Freddy Téllez
-
- Meine Plane lasse ich gerne im Verborgenen; über meine Facta mag alle Welt reden!
Pindar sagte enimal werde der, der du bist.
- ¿ Es mi culpa si he asimilado la consecuencia necesaria de la afirmación de Lutero:
denn Gott ist Gott und ich bm ich? Ladislav Klíma
- Que vous reste-t-il ?
Moi. Moi, dis-je, et c'est assez.
Corneille, Médée
No me acuerdo ahora cuándo recibí de
niño mi primer libro. Sólo me veo leyendo en Buenos Aires el
|Juan Moreira de Eduardo Gutiérrez, cuyas
"cuitas" me impresionaron más que las aventuras de
|Michel Strogoff de Jules Verne, si juzgo por la
temperatura del recuerdo, más que por la precisión de las imágenes o la historia. Pues,
en realidad, de ambos libros conservo con nitidez más bien los rasgos externos hechos
ambos con la misma carátula de color crema y encuadrado rectangular en líneas netas,
señal de que pertenecían con seguridad a la misma colección. Y, claro, de la editorial
ya no me acuerdo. Esos son datos de adulto.
Pero si reviso hacia atrás mi propia
memoria se me viene a la cabeza el esfuerzo empleado para tener mi primer libro. Tenía
unos once o doce años y era un apasionado de... Superman, como cualquier otro niño. El
volumen en cuestión tenía todas las apariencias de un libro: reducido, grueso y
compacto, porque, creo, era una recopilación de aniversario de las historietas
tradicionales, presentadas por lo general en la forma delgada, ámplia y ligera de las
revistas. La cosa es que cada vez que pasaba por la vitrina de la tienda que lo vendía (y
trataba de pasar por ahí cada vez que se me presentaba la oportunidad, forzándolas,
incluso), me detenía ante el vuelo aventurero y eterno del personaje de la carátula :
Superman en persona!
Si el recuerdo no me traiciona, el libro
costaba cinco pesos de la época, lo que supongo era un precio normal, salvo para un
niño. Quiero decir que sólo un adulto compra libros, porque sólo un adulto posee
dinero. Ese era, pues, mi problema: ¿ cómo adquirirlo por mi propia cuenta ? Para salir
del atolladero, le propuse a mi madre un trato : por cada "mandado" hecho, ella
debería pagarme veinte centavos. Esa fue la primera vez que me convertí así en un
asalariado. Furioso y convicto, debería agregar, pues no cesaba de preguntarle cada cinco
minutos si no quería "mandarme" a hacer una compra. No sé cuántas veces por
día corría de la casa a las tiendas aledañas por un sueldo irrisorio, ¡ pero altamente
rico en promesas ! Y en cada ocasión intentaba darme una vueltecita por la vitrina
prometedora, pues más que correr, volaba.
Sin embargo, por más que volara y
volara, no alcanzaba a reunir con la rapidez deseada la suma apropiada. Me parecía que
nunca iba lograr la meta y me pasaba el tiempo contando ruidosamente las monedas. Sería
tal vez por eso que uno de esos días, mi hermano, quien ya trabajaba, me preguntó de
sopetón por el precio del libro, y sin pestañear, y para mi enorme sorpresa, se metió
la mano en el bolsillo y me dió el dinero.
"Toma. Anda y cómpratelo."
"¡Pfiiiuuu !" (Ruido que hice al salir volando en dirección de la tienda).
Así fue como comencé a tener una
biblioteca. Aunque, claro, para eso pasaron aún muchos años. Quiero decir que mis libros
de la época nunca dieron origen a una estantería fija, pues el Superman, como cualquier
otro de los volúmenes que tuve en ese entonces, fue digerido y cambiado por otros. No
podría decir si seguía en eso el modelo de mi padre, quien tenía en su mesa de noche
una pila de "vaqueros" y policiales que, sin remuneración salarial, me mandaba
cambiar en el mismo lugar donde encontré volando a Superman en la vitrina.
Acaso por eso debería corregirme y decir
que mi primera biblioteca fue compartida, ya que la pila de mi padre era también mi
propia pila. Salvo el Superman, Batman, Capitán Maravilla, Patoruzú y otros por el
estilo que me preguntaba yo por qué mi padre no leía, o los Dale Carnegie y Selecciones
del Reader's Digest que no sé por qué yo no leía. El caso es que la pila, especie de
biblioteca vertical, era como el río de Heráclito : siempre igual pero cambiante.
De todos esos montones de libros leídos,
entre caballos que corren, indios que caen, gánsters acribillados, detectives en
gabardina y cigarrillo en boca, no me ha quedado sino un sólo recuerdo. El de un
personaje altamente enigmático a mis ojos, aunque detective "vulgaris", que
abofetea a una mujer por haber osado tocarle el sexo mientras conducía (¡ ?). Supongo
que releí ese párrafo hasta el agotamiento, pero sin entender nada. No podía comprender
que un acto tan deseado por mí mismo, pudiese, o debiese incluso, ser reprimido. Era algo
que superaba sencillamente mi recto entendimiento.
