Ficha bibliográfica
Titulo:
Educación y sociedad rural
Publicado: Biblioteca virtual del Banco de la República
Creador: Cataño Gonzalo

 

 

Educación y sociedad rural

 

Gonzalo Cataño

 

 

 

En un medio como éste, la escuela parece una institución extraña, forastera, que viene desde fuera y porta una cultura que sólo adquiere sentido cuando se la observa a partir de la dinámica más general y amplia de la sociedad colombiana: la creciente expansión y dominio del modo de vida urbano. Ello presagia las dificultades de los maestros rurales. A diferencia de sus colegas urbanos, que cuentan con un ambiente afín a la dinámica escolar, con museos, conferencias, bibliotecas, librerías y papelerías, con padres y grupos familiares que conocen el lenguaje y la lógica interna de la educación formal, con medios de comunicación de masas —diarios, cine y televisión—, los docentes del campo deben concentrar su labor en los estrechos marcos del salón de clase. Tienen que luchar contra el mundo rural, contra un milieu ajeno al mensaje escolar; contra un medio donde los padres se sienten impotentes ante los afanes de sus hijos pues no están en posibilidades de orientar sus tareas ni de hacer eco a los esfuerzos del maestro. Algunos inclusive no logran explicarse las dificultades de sus hijos y angustiados se vuelcan contra la escuela afirmando que sus enseñanzas acaban con la capacidad y viveza de los niños. "A veces encuentro a mi hijo como atontado y con dolores de cabeza. Creo que la escuela exige demasiado a los niños sin que su mente esté preparada para ello", apuntó una campesina del municipio de Turmequé. Algo semejante encontró el periodista Castro Caycedo al entrevistar a una mujer de los llanos de Casanare en situación de extrema pobreza que había migrado con su familia a San José del Guaviare (Vaupés): "Ahora estoy aquí aquietada porque al frente queda la escuela de Las Pavas, a donde asisten los tres [niños] mayorcitos. Pero de unos tres meses para acá están sufriendo día y noche de dolores de cabeza porque se forzan mucho para estudiar" [15] .

 

Lo anterior no quiere decir, sin embargo, que las ciegas condiciones económicas de Boyacá hayan encadenado la dinámica de su sistema educativo. Junto a los medios de comunicación y las relaciones de mercado, la escuela es la avanzada de la cultura urbana; la institución que enlaza el mundo iletrado con otro cuya dinámica se desenvuelve alrededor del cálculo, la lectura y la escritura. Y si algunas dimensiones de la estructura social se resisten a su expansión, otras fuerzas, como las políticas, promueven su desarrollo. Así, no obstante el peso de su ruralidad, Boyacá ocupa un lugar intermedio en el volumen de población joven que ha logrado acceder a la enseñanza. A mediados de los años sesenta, el monto de niños que había recibido alguna instrucción alcanzaba el 48%. Como lo indica el cuadro No. 3, que ordena las divisiones administrativas del país según el grado de penetración escolar, por debajo de Boyacá había nueve Departamentos con menor población rural y con mayores penurias educativas. Por ejemplo, Bolívar y Magdalena, con 40% y 46% de población rural —la mitad de la de Boyacá—, sólo el 39% y 38% de los niños y jóvenes de 4 a 14 años había alcanzado alguna educación. Por otro lado, el Valle del Cauca, portador de uno de los porcentajes más bajos de habitantes en el campo, 29%, presenta una tasa de penetración escolar ligeramente superior a la de Boyacá. Ello sugiere que la relación educación y mundo rural no es necesariamente fatal e ineluctable. Otros factores pueden intervenir para socavar antiguas y bien enraizadas situaciones consideradas como inveteradas y de difícil transformación.

