De Erauso, Catalina

Catalina de Erauso

Ficha Bibliográfica

Título: De Erauso, Catalina
Colección: Militar
Tipo de documento: Texto
Fuente de catalogación : CO-BoBLA

Catalina de Erauso, la monja alférez nació en la villa de San Sebastián de Guipuzcoa, en 1585, en el matrimonio del capitán Miguel de Erauso y María Pérez de Galarraga y Arce, naturales y vecinos de la misma población. A la corta edad de 4 años fue internada en el convento dominico de San Sebastián el Antiguo, de la dicha villa -tal como sucedió con sus tres hermanas: María Juana, Isabel y Jacinta, quienes permanecieron en él hasta su muerte-; una reyerta que sostuvo con la monja profesa Catalina de Aliri la motivó a huir del convento la noche del 18 de marzo de 1600, siendo aún novicia y faltándole poco tiempo para profesar; en los meses siguientes estuvo en las poblaciones de Vitoria, Valladolid, Bilbao y Estella, ciudad esta última de donde volvió a San Sebastián, su patria, a los tres años cumplidos de su fuga; en todo este tiempo desempeñó oficios varoniles, oculta bajo el nombre de Francisco Loyola; poco después salió para Sanlúcar de Barrameda, en donde se enlistó como grumete en un barco que partía para América, del que era capitán Esteban Eguiño, “tio mio, primo hermano de mi madre, que vive hoy en San Sebastian, y embarquéme, y partimos de San Lucar lunes santo, año de 1603.” (Historia de la Monja Alférez, 1829, p. 10).

Su primer destino en el Nuevo Mundo es Araya, en Venezuela, de donde se dirige a Cartagena de Indias, ciudad en la que permanece por ocho días, al servicio del mencionado capitán Eguiño; de allí pasa a Nombre de Dios, en Panamá. Cuando la armada está ya cargada con la plata de las minas americanas, y a una hora escasa de volver a la Península, la Erauso le roba 500 pesos a Eguiño y baja a tierra; permanece en Panamá algunos meses, mientras gasta el dinero, luego de lo cual se emplea con un mercader de Trujillo, en el Perú; en esta ciudad mata en duelo a un hombre, por lo que se ve obligada a radicarse en Lima; meses después se enrola como soldado en una compañía que parte para Concepción, en Chile.

Por una circunstancia extraordinaria fue separada del resto de los hombres apenas al llegar al país austral: fue ella que su hermano Miguel, quien se había embarcado para América en 1587, se encontraba de secretario del Gobernador Alonso de Ribera; al enterarse del lugar de procedencia de Catalina -la cual, conveniente es advertirlo, jamás reveló ni su sexo ni su verdadera identidad al hermano-, intercedió para que fuera asignada a su propia compañía, en la que estuvo durante casi tres años. En sucesivos encuentros con los indios araucanos dió muestras de su valor temerario, al punto de alcanzar con honores el grado de Alférez, por el que es más conocida; pero en una pendencia de juego -al que fue muy aficionada, y que le ocasionó innumerables conflictos- mató a otros dos hombres; como en varias ocasiones similares pasadas y futuras, también pudo evadir la acción de la justicia en tal oportunidad al acogerse al resguardo sagrado de un templo (el de San Francisco en este caso). Meses después, en una incursión nocturna, se enfrenta en duelo con un desconocido a quien mata, el cual resultó ser nadie menos que su propio hermano Miguel. Dolida, pero no reformada, parte errante hacia Tucumán, Potosí, la Plata, Charcas, Piscobamba, nuevamente la Plata, Cochabamba, la Paz, el Cuzco, Lima, el Callao, Guamanga y Huancavélica, en algunas ocasiones víctima de bribonadas y trapisondas, pero las más de las veces como ejecutora o propiciatoria de las mismas. En este vagabundaje utilizó los nombres de Pedro de Orive y Alonso Díaz Ramírez de Guzmán.