Y ahora, por asociación, se me viene
otro recuerdo todavía más misterioso. Está en relación con unos folletines ilustrados,
algo así como novelas a base de fotos y de los cuales no podría mencionar su origen.
Imagino que hacían parte de la biblioteca vertical de mi padre, o tal vez yo mismo los
escogí por eso de las imágenes. No sé. Lo único que podría decir con certeza es que
en una de esas lecturas me puse a llorar desconsolado, sintiendo una opresión incómoda
en el pecho, una desazón de rabia y desagrado que se presentaba cada vez que me
confrontaba a lo leído. Se trataba de una situación inentrañable entre un hombre y una
mujer, que superaba de nuevo mi entendimiento infantil, pero que poseía una fuerza bruta
y opresora. Algo ocurría entre esos dos seres, y si no me equivoco, en desmedro de la
mujer. Creo que el dolor sentido provenía de un exceso de identificación, quizá, con la
persona desfavorecida. De ahí la rabia. Pero algo más había, melifluo y oscuro,
adherido a la situación, y que me hacía sentir un profundo desagrado. Es todo lo que
puedo decir. Esa fue pues mi primera y única caída en el universo rosa y pachulí de los
folletines baratos, y de los cuales no podría decir, visto el efecto, que no posean
impacto ni eficacidad.
En esos dos ejemplos me confronté por
primera vez, y en toda su ámplia y misteriosa extensión, con el fondo inagotable de la
sexualidad. Eso que me hacía detenerme con una curiosidad inaprehensible ante todo lo que
tocara ese dominio, ya fuese incluso de la manera más tangencial. Y no estoy muy lejos de
la verdad si afirmo que fue de ese profundo fondo que surgió mi decisión de escribir.
Comencé a hacerlo en la clase de
matemáticas de mi primer año de bachillerato. Había caído entre mis manos un libro
pornográfico que ilustraba los relatos con fotos de personas enmascaradas, y entreveradas
en todo tipo de posición sexual. Fue como una explosión, pues algo en la sencillez
mecánica de las historias me condujo a decirme "eso yo también lo puedo
hacer". Así, entre las explicaciones de trigonometría y cálculos incomprensibles
para mí, empecé a escribir en un cuaderno una especie de copia confusa del mismo libro,
emparentándome por la intención con Borges y Pierre Menard a la vez. El acceso a la
escritura, si así se me permite decir, coincidió entonces con mi salida simultánea e
irreversible del dominio de las matemáticas. Y si no perdí la materia fue porque ese
primer impulso de escritor novato fue bruscamente interrumpido por mi madre, quien
descubrió el cuaderno y pegó, como se dice y con todas las connotaciones del caso, el
grito en el cielo.
- ¡¡ Cómo !!¡¡ Qué horror!! ¡¡
Qué cosa es ésta!!
- ¡¡¡ ???(yo).
- ¿ Eso es lo que usted está aprendiendo en el
colegio?
- Eeeh, no, mamá, no tengo nada que ver con eso, le respondí confuso y
señalando con un dedo acusador el cuaderno incriminado.
Creo que con una cobardía comprensible a
medias le eché la culpa a un anónimo compañero de clase y, para convencerla, le
arranqué de las manos el cuerpo del delito y lo boté al fuego de la estufa de carbón
que ardía purificadoramente en la cocina.
Pasé entonces los exámenes de
matemáticas para demostrar mi inocencia, mientras postergaba de manera indefinida mis
incursiones privadas en la escritura. Y estoy casi seguro de que si poco después pasé a
la poesía "comprometida", esa otra forma de sublimación desenmascarada, fue
acaso para continuar haciéndome perdonar el pecado de haber osado mostrar sin tapujos el
desbordamiento de mis deseos.
Por el momento, entonces, leía pues los
libros de otros, a falta de escribir uno propio. Lo que no significa que empezaba a
construir con paciencia una biblioteca, sino que iniciaba el proceso de independencia ante
la pila de cabezera de mi padre, a la par que me distanciaba de mis héroes voladores y
asexuados de mi infancia. La primera biblioteca pública que frecuenté asiduamente
pertenecía al colegio donde terminé mi bachillerato. Fue mi época de ingreso al
marxismo, hacia mediados de los años sesenta, que me llevó a la lectura desordenada de
obras políticas aunque la palabra "obras" es con seguridad demasiado grande,
pues lo que leía no pasaban de ser modestos folletos de propaganda. Es muy probable que
mis primeros libros acumulados no hayan sido libros, sino folletos. Pero no estoy seguro.
Me pregunto ahora si algo de la fragilidad y el ordenamiento determinado de los volúmenes
no tiene mucho que ver en la constitución de una biblioteca. Me refiero a que con los
folletos pasaba lo mismo que con los vaqueros y policiales de mi padre se acumulaban de la
mala manera a la vertical y transitoriamente. En todo caso, el primer recuerdo de un
ordenamiento horizontal de libros tesaurizados por mí mismo se remonta a la época en que
vivía con mis padres en un cuarto reducido del centro de Bogotá. Período de vacas
flacas, sin duda. Hecho curioso, ¿no? No tenía cuarto propio, sólo una biblioteca.
