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CONTENIDO
La
experiencia de la lectura tradicional
¿El libro amenazado? La imagen y la televisión
El computador y sus derivados
La voz y el signo
La experiencia de la lectura
tradicional
Desde hace algunas décadas muchos
observadores del mundo del libro creen que algo peligroso y dañino está ocurriendo. La
invasión de las imágenes en los impresos, la fascinación con la televisión y
recientemente el auge de pantalla del computador parecen amenazar el dominio de la palabra
como núcleo de la comunicación humana. Los niños pasan horas y horas frente a la
televisión o el juego de computador o navegando en Internet, y pueden perder todo
interés por el libro y la lectura. Los adultos se enteran de lo que pasa en el mundo en
la radio y la televisión y pronto buscarán la información que requieren a través de
las redes electrónicas. La lectura de placer está desapareciendo porque cada vez menos
personas adquieren el placer de la lectura, y la lectura pragmática, la que busca
información, noticias, como arreglar un aparato o a donde pasar las vacaciones, es cada
vez menos necesaria. Mientras un iletrado de hace 100 años tenía un mundo casi
necesariamente limitado a su comarca inmediata, hoy es posible concebir una persona que
prácticamente nunca lee y que a través del radio y la televisión conoce todo lo que
pasa en el mundo, tanto en el campo de la información de actualidad como en el mismo
campo de la cultura. Algo paradójico tenía, a la luz de este problema, el intento de las
Escuelas Radiofónicas, que intentaron enseñar a los campesinos colombianos a leer y a
escribir por radio y correspondencia: el experimento no generó probablemente muchos
lectores nuevos, pero transformó al campesinado del altiplano cundiboyacense en un sector
social informado y abierto al mundo de las tecnologías modernas.
Una breve mirada al pasado, a la historia
de la lectura y del texto escrito, puede ser útil para colocar este tema en un contexto
adecuado. Lo primero que debe señalarse es que el tiempo de la lectura, en la larga
historia del hombre, es un breve intervalo, un segundo apenas en el reloj de la
evolución. De los dos o tres millones de años que hace que el homo sapiens vive sobre la
tierra, apenas ha existido la tecnología de la lectura durante 5 o 6000 años. Y de estos
6000 años, apenas durante 150, y eso en unos pocos países, la mayoría de la gente ha
sabido leer. Durante casi toda de su historia, el texto escrito ha sido un objeto sagrado
o esotérico, al alcance de una pequeña minoría de sacerdotes, funcionarios y
especialistas. Así ocurrió durante toda la antigüedad, hasta que los griegos crearon la
idea -simbolizada en la historia de Diógenes Laercio de que Anaximandro, en vez de
entregar su libro a los sacerdotes de Delfos, lo depositó en el ágora- de que el libro
(es decir, el rollo o volumen de pergamino) podía ser leído por todos los ciudadanos y
que a través de él la ciudad, la polis, podía avanzar hacia el conocimiento de la
naturaleza, de la sociedad y de los principios últimos del cosmos.
Si en algo la cultura moderna es heredera
de la cultura griega clásica es en esta asociación del libro con el conocimiento y con
la cultura. Y la aparición de un medio de transmisión de la tradición diferente a la
voz, a la comunicación oral, tuvo implicaciones de un radicalismo casi imposible de
captar. Un texto podía transmitirse con exactitud, sin deformaciones, a través de las
distancias y los tiempos. Ya no era necesario aprender de memoria mitos, fábulas
religiosas y poemas, para garantizar su permanencia y su intangibilidad. Y como existía
un patrón inmutable, cambiar y discutir el texto del pasado era una nueva posibilidad: el
cambio y la acumulación de saber se hizo más fácil justamente porque era posible
discutir el texto antiguo, añadirle ideas y comentarios sin modificarlo. El ritmo de
cambio técnico y cultural se aceleró bruscamente con el surgimiento del libro, con la
posibilidad de transmitir un saber -la geometría, la filosofía, la poesía- de manera
rápida y amplia, con la posibilidad de que el maestro tuviera discípulos en todos los
sitios y todos los lugares: en vez de los pocos oyentes directos de Sócrates de Atenas,
la filosofía estaba al alcance de todos los lectores posibles de Platón o Aristóteles.
La Biblioteca- de la cual fue ejemplo supremo la de la Alejandría- aparece como el lugar
de reunión del saber humano, como el sitio en el cual las voces sabias del pasado están
al alcance de los oyentes del presente.
En Roma el libro y la lectura sufrieron
una transformación tecnológica importante: el rollo (volumen) de pergamino o
papiro fue dando paso al conjunto de hojas de papel, al cuadernillo (codex), a
pesar de que se mantuvieron otros medios de lectura y otros se imaginaron, como el
mencionado por Ovidio, que ofrece un inesperado soporte para la escritura:
"Está de acuerdo con la ley y la
moral que una mujer decente tema a su esposo y la rodee una guardia estricta...Pero aunque
haya tantos guardianes como ojos tiene Argos, uno siempre puede engañarlos si se empeña
en ello. Por ejemplo, puede alguien impedir que la sirviente y cómplice lleve sus
mensajes en su corpiño o entre su pie y la sandalia? Supongamos que el guardián adivina
todos estos trucos. Que entonces la confidente ofrezca su espalda en vez de las tabletas y
que su cuerpo se convierta en carta viviente". Ars Amatoria II 613.
Uno puede imaginarse lo divertido de
recibir ciertas cartas
Pero la importancia del paso del libro al
rollo tiene que ver ante todo con la posibilidad de que un cambio puramente técnico haya
modificado las formas de leer y la relación del lector con el texto : el rollo
obliga a una lectura lineal, adecuada para leer una proclama, un mensaje o quizás un
poema. El libro o códice, con sus páginas, permite volver atrás, comparar un párrafo
con otro, encontrar relaciones entre distintas partes del texto. Y sus márgenes permiten
hacer anotaciones : las notas marginales, en las que el autor o el lector inician un
diálogo -interactivo ? -con otros lectores. Y el texto se fragmenta en unidades
menores, en capítulos o parágrafos, para facilitar estos movimientos, estas formas
iniciales de hipertexto.
La Edad Media vio otra vez el
confinamiento del libro al lugar sagrado, al mundo de los especialistas, y su tratamiento
como un objeto casi religioso. En los monasterios medioevales, los monjes copiaban a mano
ejemplares únicos de libros de la antigüedad o de comentarios de sus maestros
contemporáneos. El libro recibía una gran valoración, pero pocos tenían acceso a él.
