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Educación y sociedad rural
Gonzalo Cataño
Continuación
La repetición y la deserción han
sido una constante en la educación rural de todos los países y Boyacá no es una
excepción a dicha regla. De los 85.336 alumnos matriculados en 1969, 15.913, el 19%,
repetían el mismo grado que habían cursado el año anterior. La mayor frecuencia de
repitentes se encontraba en el primer año, el 57%, y en el segundo que llegaba al 26%. El
restante 17% se lo repartían entre el tercero, el cuarto y el quinto grados. Como se
sabe, este fenómeno está asociado con la falta de establecimientos que ofrezcan el ciclo
primario completo, pero también indica sobre todo para el primer año que la
escuela constituye un cambio brusco en la vida de los niños del campo. Mientras que sus
compañeros de los medios urbanos están familiarizados con el mundo escolar cuentan
con padres, hermanos o parientes con educación, el niño rural tiene algo de Colón
cuando cruza las puertas de la escuela veredal. Es el descubridor de una institución
singular cuya conquista requiere el doble de tiempo del de su homónimo de la ciudad:
necesita de paulatinos y mesurados aprendizajes para hacerse a su cultura y a su modus
operandi.
Este choque cultural se evidencia al
observar los datos de deserción. En 1969 abandonaron la escuela 32.155 niños, el 38% de
la matrícula total la mitad de ellos cursaba el primer año. ¿Por qué desertan?
El cuadro No. 6, que registra las causas de 11.751 escolares, trata de ofrecer una primera
medición de este complejo fenómeno. Allí el universo "espiritual" de los
padres y las demandas económicas vinculadas al trabajo infantil tienen un peso
considerable. Sin embargo, el cuadro ignora píamente los factores relacionados con la
dinámica interna de la escuela. Conocidos factores como la conducta "feroz" de
algunos maestros o la tensión psicológica, emocional y cultural que el salón de clase
crea en los niños y niñas que vienen de medios ajenos a la educación formal, son
dejados de lado a menos que se oculten en el insondable y hermético "Otros
factores" de las estadísticas de la Oficina de Planeación Departamental
[25]
.
Lo mismo ocurre con la ausencia de cupos en los cursos superiores, o más todavía, con la
inexistencia del tercer, cuarto y quinto grados. En estos casos la deserción tiene las
características de una "expulsión" producida por la incapacidad del sistema de
absorber año tras año a sus propios egresados.
Cuadro No. 6
BOYACA: Factores de deserción escolar [1969]
|
Factores
|
Número
|
%
|
|
Poco interés de los padres
|
2760
|
24
|
|
Necesidad de trabajar
|
2557
|
22
|
|
Cambio de domicilio
|
2529
|
21
|
|
Distancias, malas vías y mal estado de la escuela
|
1590
|
13
|
|
Enfermedad
|
1547
|
13
|
|
Otros factores
|
768
|
7
|
|
T o t a l
|
11751
|
100
|
________________________________________
FUENTE: Estadísticas de la Oficina de
Planeación Departamenteal de Boyacá.
La escuela en acción
Toda educación consiste en un
esfuerzo continuo para imponer a los niños maneras de ver, de sentir y de obrar.
Nuestro ideal pedagógico se explica
por nuestra estructura social.
Émile Durkheim
Si estas son las dimensiones
sociales más acuciantes de la educación en las zonas rurales de Boyacá, es necesario
ahora dirigir la mirada hacia el interior mismo de las escuelas a fin de alcanzar un
conocimiento más directo de su funcionamiento. Aquí las estadísticas nacionales y
departamentales, útiles para trazar los rasgos más generales de la dinámica escolar,
resultan de escaso valor heurístico. El estudio de caso y la observación directa son en
cambio las perspectivas más adecuadas para asir el clima del salón de clase y el tono de
las conductas de profesores y alumnos involucrados en el proceso de
enseñanza-aprendizaje. Para ello se ha tomado un par de experiencias de dos municipios
del altiplano boyacense representativas de la parte central y más poblada del
Departamento. Además de ofrecer una pintura de la escuela, del maestro y de sus alumnos,
las descripciones subrayan aspectos relacionados con la organización de los planteles, la
distribución del tiempo y las formas de enseñanza la pedagogía.
