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PRIMERA PARTE
SER
CIUDADANO DEL UNIVERSO
Crisis,
Eros y Tánatos
La
verdadera maestría de un individuo, de un pueblo o de un Estado consiste en saber
formarse. Pero ¿en qué radica a la vez esta capacidad propia para formarse? ¿Qué es
este saber ser maestro o dueño de sí que se presupone como principio de toda educación
?
Nada
importa más en todo comienzo que partir de buenos principios. Y si algo requiere de
nuevos comienzos y aún más de nuevos principios es la educación. De ahí que anteponer
una pregunta filosófica sobre los principios de la educación al entendimiento usual del
problema y con mayor razón a la acción debiera ser estimado como ganancia antes que como
pérdida de tiempo.
Tanto
más se apreciaría este proceder si se asume que la pregunta por la educación adquiere
sentido cuando aparece tras el fondo de una relativa conciencia sobre una doble crisis:
crisis de la educación en una sociedad en crisis.
Un
pensamiento crítico sobre la educación y sobre el nexo problemático con la sociedad
surge de una conciencia de la crisis. ¿Qué es pues crisis? Aunque parco, el diccionario
de la Real Academia proporciona algún sentido: "Mutación considerable que acaece en
una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el enfermo". O vida o
muerte, tal es el dilema de la crisis.
La
crisis corresponde pues al estado umbral que separa la vida de la muerte, ese casi nada
que es para el hombre casi todo su enigma. Estado umbral o trance agónico que oscila
entre el ser aún y el no ser más, la crisis encierra en esa misma indecisión la
parábola del propio pensar que se erige como fuerza expresiva de la vida que siendo
consciente de su límite se resiste a detenerse allí
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Pero,
¿qué es vida, puesto que de ella se habla como del más deseable trasunto de toda
crisis? En estricto sentido, vida es capacidad de copiarse o de reproducirse un ser.
Reducida a su mínimo común denominador vida es ácido dexiribonucleico en la acción de
informar y trasmitir los códigos genéticos que condicionan al ser
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Pero
hay vidas de vidas. Los seres más primitivos, de donde provenimos, se copian por
partición, de modo que son casi inmortales, pues si tienen comienzo parecen no tener fin.
La ventaja de su aparente inmortalidad es empero la esencia de su defecto, el de
permanecer casi idénticos o inmutables.
La
complejidad de otros seres procede de la diferenciación sexual y de la reproducción,
hechos que entrañan variación genética, mayor juego entre herencia y aprendizaje, pero
también el envejecimiento y la muerte del individuo, contraprestaciones estas de mayores
ventajas de la especie.
Si una
parábola para la educación y para la vida se puede extraer de la diferencia entre seres
simples y seres complejos, es que cuando lo igual produce lo igual o la copia es casi
exacta al modelo la especie como tal se empobrece, a diferencia de la ventaja evolutiva
que ocurre allí donde el individuo es producto de la diferencia y donde la especie
afronta el riesgo de la variación.
Entre
todas las especies, la humana parece ser la única que posee conciencia de su origen y de
su fin o futuro. Es una especie que se sabe histórica y que se sabe agónica. Saberse
histórica es saberse distinta de todas las demás por añadir la cultura - la lengua en
primer lugar y luego las escrituras- a la disposición genética como memoria de sus
variaciones y como control de su propia evolución.
Saberse
agónica es saberse la humana como una especie en permanente estado de crisis. Crisis,
porque el hombre, pese a todo, enfrenta la muerte bajo la ambivalencia del vértigo, que
es ansia y repulsión a la vez.
Ansia,
por cuanto la muerte está inscrita en la ley de la diferencia o sea en la ley de un ser
que es producto de la diferencia y que se proyecta de modo inevitable hacia esa
indiferencia que es la muerte, pese a todo su afán por diferir dicha indiferencia. Pero
además hay un ansia de muerte porque la especie humana se ha levantado como especie
guerrera que con la muerte del otro o de lo otro juega también a su propia muerte.
Pero a
la vez la especie humana expresa repulsión por la muerte, puesto que la combate como a su
mayor enemigo. Del ansia y de la repulsión por la muerte deriva esa contradicción
esencial del ser humano que explica su evolución
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Por ello, aunque
podría parecerlo no es paradójico que los mayores progresos de la cultura, de la
tecnología o de la ciencia, en particular de la medicina, se hayan logrado allí donde el
hombre se ha expuesto a la destrucción y ha luchado contra ella, es decir en situaciones
agónicas y críticas como las provocadas por las guerras, que son su propia obra, o por
catástrofes o epidemias, exteriores a la voluntad del hombre pero de algún modo
susceptibles de tanto control y previsión como hayan sido incorporados en su cultura
global.
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