En las salas de lectura de las bibliotecas los pocos eruditos leían de pies libros de
gran tamaño, de los que sólo existían unas pocas copias en todo occidente, muchas veces
encadenados a los muebles o paredes de la biblioteca. El surgimiento de la universidad y
el desarrollo del comercio comienzan a romper el confinamiento del libro al convento: los scriptores
multiplican las copian de los textos favoritos, y estos salen del convento y aparecen
con mayor frecuencia en las casas de los nobles o los comerciantes. Y la lectura pasa del
monasterio o la sala escolar, a la casa e incluso a sitios inesperados : Petrarca se
preciaba de que leía o ponía a alguien a leerle "cuando me están afeitando, cuando
me cortan el pelo o cuando monto a caballo o cuando me alimento".
La lectura era todavía asunto de pocos.
Era ante todo la lectura del estudioso, del clérigo, que estudiaba algunos textos con
autoridad. En este ambiente se generalizó, para complementar la lectura en voz alta, lo
que hoy nos parece casi espontáneo y natural: la lectura silenciosa, apenas moviendo los
labios y finalmente realizada sólo con los ojos y el espíritu. Pero coexistía con ella
la lectura en voz alta del mensaje a un grupo de nobles iletrados, de un libro de horas,
de un texto literario en los idiomas nacionales en formación.
La gran revolución, y al insistir en
esto me separo de la visión de muchos de los historiadores actuales, residió en el
surgimiento de la imprenta. Yo creo todavía en el saber convencional: la imprenta
transformó la cultura al permitir la multiplicación del libro, el paso de unos pocos
ejemplares a centenares o, excepcionalmente, a miles de ellos, la ampliación del público
a una república de las letras que incluía, para fines del siglo XVI, a centenares de
miles de participantes en Europa e incluso en América. Hasta las elegidas de Dios se
dedican a la lectura, como puede comprobarlo quien de una mirada a esa serie de pinturas
de Zurbarán en San Fernando de Sevilla que uno está tentado a llamar las "santas
lectoras": todas tienen su libro en la mano. Abrió también el camino al escritor
profesional, dependiente del público y del editor más bien que del autor sujeto a la
institución o al patronazgo, del cual no quedan hoy descendientes sino en las
universidades.
Esta invención de la imprenta, además
de provocar el surgimiento de un nuevo tipo de escritor profesional, dependiente del
editor y de su mercado y no del mecenas, estimuló la critica de textos, al aumentar la
disponibilidad de los escritos. "Las múltiples copias de un texto lo preservan al
dispersarlo. Al no tener que preocuparse ante todo por la preservación de un frágil
manuscrito que se deteriora con su frecuente uso, los estudiosos que trabajaban con libros
reformularon su papel cultural, que dejo de ser el de guardianes pasivos del texto para
requerir una actitud más crítica hacia este." Estuvo también acompañado este
proceso por el desarrollo de formas más complejas de comentario al texto: ediciones en
varias columnas, para permitir la comparación entre diferentes versiones o lenguas,
llamadas y referencias internas, mejores mecanismos de numeración y determinación de un
trozo de texto. Y en esto, la forma adoptada por los editores de la Biblia de numerar por
capítulo y versículo, u otros procedimientos descriptivos similares, por ser
independiente del soporte, es sin duda más eficiente que la simple paginación, que se
modifica al cambiar los formatos: tema para diseñadores de procesadores de palabra.
Sin embargo, tercera vez que hago la
advertencia, era también un público reducido. La mayoría no sabía leer ni escribir, y
esto no era algo necesario para la vida, así cada día fuera más útil. Robert Darnton
nos da una idea indirecta del tamaño real del público lector a finales del siglo XVIII
cuando refiere como la Sociedad Tipográfica de Neuchatel hizo una "inmensa"
edición del Discurso sobre la Enciclopedia de Voltaire : 3000 ejemplares. La
cultura escrita se va separando de la cultura oral, pero todavía la república de las
letras es muy cercana a la república de la palabra hablada, y sobre todo es muy pequeña.
Todo esto tiene consecuencias importantes para la historia de la llamada cultura popular,
que es esencialmente una cultura oral, hasta que el texto, que llega de otras capas
sociales, comienza a modificarla, con las bibliotecas azules y sobre todo con los textos
de devoción. En muchos sitios, la lectura es la recitación de un texto casi único ya
conocido. La Imitación de Cristo, el texto bíblico en los países protestantes,
dan pie para una lectura en la que el lector probablemente memoriza el texto, y la letra
es en buena parte una ayuda de memoria. No se lee para buscar cosas nuevas en esta lectura
popular.
Pero pronto se advierte la importancia
del nuevo medio para la sociedad. En los países protestantes -donde la representación
visual de lo religioso, tan exaltada en la tradición católica, es muchas veces
reprimida- surge la idea de que todas las personas deben saber leer y escribir. La idea,
claramente moderna, es a la vez tradicional: hay que saber leer para acercarse al único
texto, la Biblia. En Suecia, desde el siglo XVII surge el ideal del alfabetismo universal,
que se extiende en el siglo XVIII a Estados Unidos, Inglaterra, Francia y que para
comienzos del siglo XIX es admitido en los países del centro. Raymond Williams ha
señalado el carácter revolucionario -tan importante como la revolución industrial o la
revolución democrática del siglo XVIII- del proceso social que llevó a la
generalización del alfabetismo.Para algunos historiadores, la transición del XVIII al
XIX es muy significativa en la historia de las formas de la lectura. Rolf Engelsing
propuso la noción de una revolución de la lectura al fin del siglo XVIII : antes los
lectores leían pocos textos -la Biblia, la Imitación de Cristo, una novela
favorita- intensivamente, muchas veces. A partir de entonces los lectores leen
extensivamente, muchísimos textos distintos, releyendo menos. El escrito dejó de ser
sagrado y el mundo se lleno de texto, y mucho texto descartable y efímero, como los
periódicos.
No me convence el argumento : ya
antes hubo lectores omnívoros y dispersos, y luego persistieron y fueron incluso más las
lectores intensivos y cuidadosos, como lo prueba la lectura de cualquier conjunto de
biografías literarias del siglo XIX o XX. Lo que cambio fue la cantidad de textos y el
número de usuarios -y es posible que haya crecido en mayor proporción el volumen de
usuarios livianos- , y con ello el peso de la letra en la sociedad: a partir de esa época
se va consolidando una sociedad que es en Europa un mundo del texto, de lo escrito, y en
el que el sistema escolar está organizado para preparar a todos para que puedan leer.
