Educación y sociedad rural

 

Gonzalo Cataño

 

Continuación

 

La repetición y la deserción han sido una constante en la educación rural de todos los países y Boyacá no es una excepción a dicha regla. De los 85.336 alumnos matriculados en 1969, 15.913, el 19%, repetían el mismo grado que habían cursado el año anterior. La mayor frecuencia de repitentes se encontraba en el primer año, el 57%, y en el segundo que llegaba al 26%. El restante 17% se lo repartían entre el tercero, el cuarto y el quinto grados. Como se sabe, este fenómeno está asociado con la falta de establecimientos que ofrezcan el ciclo primario completo, pero también indica —sobre todo para el primer año— que la escuela constituye un cambio brusco en la vida de los niños del campo. Mientras que sus compañeros de los medios urbanos están familiarizados con el mundo escolar —cuentan con padres, hermanos o parientes con educación—, el niño rural tiene algo de Colón cuando cruza las puertas de la escuela veredal. Es el descubridor de una institución singular cuya conquista requiere el doble de tiempo del de su homónimo de la ciudad: necesita de paulatinos y mesurados aprendizajes para hacerse a su cultura y a su modus operandi.

Este choque cultural se evidencia al observar los datos de deserción. En 1969 abandonaron la escuela 32.155 niños, el 38% de la matrícula total —la mitad de ellos cursaba el primer año. ¿Por qué desertan? El cuadro No. 6, que registra las causas de 11.751 escolares, trata de ofrecer una primera medición de este complejo fenómeno. Allí el universo "espiritual" de los padres y las demandas económicas vinculadas al trabajo infantil tienen un peso considerable. Sin embargo, el cuadro ignora píamente los factores relacionados con la dinámica interna de la escuela. Conocidos factores como la conducta "feroz" de algunos maestros o la tensión psicológica, emocional y cultural que el salón de clase crea en los niños y niñas que vienen de medios ajenos a la educación formal, son dejados de lado —a menos que se oculten en el insondable y hermético "Otros factores" de las estadísticas de la Oficina de Planeación Departamental [25] . Lo mismo ocurre con la ausencia de cupos en los cursos superiores, o más todavía, con la inexistencia del tercer, cuarto y quinto grados. En estos casos la deserción tiene las características de una "expulsión" producida por la incapacidad del sistema de absorber año tras año a sus propios egresados.

 

Cuadro No. 6
BOYACA: Factores de deserción escolar [1969]

Factores Número %
Poco interés de los padres 2760 24
Necesidad de trabajar 2557 22
Cambio de domicilio 2529 21
Distancias, malas vías y mal estado de la escuela 1590 13
Enfermedad 1547 13
Otros factores 768 7
T o t a l 11751 100

________________________________________
FUENTE: Estadísticas de la Oficina de Planeación Departamenteal de Boyacá.

 

La escuela en acción

Toda educación consiste en un esfuerzo continuo para imponer a los niños maneras de ver, de sentir y de obrar.

Nuestro ideal pedagógico se explica por nuestra estructura social.

Émile Durkheim

 

Si estas son las dimensiones sociales más acuciantes de la educación en las zonas rurales de Boyacá, es necesario ahora dirigir la mirada hacia el interior mismo de las escuelas a fin de alcanzar un conocimiento más directo de su funcionamiento. Aquí las estadísticas nacionales y departamentales, útiles para trazar los rasgos más generales de la dinámica escolar, resultan de escaso valor heurístico. El estudio de caso y la observación directa son en cambio las perspectivas más adecuadas para asir el clima del salón de clase y el tono de las conductas de profesores y alumnos involucrados en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Para ello se ha tomado un par de experiencias de dos municipios del altiplano boyacense representativas de la parte central y más poblada del Departamento. Además de ofrecer una pintura de la escuela, del maestro y de sus alumnos, las descripciones subrayan aspectos relacionados con la organización de los planteles, la distribución del tiempo y las formas de enseñanza —la pedagogía.

