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Ilustración y mayoría de edad
No
obstante, las dos ideas - fuerzas del mundo moderno, educación y ciencia ( y si se quiere
la técnica) , corrieron durante mucho tiempo como paralelas. La educación cumplía la
función de trasmitir la tradición mientras la ciencia se encargaba de romperla.
Definidas de esta manera tales actividades no podrían encontrarse en una misma
institución y aunque separadas (la educación en escuelas o universidades, la ciencia en
academia o institutos) no harían más que hacerse daño la una a la otra
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.
Fue
obra de la Ilustración determinar los principios por los cuales educación y ciencia
podrían beneficiarse de una mutua convivencia. Pero a la vez dicho nexo fue decisivo en
la génesis del moderno estado democrático, que comienza a serlo cuando acepta que el
orden de las creencias es variable y no puede fundarse en una ideología o mejor en un
dogma inalterable que sea susceptible del poder crítico de la educación o de la ciencia.
A ello apuntará la separación entre Estado e Iglesia en los Estados Unidos.
Con
todo, fue un filósofo, Kant quien trazó el ideario que permitiría entrelazar ciencia y
educación, tradición cultural e investigación, al referirse a la Ilustración como
"a la mayoría de edad", mayoría alcanzada por el uso libre de una razón que
no reconocería en el dominio público otro límite que el señalado por la misma razón
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.
Al
formular con nitidez sin par la idea de que "sólo los sabios pueden juzgar a los
sabios" Kant enunció el principio de la universidad moderna
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, que en adelante podría conciliar la doble tarea de
trasmitir y de alterar la tradición y congregar en una misma persona el doble oficio de
la docencia y la investigación, sin el temor de una censura política o religiosa que
pusiera trabas al avance del saber.
Sin
embargo, pese a sus ventajas históricas alcanzadas en el siglo XIX la universidad alemana
careció de flexibilidad para incorporar en su estructura las nuevas profesiones típicas
del mundo moderno, en particular la ingeniería y todo lo que ella representa en el orden
tecnológico como organización para la praxis.
Sería
misión de la universidad norteamericana, tan deudora con todo de la tradición europea ,
pero a la vez tan moldeada por su propia tradición pragmatista
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, integrar en una misma institución elementos en apariencia dispares: docencia e
investigación; filosofía, artes y humanidades, ciencias y profesiones; pregrado y
posgrado; estudios generales y estudios especializados; la competencia y la cooperación.
Y el haber entretejido un sistema universitario descentralizado y competitivo como
fundamento de poder nacional.
Pero lo
más decisivo del modelo de la universidad norteamericana ha sido haber alcanzado una
retroalimentación muy alta entre la educación superior, la educación en general, la
configuración de un Estado de vocación democrática y la producción. Estos últimos,
Estado y producción, son cada vez más estructuras ocupacionales determinadas por la
incorporación del saber especializado que proviene de la educación superior y de la
actividad científica o técnica. Lo cual quiere decir, a la vez, que cada vez el Estado y
la producción dejan de ser estructuras que se legitiman, como en el pasado, por la
violencia o por la simple tradición o por la mera herencia, aunque ello, como tendencia
que es, no significa que no se deriven aún en alguna medida de tales factores. Que el
"saber sea poder" se refleja en el hecho de que el poder económico o el poder
político (que se resumen en el concepto de capital económico y de capital político)
tiendan a asumir hoy la apariencia de conocimiento e información, ambos encerrados en el
complejo de la tecnología que representa la capacidad de organización de recursos para
una acción deliberada.
Lo
anterior también quiere decir que la economía y la política, la empresa o el estado,
tienden a ser en el mundo contemporáneo actividades abiertas, dispuestas ellas mismas al
aprendizaje o a la investigación que habían sido patrimonios del mundo escolar o de los
centros de investigación. Las organizaciones productivas o políticas incorporan en su
funcionamiento la pauta colegial propia del mundo académico
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, pauta que privilegia el criterio de coordinación sobre el de subordinación.
A la
vez, desde la creación del primer laboratorio empresarial por parte del visionario Edison
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, las corporaciones son ellas mismas centros de
investigación y desarrollo, en una evolución asombrosa que hoy incluye cierta
transformación de tales centros en lugares de enseñanza superior, que disputan a las
mismas universidades el monopolio que habían mantenido en ciertas áreas de educación o
que por lo menos asumen en forma deliberada el papel de formación
"postsuperior" de recursos humanos
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. Una novísima tendencia que abre perspectivas insospechadas hacia el ideario de una
sociedad en permanente estado de educación.
Todas
estas tendencias determinaron que un sociólogo como Talcott Parsons, por muchos aspectos
y pese a sus defectos una de las mentes más representativas y lúcidas del siglo XX, haya
resumido al siglo XX como el siglo de la "revolución educativa"
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.
Sugiere
este teórico con razón que las revoluciones religiosas (propias del siglo XVI), o las
revoluciones políticas y económicas (características del siglo XVIII bajo la forma de
la revolución francesa o de la revolución industrial) han quedado relegadas hoy en día
por la revolución propia del siglo XX, que es la del saber y la educación, una
revolución que ocurre día a día y cuyos escenarios son los laboratorios de
investigación, las universidades o las escuelas.
