“Yo renuncié al oro y me metí a la literatura, que es otro oro”.

Entrevista con Arnoldo Palacios, autor de “Las estrellas son negras”

Por: Juan Pablo Angarita B.

El escritor chocoano Arnoldo Palacios vive en París desde hace varias décadas. En 2010, el Ministerio de Cultura de Colombia reeditó su primera novela, “Las estrellas son negras” (1949), dentro de la colección de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana. La novela ya empieza a ser reconocida como parte del proceso de modernización que vivió este género narrativo a lo largo del siglo XX, y ya se ha empezado a escribir sobre ella y sobre su repercusión en la escritura posterior y en la mirada hacia el Pacífico colombiano, región que retrata con crudeza.

Detrás de la escritura de Arnoldo Palacios se han ido tejiendo varias historias: sus comienzos en Quibdó y posteriormente en la Bogotá de los años 40, la desaparición de los primeros manuscritos de “Las estrellas son negras”, su salto a estudiar literatura en París, y sus múltiples viajes por Europa. Fuimos a visitarlo a su casa de paso, aquí en Bogotá: nos recibió con las historias ya conocidas, pero contadas con el nuevo entusiasmo de aquel que disfruta ver cómo se mezcla la realidad con la ficción. Su intención es la de sumergir a todo aquel que esté dispuesto en su empresa literaria, la que construyó a personajes tan memorables como Irrá, el quibdoseño atormentado de “Las estrellas son negras”, o Nive, aquella mujer mítica sobre la que ya tantos le han preguntado.

Ya hace un mes que tuvimos esta larga e inolvidable conversación con el escritor de Certegui. El material con el que han sido construidos sus libros sigue intacto, y es inabarcable en una sola conversación. Sus historias son inagotables, y trazan caminos que parecen difíciles de recorrer en la realidad: verosímiles y puestos sobre un tiempo y un espacio que bien podrían ser míticos, cada uno de sus relatos remite siempre al primer momento en que oímos contar una historia, el momento que es desconocido, imposible de recordar para la memoria, pero que sin embargo nos deja atentos, completamente asombrados, frente al curso de lo que se dice.

Además de guiarnos por las ya míticas historias de su escritura, Arnoldo Palacios nos contó sobre su última publicación, el libro “Cuando yo empezaba”, donde reúne sus primeros escritos, que recién editó “San Librario”. Tiene todos estos recuerdos muy presentes, por lo que nuestra conversación giró alrededor de esos primeros años, que tanta gratitud le merece al maestro Palacios. Su voz sirve como camino para entender esos primeros pasos de la literatura colombiana que empezaba a acercarse de otras maneras a su material y a los problemas del país. Esta generación, a la que perteneció Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Manuel Zapata Olivella, se encontró alguna vez en Bogotá, durante los días del Bogotazo, y luego tomó distintos caminos. Cuarenta años después, el lugar que había fundado Arnoldo Palacios aún estaba sin explorar: ese Chocó que precisaba de quien se atreviera a contarlo en la voz de sus propios habitantes está presente en las voluntades del primer Arnoldo Palacios, el que iba a “El automático” y el que escribía su novela “Las estrellas son negras”.

Sobre la historia de "Las estrellas son negras"

-Maestro Palacios ¿cómo nos puede presentar su novela “Las estrellas son negras”? (Escuche la respuesta en la voz de Palacios)

Este libro tiene que sentirse dentro de 200 años. La novela tiene que tener un espacio igual al movimiento del universo. Entonces, lo que ocurre hoy tiene que poderse sentir mañana y dentro de 20 años. Y yo he constatado, porque yo sé que escribí esto y que fue publicado en 1949, y nosotros estamos aquí, y está creyendo la gente que lo lee hoy que pasó ayer.

-En “Las estrellas son negras” usted ya empezaba a pensar en hablar de la gente que vivía en el Chocó ¿cómo fue este proceso?

