Ficha bibliográfica
Titulo:
Libros, televisores y computadores: Viejas y nuevas tecnologías de la lectura
Edición original: 15-12-2004
Publicado: Biblioteca Virtual del Banco de la República
Creador: Melo Jorge Orlando

 

LIBROS, TELEVISORES Y COMPUTADORES: VIEJAS Y NUEVAS TECNOLOGÍAS DE LA LECTURA
Jorge Orlando Melo
Bogotá, Abril de 1997
 

CONTENIDO

La experiencia de la lectura tradicional
¿El libro amenazado? La imagen y la televisión
El computador y sus derivados
La voz y el signo

 

 

 

La experiencia de la lectura tradicional

Desde hace algunas décadas muchos observadores del mundo del libro creen que algo peligroso y dañino está ocurriendo. La invasión de las imágenes en los impresos, la fascinación con la televisión y recientemente el auge de pantalla del computador parecen amenazar el dominio de la palabra como núcleo de la comunicación humana. Los niños pasan horas y horas frente a la televisión o el juego de computador o navegando en Internet, y pueden perder todo interés por el libro y la lectura. Los adultos se enteran de lo que pasa en el mundo en la radio y la televisión y pronto buscarán la información que requieren a través de las redes electrónicas. La lectura de placer está desapareciendo porque cada vez menos personas adquieren el placer de la lectura, y la lectura pragmática, la que busca información, noticias, como arreglar un aparato o a donde pasar las vacaciones, es cada vez menos necesaria. Mientras un iletrado de hace 100 años tenía un mundo casi necesariamente limitado a su comarca inmediata, hoy es posible concebir una persona que prácticamente nunca lee y que a través del radio y la televisión conoce todo lo que pasa en el mundo, tanto en el campo de la información de actualidad como en el mismo campo de la cultura. Algo paradójico tenía, a la luz de este problema, el intento de las Escuelas Radiofónicas, que intentaron enseñar a los campesinos colombianos a leer y a escribir por radio y correspondencia: el experimento no generó probablemente muchos lectores nuevos, pero transformó al campesinado del altiplano cundiboyacense en un sector social informado y abierto al mundo de las tecnologías modernas.

Una breve mirada al pasado, a la historia de la lectura y del texto escrito, puede ser útil para colocar este tema en un contexto adecuado. Lo primero que debe señalarse es que el tiempo de la lectura, en la larga historia del hombre, es un breve intervalo, un segundo apenas en el reloj de la evolución. De los dos o tres millones de años que hace que el homo sapiens vive sobre la tierra, apenas ha existido la tecnología de la lectura durante 5 o 6000 años. Y de estos 6000 años, apenas durante 150, y eso en unos pocos países, la mayoría de la gente ha sabido leer. Durante casi toda de su historia, el texto escrito ha sido un objeto sagrado o esotérico, al alcance de una pequeña minoría de sacerdotes, funcionarios y especialistas. Así ocurrió durante toda la antigüedad, hasta que los griegos crearon la idea -simbolizada en la historia de Diógenes Laercio de que Anaximandro, en vez de entregar su libro a los sacerdotes de Delfos, lo depositó en el ágora- de que el libro (es decir, el rollo o volumen de pergamino) podía ser leído por todos los ciudadanos y que a través de él la ciudad, la polis, podía avanzar hacia el conocimiento de la naturaleza, de la sociedad y de los principios últimos del cosmos.

Si en algo la cultura moderna es heredera de la cultura griega clásica es en esta asociación del libro con el conocimiento y con la cultura. Y la aparición de un medio de transmisión de la tradición diferente a la voz, a la comunicación oral, tuvo implicaciones de un radicalismo casi imposible de captar. Un texto podía transmitirse con exactitud, sin deformaciones, a través de las distancias y los tiempos. Ya no era necesario aprender de memoria mitos, fábulas religiosas y poemas, para garantizar su permanencia y su intangibilidad. Y como existía un patrón inmutable, cambiar y discutir el texto del pasado era una nueva posibilidad: el cambio y la acumulación de saber se hizo más fácil justamente porque era posible discutir el texto antiguo, añadirle ideas y comentarios sin modificarlo. El ritmo de cambio técnico y cultural se aceleró bruscamente con el surgimiento del libro, con la posibilidad de transmitir un saber -la geometría, la filosofía, la poesía- de manera rápida y amplia, con la posibilidad de que el maestro tuviera discípulos en todos los sitios y todos los lugares: en vez de los pocos oyentes directos de Sócrates de Atenas, la filosofía estaba al alcance de todos los lectores posibles de Platón o Aristóteles. La Biblioteca- de la cual fue ejemplo supremo la de la Alejandría- aparece como el lugar de reunión del saber humano, como el sitio en el cual las voces sabias del pasado están al alcance de los oyentes del presente.

En Roma el libro y la lectura sufrieron una transformación tecnológica importante: el rollo (volumen) de pergamino o papiro fue dando paso al conjunto de hojas de papel, al cuadernillo (codex), a pesar de que se mantuvieron otros medios de lectura y otros se imaginaron, como el mencionado por Ovidio, que ofrece un inesperado soporte para la escritura:

"Está de acuerdo con la ley y la moral que una mujer decente tema a su esposo y la rodee una guardia estricta...Pero aunque haya tantos guardianes como ojos tiene Argos, uno siempre puede engañarlos si se empeña en ello. Por ejemplo, puede alguien impedir que la sirviente y cómplice lleve sus mensajes en su corpiño o entre su pie y la sandalia? Supongamos que el guardián adivina todos estos trucos. Que entonces la confidente ofrezca su espalda en vez de las tabletas y que su cuerpo se convierta en carta viviente". Ars Amatoria II 613.

Uno puede imaginarse lo divertido de recibir ciertas cartas…

Pero la importancia del paso del libro al rollo tiene que ver ante todo con la posibilidad de que un cambio puramente técnico haya modificado las formas de leer y la relación del lector con el texto : el rollo obliga a una lectura lineal, adecuada para leer una proclama, un mensaje o quizás un poema. El libro o códice, con sus páginas, permite volver atrás, comparar un párrafo con otro, encontrar relaciones entre distintas partes del texto. Y sus márgenes permiten hacer anotaciones : las notas marginales, en las que el autor o el lector inician un diálogo -interactivo ? -con otros lectores. Y el texto se fragmenta en unidades menores, en capítulos o parágrafos, para facilitar estos movimientos, estas formas iniciales de hipertexto.

