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Lectura, bibliotecas y calidad de educación
Los sistemas
educativos, a lo largo de la historia, han valorado en forma muy diferente y variable las
formas de transmisión del conocimiento. Sócrates, el educador por excelencia del mundo
antiguo, prefería la comunicación oral, que permitía el ejercicio de formas de diálogo
que permitían al estudiante descubrir, dentro de si mismo, las formas del conocimiento.
En nuestra época, muchos educadores han considerado que los medios audiovisuales ofrecen
la mejor herramienta educativa: que, como decía un jesuita del siglo XVII, se usan
"muchos libros cuando habrían bastado las imágenes".. Sin embargo, desde la
Grecia antigua hasta hoy, la educación se ha apoyado en forma muy estrecha en el libro,
en general en firme interrelación con la voz del maestro. Las formas de utilización del
libro han variado también a lo largo de la historia: ha sido eje, apoyo, guía, refuerzo,
referencia, alusión ausente.
La civilización
cristiana occidental se apoyó desde muy temprano en lo escrito. Aunque Jesús, como
Sócrates, no escribió, sus discípulos, como Platón, se apresuraron a poner por escrito
sus enseñanzas, que adicionadas a los textos de la tradición judía conformaron el libro
o el conjunto de libros por excelencia: la Biblia. El islamismo, el judaísmo, el
cristianismo han sido, en sentidos similares aunque con importantes diferencias,
culturas del libro, en las que las formulaciones centrales de sus intelectuales se
apoyan en la exégesis del libro sagrado, la Biblia, el Corán, el Talmud[1]
Por ello no sorprende
que en la Edad Media la escuela convirtiera al texto escrito en máxima autoridad: la
enseñanza era fundamentalmente un comentario cuidadoso y elaborado de las afirmaciones
del libro sagrado o de los libros filosóficos. El pensamiento era ante todo una
elaboración racional que partía de la palabra de Dios para construir un sistema
teológico-filosófico coherente. La discusión del texto era la forma esencial de
aprendizaje, y alrededor de este proceso se desarrollaron muchas de las convenciones
básicas del debate intelectual y muchas de las formas literarias apropiadas para la
discusión sobre textos: la glosa, el comentario, la nota, la referencia, los sistemas de
paginación que permitían identificar el parágrafo citado. Todavía buena parte de las
convenciones formales de cita y referencia que se usan en los medios académicos
encuentran su origen en la escolástica
Sin embargo, el mundo
del libro era extraordinariamente reducido: solo los clérigos, intelectuales por
excelencia, tenían contacto con el mundo de lo escrito. Para la mayoría de la
población, la incorporación de la cultura dependía de la transmisión oral y visual: la
cultura de la edad media es, pese a la importancia del libro para los sacerdotes, una
cultura audiovisual. La retórica antigua reconoció esto: según Cicerón,
Simónides considero bien "que se fijaba con más eficacia en nuestros ánimos lo que
era transmitido e impreso por los sentidos, y principalmente por el de la vista".
[2] En las iglesias y catedrales, el arte es el principal
complemento a la comunicación oral, a la voz del sacerdote. Incluso cuando, en el siglo
XIV y XV, se hace más frecuente la utilización de técnicas de reproducción mecánica
sobre papel, estas se utilizan, normalmente bajo la forma de xilografías, para reproducir
imágenes de interés religioso: la imagen trasmite los terrores de la muerte o incluso,
bajo formas subrepticias, los placeres desafiantes de la carne.
