Por eso puedo afirmar que mi escritura se transformó con
el cambio de mi disposición ante los libros, baluartes supremos de la racionalidad. Hoy
estoy seguro de que todas esas transformaciones internas, especies de caída de mi Muro
interior, se remontan a las condiciones de mi exilio. Sólo una adopción tal del vacío,
semejante a un terremoto, podía conducirme a un cambio radical de piel. Y dentro de todo
eso, como figura esencial, se encuentran las evoluciones de mi vida personal, afectiva. De
ahí que el libro sobre la sexualidad y el feminismo sea distinto, ya que fue escrito en
los bordes de esa situación, protegiéndome con la cabeza de la angustia ante el
terremoto. Pero el libro testigo, el que fue hecho con el material mismo del temblor de
tierra y de la caída del Muro racionalista y protector, es El experimento : vivir libro
acaballado entre la ficción, la reflexión y la autobiografía. Acaballado entre
géneros, puente entre mis "yos" distintos, mis avatares, mis vidas. Producto
también del crecimiento que conlleva toda situación límite, toda crisis en verdad
profunda y benéfica, aunque dolorosa.
Especie de segundo nacimiento, El
experimento: vivir proviene de aquella capa psíquica reprimida por el "trauma"
de mi primera experiencia de escritor ; de escritor pornográfico a lo Pierre Menard y
Borges al tiempo. Tuve que pasar por el sacudimiento interno del exilio y los avatares de
mi sexualidad amorosa, para liberarme del susto espiritual de aquella escena originaria de
censura, fuego "purificador" de por medio. El día que el lector pueda leer ese
libro, que continúa inédito por la acción de otro tipo de censura, verá por si mismo
cómo pude sacudirme el susto y cambiar de piel. Verá entonces que no exagero ni le
miento.
El experimento: vivir lo escribí en
parte en un hotel en París, y sin biblioteca. Creo que no tenía ni siquiera una mesa de
trabajo. Me acomodaba en la cama del pequeño cuarto, atrincherado contra el muro y en mis
recuerdos, y estilógrafo y cuaderno en mano, escribía. Era la primera vez que vivía en
un hotel también, la primera que escribía en esas condiciones. Ni una sola obra de
referencia, ni libros por ahí, ni máquina de escribir, ni escritorio, nada. Ni siquiera
mis cosas habituales, mi ropa, mis zapatos, afiches adornando la pared, mis fetiches
rodando por el cuarto, revistas esperando ser leídas, la cafetera humeando, todos esos
objetos que conforman el sedentarismo y el confort, por mínimo que sea : nada. El vacío
total alrededor de mí un cuarto impersonal de un hotel barato en la calle Beaunier del
distrito catorce, en París. Todo el resto guardado entre cajas o en la casa de amigos.
Conmigo, sólo un cuaderno, un estilógrafo y un libro de Henry Miller, libro de ficción
y autobiografía, como todos los de él.
Algo me ocurría, es evidente : el lector
se habrá dado cuenta.
Pues bien, así fue durante toda esa época en que accedí poco a
poco a una nueva piel, a nueva escritura. Sin biblioteca. Cuatro o cinco años me
separaban de ese día en que envié el telex urgente deteniendo el envío de mis libros
desde Barranquilla.
Cinco años sin saber dónde estaban,
cómo estaban. Y en cuanto a la nueva, también entre cajas. Ah, qué liberación, en
realidad !
¡ Qué libertad de peso! ¿ Ah?
Más tarde, del hotel, me pasé a vivir
donde Dominique - una amiga que vivía en el Boulevard Philippe-Auguste -, y continué
escribiendo. Pero a veces me tocaba dormir en el suelo donde mi antigua compañera, mí
esposa, porque no había otra alternativa, porque no tenía dónde dormir, porque donde
Dominique ocupaba el cuarto de alguien que venía de tanto en tanto desde Londres por
causa de trabajo, o porque a Vicky y Didier, frente a la calle Daguerre, no podía
molestarlos siempre. Y, bueno, qué se le va a hacer, che, como dicen en la Argentina.