Bueno, debo ser modesto, porque en verdad se trataba de una simple hilera de pocos
volúmenes haciendo fila unos contra otros encima de un mueble, de un armario que
contenía vestidos colgados, esqueletos desanimados de los cuerpos con libros arriba, cual
cabezas tronando ya desde las alturas aristocráticas de la racionalidad hecha páginas y
letras.
Mi independencia pasaba así por los libros, por la cabeza, antes que por el
espacio adquirido característica neta del intelectual ¿ verdad? Además, entre esos
volúmenes ordenados horizontalmente había libros de Freud, lo que hacía subir mi
sexualidad del nivel bajo de la pornografía imitativa a lo Pierre Menard, al estado
superior de la sublimación culta y reconocida por la ciencia. Por lo demás, el otro paso
imperceptible e inconsciente que se había realizado en la geografía de mi cabeza y de mi
cuerpo, paralelo a la constitución de mi biblioteca, consistía en la cierta
desvalorización de la escritura llamada de ficción. Quiero decir, en la cierta
compresión hacia abajo, en el cierto olvido (en la Verdrangung, diría Freud) de mis
inicios "novelescos" que representó aquel primer acto mimético de escritura
pornográfica. Entraba así en el dominio riguroso, ascético, serio y reprimido de la
Teoría, en desmedro del juego danzarín, abierto y liberado de lo novelesco y lo
ficticio. Mi cabeza reinaba pues sobre mi cuerpo, desanimado y hambriento como los trajes
colgados en el interior de mi "biblioteca" improvisada.
Ese último año de bachillerato fue muy
importante para mi biblioteca, y en mi vida. De mi pequeña hilera de libros que adornaban
el armario, pasé a mi primera estantería seria. Entre tanto nos habíamos mudado, mis
padres y yo, frente al cementerio, con vista a las tumbas, pero a un apartamento
finalmente, es decir, metros cuadrados de más, incluso si no eran muchos. Tenía cuarto
propio, estantería propia, libros propios y había pasado el examen de ingreso a la
universidad : la vida me sonreía, definitivamente. Además, las vacas habían empezado a
engordar un poco, para mis padres, hasta tal punto que a veces podía invitar a comer a
Alvaro Fayad, mi amigo entrañable de la época, y quien se debatía con una hambruna
crónica desde que había abandonado su ciudad natal para estudiar en la misma universidad
que yo, aunque en otra facultad.
Sin embargo, las vacas no estaban tan
gordas como para haberme permitido pasar de una simple hilera de libros a cuatro o cinco
estantes llenos, más o menos. Ese paso de gigante en tan poco tiempo se lo debía, y que
los dioses se lo agradezcan por una eternidad, a otro amigo, igualmente entrañable, pero
más fugaz, porque poco después nunca lo volvería a ver, comido por la jungla de Nueva
York adonde había decidido viajar para estudiar bellas artes. Juan Julián, así se
llamaba, trabajaba en la enorme librería Buchholz de la avenida Jimenez, y era poeta.
Poeta "mefítico", según la autodenominación que se había dado un pequeño
grupo de escritores en ciernes, y al cual él pertenecía. Entre Dada y Nadaísmo, Juan
Julián, con una cabellera desordenada y tupida y un sombrero a lo Rimbaud, paseaba su
figura escuálida y alta por entre los cinco o seis pisos de la librería. Trabajaba en el
Mezzanine, pero buscaba libros interesantes en otros departamentos para después
"sutilizarlos" en un largo abrigo lleno de bolsillos, o para dárselos a los
amigos que apreciaba en particular. Yo era uno de ellos, por fortuna. Además, Juan
Julián veía que yo estaba demasiado absorbido por los folletos políticos. De vez en
cuando, entonces, me pasaba un libro clave, más duradero, digamos. Baudelaire, Rimbaud,
claro está. En fin, a él le debo en parte la apertura poética de mi pequeño universo,
y el enriquecimiento considerable de mi biblioteca inicial.
Y al señor Buchholz, naturalmente y
aunque contra su propia voluntad. Pero que en paz descanse y que me lo perdone. Bien que
debería hablar en plural, ya que los que "nacionalizábamos" libros en una de
sus librerías de la ciudad, éramos varios, quizá legión. Es decir, era tan fácil
hacerlo, que me cuesta trabajo creer que no lo hiciera todo el mundo, aunque con esto
sólo muestro mi falta de protestantismo moral. Vielen Dank, Herr Buchholz und bleiben Sie
im Paradies gesund!
Esa primera biblioteca dejó de crecer
ahí. Un día, muy poco después de terminar mi primer año de universidad, la metí entre
cajas (acto éste que iría a repetir cantidades de veces más tarde), y me fui. Me había
conseguido una beca para continuar mis estudios en Alemania del Este. Antes de dejárselas
a algún familiar, metí en un pequeño maletín, junto con dos o tres kilos de café y
otras cosas que ya olvidé, tres volúmenes precisos, especies de concentrado precioso de
su espíritu. Si hubiera dependido sólo de mí, me los hubiera llevado todos, incluída
la estantería. Pero, si no me llevé más, cosa que después de todo hubiera podido
hacer, dejando, claro, los estantes, fue porque seguía en eso el consejo de alguien que
conocía la República Alemana, mal llamada "Democrática".