Ediciones baratas (por los nuevos papeles y las nuevas máquinas tipográficas), formatos
más transportables - para leer a caballo, o en el tren, o en bicicleta, según sugiere
Gabriel Zaid, o en el baño, único sitio donde según Henry Miller podía extraer
"el pleno aroma del contenido del Ulises [de Joyce]" - clubes de lectura,
bibliotecas públicas, con préstamo o alquiler, son algunas de las instituciones que
apoyaron la parte extensiva de esta transformación, mientras que las grandes bibliotecas
nacionales, las universidades y una serie de enloquecidos coleccionistas privados
reforzaban el prestigio del libro y su papel como depósito del saber del mundo.
Lo escrito se vuelve importante incluso
para quienes no saben leer: la lectura en voz alta permite a los analfabetas escuchar una
novela o una lectura edificante, y mantiene una forma de sociabilidad de grupo a la que es
ajena en general la lectura, acto cada vez más individual y privado. Los ejemplos
europeos son numerosos, pero en Colombia basta recordar los testimonios recogidos por
Malcolm Deas sobre la lectura de periódicos políticos en los sitios más remotos del
país, o el hábito de leer literatura en las noches, a la luz de una vela, que
parecen haber tenido las madres, que probablemente enceguecieron pronto, de algunos de
nuestros escritores, o las lecturas de buenas novelas en los comedores de los internados
de hombres y mujeres. En Medellín, durante mi infancia, la radio trasmitía diariamente
las novelas españolas que leía, con voz impostada, Luis Pareja Ruiz. La lectura para el
analfabeta probablemente ayuda a explicar aún hoy la fascinación que se dice tan
colombiana por la radio y por los festivales de poesía y sin duda está detrás de las
convenciones retóricas de buena parte de nuestra literatura: los cuentos de Tomás
Carrasquilla, por ejemplo, me parecen casi siempre escritos más que para ser leídos,
para que alguien los lea. Pero me estoy saliendo del tema.
¿El libro
amenazado? La imagen y la televisión
Ahora bien, después de 150 años de
dominio del texto escrito, y cuando el libro y la lectura, fuera de una élite reducida,
apenas alcanzaba a llegar a nuestras sociedades periféricas -recordemos que todavía a
fines del siglo pasado probablemente menos del 20% de los adultos podían leer, que en
1964 todavía la mayoría de la población colombiana era analfabeta y que todavía hoy el
consumo de libros es marginal, -libro y lectura parecen estar amenazados. El mundo de las
imágenes, el universo de las telecomunicaciones, sobre todo la televisión, los sistemas
de multimedia y el computador conforman los virus que presuntamente debilitan o incluso
amenazan de muerte al libro y la lectura.
Las discusiones sobre este tema, tanto
entre quienes se apegan a los gustos del pasado y lamentan la proliferación de la imagen
y la pantalla como entre los que se alegran de ella, parten usualmente de visiones poco
precisas y delimitadas del problema, y de una confusión entre los distintos procesos en
juego, sobre todo al unificar, en un lado de la contienda, por la común pantalla, al
computador y el televisor. Además, en el caso colombiano, muchos de los argumentos parten
del equívoco de creer que alguna vez aquí el libro tuvo un papel central en la cultura,
que alguna vez salimos realmente del dominio de la cultura oral. Por último, se
contraponen imagen y libro, en una forma que no es históricamente aceptable.
En efecto, el desarrollo del libro, en
sus etapas iniciales, estuvo acompañado, en forma paralela, por una transformación de la
imagen artística de la realidad. Los años anteriores a la invención de la imprenta, en
la baja edad media, son años de una circulación y presencia vigorosa de la imagen
gráfica, del dibujo o la pintura. Y la imprenta no hizo sino incrementar la
disponibilidad de xilografías y otras formas de reproducción de la representación
plástica de la realidad. No era una competencia al libro: era su complemento, y muchos
libros, siguiendo la tradición del manuscrito iluminado, la incorporaban en su
composición. El libro con grabados, el libro ilustrado, conforman una parte importante de
la producción editorial, y no solo para los niños, que ya no podían concebir, en el
siglo pasado, un libro sin imágenes: no se queda Alicia dormida justamente porque no
puede ver el atractivo de un libro sin imágenes.
Pero así no sea un factor nuevo, la
presencia abrumadora de la imagen en los medios de comunicación, y sobre todo la imagen
en movimiento de la televisión, ha creado una situación diferente, que explica los
amplios y complejos debates que se han producido desde hace 40 o más años sobre el papel
de la imagen en la cultura contemporánea. En relación con el impacto de las nuevas
formas de difusión de la imagen sobre la lectura, las líneas de argumentación se mueven
en tres direcciones básicas:
a) el predominio de la imagen sobre el
texto introduce nuevas formas de visión de la realidad, nuevas formas de pensamiento, una
lógica mental diferente, una sintaxis que fragmenta el mensaje, un ritmo acelerado y
saltón que excluye las actitudes reflexivas y morosas de la lectura: el espectador es
diferente al lector, más pasivo, más interesado por el espectáculo que por la realidad,
más indiferente a la verdad del mensaje, más interesado en la capacidad de que una
imagen lo sacuda que en el seguimiento de su contexto, en resumen, menos crítico.
b) la televisión es un medio que
arrastra la atención del espectador y consume su tiempo. El niño deja de leer -e incluso
deja de aprender a leer- por pasar las horas hipnóticamente pegado a la pantalla,
mientras que el adulto reemplaza la lectura por la pantalla y el parlante como fuente de
información y entretenimiento y,
c) la televisión, al fragmentar el
discurso, se presta para la manipulación de la opinión pública y su subordinación
relativamente pasiva a los intereses de grandes corporaciones o de otras instancias de
poder político.