Total, continuaba escribiendo. Con mi cuaderno, mi estilógrafo, mis recuerdos, mi dolor
fructificante todo terciado entre pecho y espalda, escribiendo.
Meses más tarde abandonaría París por
Caracas, con mis libros entre cajas y mi cuaderno y mi estilógrafo acompañándome.
Dejaba atrás el viejo continente, de nuevo, pero no para siempre. Esta vez llevaba un
doctorado en el bolsillo, que no me iría a servir de nada, en realidad, y unos
manuscritos prácticamente inservibles, es decir, sin publicar.
Al llegar a Caracas dejé las cajas sin
abrir en la oficina de mi hermano, y me acomodé en un pequeño cuarto de su apartamento
de la avenida Volimer. Veinte pisos por encima de la ciudad, con vista a las autopistas
que la cruzan con mucho ruido y sin piedad. Y continué escribiendo. El libro lo terminé
un año después frente al mar y pasó a engrosar los manuscritos sin publicar hasta
hoy.¡ Ah, poco importa ! Con él crecí unos cuantos centímetros por encima de mí
mismo, y eso es lo esencial. El resto vendrá algún día.
A lo largo de los cuatro o cinco años
que permanecí en Caracas, la gran mayoría de mis libros se quedaron entre cajas. Nunca
tuve el espacio ni el dinero suficiente (salvo ya antes de irme de nuevo), para meterlos
entre estantes, como se hace. La solución tradicional consistió en tener conmigo
estrictamente lo necesario, recurriendo de nuevo a las bibliotecas públicas : la de la
Universidad Central y la del Instituto Hurnboldt (que aquí sean agradecidas).
Pero tuve asimismo la posibilidad de una
solución original meter mis libros entre los estantes de un amigo : José Víctor,
exiliado como yo, quien vivía en uno de los cerros proletarios de la ciudad con hijos y
esposa. José Víctor no tenía más dinero que yo, incluso menos, pues en esa época no
tenía trabajo ; lo que lo llevó a los bordes de la desnutrición durante un buen tiempo.
Todavía recuerdo la visita que le hice un día en su cama de enfermo, con tubos de suero
a su alrededor y su sonrisa de siempre. Pero para él el dinero no era de lejos lo más
importante. Podía compartir una moneda de cinco centavos con sólo partirla en dos.
Manera de decir que tenía un corazón tan grande como el ámplio apartamento que no
podía pagar mensualmente.
Los dejé entonces en ese lugar propicio
y los visitaba de tanto en tanto con el mismo placer con que veía a José Víctor para
mover la mandíbula. Cada vez que iba adonde él los hojeaba para no olvidarlos, tomaba
una referencia que podía servirme en mis cursos, o me decidía a guardar uno entre mi
bolsillo para continuar viéndolo más tarde. Cosa que intentaba no hacer con demasiada
frecuencia para no infringir las leyes mínimas de sobrevivencia en un reducido espacio:
donde vivía.
Entre tanto había empezado a vender a
distancia mi biblioteca en Bogotá. No sólo porque ya me había distanciado ante ella,
sino porque necesitaba dinero. Lo que ganaba entre la universidad y el periódico donde
escribía con regularidad, no me daba siempre lo necesario para vivir. A tal punto que una
vez tuve incluso que vender empanadas en un estadio de barrio. Lisbeth, la compañera con
la que compartí mi vida en ese entonces, las hizo lo mejor que pudo y con un recipiente
para guardar el calor y un poco de picante, nos pusimos a ofrecerlas entre la gente.
"Empanadas, empanadas,
empanadas", susurrábamos, antes que gritar, impedidos por el prejuicio y la
vergüenza. No recuerdo que hayamos vendido muchas, pero sí lo suficiente como para pasar
la tormenta con dignidad. Fue por eso que me decidí a vender los libros : y no sólo los
de Bogotá. Tomé contacto con un librero que conocía en el centro comercial de los
Chaguaramos y, con la ayuda de José Víctor, los metí de nuevo en cajas y se los dejé.