 

La escuela rural “Caracolí” [26]

Pertenece al municipio de Gámeza, situado en la zona de influencia de la siderúrgica Paz de Río. Según el censo de 1964, contaba con 759 habitantes en el casco urbano y con 4.978 en el campo, distribuidos en seis veredas. La mayoría de ellos se dedicaba a la agricultura y a la ganadería propias del clima frío y a la extracción de carbón para la empresa Acerías Paz de Río. El territorio de Gámeza es quebrado, y en minifundios de menos de cinco hectáreas sobresalen los cultivos de papa, maíz, trigo y cebada. El 46% de su población rural es analfabeta. Cuenta con una escuela urbana atendida por diez profesores y siete escuelas rurales con nueve maestros. Mientras que la urbana ofrece el ciclo primario completo, ninguna de las rurales va más allá del cuarto grado. Una de ellas sólo brinda el primero y el segundo y tres más no pasan del tercero. La escuela urbana tiene 555 alumnos y las rurales 471. El considerable volumen de la primera se debe a la asistencia de numerosos niños de las áreas rurales a la escuela de la población. Además, muchos de los que terminan el tercer y cuarto grados en el campo se trasladan al pueblo para finalizar sus estudios primarios [27] .

 

La escuela Caracolí, unida a Gámeza por un antiguo camino veredal, se encuentra a treinta minutos de la población. Ofrece los tres primeros grados y consta de un salón de clase, de una pequeña cocina, de una habitación para el maestro y de un patio y cancha de baloncesto. El salón tiene un área de 40 metros, dos puertas y dos ventanas. Está dotado de una mesa para el profesor, de un tablero mural, de una pizarra móvil y de ocho bancos de igual dimensión en los cuales se sientan los niños pegados unos a otros. De sus muros cuelga un mapa de la división política del país, dos almanaques con paisajes marítimos, una imagen del Sagrado Corazón y una bandera de Colombia. Junto a la mesa del profesor hay tres varas delgadas "para señalar los materiales y ejercicios del tablero" apunta la maestra —"y ... para castigarnos", comenta en voz baja un niño de segundo. La diversa distribución de los muebles dentro del aula busca diferenciar los grados. Los niños de segundo están cerca del tablero mural, los de tercero detrás de éstos a cuatro y cinco metros del tablero y los de primero al lado derecho de los de tercero. Un espacio libre junto al muro permite a la profesora desplazarse con facilidad a uno y otro lado del salón.

 

La escuela es dirigida por una maestra de segunda categoría del escalafón docente, con quinto de bachillerato y nueve años de experiencia. Vive en el pueblo y diariamente se traslada a pie o a caballo a su lugar de trabajo. Tiene 30 años, es casada y madre de tres niños menores que deja al cuidado de una empleada en la cabecera municipal. Sostiene el hogar y al ser interrogada sobre la ocupación de su esposo se limitó a responder que vivía en el "Centro". La escuela tiene 47 alumnos, 33 hombres y 14 mujeres. La mitad de ellos vive cerca de la escuela y la otra "a uno o dos kilómetros de distancia". Hay 22 niños en primero, 16 en segundo y 9 en tercero, y sus edades fluctúan entre los seis y los 11 años. Aunque las pequeñas parecen más cuidadosas, en todos los escolares se nota el desaliño y un uso prolongado de sus ropas. Unos y otros visten gastados sacos de lana de confección casera, y mientras que las niñas tienden a usar zapatos de fabricación industrial, los niños llevan la tradicional alpargata boyacense de suela de llanta. La presentación de la maestra no se diferencia mucho de la de sus alumnos.

 

Los niños portan sus limitadas pertenencias en un talego de fabricación casera colgado al hombro. Un lápiz, uno o dos cuadernos forrados, la cartilla Charry o La alegría de leer, conforman la utilería que diariamente llevan y traen de su casa a la escuela. Sobre la mesa de la profesora se encuentran sus libros de consulta: la Aritmética de Bruño, la Enciclopedia escolar del tercer año y el Catecismo de la Conferencia Episcopal. La profesora lleva con descuido y atraso los cuatro libros reglamentarios de la escuela: "Asistencia", "Calificaciones", "Matrícula" e "Historia del plantel". En este último se encontraron los siguientes telegráficos registros para el primer semestre de 1970:

 

1. Empezamos escuela el 2 de febrero.

2. Primer centro pedagógico del 1o. de marzo [28] 28.

3. Vacaciones de semanasanta (sic) sábado de dolores (sic) a lunes de pascua.

4. Segundo centro el día sábado o sea el primer sábado de abril. Llenamos formularios referentes a los alumnos matriculados por grado, sexo y edades.