"Allá conseguirás todo lo que
quieras en materia de libros e impresos", fue su sanción de especialista.
Los tres volúmenes que no perdoné del
olvido inmediato eran mi "Biblia de la época, oh vergüenza. Los había comprado
(repito: comprado) con mucho esfuerzo y los estaba leyendo y releyendo con la típica
estupidez de todo creyente. Estaba además muy orgulloso, ya que era mi primera lectura en
un idioma extranjero. El autor se llamaba Louis Althusser, nombre que tal vez hoy ya no
dirá nada al lector. Pero en esos días sí, pues la enorme mayoría de la joven
intelectualidad de izquierda se estaba convirtiendo poco a poco, y con la boca abierta y
el cerebro dormido, en fervientes adoradores de sus elucubraciones teóricas. Yo mismo
había escrito ya una reseña de su pequeño libro sobre Montesquieu, anterior a esos tres
libros "culto" (me refiero a Pour Marx y Lire le Capital en dos tomos) y donde
llegaba a ser más althusseriano que el mismo Althusser. Sólo años más tarde, con más
bagage en mi experiencia y más ideas en mi cabeza, pude liberarme de su influencia. Sin
por ello independizarme de la religiosidad de la creencia, pues pataleaba como un idiota
en las aguas turbias del militantismo redentor, del satanismo inconfeso de los
"mejoradore del mundo", trotskismo sabelotodo, leninismo exterminante y otras
espesas salsas de la certitud inamovible.
Subí al avión en Bogotá con el
concentrado tripartito de mi biblioteca, mis 21 años y una maleta con lo necesario para
introducirme en una nueva y decisiva etapa de mi vida: etapa europea. Sabía decir sólo
Guten Tag y Auf Wiederseben en alemán, leer en francés y mascullar tres o cuatro frases
en un mal inglés. Poco importaba, por lo demás, pues lo esencial bullía en el mudo
latir de mi pecho, y éste me. decía, con la maravillosa inconsciencia ante lo
desconocido : ¡fuerza canejo, haz tu vida! Nunca olvidaré la expresión de sorpresa de
Alain Touraine, pasajero del mismo vuelo y al cual me había acercado para decirle que
había escuchado días antes sus conferencias en la universidad, cuando supo que yo
emprendía un viaje de cinco años, al menos.
- Ciiiincoooo aaaaños, repitió
alargando las vocales ante el asombro, mientras se acariciaba el rostro con una mano
detenida.
Me sonreí incómodo, sin poder adivinar
bien la causa de su estupefacción.
Llegué al aeropuerto de Schónefeld en
Berlín oriental, después de dos cortas escalas : en París, donde no podía bajarme para
no perder el crédito con el que mi padre había adquirido el pasaje, y en Amsterdam,
donde la enormidad del lugar me impresionó. Pensé vagamente que algo ocurría, porque
los empleados gesticulaban en un alemán incomprensible. También, porque me hicieron
esperar horas enteras hasta que llamaron a la universidad de Leipzig para verificar la
realidad de mi beca, supe después. Pero fue sólo a medianoche, al aterrizar en esta
ciudad, que me di cuenta de que había perdido todas mis maletas. Es decir, oh miseria, el
concentrado esencial de mi biblioteca. Me sentí desnudo, desamparado, analfabeta. Para
animarme, me puse a hojear, con curiosidad de bibliotecario, los tomos de las obras de
Marx y Engels expuestos en un lugar del mismo aeropuerto. Extravagancia maravillosa,
posible unicamente en Alemania del Este.
Las maletas se habían perdido en
Amsterdam : me enteré días más tarde con la ayuda de una intérprete que sería mucho
después mi futura esposa. Al recibirlas, encontré intactos los tres volúmenes preciosos
de mi biblioteca, pero no el café que los acompañaba olorosamente. Poco me importó esa
pérdida : nada nacionalista, como siempre he sido. Los tres volúmenes de Althusser me
permitieron recuperar el aliento que las primeras visitas a las librerías de Leipzig
habían comenzado a quitarme poco a poco, y que las futuras incursiones a las bibliotecas
me quitarían del todo. Me refiero a la censura drástica que rodeaba "todo lo
impreso", para emplear los mismos términos de la persona que me había impedido
traerme más libros : mi especialista tendencioso. Me había bastado poco tiempo para
saber que en las librerías no se encontraba ni uno solo de los autores que pensaba leer
una vez atravesado el Atlántico, y que si figuraban en los ficheros de las bibliotecas
públicas era para mejor ocultar el hecho que no se los podía leer del todo.
En las librerías no se podía conseguir
en absoluto ninguna edición proveniente de occidente, sólo traducciones del ruso. En su
mayoría, los estantes mostraban ejemplares repetidos e interminables del mismo libro,
como si una enfermedad contagiosa hubiese eliminado la diversidad de las carátulas,
uniformizándolas bajo moldes compactos y escasos. Y en las bibliotecas, los ficheros eran
un muestrario de códigos establecidos que indicaban, sin decirlo de forma explícita,
pues había que saber descifrarlos, si el libro podía ser o no leído. Lo que hacía que
algunos autores y títulos constituyeran el ejemplo perfecto de una absurdidad
"totalitariamente típica" existir y no existir al mismo tiempo. Manera real y
altamente siniestra de corroborar los malabares de la dialéctica de Hegel y Marx,
especies de Padres de la Patria.