Cada mes comencé a recibir entonces el producto de la venta. Conservé sólo los
necesarios, sin que pueda decir dónde se situaba para mí la frontera entre supérfluo y
necesidad. Creo que había llegado ya a un tal desprendimiento, que la única materia
escrita que respetaba era la de mis solos manuscritos. Todo lo demás podía irse, por
mí, al infierno. Con tal que me diera dinero, claro. O sea que estaba llegando a la
levedad de Superman, combinada con el interés por el dinero de un Rockefeller, más el
desprendimiento ante los objetos de un Estoico. No por nada mis lecturas favoritas en el
momento eran el Manual de Epicteto y los Pensamientos de Marco Aurelio. A Superman no
había podido conseguirlo en ninguna biblioteca.
Hoy puedo decir que toda mi estadía en
Venezuela fue una etapa muy importante de transición, marcada por un desprendimiento
paulatino de algunos de mis antiguos pesos. Y me refiero no sólo al de mis libros. Fue
allí donde empecé la evolución presente de mi espíritu, convoluta misteriosa de mi
marcha en tierra, y que culmina en
|La
ciudad interior y Del pensar breve. Y fue de allí de donde indirectamente se derivó,
en una nueva muda de piel y situación límite, El docto y el imbécil. En este último
relato, por lo demás, todas esas aventuras. No voy a aburrir doblemente, entonces, al
lector.
Me regresé a París sin que hubiese
terminado de vender mis libros, y después de haber enviado por correo los que había
escogido para acompañarme. Por tercera vez dejaba mi continente, y mi lengua, para
instalarme en el exilio y en otro idioma. Era la tercera vez que abandonaba todo lo que
tenía, incluída mi posición profesional, mi vivienda, mi biblioteca, mis amigos y,
ahora, incluso, hasta la mujer que amaba. En una impresionante atracción por el vacío,
volví a tirarme sin paracaídas. Vruuummm...
Aún hoy no podría explicarle a nadie,
ni a mí mismo, las razones profundas que me han llevado a saltar de esa manera repetidas
veces. Sólo puedo decir que en éso he estado siguiendo más bien a Icaro, que a
Superman.
Una vez allí, instalé las pocas cajas
recibidas en el apartamento que mi antigua esposa me había prestado para aterrizar, por
el poco tiempo de sus propias vacaciones que coincidían con mi llegada, y sin abrirlas,
me puse a buscar vivienda. La corresponsalía que me había conseguido en Caracas, pero
para representar a una revista mexicana y a través de un amigo, no me bastaba para casi
nada, y, sobre todo, no para una vivienda correcta. Debí arreglármelas con lo más
barato que obtuve, lo que para mis libros significó que no pude desempacarlos todos. De
nuevo, pues, los dejé entre cajas, debiéndome contentar con menos que lo supérfluo. Una
vez más las bibliotecas públicas fueron mis mejores amigas, y en particular la de
Beaubourg. Allí donde nueve o diez años antes había escrito parte de mi libro sobre Man
y Reich, y donde iría a escribir ciertos capítulos de mis dos próximos.
Inmerso hasta el cuello en una nueva
situación-límite, volví a salirme con una nueva piel. Quiero decir que no tenía otra
alternativa que trasmutar en positivo la adversidad, dedicarme pues a un nuevo libro que
me permitiera comprenderme, para recuperar ante mí mismo mi propia imagen ideal. La
ventaja del vacío, si puedo expresarme así, consiste en la sinceridad a la que nos
obliga. Continuar mintiéndose en tal caso es como entregarle el alma al Diablo, y sin
remedio. Creo que mucho de la perplejidad ante las extrañas fuerzas que me gobiernan,
así como de la cierta tristeza de saberme acaballado entre un yo lúcido ante el fracaso,
y otro enceguecido cometiéndolo, se coaguló de alguna manera en ese nuevo libro. Es
quizá el más austero que he escrito, el más sobrio, el menos barroco, el menos
danzarín. Pero el más sincero, el menos retórico y el más incomprensible para mí
mismo. El docto y el imbécil, su título, expresa bien, me parece, todo ese meollo
confuso y para-esquizofrénico de mis "yos", de mi frágil situación en un
mundo que construyo yo mismo con los medios a mi disposición. Y torpemente, muy
torpemente, pero con la sonrisa en los labios, creo, si bien no siempre.
