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FUENTE: Entrevistas informales adelantadas en 1983 por Gonzalo Cataño, Coordinador del
posgrado de Investigación Socioeducativa. El nombre de los egresados con sus respectivas
direcciones se encuentra en J. Murcia Florián, op. cit., pp. 76-88.
personas más trabajaban en oficinas de
planeación o en proyectos especiales relacionados con la formulación y seguimiento de
programas de desarrollo social, entre los cuales los educativos ocupaban un lugar
destacado. Los cinco estudiantes extranjeros que pasaron por el posgrado, procedentes de
México, Panamá, Perú y Haití, regresaron a sus países a trabajar en universidades y
en diversas dependencias de sus respectivos ministerios de educación. Dos egresados más
eran investigadores de tiempo completo del Centro de Investigaciones de la Universidad
Pedagógica Nacional (CIUP) en áreas de historia y sociología de la educación, en las
cuales han publicado trabajos que empiezan a ser reconocidos por la comunidad intelectual
[19].
A juzgar por esta información, los
objetivos del posgrado se han llevado a cabo en buena parte. La mayoría de sus egresados
son profesores universitarios y algunos de ellos tienen a su cargo asignaturas sobre
métodos y técnicas de investigación. Otros, el 23%, trabajan en oficinas en las cuales
se combina la investigación con la formulación y el seguimiento de programas de
desarrollo social. Estos campos son sin duda una realización directa de dos de los fines
que inicialmente se propuso el posgrado: "entrenar profesores de metodología" y
"desarrollar destrezas en la elaboración y seguimiento de proyectos de planeación
educativa".
Pero en materia de investigación como
actividad exclusiva y permanente, los resultados eran pobres: sólo dos egresados se
desempeñaban como investigadores de tiempo completo. Esta limitación sin embargo tiene
que ver más con la escasez de centros dedicados a la investigación educativa que a
deficiencias mismas del posgrado. Cabe recordar, que en sentido estricto el CIUP es el
único centro especializado en investigación educativa del país; los demás centros
públicos o privados ofrecen una variedad temática bastante amplia donde la
educación es apenas un interés entre muchos otros (salud, vivienda, ingresos, servicios
públicos, etc.).
Las entrevistas realizadas por Murcia
Florián con funcionarios del Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación
Superior (ICFES) y con profesores del posgrado de Sociología de la Educación de la
Universidad de Antioquia, plantearon la urgencia de continuar con el posgrado de
Investigación Socioeducativa. Para unos y otros los recientes cambios en el escenario de
la educación y la introducción de tecnologías extranjeras en las instituciones
escolares del país, habían creado la necesidad de contar con personal calificado en
materia de investigación educativa con especial referencia a las variables
socioculturales. Consideraron además, que la importación de estas tecnologías por los
países en desarrollo, estaba debilitando aún más la endeble estructura de sus sistemas
educativos. Si bien no definieron el contenido y dirección de estos problemas, en los
entrevistados era claro el temor por la dependencia científico-técnica cuando no se
dispone de instrumentos para impulsar una política propia de investigación. Con un
fuerte acento conservador no exento de retórica nacionalista, apuntaron:
...La transferencia de tecnología, además de
ignorar los valores culturales de nuestras clases sociales, obstruye la capacidad de los
pueblos para investigar, crear y desarrollar procesos teórico-prácticos de la realidad
[20].
Bases para una reforma del
posgrado
De las anteriores experiencias del posgrado de
Investigación Socioeducativa se desprenden varias lecciones para el futuro. La primera,
relacionada con la organización docente, se puede resumir en pocas palabras: no debe
sostenerse una organización académica alimentada en su mayor parte por docentes que
apenas tienen obligaciones con sus estudiantes. Debe ampliarse la nómina de profesores de
tiempo completo para atender las demandas del cuerpo estudiantil. La vinculación de
docentes por unas pocas horas a la semana, no obstante su capacidad y sus logros
individuales, no alcanza a cubrir las múltiples exigencias vinculadas a la formación de
investigadores dirigidos a enriquecer la teoría o a diseñar, evaluar y administrar
programas de acción social.
La segunda lección se refiere a la
estructura curricular. Hay un acuerdo general de que el programa debe organizarse
alrededor de labores de investigación y no de materias distribuidas por períodos
[21].
