Haciendo visibles a los invisibles
Por:
Paula Marcela Moreno Zapata.
Ministra de Cultura
Candelario Obeso escribió en su poema «Lucha y conquista»: «¡Las piedras más bonitas/ en el carbón, a veces/ se hallan escondidas!». Y nuestro querido Jorge Artel nos dejó en claro que «Somos, sin odios ni temores, una conciencia en América». Estos dos apartes reflejan el espíritu de varios de los procesos, políticas y logros alcanzados en los tres últimos años por el Ministerio de Cultura. Nuestro enfoque de gestión «Colombia diversa: Cultura de todos, Cultura para todos» ha tenido como principio el reconocimiento de la diversidad cultural de nuestro país como un elemento definitivo de la sostenibilidad y profundidad de un modelo de desarrollo sustentable social y económicamente. Esta colección hace parte de los procesos que se adelantaron para garantizar un reconocimiento efectivo de esa diversidad.
La tarea, sin duda monumental, de investigación, selección, recopilación y edición de la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana es un esfuerzo por unir en una misma y única publicación a los escritores y escritoras, poetas y poetisas, narradores orales y ensayistas más significativos de esta índole en nuestro país. Y digo más significativos, pues no es posible llamar completa o terminada una antología de estas características. La literatura, como todas las manifestaciones artísticas y culturales, es un acto vivo que se construye día a día a lo largo y ancho del territorio y que está en constante transformación y crecimiento. Esta es una selección donde se suman muchos esfuerzos, así como el trabajo riguroso de un Comité Asesor y de un Comité Editorial que con una clara intención de diálogo abren un espacio para acceder a la mirada de un pueblo que ha sido fundamental en la construcción del país, pero que no ha contado con los espacios para participar de los procesos que permiten un acercamiento a nuestras raíces y a nuestra identidad nacional.
La conmemoración de nuestros doscientos años de Independencia es, sin duda alguna, una fecha que nos hace reflexionar sobre el significado de la diversidad, una diversidad que ha marcado la biografía cultural de los colombianos, y que está escrita en nuestra memoria genética como un texto colectivo donde la suma de los aportes enriquece y le da sentido al resultado final. Es fundamental recordar que las inequidades no solamente afectan a quienes las sufren, sino a la ciudadanía en general. El principio físico de los vasos comunicantes, aplicado desde la Antigua Roma para evitar los desniveles en el suministro de agua, nos recuerda que si a uno solo de varios recipientes conectados se le retira líquido, todos los demás se afectan. Y si uno recibe agua, todos los demás lo absorben por igual. Eso, aplicado a nuestra realidad, nos recuerda que toda sociedad requiere que cada una de sus partes sea reconocida e integrada para funcionar de manera equitativa: solo reconociendo que somos un proyecto común, una sola historia, un solo corazón, podemos construir, entre todos, el futuro de esta nación.
Colombia, una nación diversa
La vitalidad colombiana radica en su diversidad. Una frase que hoy quizá resulta obvia para muchos, estuvo lejos de serlo durante varios siglos. En 1850, el cartagenero Manuel María Madiedo, uno de los intelectuales más destacados del siglo XIX en el país, escribió sobre los bogas del Magdalena: […] No se parecen a las lindas cuadrillas con que se divierten los parisienses; ni estas playas ardientes rodeadas de bosques ignorados se asemejan a sus ricos salones alfombrados con los productos de las fábricas de los gobelinos; ni tienen nada de común los casi desnudos bogas del Magdalena con los perfumados leones de la capital de Francia (Madiedo, 1973: 13).
Dicha cita aparece en el prólogo al libro de Candelario Obeso que hace parte de esta colección, con el siguiente comentario de sus prologuistas: «Esta idea de la nación varonil en oposición a la delicada Europa es reforzada por Madiedo en su cuadro de costumbres, en el que la nación es un espacio rudo, vasto e inculto habitado por primitivos que, al igual que el territorio, necesitan ser civilizados».