La sonrisa en los labios fue la que
expresé en La ciudad interior. Ese fue el primer libro que me salió de las entrañas,
recién llegado. El docto y el imbécil le siguió. La cronología es importante, porque
manifiesta mi lucha contra la situación, mi estado de ánimo, mis armas, por así decir.
Y sus variaciones entre libro y libro. En el primero podía aún reír. En el segundo no.
Pero le pido al lector tomar todo esto
grosso modo. Nunca un creador podrá expresar hasta el fondo, como nadie, por lo demás,
las fuerzas recónditas que lo mueven a crear. El lenguaje con el que intenta cernir el
misterio no corresponde sino a ciertas capas, pocos estratos acaso, del intríngulis
espeso que se encuentra en sus cimientos, de alguna forma. ¿ Y quién sabe, verdad?
Sea como sea, La ciudad interior
corresponde a la primera confrontación con esa fuerza de atracción por el vacío, a la
primera intuición de su existencia. Mientras que el segundo manifiesta el horror. No sé
si el lector me crea, pero le confieso con sinceridad que me di cuenta de que el vacío me
atrae, sólo a partir del momento en que decidí escribir El docto y el imbécil y,
podría decir, incluso, hasta el instante mismo en que encontré el título. No sabemos
qué es la conciencia ni cuándo surge y por qué. Lo único es que sentimos un profundo
dolor, o una profunda alegría, cuando se despierta según las circunstancias y
condiciones que la traen a luz. Es probable que antes de ese libro, y ya con El
experimento.. vivir, haya empezado a entrever que algo ocurría con mi vida: manera de
decir. Si esculco en mis sentimientos, encuentro en aquel entonces una curiosa sensación
de perplejidad y confusión. Me preguntaba por qué me tenía que pasar "todo
eso", como Job ante su desgracia. Pero a diferencia de éste, llegué rápido a la
conclusión que al único a quien podemos responsabilizar de lo ocurrido es a uno mismo.
La vida es uno: ese fue el título que pensé para ese primer libro, suerte de enseñanza
a la cual llegaba, sin proponérmelo. Creo poder decir que la distancia tomada ante mí
mismo, ante lo que me ocurre y produzco, es la base de mi capacidad de creación. Tal vez
lo que se llama conciencia no sea sino una especie de levitación del yo sobre el yo :
forma de poder verse desde arriba.
Y toda mi producción literaria es una
mirada sobre mí mismo. Cuando logro transformar la perplejidad que me produce mi vida, en
fuerza activa de escritura, es cuando gano en conciencia dando a luz a un libro. Mis
libros teóricos son el acrecentamiento o las transformaciones de mi conciencia en reposo,
y mis "ficciones, las mutaciones de mi conciencia en guerra : verdaderos cambios de
piel.
A los pocos días de haber llegado a
París, el salto que había dado en el vacío empezó a evidenciarse. Pero la novedad de
la situación, la alegría de haber logrado el regreso y la misteriosa atracción que
ejerce sobre mí la Ciudad Luz, me impedían ponderar el salto en toda su gravedad.
Además me había propuesto terminar un libro comenzado en Caracas, consagrado en parte a
las ciudades, y que me ayudaría a sobrellevar la adversidad. Compartía un reducido
apartamento con un desempleado que necesitaba ayudarse para pagar el arriendo ; dormíamos
en el mismo cuarto y teníamos baño, cocina y un escaso corredor como confort. Sobre mi
mesa, y debajo también, arrumados contra la pared, justo al lado de la cama, los pocos
libros de mi antigua biblioteca me ayudaban a mantener un espacio "propio",
especie de raíz reconfortante, aunque transportable. Y cuando no escribía en Beaubourg o
en algún café poco ruidoso, o estaba ausente mi compañero de cuarto, me acomodaba
frente a los volúmenes y empezaba a rasgar con un esferógrafo el papel liso y blanco
donde acumulé La ciudad interior. Creo que la cierta alegría juguetona de ese libro fue
una forma de evasión, porque la angustia empezaba a invadirme poco a poco.
