Ficha bibliográfica
Titulo:
Estudios de posgrado en educacion.
Edición original: 15-12-2004
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Cataño Gonzalo
Notas: Texto de Gonzalo Cataño, acerca de la historia y la proliferación de los cursos de postgrado en Colombia.

 

 

Estudios de posgrado en educación:
evaluación de una experiencia

Gonzalo Cataño

Introducción

Los programas de graduados son un fenómeno reciente en la educación colombiana. Surgieron en la década del sesenta y cobraron un desarrollo inusitado durante los años setenta y comienzos de los ochenta. Su impetuosa aparición fue una manifestación directa de la rápida expansión de la educación superior que también tuvo lugar durante aquellos años. Si en 1960 la universidad contaba con 23.013 estudiantes, en 1970 tenía 85.560 y en 1980 llegaba a 230.159. Esto es, en veinte años la matrícula universitaria se multiplicó por diez y sus egresados empezaron a presionar en la cúspide del sistema educativo por cursos de especialización y títulos más avanzados.

Esta dinámica obedeció a una constelación de factores técnicos y sociales difíciles de separar unos de otros. Las complejidades asociadas a la urbanización y a la industrialización fueron modelando una estructura ocupacional y un sistema de servicios con niveles de especialización apenas conocidos en el pasado; proceso al cual se sumó la asimilación del desarrollo técnico y los avances de la ciencia que por aquellos años comenzaron a difundirse en los países del Tercer Mundo. Así, algunas profesiones, como las médicas, se fueron subdividiendo hasta el punto de que hoy no se concibe un médico que no haya alcanzado o esté buscando una especialización. Ello se expresa en los numerosos programas de graduados ofrecidos por las Facultades de Medicina del país, que en este momento van desde la cardiología hasta la salud pública, pasando, entre otras, por la oftalmología, la dermatología, la psiquiatría, la radiología y la pediatría. Lo mismo ocurre con la ingeniería y con las ciencias naturales donde los posgrados son ahora una industria floreciente. La ingeniería química, de transportes y de sistemas, así como la microbiología, la bioquímica y la entomología, son ofrecidas por varias instituciones nacionales con un volumen cada vez mayor de estudiantes.

Pero este proceso no se limitó solamente a las ciencias naturales o a las disciplinas aplicadas. También floreció en las ciencias humanas: en economía y en historia tanto como en sociología, filosofía, psicología y educación. En unas y en otras surgieron posgrados dirigidos a entrenar los recursos humanos demandados por la modernización del Estado impulsada durante los años del Frente Nacional (1958-1974). Allí se formaron los técnicos en planificación, los investigadores sociales y los especialistas en administración, consejería y supervisión escolares, lo mismo que una intelligentsia interesada en el desarrollo de la cultura y de las ciencias nacionales. "Gracias a la expansión de la educación superior a grupos sociales hasta ahora excluidos, se amplió el círculo de los intelectuales", apuntó una observadora extranjera de la educación colombiana [1].

Los posgrados, sin embargo, no se expandieron solamente como respuesta a procesos técnicos o a demandas ocupacionales provocadas por los cambios políticos y económicos. Fueron también producto de las mismas presiones de los egresados universitarios, quienes empezaron a pedir más educación a fin de acceder a mayores ingresos, a ocupaciones de más prestigio, a un ascenso dentro de la profesión —como ocurre en el magisterio— o simplemente como defensa ante el creciente desempleo de personal calificado. Para ellos era claro que la explosión universitaria hacía más difícil la inserción ocupacional y que los requisitos educativos para determinados puestos eran también mayores. Si en el pasado reciente el ingreso a la base del profesorado universitario apenas exigía la licenciatura, y en algunos casos ni siquiera esto, en la actualidad todo joven profesor debe ostentar la maestría o el doctorado para comenzar su carrera docente. Estos reclamos de mayor educación para desempeñar una actividad que en algunos casos apenas ha cambiado internamente, comienzan a generalizarse en el mundo de la administración pública y privada y en todo el sistema ocupacional que requiere de alguna habilidad, por mínima que ella sea.

Las estadísticas de posgrado son todavía muy escasas e inseguras. De todas formas las más confiables son las de la División de Formación Avanzada del ICFES, la entidad encargada de la supervisión de los estudios graduados en el país. De los 361 programas registrados en el cuadro No. 1, 195 tienen el rango de "Especialización", 160 de "Maestría" y 6 de "Doctorado". Están ubicados en los más importantes centros urbanos. La sola ciudad capital, Bogotá, ofrece 206, que sumados a los de Cali y Medellín alcanzan un total de 300 programas, esto es, el 83% de la educación posgraduada del país. La División de Formación Avanzada, no dispone de datos de matrícula, pero las estadísticas periódicas de educación superior del ICFES suministran alguna información que puede servir de orientación. En 1971 aparecen 1.530 estudiantes, número que había ascendido a 2.501 en 1976 y a 4.777 en 1981. No obstante lo incompleto que puedan ser estos datos, ellos evidencian un crecimiento acelerado de la población interesada en programas de graduados, que a juzgar por este incremento, será mucho mayor en los próximos años [2].