Una cosa que yo creo que aporté fue la presencia del negro en la novela. El héroe negro. No es que no haya habido negros en la novela, los había en la literatura de los Estados Unidos, en “La Cabaña del Tío Tom”, y otros muchos. Aquí figuraban siempre como sirvientes, en “María”, por ejemplo, en ese capítulo tan bello, porque Isaacs era un gran escritor. Pero el problema es que siempre aparecían los negros como un adorno. De todas formas, hubo allí también un progreso, porque al menos les daban presencia, y también, en el caso de Isaacs, se veía un interés por imitar el lenguaje.

Entonces, yo quería que el personaje principal fuera un negro, un chocoano. Que así no quedara todo remendado, porque yo creía que era por esa razón que no daba el resultado que debería.

Todo eso se debería modificar hoy, porque ya se ha pensado mucho sobre el problema racial, y aquí en Colombia no hay blanco. Yo me di cuenta de lo que era un blanco allá en Noruega y en Rusia. Hoy sí yo sé quién es negro, no como antes, con esas referencias.

Ahora quiero pensar en escribir sobre estos discursos raciales. Hacer una especie de reflexión para los colombianos, en la que se diga que siempre se tiene que decir Afrocolombiano. Es que no somos blancos, somos aquí mulatos, aunque no todos lo seamos. Blanco y negro, mulato. Indio y blanco, mestizo. Y tenemos hoy indios, blancos, negros, mezclados ya con todos los europeos que vinieron aquí…hasta el diablo está metido aquí.

Tenemos que defender esta tendencia a la discriminación buscando una identidad. Y eso, sobretodo, tiene que ser a través de la cultura. Por ejemplo, nosotros los negros del Chocó, del Pacífico, donde está una gran parte de la cultura colombiana hoy, la ha traído el negro, el esclavo que vino de África. Y digamos que allí no tenemos ancestros indios, propiamente, ni los blancos de Europa. Nosotros, lo que tenemos que defender hoy, luchando contra eso que queda de la discriminación, de la desigualdad, y por lo tanto de la pobreza, porque son esos pueblos los que se han quedado atrás. Y esto es porque los que dirigen el país son los hijos de los esclavistas, de los colonialistas. Y esa Independencia que hicieron los hijos de los colonialistas la hicieron sin los negros. Ellos siempre quedaron con el poder en la mano, con las fincas, con las riquezas de sus padres. Eso es lo que ha formado la oligarquía nuestra. Eso es claro.

Desde el punto de vista racial con eso hay que tener mucho cuidado. Yo tengo de indio, y me dí cuenta mucho más cuando murió mi padre, antes del entierro yo le ví la figura, y se le veían los rasgos de indígena en ese cadáver. Nosotros no tenemos derecho a ser racistas; entre mis hijos yo tengo unos mellizos, uno negro y otro blanco, salieron el mismo día. Ella es negra y el hermano blanco, y cuando van en la calle nadie sabe. Eloisa se llama la muchacha, y el varón Matias. Y tengo tres más, Jean Luc, Paul y Leopold.

Antonio Cruz Cárdenas, que fue condiscípulo mío en el Bachillerato, era un gran admirador de un capítulo de “Las estrellas son negras”. El capítulo de Nive. Cruz Cárdenas escribió un artículo que no he podido saber dónde se publicó, en donde comparaba a Nive con grandes mujeres en la historia de la literatura. Con Julieta, con Beatriz. Nive es muy importante en la novela.

Otra cosa que no han tratado los críticos es que en la novela yo creo un mundo en el que está toda la estructura racial del país. Están los bogas, los blancos que trabajan en Quibdó, los negros que tienen que vérselas con la pobreza. Hoy en Quibdó no hay blancos propiamente, hay muchos mulatos, y parece que son ellos los que dominan hoy. El novelista tiene que ser un visionario, y a mí me ha gustado mucho que mi vida me ha ayudado a comprender lo que debía hacer. Este texto fue publicado hace más de 50 años, y aquí en Quibdó, una vez alguien me dijo que había visto a Irra en el pueblo el año pasado. Yo reflexioné: Irra es un joven, lo mi amigo el año pasado.