Pero fue sólo cuando las condiciones me
condujeron a perder toda esperanza de reunirme con la mujer que amaba, obligándome a la
vez a trabajar de guardián nocturno en una fábrica, que el yació se me reveló como la
jeta de un monstruo. Me vi cayendo y cayendo en un hueco oscuro, y sin recurso. Cuántas
veces no soñé estar escalando una pendiente impresionante, casi un muro, y con la sola
fuerza de las uñas, para después despertarme de un golpe con una aprehensión en el
pecho. Fue hundido en esa situación que comencé a escribir
|El docto y el imbécil en los días libres que me
dejaba el trabajo nocturno, o en la fábrica misma, en los ratos muertos de la vigilancia
y las rondas entre máquinas, chassises de carros y salas enormes, frías, sucias y
oscuras. Dos años duré escribiendo ese libro, dos años intensos, espesos como lava, y
durante los cuales todo el dolor que acumulé se vió transmutado en puntos y comas. Pasé
por varios trabajos, cada uno un poquito menos miserable y denigrante que el otro, y por
varias viviendas más o menos en la misma progresión. A veces más arriba, a veces más
abajo, pero, todos, etapas diversas en la misma escala de la mutación del sufrimiento. Y
durante toda esa época, como sola compañía, la enorme biblioteca de Beaubourg que
frecuentaba a diario, además de la mía, más pequeña e instalada sobre cualquier mueble
para la ocasión.
De esas dos bibliotecas extraía mis
recursos, mis fuerzas, e incluso hasta las raíces de los libros que escribí en ese
entonces. Pues todo libro se nutre de libros, suerte de monstruo autófago e insaciable.
|Si El experimento: vivir y La ciudad
interior tienen como padrino a Henry Miller, con sus carcajadas, sus libertades
estilísticas, sus autocomplacencias y sus autocríticas implacables, con su amor por la
vida y por la calle (y por la literatura de la calle : cosa importante, literatura del
libre caminar), El docto y el imbécil se recuesta en Robert Walser y Ernest Jünger, más
bien. Del primero, la economía del estilo y el gusto por el fracaso, por la soledad, por
el suelte de amarras, y del segundo, la conciencia altanera y autoreflexiva, el amor por
la libertad individual, más allá de las consecuencias : amor por el camuflaje y el
disfraz. De ahí que su figura emblemática sea Rimbaud el aventurero, el fracasado, el
temerario, el grandioso y el imbécil, a la vez. Ese Rimbaud del cual Henry Miller resume
en una frase sibilina y certera, misteriosa y profética al mismo tiempo, toda su
complejidad: "El tipo Rimbaud reemplazará en el futuro al tipo Hamlet y al tipo
Fausto." Frase contra la que me estrellé en ese momento de mi vida y de la cual aún
no me he evadido: manera de confesar que todavía no la comprendo. Quiero decir que en ese
tipo ideal tuve que reconocer mi propia temeridad y mi estupidez. Darme cuenta de que mi
fuerza creadora pasaba por el riesgo de abandonar todo, incluso esa propia fuerza, fue un
choque sin precedentes en mi vida. Hoy no tengo dudas de que en ese libro conjuro y me
confronto a las ondas producidas por tal choque, de que fue gracias a él que pude
sobrevivir: dicho esto sin melodrama alguno, en toda ingenuidad, si se me permite la
expresión.
Fue mucho más tarde, pasada ya la
sorpresa del impacto, cuando llegué a reconocer en mi caso la cierta banalidad de todo
creador en lucha contra su propio demonio, para emplear los términos de Stefan Zweig. Ya
que, como lo afirma Ernest Jünger, "todo hombre es abordado un día por la
tentación, y podrá tanto mejor salirse de la situación, en cuanto discierna, al final
del camino, el propio atolladero. Cada uno se encuentra un día en un cruce de caminos,
pero pocos son los Hércules. Por un lado la ruta conduce al mundo de la economía, con
sus funciones y sus tareas, sus deberes y su utilidad. Por el otro, al mundo del juego,
con su destello y su belleza, sus sustos y peligros".