El día que me di cuenta de esa
situación, supe que el Muro, que ya me había impresionado al atravesarlo, constituía
una realidad mil veces más insidiosa, sibilina, repugnante y compleja, de lo que
cualquiera pudiese imaginar. Y con el tiempo iría a descubrir cosas todavía más
impactantes. Pero, desde ese momento vi que ese bloque de concreto que dividía zonas
enteras y palpables de la ciudad, invadía imperceptiblemente todo lo largo, ancho y ajeno
de la realidad inaparente y virtual. Durante los cuatro o cinco años que pasé en ese
país, no dejé de sentir ni un solo instante la curiosa sensación de estar viviendo una
situación descabellada, más allá de todo entendimiento, de toda racionalidad. Era como
si viviera en las entrañas de un monstruo, algo así. Mi diafragma, mis centros
nerviosos, mi cabeza, todo se sintió afectado. Y no fui el único. Pienso ahora en aquel
brasileño que llorando me decía que prefería regresarse a su país antes que tener que
continuar soportando toda esa absurdidad. Por eso, cuando se fue a las pocas semanas de
haber llegado, yo mismo me vi confrontado a una decisión. Pensé hacer lo mismo, pero no
a mi país. Acaricié la idea de irme a París. Sólo cuando me di cuenta de que no
hubiera podido subsistir sin beca, sino únicamente a costa de grandes esfuerzos, fue que
tome la decisión de quedarme. Me propuse entonces dedicarme a lo que me interesaba :
aprender el alemán y confrontarme en el original con los autores, con los clásicos que
sí podía leer. A todos aquellos que la censura me impedía el acceso, los leería a
escondidas, es decir, pasándolos a ocultas por la frontera con Berlín occidental.
Mi biblioteca adoptó así un carácter
clandestino, digamos. Cada volumen que lograba pasar por ese confín adquiría por tal
hecho la dignidad de la proeza, y se rodeaba entonces de un aura particular. Me sentía
constituyendo una especie de tesoro enterrado, aunque visible en los estantes silenciosos
que rodeaban las paredes de mi cuarto.
Al tiempo me mudé a Berlín oriental,
con el fin de estar más cerca de la fuente central de aprovisionamiento, por así decir.
Me bastaba cruzar la frontera y tener al alcance de mi mano todo lo que no podía obtener
de este lado del Muro, donde vivía. Los estudiantes extranjeros residentes en la capital
tenían más problemas para obtener una visa para la parte occidental. Pero como yo había
conservado mi matrícula en la universidad de Leipzig, la solicitaba entonces en esa
ciudad y podía eludir los obstáculos que la burocracia oriental ponía para impedir el
libre paso. Impedimentos o no, los extranjeros eramos sin duda unos privilegiados totales
por relación a la población en su conjunto los únicos que podíamos atravesar el Muro
con un simple papel, por caro o dispendioso que fuera el obtenerlo. ¡ Qué fácil era ser
socialista en esas condiciones : guardando sus privilegios ! La hipocresía, el cinismo
abierto y el oportunismo eran las salsas con las que se hacía comer a los ingenuos esa
ensalada de buenas intenciones y hombres nuevos".
Es fácil imaginarse que mis tres libros
de Althusser constituyeron al inicio una especie de respiradero natural. Era como poseer
una ventana abierta al Occidente, es decir, al mundo que se me impedía estudiar con
libertad. En ellos encontraba, también, una visión distinta de la oficial, más
elaborada, culta y atractiva. Pero la atracción duró poco, paradójicamente El peso
aplastante de la realidad encerrada, totalitaria, fue más eficaz que cualquier texto por
elaborado que fuera. Althusser no me decía nada en mi nueva situación
"socialista". Al contrario se callaba rotundamente u ocultaba los hechos bajo el
manto "diversionista" de la teoría. Además, la enorme escogencia que me
ofrecía Berlín occidental en libros, me permitía no sólo satisfacer mi curiosidad y
llenar mis lagunas, sino responder incluso a los interrogantes que me planteaba mi nueva
situación. Fue así como encontré a Trotsky y a Wilhelm Reich. Ambos me dieron los
elementos para entender el engaño de la realidad. Pero, el primero, llevándome más al
fondo, comprometiéndome con las corrientes profundas y secretas, casi, de lo que vivía
en superficie. Mientras que el segundo sembró las lentas bases para salirme del todo,
mucho más tarde.