La Edad Media vio otra vez el confinamiento del libro al lugar sagrado, al mundo de los especialistas, y su tratamiento como un objeto casi religioso. En los monasterios medioevales, los monjes copiaban a mano ejemplares únicos de libros de la antigüedad o de comentarios de sus maestros contemporáneos. El libro recibía una gran valoración, pero pocos tenían acceso a él. En las salas de lectura de las bibliotecas los pocos eruditos leían de pies libros de gran tamaño, de los que sólo existían unas pocas copias en todo occidente, muchas veces encadenados a los muebles o paredes de la biblioteca. El surgimiento de la universidad y el desarrollo del comercio comienzan a romper el confinamiento del libro al convento: los scriptores multiplican las copian de los textos favoritos, y estos salen del convento y aparecen con mayor frecuencia en las casas de los nobles o los comerciantes. Y la lectura pasa del monasterio o la sala escolar, a la casa e incluso a sitios inesperados : Petrarca se preciaba de que leía o ponía a alguien a leerle "cuando me están afeitando, cuando me cortan el pelo o cuando monto a caballo o cuando me alimento".

La lectura era todavía asunto de pocos. Era ante todo la lectura del estudioso, del clérigo, que estudiaba algunos textos con autoridad. En este ambiente se generalizó, para complementar la lectura en voz alta, lo que hoy nos parece casi espontáneo y natural: la lectura silenciosa, apenas moviendo los labios y finalmente realizada sólo con los ojos y el espíritu. Pero coexistía con ella la lectura en voz alta del mensaje a un grupo de nobles iletrados, de un libro de horas, de un texto literario en los idiomas nacionales en formación.

La gran revolución, y al insistir en esto me separo de la visión de muchos de los historiadores actuales, residió en el surgimiento de la imprenta. Yo creo todavía en el saber convencional: la imprenta transformó la cultura al permitir la multiplicación del libro, el paso de unos pocos ejemplares a centenares o, excepcionalmente, a miles de ellos, la ampliación del público a una república de las letras que incluía, para fines del siglo XVI, a centenares de miles de participantes en Europa e incluso en América. Hasta las elegidas de Dios se dedican a la lectura, como puede comprobarlo quien de una mirada a esa serie de pinturas de Zurbarán en San Fernando de Sevilla que uno está tentado a llamar las "santas lectoras": todas tienen su libro en la mano. Abrió también el camino al escritor profesional, dependiente del público y del editor más bien que del autor sujeto a la institución o al patronazgo, del cual no quedan hoy descendientes sino en las universidades.

Esta invención de la imprenta, además de provocar el surgimiento de un nuevo tipo de escritor profesional, dependiente del editor y de su mercado y no del mecenas, estimuló la critica de textos, al aumentar la disponibilidad de los escritos. "Las múltiples copias de un texto lo preservan al dispersarlo. Al no tener que preocuparse ante todo por la preservación de un frágil manuscrito que se deteriora con su frecuente uso, los estudiosos que trabajaban con libros reformularon su papel cultural, que dejo de ser el de guardianes pasivos del texto para requerir una actitud más crítica hacia este." Estuvo también acompañado este proceso por el desarrollo de formas más complejas de comentario al texto: ediciones en varias columnas, para permitir la comparación entre diferentes versiones o lenguas, llamadas y referencias internas, mejores mecanismos de numeración y determinación de un trozo de texto. Y en esto, la forma adoptada por los editores de la Biblia de numerar por capítulo y versículo, u otros procedimientos descriptivos similares, por ser independiente del soporte, es sin duda más eficiente que la simple paginación, que se modifica al cambiar los formatos: tema para diseñadores de procesadores de palabra.

Sin embargo, tercera vez que hago la advertencia, era también un público reducido. La mayoría no sabía leer ni escribir, y esto no era algo necesario para la vida, así cada día fuera más útil. Robert Darnton nos da una idea indirecta del tamaño real del público lector a finales del siglo XVIII cuando refiere como la Sociedad Tipográfica de Neuchatel hizo una "inmensa" edición del Discurso sobre la Enciclopedia de Voltaire : 3000 ejemplares. La cultura escrita se va separando de la cultura oral, pero todavía la república de las letras es muy cercana a la república de la palabra hablada, y sobre todo es muy pequeña. Todo esto tiene consecuencias importantes para la historia de la llamada cultura popular, que es esencialmente una cultura oral, hasta que el texto, que llega de otras capas sociales, comienza a modificarla, con las bibliotecas azules y sobre todo con los textos de devoción. En muchos sitios, la lectura es la recitación de un texto casi único ya conocido. La Imitación de Cristo, el texto bíblico en los países protestantes, dan pie para una lectura en la que el lector probablemente memoriza el texto, y la letra es en buena parte una ayuda de memoria. No se lee para buscar cosas nuevas en esta lectura popular.

Pero pronto se advierte la importancia del nuevo medio para la sociedad. En los países protestantes -donde la representación visual de lo religioso, tan exaltada en la tradición católica, es muchas veces reprimida- surge la idea de que todas las personas deben saber leer y escribir. La idea, claramente moderna, es a la vez tradicional: hay que saber leer para acercarse al único texto, la Biblia. En Suecia, desde el siglo XVII surge el ideal del alfabetismo universal, que se extiende en el siglo XVIII a Estados Unidos, Inglaterra, Francia y que para comienzos del siglo XIX es admitido en los países del centro. Raymond Williams ha señalado el carácter revolucionario -tan importante como la revolución industrial o la revolución democrática del siglo XVIII- del proceso social que llevó a la generalización del alfabetismo.Para algunos historiadores, la transición del XVIII al XIX es muy significativa en la historia de las formas de la lectura. Rolf Engelsing propuso la noción de una revolución de la lectura al fin del siglo XVIII : antes los lectores leían pocos textos -la Biblia, la Imitación de Cristo, una novela favorita- intensivamente, muchas veces. A partir de entonces los lectores leen extensivamente, muchísimos textos distintos, releyendo menos. El escrito dejó de ser sagrado y el mundo se lleno de texto, y mucho texto descartable y efímero, como los periódicos.