5. Reunión extra el día 25 de abril con el fin de corregir cuadernos y dar datos según libro de registro.

6. Puente ordenado por el coordinador de escuelas a partir del día 30 de abril a las 5 p.m. al día 4 a las 8 a.m.

 

A las 10 y 40 de la mañana de un martes de septiembre de 1970, la maestra ordenó a sus alumnos suspender el recreo para continuar con las clases. Los niños interrumpieron sus juegos, y atendiendo el orden de los cursos, los hombres y las mujeres hicieron formaciones separadas. Con las manos atrás y en fila india se dirigieron al salón observando riguroso silencio, y a poco el aula adquirió un clima de aliento, sudor y ropa sucia. Ubicados en sus puestos y tras una breve oración, la maestra anunció a los niños de segundo y tercero que continuaría desarrollando "las partes de la carta y el telegrama" estudiados el día anterior. Con el propósito de interesar a su infantil audiencia, habla de la importancia de saber escribir cartas y telegramas, manifestando que en diversas ocasiones los vecinos le han pedido ayuda para la redacción de misivas a los parientes lejanos. Mientras motiva a estos alumnos y les pide recordar los elementos de una y otra forma de comunicación, nota que los niños de primero están desocupados tendiendo a prolongar su recreo. Rápidamente se dirige a ellos y les ordena "escribir diez palabras de una sílaba, diez de dos sílabas y otras tantas de tres sílabas". Les exige a su vez "hacer silencio y trabajar ordenadamente". Al volver con los grupos fusionados para continuar con el tema de la epístola, solicita a una alumna de tercero escribir los datos que van en "la parte superior de la carta".

 

Al ver que la niña no acierta a escribir correctamente la palabra "carrera", expresa su disgusto, y alzando la voz llama a un alumno de primero que a su juicio escribiría "más mejor" el vocablo. El niño se acerca a la pizarra móvil y sin mayores dificultades traza las letras que unas tras otras forman la voz "carrera". La maestra gana confianza en sí misma, deja por unos minutos el tema de la carta y se dirige a los de primero para observar la marcha de su trabajo. Les pide nuevamente guardar silencio, pero al ausentarse y continuar con los de segundo y tercero vuelve a sentir las risas y el murmullo de los pequeños. Ahora sugiere el nombre del médico del pueblo para enviarle un telegrama pidiéndole remedios para un paciente. A pesar del esfuerzo de la maestra para que los niños tomen la iniciativa en la forma como debe escribirse la solicitud, es evidente que ellos no tienen noción alguna de lo que es un telegrama. Esforzándose para que sus alumnos participen en el desarrollo de la clase, señala a uno de ellos para que escriba en el tablero la petición al facultativo de Gámeza. El niño escribe lentamente el dictado, pero al leerlo omite la "c" de "doctor". La maestra lo corrige y al momento promueve una lectura en coro subrayando la "c" antes de la "t".

Una vez terminada la redacción del telegrama, la maestra ordena copiar en el cuaderno de "Lenguaje":

El telegrama es un escrito corto porque vale mucho; porque cada palabra es pagada para comunicarnos con otras personas. El telegrama tiene las mismas reglas de la carta: letra clara, buena ortografía y direcciones precisas. El desenlace del telegrama, el favor que vamos a pedir o lo que vamos a contar, debe ser corto y bien redactado. En un telegrama se pueden suprimir el título de la persona y los apellidos de quien escribe. También se pueden suprimir los saludos.

 

 

Después del dictado, la maestra pide a sus alumnos redactar un telegrama similar al que se encuentra en el tablero. Enseguida se dirige a los niños de primero que en buena parte han seguido pasivamente la "lucha" del telegrama. Revisa sus cuadernos, examina las palabras de una, dos y tres sílabas, une y separa letras e increpa a los niños por sus errores. Ahora son las 11 y 30 de la mañana. Los pequeños escuchan las observaciones de la maestra y sólo por fuerza de sus airados reclamos aventuran tal o cual respuesta sobre la forma de contar y separar las sílabas. Para la maestra es claro que a pesar de ser un ejercicio rutinario, los niños no tienen todavía un manejo adecuado del sonido de las palabras. Sabe que en la próxima reunión tendrá que volver una vez más sobre el asunto.