Sus continuas fechorías y su carácter pendenciero facilitaron el cerco de las autoridades. Vuelta a Guamanga y ya a punto de ser apresada, encuentra el amparo del suave Obispo fray Agustín de Carvajal, quien logra de la Monja Alférez la más completa confesión de sus secretos; admirado de tan increíble historia, hace el Obispo que Catalina sea examinada por dos matronas de su confianza, quienes no sólo certifican el sexo de la monja, sino su condición virginal. Procede entonces el Obispo a instalarla en el Convento de Santa Clara de Guamanga, con el hábito correspondiente; entre tanto, la noticia se propagó por la ciudad, cuyos habitantes no tardaron en llenar las calles adyacentes al convento, con la esperanza de conocer a tan extraordinario personaje. Cinco meses después, luego de haber socorrido y aconsejado de muchas maneras a Catalina, murió el Obispo Carvajal. Conocido el insuceso en Lima, el Arzobispo de la ciudad, Bartolomé Lobo Guerrero, ordenó el traslado hacia allí de la Monja Alférez, donde fue recibida y agasajada también por el Virrey Francisco de Borja; durante casi los dos años y medio siguientes vivió en el Convento de la Santísima Trinidad de la capital peruana, hasta cuando llegó prohibición de España para continuar en él, por no ser Catalina monja profesa. Decidido su retorno a la Península, se embarca -otra vez en traje de civil- en la armada del General Tomás de Larraspuru, que llega a Cádiz el 1 de noviembre de 1624; durante el trayecto participó en otro lance de cuchillo, por rivalidades originadas en el juego.

A petición de la interesada, el Rey de España le concedió una pensión de ochocientos escudos de renta; partió para Roma, donde la recibió en audiencia el Papa Urbano VIII, y le concedió licencia para proseguir su vida en hábito de hombre; príncipes y cardenales italianos la agasajaron durante el mes y medio que permaneció allí. La autobiografía de Catalina termina con el dato de que el 5 de julio de 1626 se dirigió hacia Nápoles; las informaciones posteriores sobre su vida son apenas fragmentarias: en julio de 1630 se encuentra en Sevilla; el 21 del mismo mes y año se embarca con destino a Méjico, en donde transcurren los restantes veinte años de su vida, pues muere en 1650, después de haber usado durante mucho tiempo el nombre de Antonio de Erauso.

Vistas así las cosas, no parece justificada su inclusión en nuestra historia, pues Catalina sólo habría permanecido ocho días en Cartagena en 1603, a su llegada a América, y unos pocos días más en 1624, cuando retorna a la Península. Sin embargo, los sucesos debieron de acontecer de diferente manera, pues cuando la Monja Alférez presenta, en Madrid, el memorial de sus méritos y servicios al Rey de España, en agosto de 1625, con la solicitud de una recompensa económica, pide que esta última se le pague en Cartagena, donde desea vivir: “... Suplica á V.M. se sirva de mandar premiar sus servicios y largas peregrinaciones, y hechos valerosos, mostrando en ella su grandeza asi por lo que tiene merecido, como por la singularidad y prodigio que viene á tener su discurso, teniendo atencion á que es hija de padres nobles hidalgos y personas principales en la villa de San Sebastian; y mas por la singularidad y rara limpieza con que ha vivido y vive, el testimonio de lo cual se puede sacar del mismo tiempo; por lo cual recibirá merced de que se le dé un entretenimiento de setenta pesos de á veintidos quilates al mes en la ciudad de Cartagena de las Indias, y una ayuda de costa para poderse ir, en que conseguirá la que de V. M. y su grandeza espera, etc. “ (Historia de la Monja Alférez, 1829, p. 138). Además, es bien notable que el primero de los impresos en que se da razón de esta singularísima mujer haya tenido su origen en informes procedentes de habitantes de la dicha Cartagena, en 1618, siete largos años antes que cualquiera otra de las publicaciones conocidas sobre el tema. Estas razones inducen a creer que en nuestra caribeña ciudad transcurrieron importantes momentos de la vida de Catalina, aunque sin posibilidad de comparación con los sucesos documentados en Chile, Perú y Méjico.