El boga es aquí representado como el hombre salvaje a la espera de ser civilizado por el blanco. Candelario Obeso, génesis de la poesía negra en Colombia, publica en 1877 Cantos populares de mi tierra, donde se aleja de la descripción exótica que hace el blanco del remero de río, para valorarle conforme a sus propios referentes cultu-rales: seres con una visión propia de la vida y de sí mismos, que no están esperando la influencia redentora del hombre blanco. Obeso habla del paisaje, el amor, la amistad, las costumbres de los bogas desde el interior de ellas mismas. Siendo un hombre letrado que busca ganarse un espacio en el panorama nacional de la época, se aleja de lo pintoresco para potenciar en toda su magnitud el lenguaje criollo con sus particularidades gramaticales y sintácticas.
La innovación lingüística y temática, el manejo estético del verso le proporcionaron a Obeso un respetable y merecido lugar entre los lingüistas y literatos de la época. Resulta asombroso que un hombre de escasos recursos, hijo natural de un abogado y una lavandera, haya logrado abrirse paso en un país que abolió la esclavitud unos pocos años después de su nacimiento más no la sumisión.
Obeso encarna la contradicción misma de sociedades como la nuestra, donde un hombre negro habla en la voz del boga, al tiempo que busca abrirse espacio en el panorama intelectual nacional del siglo XIX, donde las condiciones de racismo y exclusión para los de su color eran la norma y deben «mimetizarse», o bien aprender las formas y costumbres del blanco para abrirse un espacio en la sociedad y así lograr que su mensaje sea escuchado.
La diversidad, nuestro mayor activo Esto nos lleva a lo que considero el punto de partida para hablar de esta colección. Somos diversos. Una realidad que por siglos fue considerada talón de Aquiles para el desarrollo económico, cultural y político, es hoy nuestro mayor activo como nación.
La pluralidad de identidades, de expresiones propias de los pueblos que nos conforman hace de Colombia un país de inmensa riqueza. En medio de la diversidad étnica y cultural de los pueblos afrocolombianos, raizales, palenqueros, indígenas y rom, contamos con una población afrodescendiente que se estima superior al 20% de la población total del país. Presentes en todo el territorio nacional, con concentración en los litorales Caribe y Pacífico y en ciudades como Cali y Cartagena, la población afrocolombiana cuenta con más de ciento cincuenta territorios colectivos de comunidades negras tradicionales en la región del Pacífico, principal asiento de la población afrodescendiente. Como figura en el Compendio de políticas culturales (Ministerio de Cultura: 2009), al interior de dicha región se suele diferenciar entre el Pacífico norte (Chocó) y el litoral sur, es decir, Valle del Cauca, Cauca y Nariño. Estas diferencias se evidencian en el habla, la tradición oral, la música y la danza al igual que en las estrategias productivas, la agricultura, la pesca, la minería, entre otros.
Es importante anotar que la concentración de población afrodescendiente en regiones como los Llanos orientales, Orinoquía, Amazonía o el Eje cafetero es notable, contraria a la idea preponderante de tener una población afro concentrada únicamente en un par de regiones del país. En el Caribe se advierte la diferencia entre la población litoral, isla e islotes, y la población ribereña –ríos Magdalena y Cauca– y entre estas y las comunidades del interior (sabanas de Córdoba y Bolívar). Otro sector está conformado por los llamados «palenques» destacándose el Palenque de San Basilio, una comunidad agrícola y ganadera que habla su propia lengua y mantiene una valiosa tradición cultural.
Lejos de allí, en los valles interandinos, en especial en los del Cauca y Patía, viven comunidades originadas en las familias de las haciendas esclavistas y ganaderomineras, que cuentan con un fuerte sentido de pertenencia, una alta cohesión social y una rica tradición oral.El pueblo raizal es considerado el primer grupo étnico que habitó el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, antes del nacimiento mismo del Estado colombiano. Sus orígenes se sitúan entre los afrodescendientes establecidos en el Caribe durante el período de la Conquista y posterior colonización por parte de Inglaterra.