Al término de la clase los niños reciben la orden de guardar sus elementos de trabajo. Se ponen de pie, y por cursos desfilan silenciosamente hacia el patio. Allí la escuela vuelve a tomar su aire marcial. Los alumnos hacen formaciones y a poco la maestra les autoriza el regreso a sus casas.

 

La escuela rural “Solano ”

Depende del municipio de Tibasosa, situado en el corazón mismo del altiplano boyacense. El 1964 contaba con 6.254 habitantes, de los cuales el 80% vivía en las zonas rurales. Tibasosa limita con Duitama y Sogamoso, las dos ciudades intermedias más florecientes de Boyacá. Su actividad económica gira alrededor de pequeñas explotaciones agrícolas y ganaderas, y en menor medida, del trabajo asalariado en Acerías Paz de Río, ubicada en la vecina población industrial de Belencito.

Durante los años sesenta, el 35% de la población rural de Tibasosa de más de 15 años era analfabeta, porcentaje que disminuía al 20% cuando se trataba del área urbana. En 1969 tenía una escuela en el pueblo con 554 alumnos atendidos por 9 maestros, y nueve establecimientos rurales con 1.204 estudiantes y 15 profesores. La del pueblo ofrecía los cinco años de la enseñanza elemental, y de las rurales, dos brindaban la primaria completa. Esto es, frente a Gámeza, Tibasosa presenta una población más educada y un sistema escolar dirigido a alcanzar un mayor cubrimiento de sus habitantes.

 

La escuela Solano está situada a pocos pasos de la carretera pavimentada Duitama-Sogamoso, a sólo quince minutos de esta última población. Su planta física consta de cocina con estufa de carbón, vivienda para el maestro, dos cómodas aulas suficientemente iluminadas, alumbrado eléctrico, televisión y servicios sanitarios con agua corriente. Tiene, además, un patio para el recreo de los niños, una cancha de baloncesto y una pequeña huerta para el cultivo de hortalizas. Brinda los cuatro primeros grados de la enseñanza primaria y está atendida por dos maestras solteras: una joven con bachillerato incompleto y una normalista de cuarenta y cinco años. Ambas viven en Sogamoso y su trato y presentación personales corresponden a los de la clase media pueblerina. Tienen a su cargo 55 niños, que para efectos de la labor docente, se han repartido equitativamente según el número de alumnos en los grados primero y tercero y segundo y cuarto.

 

Un jueves por la mañana de septiembre de 1970, la maestra encargada de la disciplina ordena a los alumnos hacer formaciones en el patio. El vestido de los niños es sucio y descuidado y varios de ellos van descalzos. Una alumna de tercero sale al frente y encabeza la oración de la mañana seguida en coro por sus compañeros; algunos de ellos bostezan y dirigen sus miradas a uno y otro lado del patio. La maestra ordena hacer unos minutos de gimnasia y termina la sesión con un canto a la bandera.

 

Los niños se dirigen en fila india a sus respectivas aulas. El salón de primero y tercero está dotado de una mesa y asiento rústicos para la maestra, de un tablero fijo y grande sobre el muro que separa las dos salas y de cinco bancos largos de igual tamaño. De sus paredes cuelga un retrato de Francisco José de Caldas con la leyenda, "Mártir de la Independencia", un gabinete "Cruz Roja" de primeros auxilios, tres cuadros religiosos, un mapa de la división política de Colombia y material de enseñanza elaborado por las maestras. Hacia las 8 y 25, cuando todavía están llegando niños a la escuela, comienzan las clases en ambos salones. "Algunos de ellos viven muy lejos", apunta una de las profesoras. Los alumnos de primero se ubican al lado izquierdo del tablero mural y los de tercero al derecho, separados por un pasillo que facilita el desplazamiento de la profesora a través del aula.

