Amador Fernandez, Carlos Coroliano

Carlos Coroliano Amador Fernández

Empresario antioqueño (Medellín, 1835 - octubre 13 de 1919). Carlos Coroliano Amador fue uno de los protagonistas de la etapa preindustrial de la historia empresarial colombiana, puente de unión entre los siglos XIX y XX. Sus múltiples negocios, producto de su espíritu visionario y emprendedor, le convirtieron en un agente clave del desarrollo económico del país; no obstante, en su tiempo muchos no lo consideraron así, como lo deja entrever su sobrenombre: "El burro de oro". Hijo de Sebastián José Amador López, acomodado comerciante de origen cartagenero, quien ocupó la gobernación de la provincia de Antioquia en 1851, Coroliano Amador aprendió sobre comercio en los almacenes de la familia, actividad que combinaba con las clases en el Colegio de Antioquia. Luego estudió en Jamaica y en Londres. Fue autodidacta en derecho civil, comercial y minero, el cual aplicó con destreza. Era un pleitómano sagaz y, arriesgado.

Contrajo matrimonio con Lorenza Uribe Lema, hija del acaudalado y prestigioso político José María Uribe Restrepo, gobernador y varias veces senador por la provincia de Antioquia. Incursionó en la política regional: fue concejal de Medellín y diputado de Antioquia en representación de los liberales. Al finalizar el siglo XIX era considerado como el inversionista y empresario más rico del país. Tempranamente manifestó su afán de lucro. Se destacó como administrador y accionista principal de la Sociedad Minera de El Zancudo y Sabaletas, de la Sociedad Minera de Los Chorros, de las que construyeron el puente de Jericó sobre el río Cauca (Puente iglesias) y la plaza de mercado cubierta de Guayaquil, y de la Empresa Colombiana del Telégrafo Eléctrico. Emprendió la construcción de la vía carreteable de Santa Elena, que comunicó a Medellín con Rionegro, y, la de diferentes acueductos v alcantarillados de Medellín.

Realizó negocios de urbanización y comercio de artículos importados. Montó haciendas cafeteras, trilladoras de café y cereales, una de las primeras fábricas de chocolate de Medellín, un banco, una ladrillera, además de otras haciendas ganaderas en Jericó y Cartago. Amador se inscribe, pues, dentro de un patrón de máxima diversificación económica, común a la mayoría de los negociantes del país en cl siglo XIX. Pasó del nivel agrícola, ganadero y minero al industrial, mostrando una actitud positiva frente a la mecanización y la tecnificación. Fruto de su tendencia asociativa fue su apoyo con capital a muchos proyectos considerados "descabellados" en su época. Amador incursiona en la minería como nunca antes se había hecho en el país, aun conociendo los posibles riesgos. Pensó en grande en lo relacionado con inversiones, herramientas, maquinarias, administración, trabajo y técnica. Esto favoreció el desarrollo de la capacidad inventiva de otros empresarios y, operarios.

En las empresas de minería de veta, sentó por primera vez las bases de una administración sistemática y de una inversión racionalizada en pro del máximo rendimiento financiero. La empresa minera de El Zancudo, dedicada a explotar las vetas de oro y plata en la localidad de Titiribí (Antioquia), fue la más memorable obra de Amador. Como su mayor accionista, lideró la reforma y modernización del establecimiento, hasta llevarlo a su máximo desarrollo por medio de la aplicación de sistemas alemanes de extracción y beneficio de minerales por fundición. Para tal efecto trajo a varios técnicos europeos en metalurgia, dando origen así a los primeros montajes semifabriles a gran escala en la región: Sabaletas y Sitioviejo, modelos usados más adelante en el montaje de la Ferrería de Antioquia o Ferrería de Amagá, en cuya junta directiva también estuvo. En el decenio de 1880 El Zancudo ya era la empresa más grande, sin importar el tipo, de cuantas habían existido en Colombia; sobrepasaba a la Ferrería de Pacho, a la empresa textil de Samacá, a la Cervecería Bavaria y a la Ferrería de Amagá.

En 1887, El Zancudo contaba con 1200 trabajadores directos, más de 300 mulas y cerca de 70 minas en explotación. Siendo director de la Sociedad, Amador gestó en 1883 la creación del Banco del Zancudo. Por otra parte, Amador urbanizó el barrio comercial de Guayaquil, proyecto que demandó considerables capitales para adecuar terrenos v montar la ladrillera de Belén. La edificación más importante del sector fue su plaza de mercado (1894), la obra civil más grande realizada hasta ese momento en la ciudad. Amador se constituyó así, en pionero de la industria de la construcción a gran escala en Medellín. Viajaba a Europa con frecuencia, en busca de tecnología.

El 19 de octubre de 1899, día que estalló la guerra de los Mil Días, llegó a Medellín procedente de Francia, con el primer automóvil que vino a Colombia. Gustaba del lujo y las novedades, contradiciendo de esta manera la imagen estereotipada de los empresarios antioqueños del siglo pasado, frugales y austeros. Los palacios Amador, contratados con arquitectos extranjeros (Felipe Crosti y Carlos Carré) fueron durante muchos años las casas más lujosas de Medellín. Cuando murió, en 1919, su fortuna quedó dividida entre numerosas hijas y yernos; uno de ellos, César Piedrahita, siguió administrando y acrecentando algunas empresas, en especial las agrícolas. Los experimentos empresariales y fabriles de Amador sirvieron a numerosos ingenieros de la Escuela de Minas de Medellín, técnicos y trabajadores, como taller de práctica en el interesante y novedoso manejo de la industrialización del país en la segunda década de este siglo.

LUIS FERNANDO MOLINA

Bibliografía

MOLINA LONDOÑO, LUIS FERNANDO, Y OCIEL CASTAÑO ZULUAGA. "El burro de oro, Carlos Coroliano Amador, empresario antioqueño del siglo XIX". Boletín Cultural y Bibliográfico, Vol. XXIV, N. 13 (Bogotá, 1987)

Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.