Es quizás el mundo de los arquetipos el
que allí se muestra, ese universo intrincado a nuestras vidas y que las comanda sin que
lo sepamos, como lo cree Karl Gustav Jung. Saber lejano y misterioso, al menos para
nosotros, habitantes del planeta Ciencia y Tecnología, convencidos sólo de lo que se
deja verificar. De ahí que Jünger, en ese mismo texto, extienda esa escisión al mundo
de la naturaleza, como Darwin lo reconoció. "Su universo podría dividirse
claramente entre Marzo y Mercurio, Afrodita y Apolo, es decir, de un lado el poder y la
ganancia, del otro, la belleza y el canto."
En cuanto a lo que yo tengo que ver con
todo eso, aaah, yana historia. ¿ Qué puede hacer un individuo ante semejantes fuerzas ?
Destino y libertad : esos son los términos, viejos como el mundo. De qué sirve
rebelarse, ¿ no es esa la significación de Edipo ? Hoy creo que la sabiduría consiste
en reconocer que hay problemas que no podremos nunca resolver ; sólo podemos vivirlos, y
punto.
Eso no me impide continuar rebelándome,
claro está, y como un cretino. He ahí, tal vez, la función oculta de todo individuo:
patalear cual ahogado en el mar de la vida, avanzando hacia atrás y retrocediendo hacia
adelante, ya que en realidad no existen puntos fijos : todo es igual desde el punto de
vista de la lucha, pues es ésta la madre de todo, como ya lo vió Heráclito.
|Polemos paterpantón. Y todo fluye,
por fortuna.
|Panta rhei, panta
rhei.
Digo "rebelándome", además,
porque todavía no logro aceptar la imagen que se muestra trás de todo eso, respecto del
creador : la figura del sacrificio, oh, miseria. ¿ Es verdad que el creador es un eterno
Palinuro, dormido sobre el timonel que lo conduce a destino, luchando contra la tormenta,
aunque somnoliento, y cayendo al mar, perdido, para rescatar la vida de Eneas, su
comandante, y otros ? ¿ Es que el arte está ahí para servir de faro inútil ? ¿ Es que
el sueño tranquilo e inconsciente de unos debe pagarse con las pesadillas y el insomnio
de otros ? ¿ De qué le sirve a Palinuro, me pregunto yo, todos esos honores póstumos,
toda esa fanfarria humana con la que éstos quieren rescatarse a su vez ? ¿ Todo ese
sacrificio para darle nombre a un pedazo de geografía, el Cabo Palinuro ? Y todo eso,
para él : ¿ por desgracia o por fortuna ? ¿ Qué término escoger? Si es que podemos...
Si la historia de mi biblioteca se puede
resumir en una buena cantidad de empaques y desempaques de libros entre cajas, la de mi
vida está igualmente marcada por el desplazamiento incesante de país en país y ciudad
en ciudad. No me voy a extenuar contándola hasta hoy, porque entre tanto, desde que
terminé El docto y el imbécil, he cambiado dos veces de país y varias veces de ciudad.
Además, porque "eso" podrá formar parte quizá de un libro por venir. Después
de todo, dichos desplazamientos no son importantes sino por las emociones y enseñanzas
que me han aportado. Y éstas provienen casi siempre de las mutaciones del amor. Manera de
decir que en esos últimos viajes mi vida afectiva ha conocido las diversas coloraciones
de la intensidad.
En cuanto al amor por el vacío, creo que
he aprendido a convivir con él, a integrarlo de alguna manera a la economía de mi propia
vida, a soportarlo, en suma, haciéndolo más llevadero. En cierta forma creo que hoy le
estoy sacando el provecho que todo en la vida puede darnos. Porque continúo en el exilio,
si bien esa es ya mi propia piel, pero en condiciones envidiables, como se dice. Casado de
nuevo con una bella mujer que amo y que me corresponde, haciéndome feliz, y escribiendo
ésto con vista a los Alpes, al lago Léman, al campo suizo y a setecientos metros de
altura sobre mis antíguas penas.