Cuadro No. 1
Posgrados en el país según área del conocimiento [1983]

Area del conocimiento No. De Programas %
Ciencias de la salud 169 47.0
Economía y afines 43 12.0
Ciencias sociales, Derecho y ciencias políticas 40 11.0
Ingeniería, arquitectura y urbanismo 32 9.0
Ciencias de la educación 30 8.0
Matemáticas y ciencias naturales 24 7.0
Humanidades y ciencias religiosas 12 3.0
Agronomía, veterinaria y afines 11 3.0
Total 361 100.0

___________________________________________________
FUENTE: Estadísticas suministradas al autor por la División de Formación Avanzada del ICFES ( Bogotá, mayo 31 de 1983).

 

Los posgrados en educación

Dentro de la evolución general de los posgrados, los programas en educación han tenido sus propias acentuaciones. Comenzaron a manifestarse en la década del sesenta pero sólo vinieron a afirmarse en el decenio siguiente como respuesta a los problemas creados por la expansión del sistema educativo. Si entre 1960 y 1980 la enseñanza primaria pasó de 1.690.360 a 4.102.193 alumnos, la secundaria lo hizo de 243.226 estudiantes a cerca de 1.700.000. Esto produjo cambios en la supervisión de las actividades educativas, ya que al crecer éstas su administración se hizo más compleja. En muchas concentraciones escolares y establecimientos de educación secundaria de gran tamaño, como los INEM (los Institutos Nacionales de Enseñanza Media Diversificada), fue surgiendo un orden burocrático integrado por directores, subdirectores, jefes de departamento, consejeros, orientadores, etc. cuyo objetivo era hacer más racional el proceso educativo. Antes de 1970 este cuadro administrativo no existía en las instituciones colombianas, salvo en unas pocas universidades, en las cuales por lo demás nunca llegó a tener la magnitud ni los grados de especialización de hoy en día. Sólo ahora surgía con toda su fuerza expresando la masificación de la educación nacional, pero, sobre todo, señalando que la marcha del sistema educativo no escapaba al "irresistible" proceso de burocratización anunciado por Max Weber a comienzos de siglo [3] .

La expansión educativa ocasionó otras fuerzas que contribuyeron a la multiplicación de los posgrados en educación. Al aumentar la matrícula también aumentaron los maestros. El volumen de profesores de la enseñanza primaria y secundaria creció entre 1960 y 1980 de 66.024 profesores a 213.544. Esto condujo al Estado en 1979 a promulgar un Estatuto Docente para regular la profesión de la enseñanza y reglamentar sus diversas categorías. Como era de esperar, se estipuló que los ascensos dentro de ellas se podían alcanzar no sólo por la edad y los años de servicio, sino también, y muy especialmente, por la producción intelectual y la posesión de títulos de nivel graduado. Esto llevó a los maestros más jóvenes con título universitario, a presionar a las universidades y a las Facultades de Educación por cursos de especialización y programas de posgrado, hecho que al final los convirtió en un mecanismo de movilidad profesional dentro de un esquema institucional previamente establecido.

La Universidad Pedagógica Nacional

La Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá jugó desde un comienzo un papel importante en este proceso. Dedicada exclusivamente a la formación de profesores para la enseñanza media, al momento fue visualizada por el Estado como la entidad más adecuada para emprender las primeras experiencias en cursos de posgrado. Con la participación de la UNESCO, abrió en 1971 una escuela de graduados con maestrías en Administración Educativa, Consejería Escolar, Supervisión y Sicopedagogía. Por ella desfilaron varios centenares de estudiantes durante los primeros cinco años de la década del setenta, que rápidamente fueron reclutados por el Ministerio de Educación, las Escuelas Normales, los INEM, las Universidades y las Secretarías Departamentales de Educación. Una parte significativa de ellos había sido patrocinada por sus propias instituciones que, una vez graduados, los promovió a posiciones de liderazgo. Y cuando el mercado de trabajo en aquellas áreas comenzó a hacerse difícil, la Universidad Pedagógica Nacional abrió sus puertas a nuevas especialidades vinculadas con la didáctica de las ciencias, la docencia universitaria y la investigación educativa.