La escuela rural
Caracolí
[26]
Pertenece al municipio de Gámeza,
situado en la zona de influencia de la siderúrgica Paz de Río. Según el censo de 1964,
contaba con 759 habitantes en el casco urbano y con 4.978 en el campo, distribuidos en
seis veredas. La mayoría de ellos se dedicaba a la agricultura y a la ganadería propias
del clima frío y a la extracción de carbón para la empresa Acerías Paz de Río. El
territorio de Gámeza es quebrado, y en minifundios de menos de cinco hectáreas
sobresalen los cultivos de papa, maíz, trigo y cebada. El 46% de su población rural es
analfabeta. Cuenta con una escuela urbana atendida por diez profesores y siete escuelas
rurales con nueve maestros. Mientras que la urbana ofrece el ciclo primario completo,
ninguna de las rurales va más allá del cuarto grado. Una de ellas sólo brinda el
primero y el segundo y tres más no pasan del tercero. La escuela urbana tiene 555 alumnos
y las rurales 471. El considerable volumen de la primera se debe a la asistencia de
numerosos niños de las áreas rurales a la escuela de la población. Además, muchos de
los que terminan el tercer y cuarto grados en el campo se trasladan al pueblo para
finalizar sus estudios primarios
[27]
.
La escuela Caracolí, unida a
Gámeza por un antiguo camino veredal, se encuentra a treinta minutos de la población.
Ofrece los tres primeros grados y consta de un salón de clase, de una pequeña cocina, de
una habitación para el maestro y de un patio y cancha de baloncesto. El salón tiene un
área de 40 metros, dos puertas y dos ventanas. Está dotado de una mesa para el profesor,
de un tablero mural, de una pizarra móvil y de ocho bancos de igual dimensión en los
cuales se sientan los niños pegados unos a otros. De sus muros cuelga un mapa de la
división política del país, dos almanaques con paisajes marítimos, una imagen del
Sagrado Corazón y una bandera de Colombia. Junto a la mesa del profesor hay tres varas
delgadas "para señalar los materiales y ejercicios del tablero" apunta la
maestra "y ... para castigarnos", comenta en voz baja un niño de segundo.
La diversa distribución de los muebles dentro del aula busca diferenciar los grados. Los
niños de segundo están cerca del tablero mural, los de tercero detrás de éstos a
cuatro y cinco metros del tablero y los de primero al lado derecho de los de tercero. Un
espacio libre junto al muro permite a la profesora desplazarse con facilidad a uno y otro
lado del salón.
La escuela es dirigida por una
maestra de segunda categoría del escalafón docente, con quinto de bachillerato y nueve
años de experiencia. Vive en el pueblo y diariamente se traslada a pie o a caballo a su
lugar de trabajo. Tiene 30 años, es casada y madre de tres niños menores que deja al
cuidado de una empleada en la cabecera municipal. Sostiene el hogar y al ser interrogada
sobre la ocupación de su esposo se limitó a responder que vivía en el
"Centro". La escuela tiene 47 alumnos, 33 hombres y 14 mujeres. La mitad de
ellos vive cerca de la escuela y la otra "a uno o dos kilómetros de distancia".
Hay 22 niños en primero, 16 en segundo y 9 en tercero, y sus edades fluctúan entre los
seis y los 11 años. Aunque las pequeñas parecen más cuidadosas, en todos los escolares
se nota el desaliño y un uso prolongado de sus ropas. Unos y otros visten gastados sacos
de lana de confección casera, y mientras que las niñas tienden a usar zapatos de
fabricación industrial, los niños llevan la tradicional alpargata boyacense de suela de
llanta. La presentación de la maestra no se diferencia mucho de la de sus alumnos.