De la Imagen al Texto
La aparición de la
imprenta cambia las condiciones y el libro puede volverse de consumo más amplio. Sin
embargo, el cambio es menos brusco de lo que podemos pensar. Por una parte, la producción
de libros, aunque aumenta dramáticamente, no puede llegar más que a unos sectores muy
limitados de la población. Ahora, al lado de los clérigos y religiosos, que podían
disponer en universidades y conventos de libros copiados uno a uno, hay un grupo de
lectores laicos, de jóvenes burgueses que pueden conseguir el libro impreso. Pero las
ediciones de un libro se cuentan por centenares de ejemplares. Por otra parte, los libros
no abandonan del todo el formato gráfico medieval. Muchos de los libros más exitosos
fueron libros de grabados: el primer libro que se copia ilegalmente, el primero de los
libros piratas es la Crónica de Nuremberg, editada clandestinamente en 1493, para
aprovecharse del éxito producido por un libro que es ante todo un libro visual, una
especie de inmensa tira cómica, con 1200 grabados acompañados de breves textos
explicativos.
Para muchos de los
dirigentes eclesiásticos, el libro de texto es peligroso en manos de quienes no tengan la
preparación adecuada para interpretarlo, como lo muestra la gran reticencia en permitir
la edición de la Biblia en lenguas nacionales. El libro útil es ante todo el libro de
grabados religiosos, el que puede producir un impacto emocional sobre los fieles. Frente
al desafío de la reforma protestante, que promueve una relación diferente con el libro,
el catolicismo barroco refuerza, en el siglo XVII y XVIII, el carácter audiovisual de la
cultura popular, con un arte cuyo objetivo es impresionar la sensibilidad. [3]
Para el
protestantismo, por el contrario, todo cristiano debe acercase al texto sagrado, cuya
interpretación no es privilegio exclusivo de la jerarquía religiosa. Confianza en el
texto y desconfianza en la imagen es más bien el tono de la sensibilidad protestante. Por
ello, todos deben aprender a leer y escribir: el ideal del alfabetismo universal surge
más bien de la visión religiosa que de un ideal racionalista y humanista. Poco a poco el
libro se generaliza, apoyado en la revolución tecnológica de la imprenta, pero también
en el cambio cultural promovido por la reforma protestante y posteriormente por la
ilustración, que asume un ideal universalista de interpretación de la realidad -ya no
solo del texto sagrado- para el que todos los hombres, por el hecho de ser racionales,
estarían preparados. El saber sobre el mundo natural o histórico se aprende en los
libros, y todos podemos leer los libros. Incluso, podemos reunir en los libros todo el
saber relevante: hay que escribir la Enciclopedia, en la que encontraremos reunido todo el
conocimiento necesario para vivir en el mundo.
Libro y conocimiento
La civilización del
texto anuncia su triunfo a finales del siglo XVIII, cuando comienza a secularizarse el
ideal del alfabetismo universal, y empieza a convertirse en lugar común la idea de que
solamente el que es capaz de leer y escribir puede ser un verdadero ciudadano, un hombre
libre. Esta visión llevará pronto, en las constituciones del siglo XIX, a la frecuente
limitación del derecho de voto a quienes sepan leer y escribir, que rigió
también en Colombia durante la mayor parte del siglo. Esto es así porque el saber, y ya
no solo el saber religioso, la palabra de Dios, se encuentra en los libros, en una Biblia
infinita que está conformada por todos los libros, por la biblioteca universal.
Justamente en estos años surge la biblioteca pública. Si en Atenas, el comienzo del
racionalismo democrático está simbolizado por el gesto de Anaximandro, que pone en el
ágora el libro que acaba de escribir, para que todos puedan leerlo, en la Europa del
siglo XVIII, o incluso en la Nueva Granada del siglo XVIII, la aparición de la biblioteca
pública es la señal de una cultura en la que el saber es derecho restringido en
principio a los sacerdotes, que se encargan de participarlo a todos, por una cultura que
nuevamente podemos llamar racionalista y democrática: todos los hombres pueden, si leen
adecuadamente, conocer e interpretar directamente la realidad, utilizando los libros
apropiados para ello, que encontrarán en las bibliotecas públicas.