Las tres afirmaciones son, creo,
verdaderas, y sin embargo me parece que están lejos de dejar en claro el problema del
destino y el futuro del libro. En efecto, se refieren en general a fenómenos externos al
libro, al cual afectan ante todo como competencia por la distribución del tiempo. Esta
competencia tendría gravedad sobre todo si pudiera comprobarse que se está dando una
disminución en la habilidad simplemente lectora de los individuos: el niño que según el
estereotipo crítico no ve sino televisión deja de aprender a leer, tranquila y
dulcemente. Pero el mayor tiempo dedicado a la televisión no ha conducido en los países
lectores a una disminución significativa y consistente en el consumo de libros o en la
visita a bibliotecas. Es difícil establecer las relaciones que se dan entre algunos
fenómenos del mundo del libro y el auge de la televisión, aunque lo más lógico es
atribuir la coincidencia de hechos en los dos campos -por ejemplo la tendencia a crear un
género de libros en los que la imagen es predominante, a buscar formas de composición
cercanas a las de las gráficas publicitarias- a un tercer conjunto de fenómenos, que es
el de las tendencias centrales de la cultura a promover la subordinación del tiempo libre
al consumo de productos masivos de la industria cultural y a la exaltación de una cultura
en la que el espectáculo es la forma social dominante de entretenimiento. No es claro que
la masificación de la televisión, el incremento del tiempo que dedican las personas a
mirarla, haya conducido a una disminución de la lectura, aún si admitimos que el
reemplazo del tiempo de lectura por tiempo de televisión tiene consecuencias culturales
negativas, a la luz de los argumentos arriba enumerados.
Es posible que en el futuro nuevos
desarrollos tecnológicos refuercen la capacidad de atracción y seducción de la
televisión, en la medida en que es previsible un mejoramiento muy fuerte de su calidad,
al recodificar la información visual en forma digital y mejorar la capacidad de las
pantallas. Sin embargo, es muy probable que ya se haya alcanzado un punto de saturación
en la mayoría de los usuarios, y que este punto de saturación genere el hastío ante un
medio que trata de mantener pegadas a las personas a la pantalla mediante la habituación
a narraciones perfectamente previsibles y convencionales, que quizás llegarán a ser
aburridamente descodificables por espectadores que han nacido con el televisor prendido.
El zapping, con su agitación casi nerviosa, no hace otra cosa que revelar el renacimiento
del hastío en quienes han substituido la lectura -u otras formas de contacto humano, como
la conversación o el deporte- por el uso del control remoto convertido en expresión
artística.
No puede olvidarse, por otra parte, que
la televisión y los medios de comunicación afines no pueden prescindir usualmente del
componente verbal: un noticiero de televisión puede escucharse, suprimiendo la imagen, en
forma casi igual a un noticiero radial, sin perder mucha información significativa: la
cara sobremaquillada de una presentadora, o unas imágenes que añaden emoción pero no
información, Por el contrario, no es comprensible el relato del noticiero si se apaga el
sonido.
En cuanto distribuidor de información,
el televisor afecta la lectura del periódico, pero no la del libro o la revista, que se
dirigen a intereses muy diferentes del que busca simplemente los titulares del día.
Por supuesto, la televisión tiene
ventajas. En marzo de este año salió en el diario El Tiempo de Bogotá un
artículo patéticamente cómico sobre ellas. El presidente de una asociación
psicoanalítica decía que no había que preocuparse por la violencia o la tontería de
los contenidos: según el, si uno tiene unos padres perfectos, comprensivos, que se amen y
lo amen a uno, todo está bien, y no hay que temer que la televisión tenga efectos
negativos sobre los niños. Uno se pregunta si se le ha pasado por la cabeza que pocas
personas tienen esos padres, o que si los tienen, no sería un poco mejor que en vez de
desperdiciar el tiempo con basura lo utilizaran en otra cosa. Estudios muy serios, de esos
anónimos que llenan la prosa de los reporteros, indicaban en el mismo periódico la gran
utilidad de la televisión para que los niños aprendan a conectar aparatos eléctricos.
Por supuesto, es cierto que la TV estimula: los niños que la ven, frente a los que no la
tienen (aunque curiosamente nunca se compara su impacto con el de quienes se han
convertido en lectores tempranos), adquieren un vocabulario más amplio, además
probablemente de gran utilidad en nuestro medio, pues alude usualmente al mundo de
violencia en el cual sin duda crecerán: el que oiga jugar a unos niños tiene que darse
cuenta de como se amplia su lenguaje con la televisión.
El
computador y sus derivados
La amenaza del computador es en cierto
sentido la más paradójica: es posible que el computador amenace al libro, pero
simultáneamente revaloriza el texto y la lectura. Como lo señaló Eco, "no se puede
aprender a usar una computadora si no se sabe utilizar un libro...La computadora es el
reino del escrito, el reino de la civilización del alfabeto". En mi opinión, el
computador no introduce cambios radicales en la relación del lector con el texto, al
menos en la lectura literaria o discursiva, que es la que usualmente preocupa a los que
sienten amenazado el libro por el computador.
El computador es ante todo un nuevo
soporte material para el texto literario tradicional, que permanece en esencia
inmodificado. El libro se está transformando rápidamente en una delgada lámina
plástica llena de chips en la que yo puedo llevarme miles de libros y leerlos como he
leído siempre. El lector dispondrá pronto de más libros y mucho más baratos, estará
conectado a inmensas bibliotecas, donde podrá ver libros que antes sólo el especialista
o el gran coleccionista podía encontrar, o podrá cargar toda su biblioteca personal en
el bolsillo, (ya no comprará libros de bolsillo sino bibliotecas de bolsillo). Yo creo
que esto ocurrirá pronto, y que el lector de dentro de quince o veinte años no tendrá
grandes dificultades frente a esto. Pueden introducirse algunas calificaciones a la
afirmación del carácter tradicional del texto en el computador, pero no son importantes.
Los libros podrían estar mejor ilustrados, (con videos o, para los libros científicos,
con simulaciones y experimentos) sus índices serán mejores, e incluirán, en ciertos
casos, la voz del escritor. Pero ya todos podemos escuchar a León de Greiff, a T.S Eliot
o a Dylan Thomas, en su propia voz o en la de un actor, y las gráficas, el sonido o los
índices no representan una ruptura con el modelo de libro de en papel, y no es de esperar
que la forma de leer al poeta, al novelista o al ensayista cambie mucho por la
tecnología. No creo, pese a los esfuerzos de muchos historiadores de la lectura por
encontrar diferencias fuertes en este campo, que la respuesta del oyente griego a La
Iliada sea muy diferente, en razón de la tecnología, a la del lector del siglo XIX con
su edición ilustrada o la del que hoy lee una edición en CD-ROM: las diferencias, que
son muchas, provienen del contexto cultural, de las experiencias previas con las cuales
oímos, leemos y recreamos el texto, y no de la forma técnica.