 

 

Cuadro No. 3
COLOMBIA: Ruralidad y penetración escolar [1964]

Departamento Población total de 5 a 14 años Población de 5 a 14 años que ha recibido alguna instrucción

%

% de población rural 1

Cundinamarca 769.163 463.260 602 302
Atlántico 203.471 118.319 58 6
Meta 45.364 25.552 56 55
Caldas 429.857 228.325 53 44
V. del Cauca 471.846 248.063 53 29
Santander 278.024 140.376 51 58
Antioquia 724.914 357.644 49 45
BOYACA 318.751 154.161 48 82
N. de Santander 159.756 73.658 46 51
Tolima 246.587 110.897 45 57
Huila 122.097 51.377 42 59
Nariño 196.287 80.760 41 73
Cauca 175.432 68.420 39 78
Bolívar 315.337 122.837 39 40
Magdalena 247.767 94.252 38 46
Córdoba 183.248 54.654 30 68
Chocó 57.481 15.863 28 78

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1 Población dispersa y acentada en concentraciones de menos de 1.500 habitantes.

2 Excluyendo a Bogotá, la población rural de Cundinamarca es de 74%, y la población que ha recibido alguna instruccción entre 5 y 14 años alcanza el 53%. FUENTE: DANE, XIII censo nacional de población: resumen general (Bogotá, 1967), pp. 33-37, 41 y 86-98.

 

Para el caso de Boyacá, estos relativos progresos en medio de la miseria de la educación rural nacional, están asociadas con viejos y persistentes esfuerzos de las elites regionales por llevar el mensaje escolar a los más alejados rincones de su territorio. El proceso comenzó en 1925, cuando el joven pedagogo y activo dirigente de la educación boyacense, Rafael Bernal Jiménez (1898-1974), emprendió una agresiva política dirigida a mejorar la enseñanza de su Departamento. En calidad de secretario de Instrucción Pública, fundó escuelas, nombró maestros y creó un clima favorable para la discusión y realización de innovaciones pedagógicas. Con la ayuda de pedagogos alemanes, promovió en 1932 la fundación de la Escuela Normal de Varones de Tunja, que durante los diez años siguientes se convirtió en el modelo de formación de docentes para la enseñanza secundaria en todo el país [16] . Bernal Jiménez logró, además, comprometer a los grupos políticos de la región con su cruzada escolar, grupos que al momento encontraron en la expansión educativa una forma rápida y socialmente aceptada de enriquecer el débil aparato ocupacional del Departamento. Estas afinidades, que terminaron alimentando el orgullo regional, se manifestaron con toda su fuerza en 1952 con ocasión de la reubicación de la sección masculina de la recién desmembrada Normal Superior de Bogotá. Boyacá, que en la época tenía a uno de sus líderes al frente del Ministerio de Educación Nacional, salió avante en el forcejeo, hizo trasladar con diligencia la antigua institución a su capital provincial, y al poco tiempo abrió las puertas de la Escuela Normal Universitaria de Tunja, que años después se convirtió en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. A ella le siguió la apertura de Normales en varios municipios que han hecho del Departamento un tradicional "exportador" de docentes a diferentes partes del país. Ahora cuenta con 19 Escuelas Normales, 16 de las cuales son sostenidas con recursos del Estado, que gradúan cada año un número no inferior a 200 maestros [17] . Esta producción ampliada de docentes ha llevado con frecuencia a que Boyacá sea motejado en los medios pedagógicos con el calificativo de "tierra de educadores"; o como lo dijo un piadoso cronista de los sucesos educativos de la comarca, "uno de los estilos del pueblo boyacense es su misión de enseñar" [18] .

 

Los niños y las escuelas

 

La escuela rural influirá permanentemente en el perfeccionamiento de las costumbres, ajustándolas a las normas de la moral cristiana, de la higiene, de la habitación y de los alimentos.

