Calvo, Luis A.

Luis A. Calvo

Ficha Bibliográfica

Título: Calvo, Luis A.
Colección: Música; Biografías
Temas: Música

Músico santandereano (Gámbita, agosto 28 de 1882 - Agua de Dios, abril 22 de 1945). No fue nuestro Calvo el compositor de las grandes sinfonías clásicas al estilo de Beethoven, Mozart, Wagner. Acometido por el mal de Lázaro, nunca se acercó al lenguaje estremecido, angélico y algunas veces jupiterino de Juan Sebastián Bach. Pero en su templo augusto elevó sin profanaciones la oración del dolor. Su inspiración, aunque a veces tiene acentos nostálgicos como los de Mozart, es de una sonoridad netamente americana, tropical en los aires populares, pero profundo cuando sube a las alturas celestes ataviadas en la tarde o en la noche de colores románticos.

El fue el músico que mejor interpretó la sensibilidad de nuestro pueblo. El despertar entre la sangre el amor de los adolescentes, el que hizo aparecer con su lenguaje melódico todos los recuerdos que se entrelazan en las horas misteriosas que cubren las almas entre el amor y el olvido, el dolor y la muerte. El lenguaje musical de Calvo, es el de los enamorados que se miran a los ojos sin decirse nada, es el de la saudade suspirante de los portugueses, de los árboles que se abrazan en los caminos, de las ventanas viejas que se abren en la noche trayendo el recado de los enamorados en las serenatas. Es la voz llena de ternura de los hogares colombianos, dijo el gran músico colombiano José Manuel Cárdenas en la inauguración del monumento a su memoria erigido en Agua de Dios.

El maestro Luis Antonio Calvo fue uno de los máximos cultores de la música nacional, en cuya obra late en toda su dimensión la esencia de su pueblo, ese pueblo de cuyo canto dimana un trasfondo de tristeza y de melancolía que, en última instancia, es la manifestación de los altos acentos de su alma y de su sensibilidad. La primera instrucción en su pueblo natal estuvo impregnada de una natural inclinación por la música (su padre Félix Serrano era músico), que se manifestaba en los intentos por sacar sonidos de las más insólitas posibilidades que se pusieran ante sus ojos: hojas de árbol, pétalos, cañas, etc. Su madre, doña Marcelina Calvo, ante la perspectiva poco promisoria que ofrecía el pueblo, en lo que se refiere a las posibilidades de un porvenir para sus hijos, decidió un día marcharse, para lo cual vendió su casa y, acto seguido, se instaló en Tunja con sus dos hijos.

De los primeros escarceos por seguir una profesión, se cuenta que Calvo intentó aprender sastrería, pero ante el poco talento que demostró para este menester pasó luego a ser mensajero de una tienda de propiedad de un señor llamado Pedro León Gómez, que fatigaba en sus horas libres el violín. Fue el primer maestro, mi amoroso y querido maestro. El me dio a probar del dulce licor del arte, decía. Lo cierto es que acosado ya por las urgencias secretas de su vocación, el futuro gran músico empezó estudios de piano y de violín bajo la dirección del maestro Tomás Posada, quien generosamente le enseñó cuanto él sabía. Perteneciente a los coros de la iglesia de los franciscanos, a los diez años fue admitido como platillero de la banda de Tunja y después le confiaron la ejecución del bombo, cuyo volumen constituía una pesada carga para mí, que era un chiquillo, y la llevé por más de cuatro años, recordaba.

Más tarde pidió y le fue concedida la plaza de bombardino. Mientras tanto prosiguió sus estudios de violín y fue un gran ejecutante de la bandola, instrumento para el cual escribió su primera composición dedicada a su madre y aún una segunda, la danza titulada Livia. Buscando mejores horizontes, emigró con su familia a Bogotá. Llegó a la capital el 11 de mayo de 1905, y acogiéndose a un decreto del entonces presidente Rafael Reyes que tendía a proteger a los músicos por medio de una disposición que mandaba que a todo joven que perteneciera a una de las bandas de la capital se le adjudicara una beca en la Academia, consiguió ser nombrado en la banda del ejército como pistón de tercera clase, con un sueldo de cincuenta pesos. Un sueldo que poco representaba para la familia de Calvo, su madre y su hermana, que vivían en un cuarto destartalado.

Para agravar la situación, el gobierno decidió descontar el cinco por ciento a todo empleado del gobierno, pero de todos ellos, los que soportamos las peores consecuencias fuimos los del ejército, pues a nosotros, aparte del descuento anotado, se nos rebajó un grado por cuyo motivo los cincuenta pesos que yo ganaba quedaron reducidos a la insignificante suma de veinticinco pesos, cantidad insuficiente para atender las necesidades de mi vida. Año y medio duró ese lento padecer. Cuántos amargos días para mí! Qué pena tan grande la que sentía, cuando lleno de tristeza llegaba al apartamento que habitábamos, y mi cariñosa madre me invitaba a la mesa, sin haber yo llevado, desde días, un centavo para el yantar cotidiano, escribió él mismo de aquélla época.