Muy distinto es el impacto sobre la
lectura como fuente de información pragmática. Conectado (a través de un medio
electromagnético o de un cable óptico) con otros computadores, el equipo personal nos
dará la información que necesitemos, en forma abrumadoramente completa. Los artículos
sobre un tema, las tasas de cambio, la lista de películas de una artista, todos los
compuestos del carbono, todos los hoteles de Botswana, el mapa de la carretera, las
escuelas con televisor del departamento del Caquetá, lo que a uno se le ocurra. En esta
función, no solo el computador tenderá a desplazar el libro, sino que el producto se
organizará en forma muy diferente: en vez de listas, que es lo que se publica en libros,
estaremos frente a bases de datos con posibilidades de búsqueda ágiles y variadas. La
información, por lo demás, estará personalizada y disponible en la forma que deseemos:
mi computador puede recoger, sin que yo esté atento a ello, las diversas actualizaciones
que me interesan y guardarlas para cuando yo decida consultarlas. Pero no veo ningún
motivo para lamentar este proceso, que puede hacer menos difícil localizar la
información que alguien necesita y la colocará al alcance de una población mucho mayor.
Estos dos desarrollos -el computador y la
red como libro y como depósito de información- refuerzan la función de la lectura y de
la palabra. Representan una evidente oportunidad y un desafío para las bibliotecas, y por
ello la Luis Ángel Arango ha decidido colocar una biblioteca convencional -poesía,
novela, ensayo, historia- en la red, y fuera de eso está colocando información
-referencias, bibliografías, listas, biografías, estadísticas- sobre Colombia en
Internet.
La lectura que combina de ambos procesos
-la experiencia del texto y el manejo de una gran información referencial- y que es
propia del académico o del investigador encontrará también grandes facilidades en el
nuevo entorno tecnológico. El estudioso podrá definir su biblioteca y colocarla en el
disco, junto con diccionarios, obras de referencia y programas de manipulación de texto e
información, para aprovechar los más diversos mecanismos de búsqueda, ordenación y
relación. La lectura tradicional incluía procedimientos para anotar y marcar el texto
para recordarlo mejor: una señal de aprobación, un subrayado de formas típicas del
autor o de frases notables, una glosa, una corrección o un comentario. O una anotación
en un cuaderno de notas o una ficha para seguir una relación con otro texto, definir e
indizar el tema, resumir unas ideas, dejar preparada una relectura. La lectura en el
computador permite hacer esto en forma mucho mas eficiente. ¿Me recuerda otro texto?
Puedo buscarlo y verificarlo inmediatamente. Puedo hacer las notas sobre el texto del
libro y luego revisarlas agrupadas en diferentes categorías. Y si entre lo que uno ha
definido como su biblioteca básica, sus dos o tres mil libros, no logra verificar la
relación, puede, por la red, perseguir un texto en bibliotecas cada vez más grandes.
El texto puede estar ligado a otros
elementos no tradicionales. Si soy un experto en José Asunción Silva, puedo reunir todas
las citas importantes sobre Silva, las referencias de prensa, las traducciones de sus
obras, las diferentes ediciones y versiones. Mucha de la rutina la puede hacer el aparato:
verificar si hay diferencias entre una y otra edición, si hay erratas. El texto puede
estar marcado, o porque ya alguien ha establecido relaciones, o porque uno mismo va
estableciendo las marcas. El usuario actual de Internet ya tiene cierta experiencia de
esta lógica de relaciones prefijadas: toda mención de un autor puede permitir verificar
los datos de ese autor, su bibliografía; un artículo citado puede llevar al texto del
artículo. Pero sobre todo, yo puedo establecerlas, con elementos del contexto y con otros
apartes del texto mismo, por razones que yo defino pues dependen de mis propios intereses
de lectura. Nada de esto es distinto a lo que existía en la lectura académica
tradicional: es simplemente mas fácil, mas rápido y menos sujeto a errores por omisión.
Antes se hacían índices para los libros que estaban destinados a ser leídos en forma
más académica. Los lectores ingleses de Shakespeare saben que pueden averiguar, en
grandes concordancias hechas hace décadas, todos los usos de una expresión particular.
Esto hoy lo construye en esencia el computador, y lo construirá para cada persona y para
cada uno de los miles de libros que conformen su biblioteca. En el fondo, estamos ante la
posibilidad de hacer más activa la lectura, más llena de preguntas, reduciendo los
componentes mecánicos que la complementan. Quizás, en términos de sociología de la
cultura, el más interesante efecto será la desvalorización de la erudición: impedir
que la pura recopilación de fichas siga siendo considerada una actividad creadora,
devaluar -pero porque se hace más y más fácil- la indización, los sistemas de
referencia. las bibliografías, así como la escritura desvalorizó al memorioso, al que
podía recordar extensos poemas, y lo convirtió en personaje casi burlesco.
Para el lector académico, para el
intelectual -escritor, periodista, maestro, experto en algo- la otra gran ventaja del
computador está en la facilidad de composición del texto, en la cercanía que establece
entre los textos con los que se nutre y los que produce, en las posibilidades de
presentación y sobre todo con el manejo simple de índices, tablas de materias,
gráficas, etc. Son simples facilidades, instrumentos y no medios nuevos, no cambios
substanciales: nadie puede saber, al leer un poema o una novela, si su autor sigue usando
el lápiz, o tiene una vieja máquina Remington, o trabaja con un moderno computador como
el de García Márquez, capaz de verificar si puso bien las bes y las ves y si no se le
olvidaron las haches.