El periódico, que
usa la escritura para comunicar los hechos diarios, y sustituye así la oralidad del
chisme, surge también en el siglo XVIII y refuerza la aparición de una civilización del
texto: también entre nosotros llega en estos años, muy pegado de la Biblioteca Pública:
el primer bibliotecario será también el director del primer periódico.
La enseñanza, por
supuesto, sufre el impacto de esta transformación. La educación escolástica se centraba
en la lectura y comentario de un texto predefinido, y la presencia del texto como guía
seguirá hasta nuestros días. Pero los educadores insistirán en algunos cambios
importantes: el texto no es una autoridad, y no se justifica gastar el tiempo en analizar
indefinidamente su significado. El verdadero libro es la naturaleza, y el libro es una
guía a ella. Por ello, la verdad se encuentra en la naturaleza, y lo escrito apenas la
codifica. El libro es ahora más importante, más presente, pero es menos sagrado: su
verdad siempre es cuestionable por una comparación, no con otro libro, sino con la
realidad. Y el libro es el espacio para el debate conceptual, para la polémica
erudita, para la confrontación filosófica o científica. La disputatio oral, confinada
al aula de clase, se independiza del espacio real que la limita y se realiza en el mundo
virtual de la comunidad científica. El peso de lo conceptual subordina la imagen, que se
convierte en ilustración del texto, en auxiliar pedagógico: los libros sobre ciencias
naturales, con sus grabados de aves, animales o esqueletos, o los gráficos matemáticos o
astronómicos incluyen la imagen, pero son ante todo libros de texto. La educación es un
proceso conceptual, que por lo tanto depende fundamentalmente de un proceso de
comunicación de la palabra. La imagen, que no permite la discusión y la crítica,
mantiene su fuerza independiente en la comunicación religiosa, con la imaginería
popular, o en los libros que deben comunicar una experiencia visual, que son usualmente
los libros de arte. [4]
Por supuesto, en la
escuela elemental, que se concentra en el aprendizaje de la lectura y la escritura, de la
religión y la aritmética, el libro, aunque deseable, puede omitirse: basta la pizarra y
la palabra del profesor. Será en la secundaria y en la universidad donde el libro ofrezca
opciones de interpretación, posibilidades para hacer los ejercicios intelectuales que
preparan para el conocimiento. Y en la universidad, el papel del libro y de la biblioteca
no hace sino crecer, hasta que desde mediados del siglo XIX la concepción de la
universidad se reordena alrededor del libro y de la biblioteca. Los diseños de los
grandes campus del siglo XIX, de las universidades de ladrillo inglesas o norteamericanas,
que reflejan una visión integral de la función de la Universidad, ponen la biblioteca en
el centro, como el edificio al que llevan todos los senderos de la ciudad universitaria.
La lenta penetración del texto
La posibilidad
virtual de una sociedad del texto no garantiza su realización, que se va dando poco a
poco en los diversos países. El alfabetismo universal es un fenómeno del siglo XIX, para
la mayoría de los países europeos y los Estados Unidos, y de finales del siglo XX para
los países de América Latina. Los países protestantes llegan primero que los países
católicos, donde los sistemas escolares públicos se desarrollan con mayor lentitud y se
consideran menos importantes. Por ello, el carácter dominante de la voz y la imagen se
mantiene: todavía hace cincuenta años, la mayoría de los elementos culturales en
nuestra sociedad se trasmitían en forma oral y visual, en el sermón y las imágenes, en
la palabra del padre o el patrón, en el discurso del político. El libro o el texto
seguían siendo un recurso limitado a grupos muy reducidos de la población,
profesionales, religiosos, artesanos y propietarios: a fines del siglo XIX es difícil que
más del 10% de la población colombiana supiera leer y escribir, y todavía hoy es muy
difícil que más del 20% de la población sea capaz de realizar una lectura eficiente de
textos relativamente complejos. Colombia, en términos generales, nunca llegó a una
civilización del texto.