A pesar de sus esfuerzos por conseguir la beca prometida por el gobierno, ello no fue posible, al no conseguir Calvo las recomendaciones de altos personajes que eran necesarias y de las cuales carecía. Decidió entonces instrumentar su danza Livia y al terminar aquel trabajo lo presentó al director de la banda donde él era un simple músico. Inmediatamente, fue aceptada y se procedió a montarla. Ejecutada la pieza, causó entre todos quienes la escucharon una magnífica impresión. Desde entonces, el director decidió confiarle la instrumentación de la música que la banda tocaba y esto significó para el joven músico y su familia una mejora de las precarias condiciones en que se veía obligado a vivir.

A partir de allí, algunas circunstancias felices rodearon la vida de Luis A. Calvo. Contaba él mismo que una tarde, en un concierto, la banda acababa de ejecutar un vals mío, vals instrumentado por mí pocos días antes; un joven de aspecto aristocrático se acercó a la banda e inquirió el nombre del vals que se acababa de oír y preguntó por su autor: una vez informado, se dirigió a mí para felicitarme con galantería sin igual. Al preguntarme dónde había hecho yo mis estudios de armonía, tuve que responderle con gran desconsuelo que yo ignoraba hasta las más elementales nociones de la teoría, de cuya afirmación sincera dudó, alegando que era imposible componer un vals como el ejecutado sin poseer los debidos conocimientos de armonía, a lo cual repliqué yo que sí, tampoco me explicaba cómo podía concebir esas cosas. Fue así como por fin pudo concretar su anhelo de estudiar, gracias a aquel hombre, Rafael Vásquez Flórez, que era profesor de armonía del Conservatorio.

Pero, vaivenes de la fortuna, poco después algunos profesores fueron destituidos con motivo de la reorganización llevada a cabo en aquel plantel por el maestro Guillermo Uribe Holguín, y por este motivo me vi obligado a abandonar la clase que galantemente me dictaba el inolvidable señor Rafael Vásquez Flórez por quien siempre he conservado un cariñoso recuerdo. Pero de nuevo surgió una figura generosa que se interesó por el talento del artista. Esta vez se trató del violinista Leopoldo Carreño, quien obtuvo del director la concesión de una beca. Esta vez bajo la dirección del maestro Uribe Holguín, Calvo continuó sus estudios de armonía, además de tener oportunidad de asistir a clases de violoncello, y de conocer las distintas escuelas musicales, entre ellas la rusa, la francesa y la alemana.

Al poco tiempo, Luis A. Calvo se convirtió en centro de admiración y en un músico de fama. Compuso varias piezas que contribuyeron a su aureola de gran compositor: Intermezzo No. l, Eclipse de belleza, el famoso Lejano azul, Anhelos, uno de los más hermosos valses que ha dado la música colombiana, y Carmiña. Su grupo de amistades lo componían los más connotados exponentes artísticos de la capital: Emilio Murillo, Jerónimo Velasco, Pedro Morales Pino, el pintor Ricardo Acevedo Bernal, Prisciliano Sastre, Diego Uribe y Alejandro Wills, entre otros. Pero el hado perverso que parecía perseguir la vida del insigne músico, y que parecía haberse alejado de su vida, hizo de nuevo su aparición. Trastornos de salud aparentemente leves, obligaron a Calvo a consultar un médico, el doctor Carlos Tirado Macías; descubrió que el músico padecía de lepra.

El terror de los espantos tocó a mis puertas y con fieras garras arrebató la relativa tranquilidad que disfrutábamos tres seres unidos [...] Me creo impotente para narrar las escenas de dolor y de angustia que por más de quince días precedieron al fatal desastre; pero, como para todo dolor humano hay un consuelo, en esta ocasión la gentil sociedad bogotana, siempre pronta a desplegar su proverbial y cariñosa solicitud hacia sus líricos infortunados, tuvo el más hermoso gesto para mí, el cual dulcificó mi inmensa pena, escribió de aquellos cruciales momentos de su vida. Se le hizo un homenaje en el Teatro Colón, como despedida, antes de ingresar como era de rigor en aquellos tiempos al lazareto de Agua de Dios.