Sin embargo, hay que reiterar que todo el
esfuerzo académico sobre el texto, al menos sobre el texto literario, se apoya sobre la
función y el disfrute original de ese texto literario. Cada tipo de texto tiene una forma
de lectura, que no esta determinada tecnológicamente. La lectura del Nocturno de Silva
puede ser hecha en voz baja, en voz alta, con los ojos cerrados mientras escucho un actor
que lo lee en un disco: la atención al texto literario debe ser muy similar: es un
reconocimiento, más o menos lineal del sentido de palabras y de las relaciones entre
estas palabras y diversos universos contextuales, que conduce a una construcción, a una
reinvención de sentido que se apoya en la experiencia del lector. La lectura de la novela
depende de las convenciones narrativas lineales argumentales. Si la leo en el papel o en
una pantalla (que hoy no es cómoda, pero esta deficiencia desaparecerá) como lector de
novelas, no como profesor del curso de narrativa de la Universidad, sigo una estrategia
que no tiene porque cambiar por la tecnología, o solo cambia marginalmente -si me pierdo
sobre qué hizo un personaje, encuentro mas rápido el texto exacto que busco, etc-. Lo
que quiero subrayar es que la lectura del especialista, del académico en la literatura y
las humanidades depende de la existencia del otro lector, del lector que vive con emoción
las vicisitudes de los personajes de la novela. En este sentido, la lectura que explota
las virtudes del computador (es decir la que hace uso de los recursos de búsqueda,
relación, hipertenso), es ante todo un sistema complementario de la lectura del libro,
entendido como el texto literario o discursivo, no importa si su soporte es un papel o una
pantalla.
Un poco menos claro es el impacto que
pueda tener la conformación de una nueva forma de producto complejo, orientada
esencialmente al placer o al entretenimiento, y que utilice la posibilidad de enviar
múltiples mensajes al espectador. Conectado a diversos depósitos de información,
recibirá espectáculos que combinen texto (poco, por supuesto), sonido, imagen, olor,
gusto y tacto. Este producto es similar en su función y su estructura a los productos de
la televisión, y afecta al libro y la lectura en la medida en que compite por el tiempo y
la dedicación de la gente. Pero probablemente substituirá más bien tiempo de otros
tipos de entretenimiento con los que compite en forma más obvia, como el cine, el
deporte, los juegos de habilidad y rapidez de reflejos en el computador, o la televisión
tradicional misma.
Algunos de estos productos se elaboran
siguiendo ante todo la sintaxis de la narración cinematográfica, y otros tratan de
inventar una estructura literaria que aproveche las ventajas aparentes del computador,
más allá de las simples facilidades para ilustrar al máximo un texto: las posibilidades
de seguir historias y desarrollos paralelos y divergentes, de permitir una intervención
al lector en el avance del argumento mismo. Uno puede imaginar una Rayuela en la
que cada vez que el lector toma el libro en la mano, el orden de los capítulos se ha
alterado. O en la que al leer la prosa agitada y enguayabada de Lowry, el texto se hace
menos definido o sufre de cierta tremulación. Los fantasmas pueden surgir, en medio de la
lectura de un texto de horror, en el trasfondo del papel, como marcas de agua que se
convierten en ectoplasma. Por supuesto, estos serán trucos elementales, vistos desde la
altura de la literatura, pero a ellos no fueron ajenos los grandes escritores. Y sin duda
habrá más y más posibilidades para esto. Los intentos que se han hecho hasta ahora de
hacer novelas interactivas no me parece que abran muchas posibilidades. Son reducciones,
depreciaciones del texto como las que se dan cuando la gran novela es filmada y convertida
en una simple aventura: toda la riqueza virtual imaginable se reduce al concretarse: toda
determinación resulta una negación. Si el libro puede cambiar de finales y argumentos,
si el asesino puede ser otro sin decaer, el autor no ha hecho una gran creación. Siempre
se ha podido cambiar una frase de un poema, copiarlo con alguna alteración para
enviárselo a una novia: pero no creo que esto represente una forma de lectura que pueda
convertirse en un genero o una forma paradigmática, ni que represente una ruptura con la
pasividad postulada a veces del lector convencional.
La voz y el
signo
La presentación anterior encuentra su
lógica si se advierte que la discusión acerca de la amenaza al libro por los nuevos
medios parece partir de una valoración del texto en cuanto texto escrito, al que se
atribuyen especiales virtudes intelectuales que se contraponen a la inmediatez acrítica
de la imagen, usualmente vista a partir del modelo de la televisión. El computador, por
su dependencia de la pantalla y su facilidad creciente para representar imágenes
diferentes a los textos, parecería estar más cerca del televisor que del libro.
Sin embargo, no es así: la diferencia
fundamental está entre la palabra y la imagen. Y la palabra es el mundo del libro, del
computador, del radio y por supuesto, de la conversación diaria. La imagen, supuestamente
omnipresente en nuestra cultura, apenas existe como un elemento complementario en el libro
(en especial en los de tiras cómicas) y sus variantes y en el computador: es en el arte,
la fotografía, el cine(sobre todo el cine mudo) y la televisión, y en la vida diaria, en
la contemplación del paisaje, la mirada embelesada de un rostro, la identificación de
todas las estructuras de una ciudad, con sus edificios y sus señales, donde domina la
representación no verbal de la realidad. La escritura es apenas un pequeño truco
pragmático, que sirve para recordar lo que es fundamental: las palabras que hacen parte
del lenguaje. El lector evoca el sonido de las palabras: lo escrito es simplemente una
forma de oír de memoria. Incluso en las escrituras ideográficas, donde la misma imagen
representa un concepto igual pero diferentes palabras de idiomas distintos -por ejemplo
chino y japonés- el lector evoca el sonido de la palabra en su idioma propio.
Y el libro, en lo que tiene de
perdurable, se distingue justamente porque es un mecanismo para recordar un discurso
verbal. El papel de la imagen es casi siempre secundario o reemplazable. La vida del
hombre siempre está llena de impresiones visuales, de imágenes, y a veces la palabra
trata de describir la visión o la visión se inspira en la palabra, El poeta romántico
salía, con su libro de notas o sus textos poéticos, a ver el paisaje que la literatura
revelaba o valoraba. La conversación, el lenguaje oral, está lleno siempre de
referencias a formas visuales. Así ha sido siempre, y lo novedoso de nuestros días no es
que haya más imágenes en la vida de cada uno, sino que hay más imágenes producidas
mecánicamente, como hay más palabras inscritas en un papel o en un sistema de
diferencias de voltaje en un disco duro: hay más duplicados de la imagen mental o de la
voz.
Y el libro, primero de papel y ahora de
electrones presentes o ausentes, nunca ha dejado de incluir la imagen, desde los
manuscritos iluminados hasta los discos de multimedia. Pero solo muy excepcionalmente es
la imagen la materia esencial del libro, sobre todo si descartamos aquellos casos
puramente referenciales, como los libros sobre arte, paisaje u objetos.