Reglamento de la Escuela Boyacense

 

Los planteles escolares

 

El impacto del entorno se hace más claro cuando se estudian las condiciones materiales y "espirituales", las condiciones humanas, dentro de las cuales se ofrecen los servicios educativos. En 1969 Boyacá contaba con 1.466 escuelas rurales y 1.967 aulas [19] , esto es, la mayoría de los locales no disponían de más de un espacio cubierto para las labores docentes y el trabajo de los niños. El 26% de los establecimientos apenas brindaba los dos primeros grados de la enseñanza elemental, el 39% procuraba hasta el tercero, el 18% hasta el cuarto y sólo un 15% de ellos disponía de la primaria completa. Al frente de estas instituciones había 1.883 maestros, una relación de 1.3 por escuela, hecho que reflejaba la soledad y aislamiento en medio de los cuales realizaban su faena los agentes de la cultura escolar. La situación en las cabeceras municipales era bien distinta: allí había 392 locales con 1.702 aulas (cuatro salones por establecimiento), y 1.664 profesores —cifra que anuncia un promedio de cuatro maestros por escuela.

 

Estas limitaciones presagian las condiciones físicas de las instituciones. Las mismas estadísticas de la Oficina de Planeación Departamental califican de "regulares" y "malos" al 80% de los establecimientos. Sólo el 6% de ellos contaba con luz eléctrica y el 5% con sanitario; el 64% tenía servicio de agua, pero no se especificaba si se trataba de un pozo, de un aljibe o de agua corriente. La experiencia mostró, sin embargo, que el caso más frecuente era el de escuelas con pozos donde los niños se "refrescaban" y tomaban agua con sus propias manos. Un alto porcentaje, el 76%, contaba con habitación para el maestro, de cuya dotación no hablan las estadísticas oficiales, pero dadas las penurias de las escuelas no era difícil imaginar sus privaciones. Generalmente los maestros las usan para descansar o guardar sus pertenencias o algunos utensilios de la escuela.

 

La escuela típica consta de un salón donde un maestro atiende simultáneamente 30 ó 35 niños distribuidos en dos o tres cursos. En las paredes hay almanaques, mapas, imágenes religiosas, retratos de los próceres de la Independencia y algunos materiales de enseñanza que el profesor ha ido acumulando al cabo de los años. El mobiliario se compone generalmente de una mesa donde el maestro se reclina y coloca sus libros, de seis o siete bancos de dos y tres metros de largo que sirven de asiento y distribución de los niños y de uno o dos tableros. Los bancos son de la misma altura y allí se instalan los alumnos de diversa edad y estatura, tendiendo los más pequeños a trabajar de pie o de rodillas sobre el asiento. Los locales tienen dos puertas e igual número de ventanas que iluminan el aula. Afuera está el pozo y el patio para el recreo con facilidades para organizar partidos de fútbol o de baloncesto. Y como en sus hogares, los niños hacen sus necesidades en la huerta o en el montículo vecinos.

 

En las regiones más deprimidas y alejadas de los centros urbanos, las escuelas presentan todavía mayores adversidades. En el municipio de San José de Pare, se encontró una escuela con un tablero y unas bancas que funcionaba en un antiguo y abandonado caney, el típico cobertizo de paja sin paredes empleado para secar tabaco. Cuando en 1969 el ya citado Castro Caycedo pasó por el municipio de Pisba después de un largo viaje a caballo desde las sabanas de Casanare, no encontró mobiliario alguno en la escuela. "Algunos niños —escribe—, estaban sentados en el suelo inclinados sobre un tronco de árbol que les servía de pupitre. Otros habían salido al frente y arrodillados, con un codo apoyado sobre el piso, trazaban las vocales sobre la tierra con puntillas o pequeños palitos. Una vez acabada la tarea, barrían la superficie y la dejaban lista para un nuevo ejercicio. [Los alumnos] sólo tenían un cuaderno para todo el año, y como costaba tanto y había que ir tan lejos a traerlo [apenas] se hacían en él muy de tarde en tarde algunas sumas o palotes que eran guardados por sus padres como recuerdo" [20] .