No me convence el argumento : ya antes hubo lectores omnívoros y dispersos, y luego persistieron y fueron incluso más las lectores intensivos y cuidadosos, como lo prueba la lectura de cualquier conjunto de biografías literarias del siglo XIX o XX. Lo que cambio fue la cantidad de textos y el número de usuarios -y es posible que haya crecido en mayor proporción el volumen de usuarios livianos- , y con ello el peso de la letra en la sociedad: a partir de esa época se va consolidando una sociedad que es en Europa un mundo del texto, de lo escrito, y en el que el sistema escolar está organizado para preparar a todos para que puedan leer. Ediciones baratas (por los nuevos papeles y las nuevas máquinas tipográficas), formatos más transportables - para leer a caballo, o en el tren, o en bicicleta, según sugiere Gabriel Zaid, o en el baño, único sitio donde según Henry Miller podía extraer "el pleno aroma del contenido del Ulises [de Joyce]" - clubes de lectura, bibliotecas públicas, con préstamo o alquiler, son algunas de las instituciones que apoyaron la parte extensiva de esta transformación, mientras que las grandes bibliotecas nacionales, las universidades y una serie de enloquecidos coleccionistas privados reforzaban el prestigio del libro y su papel como depósito del saber del mundo.

Lo escrito se vuelve importante incluso para quienes no saben leer: la lectura en voz alta permite a los analfabetas escuchar una novela o una lectura edificante, y mantiene una forma de sociabilidad de grupo a la que es ajena en general la lectura, acto cada vez más individual y privado. Los ejemplos europeos son numerosos, pero en Colombia basta recordar los testimonios recogidos por Malcolm Deas sobre la lectura de periódicos políticos en los sitios más remotos del país, o el hábito de leer  literatura en las noches, a la luz de una vela, que parecen haber tenido las madres, que probablemente enceguecieron pronto, de algunos de nuestros escritores, o las lecturas de buenas novelas en los comedores de los internados de hombres y mujeres. En Medellín, durante mi infancia, la radio trasmitía diariamente las novelas españolas que leía, con voz impostada, Luis Pareja Ruiz. La lectura para el analfabeta probablemente ayuda a explicar aún hoy la fascinación que se dice tan colombiana por la radio y por los festivales de poesía y sin duda está detrás de las convenciones retóricas de buena parte de nuestra literatura: los cuentos de Tomás Carrasquilla, por ejemplo, me parecen casi siempre escritos más que para ser leídos, para que alguien los lea. Pero me estoy saliendo del tema.

 

¿El libro amenazado? La imagen y la televisión

Ahora bien, después de 150 años de dominio del texto escrito, y cuando el libro y la lectura, fuera de una élite reducida, apenas alcanzaba a llegar a nuestras sociedades periféricas -recordemos que todavía a fines del siglo pasado probablemente menos del 20% de los adultos podían leer, que en 1964 todavía la mayoría de la población colombiana era analfabeta y que todavía hoy el consumo de libros es marginal, -libro y lectura parecen estar amenazados. El mundo de las imágenes, el universo de las telecomunicaciones, sobre todo la televisión, los sistemas de multimedia y el computador conforman los virus que presuntamente debilitan o incluso amenazan de muerte al libro y la lectura.

Las discusiones sobre este tema, tanto entre quienes se apegan a los gustos del pasado y lamentan la proliferación de la imagen y la pantalla como entre los que se alegran de ella, parten usualmente de visiones poco precisas y delimitadas del problema, y de una confusión entre los distintos procesos en juego, sobre todo al unificar, en un lado de la contienda, por la común pantalla, al computador y el televisor. Además, en el caso colombiano, muchos de los argumentos parten del equívoco de creer que alguna vez aquí el libro tuvo un papel central en la cultura, que alguna vez salimos realmente del dominio de la cultura oral. Por último, se contraponen imagen y libro, en una forma que no es históricamente aceptable.

En efecto, el desarrollo del libro, en sus etapas iniciales, estuvo acompañado, en forma paralela, por una transformación de la imagen artística de la realidad. Los años anteriores a la invención de la imprenta, en la baja edad media, son años de una circulación y presencia vigorosa de la imagen gráfica, del dibujo o la pintura. Y la imprenta no hizo sino incrementar la disponibilidad de xilografías y otras formas de reproducción de la representación plástica de la realidad. No era una competencia al libro: era su complemento, y muchos libros, siguiendo la tradición del manuscrito iluminado, la incorporaban en su composición. El libro con grabados, el libro ilustrado, conforman una parte importante de la producción editorial, y no solo para los niños, que ya no podían concebir, en el siglo pasado, un libro sin imágenes: no se queda Alicia dormida justamente porque no puede ver el atractivo de un libro sin imágenes.

Pero así no sea un factor nuevo, la presencia abrumadora de la imagen en los medios de comunicación, y sobre todo la imagen en movimiento de la televisión, ha creado una situación diferente, que explica los amplios y complejos debates que se han producido desde hace 40 o más años sobre el papel de la imagen en la cultura contemporánea. En relación con el impacto de las nuevas formas de difusión de la imagen sobre la lectura, las líneas de argumentación se mueven en tres direcciones básicas:

a) el predominio de la imagen sobre el texto introduce nuevas formas de visión de la realidad, nuevas formas de pensamiento, una lógica mental diferente, una sintaxis que fragmenta el mensaje, un ritmo acelerado y saltón que excluye las actitudes reflexivas y morosas de la lectura: el espectador es diferente al lector, más pasivo, más interesado por el espectáculo que por la realidad, más indiferente a la verdad del mensaje, más interesado en la capacidad de que una imagen lo sacuda que en el seguimiento de su contexto, en resumen, menos crítico.

b) la televisión es un medio que arrastra la atención del espectador y consume su tiempo. El niño deja de leer -e incluso deja de aprender a leer- por pasar las horas hipnóticamente pegado a la pantalla, mientras que el adulto reemplaza la lectura por la pantalla y el parlante como fuente de información y entretenimiento y,

c) la televisión, al fragmentar el discurso, se presta para la manipulación de la opinión pública y su subordinación relativamente pasiva a los intereses de grandes corporaciones o de otras instancias de poder político.