Un fenómeno
importante en este proceso es la aparición entre nosotros, antes de que se consolide la
cultura de lo escrito, de nuevas formas de comunicación, que refuerzan la capacidad de
comunicación oral y posteriormente visual. Desde la década de 1930 el radio comienza a
expandirse en Colombia, y con ello comienza a ofrecer a los ciudadanos sin formación
escolar la posibilidad de reingresar a zonas del mundo abierto de las que comenzaban a ser
excluidos: el radio informa del mundo, de la actualidad, de la política, en forma igual
al alfabeto y al analfabeto. Y el radio ofrece formas de recreación que tienen en cierto
modo el atractivo del libro: la posibilidad del contacto con mundos remotos, con música
de otras partes, con narraciones e historias exóticas. Posteriormente la televisión, al
permitir la transmisión remota de la imagen, abre nuevas posibilidades de comunicación y
recreación social que no requieren el dominio del texto. Con la radio y la televisión,
los ciudadanos pueden, en teoría, tener una amplia información y realizar una
intervención informada en la vida democrática que antes, desde tiempos de Jefferson y
Hamilton, se creía que requería saber leer y escribir. El alfabetismo deja de ser una
condición para la vida democrática, y resulta menos importante que antes, y por supuesto
deja de ser condición para compartir los elementos de una cultura proveniente de una
amplia y dispersa geografía. Antes el libro era la ventana al mundo para quien no podía
viajar personalmente. Ahora el mundo, el arte, el deporte, la ficción narrativa, la
política, están presentes sin necesidad del libro ni de moverse de la sala.
En este sentido, el
auge de la imagen y el sonido tecnológicamente reproducidos desvaloriza algunas de las
funciones del texto, sobre todo las que tienen que ver con la información de actualidad y
la recreación, pues surgen alternativas muy atractivas y seductoras. El libro, que había
ganado un pequeño espacio en la atención de las gentes como forma de recreación alterna
a la conversación, la vida social, los paseos, el deporte, etc., tiende a estancarse como
entretención, mientras los intercambios personales vividos pierden peso frente a la
televisión o los juegos informáticos.
Texto y Educación
Sin embargo, la
escuela, aunque nunca llegó al texto, pues nunca se enseñó a una parte substancial de
la población a leer textos complejos, ni entre nosotros se convirtió el texto en eje del
proceso de aprendizaje, no logra tampoco reemplazarlo, en la escasa medida en que
había entrado a los sistemas de enseñanza. En realidad, la mayoría de la enseñanza
primaria se sigue haciendo, como durante cientos de años, verbalmente, mediante la voz
del profesor; en secundaria un texto ofrece los contenidos requeridos para cada materia, y
en la universidad se combinan las clases magistrales dictadas por el profesor con los
cursos en los que el texto es el material central y con los seminarios o talleres donde,
excepcionalmente, el estudiante debe confrontar analíticamente textos diferentes. Aunque
en los países de tradición letrada el libro, como horizonte de comparación y debate, es
el núcleo de la enseñanza desde la escuela primaria, acompañado de la escritura
autónoma y creadora del alumno, este modelo nunca ha tenido mucho atractivo para nuestros
educadores, que nunca la han promovido seriamente. Para ello, habría sido necesario tener
libros en las escuelas, colegios y universidades, y sabemos que esta es una de las
últimas prioridades de nuestros sistemas educativos: ni los directivos, ni los
profesores, han hecho de la dotación de bibliotecas un punto central del diseño de los
sistemas educativos.[5]
En las universidades raras veces el presupuesto de las bibliotecas llega al 1% del
presupuesto total de la universidad, y la proporción en los colegios y escuelas es
inferior.