Si el objetivo es la formación de
investigadores, toda la dinámica del posgrado debe estar orientada hacia actividades
donde profesores y estudiantes esclarezcan las dificultades del oficio. Se hace necesario
afrontar en forma directa los problemas vinculados al archivo, al trabajo de campo, al
manejo de estadísticas y al diseño y análisis de encuestas. Los seminarios deberán
familiarizar a los estudiantes con las grandes tradiciones del pensamiento y rescatar el
papel activo de la teoría en la orientación de las investigaciones en marcha.
Pero todo esto debe ir acompañado de
una nueva modalidad de reclutamiento de los aspirantes. Aunque ahora se propone una
formación más "desescolarizada", también se exige una mayor concentración en
las labores de biblioteca y en las tareas relacionadas con las prácticas de
investigación. Por lo tanto y esta es la tercera lección, los alumnos deben
contar, además de vocación intelectual, con las facilidades necesarias para invertir
todo su tiempo en la formación teórica y práctica. Con esta estrategia curricular, las
personas que estén comprometidas en jornadas laborales extrauniversitarias, difícilmente
podrán lograr un aprovechamiento escolar y a la primera oportunidad optarán por
abandonar el programa.
La cuarta y última lección se refiere
a la Universidad como institución de educación superior. La Universidad Pedagógica
Nacional debe emprender una política agresiva de actualización de su biblioteca y de su
Centro de Documentación. Debe ampliar rápidamente su colección de revistas nacionales y
extranjeras y su fondo de problemas colombianos y latinoamericanos. Cabe recordar una vez
más, que el nivel académico de una institución no depende solamente de las
características de sus profesores, sino también de la calidad de sus recursos
educativos. Los egresados llevarán al mercado de trabajo la huella de sus instituciones,
esto es, las destrezas de sus profesores y el monto y calidad de los recursos que
encontraron en sus universidades y acompañaron su formación profesional.
Como consecuencia de lo anterior,
algunos objetivos del posgrado deben ser redefinidos. Si en un principio se subrayó la
necesidad de formar profesores de metodología para las Facultades de Educación, hoy el
énfasis debe estar puesto en la formación de investigadores propiamente dichos. Las
transformaciones que es necesario emprender ahora en aquellas instituciones, están
relacionadas con la promoción de investigaciones concretas y no con la difusión
meramente formal de sus pasos. Además de enseñar métodos y técnicas, hay que demostrar
que la investigación es posible y que sus resultados ofrecen contribuciones
significativas para la institución, la ciencia y la práctica social.
Pero si el posgrado debe emprender
estas reformas, también debe rescatar sus mejores logros. No hay que olvidar sus
constantes esfuerzos por integrar la teoría al proceso de investigación, su enseñanza
de los clásicos de la ciencia social y su permanente discusión de las complejidades de
la estructura y la dinámica sociocultural. Un programa dirigido a capacitar
investigadores no puede eludir la formación teórica de sus estudiantes, pues es sabido
que nadie consigue investigar a menos que posea conceptos, enfoques y perspectivas
generales que le permitan organizar el caos de la "realidad". El posgrado debe
por lo tanto plantearse como uno de sus ideales impulsar investigaciones teóricamente
relevantes además de socialmente significativas. A pesar de que este ideal es difícil de
alcanzar, su presencia inducirá a estudiantes y profesores a estar más atentos a los
necesarios equilibrios exigidos por cada situación. De todos modos, quien no tenga
conciencia de las permanentes tensiones entre estas dos demandas, siempre estará en
peligro de caer en un teoricismo vacuo o en un pragmatismo estrecho.
Coda
Las conclusiones anteriores, válidas para todo
posgrado que postule la investigación como elemento prioritario, reclaman una nueva
estrategia curricular. La primera exigencia es la creación de un clima intelectual en el
seno de los posgrados. Esta tarea no es fácil, sobre todo cuando se recuerda que las
escuelas pedagógicas no tienen tradición en materia de investigación. Sus
organizaciones académicas como las de la mayoría de las universidades del país
con escasos recursos, giran alrededor de labores docentes y administrativas. Allí
la producción intelectual y la investigación son escasas y dispersas, y nunca logran
traducirse en acciones sistemáticas y acumulativas. Sus profesores son definidos ante
todo como funcionarios, como hombres y mujeres que deben cumplir con ciertos deberes
laborales, generalmente extraños a los del académico vinculado con el avance del
conocimiento. Como el burócrata de Max Weber, estos profesores realizan sus labores al
calor de una rutina asociada a la atención de estudiantes, al ofrecimiento de determinado
número de horas-clase, a la repetición anual de conocimientos memorizados y a la
observación de horarios y reuniones de marcado acento administrativo estipuladas por sus
superiores.