Los niños portan sus limitadas
pertenencias en un talego de fabricación casera colgado al hombro. Un lápiz, uno o dos
cuadernos forrados, la cartilla Charry o La
alegría de leer,
conforman la utilería que diariamente llevan y traen de su casa a la escuela. Sobre la
mesa de la profesora se encuentran sus libros de consulta: la Aritmética de
Bruño, la Enciclopedia escolar del tercer año y el Catecismo de la
Conferencia Episcopal. La profesora lleva con descuido y atraso los cuatro libros
reglamentarios de la escuela: "Asistencia", "Calificaciones",
"Matrícula" e "Historia del plantel". En este último se encontraron
los siguientes telegráficos registros para el primer semestre de 1970:
1. Empezamos escuela el 2 de
febrero.
2. Primer centro pedagógico del 1o.
de marzo
[28]
28.
3. Vacaciones de semanasanta
(sic) sábado de dolores (sic) a lunes de pascua.
4. Segundo centro el día sábado o
sea el primer sábado de abril. Llenamos formularios referentes a los alumnos matriculados
por grado, sexo y edades.
5. Reunión extra el día 25 de
abril con el fin de corregir cuadernos y dar datos según libro de registro.
6. Puente ordenado por el
coordinador de escuelas a partir del día 30 de abril a las 5 p.m. al día 4 a las 8 a.m.
A las 10 y 40 de la mañana de un
martes de septiembre de 1970, la maestra ordenó a sus alumnos suspender el recreo para
continuar con las clases. Los niños interrumpieron sus juegos, y atendiendo el orden de
los cursos, los hombres y las mujeres hicieron formaciones separadas. Con las manos atrás
y en fila india se dirigieron al salón observando riguroso silencio, y a poco el aula
adquirió un clima de aliento, sudor y ropa sucia. Ubicados en sus puestos y tras una
breve oración, la maestra anunció a los niños de segundo y tercero que continuaría
desarrollando "las partes de la carta y el telegrama" estudiados el día
anterior. Con el propósito de interesar a su infantil audiencia, habla de la importancia
de saber escribir cartas y telegramas, manifestando que en diversas ocasiones los vecinos
le han pedido ayuda para la redacción de misivas a los parientes lejanos. Mientras motiva
a estos alumnos y les pide recordar los elementos de una y otra forma de comunicación,
nota que los niños de primero están desocupados tendiendo a prolongar su recreo.
Rápidamente se dirige a ellos y les ordena "escribir diez palabras de una sílaba,
diez de dos sílabas y otras tantas de tres sílabas". Les exige a su vez "hacer
silencio y trabajar ordenadamente". Al volver con los grupos fusionados para
continuar con el tema de la epístola, solicita a una alumna de tercero escribir los datos
que van en "la parte superior de la carta".
Al ver que la niña no acierta a
escribir correctamente la palabra "carrera", expresa su disgusto, y alzando la
voz llama a un alumno de primero que a su juicio escribiría "más mejor" el
vocablo. El niño se acerca a la pizarra móvil y sin mayores dificultades traza las
letras que unas tras otras forman la voz "carrera". La maestra gana confianza en
sí misma, deja por unos minutos el tema de la carta y se dirige a los de primero para
observar la marcha de su trabajo. Les pide nuevamente guardar silencio, pero al ausentarse
y continuar con los de segundo y tercero vuelve a sentir las risas y el murmullo de los
pequeños. Ahora sugiere el nombre del médico del pueblo para enviarle un telegrama
pidiéndole remedios para un paciente. A pesar del esfuerzo de la maestra para que los
niños tomen la iniciativa en la forma como debe escribirse la solicitud, es evidente que
ellos no tienen noción alguna de lo que es un telegrama. Esforzándose para que sus
alumnos participen en el desarrollo de la clase, señala a uno de ellos para que escriba
en el tablero la petición al facultativo de Gámeza. El niño escribe lentamente el
dictado, pero al leerlo omite la "c" de "doctor". La maestra lo
corrige y al momento promueve una lectura en coro subrayando la "c" antes de la
"t".