 

Los niños no parecen incomodarse con las deficiencias de la escuela. Para muchos de ellos sus viviendas no son mejores. Como lo muestra el cuadro No. 4, los servicios modernos apenas existen en sus hogares. A ellos no ha llegado la electricidad, el inodoro, la ducha y el agua corriente. Según la misma fuente, el censo de Edificios y Viviendas de 1964, el 78% de las casas

 

 

Cuadro No. 4
BOYACA: Servicios y condiciones sanitarias de las viviendas rurales permanentes [1964]

Servicios

No. De viviendas

%

Con agua corriente

13. 621*

9.0
Con inodoro 3.299 2.0
Con baño 3.483 2.0
Con letrina únicamente 6.809 4.0
Con alumbrado eléctrico 4.411 3.0

* Total de viviendas: 152.934. FUENTE: DANE, II censo nacional de edificios y viviendas: resumen general (Bogotá, 1968), pp. 158-159.

tenía sólo uno o dos cuartos. "Por regla general —escribió Fals Borda—, el boyacense no tiene [en su parcela] sino una sola estructura de adobe o bahareque, techo de paja, piso de tierra y sin ventanas, en la cual se alojan su familia y algunos animales domésticos. La vida social se desarrolla en la mayor parte en la cocina y en el corredor, pues no hay sala ni muchos muebles" [21] .

En estas condiciones es difícil esperar que la escuela pueda cumplir satisfactoriamente con los objetivos de la enseñanza primaria relacionados con la formación de hábitos de higiene y de protección de la salud. Además, las viviendas y el ambiente que las rodea son poco propicios para adelantar tareas y ejercicios escolares. Las mesas para leer y escribir, los libros y revistas, y los lápices y cuadernos son objetos extraños. Es un lugar para comer y dormir; para el reposo de los mayores que laboran durante el día. Ante este escenario, se entiende por qué la escuela, no obstante sus carencias, puede ser un descanso y un lugar cálido para los niños: allí tienen oportunidad de evadir por algunas horas los tediosos oficios infantiles del campo y dar rienda suelta al esparcimiento lejos de la severa mirada de los padres. Y a pesar del látigo magisterial —una prolongación del azote de los progenitores—, entre sus iguales los niños tienen ocasión de conocer la camaradería y el espíritu de solidaridad e independencia [22] .

 

La educación rural de Boyacá es una empresa sostenida por el Estado. Las instituciones privadas, tal como se las conoce en las áreas urbanas, no tienen allí posibilidad de realización. Los grupos que asisten a la escuela veredal no están en capacidad de sufragar derechos de matrícula o de hacer inversiones en sus hijos que superen las estrictamente necesarias vinculadas con la alimentación, el vestido y en caso extremo, la salud. Los planteles dependen de los municipios —entidad que debe proporcionar el local y la dotación requerida para su funcionamiento—, y del Departamento y la Nación que sufragan los maestros. Dadas empero las tradicionales dificultades fiscales de los municipios y los tediosos trámites que acompañan las solicitudes, se ha hecho corriente en los últimos años la donación del terreno por particulares y la erección de los locales por el trabajo concertado de los moradores de la región. Ello ha servido como mecanismo de presión de las comunidades para el nombramiento de maestros y, al final, como expresión directa de un interés, poco extendido en el pasado, por la educación formal entre los campesinos pobres [23] .

 

Los niños

 

Al comienzo de 1969 la matrícula de las escuelas rurales ascendía a 85.336 alumnos, de los cuales el 53% eran hombres y el 47% mujeres. Su distribución era bastante desigual. El 47% estaba en el primer grado, el 28% en el segundo, el 15% en el tercero, el 7% en el cuarto y el 3% en el quinto. En otras palabras, la educación rural de Boyacá es todavía un sistema a medias: sólo trabaja con los primeros grados de la enseñanza elemental. Como se apuntó en otro lugar, la mayoría de las instituciones apenas ofrecen los dos primeros grados, hecho que las convierte en una de las fuentes más notables de deserción escolar. El mismo sistema se encarga de expulsar a los niños después de que éstos han cursado o repetido el primer y segundo grados. Y si se recuerda que una escolaridad que no supere el segundo año es propensa al analfabetismo, es fácil concluir que buena parte de la inversión en educación resulta al final vana e inútil.