Esta situación, que tiende a
autorreproducirse y a crear un clima negativo para los ideales del rol académico y del
espíritu científico, sólo puede ser afrontada mediante la constitución de un grupo
docente altamente calificado y con experiencia en investigación. En una fase inicial,
todo programa deberá contar con un mínimo de tres profesores de tiempo completo, cada
uno de los cuales tendrá a su cargo uno o dos proyectos de investigación que adelantará
con la participación de estudiantes. Las publicaciones de estos profesores y las
discusiones que ellos susciten, comenzarán a originar un clima positivamente orientado
hacia la búsqueda de nuevos conocimientos. No debe olvidarse que si los profesores no
investigan, difícilmente lo harán sus alumnos; o, lo que es lo mismo, si el profesorado
de un programa de graduados no ofrece producción intelectual alguna, carece de
legitimidad para exigírsela a sus alumnos.
Pero el reducido número de profesores
de tiempo completo difícilmente podrá satisfacer las múltiples demandas asociadas a la
formación de investigadores. Ellos lograrán apenas absorber unos pocos estudiantes,
generalmente no más de tres por proyecto, que estén interesados en los aspectos
cualitativos de la investigación educativa. Las limitaciones mismas de la universidad en
recursos técnicos para adelantar estudios cuantitativos, llevan forzosamente a que sus
docentes subrayen la investigación histórica, la etnográfica o la de carácter
teórico. Sin embargo, este vacío puede ser llenado por otras instituciones que las
universidades deben comenzar a ver como los lugares naturales de práctica de sus
estudiantes graduados: los Centros de investigación públicos y privados. De la misma
forma que las facultades de medicina tienen los hospitales, las de psicología las
clínicas psiquiátricas y las de derecho los consultorios jurídicos, los programas de
graduados deberán acudir a los centros de investigación en pos de las destrezas
requeridas por su entrenamiento profesional. A ellos podrán asistir los alumnos
interesados en la investigación-social-empírica, en la cual el manejo de un volumen
amplio de datos requiere de una habilidad diferente a la de la investigación cualitativa.
En los centros de investigación,
especialmente en los mejor dotados y en los de mayor tradición, los estudiantes no
solamente tendrán acceso al equipo técnico necesario para el procesamiento de datos, los
computadores, sino también, y esto es tal vez lo más importante, tendrán la oportunidad
de participar en las diversas etapas de una investigación de gran tamaño. Podrán
observar las negociaciones del centro con sus clientes, la definición del problema de
investigación, su adecuación al presupuesto, la traducción de los objetivos a un
lenguaje que permita enunciar los datos requeridos, el diseño de los instrumentos de
recolección de datos, la recolección de los mismos en el terreno, su clasificación y
análisis y la organización y presentación del informe final.
Estas etapas, muchas de las cuales se
desarrollan simultáneamente, harán comprender al estudiante que la investigación social
moderna, especialmente aquella asociada al análisis de encuestas, es una actividad
organizada, en la cual un número de personas bajo la dirección de un jefe de proyecto
desempeña diferentes papeles encaminados a alcanzar un producto final. Cada persona hace
su labor para llenar las necesidades del conjunto y asegurar el éxito del trabajo. Al
tomar conciencia de estas actividades, el investigador novel no solamente se
familiarizará con las destrezas requeridas en cada fase, sino también con las
habilidades necesarias para organizar y orientar un equipo de investigación. Pues sólo
quien posea experiencia en las diversas operaciones de investigación, puede efectivamente
dirigir un proyecto y coordinar el trabajo de los demás
[22].
Este contacto directo con un centro de
investigación contribuirá también a la socialización laboral del joven investigador.
Allí establecerá relaciones con los directores de otros centros, con investigadores
experimentados y con organismos nacionales o internacionales que podrán orientarlo en su
futuro desempeño ocupacional. Encontrará asimismo, la posibilidad de adelantar su tesis
de grado, bien sea a través de la información ofrecida por las investigaciones en las
cuales participó, o a través de los datos acumulados por el centro a lo largo de los
años.
