|
PLURALIDAD CULTURAL
Lo
anterior se comprendería de mejor modo si se estima que en el período republicano el
país ha sido sometido a una metamorfosis continua por el entendible afán de superar el
anacronismo frente al mundo. Metamorfosis que ha generado una pluralidad cultural que sin
embargo no ha producido todavía el sincretismo necesario para el apaciguamiento y la
gracia propias del reconocimiento cultural.
Al
sustrato no siempre desvanecido de la "hispanidad criolla" propia del
virreinato, Colombia ha sumado la dramaturgia propia de la mimesis de lo inglés, de lo
francés, de lo alemán en el siglo pasado, y de lo norteamericano en el presente siglo,
en especial tras la dura lección de la secesión de Panamá.
Como
dicha mimesis ha ocurrido en la punta de la pirámide social antes que en el conjunto de
la nación, el aprendizaje ha sido imperfecto y además ha creado desgarramientos en la
identidad colectiva. Quien mejor ha descrito dichas tensiones en una expresión que
siempre resultará ineludible ha sido el poeta Juan Manuel Roca, que en su libro Nacionalidad
para Armar dice:
"Quizás
me vuelva reiterativo, pero voy a complementar algo ya expresado. Hace unos días hablaba
con una amiga española y le decía que en Colombia no hay una identidad nacional, porque
la aristocracia quiere ser inglesa, la burguesía francesa, la clase media norteamericana
y el pueblo mejicano. Ella abrió sus empozados ojos de un azul de piscina y me inquirió
: żY nadie quiere ser español? Yo le dije que sí, que todos: aristócratas ingleses,
burgueses afrancesados, clase media norteamericana y pueblo mejicano quieren ser
españoles los domingos cuando hay toros. Ese día todos se visten de andaluces" .
Se ha
tratado de un capítulo más bien breve, aunque intenso, de aprendizaje aún incompleto de
la modernidad. Breve, por cuanto dos siglos son relativamente poca cosa en la formación
de las mentalidades colectivas, que en buena medida resultan ancladas más de lo que se
cree en la condición virreinal o escolástica, pese a los pretextos en contra. Intenso,
porque ha ocurrido con la velocidad propia del mundo contemporáneo, a la que se añade el
dinamismo de una sociedad joven que de generación en generación no sólo debe aprender a
aprender, sino también aprender a olvidar. Se trata de un cambio tan drástico en
valores, en espacios de la población y en la relación con la tierra y con el mundo, que
día por día la brecha generacional aumenta y con ello la exigencia de una educación
para la mutación personal y colectiva.
En la
velocidad del cambio no siempre se ha equilibrado el mirar hacia afuera (es decir hacia
los países que son objeto de mimesis) con el mirar hacia adentro (es decir al conjunto de
la población en todos sus grupos étnicos y en todas sus clases sociales). El dilema de
la xenofobia o de la xenofilia quedó registrado de modo clásico en el siglo pasado
cuando Domingo Sarmiento proponía para Argentina extirpar todo rastro del pasado con la
inmigración masiva de europeos, al mismo tiempo que don Simón Rodríguez proclamaba
desde Bolivia que "más nos vale entender a un Quichua que leer a Ovidio".
Tal
dilema no ha sido el único de esa condición precaria que fue denominada en algún tiempo
como "subdesarrollo": en realidad era o es esta una condición de necesidad tal
que todo se trocaba o se trueca en dilemas en apariencia insolubles y no pocas veces en
falsos dilemas: creación de riqueza contra cultura, desarrollo económico contra
desarrollo social, estado contra sociedad, industria contra agricultura, educación
primaria contra educación universitaria, acumulación contra consumo, guerra contra paz
son unos pocos entre ellos.
Con
todo, la pugna más soterrada es aquella que se ha entablado entre la pluralidad de grupos
étnicos y sociales, la tradición hispana y la modernización forzada. Una manifestación
de este conflicto fue el compromiso de "una modernización sin modernidad" como
ha sido denominado el pacto simbolizado por la alianza entre Rafael Núñez y Miguel
Antonio Caro, que gestó la Constitución de 1886. Modernización, porque se adoptaban
algunos elementos del mundo moderno como el desarrollo industrial o técnico, pero
ausencia de modernidad porque ellos se admitían en tanto no disputaran la tradición
española y en particular el orden de creencias y hasta de castas basadas en el dominio de
la tierra propio de la reactualización del hispanismo católico.
No por
azar aquel pacto colocó a la educación bajo el amparo de la Iglesia Católica, en un
acto que contradecía el orden moderno que como se ha dicho supone una separación entre
Estado y creencias religiosas. Y no por azar en el ámbito de la ciencia tardó tanto en
abrirse paso, si es que aún se ha abierto, la teoría de la relatividad y todo cuanto
ella supone, frente a una explicación cosmológica como la de Newton que se había
convertido para Núñez en la mejor metáfora de explicación del orden social. Y no por
azar el problema agrario gravita aún como un lastre sobre la sociedad colombiana, que
aún no ha logrado elevar la industria o los servicios modernos como verdadero centro
ordenador de la economía.
De ahí
la importancia de la Constitución de 1991, cuyos principios se amoldan de mejor modo que
la de 1886 a la diversidad de ecosistemas, grupos étnicos, regiones y creencias
culturales. Y de ahí también la importancia de obrar en una doble dirección: crear una
cultura para la democracia y una democracia para la cultura, en la cual el programa de
cultura, educación y desarrollo es a la vez causa de la democracia, pero también
resultado de ella. Con esto último se quiere significar que su éxito está condicionado
a que exista de verdad una voluntad política conducente a asumir el reto de una
inversión sustancial en la educación, en la ciencia y en la tecnología y en la cultura.
Esta será la prueba de las pruebas.
|