En la presente colección, contamos con Lenito Robinson, un escritor de Providencia, que siendo joven tomó un avión para llegar a París a estudiar Literatura en La Sorbona. Su obra, al igual que la de Hazel Robinson, autora sanandresana, quien se dio a conocer cuando en 1959 empezó a publicar sus columnas sobre la isla en El Espectador. El primer libro publicado por un autor sanandresano, es Sobre nupcias y ausencias de Lenito Robinson-Bent en 1988. La isla de Providencia aparece espléndida en la obra de Lenito, llena de sorpresas y revelaciones. El lector podrá hacer un recorrido a través de las casas de madera pintadas de colores alegres, los cuentos de los marineros tatuados y las historias de los abuelos, tal como si estuviera en la isla. La isla, ocupada en primera instancia en 1631 por noventa ingleses que venían en el Seaflower, volvió a quedar desierta cuando los españoles los expulsaron a fuerza de cañón diez años después. Pero por allí siguió merodeando Sir Henry Morgan, el temible corsario inglés, que asolaba esos mares y quien se dio cuenta enseguida de que por su posición estratégica y su riqueza de agua, la isla era sitio ideal para esconderse. Luego vinieron algunas familias desde Liverpool a sembrar algodón, pero los españoles volvieron a expulsarlos nuevamente. Esta vez, los ingleses deciden someterse a los mandatos de la Corona de Castilla, a cambio de poder quedarse. Luego de cuarenta años liberaron a los esclavos; les dieron sus apellidos y otros tomaron sus nombres como apellidos. A partir de este hecho los cruces racialesse hicieron frecuentes. Los ingleses, los africanos, los chinos que llegaron posteriormente y hasta algunos indios misquitos, formaron una nueva raza. También de esta mezcla interracial surge la lengua creole, propia de las islas. La obra de Hazel y Lenito nos permite acercarnos a sus personajes, sus creencias, sus ritos y sus dioses.
Un diálogo intercultural
Desde las aguas dulces del río Magdalena, en Mompox, donde nació nuestro querido Obeso, a la mar de mil colores de las islas de Lenito Robinson-Bent y Hazel Robinson, hay diferencias tan profundas como las aguas que los separan. Los afrocolombianos, más allá de los referentes que podamos tener, conforman una variedad de lenguas, visiones, culturas y tradiciones, según su origen, localización geográfica y desarrollo. Es por esto que el acercamiento desde la literatura a la mirada particular de los pueblos afrodescendientes, a sus miradas, deseos, pérdidas y glorias, nos permite abrir espacio al diálogo intercultural, donde el conocimiento y transmisión del patrimonio oral y literario de los pueblos étnicos sea posible. Las poblaciones afrodescendientes en Colombia poseen un invaluable legado cultural que tiene sus raíces en la riqueza e inmensidad de las culturas africanas y que adquirió, en el contexto americano, sus propias particularidades, sus propias formas de expresión. Estas particularidades, estas formas de expresión, están ligadas a la vida y a la historia de esta nación desde su conformación. Propiciar esta reflexión y abrir espacios para la apropiación de este legado por parte de las nuevas generaciones son objetivos que hacen parte de los proyectos, planes y programas del Ministerio de Cultura y que buscamos incentivar a través de la presente colección. Esta nace también de una política de promoción de la lectura y las bibliotecas, que busca facilitar el acceso al libro y la lectura, y por ende a la memoria colectiva de la nación.
Esta colección busca entonces constituirse en un acervo del patrimonio cultural del país al reunir, preservar y difundir la literatura de temática negra en Colombia y ponerla al alcance de todos. Ahora bien, los procesos de apropiación y socialización de esta biblioteca, tendrán especial énfasis en la población afrodescendiente, con la intención de generar un conocimiento de su riqueza cultural que haga visible su realidad, así como sus aportes en la construcción de la nación.