Todos esos años los veo hoy como vueltas
en medio de un laberinto, en la búsqueda de mí mismo a través de circonvoluciones que
la vida me puso a hacer sin que conozca en absoluto las causas. Tentado estaría de
preguntarme por qué no me dirigí más en línea recta hacia el camino donde hoy me
encuentro. ¿ Por qué los mismos autores que me ayudan ahora a afianzarme en mi ruta no
me decían lo mismo años atrás ? ¿ Qué es lo que permite que tomemos en serio una
teoría, un autor, un libro ? ¿ Qué es lo que le posibilita marcarnos, haciendo que lo
sigamos ? No pretendo responder a tamañas cuestiones. Sólo dejaré ver que no hay
biblioteca que se explique por la existencia cruda del material que contiene. Toda
biblioteca se enraíza en la propia vida del que la construye con paciencia, o a la
carrera, poco importa. Quiero decir que nunca un libro es sólo un libro y que la manera
como él nos toca excede todo entendimiento. Todo libro es un misterio, como misterio es
la vida que lo trajo al mundo y, pues, al estante que lo sostiene.
En espacio de pocos años mi biblioteca
había pasado del estado embrionario a la edad adulta, por no decir a la sobrepoblación
cosa de la cual me di cuenta cuando al emprender el camino de regreso tuve que meter todo
eso en cajas y cajas. Fue cuando volví a experimentar la censura, pues para que los
libros salieran, me exigían cinco copias detalladas de todo el contenido de los
embalajes. El nombre del autor, el título de la obra, la editorial, la ciudad y la fecha
debían estar claramente indicados. Y todo eso ¡ cinco veces seguidas!
"Gulp", tragué saliva al
saberlo.
"Y ahora qué hago", me
pregunté rascándome la cabeza. Estaba en ésas cuando me acordé de la primera vez que
recibí de sorpresa la visita de una de las profesoras de alemán, recién llegado al
país. Vivía en Leipzig en una residencia estudiantil frente al Rosenthalpark, con un
riachuelo en sus bordes y puentecitos para atravesarlo. El cuarto, con vista al parque,
tenía una estantería prevista, cosa que me agradó desde el comienzo. Allí tenía,
pues, los tres libros de Althusser y su equipo, y otros que había conseguido en mis
primeras escapadas a Berlín occidental. Ya me habían dicho que de vez en cuando a los
profesores les gustaba aparecerse de repente, para obligarlo a uno a soltar la lengua,
mientras echaban un ojo alrededor. A nadie le extrañaba semejante procedimiento, pues
formaba parte de la severidad extrema que caracterizaba al Instituto Herder, donde
estudiábamos, con sus reuniones intimidatorias donde se evaluaba ante todo el mundo el
estudio de cada cual, con sus horarios extenuantes, sus deberes escolares, su disciplina
rígida y etcétera, etcétera. Es probable que debían obrar así si querían homogenizar
en un solo molde fijo la abigarrada diversidad de comportamientos y nacionalidades que se
encontraban en ese lugar más de ochenta, según nos repetían cada vez que alguien se
arriesgaba a levantar un poco la voz. En fin, la cosa es que todo eso debía uno
tragárselo, si quería pasar más tarde a la universidad con un mínimo de alemán entre
boca y oreja. Y no hay duda de que el método propiamente lingüístico, expurgado de sus
aditamentos prusianos, era excelente.
Le abrí pues la puerta a la profesora,
la invité a sentarse y me puse a escucharla viendo cómo miraba curiosa a su alrededor.
Yo le respondía haciendo esfuerzos e intentando utilizar lo menos posible los solo
monosílabos. En una de esas se paró e inspeccionando la biblioteca, me preguntó
"No tiene usted miedo de leer a estos , y sin terminar la frase me mostró un libro
de Georg Lukács.
Este autor era uno de los
"renegados" marxistas importantes, que había trabajado incluso en la RDA antes
de haber tenido problemas con los estalinistas del momento. Sus libros estaban, pues,
estrictamente prohibidos en el país.
No sé si le dije que no veía por qué
tener miedo de los libros y que además estaba esforzándome para leerlo en alemán.
Cuando se fue, me quedé pensando largo rato en lo disparatado de la situación.
Lo mismo me decía ahora ante la
necesidad de tener que hacer cinco copias detalladas de toda mi biblioteca. ¿ Y por qué
cinco ? ¿ Qué iba a hacer con tanto libro prohibido que tenía ? ¿ Cómo hacerlos pasar
bajo los ojos de cinco rigurosos censores, mil veces más estrictos que mi profesora del
Instituto Herder en Leipzig ? Por más que me rascara la cabeza no sabía qué hacer.
Veía a los cinco funcionarios, ojos avisores y lápiz en mano, pasando revista cuidadosa
a cada uno de los autores y títulos. Me los imaginaba tachando a cada momento el libro en
cuestión, mientras ahogaban griticos recriminatorios.
Tenía que reírme, no de mi
imaginación, sino de la paradoja que me obligaba ahora a mostrar lo que en su momento
había podido ocultar. El destino no me había ahorrado nada, en definitiva. Implacable,
me obligaba a abrir el tesoro. A menos que... y continuaba rascándome la cabeza.
Decidí, absurdidad obliga, volverlos a
pasar a escondidas por la frontera para enviarlos a destino desde Berlín occidental.