Es Joaquín María de Ferrer (a quien he seguido fielmente en este resumen) el verdadero difusor de las aventuras de Catalina de Erauso, pues no sólo editó en 1829 y por primera vez (París, en la imprenta de Julio Didot) un antiguo manuscrito que perteneció a Cándido María Trigueros, sino, además, lo adicionó con importantes documentos originales e inéditos que no dejan dudas sobre la existencia de la misma. Sin embargo, Ferrer hace notar en el prólogo de la obra, decisivas e irrefutables inconsistencias y contradicciones (p. XXXVII y ss.) que le llevan a suponer que la Monja Alférez usurpó el nombre de la verdadera Catalina de Erauso, a quien habría conocido de cerca y a quien le llevaría al menos siete años de edad 1 . Estos pormenores pueden parecer secundarios, pero son necesarios para aclarar otra de las incongruencias notables (no señalada hasta ahora), precisamente relacionada con el paso del alférez por nuestro territorio en 1624, y única referencia a Santafé de Bogotá (p. 104-105): “...Proseguí mi viage á la ciudad de Santa Fe de Bogota, en el Nuevo reino de Granada: vide al señor obispo D. Julian de Cortazar, el cual me instó mucho á que me quedase allí en convento de mi orden: yo le dije que no tenia yo órden ni religion, y que trataba de volverme á mi patria, donde haria lo que pareciese mas conveniente para mi salvacion: y con esto y con un buen regalo que me hizo, me despedí. Pasé á Zaragoza por el rio de la Magdalena arriba: caí allí enferma, y me pareció mala tierra para Españoles, y llegué a punto de muerte: y despues de unos dias convaleciendo algo, antes de poderme tener, me hizo un médico partir, y salí por el rio, y fuíme á Tenerife, donde en breve me recobré...”. Pues bien: aunque no hay duda de que el regreso de la Monja Alférez a España se efectuó en 1624, Julián de Cortazar sólo fue nombrado como Arzobispo de Santafé el 7 de abril de 1625 y su arribo a la ciudad -procedente de Tucumán- apenas se produjo el 4 de julio de 1627; desde enero de 1618 hasta el 30 de julio de 1625 el Arzobispo de la ciudad fue el santafereño Hernando Arias de Ugarte.

Por errores como el aludido, no extraña que el bibliógrafo chileno José Toribio Medina se muestre incrédulo acerca de esta historia “por su estilo, por lo inverosímil del asunto, i por los muchos anacronismos que encierra”, aunque, como se conoce la partida de bautismo de Catalina, se conservan documentos de la época sobre ella, además de los testimonios de quienes la trataron, a renglón seguido afirma que “Sobre lo que no cabe duda es que en Chile vivió en cierta época una mujer de su nombre i apellido, de honestidad averiguada i de un comportamiento militar distinguido...” (Literatura Colonial de Chile, II, p. 289-291). Parece no ser aventurado extender igual afirmación a favor de Cartagena de Indias.

Durante 176 años estuvo prácticamente olvidada la historia de tan singular mujer, hasta que el romanticismo descubrió un filón temático en la publicación de Joaquín María de Ferrer (Historia de la Monja Alferez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma, é ilustrada con notas y documentos, por D. Joaquin Maria de Ferrer, Paris, en la imprenta de Julio Didot, 1829); se reimprimió en Barcelona, Tauló, 1838; la sacó nuevamente a luz José María de Heredia, en Madrid, Tipográfica Renovación, 1918; hay también dos ediciones recientes: una, debida a Virgilio Ortega, apareció en Barcelona, Orbis, 1984; la otra, bajo la responsabilidad de Jesús Munárriz, es de Madrid, Hiperión, 1986; todas estas reimpresiones castellanas llevan el título de Historia de la Monja Alférez; otra más, con nueva documentación, sacó José Berruezo en San Sebastián, Caja de Ahorros Municipal, 1975, con el título Catalina de Erauso, La Monja Alférez. 

Existen también, como es de suponer, varias versiones novelescas, que se basan en algunos datos históricos, pero en las que predomina la libre y arbitraria imaginación del autor; entre ellas están la del periodista chileno Raul Morales Álvarez (La Monja Alférez, Santiago de Chile, Ed. Ercilla, 1938); la de Joaquín Rodríguez Durán (Mujeres de todos los tiempos, Buenos Aires, 1940); la de Blanca Ruiz de Dampierre (La Monja Alférez, Madrid, Ed. Hesperia, s.a., 1943); la de Luis de Castresana (Catalina de Erauso, la Monja Alférez, Madrid, Afrodisio Aguado, 1968); la de María del Carmen Ochoa (La Monja Alférez, Madrid, García del Toro, 1970) y la de Armonía Rodríguez (De monja a militar, Barcelona, La Gaya Ciencia, 1975).

