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Chavela
Vargas
por Marianne Ponsford
Revista Cromos
No.4.157, septiembre
de 1997
De las boletas no quedó
ni una. A las ocho de la noche en punto, el teatro se iba a reventar. Chavela siempre
canta acompañada de dos solitarias guitarras. Vestidos ellos todo de negro, la flanquean
discretamente en las dos puntas del escenario en penumbra. Apenas si se ven. Así salió
aquella noche de octubre del 92 al escenario desnudo, con su pelo completamente blanco,
con su huipil negro y rojo, con su intensa mirada de culebra, y abrió los brazos como un
Cristo. Entonces todo parecía otra cosa. No un teatro sino un cuadro de Malevich, como
dijo aquella noche el pintor mallorquín Miguel Barceló.
Y Chavela, la menudita Chavela, sacó un ronco vozarrón imposible para una
mujer de setenta años, un vozarrón hondo y cuarteado por la vida, sabio y ebrio de vida:
Tú me pediste amor y yo te quise, tú me pediste mi vida y te la di. Si al fin de
cuentas, te vas, pos anda y vete, queee laaa tristeza me lleve igual que a ti. El
Lope de Vega casi se viene abajo. La gente de Sevilla, toda engalanada, enloqueció. Le
gritaban desde la platea y los balcones: ¡Guapa, Chavela, guapísima! y Chavela,
quédate aquí y algún pasado de emoción: ¡Viva la madre que te parió,
Chavela Vargas! Al final del concierto, la gente, a pesar de las manos enrojecidas de
tanto aplaudir, empezó a dar palmas por bulerías. Como si hubiese sido ensayado, Sevilla
entera le rendía al unísono su homenaje gitano. Daban ganas de echarse a llorar. Chavela
los miraba. Y cuando agarró de nuevo el micrófono se hizo el silencio. Entonces ella
dijo: Gracias, amigos. Gracias por estar todavía aquí. Porque..,, ¿qué amante
espera veinte años?
En los años
siguientes, Chavela recorrió toda España. Las boletas para sus conciertos se agotaron en
todas partes. La prensa, la televisión, la radio, no la dejaban en paz. La invitaron al
Festival de Edimburgo y de Montraux. Grabó cuatro discos, con canciones nuevas y viejas
(y entre las nuevas, una versión hermosísima de Las simples cosas). Habló del amor, de
la vida y de la muerte. La vida es bellísima, pero la muerte también es hermosa. Yo
he dicho muchas veces que voy a ir a mi propio velorio, pero a burlarme de mí. La verdad,
yo no creo en la muerte... La muerte siempre ha andado conmigo, (y empieza a
canturrear)... la muerte cantando por toditas las cantinas..., en qué
quedamos, pelona, ¡me llevas o yo te llevo! Chavela no entiende porqué le han
puesto el color negro a la muerte. Es un poco ridículo, el negro es un color muy
elegante, muy bonito para los cocteles, pero la muerte no tiene ningún color. Si acaso,
su color puede ser el amarillo, el de la flor cempazúchil, esa que revienta el primero de
noviembre a las doce de la noche... Yo no sé por qué a alguna gente le duele tanto la
muerte, porque ¿qué duele más, una muerte o perder un amor? A veces uno piensa, yo
prefiero que ese esté muerto a que me traicione.
Yo soy una de esas gentes que prefiere amar a que la amen. Pero uno tiene
que dar las gracias porque lo quieran. Ay, qué difícil es el amor. Es más fácil que a
uno lo dejen que tener que dejar a alguien. Yo he llorado más por tener que alejarme.
Para mí, un hombre que llore es muy valiente. Y una mujer para llorar tiene que ser muy
mujer. Lloramos porque nos arden los ojos, por el humo del cigarro, o quizás por el
rimmel, pero nadie sabe cuándo una mujer llora de a verdad. Son de otro color las
lágrimas. Es un collar de lágrimas, de lágrimas blancas, lo que echas pa' fuera.
Dio dos conciertos soberbios, a finales de Julio del 93 en la Plaza del Rey,
una de las más bellas de toda Barcelona, encerrada bajo los altos muros del histórico
Salón de Tinelo de la iglesia de Santa Ágata, y de los Palacios de Llonctinet y
Padellás, pero con un rectángulo de cielo negro de verano desgajándose a horcajadas
desde arriba. La noche del segundo concierto cantó como nunca, y ella dice que fue porque
la magia del lugar la embrujó. Y es que era cierto. Desde abajo, uno no sabía si por
aquella puerta rematada con un arco de piedra, iba a salir a cantar Chavela Vargas o iba a
hacer una súbita aparición el fantasma de Cristóbal Colón.
Y cumplió el sueño de su vida: ir a París, a cantar en el Olympia, en
julio del 95. A pararse en el sitio exacto donde había estado Edith Piaf. Ella recuerda
que aquella noche, cuando salió al escenario, bajo unos focos demasiado intensos, que la
enceguecían, pudo ver algo así como una radiografía de su cuerpo. Pero con todas las
venas y con toda la sangre. Con todos los nervios y músculos en tensión. Fue una imagen
rápida, la luz de un flash. Y con las ganas reventando en su garganta, comenzó a cantar,
como sólo ella sabe cantar: Tómate esta botella conmigo, y en el último trago nos
vamos. Quiero ver a qué sabe tu olvido, sin poner en mis ojos tus manos. Esta noche no
voy a rogarte, esta noche te vas de adeveras. Qué difícil tener que dejarte, sin que
sienta que ya no me quieras. Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos
errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores.
Logró otro sueño: construirse una casa en "La isla", un pequeño caserío
playero cerca a San Joaquín de Flores en su Costa Rica natal, donde vive aún su hermana
y única pariente viva.
Por último, hace dos años dio un concierto en el Teatro de Bellas Artes del D. F., al
que asistió todo el México dirigente. Le entregaron las llaves de la Ciudad. Le
rindieron honores por aquí y por allá. Ahora que otra vez había triunfado afuera, ahora
que Joaquín Sabina le había escrito su mejor canción, ahora que Almodóvar hablaba de
ella sin cesar, ahora que desde García Márquez hasta Isabel Preysler hacían cola para
cenar con ella en Madrid en casa de la diseñadora de modas Elena Benarroch, México
volvía a acordarse de su Chavela. Volvía a emborracharse con su voz descomunal. Ella los
acompañaba con una lejana sonrisa de medio lado y un vasito de coca-cola entre las manos.
¿Adiós? Noo, nunca se dice adiós. Se dice: Te amo.
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