Bueno, al menos los más importantes, es decir, peligrosos Trotsky, Havemann, Biermann
(disidentes locales), Marcuse y así por el estilo. En total, unas buenas cajas, no
obstante. El resto, peligrosos también, los camuflaría de alguna manera. Escribiría sus
nombres al revés, me dije, haciendo de Mao Tse Tung, por ejemplo, un autor irreconocible.
Algo así como Gunttse Oam o Tuntse Moa, no sé. Además estaban en francés, agregué
reconfortándome, a la par que me volví a ver entrando a la embajada china en Karlhorst,
un barrio alejado de Berlín, sintiendo en mis espaldas el ojo severo del policía de
turno. El mismo que le había impedido el paso a mi acompañante de la RDA, por supuesto.
Entré solo, entonces, a un recinto adornado con fotos de Mao, Lin Piao y uno que otro
dragón. Al cabo de unos minutos se presentó un empleado solícito que me ofreció, ante
mi demanda, la posibilidad de tener las Obras Completas del Gran Timonel en tres tomos y
en papel arroz. Pero en francés, a falta del español. Salí contento del lugar, sin
embargo, y sin haber desembolsado ni un solo céntimo por toda esa sabiduría maoísta
envuelta en papel fino. Pasé ante las narices del policía hojeando ostentosamente los
tomos.
Fue así como envié desde dos partes
distintas de una misma ciudad, los peligrosos y menos peligrosos volúmenes de mi
biblioteca. En cuanto a la lista quintuplicada, supongo que estará todavía siendo
descifrada, porque hasta hoy no he recibido respuesta alguna.
La parte "oriental" de la
biblioteca se encaminó vía Rostock y encalló en barco en uno de los depósitos
aduaneros del puerto de Barranquilla. Allí permaneció un largo año sometida a la
crítica roedora de los ratones, mientras yo mismo me especializaba en lides trotskistas
en París. Ocasión también de continuar acumulando libros. Así, poco antes de regresar
a Colombia, experto en transformaciones del mundo y en discusiones de secta, diplomado por
la Cuarta Internacional, me precedía una nueva ramificación, sección francesa, de mi
bliblioteca. Cinco años habían bastado para centuplicar considerablemente aquel primer
núcleo originario y tripartito. Ya no leía a Superman, a Freud lo miraba ahora desde su
disidencia radical, y mis "maítres á penser" eran Marx y Trotsky, héroes
menos voladores, pero igualmente ídolos. Mi universo había crecido, con el aumento de
libros, pero mi cabeza permanecía la misma aferrada a un fundamento segurizante y poco
ágil, en suma.
Entré pues a Colombia con la ingenuidad
del que cree poseer enteramente la verdad, y volví a partir, cuatro años más tarde, con
la incertidumbre y el desasosiego del que quema las naves tras de sí. Abandoné mi puesto
en la universidad, la organización en la cual militaba y clausuré el periódico
político que financiaba y escribía casi solo como para corroborarme que una secta es
más secta en cuanto menos miembros tenga. Después metí los libros en cajas, de nuevo.
Y, como Superman, tomé vuelo. No hay mejor manera de cambiar las ideas que la de tirarse
al vacío cuestión de abrir cabeza y corazón para que entre el aire.
Con Gustav Jung y Karl Jaspers podría
decir que es en las situaciones-límite donde en verdad se crece. Espiritualmente, digo,
porque mi biblioteca se vió de un solo golpe reducida a su más mínima expresión. Al
llegar a París me di cuenta de que el reducido apartamentico que había conseguido a
través de amigos no alcanzaba ni siquiera para albergar a dos personas juntas : mi esposa
y yo. Mucho menos para meter una enorme biblioteca de cientos de volúmenes. Con un telex
urgente interrumpí el envío de las cajas y conseguí que un familiar se encargara de
almacenarlas en alguna parte. Por primera vez en mi vida me quedé sin libros además de
que no llevaba entre mis maletas ningún concentrado tripartito u otro. Supongo, pues ya
no recuerdo, que apenas tendría algo para leer en el avión, nada más. Buena señal, si
lo pienso bien, pues entre menos autores fetiches, más ligero es el vuelo.
Claro que tenía a mi alcance todas las
innumerables librerías de Paris. O más o menos, agrego, pues no significa que tuviese
mucho dinero, aun cuando mi antigua capacidad para "nacionalizar" libros seguía
intacta. Pero como tenía el propósito de llevar a cabo un viejo proyecto escribir algo
sobre la relación entre Carlos Marx y Wilhelm Reich, empecé a redescubrir la útil
función pública de las bibliotecas. Me inscribí en el postgrado de filosofía de la
universidad que había frecuentado en mi año de militancia trotskista, y me puse a
trabajar con disciplina. Todas las tardes me instalaba en un cómodo camarín de la
biblioteca de Beaubourg, cerca de la MEW : las Obras Completas de Marx y Engels en
alemán, las mismas que había recibido como regalo de parte de mi extraordinaria suegra y
que reposaban ahora en Bogotá, entre cajas. Sí, ésas que había hojeado por primera vez
en el aeropuerto de Leipzig, diez años atrás. Cuarenta y tres tomos relucientes, si no
me equivoco en la cifra, que vendería un primo años más tarde siguiendo mis
indicaciones. Es curioso, pero sería una universidad católica en Bogotá la que las
compraría para enriquecer su biblioteca.