Otra cosa interesante que pasó el año pasado: hay un matrimonio joven que está haciendo un trabajo sobre “Las estrellas son negras”. Y vinieron acá a mi casa, a contarme que habían estado consultando en la Biblioteca Nacional. Y ahí fueron a buscar el artículo que aparece en la novela, que se supone que lo escribió alguien para “El Tiempo”. Ese artículo no existe, pero yo le puse “El Tiempo” para dar la atmósfera de lo que es el pensamiento de la prensa, la fuerza de la realidad. Cuando uno dice en los pueblos: “Mira, andá y me comprás El Tiempo”, la gente puede estar queriendo decir que le traigan “El Espectador”, pero siempre va a decir que le traigan “El Tiempo”, porque ya Colombia hace parte de esa historia.

En ese artículo se ataca duro a Gaitán, y se reproduce toda una atmósfera de manera muy fidedigna. Y estos señores están buscando el artículo por todas partes, y cuando vinieron a mi casa a preguntarme por el artículo, pues quisieron saber quién era el autor del texto. Y yo les dije: “Lo encontraron, está aquí, soy yo!”. Yo ahí escribí como novelista, y si me piden que vuelva a escribirlo, pues yo no sé cómo hacerlo. Me gusta que la gente crea que lo escribió Alberto Lleras o Calibán, pero no, lo escribí yo. Entonces, para cuando el lector llega ahí ya está bien metido en la cosa colombiana, porque “El Tiempo” es la vida aquí en el país. Esa es la mecánica de la novela, una novela que se introduce en lo histórico.

Si escribo una canción, las que están dentro de la novela, por ejemplo, marcan un referente histórico. Si pongo un pasillo, pongo un pasillo de la época de Julio Flórez. Si quiero escribir un poema, debo escribirlo como un gran poeta, así no lo sea.

Otra cosa, si quiero presentar un personaje que sea un mediocre, tengo que escribir como un mediocre—no como escritor—pero sí tengo que ser un pobre diablo para poder encarnar eso que quiero transmitir. Si quiero pintar a un habitante de la calle, tengo que hacer una obra de arte, así su ropa esté rota, y lo tengo que hacer feo, si es feo, pero tiene que mantenerse la idea de la obra de arte personal, deshilachada; una hilacha tiene que ser bien hecha para que sea una hilacha. Para penetrar y entrar en la capacidad de la creación me sirvió muchísimo haber tenido de guía personal al doctor Restrepo Millán.

-¿Y el caso de Nive? ¿Cómo pensó a ese personaje?

Nive es mulata. Yo la pensé mulata. En el Chocó hubo un momento en que hubo una migración de sirio libaneses, que en general los llaman turcos. Como en la Costa Atlántica también hubo una muy grande. Ellos se instalaron allí en el Chocó y tuvieron gran influencia, en la economía principalmente. Es gente muy humilde, que se mezcló con la gente del Chocó, trataban muy bien a sus mujeres, y tuvieron muchos hijos que se destacaron. No eran tantos, entonces hoy se han ido acabando, aunque su influencia en el desarrollo del Chocó—hasta desde el punto de vista racial—, pues se mezclaron con la gente del Chocó y produjeron esos mulatos de los que hablo. Hasta con los indios, porque ellos siempre han vivido aparte, aunque no haya habido pelea; ellos están aparte, hablando sus lenguas, nosotros hemos hablado español y no hemos aprendido sus lenguas. Eso se ha ido modificando porque la cultura ha empezado a darse cuenta.

Entonces, desde el punto de vista racial, Nive me representa ese mulataje. Con ella utilizó un estilo especial, como con su abuela y con Irra, con un trabajo muy minucioso, muy fuerte. Esa novela no debería terminar así, pero nadie se espera que ella muera. Ahí está la dinámica del libro: uno se la encuentra a las 10 de la noche, y ella a las 6 am ya está muerta. Algo terrible y violento. Nadie espera eso en tan poco tiempo. Irra aparece en la novela como a las 3 pm, y a las 6 am del día siguiente está ahí frente al río, destrozado porque se fue el barco y no podrá irse. Y se comporta como si ya todo hubiese acabado, y llega la señora a decirle a Irra que Nive murió por la madrugada. Eso casi no se puede resistir, pero Irra de todas formas queda fuerte.

