Casi un ensayo de bibliotecología

Pasando de la figura del bibliotecario al lugar biblioteca, vemos que casi todos los servicios de biblioteca que se pueden encontrar en el mundo del celuloide pueden constituir la base de un pequeño ensayo de bibliotecología, si lo vemos con el debido interés y sin los prejuicios de un profesional encerrado en su mundo. Examinemos entonces, los principales servicios:

 

Catalogación y clasificación

La catalogación y la clasificación, aspectos absolutamente profesionales en la vida del bibliotecario, son descritas sobretodo en un filme, Party Girl de Daisy von Scherler Mayer (1995), Se trata de una joven que termina trabajando en una biblioteca para restituir el dinero a la madrina quien había pagado su caución para salir de prisión. Ella no solo se apasiona por este trabajo, ocasional, sino que lo profundiza estudiando por si misma la clasificación decimal Dewey (CDD)  y después asistiendo a un curso. Las secuencias en la biblioteca son 14, se desarrollan por más de 23 minutos y representan la máxima presencia de una biblioteca en una película.

Para comprender en que medida la clasificación decimal Dewey es para los americanos un problema cotidiano, recordamos dos filmes. El primero es una comedia sentimental, Head Over Heels de Micklin Silver (1997), en el cual él cuenta que su novia bibliotecaria es la única que conoce verdaderamente la DDC. El segundo es una comedia demencial, UHF de Jay Levey (1989), que muestra en un espacio televisivo, un bibliotecario tipo Schwarzenegger, quien levanta de la tierra a un pobre usuario que le había pedido información, y además le pregunta con aire amenazante sino conoce la clasificación decimal Dewey.

Estos ejemplos no nos ilustran cientificamente aspectos de la profesión, pero son particularmente interesantes en cuanto ponen la atención sobre las reglas del registro y de la clasificación que constituyen para el bibliotecario un motivo de distinción profesional. El cine sabe retomar los aspectos más recónditos del individuo, en cuyo argumento no pierde la ocasión para intervenir con ironía.

 

Colecciones especiales, manuscritos, documentos raros.

Los fondos especiales son un patrimonio de particular importancia para las bibliotecas por su valor documental. Este aspecto, el menos conocido de las bibliotecas, no se le ha escapado a el cine. El ejemplo más famoso es en El Ciudadano Cane (Citizen Cane)  de Orson Welles (1941)  donde la severa bibliotecaria miss Bertha Anderson (Georgia Backus), permitiendo al periodista Jerry Thompson (William Alland)  de consultar el fondo de manuscritos, le impone terminar la lectura taxativamente” entre las cuatro y treinta “y de consultar” exclusivamente las páginas que tratan del señor Cane, de la página 83 a la página 142”. La Thatcher memorial Library es un lugar austero, todo en mármol, y la anciana es el estereotipo de la bibliotecaria solterona. En esta biblioteca todo se conjura en contra del lector, pero Jerry no se deja intimidar y, terminada la búsqueda, saluda a miss Bertha diciéndole, con ironía: “Muy confortable este lugar”.

 

Hemeroteca

El sesión de los periódicos es quizás, entre los servicios de biblioteca, la que mayormente atrae a los espectadores por la presencia constante de uno o más visores de microfilme para diarios y revistas utilizadas directamente por personajes o escenarios que ponen como fondo de la escena una biblioteca. Estas imágenes, en las cuales el microfilme es reina soberana, son destinadas a ser sustituidas por un nuevo medio, el CD ROM y el DVD. Pero el cine, que está siempre atento a cada cambio, no da señales de tener prisa en actualizarse. En el fondo, película y visor son muy similares a la consola de montaje del filme y seguir proponiendo el microfilme en las hemerotecas es una actitud nostálgica de autocitación que el cine tiene consigo mismo.