Pero las relaciones universidad-centros
de investigación tienen una faceta mucho más enriquecedora que hasta ahora apenas ha
sido aprovechada. Mientras que los centros se han dedicado a la investigación aplicada y
a las labores de consultoría, las universidades han tendido a subrayar la investigación
básica y las discusiones teóricas. Estos énfasis han llevado a ambas instituciones a
descuidar, si no a desconocer totalmente, el trabajo realizado por cada una de ellas. Los
centros desechan la producción universitaria por "retórica" y las
universidades rechazan la labor de aquellos por "empírica", limitada y
a-teórica. Unos y otros llevan por supuesto su verdad. Tradicionalmente los centros
privados han reunido sus datos para llenar las necesidades de sus clientes el
Estado, las empresas y los organismos internacionales, sin atender al significado
más amplio de sus resultados; y las universidades se han debatido en una oscura prosa
donde apenas se definen los conceptos y las temáticas objeto de estudio.
Estos estilos de trabajo intelectual
deben terminar, y la mejor forma de rescatar sus bondades es creando las condiciones para
establecer un diálogo fructífero entre las instituciones que poseen los recursos y las
facilidades técnicas para el manejo de datos y las que tienen una preocupación más
amplia por la relevancia teórica de los hallazgos. Las universidades pueden convertirse
en un excelente grupo de referencia crítico para la reunión y uso indiscriminado de
información, y a su vez ellas pueden aprender de sus colegas de los centros que el
conocimiento adquirido con rigor metodológico facilita la construcción de teorías más
consistentes y operativas [23]. Los centros, por su lado, comenzarán a despojarse de su tinte utilitario
asociado a la economía de mercado, y abrirán las puertas para desarrollar intereses
académicos que contribuirán a formar los recursos humanos que ellos mismos van a
requerir en el futuro próximo.
En una perspectiva más general, las
relaciones universidad-centros de investigación no sería más que una estrategia
dirigida a racionalizar el uso de los escasos recursos científico-técnicos de un país
en vía de desarrollo. Los investigadores experimentados tomarían a su cargo estudiantes
graduados para entrenarlos en las destrezas requeridas por el oficio, y éstos a su vez
serían de gran ayuda para cubrir las tareas cotidianas de los centros: recolección de
datos, clasificación, tabulación, organización de tablas estadísticas, etc. Sería
entonces una empresa en la cual centros, universidades y estudiantes colaborarían en el
desarrollo de indagaciones de valor práctico inmediato (investigaciones aplicadas) y de
trabajos destinados a realizar aportes a un cuerpo organizado de conocimientos
(investigaciones básicas).
Pero todo esto no significa que los
posgrados en investigación abandonen el exclusivismo del salón de clase por el de las
prácticas de investigación. Aquí, como en toda política académica relacionada con las
ciencias sociales, es necesario guardar un sano equilibrio entre la adquisición de
destrezas y la comprensión de su significado. Si la investigación no puede llevarse a
cabo sin entender previamente sus etapas, el conocimiento de éstas no reemplaza el
dominio de las orientaciones teóricas que confieren sentido a los datos que se han
reunido. El joven investigador debe saber manejar conceptos y debe conocer la forma de
relacionarlos y de traducirlos a problemas de investigación, pues como los expertos
siempre lo recuerdan, uno de los momentos más difíciles de la investigación
social es la elaboración de un marco de referencia funcional al problema que se desea
estudiar.
Para responder a estas necesidades de
formación teórica, se deben diseñar seminarios para debatir la perspectiva y el núcleo
conceptual de las diversas ciencias interesadas en la investigación socioeducativa. A lo
largo de los dos años de actividad académica de los programas, se ofrecerán seminarios
sobre sociología, economía e historia de la educación a cargo de los profesores de
planta. Allí se discutirán las contribuciones más significativas de cada especialidad y
se buscará familiarizar al estudiante con las controversias teóricas y metodológicas
que informan su actual desarrollo. La obligatoriedad de estos seminarios estará asociada
a los intereses temáticos de los estudiantes y su objetivo estará dirigido a contribuir
a solucionar los problemas que surjan en su trabajo de investigación. Esta es una de las
razones por la cual los profesores de tiempo completo del posgrado tendrán que ser
personas con experiencia en el manejo de teorías y con pericia en los procedimientos de
indagación social.