La Biblioteca de Literatura Afrocolombiana se dará a conocer a través de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas, las casas de cultura, los centros de investigación, así como desde una serie de proyectos educativos y comunitarios que se involucran en este proceso de circulación y divulgación, de movilización social y reflexión nacional, en torno a nuestro patrimonio literario, histórico e identitario.
Una voz desde el Chocó
Arnoldo Palacios en la canónica novela colombiana Las estrellas son negras, terminada en 1948, narra las condiciones de vida en el Chocó de los años cuarenta:
"Los platos boca abajo, y el vaso de aluminio, despachurrado, vacío, le decían a Irra que no tenían nada que ofrecerle para comer. Una gallina cacareó, removiéndose en su nido debajo del fogón. Irra se agachó, asomándose a ver detenidamente la gallina. Claro, una gallina gorda. ¿Por qué no matarla y comerla inmediatamente? Pero entonces no podrían vender el huevo que ponía diariamente. ¿El huevo de hoy? Irra se agachó más, estiró su cuerpo, templó el cuello, alargó el brazo para agarrar la gallina; esta se sacudió, arrinconándose más. Irra le lanzó otro zarpazo, deseando estrujarle de una vez la cabeza o rasgarle el vientre con las uñas. La gallina, asustadiza, saltó de su nido, alejándose bajo su plumaje blanquinegroamarillento-cenizo". (Palacios, 1998: 29)
Arnoldo Palacios nace en Cértegui, Chocó. A los quince años se va a vivir a Quibdó con su familia. Desde los dos años debe afrontar la poliomelitis que dificulta sus movimientos pero que jamás fue impedimento para llegar muy lejos. Termina el bachillerato en el colegio Camilo Torres de Bogotá, donde empieza a mostrar su indignación frente a las desigualdades sociales, conocidas por él desde su infancia. Ya en Bogotá, se familiariza con la obra de Jorge Artel y traba amistad con Manuel Zapata Olivella; las obras de ambos autores hacen parte de esta colección. Escribe Las estrellas son negras en una máquina de escribir del Ministerio de Educación, que su amigo Carlos Martín le presta. Tarda más de un año trabajando juiciosamente en esta novela, para darla por acabada satisfactoriamente el 8 de abril de 1948. Por desgracia, al día siguiente tiene lugar el Bogotazo, y entre las tantas cosas que se convierten en cenizas, está la recién terminada novela de Palacios. Animado por sus amigos, aprovechando su memoria privilegiada, el autor escribe nuevamente Las estrellas son negras en tan solo dos semanas. La novela es muy bien recibida por la crítica y le permite a Palacios acceder a una beca de estudios en La Sorbona. Vive en Francia desde entonces, donde publica dos obras más, Les mamelles du Chocó y La forêt de la pluie. En 1998 el Ministerio de Cultura reeditó Las estrellas son negras, nuevamente editada por Intermedio editores en 2007 y, por tercera vez en doce años, en la colección actual. Se sabe de Palacios que desde entonces y durante algunas décadas se instaló en las afueras de París con su esposa Beatriz y sus cuatro hijos. Actualmente y desde hace algunos meses vive en Colombia, donde a sus ochenta y seis años ha vuelto a recorrer su departamento, un territorio que ha sido históricamente olvidado y que en la presente colección tiene una presencia notable.
