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Chavela
Vargas
por Marianne Ponsford
Revista Cromos
No.4.157, septiembre
de 1997
Cómo sería el guayabo de
aquella mañana de noviembre que Chavela decidió que ya estaba bien de beber. Unos meses
más tarde, logró un pequeño contrato para volver a cantar en un bar restaurante de moda
en el D. F. llamado "El hábito". Allí la fue a ver el editor español Manuel
Arroyo en el verano del 92. Él cuenta su parte de la historia: En las mesas los
clientes estaban todos borrachos. Gritaban cuando Chavela cantaba, comían y hacían
ruido, aquello era un espectáculo triste. Arroyo le pedía sin cesar, entre canción
y canción, que cantara Las ciudades. Y Chavela pensaba: ¿Quién será este huerito
de la chingada?. ¡¡¡Las zzziudades, Chavela, las zzziudades!!!, volvía a
pedir el huero gachupín. Ella no la cantó. Entonces, en un descanso, Arroyo se le metió
al camerino y, entequilado como la ocasión merecía, se hincó de rodillas y le dijo: Chavela,
vente
a España. Vente que allá sí te quieren.
Ella, claro, no le creyó. Pero el
editor cumplió su promesa, y aunque jamás había tenido contactos en un mundo que no
fuera el de los libros, movió cielo y tierra en España y logró un concierto para
Chavela en el Teatro Lope de Vega de Sevilla. Logró que Iberia pusiera los pasajes.
Logró que la mítica residencia de estudiantes, donde habían vivido Lorca y Dalí en los
años veinte, la alojara durante lo que vino a ser una de sus muchas estancias en Madrid.
El director de cine español Pedro Almodóvar no se lo podía creer. Él, que
adoraba a Chavela, que junto con Bola de Nieve y Edith Piaf la consideraba una de las tres
voces dramáticas del siglo veinte, no había podido encontrarla cuando quiso grabar
"Piensa en mí", el tema de su película Tacones Lejanos. Por eso le
pidió a Luz Casal que la cantara. Ahora tenía a Chavela delante de sus ojos. Ahora
Chavela iba a cantar en el teatro con más garbo y abolengo de toda España.
Todos estaban nerviosos. ¿Se venderían las boletas? ¿Se acordaría la
gente de Chavela? Al fin y al cabo, habían pasado veinte años desde que, bajo el negro
ocaso de la dictadura franquista, la gente escuchaba a escondidas las canciones de
Chavela, prohibidas por el régimen. Apenas si habían tenido tiempo de anunciarla, -cero
prensa, cero publicidad-; el teatro fue prestado por una noche, y sólo porque se había
cancelado la representación de la ópera de turno. Llegaron a Semilla al atardecer, y su
cielo irrepetible, azul lleno de luz hasta la última hora, azul metiéndose por entre el
perfil dentado de la Torre de la Giralda, por entre la cúpula de la Catedral y la iglesia
de San Clemente, les dio la primera bienvenida.
CONTINUAR
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