[6]
Más bien, los
profesores y educadores han soñado con alternativas diferentes al libro. En los sesenta,
la televisión fue la gran utopía: la enseñanza audiovisual elevaría la calidad de
nuestra deficiente educación, ahorraría docentes y permitiría una enseñanza más
eficiente. Por supuesto, hay materias en las que el uso de la televisión habría sido muy
útil -basta pensar en medicina- pero lo que dominaba no era la idea de un uso razonable y
complementario de los medios audiovisuales, sino el sueño de superar el texto,
desacreditado por una retórica que predicaba las ventajas de una nueva civilización de
la imagen, promovida a escala mundial en los libros (no en videos!) de Macluhan. Desde mas
o menos 1980 el sueño ha sido el computador. Desde la presidencia de la república se
promovió la incorporación de pequeñas máquinas -Sinclair, Ataris, eventualmente
Macintosh y PCs- en las aulas escolares, que todavía siguen , en general, desprovistas de
ellas y sin una estrategia razonable de uso: otra vez la idea de que el computador era la
panacea que reemplazaría el libro obstaculizó su uso eficaz y racional. Casi nada de lo
que se hizo en los ochenta y novenas sirvió, y Colciencias, para dar un ejemplo,
desperdició bastantes recursos en proyectos de informática que no llevaron a ninguna
parte: hasta un proyecto para generar un BASIC en español fue aprobado!. Mientras tanto,
no ha habido recursos para las bibliotecas, y ahora muchos políticos, dirigentes
educativos y educadores se apoyan en las nuevas tecnologías para argumentar que no es
necesario tener bibliotecas, que el libro de papel ya es obsoleto, que es más barato
tener computadores conectados a Internet que bibliotecas, y que en todo caso debemos
aceptar que la nueva cultura es una cultura de la imagen.
Texto e imagen
Lo anterior nos obliga a preguntarnos por el papel del texto y la imagen en la
educación. La estrecha identificación de libro y conocimiento de los últimos 250 años
de nuestra cultura han fecha del texto el elemento esencial de formación y educación.
Los niveles de utilización del texto son muy elevados, y el desarrollo de técnicas
complementarias de enseñanza basadas en los audiovisuales y la imagen se inscribe
normalmente dentro de sistemas educativos que hacen del dominio del texto el centro del
proceso. Un buen ejemplo de esto es la educación francesa, en la cual, durante los años
de la escuela primaria y secundaria, la obsesión central es aprender a leer y escribir
bien el francés. La "composición" es el ejercicio principal del
sistema educativo. Lo mismo pasa en los sistemas universitarios anglosajones, en los que
el trabajo principal es la elaboración por el estudiante de artículos individuales que
lo obligan a revisar exhaustivamente la literatura sobre un tema. En ambos casos, la
utilización del libro y de la biblioteca es parte natural del proceso de formación, así
esté acompañada del uso ilustrativo de imágenes de televisión o computador. Y esto es
así, porque la gran mayoría de los contenidos de una formación educativa siguen siendo
conceptuales. Incluso en materias como la historia, en los que podría inventarse un
sistema de enseñanza basado en los códigos narrativos de la televisión, la educación
formal no busca tanto hacer sentir la experiencia emocional, telenovelada, de un argumento
basado en un incidente histórico, sino generar la capacidad de analizar, discutir,
evaluar procesos, causas, interrelaciones, etc.
Por ello, el abandono del libro no conduce a un simple reemplazo de una
metodología educativa por otra, sino al abandono inevitable de los elementos conceptuales
del proceso educativo. El más importante de esos elementos, por lo demás, es el del
análisis crítico de las afirmaciones y saberes constituciones, sea en las ciencias
sociales o en las ciencias naturales: el conocimiento avanza en la medida en que se
introduce la duda sobre la validez del saber recibido.
En este sentido, los problemas de calidad de la educación solo pueden
enfrentarse razonablemente reforzando drásticamente la presencia del libro en el proceso
educativo.