Producto de estos nuevos esfuerzos fueron sus programas en Enseñanza de la Física, de la Matemática y de la Salud, de Docencia Universitaria, de Análisis Curricular y de Investigación Socioeducativa que surgieron a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. A diferencia de las anteriores experiencias, orientadas especialmente a la capacitación de los cuadros medios de la administración educativa, estas especialidades estaban dirigidas a los maestros y profesores en ejercicio. Así, de los treinta programas de posgrado en educación registrados en el cuadro No.1, diez estaban ubicados en los predios de la Universidad Pedagógica Nacional. Esto hace que el estudio de uno de sus programas sea representativo de los problemas de la educación posgraduada en educación en Colombia.

El presente trabajo busca evaluar el camino seguido por su programa de Investigación Socioeducativa. En las primeras secciones se describen los objetivos, los cambios curriculares y las características de sus profesores y estudiantes, y en las últimas, se ofrece información sobre la realización ocupacional de sus egresados y se diseña una estrategia curricular que recoge las experiencias adquiridas por el posgrado a lo largo de sus ocho años de actividad (1975-1983). El tono analítico de la exposición busca facilitar la derivación de elementos generales a partir del examen de un caso particular. Ante la ausencia de investigaciones en este campo, se espera que la presente evaluación contribuya a promover el estudio de otras experiencias a fin de alcanzar un conocimiento más seguro del contenido y alcance de la educación posgraduada del país.

Posgrado de Investigación socioeducativa: objetivos y estructura académica

El posgrado de Investigación Socioeducativa abrió sus puertas en septiembre de 1975. Durante sus primeros años se planteó dos objetivos básicos: entrenar profesores de metodología para las Facultades de Educación y formar investigadores con especial sensibilidad en las dimensiones sociales que acompañan a los procesos educativos. Estos fines eran complementarios. Se esperaba familiarizar a sus estudiantes con las demandas de la investigación científica y se buscaba modernizar la enseñanza en las universidades dedicadas a la formación de maestros.

Ambos objetivos eran una respuesta a las necesidades de investigación educativa expresadas por el Estado en su planes de desarrollo durante la década del setenta. Su formulación más clara había aparecido en el programa de la administración López Michelsen (1974-1978) conocido con el nombre de Para cerrar la brecha, donde abiertamente se consignó la importancia de promover la investigación para orientar las políticas educativas:

La carencia de investigación básica y aplicada, particularmente de investigación socioeducativa y curricular, trae como consecuencia el desconocimiento de las características culturales, y por lo tanto, contenidos curriculares y métodos de enseñanza inadecuados para las necesidades de cada región. Generalmente se ha recurrido a la copia indiscriminada de métodos y técnicas de educación de otros países. Además, la ausencia de una evaluación del rendimiento interno y externo del sistema ha privado al país de experiencias valiosas en el campo de la enseñanza [4].

 

Este interés del Estado por la investigación socioeducativa fue constante durante la década del setenta y comienzos de la del ochenta.. Así, el Plan de integración nacional, el programa de desarrollo de la administración Turbay Ayala (1978-1982), afirmó nuevamente la necesidad de "la investigación socioeducativa como fundamento de las acciones que se desarrollen en el sector". Con ello se buscaba que toda reforma de la enseñanza partiera de un previo conocimiento de las condiciones económicas, sociales y culturales de la población, con el fin de experimentar y adecuar los contenidos y métodos educativos "a las condiciones de las diferentes regiones y grupos sociales" [5]. La misma idea fue ratificada por el plan de desarrollo del presidente Belisario Betancur, en el cual se subrayó que "la mejora de la calidad de la educación dependerá del perfeccionamiento de la investigación sobre las características sociales y económicas de la enseñanza en Colombia" [6].

Al calor de esta política estatal nacieron los posgrados de Investigación Socioeducativa y de Análisis Curricular de la Universidad Pedagógica Nacional. El primero tendría una orientación claramente sociológica y el segundo estaría volcado sobre la psicología del aprendizaje, con especial referencia al análisis de la conducta (behaviorism). En un principio estuvieron estrechamente unidos, sobre todo en los primeros semestres en los cuales compartieron las asignaturas de metodología y estadística, pero sus diversos intereses temáticos y sus distintas perspectivas teóricas los fueron separando hasta convertirlos en dos entidades autónomas y completamente independientes.