«Al otro lado de la cordillera termina Colombia, y a este comienza Chocó», le decía el intelectual Rogerio Velásquez nacido en Sipí, Chocó, a su hija Amparo. Con su pluma, Rogerio batalló contra ese abandono durante toda su vida. Nace un año después de la última de las ejecuciones a negros, cincuenta y seis años después de abolida la esclavitud. Como todos los nombres que integran esta colección, su conciencia étnica le lleva a investigar y a denunciar a partir de estudios, la construcción de la República desde la exclusión de negros e indígenas. Durante las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo, Velásquez se dedicó a recorrer y a documentar el Chocó profundo, olvidado, pobre, húmedo, rico en oro y platino, caluroso y selvático. Las costumbres, la narración oral, el vestuario, la música tradicional, sus instrumentos, los cuentos de los viejos, nada se escapa a la agudeza y el refinamiento de su pluma. El trabajo de Velásquez es asimilable al de Gilberto Freyre en el Brasil y sus reflexiones y escritos habrían de ser retomados por autores como Manuel Zapata Olivella en sus memorables ensayos, también reunidos en esta colección.
La negredumbre del negro y del cimarrón
Velásquez acuñó el término «la negredumbre», para referirse a una combinación entre muchedumbre y negritud, una unidad, donde las tierras, los rituales de celebración y de muerte, así como las festividades profanas hacen parte de una identidad colectiva. Como en las sociedades premodernas, es la identidad colectiva la que predomina sobre la individual.
Este concepto lo retomó Zapata Olivella para seguir ahondando en esa unidad, esa especie de «cordón umbilical» que conecta la raza negra, le da un sentido de pertenencia, de comunidad. La negredumbre está en el ritmo de los tambores, en la memoria de África, en la invocación de los muertos. Dicha familiaridad ha sido definida de muchas maneras. El profesor Jerome Branche, de la Universidad de Pittsburgh, habla del «malungaje» o del «ser malungo» como «el rasgo de parentesco que surge entre los compañeros de abordo», aquellos que habían sido arrancados a la fuerza de su tierra por los abominables comerciantes de seres humanos y que con grilletes y cadenas emprendían la travesía a un destino desconocido. Zapata Olivella narra ese viaje sin retorno en Changó, el gran putas, la gran epopeya de la negritud en América. La novela nace de la idea mítica que sustenta la llegada de los africanos como esclavos a América por una maldición de Changó. Una concepción del mundo que da cuenta de los dioses tutelares de la religión yoruba y su cosmovisión. Es Changó quien les da la fuerza espiritual a los esclavos para renacer en el nuevo continente. Una vez aquí, el negro vive anclado a la nostalgia, pero también a esa alegría profunda porque nace de tristezas ancestrales, al sonido del mar, al río y a la lluvia:
"Dejar atrás muy atrás para ser ignorados el pánico de los renovados desastres los espejismos que duplican la muerte hasta que lleguen con sus garras de invierno los ríos de la fábula y sientas que cruzan por tu piel los faunos que se creían derrotados porque no muere el viejo cimarrón de la lluvia".
En este poema de Alfredo Vanín, vemos también el lazo que le une a la historia de su pueblo. El lazo está en Artel, al inundar la poesía de ritmo de tambores declarándose el directo heredero del legado invaluable de Candelario Obeso; está en la musicalidad y el ritmo de las mujeres poetas del Pacífico. Está en los relatos infantiles, arrullos, fábulas y cantos provenientes de la civilización yoruba de la Costa de Nigeria, música que cicatriza las más profundas heridas. Está en los versos de Helcías Martán Góngora, que el mismo Neruda calificó como «los más bellos versos del mar que jamás haya leído ». Está en la libertad, el gozo del cuerpo y sus placeres en la poesía de Hugo Salazar Valdés, Rómulo Bustos y Pedro Blas Julio Romero, como una especie de mística pagana hecha de tambor, de marimba de chonta, de currulao y de cumbia. Los relatos orales fueron recogidos en un lapso de diez años en diferentes recodos del Pacífico colombiano. Los contadores son más de veinte hombres y mujeres afrocolombianos, la mayoría ancianos, y cuyas actividades cotidianas son las de mareños, mineros, agricultores, folcloristas, maestros, vendedores de mariscos y frutas, así como compositores, músicos o artesanos.