Las tres afirmaciones son, creo, verdaderas, y sin embargo me parece que están lejos de dejar en claro el problema del destino y el futuro del libro. En efecto, se refieren en general a fenómenos externos al libro, al cual afectan ante todo como competencia por la distribución del tiempo. Esta competencia tendría gravedad sobre todo si pudiera comprobarse que se está dando una disminución en la habilidad simplemente lectora de los individuos: el niño que según el estereotipo crítico no ve sino televisión deja de aprender a leer, tranquila y dulcemente. Pero el mayor tiempo dedicado a la televisión no ha conducido en los países lectores a una disminución significativa y consistente en el consumo de libros o en la visita a bibliotecas. Es difícil establecer las relaciones que se dan entre algunos fenómenos del mundo del libro y el auge de la televisión, aunque lo más lógico es atribuir la coincidencia de hechos en los dos campos -por ejemplo la tendencia a crear un género de libros en los que la imagen es predominante, a buscar formas de composición cercanas a las de las gráficas publicitarias- a un tercer conjunto de fenómenos, que es el de las tendencias centrales de la cultura a promover la subordinación del tiempo libre al consumo de productos masivos de la industria cultural y a la exaltación de una cultura en la que el espectáculo es la forma social dominante de entretenimiento. No es claro que la masificación de la televisión, el incremento del tiempo que dedican las personas a mirarla, haya conducido a una disminución de la lectura, aún si admitimos que el reemplazo del tiempo de lectura por tiempo de televisión tiene consecuencias culturales negativas, a la luz de los argumentos arriba enumerados.

Es posible que en el futuro nuevos desarrollos tecnológicos refuercen la capacidad de atracción y seducción de la televisión, en la medida en que es previsible un mejoramiento muy fuerte de su calidad, al recodificar la información visual en forma digital y mejorar la capacidad de las pantallas. Sin embargo, es muy probable que ya se haya alcanzado un punto de saturación en la mayoría de los usuarios, y que este punto de saturación genere el hastío ante un medio que trata de mantener pegadas a las personas a la pantalla mediante la habituación a narraciones perfectamente previsibles y convencionales, que quizás llegarán a ser aburridamente descodificables por espectadores que han nacido con el televisor prendido. El zapping, con su agitación casi nerviosa, no hace otra cosa que revelar el renacimiento del hastío en quienes han substituido la lectura -u otras formas de contacto humano, como la conversación o el deporte- por el uso del control remoto convertido en expresión artística.

No puede olvidarse, por otra parte, que la televisión y los medios de comunicación afines no pueden prescindir usualmente del componente verbal: un noticiero de televisión puede escucharse, suprimiendo la imagen, en forma casi igual a un noticiero radial, sin perder mucha información significativa: la cara sobremaquillada de una presentadora, o unas imágenes que añaden emoción pero no información, Por el contrario, no es comprensible el relato del noticiero si se apaga el sonido.

En cuanto distribuidor de información, el televisor afecta la lectura del periódico, pero no la del libro o la revista, que se dirigen a intereses muy diferentes del que busca simplemente los titulares del día.

Por supuesto, la televisión tiene ventajas. En marzo de este año salió en el diario El Tiempo de Bogotá un artículo patéticamente cómico sobre ellas. El presidente de una asociación psicoanalítica decía que no había que preocuparse por la violencia o la tontería de los contenidos: según el, si uno tiene unos padres perfectos, comprensivos, que se amen y lo amen a uno, todo está bien, y no hay que temer que la televisión tenga efectos negativos sobre los niños. Uno se pregunta si se le ha pasado por la cabeza que pocas personas tienen esos padres, o que si los tienen, no sería un poco mejor que en vez de desperdiciar el tiempo con basura lo utilizaran en otra cosa. Estudios muy serios, de esos anónimos que llenan la prosa de los reporteros, indicaban en el mismo periódico la gran utilidad de la televisión para que los niños aprendan a conectar aparatos eléctricos. Por supuesto, es cierto que la TV estimula: los niños que la ven, frente a los que no la tienen (aunque curiosamente nunca se compara su impacto con el de quienes se han convertido en lectores tempranos), adquieren un vocabulario más amplio, además probablemente de gran utilidad en nuestro medio, pues alude usualmente al mundo de violencia en el cual sin duda crecerán: el que oiga jugar a unos niños tiene que darse cuenta de como se amplia su lenguaje con la televisión.

 

El computador y sus derivados

La amenaza del computador es en cierto sentido la más paradójica: es posible que el computador amenace al libro, pero simultáneamente revaloriza el texto y la lectura. Como lo señaló Eco, "no se puede aprender a usar una computadora si no se sabe utilizar un libro...La computadora es el reino del escrito, el reino de la civilización del alfabeto". En mi opinión, el computador no introduce cambios radicales en la relación del lector con el texto, al menos en la lectura literaria o discursiva, que es la que usualmente preocupa a los que sienten amenazado el libro por el computador.

El computador es ante todo un nuevo soporte material para el texto literario tradicional, que permanece en esencia inmodificado. El libro se está transformando rápidamente en una delgada lámina plástica llena de chips en la que yo puedo llevarme miles de libros y leerlos como he leído siempre. El lector dispondrá pronto de más libros y mucho más baratos, estará conectado a inmensas bibliotecas, donde podrá ver libros que antes sólo el especialista o el gran coleccionista podía encontrar, o podrá cargar toda su biblioteca personal en el bolsillo, (ya no comprará libros de bolsillo sino bibliotecas de bolsillo). Yo creo que esto ocurrirá pronto, y que el lector de dentro de quince o veinte años no tendrá grandes dificultades frente a esto. Pueden introducirse algunas calificaciones a la afirmación del carácter tradicional del texto en el computador, pero no son importantes. Los libros podrían estar mejor ilustrados, (con videos o, para los libros científicos, con simulaciones y experimentos) sus índices serán mejores, e incluirán, en ciertos casos, la voz del escritor. Pero ya todos podemos escuchar a León de Greiff, a T.S Eliot o a Dylan Thomas, en su propia voz o en la de un actor, y las gráficas, el sonido o los índices no representan una ruptura con el modelo de libro de en papel, y no es de esperar que la forma de leer al poeta, al novelista o al ensayista cambie mucho por la tecnología. No creo, pese a los esfuerzos de muchos historiadores de la lectura por encontrar diferencias fuertes en este campo, que la respuesta del oyente griego a La Iliada sea muy diferente, en razón de la tecnología, a la del lector del siglo XIX con su edición ilustrada o la del que hoy lee una edición en CD-ROM: las diferencias, que son muchas, provienen del contexto cultural, de las experiencias previas con las cuales oímos, leemos y recreamos el texto, y no de la forma técnica.