Lewis, un crítico norteamericano, es de los que mejor ha entendido el final de “Las estrellas son negras”. Él quedó libre, liberado, pero no porque se va o no dentro del barco. Eso ya va dentro de la vida cósmica, del destino del hombre. Pero como novelista, como hombre de la vida corriente, como es Irra, pues su libertad consiste en seguir su existencia. Y la gente pregunta: ¿Ahora él qué va a hacer? Pues no, no va a hacer más nada, es una novela, ahí termina. Tendrá 80 años, y estará en Quibdó. ¿Y Nive? Pues no, ella no existe. Su vida transcurrió y acabó dentro de la novela.

En la campaña de Turbay para el partido Liberal, ellos tenían una oficina en la calle 24. Yo iba siempre, además porque vivía cerca, y tomaba tinto. Acabábamos de publicar la segunda edición de “Las estrellas son negras”. Una muchacha consiguió unos libros para vendérselos a esos políticos, y les decía cualquier precio con tal de venderlos. Y un joven que se paseaba por ahí, se acercó y dijo: ¿ustedes podrían prestarme esa novela que tanta gente compra?

Al día siguiente, otra vez fui allí y el joven se me acercó a decirme que lo había leído todo de un tirón anoche, y que ahorita, antes de vestirse, había llamado a su mamá a pedirle un impermeable para la lluvia. Y su madre le había respondido sorprendida, porque estaba haciendo un sol espléndido. Pero la lluvia de la novela se le había salido de la ficción.

La novela tiene que satisfacer al lector, y cada uno ve su personaje como quiera. Cuando escribí “La selva y la lluvia”, en invierno, estando en Bucarest, con el frio terrible, la nieve y la escarcha, en el hotel donde yo estaba tenía que cerrar las cortinas para no ver lo que pasaba afuera. Porque estaba describiendo la vida en el Chocó, y hubo un momento en que sentí tanto calor que me caí sobre el papel y tuve que abrir la ventana y vi la nieve. Yo mismo sentí que estaba en Quibdó. Me deben tomar por loco, pero yo veía a la gente con guantes y bufandas, dejando el rastro del zapato en la nieve, y a 20 o 25 grados bajo cero. Yo sentía el Atrato, queriendo estar en Quibdó.

De Certeguí a Quibdó, de Quibdó a Bogotá, de Bogotá a París

-Maestro ¿cómo fue su llegada a la escritura? (Escuche la respuesta en la voz de Arnoldo Palacios)

Tú sabes que el Chocó es una región muy abandonada, y ese abandono continúa. Además, es una región de selvas casi puras. Y la gente vive especialmente del producto del oro y del platino; todas estas, razones por las que deberíamos ser extremadamente ricos, pero no.

Por un lado, el trabajo con el oro sigue siendo muy tradicional, casi primitivo, por lo que casi no se produce para quien lo explota; y además, ese oro y platino se están acabando. De suerte que desde la esclavitud se ha continuado con esa tradición de buscar oro; y como el oro es una cosa que atrae, que facilita que la gente siempre crea que se van a hacer ricos del día a la mañana, se crea una falsa ilusión.

Para uno salvarse de esa ilusión tiene que renunciar al oro. Yo renuncié al oro y me metí a la literatura, que es otro oro, pero de diferente clase.

Entonces, mis inicios en la escritura vienen desde que hice cuatro años en el Bachillerato de Quibdó. Allí sólo pude terminar el Bachillerato, y tuve que irme a Bogotá. Otros se iban a Cali, a Medellín, e incluso a Cartagena. En Bogotá, terminé mi Bachillerato en el Externado Nacional Camilo Torres, con el rector José María Restrepo Millán. Allí empezaba a escribir, allí escribí “Las estrellas son negras” como cosa fundamental, y de ahí di un salto inmediatamente a París. Y me quedé allá, y he estado dando saltos, dando saltos, y seguiré saltando!

De hecho, acaba de salir un libro que se llama “Cuando yo empezaba”, publicado por la librería San Librario. Ahí encuentran mis artículos periodísticos, desde 1944. Textos que encuentro que bien podrían ser escritos hoy.