[7]
Por supuesto, esto debe estar
acompañado de un refuerzo paralelo del laboratorio, de la experimentación, del trabajo
de campo, del contacto con la naturaleza, en la medida en que el libro es apenas el
sitio de exposición de los resultados de procesos investigativos. Y, al margen, de
un énfasis mayor en las experiencias de formación de la sensibilidad, en un contacto
más fuerte con el arte y la creación estética, que deberían tener mayor peso en la
educación que la información científica concreta. Pero sin un adecuado desarrollo de
las competencias de manejo de la información y la argumentación que se encuentra en los
textos, los diseños experimentales y los marcos para el trabajo de campo serán
inadecuados e ignorantes.
Es importante insistir, en este contexto, en el impacto pragmático de largo
plazo de una buena educación, y en especial de una buena educación basada en el texto.
La educación centrada en saberes consolidados no trasmite en forma adecuada la capacidad
de actualización individual que una sociedad como la nuestra, inmersa en un proceso de
cambio acelerado tecnológico y cultural, requiere. Quien aprende en la escuela a
buscar el conocimiento por si mismo, con independencia creciente de la tutoría de sus
profesores, descubre en los libros la oportunidad para una formación continua. Y en la
medida en que sectores amplios de la población tengan esta capacidad, el país renueva
constantemente su capacidad, incluyendo su capacidad laborar y su capacidad para competir
económicamente en el marco internacional. La educación informativa, enciclopédica y
estrechamente pragmática que hoy dominan todo nuestro sistema enseña muchas cosas, pero
no enseña a pensar, a analizar, investigar, a actualizarse.
[8]
El aprendizaje de la lectura
El aprendizaje de la
lectura se hace, en términos de competencia pragmática, a los seis o siete años. Pero
el dominio real de la capacidad de manejar un sistema conceptual amplio y de disfrutar el
texto como literatura depende en gran parte de que la lectura se haga un habito
inconsciente y muy eficiente. El lector lento no puede disfrutar. Y esto supone que en los
primeros años del sistema escolar el niño asocie libro con conocimiento, información,
pensamiento y placer literario. Y que a través de los mecanismos de aprendizaje de la
lectura, como práctica activa- es decir escritura de textos propios, no simple ejercicio
de caligrafía o tecleo de un dictado- adquiera un mayor dominio de las reglas de la
argumentación, la retórica y la comunicación. Esto supone que el ambiente familiar o el
escolar creen esa asociación. Y eso se da muy raras veces en nuestro país. Hay piases
que recientemente han entrado en este mundo del texto: el ejemplo más claro es España,
donde hace 50 años casi nadie tenía una biblioteca personal, y ahora el50% de las
viviendas tienen más de 500 libros. Pero no parece ser el futuro nuestro.
Por ello, es sobre
todo responsabilidad del sector educativo, y de las bibliotecas que lo atiendan
-escolares, universitarias, públicas- generar un contacto creciente de los estudiantes
con el libro. Un contacto que debe comenzar en la escuela elemental, desde los años del
jardín escolar, y reforzarse a todo lo largo del proceso educativo. En los primeros
años, lo importante es generar el habito de la lectura, y por ello, más que la lectura
pragmática, hay que promover la lectura placentera, sin demasiadas presiones ni
rigideces, sin exámenes sobre aspectos formales del texto, sin prematuras inquietudes
sobre el argumento, los personajes, los intertextos y toda la retórica de moda. El
incremento del vocabulario, la consolidación de la habilidad de escritura y de la
capacidad de exposición, son resultados indirectos de este proceso, que no se logran
cuando se buscan por si mismos, en clases de gramática o español, sino cuando en todas
las clases hay que leer y hay que presentar textos escritos, que son discutidos y
comentados por el profesor. Diez años de esta experiencia deben permitir que al llegar a
la universidad los estudiantes sepan escribir, cosa que hoy es más bien excepcional,
puedan comparar textos, los comprendan en forma adecuada, entiendan lo que se les dice
cuando se les invita a explicar algo con sus propias palabras, hayan abandonado la
estrategia de "copia" con la que elaboran, como en collages, los informes
actuales (que ahora se llenan de transcripciones literales logradas con copy y paste a
partir de páginas de Internet). Que sean capaces de encontrar tema para un trabajo, de
localizar la información y la bibliografía pertinentes, de valorar la importancia
relativa de los textos disponibles, de elaborar un argumento, de discutir razonable y
fundamentalmente el argumento ajeno, de evaluar la calidad de la argumentación, de
planear un texto amplio.