 

La primera sección de la mañana está dedicada a las matemáticas. La maestra sugiere un ejercicio para los alumnos "más adelantados" de tercero, y a continuación se dirige a los de primero para repasar la suma y la multiplicación. Les muestra cuatro piedras que coloca sobre uno de los bancos y frente a ellos comienza a hacer diferentes grupos. Los niños recitan los resultados de las operaciones, y cuando se han agotado las adiciones posibles —1+3, 2+2, 3+1— se dirige al tablero y les recuerda "la tabla del dos": 2x1 dos, 2x2 cuatro, ¿2x3...? los niños responden en coro: "séééis". Dado que han comprendido el ejercicio, la maestra ordena continuar la tabla en los cuadernos y regresa a supervisar el trabajo de los de tercero. Al examinar los ejercicios encuentra numerosos errores y exclama con enojo: "¡parecen de primero!". Mientras reprende al grupo, nota que algunos alumnos de primero charlan y se empujan en los pupitres. Vuelve sobre ellos y les pide orden. Al momento uno de los pequeños levanta la mano y manifiesta que ha finalizado con la tabla del dos. "Los que han terminado pueden sacar el Catecismo", señala la maestra.

 

Ahora son las 9 y 15 de la mañana, la hora del "descanso". Los niños de primero se quedan en el aula, y siguiendo instrucciones de la maestra mueven sus brazos de arriba hacia bajo para "relajarse". Después entona con ellos una canción y comienza a llamar a los de tercero para que regresen a sus pupitres. Restablecida la armonía en el aula, les ordena sacar el libro de Lectura para "leer mentalmente". Regresa a los de primero, escribe una frase en el tablero y les ruega copiarla una y otra vez en los cuadernos "hasta hacerla bien". La maestra se toma un descanso, observa la posición de los niños y su forma de escribir, y de tiempo en tiempo recuerda a los de tercero no leer en voz alta. Minutos más tarde pasan algunos de primero al tablero para escribir la frase modelo. La profesora corrige, y asiendo con sus dedos la tiza y la mano de los niños, les ayuda a trazar las letras. Poco después mira su reloj y señala con satisfacción: "son las 9 y 35, es hora del recreo, ¡guarden todo!". Los niños improvisan formaciones en los espacios dejados por la distribución de los bancos y luego de una breve oración se dirigen precipitadamente al patio donde se unen a sus compañeros del otro salón.

 

En la escuela Solano, como en todas aquellas privilegiadas con programas televisados, el trabajo se rige por el horario establecido previamente por la televisión educativa. En la pared y junto al aparato cuelga una copia de dicho horario, que la maestra mira con frecuencia para organizar los materiales de la clase respectiva. Pasados los treinta minutos de recreo, los alumnos de segundo y cuarto, atendidos por la profesora de más edad, se acomodan en pupitres de dos puestos y en bancas para cuatro y cinco estudiantes. A pesar de que no existe una separación formal entre los sexos en el aula, las niñas tienden a buscarse entre sí y a ubicarse a distancia de las niños. Junto a la mesa de la profesora pende una mención honorífica de la Televisión Educativa concedida por el Ministerio de Educación Nacional y un material de enseñanza que acompaña los programas televisados.

 

La profesora enciende el aparato. Se dirige a los estudiantes de cuarto y los introduce en el tema de "Ciencias" que dentro de poco aparecerá en la televisión. Sin embargo, pronto se da cuenta que ha elegido erróneamente el curso, pues la telemaestra aparece en la pantalla con la materia de ciencias para segundo. Rápidamente abandona a los de cuarto y se dirige a éstos, y sin tiempo para iniciarlos, sigue con ellos el desarrollo de la teleclase. No se da cuenta empero que en sus manos lleva el material de cuarto y cuando la telemaestra está indicando un zorro, la profesora señala en las ayudas un oso blanco. Durante un respiro de la televisión, se dirige a los de cuarto y les pide sacar el libro de Historia patria para "leer un pasaje cualquiera y elaborar la lista de las palabras desconocidas". Los niños emprenden su tarea y al momento se ven pasar de mano en mano los cuatro diccionarios que hay en el curso.

 

Al término de la teleclase los de segundo dibujan los animales vistos en la televisión, y la maestra les pide "describirlos en sus cuadernos con sus propias palabras". Entre tanto algunos de cuarto han terminado su labor. La profesora observa los resultados sin mayor cuidado y vuelve nuevamente sobre los de segundo. Ya se aproxima el final de la jornada de la mañana. Muy cerca de las once apremia a los niños a concluir su trabajo y comienza a dar el "visto bueno" a los que tienen listo el dibujo y la redacción. Pero ya la maestra no tiene tiempo de revisar los ejercicios. Mira ritualmente la labor de sus alumnos y les ordena recoger sus pertenencias, levantarse y despedirse.