Para llevar a cabo sus objetivos, el posgrado de Investigación Socioeducativa diseñó un curriculum dividido en dos secciones: una de cursos básicos y otra de cursos de especialización. Los básicos estaban dirigidos a dar una información general sobre el contenido de la educación y los problemas lógicos de la investigación científica. Las asignaturas que expresaban estos fines eran:

a) Sociología de la educación

b) Teoría general de la educación

c) Filosofía y lógica de la ciencia

d) Métodos y técnicas de investigación

 

Los cursos de especialización estaban orientados a desarrollar destrezas en campos especiales del conocimiento y a profundizar las temáticas esbozadas en la primera sección. Con ellos se buscaba proporcionar los marcos de referencia y los instrumentos teóricos necesarios para emprender investigaciones en educación. Sus asignaturas eran:

a) Economía de la educación

b) Estructura y procesos sociales (sociología del desarrollo)

c) Análisis demográfico aplicado a la educación

d) Planificación y evaluación de programas educativos

e) Seminarios de sociología de la educación: Durkheim y Weber

f) Metodología avanzada (diseños experimentales, modelos matemáticos aplicados a la educación, análisis multivariado, análisis de varianza y análisis causal con datos no experimentales) [7]

 

Estas asignaturas estaban distribuidas en cuatro períodos que sumaban dos años de labor académica (los básicos estaban concentrados en los períodos iniciales y los especializados en los últimos). Las actividades rutinarias del posgrado giraban alrededor de las conferencias de los profesores y de los seminarios, en los cuales se esperaba que los estudiantes empezaran a familiarizarse con un problema de investigación que después los condujera a su tesis de grado.

Pero como ocurre en las etapas iniciales de todo programa académico, este plan de estudios fue reorganizado una vez que la primera generación de estudiantes terminó sus tareas. Para ese momento era evidente que el posgrado carecía de un marco de referencia que orientara y diera vida a sus actividades. No disponía de una perspectiva que confiriera sentido a sus diversas asignaturas, cada una de las cuales parecía seguir su propia lógica. Si bien las relaciones educación-sociedad estaban implícitas en la cómoda y familiar expresión "socioeducativa", era necesario conferirle contenido analítico a un vocablo que sólo parecía simbolizar la suma aritmética de dos dimensiones de la condición humana (educación + sociedad). Además, la fácil retórica de que la instrucción tiene lugar en un escenario social, tendía a olvidar las dificultades que acompañan el estudio detallado de los condicionamientos de la enseñanza. Para ello se requería de una estrategia teórica que fuera más allá de la mera aceptación formal de los fundamentos sociales de la educación, esto es, de un marco de referencia que ofreciera una explicación coherente de la dinámica de los sistemas sociales y culturales, pues si la educación expresa y reproduce el medio donde ella está inmersa, también puede volcarse sobre dicho medio contribuyendo a su transformación. Estas relaciones recíprocas entre educación y sociedad se hallaron en la sociología de la educación, aquél campo especial del conocimiento que toma aliento en una disciplina científica más amplia y general: la sociología.

Esto produjo varios cambios, que se expresaron en una definición más clara de las metas académicas y en una reorganización de las asignaturas que fueron recogidas en el prospecto de 1977 [8]. Con un curriculum más orgánico se esperaba desarrollar en los estudiantes las siguientes destrezas:

 

a) Manejo de los métodos y técnicas de investigación aplicadas a la educación.

b) Habilidad en la construcción de teorías y comprobación o rechazo de hipótesis.

c) Capacidad analítica para la presentación y desarrollo de diseños de investigación.

d) Aptitud en la elaboración y seguimiento de proyectos de planeación educativa.

 

Los objetivos generales del programa, que de hecho se confundían con las posibilidades ocupacionales de sus egresados, también sufrieron una ampliación. Su mercado de trabajo sería el mundo universitario —dentro del cual las Facultades de Educación seguían ocupando un lugar importante—, y los Centros de investigación privados y del Estado interesados en la investigación educativa. A ello se sumaba el fortalecimiento de las oficinas de planeación, en las cuales la formulación y evaluación de políticas educativas se había convertido en una tarea prioritaria.

El plan de estudios que alimentaba estos cambios estaba ahora dividido en tres áreas estrechamente relacionadas: área de teoría social, de metodología y de asignaturas de carácter interdisciplinario. La primera ofrecía las herramientas conceptuales para el análisis de datos y la elaboración de marcos de referencia acordes con los problemas del medio. Los cursos que llenaban esta finalidad eran: "Sociología de la educación", "Seminario de sociología de la educación" (Durkheim y Weber), "Estructura y procesos sociales" y "Teoría de la educación". La segunda área tenía por objeto desarrollar habilidades en el manejo de los métodos y técnicas de investigación social aplicados a la educación. Incluía además una reflexión sobre las características del método científico y una discusión de la lógica de la investigación social. Sus cursos eran: "Lógica de la ciencia", "Métodos y técnicas de investigación", "Seminario de tesis" y "Estadística". La tercera área promovía la integración de los hallazgos de diversas disciplinas que abordan la educación desde una perspectiva social. Sus asignaturas eran: "Economía de la educación", "Demografía" y "Planeamiento educativo" [9].