La antología de poesía femenina incluye cincuenta y seis mujeres de diferentes generaciones y regiones, prácticamente de todo el país. Se seleccionaron más de trescientos poemas de enorme variedad temática y estilística. Por primera vez se recoge y publica buena parte de la obra ensayística del escritor Manuel Zapata Olivella, dispersa en decenas de periódicos y revistas antiguos que no estaban al acceso de potenciales lectores. El inmenso trabajo de Zapata Olivella lo ha convertido en uno de los autores colombianos más estudiados dentro y fuera del país. Sus aportes a la comprensión de nuestra cultura popular apenas empiezan a ser valorados. Desperdigados, muchos de estos artículos se perdieron. Aquellos que han podido ser reunidos para esta colección dan cuenta de un hombre que apenas llega a Bogotá, ya estaba elogiando la cumbia, las fiestas de pueblo con sus músicos anónimos y sus cantaoras negras. Como dice Alfonso Múnera en el prólogo a los ensayos de Zapata Olivella:
"[Manuel Zapata] es quizás el único de nuestros intelectuales que a mediados del siglo xx piensa la nación como un todo, integrada por fuerzas creativas heterogéneas, en las que afrodescendientes y nativos juegan un papel central, que reconoce la extraordinaria diversidad de su cultura, y que denuncia de manera brillante los mecanismos de imposición de una historia y unos valores culturales colonialistas"
Zapata Olivella como un ensayista brillante, con el ojo de un antropólogo urbano adelantado a su tiempo, está hoy día por descubrirse en la plenitud de su lucidez para comprender la importancia de construir una voz propia de los afrodescendientes en América. Su discurso sobre la diversidad, que hoy nos resulta tan familiar, era en los años cincuenta y sesenta un discurso de vanguardia para el contexto nacional. Sin duda su proximidad a intelectuales negros como Césaire y Sédar Senghor, fue decisiva para forjarse un pensamiento basado en el estímulo y el respeto a la diversidad como motores para construir un proyecto colectivo de nación. Antes de despedirme, quisiera mencionar los cuentos de Carlos Arturo Truque, contemporáneo de nuestro premio Nobel, relatos de impecable belleza por donde transita la violencia de un país olvidado. La injusticia y la explotación rampante relatada por Gregorio Sánchez en La bruja de las minas, la primera novela publicada en Colombia por un autor afrocolombiano (1947), su realismo minucioso, deja junto a las emotivas narraciones de Óscar Collazos, huellas de África, pilares de los malungos en el nuevo continente, cada vez menos nuevo en la medida en que todos tengan una historia para contar. La historia que aquí encontrarán es la de estos compañeros de abordo, finalmente reunidos, para hacer de este un país que se sabe a sí mismo pluriétnico y multicultural, y se enorgullece de serlo.
Por último quisiera dar un agradecimiento muy especial a los grandes gestores de este proyecto. Melba Escobar, como coordinadora del Grupo de Literatura, de la Dirección de Artes; José Antonio Carbonell, a cargo de la Dirección Editorial del proyecto; Viviana Gamboa, coordinadora del proyecto Biblioteca de Literatura Afrocolombiana, y Emperatriz Arango, responsable de la divulgación y distribución. Ellos, con el respaldo logístico y administrativo de la Fundación Tridha, y el apoyo de la Biblioteca Nacional de Colombia para la distribución y divulgación en las bibliotecas del país, han hecho un gran esfuerzo para que estos diecinueve volúmenes estén hoy en nuestras manos. Solo me queda desearles que disfruten la lectura, y que queden antojados de seguir leyendo más.
Referencias bibliográficas
Madiedo, M. M. (1973). El boga del Magdalena. Museo de cuadros de costumbres, tomo i. Bogotá: Biblioteca Banco Popular. Ministerio de Cultura (2009).
Compendio de políticas culturales. Documento en discusión. Bogotá: Ministerio de Cultura.
Palacios, A. (1998). Las estrellas son negras. Bogotá: Ministerio de Cultura.