 

¿Qué edad tienen los escolares de Boyacá? Por disposición del Ministerio de Educación Nacional, todo niño debe ser matriculado al cumplir los siete años. El cuadro No. 5 muestra las edades de los alumnos y el grado en el cual se encuentran. La primera impresión que se tiene es que la escuela rural trabaja con una población más "vieja" (ver las cifras subrayadas). El niño de los pueblos y de las ciudades tiende a ingresar más temprano a la enseñanza, y a conservar a lo largo de todo el ciclo primario la relación esperada entre edad y grado escolar. Así, mientras que el 27.5% de los estudiantes de segundo grado de las áreas

 

 

Cuadro No. 5
BOYACA: Edad y curso de los alumnos de la enseñanza primaria [1969]

1r. Grado 2o. Grado 3r. Grado 4o. Grado 5o. Grado
Rural Urbano Rural Urbano Rural Urbano Rural Urbano Rural Urbano
7 años o menos 47.9 38.6 * 10.4 4.2 0.6 0.4 0.1
8 años 26.0 27.3 30.6 23.3 11.8 6.4 1.3 1.1
9 años 13.0 15.4 25.4 26.4 23.7 20.6 8.9 6.5 0.9 0.6
10 años 7.2 10.0 17.0 22.0 26.1 26.0 19.2 18.7 7.6 5.3
11 años 3,1 4.4 8.9 12.0 18,5 21.4 30.1 23.5 17.8 15.2
12 años 1.9 2.7 5.2 8.0 12.4 15.6 23.2 28.4 30.5 29.7
13 años 0.5 0.9 1.7 2.7 4.8 6.6 10.5 14.0 21.5 25.0
14 años 0.2 0.4 0.6 0.9 1.6 2.2 4.7 5.5 13.7 14.7
15 años o más 0.1 0.3 0.3 0.5 0.6 0.9 1.9 2.3 7.9 9.5
Total % 100 100 100 100 100 100 100 100 100 100

* Los porcentajes subrayados indican la edad apropiada en relación con el grado escolar. FUENTE: Estadísticas de la Oficina de Planeación Departamenteal de Boyacá.

 

rurales tiene ocho o menos años, el porcentaje sube al 41% para los estudiantes de los medios urbanos. Con ligeras variaciones estas diferencias se sostienen para todos los grados. La comparación sería, sin duda, mucho más significativa si se dispusiera de datos sobre origen social, dado que las clases medias y altas son más sensibles a la relación edad-curso que los sectores populares. En estos últimos no existe esa punzante sensación de fracaso que acompaña a la clase media cuando encuentra que sus hijos se retrasan —por repetición o deserción transitoria— en sus años de estudio.

 

Los retrasos edad-curso en el campo están asociados con varios factores. Con la migración de la familia de un área rural a otra, con la frecuente repetición de cursos, con el habitual ausentismo escolar por factores económicos (recolección de cosechas), por enfermedades de la niñez (difteria, tosferina, sarampión, etc.), pero también, y no en poca medida, por el sistema escolar mismo. "En las escuelas cuyo personal de primer año sea demasiado numeroso, y en las cuales no existiere más que un maestro para dicho año, se rechazará a todos los niños que no hubiesen cumplido ocho años de edad", dice el reglamento de la escuela boyacense [24] . Es claro sin embargo, que tanto para el área rural como para la urbana, después de los catorce años nadie o casi nadie permanece en la escuela. A esta edad se está asistiendo al amanecer de la adultez en el campo y a la plenitud de la adolescencia en la ciudad, y, cabe recordarlo una vez más, la escuela es una institución diseñada para atender a los niños, para enseñar "las cosas propias de la infancia", según lo apuntó Chaucer en la historia de la priora de sus Cuentos de Canterbury.