Las adaptaciones teatrales son contemporáneas de la protagonista, pues Juan Pérez de Montalbán publicó la suya hacia 1626; Joaquín María de Ferrer reimprimió esta obra como último apéndice a su Historia de 1829; en tirada aparte apareció en Barcelona, Imp. Manuel Saurí, 1839. Carlos Coello y Pacheco es autor de otra versión, titulada La Monja Alférez. Zarzuela histórica (Madrid, Imprenta de T. Fortanet, 1875); la más reciente es de Domingo Miras (La Monja Alférez. Murcia: Secretariado de Publicaciones y Servicio de Actividades Culturales de la Universidad de Murcia, 1992).

El libro de Joaquín María de Ferrer fue inmediatamente traducido al francés por Louis Viardot bajo el título Histoire de la Monja Alferez dona Catalina de Erauso ecrite par elle meme (Paris, Bosange, 1830; la edición incluye el retrato, los documentos que figuran en el apéndice y la comedia de Pérez de Montalbán); otra versión, ilustrada, rara y estimada, es la de José María de Heredia (La Nonne Alferez, Paris, Lemerre, 1894); una más corresponde a Pierre Schneider (La Nonne militaire d’Espagne, Paris, Julliard, 1954); un resumen adecuado se le debe también a Louis Viardot (Espagne et Beaux-Arts, Paris, Hachette, 1866, p. 139-155); otro, pleno de fantasías y errores, salió de la pluma de Alexis de Valon (publicado en la Revue des Deux Mondes, 15 de febrero de 1847, p. 347-354 y luego, en el libro del mismo autor Nouvelles et chroniques, Paris, Etienne Dentu, 1851); por desgracia, este fue el único texto en que se basó Thomas de Quincey para la versión inglesa de la vida de la extraordinaria aventurera, que en sucesivos artículos llamados La monja náutico-militar de España publicó en los números de mayo, junio y julio delTait’s Edinburgh Magazine (reunidos luego en forma de libro, en 1854, bajo el título The Spanish Military Nun 2 ). Para corregir el daño, James Fitzmaurice-Kelly tradujo la versión española de Ferrer, acompañada igualmente de la comedia de Pérez de Montalbán (The Nun Ensign, London, Unwin, 1908). Existe también versión alemana, debida a P. U. Mayer (Die Nonne F�nhrich, Leipzig, 1830).

En nuestro medio, la primera ocasión en que se exponen con algún detalle las andanzas de Catalina es en la obra del médico Camilo S. Delgado (conocido como el Dr. de Arcos) llamada Historias, Leyendas y Tradiciones de Cartagena (Cartagena, Mogollón, 1911, t. 1�, p. 35-40); de allí se tomó para publicarla en el volumen N. 38 de laSelección Samper Ortega de Literatura Colombiana; el relato de Delgado es un conjunto de patrañas y tonterías -tejido a partir de dos o tres datos ciertos-, en el cual no se hace mención alguna de Chile ni Méjico y sólo una ligera referencia al Perú, con el infantil objetivo de magnificar el espacio cartagenero como escenario determinante en el drama de la monja alférez; 25 años más tarde, en 1936, un historiador avisado como Gustavo Otero Muñoz repetía como ciertas las consejas de Delgado (cfr. Boletín de Historia y Antigüedades Vol. XXIII, p. 628), a pesar de que Luis Augusto Cuervo había prevenido, en 1927, acerca de las falsedades de Delgado, al tiempo que hacía un breve y objetivo resumen de la biografía publicada por Ferrer (cfr. BHA XVI, p. 606-610). Son también confiables las versiones que brindan Alberto Miramón en 1942 (BHA XXIX, p. 598-605), Julio Jiménez Rueda (Revista de América, Bogotá, Vol. 10, N. 28, abril 1947, p. 140-144 ) y la de un librito que posteriormente se editó en Bogotá, sin fecha y sin nombre de autor, llamado La increíble aventura de la Monja AlférezUna extrtaordinaria narración basada en las memorias de doña Catalina de Erauso (Ed. ABC, 168 p.).