El motivo por el cual uno acude a la hemeroteca, y el usuario que la utiliza, pueden ser muy diferentes. Hay algunas jóvenes en Amigas para siempre (Now and Then)  de Lesli Linka Glatter (1995)  que buscan noticias de la muerte de la madre de una de ellas; está el thriller el Chacal (The Day of the Jackal) de Fred Zinnemann (1973), quien lee el periódico para conocer mejor la personalidad de De Gaulle a quien debía asesinar, y también están los periodistas de Me gustan los líos (I love Trouble)  de Charles Séller (1994)  que indagan sobre la sospecha del descarrilamiento de un tren.

La biblioteca como lugar acogedor es bien presentada en Tallo de Hierro (Ironweed)  de Hector Babenco (1987). Aquí la indigente Helen (Meryl Streep)   en una gélida noche de invierno entra en la biblioteca pública de Albany y va a la zona reservada a los periódicos donde hay una chimenea encendida: la bibliotecaria entiende la situación y, con modales gentiles, le dice que allí se puede quedar cuanto quiera, pero no puede quedarse a dormir.

Hay quien va a la hemeroteca para escapar y quien para buscar. Running on Empty de Sydney Lumet (1988)  relata la historia de una preja de ex incendiarios -rebeldes que para escaparse del FBI cambian siempre de residencia y datos personales. Los nombres los eligen en biblioteca de los anuncios mortuorios consultando los microfilmes de los periódicos locales. En cambio el alguacil Búster (Richard Farnsworth)  en Misery de Rob Reiner (1990)  lee viejos periódicos para encontrar la noticia de una ex enfermera sobre la cual tiene fuertes sospechas.

 

Sección de jóvenes

La sección de jóvenes es uno de los servicios más comunes de las bibliotecas, pero sobretodo una prerrogativa de la cinematografía en el área de la lengua inglesa para llevarla a la pantalla.

Hasta que punto la biblioteca para jóvenes es parte integrante de la sociedad en Nueva Zelanda y en USA nos lo muestran los filmes Un ángel en mi mesa (An Angel at My Table)  de Jane Campion (1990)  y Matilda de Danny De Vito(1996). En el primero, la joven futura escritora neozelandesa Janet Frame (Alexia Keogh)  visita por primera vez la biblioteca como premio de un concurso escolar de poesía. El placer de la niña de poder entrar en la biblioteca se nota en cada gesto. El segundo filme, Matilda, muestra lo que para un niño puede representar la lectura y como la biblioteca puede ayudarlo. Matilda tiene un padre que es el retrato convencional del hombre ignorante y mezquino: trabajo deshonesto, nada de libros y mucha televisión -basura. La madre no es menos: maquillaje y bingo con las amigas. En este ambiente para Matilda la lectura en la biblioteca es un recorrido lleno de obstáculos. Cuando la niña llega a los cuatro años se llena de coraje y va a la biblioteca pública. Para enfatizar el acontecimiento, la cámara encuadra la biblioteca de abajo hacia arriba y, en la secuencia sucesiva, Matilda esta enfocada de arriba hacia abajo: de esta manera la niña parece más pequeña de cuanto es, y en este episodio se trasluce un sentido de conquista en la cual se lee, a través de las imágenes, la ecuación:  información = libertad.

El mismo binomio ya fue propuesto algunos años antes en Lazos humanos (A Tree Grows in Brooklyn)  de Elia Kazan (1945): en aquella ocasión la situación familiar no era de pobreza espiritual, sino material. La lectura y las instrucciones representan para la joven muchacha irlandesa Francie (Peggy Ann Garner)   la única vía para la supervivencia. Francie se dedica a leer todos los libros de la sección para jóvenes de la biblioteca del barrio, pero trae también a la casa libros para el padre y entre estos Anatomia de la melancolía que es la llave de lectura del filme, y también la expresión, a través de un libro de la biblioteca, que liga al padre y la hija.