 

Continuar

 

 

 

[15] Germán Castro Caycedo, Colombia amarga (Bogotá: Carlos Valencia Editores, 1977), p. 20.

[16] Ver John H. Furbay, Education in Colombia (Washington: U.S. Office of Education, 1946), pp. 47-50; Luis Antonio Bohorquez Casallas, La evolución educativa en Colombia (Bogotá: Litografía Villegas, 1956), pp. 443-455; y Aline Helg, La educación en Colombia: 1918-1957 (Bogotá: CEREC, 1987), pp. 122-127.

[17] DANE, Censo de establecimientos educativos: 1968 (Bogotá: 1970), pp. 30-32. En número de Normales, Boyacá sólo es superado por Antioquia y Cundinamarca. No todos los graduados de las escuelas Normales toman el rumbo de la docencia. Para muchos de sus alumnos es una forma económica de alcanzar la enseñanza secundaria y llegar después a la universidad.

[18] Javier Ocampo López, Educación, humanismo y ciencia (Tunja: Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 1978), p. 203. Ver también el ensayo de Fidel Salazar Reyes, Inserción ocupacional del educador en Boyacá (Bogotá: Ediciones Alcaraván, 1977), p. 17.

El caso de Boyacá muestra cómo los factores políticos y la firmeza de grupos influyentes pueden en situaciones especiales encausar la dinámica de una institución independientemente de sus determinantes económicos inmediatos. Por la acción combinada de grupos estratégicos en las decisiones locales y nacionales, la educación en Boyacá se ha expandido con alguna ventaja frente a otras secciones del país. Siguiendo los preceptos de Max Weber desarrollados para el estudio de la religión, podemos afirmar que de la misma manera que la educación no determina la organización económica de una sociedad, tampoco ella es una simple función de las demandas materiales dentro de las cuales se desenvuelve. Posee una autonomía relativa que se afirma y toma cuerpo en la medida en que se relaciona con otras esferas de la vida social —de la política en este caso. Ver Max Weber, Ensayos de sociología contemporánea (Barcelona: Martínez Roca, 1972), p. 328.

Admitido esto, no se debe olvidar sin embargo, que la educación toma siempre la coloración del medio que la rodea. Si es verdad que las voluntades organizadas son capaces de promover procesos en una u otra dirección, también lo es que estos procesos no logran evadir las condiciones de su entorno —a no ser, por supuesto, que los reformadores se propongan también la transformación radical de este último. A pesar de que la educación rural se rija por los mismos programas y contenidos de la educación urbana, las especificidades sociales y materiales que la rodean le imprimen una dinámica particular que la diferencian de la que se ofrece en otros medios. ¿"No vemos —se preguntó Durkheim— variar la educación con las clases sociales y hasta con los medios sociales? La de la ciudad no es la del campo, la del burgués no es la del obrero". Émile Durkheim, Educación y sociología (Bogotá: Editora Babel, 1976), pp. 65 y 137.

[19] Las estadísticas de esta sección, casi todas de 1969, fueron proporcionadas por la Oficina de Planeación Departamental de Boyacá (Tunja).

[20] Germán Castro Caycedo, op. cit., p. 101.

[21] Orlando Fals Borda, op. cit., p. 43.

[22] Mucho de esto ya había sido percibido por los socialistas de fines del siglo XIX. En su famoso libro de 1899 La cuestión agraria, Kautsky veía en la escuela rural un instrumento efectivo para salvar al niño de una proletarización y explotación más tempranas. Ver Karl Kautsky, La cuestión agraria (¿Bogotá?: Editorial Latina, s.f.), pp. 399 y 403.

[23] Ver Fidel Salazar Reyes, op. cit., pp. 7-8.

[24] Ver Programas y orientaciones para los maestros de la escuela primaria boyacense (Tunja: Secretaría de Educación de Boyacá, 1962), p. 173. [Citado en adelante como Programas y orientaciones ]