De otra parte, no deja de ser curioso que un personaje de nuestra historia como Manuelita Sáenz se haya asimilado, inconcientemente, al tipo de la monja alférez, como puede verse en muchos de sus biógrafos; pero tal vez el primero que asocia las dos figuras es José María Cordovez Moure, cuando escribe (Reminiscencias de Santafé de Bogotá, Madrid, Aguilar, 1957, p. 489):

"...gustaba de las aventuras guerreras, para lo cual no excusaba seguir las huellas de la celebérrima Monja Alférez, doña Catalina Erauso, cambiando las faldas por el uniforme de húsar, y enristrando la lanza..."

Sin embargo, a diferencia de la Erauso, Manuelita era coqueta, bonita, casada; es decir, su aparente masculinidad no restaba nada de su feminidad. En un ambiente más doméstico, también la bella samaria Luisa Manjarrés, contemporánea de Inés de Hinojosa y protagonista como ella de escándalos y crímenes sexuales ha sido comparada con la monja vizcaína, a partir de que su padre la disfrazó de hombre y la envió a Cartagena y luego a Santafé de Bogotá, con lo cual:

"recrea las aventuras de Catalina de Erauso, la novicia donostiarra que sirvió de modelo a la monja alférez de Thomas de Quincey". (Moreno Durán, Rafael Humberto, en Manual de Literatura Colombia, t. I, p.70)

Por último, no está de más recordar que al menos dos retratos fueron pintados en vida de Catalina: el primero, aún sin localizar, debido al pintor Francisco Crecencio; el segundo, hecho en 1630, en Sevilla, por el célebre Francisco Pacheco, acompaña las primeras ediciones de la historia de la monja. También en dos oportunidades ha sido llevada al cine, ambas bajo el título de La Monja Alférez; la primera fue realizada por Clasa Films, de Méjico, en 1944, dirigida por Emilio Gómez Muriel, según guión adaptado parcialmente por Max Aub y protagonizada por María Félix; la segunda fue hecha por Goya Films en 1986, dirigida por Javier Aguirre, guión del mismo Aguirre y Alberto Insúa.

Toda la vasta producción intelectual y artística (histórica, literaria, teatral, pictórica y cinematográfica) que he presentado en las páginas anteriores -entresacándola de un inventario aún más extenso-, generada alrededor de un personaje real y legendario, no minimiza en nada el hecho de que Catalina Erauso nos sigue siendo esencialmente desconocida. No obstante, sabemos que estuvo en Cartagena y allí debió vivir experiencias singulares, pues al término de sus dos décadas de errancia suramericana pretendió establecerse aquí en forma definitiva. En seguida reseño con mayor detalle los rarísimos impresos coloniales que demuestran su existencia.

 

No. 1.
Capitvlo de vna de las cartas qve diuersas personas embiaron desde Cartagena de las Indias a algunos amigos suyos a las ciudades de Seuilla y Cadiz. En que dan cuenta como vna monja en habito de hombre anduuo gran parte de España y de Indias, siruiendo a diuersas personas. Y assi mismo como fue soldado en Chile y Tipoan, y los valerosos hechos y hazañas que hizo en cinco batallas que entró a pelear con los Indios Chiles y Chambos: y como fue descubierta y la recogió don Fray Agustin de Carauajal Obispo de la Ciudad de Guamanga.
En Sevilla. Por Iuan Serrano de Vargas en frente del Correo mayor, Año de 1618.
2 h. Folio.
GALLARDO 941. PALAU 43287.


Gallardo conoció ejemplar en la Biblioteca de Pascual de Gayangos. Por su parte, Palau asegura sobre esta primera y muy valiosa edición, iniciadora de la leyenda:

“Reimpresa en Madrid, Sucesores de Tello, 1903, 16o., VIII-14 p. Edición privada. Solamente se imprimieron 50 ejemplares en papel de hilo...”.


No. 2.
Relacion verdadera de las grandes hazañas y valerosos hechos que una mujer hizo en veinte y cuatro años que sirvió en el Reyno de Chile y otras partes al Rey nuestro señor, en hábito de soldado y los honrosos oficios que tuvo ganados por las armas, hasta que le fué fuerza el descubrirse, dicho por su mesma boca viniendo navegando la vuelta de España en el galeon San Joseph, etc.
Madrid, Bernardino de Guzmán, 1625.
4o.


La cita Medina (Literatura Colonial de Chile, II, p. 290); añade:

“Dícese que hai una segunda edición de 1629 de este documento hoi rarísimo”.