"Hasta la tarde señorita", gritan los niños a medida que abandonan el salón de clase y se dirigen a sus hogares.

 

 

Resultados

 

A pesar del carácter sumario de las anteriores descripciones, las experiencias reseñadas ofrecen una imagen de lo que "realmente" sucede en las escuelas rurales. La conducta de los maestros, el manejo de su infantil auditorio, los métodos de enseñanza, los alumnos y la dotación de las escuelas, confieren un tono especial a las acciones educativas. En las observaciones realizadas se encontró que la escuela es incapaz de superar por sí misma aspectos relevantes de la vida de sus estudiantes. La solución de los problemas del aseo personal, del vestido y del calzado de los niños, no está en manos de los maestros; hacen parte de las limitaciones más amplias y generales de los grupos sociales de reducidos ingresos de los medios rurales. "Cuando las enseñanzas de la escuela entran en conflicto con las enseñanzas de la vida, son estas últimas las que se imponen", indicó Kautsky en su famoso texto sobre el mundo rural alemán [29] .

Ante la precariedad de las instituciones —un maestro y un salón para dos y tres cursos, escasez de libros y de materiales de enseñanza, estrechez e incomodidad locativas—, las labores de los planteles se refugian en un ritualismo que termina reemplazando los objetivos mismos de la escuela. Los docentes invierten parte considerable de su tiempo tratando de salvar la disciplina en una reducida sala con veinticinco y treinta alumnos. Una y otra vez se los encuentra demandando "orden" y "silencio" a su extenuada y apretada audiencia, haciendo que los niños apenas se vean libres de la mirada inquisitiva de sus preceptores. A ello se suma el decorado externo conformado por las cotidianas y repetidas formaciones que recuerdan la vida militar, y por los himnos, recitaciones, cantos y saludos a la bandera, actividades todas que parecen reducir la escuela al sólo mecanismo de interiorización de los sentimientos patrios y de las nociones de obediencia, sujeción, respeto y autoridad. Los vástagos de los grupos más necesitados de la sociedad rural, parecen hallar entonces en la minúscula escuela veredal una réplica de la situación de subordinación y pobreza de sus mayores.

En una perspectiva pedagógica, es claro que la enseñanza rural es poco rigurosa en los contenidos y en la diferenciación de los grados. Por las dificultades mismas del aula y de los recursos educativos, los maestros tienden a enseñar lo mismo en uno y otro curso y apenas tienen tiempo de observar el desarrollo del aprendizaje. Los de segundo y tercero "parecen de primero", y cuando los profesores trabajan con los cursos superiores, siempre están regresando a lo que supuestamente se debió haber enseñado y aprendido al comienzo de la escuela. Todo el proceso parece una petrificada prolongación del primer grado. Es decir, dos o tres años de educación rural apenas pueden equipararse a un año de experiencia escolar en una institución urbana normalmente equipada.

Las observaciones sugieren así mismo que el ambiente natural de los maestros es el mundo urbano. Sus modos de vida y sus expectativas solo parecen encontrar una adecuada realización en los pueblos y en las ciudades. A pesar de que las escuelas ofrecen ciertas facilidades —vivienda y cocina—, los docentes prefieren trasladarse diariamente a la cabecera municipal no obstante que ello incida negativamente en sus ingresos. Permanecen en el campo el tiempo requerido por el desempeño de su labor, pero una vez finalizada la tarea toman el rumbo del casco urbano.

La complejidad del asunto exige un tratamiento especial acompañado de algún detalle.

 

Magisterio y mundo rural

Lo trascendente de la labor educacional exige del maestro conducta intachable como modelo que debe ser ante sus educandos y ante la comunidad. La embriaguez, el juego habitual, la mala fe, los vocablos incorrectos, las faltas contra la moral, etc., son incompatibles con la función docente y los casos comprobados serán sancionados inexorablemente ...