Dicha
revolución se potencia aún más por la aparición de los medios masivos de
comunicación. Desde la invención de la máquina de escribir, el teléfono, el
telégrafo, el cinematógrafo, la radio y la televisión hasta el surgimiento del
computador (sobretodo del computador personal desde 1982) y del fax, la humanidad asiste a
una revolución telemática que sólo puede ser comparable, en su incidencia, a la
aparición ancestral del lenguaje, a la ideación de la casa como organización de la
estancia, la memoria y la producción domesticada, a la introducción de la escritura y al
advenimiento de la imprenta y de la universidad.
Si la
escritura y la imprenta habían cancelado la modalidad narrativa u oral del ser humano en
beneficio del logos
o de la razón escrita, la aparición de los nuevos
medios de comunicación abre infinitas posibilidades para la formación humana, aunque en
principio crea una tensión inédita entre escritura e imagen y por supuesto engendra
nuevos problemas de comunicación humana, derivados unos del carácter no dialógico de
los medios, otros de la falta de una semiología de la imagen, y no pocos del hecho de que
los medios acercan lo distante pero alejan lo próximo y convierten la experiencia propia
en algo insignificante frente a la experiencia vista o a la experiencia imaginada.
Pese a
todas las innovaciones indicadas y pese a la revolución educativa, no todo es alentador
en la cultura humana estimada en su conjunto y en su forma de organización, como lo deja
ver toda la disputa sobre la filosofía en el siglo XX, de Martin Heidegger a Jacques
Derrida o a Richard Rorty
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.
Síntomas
del siglo XX como han sido las dos guerras mundiales, el fascismo, la pobreza, la
violación de los derechos humanos, la degradación del medio ambiente, la aparición de
enfermedades nuevas como el SIDA y de fenómenos inéditos como el narcotráfico y la
dependencia masiva de drogas, la paradoja de una incomunicación abismal en la misma
vecindad de la proliferación de medios de comunicación, por mencionar sólo algunos
pocos casos, denuncian fallas no imputables por supuesto al saber científico, pero sí
inherentes a la forma como la racionalidad científica o tecnológica se ha articulado con
los planos de la ética y de la estética. De Nietzsche al postmodernismo, toda la
filosofía registra la negación de cualquier intento por fundar en cualquier principio
único (Dios, el progreso, la ciencia) la existencia social, más compleja de cuanto
aparece si se piensa de un modo determinista.
Y
puesto que la ética y la estética están una y otra más cerca del afecto o del amor que
que de la razón instrumental, la gran pregunta del siglo XX, la misma que abordó Freud,
es la de cómo conciliar el impulso romántico con el impulso científico. Ese es el gran
reto para la creación de un nuevo religare que apenas se intuye en el mundo
contemporáneo, pero cuya ideación es responsabilidad de cualquier ciudadano del
universo. Se trataría de un religare que, por supuesto, no puede aspirar a
fundarse ya en un principio metafísico, ni en ninguna razón monológica, sino que
tendría que basarse en nociones inmanentes al ser social del hombre y en particular en la
idea de los derechos humanos. Y aún así, dicho basarse en tales principios deberá
tomarse siempre con sentido experimental, nunca conclusivo, abierto en todo momento a la
crítica, a la razón comunicativa, a la negación o a la comprensión de lo exceptivo,
como si se tratara de una humanidad que se descubre a sí misma.
Porque
los síntomas antes mencionados son los que expresan la condición de una crisis global en
el estadio presente de evolución de la humanidad, crisis que según el concepto tratado
en este ensayo, coloca a la humanidad ante el supremo dilema de la extinción o de la
vida. Extinción total si prolifera el riesgo de guerra nuclear o si prosigue la
destrucción del medio ambiente, o extinción parcial si ante las injusticias no curadas
avanza el espectro de la muerte o de la violencia en muchas partes del mundo.
Alguien
aquí y ahora puede afirmar que pese a sus avances, pero también a partir de ellos la
humanidad se halla en un estadio de crisis, la cual ofrece el riesgo mortal , pero
también la posibilidad del trance hacia una revolución o mejor aún un renacimiento
cultural (más allá aún de la revolución educativa, pero contando con ella),
renacimiento que integre, como quería Platón, el amor a la sabiduría con la sabiduría
del amor y hermane al logos con la mimesis amorosa.
Dicho
renacimiento debería concernir por igual a nuevas creencias religiosas (sobretodo
aquellas que valoren la inmanencia y la potencialidad del hombre y el respeto a la
naturaleza), a nuevas modalidades de la ética, la moral y la ideología (en particular
centradas sobre los derechos humanos), a nuevas creencias científicas (en especial las
que integren los saberes sobre la evolución del cosmos, de la vida , del cerebro y de la
cultura), a nuevas creencias estéticas y expresivas (con énfasis en una semiótica que
permita la deconstrucción de la imagen en movimiento y pueda por tanto contribuír a
equilibrar escritura e imagen). Pero antetodo, a una nueva relación de estas creencias
entre sí y a una nueva educación que exalte la humanidad del hombre.
En
cualquier perspectiva del futuro, no se trataría, por tanto, como quisieran los
románticos a toda costa, de abandonar el aliento racional de la cultura occidental,
presente por ejemplo en la ciencia, ni se trataría tampoco de obedecer al ideal
positivista, como si la ciencia por sí misma fuera una panacea a la solución de todos
los males del hombre. Lo que se requeriría sería una conciliación entre estos dos
impulsos que en algún momento de la historia humana se disociaron.
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