 

Consulta y préstamo

El servicio de consulta y préstamo ofrece al cine la ocasión de ironizar, jugar, sonreír con la biblioteca, lo que pasa cuando de un lado la información genera una respuesta a una demanda y cuando se le da un uso absurdo. Basta pensar en Flesh and Fantasy de Julián Duvivier (1943)  en el cual a Marshall Tyler (Edward G. Robinson)  - que está planeando un asesinato - después de haber consultado un libro sobre venenos, al momento de restituir el libro, le preguntan como acto de cortesía si encontró lo que buscaba. En una situación dramática se interpone así un elemento de comicidad involuntaria, episodio que se repite, en la forma más llamativa, en el filme The Young Poisoner’s Hanbook de Benyamin Ross (1995)  donde la bibliotecaria Sue (Samantha Edmonds)  presta a Graham (Hugo O’connor)  un libro sobre venenos a escondidas del director, quien había negado el préstamo al joven no porque fuera peligroso, sino porque el volumen era reservado para la sección de adultos.

La escena simpatica es en el filme policiaco inglés Murder, She Said de George Pollock (1962)  en el cual el bibliotecario Mister Stringer (Stringer Davis)  mintiendo, dice a una lectora que el último romance policiaco de un famoso escritor (una autocitación de Agatha Cristie)  no ha llegado todavía a la biblioteca. Pero después cuando llega Miss Marple, saca afuera el libro debajo del banco y se lo entrega. La otra se da cuenta y reclama su derecho a la precedencia. El bibliotecario se confunde, pero miss Marple sin descomponerse entrega espontáneamente el libro a la antagonista, y conociendo la forma de escribir del escritor, le indica quien puede ser el asesino.

Dramática es en cambio la situación en Kes de Ken Loach (1969), con una implícita condena moral por la bibliotecaria (Zoe Sutherland)  quien niega, a un pobre muchacho de un degradado barrio de Nottingham, el préstamo de un libro sobre los pájaros. El episodio, ya desagradable por si mismo, tiene después consecuencias todavía más grandes cuando el muchacho, para obtener el libro, entra en una librería y lo roba. De esta forma una demanda legítima negada se transforma en un delito. Pero la intransigencia inglesa no para aquí. En Ábrete las orejas (Prick Up Your Ears)  de Stephen Frears (1987)  los bibliotecarios llegan a denunciar al dramaturgo rebelde Joe Orton (Gary Oldman)  y a su amigo por haber escrito sobre las cubiertas de los libros tomados en préstamo notas con frases obscenas.

El daño de un libro es cosa grave y da pena, pero el que impresiona, negativamente en el filme, es el comportamiento hipócrita y pusilánime de los dos bibliotecarios. Ellos no se enfrentan abiertamente al hecho de los dos vándalos, pero buscan los nombres a través de la nota de préstamo y los denuncian directamente a la autoridad judicial, sin algún procedimiento intermedio: el único intento de ellos es condenar, no prevenir o educar.

Una particular forma de préstamo se encuentra en el filme inglés Billy Elliot de Sthepen Daldry (2000): en un bibliobús la bibliotecaria (Carol McGuigan)  no puede entregar a Billy (Jaime Bell)  el libro sobre danza porque es de la sección para adultos. Pero el joven sustrae el libro al bibliobús aprovechando un momento de distracción de la bibliotecaria. En este caso la inflexibilidad inglesa sucumbe frente a la terquedad de Billy.

Una escena que puede ser llevada como ejemplo sobre como se maneja una operación de préstamo en una biblioteca pública americana esta en el filme Storm Center  de Daniel Taradash (1956), en el cual Alicia Hull (Bette Davis)   da prueba de profesionalismo tanto al ofrecer el libro al usuario - el amigo asesor comunal - como al registrar el préstamo: la naturaleza con la cual la bibliotecaria cumple varias operaciones parece pertenecer más a un documental, que a un filme.

Otro tema recurrente, sobre todo en los filmes USA, es la entrega de un libro con retardo con relativo regaño y pago de la pena. Entre todos recordamos Big Bully de Steve Miner (1996)  que nos muestra al protagonista que, ha regresado a su país después de muchos años, es filmado mientras va a la biblioteca pública donde la bibliotecaria le recuerda que todavía debe entregar un libro prestado antes de irse diciéndole así. “Estás retrasado con la fecha de entrega de 8.882 días”.