Una vez terminada la redacción del
telegrama, la maestra ordena copiar en el cuaderno de "Lenguaje":
El telegrama es un escrito corto
porque vale mucho; porque cada palabra es pagada para comunicarnos con otras personas. El
telegrama tiene las mismas reglas de la carta: letra clara, buena ortografía y
direcciones precisas. El desenlace del telegrama, el favor que vamos a pedir o lo que
vamos a contar, debe ser corto y bien redactado. En un telegrama se pueden suprimir el
título de la persona y los apellidos de quien escribe. También se pueden suprimir los
saludos.
Después del dictado, la maestra
pide a sus alumnos redactar un telegrama similar al que se encuentra en el tablero.
Enseguida se dirige a los niños de primero que en buena parte han seguido pasivamente la
"lucha" del telegrama. Revisa sus cuadernos, examina las palabras de una, dos y
tres sílabas, une y separa letras e increpa a los niños por sus errores. Ahora son las
11 y 30 de la mañana. Los pequeños escuchan las observaciones de la maestra y sólo por
fuerza de sus airados reclamos aventuran tal o cual respuesta sobre la forma de contar y
separar las sílabas. Para la maestra es claro que a pesar de ser un ejercicio rutinario,
los niños no tienen todavía un manejo adecuado del sonido de las palabras. Sabe que en
la próxima reunión tendrá que volver una vez más sobre el asunto.
Al término de la clase los niños
reciben la orden de guardar sus elementos de trabajo. Se ponen de pie, y por cursos
desfilan silenciosamente hacia el patio. Allí la escuela vuelve a tomar su aire marcial.
Los alumnos hacen formaciones y a poco la maestra les autoriza el regreso a sus casas.
La escuela rural Solano
Depende del municipio de Tibasosa,
situado en el corazón mismo del altiplano boyacense. El 1964 contaba con 6.254
habitantes, de los cuales el 80% vivía en las zonas rurales. Tibasosa limita con Duitama
y Sogamoso, las dos ciudades intermedias más florecientes de Boyacá. Su actividad
económica gira alrededor de pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas, y en menor
medida, del trabajo asalariado en Acerías Paz de Río, ubicada en la vecina población
industrial de Belencito.
Durante los años sesenta, el 35% de
la población rural de Tibasosa de más de 15 años era analfabeta, porcentaje que
disminuía al 20% cuando se trataba del área urbana. En 1969 tenía una escuela en el
pueblo con 554 alumnos atendidos por 9 maestros, y nueve establecimientos rurales con
1.204 estudiantes y 15 profesores. La del pueblo ofrecía los cinco años de la enseñanza
elemental, y de las rurales, dos brindaban la primaria completa. Esto es, frente a
Gámeza, Tibasosa presenta una población más educada y un sistema escolar dirigido a
alcanzar un mayor cubrimiento de sus habitantes.
La escuela Solano está situada a
pocos pasos de la carretera pavimentada Duitama-Sogamoso, a sólo quince minutos de esta
última población. Su planta física consta de cocina con estufa de carbón, vivienda
para el maestro, dos cómodas aulas suficientemente iluminadas, alumbrado eléctrico,
televisión y servicios sanitarios con agua corriente. Tiene, además, un patio para el
recreo de los niños, una cancha de baloncesto y una pequeña huerta para el cultivo de
hortalizas. Brinda los cuatro primeros grados de la enseñanza primaria y está atendida
por dos maestras solteras: una joven con bachillerato incompleto y una normalista de
cuarenta y cinco años. Ambas viven en Sogamoso y su trato y presentación personales
corresponden a los de la clase media pueblerina. Tienen a su cargo 55 niños, que para
efectos de la labor docente, se han repartido equitativamente según el número de alumnos
en los grados primero y tercero y segundo y cuarto.