Yo creo que fue a partir de ese momento
que empezó a operarse en mí un cambio respecto de los libros y las bibliotecas. Me es
difícil detallar las causas precisas, pero puedo imaginarme el cuadro de la situación:
El haber abandonado la militancia
política me hizo confrontarme a la complejidad del mundo. Fue como quitarme de pronto los
espesos anteojos con los cuales lo miraba, y descubrir que entre menos indicaciones
poseyera para moverme en su interior, mejor era. Las ideas son especies de utensilios, y
éstos pueden ser útiles o desaconsejables, según el uso o el objeto por trabajar. En
suma, comenzaba a desmontar mi racionalismo, a darle poco a poco cabida de nuevo a mis
sentimientos ; aquellos que había reprimido entre mi infancia y mi temprana adolescencia,
aterrado por el desbordamiento "pornográfico" de su manifestación.
Pero no acababa apenas sino de comenzar.
La situación-límite no había mostrado aún todos sus meandros y riquezas. Y como los
sentimientos son la base de lo cotidiano, era éso lo que debía ser removido en
profundidad. Una vez caída la defensa, es decir, el muro de contención que representa la
militancia leninista, y el racionalismo asegurador y dogmático sobre el que se
fundamenta, lo demás vendría de por sí. Por eso todo lo que vivía a partir de ese
momento era como si lo sintiese más, como si tocara sin mayores rodeos mi centro vital.
Quizá se trataba sencillamente de una inversión de valores. Antes, todo lo que
constituía el mundo externo, éso era lo importante revolución, cambio social,
proletariado, etcétera. Ahora, lo esencial era mi propia vida, mi cotidianidad. Mi tesis
de doctorado y el libro acerca de la sexualidad y el feminismo son los testigos de esa
primera inversión. Pues vendrían otras.
Si para cualquier humano la mayor
dificultad reside en saber aceptar la vida sin condiciones ni pretextos, para un
intelectual esa tarea representa algo así como deponer las armas. Confrontarse a la vida
sin ideas ni libros: ¡ vaya enormidad !
Pues bien, eso fue lo esencial de la
transformación que empecé a vivir en ese entonces, y que vivo aún. Pero en mi tesis de
doctorado y en el libro "feminista" que le siguió, el intelectual que soy se
defendía todavía con manos y dientes. Si es verdad que con ellos empezaba a preocuparme
menos de las solas "condiciones externas", incluyendo en mi punto de vista lo
privado, lo cotidiano, la "cuestión personal", es decir, la vida misma, no
dejaba sin embargo de sopesar el mundo a partir de ideas, metiéndolo dentro de una
camisola de fuerza, eliminando lo que no quería y aceptando lo aceptable, como Procusto
con su famoso lecho. Y cosa aún peor : consideraba todavía que la transformación del
mundo pasaba por esa inclusión, es decir, no había abandonado la ilusión utópica. No
pasaba de ser entonces sino un estratega ridículo, con el dedo levantado en señal de
recriminación y mostrándole a mis congéneres la vía por seguir: dogma, arma y brújula
en el bolsillo. Por lo esencial, la militancia leninista es una concepción militar y
religiosa del mundo, hecha de camaradas y renegados, de ídolos por adorar, de ciudadelas
por asaltar, de proselitismo u enemigos por eliminar, de órdenes por seguir, de dogmas y
principios por defender y de ritos, sectarizaciones, pequeños grupos, encerramientos y...
Por eso, muchos no pueden abandonarla a falta de muletas para moverse en la realidad. Y
los que lo logran no dejan de sentirse libres, cuando lo que ocurre es que han acabado de
acceder simplemente a la normalidad.
Poco a poco empecé a formar de nuevo una
biblioteca. Pero esta vez era bien modesta. Había regresado a los pocos estantes
funcionales en torno a lo necesario. Nada del gigantismo de la sobreabundancia y la
acumulación por la acumulación. Creo que antes me sentía como el especialista que
debía tener todo lo que se publicaba sobre la especialidad. Había que llenar todos los
huecos con referencias y libros pesados. Así era también mi modo de escribir. A imagen y
semejanza de mi concepción militar, mi escritura avanzaba compacta como un pelotón. El
aparataje era decisivo, es decir, mostrar lo que se sabe, mostrar lo que se ha leído :
libros acumulados en la cabeza o en los estantes. Escritura autoritaria, con peso, como se
dice. En esos casos la erudición es una artillería pesada destinada a apabullar al
lector, potencial enemigo.
Creo que con La sexualidad del feminismo.
¿ Biología o cultura ?, mi escritura se hace algo más aérea. Sobre todo si la comparo
con mi producción marxista anterior, tipo De la praxis (oh, título horrible y
sintomático ¿ no es verdad ?). En aquél me permito ciertas libertades, pequeñas
disgresiones, además de cuidar la expresión. En el otro soy el profesor dictando curso,
sin imaginación ni vuelo; salvo en los textos algo posteriores, como el artículo sobre
Kafka o la conferencia acerca de los límites del marxismo, por ejemplo. Textos
fronterizos, por así decir.