El 12 de mayo de 1916 se recluyó en esta institución. Allí los padres salesianos, que dirigían el lazareto, le proporcionaron toda clase de facilidades a Calvo y lo instalaron en una casa donde el músico vivió con su familia. Poco después llegó a su residencia un piano donado por la ciudadanía de Bogotá. En Agua de Dios, Calvo se dedicó casi por completo al piano. Cuando el espíritu amanece más sediento, toco y toco, con verdadero entusiasmo; evoco recuerdos viejos -siempre queridos- y con ello me olvido que estoy en esta tierra del infortunio; luego escribo música; convoco a mi casa niños y niñas y los hago ensayar cantos de distintos géneros; las noches las distraigo con mis amistades y así siempre con mi buena madre y mi querida hermanita, paso el tiempo casi agradablemente, escribía.

El 18 de octubre de 1942 contrajo matrimonio en Anolaima con doña Ana Rodríguez, quien había llegado al lazareto acompañando a una hermana suya que sufría del mal. Allí se conocieron el maestro Calvo y la señorita Rodríguez: de ese amor vivido quedaron testimonios en las canciones de Calvo. De Agua de Dios salió el maestro Calvo en diversas oportunidades, para dar conciertos o recibir homenajes. En 1941, en el Teatro Municipal de Bogotá, se le rindió un gran homenaje, donde se tocaron buena parte de sus melodías y se exaltó su vida de artista por parte de José Joaquín Casas. En el mismo año, Medellín lo invitó a dar un concierto, invitación que se extendió a diversos pueblos antioqueños.

El 22 de junio de 1942 recibió el homenaje de la ciudad de Tunja, la ciudad donde había pasado su niñez. Otros muchos homenajes llenaron: la vida del artista en este período dramático de su vida, como en el caso del acto con que se celebraron las bodas de plata de su inmortal Intermezzo No. l, considerado por muchos la cumbre de su producción. Ha sido grabada por la BBC de Londres, se ha interpretado varias veces por orquestas de Estados Unidos, de la misma manera en París y Londres, mereciendo cálidos elogios. El 3 de abril de 1945 su enfermedad hizo crisis. Trasladado al hospital Herrera Restrepo, murió el 22 de abril de 1945.

La obra de Luis Antonio Calvo es múltiple y variada. Más de cincuenta piezas para piano entre intermezzos, mazurkas, marchas nupciales, nocturnos, valses, danzas, tangos y pasillos, a más de himnos como el de Centavo de vanidad, Himno del Regimiento Ayacucho, Himno del Colegio Santo Tomás de Aquino entre otros, en tanto que la música religiosa está representada en la obra de Calvo por tres himnos al Santísimo Sacramento, dos Trisagios a la Santísima Trinidad, uno al Sagrado Corazón, una salve a María Auxiliadora, una Ave María, cinco villancicos y algunos motetes. Acerca de esta faceta de la obra de Calvo, dijo el padre salesiano José J. Ortega: Toma a veces la musa del maestro las solemnes vestiduras litúrgicas, y con la gravedad majestuosa de los ritos antiguos, entona el cántico de Isaías al Dios tres veces Santo. Tañe otras veces el arpa de David y los profetas para ensalzar los misterios eucarísticos ante el sagrario donde Jesús desfallece en amorosa espera, mientras la lamparilla vigilante le hace compañía y lirios y rosas le ofrendan sus perfumes.

Le roba en ocasiones sus gorjeos a !as alondras de Herbón, para decirle ternezas a la Reina Inmaculada de las artes con sones que parecen remedos de las liras angélicas, o se torna en caramillo, pleno de la sencillez de las églogas patriarcales o de las evangélicas parábolas, para arrullar con villancicos y pastorales al Dios niño en su cuna. Esta, su música religiosa, está reunida en un libro que fue editado en Italia y que recibió el título de Arpa mística. La obra musical de Calvo dentro del panorama de la música nacional es de una importancia notoria, en tanto que su talento y su dedicación, aun en contra de las circunstancias, le dieron a la música colombiana una identidad, trazó los lineamientos de una expresión donde brota el alma sencilla de sus gentes y sus más profundos anhelos.

Como dijo otro gran compositor colombiano, el maestro Emilio Murillo: Nunca pudimos imaginar que el dolor y la inspiración pudieran llegar a producir un resultado tan decisivo en nuestro arte musical nacional. Luis A. Calvo, que se había abstenido de cultivar las melodías que hemos convenido en llamar autóctonas, por fin comprendió que era un deber para Colombia el descender a elaborar obra con estos temas sometidos a la racha de odio, de burla, de hostilidad con que han sido mirados por los genios autoconsagrados que han explotado la educación artística en nuestro país, y en la soledad de su martirio comenzó a pulir las gemas de nuestras montañas y, elevando su espíritu a Dios, terminó con [...] lo que puede llamarse "la más alta culminación del esfuerzo colombianista musical".

 

CARLOS PEROZZO

Forjadores de Colombia Contemporánea

 

Esta biografía fue tomada de la Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, tomo de biografías.