Estos seminarios adquieren una mayor
significación en el contexto de las universidades pedagógicas, en donde ha tomado fuerza
la idea de que el "trabajo en grupo" soluciona las dificultades de
interpretación y análisis. Con frecuencia su profesores piensan que la suma de las
perspectivas del psicólogo, del sociólogo, del economista y del historiador ofrecerá
una información más rica sobre los fenómenos educativos. Sin embargo, la realidad es
bien distinta. En educación como en cualquier otro campo de la vida social, sólo puede
hacer investigación de calidad quien parte de una ciencia, y esto como lo señala
el sentido común, está estrechamente asociado con el dominio que se tenga de ella.
Y en el caso de que se desee alcanzar una síntesis a partir de los hallazgos de diversas
especialidades, es necesario tener conciencia de lo que se está mezclando y poseer una
estrategia integradora que permita organizar los resultados. La base de esta estrategia la
proporciona generalmente una de las ciencias en cuestión, como lo muestran los repetidos
esfuerzos de la sociología, la antropología y la historia por lograr una comprensión lo
más compacta posible del mundo social. Contra lo que comúnmente se piensa, la búsqueda
de la totalidad no ahorra en ningún momento el estudio de las ciencias particulares, sino
por el contrario, demanda un conocimiento más profundo de ellas y mucho más puntual del
que usualmente presenta el hombre informado. Por ello los usuales encuentros de
especialistas en educación y la mera inclusión de sus contribuciones en un volumen, no
van más allá de lo que el sociólogo Karl Mannheim llamaba la "síntesis del
encuadernador". Aquí el operario encargado de coser el lomo del libro, resulta
uniendo mecánicamente lo que sus autores debieron ensamblar orgánicamente [24].
La recuperación del equilibrio entre
la teoría y la investigación en los posgrados, lleva también a una redefinición del
papel de los clásicos de la ciencia social en la formación de investigadores en
educación. Como se sabe, los clásicos proporcionan un modelo para el trabajo intelectual
y ofrecen un andamiaje conceptual para obtener explicaciones más coherentes de los
fenómenos sociales. Previenen contra el parroquialismo intelectual y promueven las
discusiones de importancia para el avance del conocimiento. Quien se forma a la sombra de
espíritus penetrantes como Émile Durkheim, Max Weber, Georg Simmel, Thorstein Veblen o
Karl Mannheim, lleva una marca indeleble que usualmente se expresa en el buen sentido y en
el juicio certero [25].
Con diferencias de grado, en estos autores está siempre presente la intención de lo
general sin olvidar las singularidades de los fenómenos, o dicho de otra manera, tienen
la rara cualidad de extraer conclusiones generales después de adelantar agudos
escrutinios de lo particular. La discusión del legado de los clásicos será por lo tanto
un instrumento creativo para ampliar el contexto y la perspectiva de la investigación
social y no un mero adorno retórico para salpicar de erudición los informes de
investigación.
La estrategia curricular aquí
diseñada vuelve a reestablecer entonces el necesario balance entre la práctica y la
reflexión conceptual. Evita el énfasis retórico de los anteriores programas y resalta
la tradición teórica asociada a los mejores departamentos de graduados. Sugiere el uso
de la capacidad científico-técnica de que dispone el país y demanda un empleo más
racional de los recursos interistitucionales. Pide, finalmente, que haya una redefinición
de la política universitaria en materia de reclutamiento docente a fin de crear un clima
favorable al desarrollo intelectual, a la investigación y a la búsqueda de nuevos
conocimientos.
Pero al final, como ocurre con toda
idea que busca traducirse en acción, el éxito de la presente estrategia dependerá del
compromiso real que las instituciones y sus integrantes tengan con los procesos que se
intentaron describir en las páginas anteriores.
Apéndice
Tesis de grado de los
estudiantes del posgrado de Investigación Socioeducativa
1978 Soto Arango, Diana E.
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Pumarejo:1934-1938", 151
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"Educación y mundo rural en Villeta", 186 p.
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TOMADO DE: Gonzalo Cataño, Educación y
estructura social (Bogotá: Plaza y Janés, 1989).