Muy distinto es el impacto sobre la lectura como fuente de información pragmática. Conectado (a través de un medio electromagnético o de un cable óptico) con otros computadores, el equipo personal nos dará la información que necesitemos, en forma abrumadoramente completa. Los artículos sobre un tema, las tasas de cambio, la lista de películas de una artista, todos los compuestos del carbono, todos los hoteles de Botswana, el mapa de la carretera, las escuelas con televisor del departamento del Caquetá, lo que a uno se le ocurra. En esta función, no solo el computador tenderá a desplazar el libro, sino que el producto se organizará en forma muy diferente: en vez de listas, que es lo que se publica en libros, estaremos frente a bases de datos con posibilidades de búsqueda ágiles y variadas. La información, por lo demás, estará personalizada y disponible en la forma que deseemos: mi computador puede recoger, sin que yo esté atento a ello, las diversas actualizaciones que me interesan y guardarlas para cuando yo decida consultarlas. Pero no veo ningún motivo para lamentar este proceso, que puede hacer menos difícil localizar la información que alguien necesita y la colocará al alcance de una población mucho mayor.

Estos dos desarrollos -el computador y la red como libro y como depósito de información- refuerzan la función de la lectura y de la palabra. Representan una evidente oportunidad y un desafío para las bibliotecas, y por ello la Luis Ángel Arango ha decidido colocar una biblioteca convencional -poesía, novela, ensayo, historia- en la red, y fuera de eso está colocando información -referencias, bibliografías, listas, biografías, estadísticas- sobre Colombia en Internet.

La lectura que combina de ambos procesos -la experiencia del texto y el manejo de una gran información referencial- y que es propia del académico o del investigador encontrará también grandes facilidades en el nuevo entorno tecnológico. El estudioso podrá definir su biblioteca y colocarla en el disco, junto con diccionarios, obras de referencia y programas de manipulación de texto e información, para aprovechar los más diversos mecanismos de búsqueda, ordenación y relación. La lectura tradicional incluía procedimientos para anotar y marcar el texto para recordarlo mejor: una señal de aprobación, un subrayado de formas típicas del autor o de frases notables, una glosa, una corrección o un comentario. O una anotación en un cuaderno de notas o una ficha para seguir una relación con otro texto, definir e indizar el tema, resumir unas ideas, dejar preparada una relectura. La lectura en el computador permite hacer esto en forma mucho mas eficiente. ¿Me recuerda otro texto? Puedo buscarlo y verificarlo inmediatamente. Puedo hacer las notas sobre el texto del libro y luego revisarlas agrupadas en diferentes categorías. Y si entre lo que uno ha definido como su biblioteca básica, sus dos o tres mil libros, no logra verificar la relación, puede, por la red, perseguir un texto en bibliotecas cada vez más grandes.

El texto puede estar ligado a otros elementos no tradicionales. Si soy un experto en José Asunción Silva, puedo reunir todas las citas importantes sobre Silva, las referencias de prensa, las traducciones de sus obras, las diferentes ediciones y versiones. Mucha de la rutina la puede hacer el aparato: verificar si hay diferencias entre una y otra edición, si hay erratas. El texto puede estar marcado, o porque ya alguien ha establecido relaciones, o porque uno mismo va estableciendo las marcas. El usuario actual de Internet ya tiene cierta experiencia de esta lógica de relaciones prefijadas: toda mención de un autor puede permitir verificar los datos de ese autor, su bibliografía; un artículo citado puede llevar al texto del artículo. Pero sobre todo, yo puedo establecerlas, con elementos del contexto y con otros apartes del texto mismo, por razones que yo defino pues dependen de mis propios intereses de lectura. Nada de esto es distinto a lo que existía en la lectura académica tradicional: es simplemente mas fácil, mas rápido y menos sujeto a errores por omisión. Antes se hacían índices para los libros que estaban destinados a ser leídos en forma más académica. Los lectores ingleses de Shakespeare saben que pueden averiguar, en grandes concordancias hechas hace décadas, todos los usos de una expresión particular. Esto hoy lo construye en esencia el computador, y lo construirá para cada persona y para cada uno de los miles de libros que conformen su biblioteca. En el fondo, estamos ante la posibilidad de hacer más activa la lectura, más llena de preguntas, reduciendo los componentes mecánicos que la complementan. Quizás, en términos de sociología de la cultura, el más interesante efecto será la desvalorización de la erudición: impedir que la pura recopilación de fichas siga siendo considerada una actividad creadora, devaluar -pero porque se hace más y más fácil- la indización, los sistemas de referencia. las bibliografías, así como la escritura desvalorizó al memorioso, al que podía recordar extensos poemas, y lo convirtió en personaje casi burlesco.

Para el lector académico, para el intelectual -escritor, periodista, maestro, experto en algo- la otra gran ventaja del computador está en la facilidad de composición del texto, en la cercanía que establece entre los textos con los que se nutre y los que produce, en las posibilidades de presentación y sobre todo con el manejo simple de índices, tablas de materias, gráficas, etc. Son simples facilidades, instrumentos y no medios nuevos, no cambios substanciales: nadie puede saber, al leer un poema o una novela, si su autor sigue usando el lápiz, o tiene una vieja máquina Remington, o trabaja con un moderno computador como el de García Márquez, capaz de verificar si puso bien las bes y las ves y si no se le olvidaron las haches.