En cuanto a mi biblioteca, entre cajas
todavía, pero por muy poco tiempo, estoy seguro. Y sobre mi mesa reposan los libros que
he escrito, inéditos o no y, aquí mismo, sobre esta página de computador, este último
testigo de mi incansable y recuperador quehacer.
Ahora que llego al término de este
recorrido por mi biblioteca se me vienen a la cabeza dos o tres ideas.
La primera, que entre más jóven, más
me apegaba a mis libros. Pareciera que con la edad todos los pesos se agravan o se
aligeran, según la terquedad. Conservar libros es un acto de testarudez, de obstinación,
de porfía, con todo lo negativo y positivo de actos así. Por eso me alegra, sea como
sea, que el haber aprendido a despegarme de mi biblioteca signifique a la vez una cierta
disminución de mi obcecación. Quizá lo que ocurre con la edad es que los libros se
interiorizan, se diseminan por el cuerpo, corren por la sangre y se pasean por la cabeza.
Y por eso es esencial llegar a tener cada vez menos creencias fuertes, principios
inamovibles sólo apenas lo necesario, digamos, para moverse en este mundo, ya que sin
creencias es imposible vivir. Importante para no tener una monstruosidad de cabeza en
desmedro del cuerpo y de la buena sangre, límpida y ligera para que fluya mejor.
Es curioso, pero creo que hoy mis amigos
poseen muchos de mis mejores libros : ya sea porque los he vendido, o porque los he
abandonado antes de viajar. Y tal vez lo digo con una pizca de nostalgia, pero en el fondo
me alegro y, sobre todo, no me lamento. Me ha sucedido muchas veces que he comprado varias
veces el mismo libro ; manera, pues, de recuperarlo. También me ha ocurrido encontrar el
mismo volumen, pero aumentado por un nuevo prólogo o unas correcciónes, y entonces me
reconforto. Pienso: "ves, ahora lo puedo adquirir mejor que antes". Lo que, soy
consciente, es otra forma de porfía, y nada buena, claro está.
Lo raro con los libros es que nos llevan
a amar su simple "estar-ahí". En cuántas ocasiones no sopesamos el libro por
su valor en nuestro imaginario, antes que por su valor real, por decir así. En esos casos
el libro está ya ordenado en nuestro espíritu, antes de guardarlo en la biblioteca
clasificado, sin duda, en una especie de catálogo virtual, inexistente, pero
terriblemente eficaz y actuante. Por eso es muy difícil poder decir qué es necesario o
superfluo en una biblioteca, pues depende siempre del espíritu del que la posee. Me
imagino que es eso también lo que explica el valor duradero de lo que llamamos
"clásicos", y cuya definición paradójica podría ser : libros que tienen más
valor virtual que real, más peso en lo inexistente que en el mundo de todos los días,
mundo de "aquí". Y por ello son inagotables, pues la fuente de donde proceden
es irreal, y la verdad que expresan no es de este mundo, o no sólo del aquí y ahora,
sino del "más allá".
Pero el riesgo que corremos así es tener
una biblioteca por el solo haber ; como esos estantes de las mueblerías, adornados con
libros falsos de pura decoración : bellos, eternos y vacíos. Forma monstruosa, claro, de
la porfía propia a los libros. Es así como tesaurizar tiene relación con lo anal y
conservar en esas condiciones es igual a acumular lo inservible ; otra forma de decir
"mierda". De ahí que todo libro debiera proceder de una suerte de necesidad
apremiante. Digo "debiera", sabiendo que el mundo de los libros, como el
nuestro, es ancho y ajeno, por fortuna. Dejemos pues que todo exista, que todo sea
posible, incluso la mierda.
Existen también los libros ya leídos
sin haber sido comprados, y que pertenecen a una especie de biblioteca interna. Son los
libros necesarios, los libros alimento, ya digeridos, O casi, pues con frecuencia este
tipo de volúmenes se rumian, más bien. Si pese a ello los queremos poseer externamente,
digamos, los queremos ordenar en nuestra biblioteca física y palpable, es, o bien porque
somos unos profesionales del libro, aferrados a nuestros hábitos y referencias
frecuentes, o bien porque comenzamos a infringir la frontera que nos acerca a la
acumulación inútil, es decir, porfiada. Es así como dejo planear en la incertidumbre, y
según el gusto y uso del lector, esa acertada apreciación de Jorge Luis Borges lo
importante no es leer sino releer.