Ya en 1829, en la Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma, é ilustrada con notas y documentos, por d. Joaquin Maria de Ferrer, se lee, en el Prólogo del editor (p. l):

“Todas mis diligencias han sido vanas para descubrir un ejemplar de la vida impresa en 1625, que se ha hecho muy raro, si es que no ha desaparecido del todo: siendo de notar que no se halla en las Bibliotecas de Madrid, París, Bruselas, y algunas de Alemania y Suiza, en que le he buscado con el mayor empeño.”

No. 3.
Relacion verdadera de las grandes hazañas, y valerosos hechos que una muger hizo en veynte y quatro años que siruio en el Reyno de Chile y otras partes al Rey nuestro Señor, en abito de Soldado, y los honrosos oficios que tuuo ganados por las armas, sin que la tuuieran por tal muger, hasta que le fué fuerza el descubrirse; dicho por su mesma voca viniendo nauegando la buelta de España en el galeon San Ioseph, de que es Capitan Andres de Onton, del cargo del señor General Tomas de la Raspuru, que lo es de los galeones de la plata, en 18. de Setiembre de 1624. años.
Sacada de un original, que dexó en Madrid en casa de Bernardino de Guzman donde fué impressa, año de 1625, y en Seuilla por Simon Faxardo. [s.a.]
2 h. Folio. Guardas de papel de colores.

GALLARDO 942. PALAU 257756 y 257850.


Copia en la Biblioteca de Pascual de Gayangos.

No. 4.
Segvnda relacion la mas copiosa, y verdadera que ha salido, impressa por Simon Faxardo, que es el mesmo que imprimio la primera. Dizense en ella cosas admirables, y fide dignas de los valerosos hechos desta mujer; de lo bien que empleó el tiempo en seruicio de nuestro Rey y señor.
Impressa con licencia en Madrid por Bernardino de Guzmán, y por su original en Seuilla por Simon Faxardo, año de 1615 [sic, por 1625]

2 h. Folio.
GALLARDO 943. PALAU 257852.
También existió ejemplar en la Biblioteca Gayangos.

 

No. 5.
Segunda relacion de los famosos hechos qve en el Reyno de Chile hizo una varonil muger sirviendo veynte y quatro años de soldado en servicio de su Majestad el Rey nuestro Señor, en el qual tiempo tuvo muy onrosos cargos. Tambien se avisa de como se descubrió que era muger, y los regalos que el Obispo de Guamanga le hizo hasta embiarla á España.
(Colofón:) Impresso en Sevilla, por Iuan de Cabrera. Por original Impresso. Año de 1625.
2 h. Folio.

GALLARDO 944. PALAU 257851.

Este, como los tres impresos anteriores, lo conoció Bartolomé José Gallardo en la Biblioteca de Pascual de Gayangos.

No. 6. PÉREZ DE MONTALBÁN, JUAN.
La Monja Alférez, comedia famosa de D. Juan Pérez de Montalván.
Madrid, (1626?)
PALAU 221569.

Sobre el origen de esta comedia declara lo siguiente el investigador peruano Guillermo Lohmann Villena en su libro El Arte Dramático en Lima durante el Virreinato (p. 198-199):

“Cualquiera de los conjuntos histriónicos enunciados, debió de ofrecer las obras dramáticas del notable ingenio peninsular Juan Pérez de Montalbán, que alcanzaron gran éxito entre los espectadores de Lima, pues según él mismo declara, un comerciante de esta ciudad, don Tomás Gutiérrez de Cisneros, sin ser deudo suyo ni haberle visto en toda su vida, solamente por inclinación a sus escritos, le asignó a principios de 1625 una capellanía y pensión aneja para ordenarse ... En adecuada respuesta, compuso Pérez de Montalbán, que tanto estimó al Virreinato perulero, una comedia de capa y espada inspirada en un episodio completamente absurdo de la vida de la supuesta Catalina de Erauso, vulgarmente llamada La Monja Alférez, que es el título que lleva dicha pieza dramática, cuyas dos primeras jornadas transcurren en Lima y el Callao (La representación de la obra de Pérez de Montalbán en Lima, en diciembre de 1830, causó una verdadera conmoción, en la que se vio comprometido el censor, don Justo Figuerola, pues parece que mediaron muy poderosas influencias para que La Monja Alférez se retirara del repertorio de la compañía que en ese año actuaba en el Coliseo, aunque el General La Fuente, encargado del poder, autorizó su representación, <<a petición del público>>. Constan, muy por menudo, estos incidentes en los periódicos de aquellos días, particularmente en La Miscelánea, a partir del núm. 155, correspondiente al martes 21 de diciembre de dicho año; en el núm. 157, se publicó una exposición de Figuerola sobre el asunto, que fue seguida en los días inmediatos, de un vivo debate, que se refleja también en el Mercurio Peruano y en El Conciliador).”