Las materias de estas áreas fueron distribuidas en los cuatro períodos como sigue:

 

Primer período

Sociología de la Educación
Lógica de las ciencias
Teoría general de la educación
Estadística: 1

Segundo Período

Seminario de sociología de la educación: Durkheim y Weber
Estructura y procesos sociales
Métodos y técnicas de investigación: 1

Tercer período

Economía de la educación
Métodos y técnicas de
Investigación: 2
Estadística: 2

 

Cuarto período

Seminario de tesis
Planeamiento educativo
Demografía

 

       

Esta habría de ser la estructura curricular del posgrado hasta su fin. Los cambios que se emprendieron durante los años siguientes fueron solamente de ajuste, de reemplazo de unas asignaturas por otras o de redefinición del contenido de algunas de ellas.

La mayor innovación que acompañaba estas reformas, era sin duda la relación entre teoría e investigación, expresada en uno de los nuevos objetivos: desarrollar habilidades "en la construcción de teorías y comprobación o rechazo de hipótesis". Su punto de partida, fácil de expresar especulativamente pero difícil de llevar a la práctica, era el principio de que una investigación que no esté basada en un permanente intercambio entre teoría y hechos, entre datos y marcos de referencia, conduce a resultados bastante pobres. Como en la solicitud de Shakespeare a sus actores, "adecuad la acción a la palabra y la palabra a la acción" [10], se buscaba que los hechos nutrieran la teoría y la teoría a los hechos. Partiendo de esta estrategia se quería impulsar un curriculum, en el cual la formación teórica y el desarrollo de habilidades para el manejo y el tratamiento de datos fueran consideradas como parte de una misma empresa. Este objetivo subrayaba asimismo la preocupación de que la única manera de sacar la investigación educativa de las pasivas e ingenuas descripciones asociadas a la lectura de estadísticas oficiales, era la asimilación de la teoría ofrecida por lo mejor de la tradición del pensamiento social occidental.

Esta estrategia promovió los "Seminarios de sociología de la educación", a través de los cuales se pretendía familiarizar a los estudiantes con las obras de los clásicos de la ciencia social moderna [11]. Con ellos se esperaba promover los problemas de mayor significación en la investigación educativa, además de desarrollar la capacidad analítica y la imaginación teórica de los jóvenes investigadores. Al comienzo se experimentó con un seminario sobre la obra de Émile Durkheim y de Max Weber, especialmente en lo relacionado con su tratamiento de los fenómenos educativos, y ante su éxito, en 1979 se introdujo uno más dedicado al estudio de las contribuciones de Karl Mannheim, figura que había ampliado las discusiones iniciadas por aquellos pensadores [12]. Los seminarios buscaban romper con la enseñanza basada en manuales, compendios e introducciones a ..., típica de las Facultades de Educación. En ellas era y sigue siendo extraño el contacto con los grandes tradiciones de pensamiento a partir de los textos originales.

Con estas aspiraciones se puso en marcha el posgrado de Investigación Socioeducativa de la Universidad Pedagógica Nacional. Sus realizaciones, sus resultados y sus experiencias, serán estudiadas en las páginas siguientes.

 

Profesores y estudiantes

 

Desde su fundación hasta el momento de su clausura, el posgrado fue coordinado por el sociólogo Gonzalo Cataño —salvo para el año académico de 1981-1982, cuando el educador Jorge Murcia Florián estuvo encargado de su dirección. Cataño fue además el único profesor permanente del programa financiado por la Universidad Pedagógica Nacional, y en los ocho años de actividad, el posgrado sólo contó con la ayuda de dos docentes de tiempo completo y ambos por períodos cortos. El primero de ellos fue el profesor Mauricio Ferro Calvo, experto en métodos cuantitativos de investigación social, quien trabajó entre 1976 y 1978, y el segundo, el sociólogo Fernando Uricoechea, especialista en teoría sociológica que colaboró con el programa entre 1980 y 1982.

En un comienzo el posgrado contó también con la ayuda de la UNESCO, entidad que durante aquellos años estaba comprometida con las políticas de investigación educativa promovidas por el Estado. Entre sus expertos, el sociólogo chileno Guillermo Briones fue su más entusiasta promotor, y por varios semestres estuvo encargado de su área de metodología [13]. Muy familiarizado con los problemas de la educación colombiana, había elaborado el proyecto que dio lugar al posgrado y redactado el primer plan de estudios alrededor del cual se organizaron sus actividades. Esta vinculación con una agencia de las Naciones Unidas, permitió canalizar igualmente algunos recursos para expandir el fondo bibliográfico del programa y contar con la consejería de expertos para adelantar los necesarios ajustes curriculares de un plan de estudios que apenas comenzaba a dar sus primeros pasos.