Es supremamente arriesgado decir dónde
se arraiga la necesidad de un libro, de su posesión. Los libros designan la geografía no
sólo de la cabeza, sino del alma en su conjunto, para emplear una noción
|passe partout. Dime qué libros
tienes y te diré quién eres, ¿ verdad ? De ahí que con frecuencia lo más difícil no
es tanto regalar un libro, como recibirlo. Es como si, proveniente del afuera, ese
libro-regalo rompiera el paisaje cuidadosamente acomodado de nuestro interior. Un libro no
deseado, un libro situado en el exterior de nuestro gusto puede incomodarnos hasta el
punto de no saber qué hacer con él. Como es posible, también, que nos abra un nuevo
horizonte, puerta entreabierta a un paisaje distinto, a la introducción de un nuevo
gusto. Alguien ha dicho, ya no sé quien, y en una formulación platónica, que no se
aprende sino lo que en verdad ya sabemos. Lo mismo podríamos aplicarlo a los libros, pues
no poseemos sino aquellos que ya conocemos, en cierta forma. Nuestros libros nos
corroboran, en ellos nos reconocemos, nos aseguramos, especies de tierra fija donde
reposarnos en tranquilidad. Por eso es una señal de liberación el saber desprenderse de
lo acumulado, mucho más para un intelectual, poco móviles como somos, en general. De
ahí que los libros que quizá más nos enaltecen, son los que nos contradicen en nuestras
creencias y tics. Considero señal de buena salud discernir lo que nos molesta, comprender
su existencia. Y no digo aceptarlo, necesariamente. Digo entenderlo, saber que está ahí,
que también forma parte de la vida. Siempre he desconfiado de quienes se niegan abrirse a
lo que se dirige en sentido contrario a la dirección en que se encuentran ; de los
satisfechos, en suma, de los no curiosos por miedo a perder.
Allí se anida la relación entre
biblioteca privada y biblioteca pública, porque ésta siempre es por necesidad cerrada
sobre sí, como esas mónadas autosuficientes a lo Leibniz. Mientras que la biblioteca
pública es la representación en reducido de la apertura definitoria del mundo, de su
complejidad. Veo al intelectual que se autoabastece exclusivamente con su propia
biblioteca, como alguien con una cabeza cerrada, cuadrada y sin fisuras, al igual que me
imagino cuadrada, cerrada y sin fisuras a su biblioteca espejo complaciente de sí. Creo
que el nomadismo en la vida es tan saludable como el nomadismo en los libros, pues nos
abre a la diversidad, aerea nuestros recovecos, revisa nuestros cimientos y pone a temblar
las ideas demasiado fijas. Es así como entiendo esa divisa exigente de Kafka cada libro
debe ser como una bofetada en pleno rostro.
La tarea de la lectura es la de
sacudirnos, y la de la escritura la de abrirnos al mundo. Pues nuestro "yo" es
siempre una estabilidad y un encerramiento, por más inestable o abierto que lo supongamos
a veces. Siempre nos estamos corroborando, incluso cuando pensamos contradecirnos. Cuerpo
que responde a una cabeza; cabeza que no puede pasarse del cuerpo. No hay nada que hacerle
: para decirse "no" hay que saltar por encima de sí.
Esa es la inevitable oposición entre yo
y el mundo, y entre yo y yo, eterna e insalvable, por lo demás. Pero justamente por eso
es que debemos abrirnos a lo que nos niega, ya que la verdad no es verdad sino por el
error que elimina,
|transitoriamente
y vuelve y juega.
Pues algo hay siempre por entender : que
la existencia del mundo es la existencia de la cuadratura del círculo, es decir, siempre
más ancho, grande y complejo que el espacio limitado de nuestra cabeza
|transitoriamente y vuelve y juega.
Así ha sido, así es y así será.
Amééénnn...
Grandvaux, enero de 1995 y abril del 2000