Por supuesto, en cada
nivel los educadores tropiezan con grupos de estudiantes que están muy por debajo de las
competencias requeridas. Esto obliga a realizar tareas remédiales, poco eficaces en
general pero inevitables: cursos de lectura y escritura en las universidades, talleres de
comprensión de lectura en secundaria, cursos de metodología de investigación en los que
hay que mantenerse en un nivel elemental. Y estos remedios no funcionan eficazmente porque
la premisa fundamental no se da: la enseñanza en Colombia sigue siendo de muy baja
calidad porque no ha descubierto el texto como eje necesario de su acción. Por supuesto,
salen buenos estudiantes de las universidades, de los colegios de secundaria o de
primaria. Pero son los que, por razones usualmente ajenas al ambiente escolar, han
adquirido esas competencias derivadas de la lectura: son esos seres excepcionales capaces
de leerlos libros completos, porque en sus casas se leía, o porque algún profesor
entusiasta les abrió este aspecto del mundo en la escuela primaria, o porque
descubrieron, con algún amigo, los secretos de alguna biblioteca pública.
La lectura, sin
embargo, no va a tener nunca para el conjunto de la población el aura que la caracterizó
entre los intelectuales humanistas del siglo XIX o el siglo XX: la relación con el pasado
de la mayoría de las personas es muy diferente a la de quienes creen que en sus orígenes
está el sentido de su cultura. La lectura humanística y literaria supone un mundo de
referencias y de alusiones que solo podría dar un sistema educativo que tomara muy en
serio la literatura y la historia. Los textos clásicos tienden a hacerse incomprensibles
para la mayoría de los lectores, aún los que han desarrollado competencias avanzadas de
manejo de lo escrito. Es un problema de ambiente cultural, que no se altera por el dominio
de un conjunto de herramientas de pensamiento y simbolización. Sófocles o Dante han sido
leídos siempre por pequeñas minorías, que antes eran las únicas alfabetas. Ahora es
necesario, si queremos tener unas sociedades realmente democráticas,[9] que toda la
sociedad adquiera la capacidad de leer eficientemente. Pero esto no quiere decir que todos
deban o quieran leer a Sófocles o Dante. Los contenidos de la oferta y la demanda textual
no pueden predecirse con eficacia, ni es posible evaluar anticipadamente su importancia
para la sociedad: los definirá un proceso social más o menos abierto. Por
supuesto, puede preverse que la actualidad y la ciencia, la literatura de entretención
tendrán un gran campo, pero también puede esperarse que en la medida en que se mantenga
una actividad lectora habitual se desgastará el atractivo de textos demasiado elementales
y manipulativos.
[10]
Pero ese no es un
problema que debamos enfrentar nosotros: si creemos en la educación, podemos pensar que
las generaciones bien educadas podrán encontrar en forma autónoma el camino adecuado, un
camino que permita un desarrollo creativo de la cultura del país y de la vida de sus
ciudadanos.