Si el lenguaje es el contenido del libro,
¿cuáles son las implicaciones de esto? Las que se derivan de las características
propias del lenguaje: la posibilidad de uso de conceptos, de un sistema de argumentación
y de una retórica discursiva, así como todas las que tienen que ver con el uso
metafórico y sonoro del propio idioma y que constituyen la base del juego o el engaño
literario.
La imagen va por otro lado: con ella
pueden hacerse muchas cosas, pero no puede argumentarse, construirse una secuencia
conceptual, no puede hacerse un soneto.
Si esto es así, lo que importa no es la
base material del libro, pues sobre papel o sobre electrones lo que se registra o inscribe
es siempre un discurso verbal. La amenaza al libro no proviene entonces del computador,
sino de lo que pueda conducir a abandonar el texto: el predominio de una sociedad
entregada al entretenimiento puramente musical o visual, el deterioro de la capacidad de
leer textos complejos, la perdida de interés en el texto que escucha su propia realidad
material y se convierte en poesía y la atención exclusiva a la voz puramente referencial
o informativa.
Otra cosa es la polémica entre libro e
imagen: sin duda, el libro, por su relación con el texto y con la palabra, representa un
proceso más cercano del pensamiento critico y del razonamiento. Por ello es importante,
desde el punto de vista de una ciudadanía más independiente y critica, y de una sociedad
democrática, el mantenimiento de la lectura critica, y de la lectura frente a la
información esencialmente visual. Pero la imagen es el núcleo de la experiencia
estética, y como tal hace parte esencial del desarrollo del individuo, y en cuanto tal,
es también parte central de la formación cultural en una sociedad democrática.
Tanto el texto como la imagen pueden ser
elementos de procesos de manipulación, más fuertes desde el momento en que ciertos
medios de comunicación comienzan a hacer parte de imperios industriales con intereses
diferentes a la circulación de la información, la palabra o la imagen. la diferencia
entre la lectura y la mirada del espectador audiovisual, está en que el aprendizaje del
pensar, en la especie humana, se deriva esencialmente de la palabra, y por ello la lectura
seguirá siendo prioritaria mientras se considere prioritario el mantenimiento de una
sociedad basada en sujetos capaces de un pensamiento autónomo y libre.
Esto es justamente mas critico en cuanto
en nuestras sociedades el aprendizaje de la lectura no se había instaurado plenamente,
cuando comenzó a establecerse, sobre el peso tradicional de lo oral y de la imagen, el
dominio de la radio y la televisión. Por lo tanto, el espectador no ha hecho el
aprendizaje de los procesos que le permitan manejar el mundo de la imagen con elementos
críticos y con algún grado de control. Por ello, también pueden ser más grandes los
riesgos de que su uso del computador sea relativamente superficial.
La disponibilidad ilimitada del texto
puede invitar a la saturación, conducir a una lectura enciclopédica, como la del
autodidacta de Sartre, que leía los autores en orden alfabético. Frente a la pantalla
del computador, el nuevo lector puede gastar todo su tiempo en recorrer el mundo para
encontrar el artículo que le falta, la lista que complete sus listas, sin tener nunca
tiempo de leerlos: lo mismo que muchos de los grandes coleccionistas de libros de antaño.
que a veces reunían miles de textos sobre un tema pero no podían decidir cual valía la
pena leer. Puede, igualmente, optar por los estímulos sucesivos e inconexos, e ir
perdiendo la capacidad para los argumentos complejos y sostenidos. Finalmente, el
computador ofrecerá, frente a la lectura, una invitación continua a la narración
cinematográfica, con su capacidad para atraer una atención menos exigente y descansada
que el texto, cuyo valor es en muchos casos inseparable de la dificultad.
Tiendo a creer que el problema no es la
tecnología sino la necesidad social que la alimenta. Es la vida moderna la que da
prioridad a la diversión y a la recreación, en una ética de superficial hedonismo. La
literatura ha estado siempre rodeada de subliteratura, de libros de vaqueros, policiales
del montón, comics. Por supuesto, podemos tratar de incluirlos en algún argumento
critico -muchos de los debates promovidos por el postmodernismo van en esta dirección-
para mostrar que la valoración superior de Balzac o Cervantes es un prejuicio elitista.
Pero sobre esta base no hay manera de evaluar. Y siempre ha habido imágenes, y siempre ha
estado el deporte, o los paseos al río, o la música. Y no hay muchas evidencias de que
existan realmente cambios de fondo en las formas básicas de actividad intelectual ligadas
a la lectura: cambian los gustos, los intereses, las intensidades, pero los cambios de las
herramientas me parecen derivarse de una proyección al instrumento de lo que su uso
revela, de cambios en las costumbres originados en otros proceso sociales.
Por supuesto, hay un gran cambio en el
procesamiento industrial de los bienes culturales: el texto y la imagen nos llegan a
través de un sistema industrial sujeto a reglas crematísticas. El libro no estuvo sujeto
en forma muy perturbadora a esto: aunque las grandes editoriales promovieron los
best-sellers subliterarios, nunca se dejó de publicar lo que tenía calidad. El genio
desconocido que nunca encuentra editor es una imagen romántica y de consuelo, pero los
grandes libros rechazados por un editor encontraron siempre otro. El lector tenía un
abanico diversificado, en el que podía tener gustos claramente minoritarios. No importa
mucho que un libro de Heidegger o Wittgenstein haya tenido una edición de 1000
ejemplares: encontraba sus lectores en todo el mundo y sus lectores encontraban el libro,
y su influencia en la construcción de la cultura era mayor que la de los 5000000 de
ejemplares de Corin Tellado. La imagen industrial (la televisión, sobre todo) es
diferente: sólo se publica lo que tiene un mercado masivo: puro Corin Tellado o si acaso,
Emil Ludwig, en los llamados canales culturales de la televisión. Puede resultar
preocupante la posibilidad de someter ideológicamente al mundo, de reemplazar las
presuntas riquezas culturales de la diversidad por una homogeneidad generada en Hollywood
o por un mandato político que se aprovecha de la capacidad manipuladora del formato
informativo de la televisión. Yo creo que esto pasa en parte, pero no comparto las
visiones muy apocalípticas, ni las atribuiría exclusivamente al medio televisivo :
el periódico, con sus exigencias de circulación masiva, tiene los mismos riesgos y
enfoques. Y sin embargo, ni la TV ni los periódicos light pueden convertir a la gente en
zombies robotizados que votan por quienes quieren sus dueños. Son una gran influencia,
pero hay otras. Y en este campo, las nuevas tecnologías, sobre todo Internet, van a crear
nuevas posibilidades de redes minoritarias, de contactos entre grupos afines que no
podían superar las barreras económicas para publicar un periódico o tener un canal de
televisión.