Ante la ausencia de profesores de tiempo completo, el posgrado optó por cubrir las obligaciones académicas con docentes invitados. Su selección fue rigurosa durante los primeros seis años, llegando a contar con varios líderes de las ciencias humanas del país. Por allí pasaron los sociólogos Orlando Fals Borda y Carlos Escalante, quienes ofrecieron cursos sobre investigación-acción y métodos de la investigación social empírica; los economistas Bernardo Kugler y Mario Arrubla que abordaron temáticas relacionadas con la economía de la educación y el desarrollo económico y social colombiano; y el filósofo Rubén Sierra Mejía quien estuvo en diversas ocasiones al frente de las cátedras de lógica de las ciencias. A ellos se sumaron profesores más jóvenes que se han destacado en sus especialidades, como Eduardo Vélez Bustillo (estadística), Carlos Becerra (diseño de encuestas), Gabriel Restrepo (sociología de la ciencia), Humberto Rojas (sociología aplicada) y Jesús Bejarano (desarrollo económico).

Pero este tipo de ordenamiento académico produjo consecuencias no previstas por los organizadores del posgrado. Al sustentar el grueso del curriculum en profesores vinculados por horas, produjo en los estudiantes unas demandas que la endeble estructura del programa nunca logró resolver satisfactoriamente. Los docentes de esporádica y fugaz vinculación desencadenaron temas de investigación, lecturas e inquietudes intelectuales entre su auditorio, que la precaria organización del posgrado no pudo canalizar. Si durante las horas de clase los estudiantes eran objeto de una enseñanza enriquecedora, en sus horas de estudio apenas tenían quien los orientara y ofreciera una tutoría que diera vida a su aprendizaje. Así, la loable y positiva política de invitar docentes de reconocido prestigio, fue neutralizada por la ausencia de un frente académico que tuviera la capacidad de conducir sus efectos. Ello suscitó un sentimiento de frustración en los estudiantes de mayor vocación intelectual e impidió la consolidación de un clima de investigación en el seno del posgrado, pues la labor particular de profesores que no tienen la posibilidad de establecer relaciones continuas y estables, difícilmente genera una atmósfera intelectual. Sus acciones tienden a diluirse en el mismo momento en que abandonan el salón de clase.

Del lado de los estudiantes, las experiencias del posgrado no fueron menos valiosas. Como todo programa de graduados, el de investigación socioeducativa exigió desde un comienzo que sus estudiantes portaran un título universitario. A este requisito general se sumaron otras exigencias dirigidas a cubrir los objetivos del programa. Por un lado, se buscó una afinidad entre los anteriores estudios y experiencias laborales del candidato y el contenido de los cursos a los cuales iban a estar expuestos durante dos años. Por otro, se trató de valorar su vocación intelectual, esto es, su inclinación por la investigación. A través de una entrevista tête-à-tête se procuró estimar sus realizaciones académicas, su interés por la búsqueda de nuevos conocimientos así como el rumbo de sus anhelos y aspiraciones. Finalmente, se indagó acerca de las ayudas económicas para adelantar sus estudios (becas, préstamos, licencia remunerada, recursos propios, etc.). Esta demanda habría de ser muy frágil, dadas las drásticas restricciones presupuestales del Estado y de las universidades públicas y privadas en materia de becas y de licencias remuneradas para sus docentes. Ello hizo que en la práctica las dos terceras partes de los estudiantes combinaran sus estudios con jornadas laborales de medio tiempo o de tiempo completo [14].

Para facilitar las labores docentes, los orientadores del programa establecieron la política de admitir pequeños grupos de estudiantes, y sólo cuando una generación llegaba a su fin se hacía la convocatoria para la siguiente. Ello evitó las aglomeraciones de los posgrados que buscan salvar su "rentabilidad" con un número amplio de alumnos, y obvió las saturaciones del mercado de trabajo asociado con la investigación y docencia y con el diseño y evaluación de políticas educativas anunciadas en los objetivos del programa. La aritmética de las diversas generaciones del posgrado aparece en el cuadro No. 2.

Cuadro No. 2
Estudiantes del posgrado de Investigación Socioeducativa

Años No. de estudiantes matriculados

No. de estudiantes que terminaron satisfactoriamente

1975—1977 18 12
1977—1978 12 11
1979—1980 21 11
1981—1982 9 8
1982—1983 7 2
Total 67 44

__________________________________________
FUENTE: Archivos de matrícula de la Universidad Pedagógica Nacional compilados por Jorge Murcia Florián en su "Informe sobre la evaluación del programa de maestría de investigación socioeducativa" (Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional , 1982), p. 75.

