconocida como parte del proceso de modernización que vivió este género narrativo a lo largo del siglo XX, y ya se ha empezado a escribir sobre ella y sobre su repercusión en la escritura posterior y en la mirada hacia el Pacífico colombiano, región que retrata con crudeza.

Detrás de la escritura de Arnoldo Palacios se han ido tejiendo varias historias: sus comienzos en Quibdó y posteriormente en la Bogotá de los años 40, la desaparición de los primeros manuscritos de “Las estrellas son negras”, su salto a estudiar literatura en París, y sus múltiples viajes por Europa. Fuimos a visitarlo a su casa de paso, aquí en Bogotá: nos recibió con las historias ya conocidas, pero contadas con el nuevo entusiasmo de aquel que disfruta ver cómo se mezcla la realidad con la ficción. Su intención es la de sumergir a todo aquel que esté dispuesto en su empresa literaria, la que construyó a personajes tan memorables como Irrá, el quibdoseño atormentado de “Las estrellas son negras”, o Nive, aquella mujer mítica sobre la que ya tantos le han preguntado.

Ya hace un mes que tuvimos esta larga e inolvidable conversación con el escritor de Certegui. El material con el que han sido construidos sus libros sigue intacto, lo que lo hace inabarcable en una sola conversación, pero valiosísimo.

Lea la entrevista completa aquí

"Las estrellas son negras" en la voz de Arnoldo Palacios

En la entrevista que nos concedió el pasado 28 de agosto, el maestro Arnoldo Palacios quiso rescatar con su voz algunos episodios significativos  de "Las estrellas son negras" .

El primero de ellos es un apartado sobre el que, según Palacios, no han hablado tanto los críticos: el encuentro entre Nive, esa niña adolescente seductora, e Irra, el héroe afro que ve cómo ella se cruza en su camino.

Según Gustavo Vasco, autor de la "Breve semblanza del padre fundador de la novelística afrocolombiana", uno de los textos introductorios a la obra, este episodio "constituye el clímax del relato. Es el momento en que acontece la unión corporal de dos adolescentes que experimentan por primera vez, sin lujuria y sin pensamientos puestos en el pecado original, las angustias y el placer supremo del amor. Este  único episodio, que pudiera asimilarse a la literatura erótica, está narrado con una gran delicadeza, como algo puro pero trascendente. Trasciende todo el resto del relato. Su limpidez no llega a estar empañada por los tintes de sangre que aparecen en alguna sábana y que son la evidencia de una virginidad que fue desgarrada".

El segundo de los fragmentos leído es uno de los apartados más líricos de la novela. Palacios quiso rescartarlo por su tono emotivo, y con su voz logra transmitir toda la esencia de uno de los momentos que manifiestan más fuerza dentro del texto. 

Presentación de "Las estrellas son negras" en la voz de Arnoldo Palacios.

En la conversación, Arnoldo reflexionó sobre la manera en la que construyó la novela, además de contarnos varias anécdotas relacionadas con los días en que la escribió. A continuación, la presentación de la novela en la voz de Arnoldo Palacios

"Las estrellas son negras" es un libro que tiene que sentirse dentro de 200 años. La novela tiene que tener un espacio igual al movimiento del universo. Entonces, lo que ocurre hoy tiene que poderse sentir mañana y dentro de 20 años. Y yo he constatado, porque yo sé que escribí esto y que fue publicado en 1949, y nosotros estamos aquí, y está creyendo la gente que lo lee hoy que pasó ayer.

Nive e Irra en la voz de Arnoldo Palacios

Escuche y lea el episodio de Nive e Irra, uno de los mejores apartados de "Las estrellas son negras", esta vez en la voz de su autor Arnoldo Palacios, en su última visita a Bogotá en agosto de 2011.

"Irra se levantó del baúl y se acercó al borde de la cama. Tembloroso, asustadizo, lanzó a todo una ojeada indagante. ¿No lo estarían espiando? ¿Seguro que no? ¿De dónde provino ese ruido? Tal vez el viento... O, más precisamente, ¿alucinaciones? Otras veces no solamente había oído ruidos, sino visto visiones, sombras siguiéndolo. No era nada. Se plantó contemplando a Nive, al pálido reflejo de la luz mortecina. Nive sudaba. Sudaba, y el pecho, como un péndulo horizontal, ondulaba al impulso del ritmo respiratorio. Y el mundo se llenaba del latido de su corazón. Como si todo el universo dependiera de aquel péndulo. Irra se sentó al borde de la cama. Un  sobresalto: tintineo de objetos de cristal... ¡Vive Dios!... Desparramó los ojazos y paró las orejas aterrado. Sintió pisadas arriba, y otra vez el tintineo, como cuando se está revolviendo el azúcar en un vaso. Lentamente se dejó caer de espaldas en la cama, quedando en la misma posición de Nive. Atajó la respiración y puso más atento oído. Su propia respiración le prohibía oír, como se lo impedía también el ritmo de su corazón. La luz pálida luchaba contra el viento. La lluvia golpeteaba. Irra estiró el brazo buscando la cabecita; su mano rozó la cara de ella; el vapor de la boca y el soplo húmedo de la respiración le daban en la palma de la mano. ¿No sería mejor apagar la luz? ¿Qué le pasaría a Nive? Nada. Había leído en un libro de un médico ruso que en las tierras tropicales las niñas se desarrollan muy temprano...A los diez años. Y Nive tenía muchos más. Le pasó fuertemente la mano por la mejilla, y comenzó a juguetear con los bucles de ella, enredando en ellos sus dedos nudosos. Luego, con el índice, Irra tocaba los párpados de ella desplegándolos suavemente, como si le estuviera cerrando los ojos a una niña muerta... ¡Horrible presentir que Nive fuese a morir!..."