-¿Y la literatura cómo empezaba a rondarlo en esos escritos?

La literatura propiamente dicha, como la novela, los cuentos, comenzaba a rondarme desde siempre, porque yo quería ser un verdadero escritor. Con el periodismo yo no estaba interesado solamente en correr y andar detrás de las nuevas noticias. Con el accidente que tuve yo de niño [Palacios sufre de una poliomelitis que afectó sus piernas y músculos motores], no podía correr. Entonces, desde siempre supe que yo no podía tener esa agilidad necesaria para el periodismo.

Yo hice unos primeros escritos que, como hoy se diría, eran grandes reportajes. Los escribí para la revista “Sábado”, que dirigía el doctor Plinio Mendoza Neira.

Ahí empecé de una manera brillante: empecé haciendo un artículo sobre un político colombiano, un hombre de mucho valor que fue ministro de trabajo de Alfonso López, y que en las luchas del Chocó había peleado contra el racismo: el Doctor Adán Arriaga Andrade, que representaba a los blancos aunque fuera mulato, como casi todo el mundo allá en el Chocó.

Mi artículo fue publicado en “Sábado”, en una sección que funcionaba como editorial cada semana y que aparecía en primera página con una caricatura de Rendón. Era un periódico que se distribuía mucho. Mi inspiración principal, por ese entonces, era un periodista que se llamaba Juan Lozano y Lozano. Él era un gran periodista colombiano, muy independiente, muy esquivo., que tenía su propio periódico, “La Razón”, pero era un periódico que casi no circulaba; decían que él escribía ese periódico para él. Yo quería escribir como él, porque me parecía realmente interesante.

Arriaga Andrade era ministro. Así fue el proceso: yo fui al ministerio para saber si él podía darme una entrevista. La secretaria, muy naturalmente, me dijo que sí. Luego volvió y me dijo que el doctor estaba muy ocupado, que volviera el sábado siguiente. Yo volví y de nuevo sucedió lo mismo, ¿por qué no viene el lunes de la semana entrante?

Al fin no me dieron nada, pero mi paciencia no se colmó: Yo salí del ministerio y pensé que tal vez no necesitaba ni verlo, ni hablar con él para hacer el reportaje. Su manera diplomática de rechazarme me hizo decir: “pues, voy a escribir”. ¡Y ahí empecé a escribir sobre él!

Entonces, ahí me procuré la ayuda de muchos de los políticos de la época: varios partidarios de Diego Luis Córdoba, que fue el negro éste brillante del parlamento que era socialista, Antonio García, Gerardo Molina, el Doctor Mújica, que se hacía llamar Liberal Socialista Marxista y revolucionario. Todos ellos me ayudaron a tomar los datos de la vida del doctor Arriaga. Ahí llevé el artículo a la redacción de “Sábado”, y, con mi sorpresa, el sábado siguiente apareció el artículo en una página entera, grande. “¿Esto qué es!?”, dije yo.

Pero ahí no se terminó, ya el lunes comenzó la revuelta en el Chocó, pues empezaron a protestar diciendo que ese artículo era el colmo, etc. En realidad es que yo había citado algunas anécdotas de Arriaga Andrade sobre su campaña política en el Chocó: una en mi pueblo, Cértegui, donde lo recibieron muy bien, como siempre, allí mi papá era el jefe del partido Liberal… antes de subir a la tribuna él le dijo a alguien que tenía sed, y vino una señora muy amable con un vaso de agua de vidrio. Y, apenas empezó a tomar, alguien dijo: “!Doctor! ¡Tiene una hormiga!”, y el político respondió: “No importa. La hormiga es remedio”.

Entonces, la semana siguiente al doctor Mendoza Neira le habían llenado el escritorio con cartas y lo habían llamado a quejarse por el artículo. Entonces en el “Sábado” siguiente apareció una nota en la que, con mucha sencillez y con mucho pudor, el doctor Mendoza Neira pedía excusas por el artículo.