Joaquín María de Ferrer, por su parte, escribió el siguiente párrafo en el prólogo a su Historia de la Monja Alférez (París, Julio Didot, 1829, p. l-li), para justificar su decisión de reimprimir la comedia de Pérez de Montalbán al final de dicho libro (p. 169-311):

“Por el propio tiempo en que se dió á luz la referida vida, tomando el argumento de las diferentes y estraordinarias aventuras que presenta la relacion de los sucesos ocurridos á esta muger estraordinaria, escribió en Madrid nuestro poeta dramático Don Juan Perez de Montalvan una comedia titulada la Monja Alferez, la que habiendo llegado á ser sumamente rara en el dia, he creido útil reimprimirla al fin de este libro, como un documento adicional, no solo de la existencia de este singular personage tan poco conocido en el dia, sino tambien como un testimonio de la nombradía que le adquirieron en su tiempo sus hechos y proezas en la América meridional y en Europa, particularmente en las córtes de Madrid, Roma y Nápoles, en que se hizo conocer personalmente.”.
No. 7.
Relacion prodigiosa de la vida y hechos de Catalina de Erauso, monja de España, soldado y alferez en Lima y traficante en Mexico, donde falleció en el pueblo de Cuitlaxtla el año 1650.
Mexico, Viuda de Ribera Calderon, 1653.
6 h. Folio.
PALAU 80397.


Reproducida en la Ilustracion Mexicana, de 1852, y en el Diccionario Universal de Historia y Geografía.

No. 8.
Relacion prodigiosa de la vida y hechos de Catalina de Erauso, monja de España, soldado y alferez en Lima, y traficante en Mexico, donde fallecio en el pueblo de Linplaxtla en el año 1650.
Mexico, por Hipólito Rivera, 1653.
Folio.

BERISTAIN PALAU 258383.



1. Aunque algunos autores han negado toda credibilidad al manuscrito publicado por Ferrer, prácticamente nadie ha puesto en duda la existencia de tan singular personaje; tal es el caso, por ejemplo, de Manuel Serrano y Sanz quien, luego de transcribir algunos decisivos documentos incluidos en el apéndice de Ferrer (sin aludir a su procedencia), escribió (Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 al 1833 por Manuel Serrano y Sanz, Madrid, Tomo I Segunda parte, 1903, p. 388-392):
“Increíble parece que el Sr. Ferrer no echase de ver la falsedad de este libro, que no fué escrito por la Monja Alférez, ni se forjó hasta los primeros años del siglo XIX, acaso por Trigueros, dueño del códice que sirvió para la edición. De tal manera pugnan los documentos que van en el apéndice con las noticias de la seudo autobiografía, que ésta resulta desde luego, y con evidencia, un conjunto de disparates, cuyas fuentes son las relaciones tocantes á D.a Catalina, publicadas en el siglo XVII, y la comedia de Montalbán. Es, en verdad, inexplicable que la Monja Alférez afirmase haber nacido en el año 1585, en vez del 1592, como reza su partida de bautismo, y haber huído del convento en Marzo de 1600, cuando consta que residía allí en Marzo de 1607. El mismo Sr. Ferrer notó semejantes contradicciones, pero esforzóse por armonizarlas en notas que resultan cómicas en ocasiones, por exceso de ingenuidad” (p. 391).

2. La impostura de De Quincey llega al punto de afirmar, como hecho incontrovertible, que el primer viaje de Catalina a América se hizo directamente de Sanlúcar de Barrameda al Perú, a través del Cabo de Hornos, con lo cual elimina de tajo su primera estadía en Cartagena.
Sobre este último está basado, sin mencionarlo, el artículo de Julio Lanzarotti llamado Ni monja ni alférez. La extraña historia de Catalina de Erauso, aparecido en la revista Américas, Washington, Vol. 6, N. 11, nov. 1954, p. 9-11