Un jueves por la mañana de
septiembre de 1970, la maestra encargada de la disciplina ordena a los alumnos hacer
formaciones en el patio. El vestido de los niños es sucio y descuidado y varios de ellos
van descalzos. Una alumna de tercero sale al frente y encabeza la oración de la mañana
seguida en coro por sus compañeros; algunos de ellos bostezan y dirigen sus miradas a uno
y otro lado del patio. La maestra ordena hacer unos minutos de gimnasia y termina la
sesión con un canto a la bandera.
Los niños se dirigen en fila india
a sus respectivas aulas. El salón de primero y tercero está dotado de una mesa y asiento
rústicos para la maestra, de un tablero fijo y grande sobre el muro que separa las dos
salas y de cinco bancos largos de igual tamaño. De sus paredes cuelga un retrato de
Francisco José de Caldas con la leyenda, "Mártir de la Independencia", un
gabinete "Cruz Roja" de primeros auxilios, tres cuadros religiosos, un mapa de
la división política de Colombia y material de enseñanza elaborado por las maestras.
Hacia las 8 y 25, cuando todavía están llegando niños a la escuela, comienzan las
clases en ambos salones. "Algunos de ellos viven muy lejos", apunta una de las
profesoras. Los alumnos de primero se ubican al lado izquierdo del tablero mural y los de
tercero al derecho, separados por un pasillo que facilita el desplazamiento de la
profesora a través del aula.
La primera sección de la mañana
está dedicada a las matemáticas. La maestra sugiere un ejercicio para los alumnos
"más adelantados" de tercero, y a continuación se dirige a los de primero para
repasar la suma y la multiplicación. Les muestra cuatro piedras que coloca sobre uno de
los bancos y frente a ellos comienza a hacer diferentes grupos. Los niños recitan los
resultados de las operaciones, y cuando se han agotado las adiciones posibles 1+3,
2+2, 3+1 se dirige al tablero y les recuerda "la tabla del dos": 2x1 dos,
2x2 cuatro, ¿2x3...? los niños responden en coro: "séééis". Dado que han
comprendido el ejercicio, la maestra ordena continuar la tabla en los cuadernos y regresa
a supervisar el trabajo de los de tercero. Al examinar los ejercicios encuentra numerosos
errores y exclama con enojo: "¡parecen de primero!". Mientras reprende al
grupo, nota que algunos alumnos de primero charlan y se empujan en los pupitres. Vuelve
sobre ellos y les pide orden. Al momento uno de los pequeños levanta la mano y manifiesta
que ha finalizado con la tabla del dos. "Los que han terminado pueden sacar el Catecismo",
señala la maestra.
Ahora son las 9 y 15 de la mañana,
la hora del "descanso". Los niños de primero se quedan en el aula, y siguiendo
instrucciones de la maestra mueven sus brazos de arriba hacia bajo para
"relajarse". Después entona con ellos una canción y comienza a llamar a los de
tercero para que regresen a sus pupitres. Restablecida la armonía en el aula, les ordena
sacar el libro de Lectura para "leer mentalmente". Regresa a los de
primero, escribe una frase en el tablero y les ruega copiarla una y otra vez en los
cuadernos "hasta hacerla bien". La maestra se toma un descanso, observa la
posición de los niños y su forma de escribir, y de tiempo en tiempo recuerda a los de
tercero no leer en voz alta. Minutos más tarde pasan algunos de primero al tablero para
escribir la frase modelo. La profesora corrige, y asiendo con sus dedos la tiza y la mano
de los niños, les ayuda a trazar las letras. Poco después mira su reloj y señala con
satisfacción: "son las 9 y 35, es hora del recreo, ¡guarden todo!". Los niños
improvisan formaciones en los espacios dejados por la distribución de los bancos y luego
de una breve oración se dirigen precipitadamente al patio donde se unen a sus compañeros
del otro salón.