-¿Por dónde se movía en esos días, Maestro? (Escuche la respuesta en la voz de Arnoldo Palacios)

El Camilo Torres quedaba en la calle 34 con carrera 7. Ya empezaba yo a visitar los cafés, porque la gente iba a estudiar allí: uno veía a los estudiantes de medicina con sus huesos, sentados tomándose un tinto.

Yo iba a un café que luego se volvió muy importante. Se habla mucho de él: el café “Fortaleza”. Allí se habían acostumbrado a ir los intelectuales, y como nosotros también íbamos, se fue volviendo un café importante. El café se quemó el 9 de abril, y quedaba en la Jiménez entre la séptima y quinta, frente al Edificio Cadena, que todavía existe. Al frente estaba el salón de Té, que debe estar todavía ahí.

Bueno, hay una historia, y es que cuando se quemó el café estuvo cerrado un tiempo, pero a los quince días ya la gente volvía; estaban limpiando, sacando todo. Llegábamos nosotros, junto con escritores como Manuel Mejía Vallejo, Manuel Zapata Olivella, Álvaro Mutis, y también magnates y grandes periodistas como José Mar, Ulises, Alejandro Vallejo, Luis Vidales, que también iba ahí. Nosotros tomábamos tinto, y ellos allá en la barra tomaban cerveza. Nos encontrábamos mucho, entonces se me ocurrió un día escribir un texto sobre los que iban a ese café, en forma de entrevista, de charla, para que fuera publicada en “Sábado”.

El dueño del café cogió el artículo y lo pegó en la vidriera, y entonces comenzó a llegar gente allí, que no eran intelectuales, ni nada, y todo el mundo entraba. Y ya no se llamó más “Fortaleza”, sino que empezó a llamarse “El Automático”, por una película que había visto el dueño. Allí nosotros trabajábamos, discutíamos nuestros problemas, ilusiones, y de una manera muy sana.

Entonces, allí iba un abogado, que después se ahogó en los llanos, José Alvear Restrepo, cuyo nombre lo tiene ahora una asociación de defensa de los derechos de los presos políticos. Él tenía su oficina en el Edificio García Cadena, donde era el Ministerio de Educación que se quemó, y ahí también fue donde se quemaron mis manuscritos…

Al café iba también Carlos Martín, el poeta que era en esa época el redactor de “Sábado” y que hace dos o tres años murió en España. Yo estaba ligado a la Revista, entonces como yo no tenía medios, y a él lo habían nombrado Secretario Privado del Ministro de Educación, me ofreció su oficina cuando no estuviera ocupada la máquina por la secretaria. Y allí podría escribir de mediodía a las dos, y por la tarde. Allí me pusieron una mesita y una máquina, donde yo estaba sacando en limpio el borrador que ya había terminado de “Las estrellas son negras”. Pero como yo no puedo cargar nada, lo que yo estaba sacando en limpio lo dejaba en la mesa, junto al original. Y ya iba terminando la novela, cuando llegó el 9 de abril y se quemó gran parte de ese edificio, y de paso mi novela.

Yo me quedé sin nada, sin original, sin transcripción en limpio. Entonces, conversando en el café, con mis amigos, me dieron aliento y me ayudaron a escribir otra vez el libro. Me recordaron que había toque de queda, que nadie podía salir en la noche, entonces tenía tiempo. Escribí la novela de un tirón, en tres semanas, y lo llevé al editor Clemente Airó, un joven periodista y editor, venido de España después de la guerra. Yo le llevé el manuscrito de sorpresa, porque no había hablado con nadie de que estaba escribiendo ese libro.

Apenas lo entregué, me fui por Colombia a buscar trabajo, volví al Chocó. Y a los ocho meses, más o menos, volví y lo fui a visitar. Allí lo saludé y me dijo: “Espéreme un momentico”: salió a los dos minutos con mi libro, ya editado, pero sin carátula. ¡Ya estaba todo listo! ¡y yo pensaba darle a hacer el prólogo al doctor Restrepo Millán! Pero ya no se podía poner nada. Entonces, Manuel Zapata Olivella y Mejía Vallejo me dijeron que buscáramos a Luis Alipio Jaramillo, el maestro, para que me hiciera la carátula. Lo llevé, salió el libro, y se acabó el libro, y yo a los 5 meses estaba yo saliendo de Cartagena para París, el 1 de septiembre.