 

La primera columna muestra los estudiantes que se matricularon en cada una de las promociones (generaciones) del posgrado, y la segunda los estudiantes que terminaron satisfactoriamente los cursos. Es clara una pronunciada deserción, pues la tercera parte, 23 alumnos exactamente, abandonaron el programa en su primer o segundo año de estudios. Además, de los 44 efectivos que llenaron las exigencias escolares, sólo 27 presentaron su tesis de grado, el requisito final para alcanzar el título de "magister en educación con especialidad en Investigación Socioeducativa" (ver apéndice). Esto es, de los 67 estudiantes que en uno u otro momento pasaron por el posgrado, sólo alcanzaron la meta un poco más de la tercera parte.

Si este ejemplo es representativo de otros programas de graduados, las conclusiones no se dejan esperar. Como en los demás ciclos del sistema educativo, la educación posgraduada no es ajena a la pérdida de buena parte de sus miembros a mitad de camino. No se tienen datos precisos sobre las causas de este pronunciado abandono, pero la experiencia ha mostrado que sus fuentes se encuentran asociadas a los costos de los programas, a las ocupaciones de los alumnos y a los requerimientos de las tesis de grado. Como se apuntó, la mayoría de los estudiantes del posgrado eran personas con jornadas laborales completas o parciales que apenas dejaban tiempo para abordar sus obligaciones escolares. Era un público adulto que debía afrontar demandas no sólo en su lugar de trabajo, sino también en su círculo familiar, del cual muchas veces era jefe.

Lo mismo ocurre con los costos. Los derechos de matrícula de posgrado son altos aún en las instituciones públicas, sobre todo para una audiencia que deriva su ingresos de las labores docentes o de una posición subalterna en el Ministerio de Educación. Pero la experiencia ha mostrado que el requisito de tesis o monografía de grado desempeña uno de los papeles más importantes. La mayoría de los estudiantes son capaces de cumplir con las demandas del salón de clase (exámenes, trabajos escritos, exposiciones orales, etc.), pero una vez que la "compulsión" profesoral deja de tener una presencia directa, bajan la guardia y su trabajo personal se hace cada vez más lento hasta desaparecer. Tienden a posponer indefinidamente las angustias asociadas a la elaboración de la tesis —que es ante todo un trabajo personal, solitario, que requiere de una voluntad severa por uno o dos años— y a diluir sus esfuerzos en lecturas dispersas o en confusos y ambiciosos temas de investigación que nunca logran concretar. Además, muchos estudiantes becados regresan a sus instituciones y sus nuevas exigencias laborales no les proporcionan el tiempo y el reposo necesarios para emprender sus disertaciones.

Al posgrado de investigación socioeducativa se presentaron 21 tesis, seis de las cuales están firmadas por dos autores (ver Apéndice). Ocho de ellas son de carácter histórico y cubren temas del periodo colonial, del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Once más, constituyen evaluaciones de distintos programas educativos o diagnósticos nacionales que estiman el papel de la educación en el desarrollo económico y social. Las otras dos son estudios de sondeo estilo survey, que consultan la opinión de los bachilleres sobre el "machismo" y las percepciones de una comunidad marginal de Bogotá sobre el desempeño de la promotora de salud. Varias de estas memorias, las históricas especialmente, ofrecen información novedosa e inician campos de investigación no abordados hasta el momento, y otras, aportan bibliografías, fuentes y organización de datos dispersos para orientar futuros trabajos. Pero la mayoría son estudios todavía muy frágiles, en los cuales los marcos teóricos y los hechos no logran establecer una relación orgánica. Son monografías descriptivas y cuando se aventuran explicaciones, generalmente no están encadenadas a los datos aportados o su carácter ambicioso excede las posibilidades de la contrastación empírica. Estas limitaciones se revelan con mayor fuerza en la exposición. Están redactadas en una prosa rudimentaria con escaso control interno del texto; su lenguaje es precario e inseguro, cayendo con frecuencia en la jerga y en el uso indiscriminado de conceptos que no alcanzan sus adecuados niveles de realidad, lo cual sugiere que para muchos de sus creadores constituía el primer ejercicio escrito de alguna extensión. No obstante estas dificultades, es claro que para sus autores constituyó una experiencia metodológica, que no hubieran tenido la oportunidad de alcanzar de no haber estado expuestos a un programa de graduados.