Jorge Orlando Melo
Bogotá, abril de
2001
[1]
Manuel García Pelayo, Las
culturas del libro, Caracas, 1976
[4]
[4]
Por supuesto, la escritura no es necesariamente conceptual, y existen formas de escritura
de orientación visual, en los que los rasgos del signo reproducen en alguna medida una
imagen esquemática del objeto real. Pero
estos idiomas generan grandes dificultades para su universalización, pues requieren miles
de signos, que además deben combinarse en formas más o menos arbitrarias, menos
naturales, para generar la representación de conceptos abstractos. El sistema de
escritura más o menos fonético tiene una gran economía, es de aprendizaje rápido, y
quien domina 25 o 30 signos puede encontrar la forma de escribir cualquier palabra de su
idioma, incluso las más abstractas y difíciles. Esta forma de escritura, por lo tanto,
ofrece un apoyo especial, en cuanto se generaliza el texto, a las posibilidades de
comunicación abstracta y de debate conceptual, racional y crítico, por parte de toda la
sociedad, y no de un grupo sofisticado de intelectuales o mandarines.
[5]
Un buen indicador de hasta donde esto no se tiene
en cuenta es el hecho de que prácticamente ninguno de los informes y estudios sobre los
problemas de la educación colombiana tiene en cuenta las bibliotecas. El informe de los
siete sabios convocado en la presidencia de Gaviria no usa la palabra biblioteca en las
270 páginas de síntesis, y lo mismo pasa con otros informes. El Ministerio de Educación
no sabe cuantas bibliotecas escolares hay, cuantos libros tienen, no tiene realmente
ninguna política al respecto. Los rectores universitarios raras veces conocen las
bibliotecas de sus instituciones, y han eliminado en general la compra de libros de sus
presupuestos, llenos muchas veces de gastos inútiles y suntuarios: prefieren publicar un
libro o una revista que pocos leen a comprar 1000 títulos para sus profesores y
estudiantes. Los profesores tampoco conocen las bibliotecas, pues no las usan: como son
malas, se ven obligados a formar sus propias bibliotecas y si son generosos, a prestar los
libros a los estudiantes. Por eso es tan
excepcional y ejemplar el proceso que se está desarrollando en Bogotá: la creación de
bibliotecas públicas eficientes dependientes de la Secretaría de Educación, con una
función simultáneamente escolar (aunque sin textos elementales) y pública puede
introducir un verdadero cambio cualitativo en la calidad de la educación, y va a producir
un creciente desequilibrio entre las oportunidades de formación superior en Bogotá y el
resto del país.
[6]
Para tener elementos de comparación, baste señalar que los 500 millones de habitantes
europeos tienen en sus escuelas y colegios 1.500 millones de libros, y 1000 en sus
universidades. Para tener la misma
proporción, las bibliotecas escolares de Colombia deberían tener aproximadamente 120
millones de libros, y no tienen siquiera un millón en cada uno de esos grupos. Pero
tenemos, en compensación, una proporción mayor de profesores por estudiante que muchas
universidades europeas.
[9]
Y sería conveniente desarrollar el argumento de que las competencias analíticas que
permiten mantener una actitud crítica frente a los discursos políticos y
"mediáticas" se adquieren sobre
todo en la medida en que se tiene una experiencia adecuada de lectura, que ha generado las
estrategias conceptuales que permiten desmontar y "desconstruir" y
"desvelar" la intención de los discursos sociales.
[10]
El atractivo de formas irracionales de pensamiento -el amor a los horóscopos, la nueva
era, las medicinas alternativas, la magia y el renacer de cierta religiosidad superficial
y mágica- está probablemente ligado a los procesos sociales que rompen las formas
locales de inserción cultural de la mayoría de la población, y la lanzan, sin
formación científica y con experiencias educativas muy precarias, a ambientes en los que
debe reconstruir individualmente sus pertenencias culturales. La movilidad social ha sido
más rápida que el proceso de expansión de un sistema educativo de calidad, lo que
produce un renacimiento de la superstición y la superchería, estimulada por medios de
comunicación que en esta cultura neobarroca operan ante todo sobre la base de códigos de
narración que valoran los incidentes e imágenes impresionantes. Pero a la larga, en dos
o tres generaciones, es imposible mantener vigente tanta tontería.
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