Yo no sabía cuál había sido la publicidad que había tenido la novela, porque en tres meses no alcancé a saber nada. Fue después que supe que escribían sobre mí. Porque además, ya estando en Francia, que era algo a lo que yo nunca pensé llegar, yo me entregué a estar allá, a ir a la universidad, y dejé a un lado “Las estrellas son negras”, pero yo seguía escribiendo.

-Maestro, usted mencionaba a Manuel Zapata Olivella como uno de sus acompañantes por esas épocas, ¿qué conocía de su obra, de su trabajo? (Escuche la respuesta en la voz de Arnoldo Palacios)

De Manuel yo había leído “Tierra mojada”. Él era un poquito mayor que nosotros; yo no sé si a le gustaba ser mayor o no, pero yo por lo menos lo consideraba como alguien que podía. Y, además, lo queríamos mucho. Él era muy activo: siempre trataba de darnos ánimo. Tú sabes que uno siempre está pendiente de que le publiquen o no, y él decía: “No se ocupen de eso”.

A mí me habían dicho que Zapata Olivella había estado en los Estados Unidos. Y eso para mí era un sueño. Y me decían que ya había vuelto, y que estaba en Bogotá. Y yo decía siempre: ¡Quiero verlo! Pero Zapata no iba a cafés. A veces él iba al Automático, pero no tomaba café, ni nada. Se estaba un rato ahí y se iba. Pasaba por ahí como si fuera un inspector. No era hombre de andar en café.

El día que lo encontré fue subiendo por la calle 11, buscando un lugar donde vendían almojábanas garullas y chocolate, por ahí en “La Puerta falsa”. Alguien me dijo: “Mire, ahí viene Manuel Zapata Olivella”. Y Manuel venía bajando de la 6 hacia la 7ª, y yo lo paré en la mitad. Me presenté y le dije: “Me han dicho que usted es un hombre muy importante. Yo también estoy escribiendo, pero uno siempre tiene problemas”. Entonces me dijo: “¿Qué problemas tiene? ¡Lo que tiene que hacer es escribir! Y escriba! Más bien, en lugar de perder tiempo en eso”

Siempre fue muy amable, y también conscientemente revolucionario. Él tenía conciencia política Junto con otro negro muy importante del Cauca, Natanael Díaz, un gran poeta que se ha olvidado y que hay que hablar sobre él, de nuevo. A través de ellos dos conocí a Richard Wright, el escritor norteamericano famosísimo.

-¿Y qué nos puede contar de esa inspiración que recibió del escritor norteamericano Richard Wright?

Yo empecé a leerlo, pero quería saber cómo era él de verdad, pero resulta que nunca le publicaban una foto. Y con eso continúan ahora. Ahora yo pienso en eso, y digo que sí quiero que publiquen mi foto, porque la gente quiere ver el autor, que es un autor negro, para que se enteren que yo no soy blanco, y que escribo.

En París conocí a Richard Nathaniel Wright, y cuando él murió yo estuve en su entierro. Él me había invitado para colaborarle en un proyecto, y justo se murió en ese momento...y yo me quedé como viudo.

-Para terminar ¿qué nos puede decir usted sobre el movimiento afro en Colombia, por esos días?

Efectivamente, ese movimiento existía. Precisamente, con Natanael Díaz, el poeta del Cauca, de Puerto Tejada, y otros estudiantes de Derecho, junto con Manuel Zapata Olivella. Fue a través de ellos que me orienté un poco más; yo sí tenía la idea de escribir sobre la gente del Chocó, pero no tenía una formación que me separara exactamente algunos conceptos. Eso me lo aclaró, además, la lectura de Richard Nathaniel Wright, de Langston Hughes, y de otros escritores que empezábamos a leer. El asunto de la negritud que se cristalizó en Francia, ya tenía aquí estos referentes: Manuel Zapata Olivella y Natanael Díaz.

Agosto - Septiembre de 2011