Sin embargo, hay que reiterar que todo el esfuerzo académico sobre el texto, al menos sobre el texto literario, se apoya sobre la función y el disfrute original de ese texto literario. Cada tipo de texto tiene una forma de lectura, que no esta determinada tecnológicamente. La lectura del Nocturno de Silva puede ser hecha en voz baja, en voz alta, con los ojos cerrados mientras escucho un actor que lo lee en un disco: la atención al texto literario debe ser muy similar: es un reconocimiento, más o menos lineal del sentido de palabras y de las relaciones entre estas palabras y diversos universos contextuales, que conduce a una construcción, a una reinvención de sentido que se apoya en la experiencia del lector. La lectura de la novela depende de las convenciones narrativas lineales argumentales. Si la leo en el papel o en una pantalla (que hoy no es cómoda, pero esta deficiencia desaparecerá) como lector de novelas, no como profesor del curso de narrativa de la Universidad, sigo una estrategia que no tiene porque cambiar por la tecnología, o solo cambia marginalmente -si me pierdo sobre qué hizo un personaje, encuentro mas rápido el texto exacto que busco, etc-. Lo que quiero subrayar es que la lectura del especialista, del académico en la literatura y las humanidades depende de la existencia del otro lector, del lector que vive con emoción las vicisitudes de los personajes de la novela. En este sentido, la lectura que explota las virtudes del computador (es decir la que hace uso de los recursos de búsqueda, relación, hipertenso), es ante todo un sistema complementario de la lectura del libro, entendido como el texto literario o discursivo, no importa si su soporte es un papel o una pantalla.

Un poco menos claro es el impacto que pueda tener la conformación de una nueva forma de producto complejo, orientada esencialmente al placer o al entretenimiento, y que utilice la posibilidad de enviar múltiples mensajes al espectador. Conectado a diversos depósitos de información, recibirá espectáculos que combinen texto (poco, por supuesto), sonido, imagen, olor, gusto y tacto. Este producto es similar en su función y su estructura a los productos de la televisión, y afecta al libro y la lectura en la medida en que compite por el tiempo y la dedicación de la gente. Pero probablemente substituirá más bien tiempo de otros tipos de entretenimiento con los que compite en forma más obvia, como el cine, el deporte, los juegos de habilidad y rapidez de reflejos en el computador, o la televisión tradicional misma.

Algunos de estos productos se elaboran siguiendo ante todo la sintaxis de la narración cinematográfica, y otros tratan de inventar una estructura literaria que aproveche las ventajas aparentes del computador, más allá de las simples facilidades para ilustrar al máximo un texto: las posibilidades de seguir historias y desarrollos paralelos y divergentes, de permitir una intervención al lector en el avance del argumento mismo. Uno puede imaginar una Rayuela en la que cada vez que el lector toma el libro en la mano, el orden de los capítulos se ha alterado. O en la que al leer la prosa agitada y enguayabada de Lowry, el texto se hace menos definido o sufre de cierta tremulación. Los fantasmas pueden surgir, en medio de la lectura de un texto de horror, en el trasfondo del papel, como marcas de agua que se convierten en ectoplasma. Por supuesto, estos serán trucos elementales, vistos desde la altura de la literatura, pero a ellos no fueron ajenos los grandes escritores. Y sin duda habrá más y más posibilidades para esto. Los intentos que se han hecho hasta ahora de hacer novelas interactivas no me parece que abran muchas posibilidades. Son reducciones, depreciaciones del texto como las que se dan cuando la gran novela es filmada y convertida en una simple aventura: toda la riqueza virtual imaginable se reduce al concretarse: toda determinación resulta una negación. Si el libro puede cambiar de finales y argumentos, si el asesino puede ser otro sin decaer, el autor no ha hecho una gran creación. Siempre se ha podido cambiar una frase de un poema, copiarlo con alguna alteración para enviárselo a una novia: pero no creo que esto represente una forma de lectura que pueda convertirse en un genero o una forma paradigmática, ni que represente una ruptura con la pasividad postulada a veces del lector convencional.

 

La voz y el signo

La presentación anterior encuentra su lógica si se advierte que la discusión acerca de la amenaza al libro por los nuevos medios parece partir de una valoración del texto en cuanto texto escrito, al que se atribuyen especiales virtudes intelectuales que se contraponen a la inmediatez acrítica de la imagen, usualmente vista a partir del modelo de la televisión. El computador, por su dependencia de la pantalla y su facilidad creciente para representar imágenes diferentes a los textos, parecería estar más cerca del televisor que del libro.

Sin embargo, no es así: la diferencia fundamental está entre la palabra y la imagen. Y la palabra es el mundo del libro, del computador, del radio y por supuesto, de la conversación diaria. La imagen, supuestamente omnipresente en nuestra cultura, apenas existe como un elemento complementario en el libro (en especial en los de tiras cómicas) y sus variantes y en el computador: es en el arte, la fotografía, el cine(sobre todo el cine mudo) y la televisión, y en la vida diaria, en la contemplación del paisaje, la mirada embelesada de un rostro, la identificación de todas las estructuras de una ciudad, con sus edificios y sus señales, donde domina la representación no verbal de la realidad. La escritura es apenas un pequeño truco pragmático, que sirve para recordar lo que es fundamental: las palabras que hacen parte del lenguaje. El lector evoca el sonido de las palabras: lo escrito es simplemente una forma de oír de memoria. Incluso en las escrituras ideográficas, donde la misma imagen representa un concepto igual pero diferentes palabras de idiomas distintos -por ejemplo chino y japonés- el lector evoca el sonido de la palabra en su idioma propio.

Y el libro, en lo que tiene de perdurable, se distingue justamente porque es un mecanismo para recordar un discurso verbal. El papel de la imagen es casi siempre secundario o reemplazable. La vida del hombre siempre está llena de impresiones visuales, de imágenes, y a veces la palabra trata de describir la visión o la visión se inspira en la palabra, El poeta romántico salía, con su libro de notas o sus textos poéticos, a ver el paisaje que la literatura revelaba o valoraba. La conversación, el lenguaje oral, está lleno siempre de referencias a formas visuales. Así ha sido siempre, y lo novedoso de nuestros días no es que haya más imágenes en la vida de cada uno, sino que hay más imágenes producidas mecánicamente, como hay más palabras inscritas en un papel o en un sistema de diferencias de voltaje en un disco duro: hay más duplicados de la imagen mental o de la voz.

Y el libro, primero de papel y ahora de electrones presentes o ausentes, nunca ha dejado de incluir la imagen, desde los manuscritos iluminados hasta los discos de multimedia. Pero solo muy excepcionalmente es la imagen la materia esencial del libro, sobre todo si descartamos aquellos casos puramente referenciales, como los libros sobre arte, paisaje u objetos.