Reglamento de La Escuela Boyacense

 

Cuando veo un maestro, me siento molesto en su presencia, me impresionan su timidez y su pobre indumentaria.

Antón Chéjov

 

Extrañamiento social y cultural

Como se apuntó en páginas anteriores, la educación rural de Boyacá estaba asistida a finales de la década del sesenta por 1.883 docentes. De este número sólo 324 eran hombres, vale decir, los maestros del Departamento son ante todo maestras: un oficio eminentemente femenino. No se dispone de datos sobre su edad, pero el Censo de Establecimientos Educativos de 1968 brinda una información indirecta al respecto. Del cuadro No. 7 se desprende que el magisterio boyacense está conformado por una población joven: el 53% no ha cumplido todavía los treinta años y el 79% tiene menos de cuarenta.

 

Continuar

 



[25] Se debe recordar aquí, sin embargo, que el maestro es quien llena el formulario enviado por la Oficina de Planeación Departamental y quien al final conceptúa la causa de la deserción. Este formulario es el mismo que después es reportado al Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), entidad encargada de procesar y difundir los datos de todas las secciones del país. Es difícil esperar entonces que el maestro anote como causa del abandono escolar el deficiente desempeño de su profesión o el empleo de pedagogías inadecuadas. Con todas las dificultades que rodean su desempeño en el campo, no está dispuesto ahora a convertirse en su propio verdugo.

[26] No sobra advertir que los nombres de las escuelas son ficticios.

[27] Aunque en este trabajo no se estudian los procesos de migración rural-urbana, se debe anotar que la educación incide directamente en ellos, a) creando aspiraciones ocupacionales que sólo pueden ser copadas en los medios urbanos y b) promoviendo los deseos de terminar o continuar los estudios comenzados en el campo. Todo incremento en el número de campesinos que comienza o completa la enseñanza primaria, será seguido necesariamente por un aumento del número de los que esperan continuar su educación. Y dado que no es posible satisfacer estos anhelos en las veredas, se acelerará la migración de los jóvenes de mayor aprovechamiento a los pueblos o a las ciudades más cercanas. Ver G. Cataño, E. Caro y F. Salazar, Op. cit., pp. 105-106; y CEPAL, Educación, recursos humanos y desarrollo en América Latina (Nueva York: Naciones Unidas, 1968), p. 74.

[28] Reunión de los maestros del municipio —presidida por el inspector de la zona o por el jefe de grupo escolar—, para discutir problemas educativos de la región, escuchar conferencias sobre temas pedagógicos o conocer las disposiciones del gobierno nacional y departamental. Ver Programas y orientaciones, pp. 184-186.

[29] Karl Kautsky, op. cit., p. 394.

[30] Émile Durkheim, La educación moral (Buenos Aires: Editorial Losada, 1947), p. 149.

[31] Ver Programas y orientaciones, pp. 242-243.

[32] Para la ubicación de las normales de Boyacá, ver Ministerio de Educación Nacional, Evaluación de las escuelas normales (Bogotá: 1978), primera parte, pp. 43-44.

[33] Louis J. Lebret, Estudio sobre las condiciones del desarrollo de Colombia (Bogotá: Editorial Cromos, 1958), p. 306.

[34] Ibid., p. 306.

[35] Andrew Pearse, "La eficacia instrumental de sistemas educacionales en América Latina", en América Latina, año 10, No. 3, Río de Janeiro, julio-sept. de 1967, p. 8.

[36] Gonzalo Cataño, Elvia Caro y Fidel Salazar Reyes, Op. cit., p. 32.

[37] J. A. Osorio Lizarazo, "La maestra rural", en Repertorio Selecto, serie VII, No. 65, Bogotá, febrero 4 de 1936, pp. 130, 131, 134 y 135.

[38] Ibidem., p. 135.

[39] Hasta 1979, cuando el Estado promulga el Estatuto Docente para los profesores de la enseñanza primaria y secundaria, los maestros de la escuela elemental se regían por el Escalafón Nacional de Enseñanza Primaria de 1952 que distinguía cuatro categorías: primera, segunda, etc. La primera categoría era la de mayor prestigio e ingresos.