En la escuela Solano, como en todas
aquellas privilegiadas con programas televisados, el trabajo se rige por el horario
establecido previamente por la televisión educativa. En la pared y junto al aparato
cuelga una copia de dicho horario, que la maestra mira con frecuencia para organizar los
materiales de la clase respectiva. Pasados los treinta minutos de recreo, los alumnos de
segundo y cuarto, atendidos por la profesora de más edad, se acomodan en pupitres de dos
puestos y en bancas para cuatro y cinco estudiantes. A pesar de que no existe una
separación formal entre los sexos en el aula, las niñas tienden a buscarse entre sí y a
ubicarse a distancia de las niños. Junto a la mesa de la profesora pende una mención
honorífica de la Televisión Educativa concedida por el Ministerio de Educación Nacional
y un material de enseñanza que acompaña los programas televisados.
La profesora enciende el aparato. Se
dirige a los estudiantes de cuarto y los introduce en el tema de "Ciencias" que
dentro de poco aparecerá en la televisión. Sin embargo, pronto se da cuenta que ha
elegido erróneamente el curso, pues la telemaestra aparece en la pantalla con la materia
de ciencias para segundo. Rápidamente abandona a los de cuarto y se dirige a éstos, y
sin tiempo para iniciarlos, sigue con ellos el desarrollo de la teleclase. No se da cuenta
empero que en sus manos lleva el material de cuarto y cuando la telemaestra está
indicando un zorro, la profesora señala en las ayudas un oso blanco. Durante un respiro
de la televisión, se dirige a los de cuarto y les pide sacar el libro de Historia
patria para "leer un pasaje cualquiera y elaborar la lista de las palabras
desconocidas". Los niños emprenden su tarea y al momento se ven pasar de mano en
mano los cuatro diccionarios que hay en el curso.
Al término de la teleclase los de
segundo dibujan los animales vistos en la televisión, y la maestra les pide
"describirlos en sus cuadernos con sus propias palabras". Entre tanto algunos de
cuarto han terminado su labor. La profesora observa los resultados sin mayor cuidado y
vuelve nuevamente sobre los de segundo. Ya se aproxima el final de la jornada de la
mañana. Muy cerca de las once apremia a los niños a concluir su trabajo y comienza a dar
el "visto bueno" a los que tienen listo el dibujo y la redacción. Pero ya la
maestra no tiene tiempo de revisar los ejercicios. Mira ritualmente la labor de sus
alumnos y les ordena recoger sus pertenencias, levantarse y despedirse.
"Hasta la tarde
señorita", gritan los niños a medida que abandonan el salón de clase y se dirigen
a sus hogares.
Resultados
A pesar del carácter sumario de las
anteriores descripciones, las experiencias reseñadas ofrecen una imagen de lo que
"realmente" sucede en las escuelas rurales. La conducta de los maestros, el
manejo de su infantil auditorio, los métodos de enseñanza, los alumnos y la dotación de
las escuelas, confieren un tono especial a las acciones educativas. En las observaciones
realizadas se encontró que la escuela es incapaz de superar por sí misma aspectos
relevantes de la vida de sus estudiantes. La solución de los problemas del aseo personal,
del vestido y del calzado de los niños, no está en manos de los maestros; hacen parte de
las limitaciones más amplias y generales de los grupos sociales de reducidos ingresos de
los medios rurales. "Cuando las enseñanzas de la escuela entran en conflicto con las
enseñanzas de la vida, son estas últimas las que se imponen", indicó Kautsky en su
famoso texto sobre el mundo rural alemán
[29]
.