Si el lenguaje es el contenido del libro, ¿cuáles son las implicaciones de esto? Las que se derivan de las características propias del lenguaje: la posibilidad de uso de conceptos, de un sistema de argumentación y de una retórica discursiva, así como todas las que tienen que ver con el uso metafórico y sonoro del propio idioma y que constituyen la base del juego o el engaño literario.

La imagen va por otro lado: con ella pueden hacerse muchas cosas, pero no puede argumentarse, construirse una secuencia conceptual, no puede hacerse un soneto.

Si esto es así, lo que importa no es la base material del libro, pues sobre papel o sobre electrones lo que se registra o inscribe es siempre un discurso verbal. La amenaza al libro no proviene entonces del computador, sino de lo que pueda conducir a abandonar el texto: el predominio de una sociedad entregada al entretenimiento puramente musical o visual, el deterioro de la capacidad de leer textos complejos, la perdida de interés en el texto que escucha su propia realidad material y se convierte en poesía y la atención exclusiva a la voz puramente referencial o informativa.

Otra cosa es la polémica entre libro e imagen: sin duda, el libro, por su relación con el texto y con la palabra, representa un proceso más cercano del pensamiento critico y del razonamiento. Por ello es importante, desde el punto de vista de una ciudadanía más independiente y critica, y de una sociedad democrática, el mantenimiento de la lectura critica, y de la lectura frente a la información esencialmente visual. Pero la imagen es el núcleo de la experiencia estética, y como tal hace parte esencial del desarrollo del individuo, y en cuanto tal, es también parte central de la formación cultural en una sociedad democrática.

Tanto el texto como la imagen pueden ser elementos de procesos de manipulación, más fuertes desde el momento en que ciertos medios de comunicación comienzan a hacer parte de imperios industriales con intereses diferentes a la circulación de la información, la palabra o la imagen. la diferencia entre la lectura y la mirada del espectador audiovisual, está en que el aprendizaje del pensar, en la especie humana, se deriva esencialmente de la palabra, y por ello la lectura seguirá siendo prioritaria mientras se considere prioritario el mantenimiento de una sociedad basada en sujetos capaces de un pensamiento autónomo y libre.

Esto es justamente mas critico en cuanto en nuestras sociedades el aprendizaje de la lectura no se había instaurado plenamente, cuando comenzó a establecerse, sobre el peso tradicional de lo oral y de la imagen, el dominio de la radio y la televisión. Por lo tanto, el espectador no ha hecho el aprendizaje de los procesos que le permitan manejar el mundo de la imagen con elementos críticos y con algún grado de control. Por ello, también pueden ser más grandes los riesgos de que su uso del computador sea relativamente superficial.

La disponibilidad ilimitada del texto puede invitar a la saturación, conducir a una lectura enciclopédica, como la del autodidacta de Sartre, que leía los autores en orden alfabético. Frente a la pantalla del computador, el nuevo lector puede gastar todo su tiempo en recorrer el mundo para encontrar el artículo que le falta, la lista que complete sus listas, sin tener nunca tiempo de leerlos: lo mismo que muchos de los grandes coleccionistas de libros de antaño. que a veces reunían miles de textos sobre un tema pero no podían decidir cual valía la pena leer. Puede, igualmente, optar por los estímulos sucesivos e inconexos, e ir perdiendo la capacidad para los argumentos complejos y sostenidos. Finalmente, el computador ofrecerá, frente a la lectura, una invitación continua a la narración cinematográfica, con su capacidad para atraer una atención menos exigente y descansada que el texto, cuyo valor es en muchos casos inseparable de la dificultad.

Tiendo a creer que el problema no es la tecnología sino la necesidad social que la alimenta. Es la vida moderna la que da prioridad a la diversión y a la recreación, en una ética de superficial hedonismo. La literatura ha estado siempre rodeada de subliteratura, de libros de vaqueros, policiales del montón, comics. Por supuesto, podemos tratar de incluirlos en algún argumento critico -muchos de los debates promovidos por el postmodernismo van en esta dirección- para mostrar que la valoración superior de Balzac o Cervantes es un prejuicio elitista. Pero sobre esta base no hay manera de evaluar. Y siempre ha habido imágenes, y siempre ha estado el deporte, o los paseos al río, o la música. Y no hay muchas evidencias de que existan realmente cambios de fondo en las formas básicas de actividad intelectual ligadas a la lectura: cambian los gustos, los intereses, las intensidades, pero los cambios de las herramientas me parecen derivarse de una proyección al instrumento de lo que su uso revela, de cambios en las costumbres originados en otros proceso sociales.

Por supuesto, hay un gran cambio en el procesamiento industrial de los bienes culturales: el texto y la imagen nos llegan a través de un sistema industrial sujeto a reglas crematísticas. El libro no estuvo sujeto en forma muy perturbadora a esto: aunque las grandes editoriales promovieron los best-sellers subliterarios, nunca se dejó de publicar lo que tenía calidad. El genio desconocido que nunca encuentra editor es una imagen romántica y de consuelo, pero los grandes libros rechazados por un editor encontraron siempre otro. El lector tenía un abanico diversificado, en el que podía tener gustos claramente minoritarios. No importa mucho que un libro de Heidegger o Wittgenstein haya tenido una edición de 1000 ejemplares: encontraba sus lectores en todo el mundo y sus lectores encontraban el libro, y su influencia en la construcción de la cultura era mayor que la de los 5000000 de ejemplares de Corin Tellado. La imagen industrial (la televisión, sobre todo) es diferente: sólo se publica lo que tiene un mercado masivo: puro Corin Tellado o si acaso, Emil Ludwig, en los llamados canales culturales de la televisión. Puede resultar preocupante la posibilidad de someter ideológicamente al mundo, de reemplazar las presuntas riquezas culturales de la diversidad por una homogeneidad generada en Hollywood o por un mandato político que se aprovecha de la capacidad manipuladora del formato informativo de la televisión. Yo creo que esto pasa en parte, pero no comparto las visiones muy apocalípticas, ni las atribuiría exclusivamente al medio televisivo : el periódico, con sus exigencias de circulación masiva, tiene los mismos riesgos y enfoques. Y sin embargo, ni la TV ni los periódicos light pueden convertir a la gente en zombies robotizados que votan por quienes quieren sus dueños. Son una gran influencia, pero hay otras. Y en este campo, las nuevas tecnologías, sobre todo Internet, van a crear nuevas posibilidades de redes minoritarias, de contactos entre grupos afines que no podían superar las barreras económicas para publicar un periódico o tener un canal de televisión.