Cerca de las dos terceras partes de los estudiantes del posgrado habían adelantado sus estudios universitarios en una Facultad de Educación. El resto estaba conformado por egresados de filosofía, psicología, trabajo social, sociología y ciencias agrícolas. Estos antecedentes formativos influyeron para que el programa invirtiera buena parte de sus esfuerzos en una enseñanza introductoria en campos como metodología, estadística, economía y sociología, que apenas se ofrecen en los medios pedagógicos (lo que a su vez se convirtió en un freno para el desarrollo de temáticas más complejas demandadas por los estudiantes de mayores expectativas intelectuales). Así, el impacto de los seminarios de autores y tradiciones de pensamiento —un rasgo innovador del posgrado según se apuntó en páginas anteriores—, se vio disminuido por las características formativas de su auditorio, que al final es el que impone el ritmo de trabajo.

 

Continuar



[1] Aline Helg, La educación en Colombia: 1918-1957 (Bogotá: CEREC, 1987), p. 12.

[2] Ver ICFES, Estadísticas de la educación superior de los años 1971 a 1981. Por supuesto estas estadísticas sólo registran la información de las instituciones colombianas. Ello no debe llevar a olvidar, sin embargo, que la población que ha adquirido títulos de posgrado en el exterior, muy difícil de cuantificar, ha jugado un papel importante en la orientación de los programas nacionales. En la mayoría de los casos, los graduados en el extranjero fueron los fundadores de estos programas y por algún tiempo sus únicos profesores.

[3] Ver Max Weber, "Sobre la burocratización", en Eco, No. 222, Bogotá, abril de 1980, p. 605.

[4] Ver Departamento Nacional de Planeación, Para cerrar la brecha (Bogotá: Ediciones del Banco de la República, 1975), p. 154.

[5] Departamento Nacional de Planeación, Plan de integración nacional (Bogotá: Industria Continental Gráfica, 1980), tomo I, p. 226.

[6] Departamento Nacional de Planeación, Cambio con equidad:1983-1986 (Bogotá: Canal Ramírez- Antares, 1983), p. 283.

[7] Ver Universidad Pedagógica Nacional, Anteproyecto: programa de magister en educación con especialidad en investigación (Bogotá: junio de 1975), pp. 3 y 4. Dos asignaturas que aparecen en este anteproyecto, "Análisis de sistemas" y "Metodología de la educación a distancia", no se ofrecieron por carencia de profesores en estas áreas.

[8] Universidad Pedagógica Nacional, Programa de posgrado en investigación socioeducativa (Bogotá: 1977), pp. 2 y 3. Una segunda edición de este prospecto se publicó en 1978.

[9] Aunque era evidente que en esta área debía incluirse la Historia y la Antropología de la educación, muy desarrolladas en otros países, no se lo hizo en aquel año por carencia de profesores idóneos. La Historia de la educación apenas comenzaba a desarrollarse en nuestro medio y la Antropología sólo presentaba ejemplos dispersos y escasos que no lograban conformar un cuerpo de alguna coherencia. Varios egresados del posgrado irían a trabajar después con éxito en estos campos. De todas formas, la Historia de la educación se introdujo en el programa en 1979.

[10] Hamlet, acto III, escena 2.

[11] Se entiende por clásicos —Freud en psicología, Smith, Ricardo, Marx y Keynes en Economía, Durkheim, Weber y Simmel en sociología, etc.—, aquellos pensadores que han logrado delimitar un campo de investigación o que han conseguido formular un marco de referencia que se convierte en paradigma para los futuros investigadores del área.

[12] Además del seminario de sociología de la educación dedicado a Mannheim, por esta fecha se introdujo también el curso de "Historia de la educación colombiana", que como se anotó, estaba implícita en los objetivos del posgrado. Al ofrecer estos dos nuevos cursos, se dejaron de dar los de "Planeamiento educativo" y "Demografía", cuyos contenidos más relevantes fueron asimilados por las clases de Metodología (evaluación de programas) y de Estadística (técnicas demográficas). En esta forma se evitó el aumento de asignaturas, peligro al que siempre está expuesto todo posgrado ante las ilimitadas posibilidades curriculares.

[13] Guillermo Briones, quien durante el decenio del sesenta había sido profesor visitante en el Departamento de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia, trabajaba por aquellos años como experto de la UNESCO en el ICOLPE (Instituto Colombiano de Pedagogía), una dependencia del Ministerio de Educación Nacional que desapareció en 1976.

[14] Esta es por lo demás una característica muy generalizada en la educación posgraduada del país, que abarca tanto las ciencias sociales como las ciencias naturales y exactas. Trabajan con profesionales económicamente activos que apenas tienen tiempo de adelantar sus tareas académicas. Esta situación, cada vez más corriente, exige por parte de los planificadores educativos el diseño de nuevas estrategias que intenten combinar el ejercicio laboral con las obligaciones escolares, a fin de preservar los niveles mínimos de calidad de los programas.