Por otra parte, el problema no es lineal:
siempre han coincidido en forma simultánea y paralela diferentes actividades, distintos
tipos de acción. Esto es lo que ocurrirá probablemente, si alguien puede pronosticar: el
computador se usará para la frivolidad y también para la lectura critica y compleja.
Quienes han disfrutado de ella han sido siempre una pequeña minoría, y una de las
promesas más radicales de la ideología del progreso en el siglo pasado fue construir
sociedades en las cuales todos disfrutarían de la literatura y el arte.
Esta utopía igualitaria no parece tan
cercana, pero todavía el número de lectores crece, sobre todo en países donde, a
diferencia del nuestro, existe la escuela y donde la familia reproduce aún el interés
por la lectura.
¿Pero perdemos algo si el texto es
desplazado por formas no conceptuales de placer electrónico?,¿Si nuestros jóvenes
abandonan el texto para dedicarse a los videoclips musicales y a las películas de
acción? Por supuesto que sí: y lo que está en cuestión no es el formato material, el
libro, el soporte del texto: es la supervivencia de la palabra, es la vida de la palabra,
es la poesía. Si nuestra sociedad acaba optando por la cultura light, la frivolidad, los
cantantes de moda, las telenovelas y sus actores, las presentadoras de televisión, las
reinas de belleza y los futbolistas, como representantes de la vida creativa,
evidentemente habremos perdido. Pero no me parece que haya mucho riesgo: esa vida
cultural, que llena parte importante de la llamada cultura juvenil, ha existido siempre, y
simplemente se está reemplazando por nuevas figuras. En mi infancia la mayoría, la casi
totalidad de mis contemporáneos estaban más interesados en Sabu que en Kafka, en Tintan
que en Swift, en María Felix o Maria Antonieta Pons que en Shakespeare, en las
"cuadros" de recortes de cine que en Picasso. Hoy les interesa Madonna o
Shakira, o Melrose Place, o Marylin Manson, modas efímeras, que otros reemplazarán.
¿Podemos hacer algo para mantener vivo
el texto? Me parece que es ante todo un problema de calidad de la educación y sobre todo
de política cultural, orientada a mantener una multiplicidad real de opciones: hoy la
inversión del Estado hace estadios y velódromos, apoya grandes espectáculos musicales,
pero invierte en las bibliotecas de las escuelas, los colegios y las ciudades menos de lo
que gasta en jabón para los baños de sus instalaciones. La escuela puede también, como
sugieren algunos comentaristas como Jesús Martín, incluir en su actividad habitual la
discusión de la televisión, el cine, los nuevos medios, así como debe incluir el
análisis de todo lo que conforma la vida de sus alumnos. Aunque estoy de acuerdo en que
hay que hacerlo, no creo que vaya a tener mucho impacto: en una escuela que ni siquiera
enseña realmente a leer, con docentes seleccionados por el mecanismo negativo hoy vigente
-a las facultades de educación entran los que sacan el Icfes más bajo- la esperanza de
que haya gente capaz de hacer una crítica viva de los medios me parece muy remota.
Quizás haya una ventaja: hoy muchos colombianos deben su horror a la lectura a que se
pretendió que la escuela les inculcara, obligándolos a hacerlo, el gusto por ella. Si la
escuela introduce el curso de "telenovelas" o de "televisión"
probablemente terminará haciendo inevitable el aburrimiento de sus estudiantes ante los
nuevos medios.
Al promover la lectura y someter a debate
los medios de comunicación visual, debemos recordar que el texto es la substancia del
discurso crítico, analítico, complejo, capaz de establecer una distancia razonada y
conceptual frente a lo real, mientras que la imagen se presta con frecuencia a la
pasividad, la sumisión y el conformismo. No podemos expulsar la imagen de la cultura,
como quiso hacerlo el Decálogo al imponer la primacía del verbo, sobre todo porque la
imagen es tan creadora como la palabra, pero no debemos contribuir a convertir al texto en
simple pie de foto en un mundo alucinado de imágenes, pues solo la palabra diferencia y
sólo con la palabra existe el razonamiento.
Por ello, la lectura sigue siendo la
actividad esencial para el desarrollo y la formación del individuo y la sociedad. Frente
al contenido más homogéneo del mensaje de los medios, el lector elabora sus propios
caminos, con sus senderos, atajos y encrucijadas individuales, y crea y construye los
ámbitos en los que adquiere sentido su experiencia vital. Frente a la unidimensionalidad
que promueve el consumo masivo de información, el libro permite la coexistencia, la
confrontación y el debate de nociones, convicciones o ideas contradictorias, en un
proceso que configura la capacidad crítica y la autonomía personal. Frente al unanimismo
de un espacio público que apenas esconde a veces bajo su apariencia democrática la
fuerza totalitaria de la manipulación de opinión, el libro es la garantía de que la
verdad se busca en la discusión, el diálogo y la contestación -para evocar los matices
de desafío y de respuesta al diálogo que encierra el contestar- como ocurre desde
que Anaximandro, como lo esbozábamos al comienzo de esta conferencia, creó
simbólicamente la democracia al colocar su libro, no en las manos de los sacerdotes, sino
en el ágora de la ciudad griega, para que todos su conciudadanos participaran con
su palabra y su razón en la búsqueda de la verdad, y no la recibieran de un texto
revelado y sagrado. Frente al entretenimiento, al llenar el tiempo con la reiteración del
juego convertido en gesto mecánico, o con la sucesión emocionante de incidentes de
suspenso visual, el libro sigue invitando a la recreación, en el sentido más
fuerte de que esta palabra, que hace de quien disfruta el libro un creador por propio
derecho.
Finalmente, recordemos que el medio mismo
ofrece algunas perspectivas nuevas, que no podemos menospreciar: no sabemos que inventaran
los usuarios de Internet para generar nuevas formas de diálogo y comunicación, nuevas
comunidades que se unen a través de una herramienta que permite por primera vez, al menos
como pura virtualidad, la edición, abierta a todos, de los escritos de todos. Allí
existe al menos un resquicio, un campo para una forma creadora de guerrilla cultural, que
puede esbozar el camino hacia una sociedad en la que la voz de todos, capaz de creación y
recreación, puede dejarse oír.
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