Por otra parte, el problema no es lineal: siempre han coincidido en forma simultánea y paralela diferentes actividades, distintos tipos de acción. Esto es lo que ocurrirá probablemente, si alguien puede pronosticar: el computador se usará para la frivolidad y también para la lectura critica y compleja. Quienes han disfrutado de ella han sido siempre una pequeña minoría, y una de las promesas más radicales de la ideología del progreso en el siglo pasado fue construir sociedades en las cuales todos disfrutarían de la literatura y el arte.

Esta utopía igualitaria no parece tan cercana, pero todavía el número de lectores crece, sobre todo en países donde, a diferencia del nuestro, existe la escuela y donde la familia reproduce aún el interés por la lectura.

¿Pero perdemos algo si el texto es desplazado por formas no conceptuales de placer electrónico?,¿Si nuestros jóvenes abandonan el texto para dedicarse a los videoclips musicales y a las películas de acción? Por supuesto que sí: y lo que está en cuestión no es el formato material, el libro, el soporte del texto: es la supervivencia de la palabra, es la vida de la palabra, es la poesía. Si nuestra sociedad acaba optando por la cultura light, la frivolidad, los cantantes de moda, las telenovelas y sus actores, las presentadoras de televisión, las reinas de belleza y los futbolistas, como representantes de la vida creativa, evidentemente habremos perdido. Pero no me parece que haya mucho riesgo: esa vida cultural, que llena parte importante de la llamada cultura juvenil, ha existido siempre, y simplemente se está reemplazando por nuevas figuras. En mi infancia la mayoría, la casi totalidad de mis contemporáneos estaban más interesados en Sabu que en Kafka, en Tintan que en Swift, en María Felix o Maria Antonieta Pons que en Shakespeare, en las "cuadros" de recortes de cine que en Picasso. Hoy les interesa Madonna o Shakira, o Melrose Place, o Marylin Manson, modas efímeras, que otros reemplazarán.

¿Podemos hacer algo para mantener vivo el texto? Me parece que es ante todo un problema de calidad de la educación y sobre todo de política cultural, orientada a mantener una multiplicidad real de opciones: hoy la inversión del Estado hace estadios y velódromos, apoya grandes espectáculos musicales, pero invierte en las bibliotecas de las escuelas, los colegios y las ciudades menos de lo que gasta en jabón para los baños de sus instalaciones. La escuela puede también, como sugieren algunos comentaristas como Jesús Martín, incluir en su actividad habitual la discusión de la televisión, el cine, los nuevos medios, así como debe incluir el análisis de todo lo que conforma la vida de sus alumnos. Aunque estoy de acuerdo en que hay que hacerlo, no creo que vaya a tener mucho impacto: en una escuela que ni siquiera enseña realmente a leer, con docentes seleccionados por el mecanismo negativo hoy vigente -a las facultades de educación entran los que sacan el Icfes más bajo- la esperanza de que haya gente capaz de hacer una crítica viva de los medios me parece muy remota. Quizás haya una ventaja: hoy muchos colombianos deben su horror a la lectura a que se pretendió que la escuela les inculcara, obligándolos a hacerlo, el gusto por ella. Si la escuela introduce el curso de "telenovelas" o de "televisión" probablemente terminará haciendo inevitable el aburrimiento de sus estudiantes ante los nuevos medios.

Al promover la lectura y someter a debate los medios de comunicación visual, debemos recordar que el texto es la substancia del discurso crítico, analítico, complejo, capaz de establecer una distancia razonada y conceptual frente a lo real, mientras que la imagen se presta con frecuencia a la pasividad, la sumisión y el conformismo. No podemos expulsar la imagen de la cultura, como quiso hacerlo el Decálogo al imponer la primacía del verbo, sobre todo porque la imagen es tan creadora como la palabra, pero no debemos contribuir a convertir al texto en simple pie de foto en un mundo alucinado de imágenes, pues solo la palabra diferencia y sólo con la palabra existe el razonamiento.

Por ello, la lectura sigue siendo la actividad esencial para el desarrollo y la formación del individuo y la sociedad. Frente al contenido más homogéneo del mensaje de los medios, el lector elabora sus propios caminos, con sus senderos, atajos y encrucijadas individuales, y crea y construye los ámbitos en los que adquiere sentido su experiencia vital. Frente a la unidimensionalidad que promueve el consumo masivo de información, el libro permite la coexistencia, la confrontación y el debate de nociones, convicciones o ideas contradictorias, en un proceso que configura la capacidad crítica y la autonomía personal. Frente al unanimismo de un espacio público que apenas esconde a veces bajo su apariencia democrática la fuerza totalitaria de la manipulación de opinión, el libro es la garantía de que la verdad se busca en la discusión, el diálogo y la contestación -para evocar los matices de desafío y de respuesta al diálogo que encierra el contestar- como ocurre desde que Anaximandro, como lo esbozábamos al comienzo de esta conferencia, creó simbólicamente la democracia al colocar su libro, no en las manos de los sacerdotes, sino en el ágora de la ciudad griega, para que todos su conciudadanos participaran con su palabra y su razón en la búsqueda de la verdad, y no la recibieran de un texto revelado y sagrado. Frente al entretenimiento, al llenar el tiempo con la reiteración del juego convertido en gesto mecánico, o con la sucesión emocionante de incidentes de suspenso visual, el libro sigue invitando a la recreación, en el sentido más fuerte de que esta palabra, que hace de quien disfruta el libro un creador por propio derecho.

Finalmente, recordemos que el medio mismo ofrece algunas perspectivas nuevas, que no podemos menospreciar: no sabemos que inventaran los usuarios de Internet para generar nuevas formas de diálogo y comunicación, nuevas comunidades que se unen a través de una herramienta que permite por primera vez, al menos como pura virtualidad, la edición, abierta a todos, de los escritos de todos. Allí existe al menos un resquicio, un campo para una forma creadora de guerrilla cultural, que puede esbozar el camino hacia una sociedad en la que la voz de todos, capaz de creación y recreación, puede dejarse oír.

 


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