Un Normalista Superior, un maestro con seis años de Normal, en el área rural, ganaba $1.500 básicos, mas $150 por prima de grado, mas $150 por prima de servicio rural; esto es, $1.800 mensuales. Ahora, si trabajaba en un área declarada por el Ministerio de Salud como "insalubre", una región con alta frecuencia de paludismo —el Territorio Vásquez y los Llanos de Casanare para el caso de Boyacá—, podía ganar otros $450, elevando su sueldo a $2.100. En el lado opuesto, un maestro rural que no hubiera ingresado al Escalafón docente —que no ocupara ninguna de las categorías por tener estudios inferiores al cuarto año de secundaria— ganaba $785. Si trabajaba en clima insalubre, obtenía $235 más, esto es, alcanzaba un ingreso de $1.020 mensuales. Como era de esperar, estas desigualdades crearon una diferenciación interna en la profesión docente y un sentimiento de insatisfacción en los maestros de menos ingresos. Para muchos de ellos era evidente que realizaban el mismo trabajo de un Normalista Superior por un salario que en algunos casos apenas llega a la mitad del sueldo percibido por su colega con unos pocos años más de estudio. Ante esta situación, la Secretaría de Educación del Departamento comenzó a desarrollar cursos de capacitación dirigidos a igualar las calificaciones de sus profesores. En uno de estos cursos se adelantó una encuesta que será analizada más adelante.

[40] Esto se debía en gran parte a que la misma Secretaría de Educación del Departamento, había cerrado desde finales de los años sesenta por problemas presupuestales, la oficina encargada de estudiar las solicitudes de ingreso al Escalafón. Ello llevó a los maestros de Boyacá a adelantar uno de los paros más sonados del magisterio colombiano en noviembre de 1970.

[41] Programas y orientaciones, p. 181.

[42] Robert K. Merton, La sociología de la ciencia (Madrid: Alianza Editorial, 1977), vol. 2, p. 562.

[43] Fueron entrevistados setenta maestros rurales —casi el 4% del universo—, que en julio de 1970 se encontraban en Tunja adelantando un curso de capacitación para optar el título de Normalista Superior. El objeto de la encuesta era recabar información sobre el origen social, las condiciones de trabajo y las relaciones maestro-comunidad. Los entrevistados provenían de diferentes zonas de Boyacá y llenaron el cuestionario en un salón con la presencia de los investigadores, listos a resolver las dificultades que pudieran presentarse en el diligenciamiento de las preguntas.

[44] Andrew Pearse, op. cit., p. 8. Ver también el documento de trabajo del Ministerio de Educación Nacional, La educación en Colombia 1960-1968: problemas socio-económicos del profesor de educación media (Bogotá: Oficina de Planeamiento, 1970), p. 5. Hernando Gómez Buendía y Rodrigo Losada Lora han vuelto sobre el tema en su libro Educación y conflicto: la educación primaria oficial en Colombia (Ottawa: Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo, CIID, 1984), pp. 175-181. Ver así mismo el volumen de Rodrigo Parra Sandoval, Los maestros colombianos (Bogotá: Plaza & Janés, 1986), pp. 54-64.

[45] Ver Programas y orientaciones, p. 251. A finales de la década del sesenta, llegaban continuamente a la Secretaría de Educación de Tunja cartas y telegramas de altos empleados públicos y de diputados, senadores y representantes recomendando nombres para ocupar puestos en el magisterio. En los últimos años, sin embargo, sobre todo a partir de la promulgación del Estatuto Docente en 1979 y del fortalecimiento de la organización sindical del magisterio, las esferas políticas tradicionales han perdido mucho juego en el manejo discrecional de los asuntos educativos. La influencia de la política en el nombramiento de maestros, ha sido discutida nuevamente por H. Gómez Buendía y R. Losada Lora en op. cit., pp. 71-77. En diversas secciones de su libro sobre la historia de la educación primaria y secundaria, Aline Helg ha documentado la incidencia de la política en el manejo de la docencia. Ver A. Helg, op. cit., especialmente pp. 53 y 254-255.

[46] William Shakespeare, Otelo, acto I, escena 1.

[47] La más completa exposición de estos ideales en nuestro medio, se encuentra en las obras de Agustín Nieto Caballero. Ver especialmente su compilación de artículos y ensayos, Los maestros (Bogotá: Antares, 1963).