"¡Oh, Dios! ¿En cuál estrella pusiste mi llave?" en la voz de Arnoldo Palacios

Escuche el extracto "¡Oh, Dios! ¿En cuál estrella pusiste mi llave? leído por su autor.

"La estrella grande que brillaba todas las noches sobre el espejo en que se confundían las aguas de los ríos.

Y como cada hombre nacía bajo el signo de una estrella, Irra iba a ser el depositario del destino de los hombres. Iba a darse cuenta de por qué unos nacían bajo el signo de una estrella buena. Y conocería por qué otros hombres nacían bajo el imperio de una mala estrella.

Durante la noche brillaban millares de estrellas en el firmamento. Unas titilaban como la verde candelilla entre el verde follaje del bosque.

Otras inundaban el cielo azul y la parda noche con el purísio brillo del diamante.

Miles casi no se advertían, sino que navegaban en el universo, como navega una gota de lágrima sobre la mejilla de una niña.

¡Oh, influjo implacable de los astros sobre el alma de los mortales!

¡Oh, Dios! ¿En cuál estrella pusiste mi llave?

Algunos nacemos para morir sin tregua... Otros nacen para la alegría.

Son estrellas diferentes.

Las de ellos titilan eternamente y tienen el precio del diamante.

Y la mía, Señor, es una estrella negra... ¡Negra como mi cara, Señor!

El turno del intendente había llegado". 

Arnoldo Palacios en la voz de Óscar Collazos

El pasado 19 de agosto de 2011 tuvimos la oportunidad de tener una conversación con el autor chocoano Óscar Collazos. En ella, el escritor reflexionó sobre su literatura y sobre los referentes de su escritura. Entre ellos nombró a Arnoldo Palacios. El lugar de Palacios dentro de la obra de Collazos puede aparecer difuso, en un primer momento, pues responden a contextos y estilos de escritura diferentes. Sin embargo, como lo señaló Collazos, la novela "Las estrellas son negras" ya tiene un lugar fundamental dentro de la tradición literaria colombiana, y hay que ser justos con ella. A continuación, les presentamos un extracto de la novela leído de manera muy atenta por Óscar Collazos.

Por otro lado, en la entrevista que tuvimos con Óscar Collazos el pasado 19 de agosto de 2011, el autor dejó registro de un episodio de la obra de Arnoldo Palacios que tiene mucha relación con la itinerancia y el exilio, algunos temas alrededor de los cuales gira su obra y que, en el prólogo que él mismo escribe para la novela de Palacios, aparecen centrales dentro del análisis de la lucha interior que Irra está llevando a cabo.

Escuche y lea de un extracto de "Las estrellas son negras" en la voz de Óscar Collazos, prologuista de la edición de la Bilbioteca de Literatura Afrocolombiana (mp3, 4 mb)

"Quería ser marinero. A bordo podría al menos alimentarse bien. Ganar un sueldo y gastarlo en mujeres y aguardiente en los puertos, como lo hacían los marineros que llegaban a Quibdó... Si él fuera marinero conocería otras tierras... Viajaría a regiones exóticas, domaría el mar... Aprendería a pelear y a arrebatar mujeres ajenas, dondequiera que sus plantas anclaran. ¿Por qué no ir ahora mismo a proponerle al capitán? O a rogarle... Podría emplearse de lavaplatos o fregapisos... ¿Y si el capitán no accedía?.. No importaba. Centenares de jóvenes chocoanos se habían embarcado sin «cinco», habían subido a bordo furtivamente... Y a la vuelta del vapor habían regresado como tripulantes, plata en el bolsillo, y hablando con el tono de un boga nacido y criado en Cartagena: «¡Ja!... ¡Maddito!... En Tubbo...».

Sin embargo, al llegar a Cartagena Irra preferiría hacer otra cosa: aprender algún arte; de mecánico le agradaría. Simpático eso de pasarse el día metido en un overol azul, engrasado, mugroso de óxido de las piezas de los motores. O, mejor, tendría oportunidad de trabajar durante la noche y estudiar de día. En las grandes ciudades uno mismo se puede costear sus estudios. Muchos grandes hombres se habían batido así. Claro. Él tenía que obtener algún título... «¿Aquí está el doctor Israel?». Irra sonrió. El barco se balanceaba suavemente. Las aguas del Atrato se escurrían mantecosamente de debajo de la proa. El calor continuaba sofocante, aunque los rayos del sol se iban precipitando hacia la tarde. El humo de la chimenea se elevaba en espirales, que el viento desbarataba en el espacio luminoso. La playa de la desembocadura del Quito hormigueaba de gente. Tarde de verano. Irra pensó en bañarse. Pero recordó que hacía una semana lo estaban acosando los fríos y las fiebres intermitentes. Hoy le había dado un vahído cuando se embarcó a pescar en compañía del viejo... Abajo rugían los motores de las lanchas rápidas, de las del gobierno, cargadas de blancos.

«¡Ah!...», exclamó para sí, «cierto que yo venía adonde el compa... Mi mamá me está esperando... ¡Maldita sea, condenada suerte! », murmuró, estrujándose el rostro entre las manos. «Tener que verle ahora la cara arrugada a Pastor... Es una vaina... Estos negros cuando tienen un tarro en un armario, y un moho de queso..., se vuelven avaros, de mala fe..., se vuelven completos vergajos..., y caminan mirando al cielo para que no los saluden...»."

Extracto "Las estrellas son negras". Bogotá: Ministerio de Cultura, 2010. pp 64-65.

Agradecimientos a Noís Radio por el paisaje sonoro