Ante la precariedad de las
instituciones un maestro y un salón para dos y tres cursos, escasez de libros y de
materiales de enseñanza, estrechez e incomodidad locativas, las labores de los
planteles se refugian en un ritualismo que termina reemplazando los objetivos mismos de la
escuela. Los docentes invierten parte considerable de su tiempo tratando de salvar la
disciplina en una reducida sala con veinticinco y treinta alumnos. Una y otra vez se los
encuentra demandando "orden" y "silencio" a su extenuada y apretada
audiencia, haciendo que los niños apenas se vean libres de la mirada inquisitiva de sus
preceptores. A ello se suma el decorado externo conformado por las cotidianas y repetidas
formaciones que recuerdan la vida militar, y por los himnos, recitaciones, cantos y
saludos a la bandera, actividades todas que parecen reducir la escuela al sólo mecanismo
de interiorización de los sentimientos patrios y de las nociones de obediencia,
sujeción, respeto y autoridad. Los vástagos de los grupos más necesitados de la
sociedad rural, parecen hallar entonces en la minúscula escuela veredal una réplica de
la situación de subordinación y pobreza de sus mayores.
En una perspectiva pedagógica, es
claro que la enseñanza rural es poco rigurosa en los contenidos y en la diferenciación
de los grados. Por las dificultades mismas del aula y de los recursos educativos, los
maestros tienden a enseñar lo mismo en uno y otro curso y apenas tienen tiempo de
observar el desarrollo del aprendizaje. Los de segundo y tercero "parecen de
primero", y cuando los profesores trabajan con los cursos superiores, siempre están
regresando a lo que supuestamente se debió haber enseñado y aprendido al comienzo de la
escuela. Todo el proceso parece una petrificada prolongación del primer grado. Es decir,
dos o tres años de educación rural apenas pueden equipararse a un año de experiencia
escolar en una institución urbana normalmente equipada.
Las observaciones sugieren así
mismo que el ambiente natural de los maestros es el mundo urbano. Sus modos de vida y sus
expectativas solo parecen encontrar una adecuada realización en los pueblos y en las
ciudades. A pesar de que las escuelas ofrecen ciertas facilidades vivienda y
cocina, los docentes prefieren trasladarse diariamente a la cabecera municipal no
obstante que ello incida negativamente en sus ingresos. Permanecen en el campo el tiempo
requerido por el desempeño de su labor, pero una vez finalizada la tarea toman el rumbo
del casco urbano.
La complejidad del asunto exige un
tratamiento especial acompañado de algún detalle.
Magisterio y mundo rural
Lo trascendente de la labor
educacional exige del maestro conducta intachable como modelo que debe ser ante sus
educandos y ante la comunidad. La embriaguez, el juego habitual, la mala fe, los vocablos
incorrectos, las faltas contra la moral, etc., son incompatibles con la función docente y
los casos comprobados serán sancionados inexorablemente ...
Reglamento de La Escuela
Boyacense
Cuando veo un maestro, me siento
molesto en su presencia, me impresionan su timidez y su pobre indumentaria.
Antón Chéjov
Extrañamiento social y cultural
Como se apuntó en páginas
anteriores, la educación rural de Boyacá estaba asistida a finales de la década del
sesenta por 1.883 docentes. De este número sólo 324 eran hombres, vale decir, los
maestros del Departamento son ante todo maestras: un oficio eminentemente femenino. No se
dispone de datos sobre su edad, pero el Censo de Establecimientos Educativos de
1968 brinda una información indirecta al respecto. Del cuadro No. 7 se desprende que el
magisterio boyacense está conformado por una población joven: el 53% no ha cumplido
todavía los treinta años y el 79% tiene menos de cuarenta.
Continuar
[39]
Hasta
1979, cuando el Estado promulga el Estatuto Docente para los profesores de la enseñanza
primaria y secundaria, los maestros de la escuela elemental se regían por el Escalafón
Nacional de Enseñanza Primaria de 1952 que distinguía cuatro categorías: primera,
segunda, etc. La primera categoría era la de mayor prestigio e ingresos.
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