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Los subalternos del general están dichosos y a alguno se le ocurre la idea de sorprender el Jefe Supremo con una grabación magistral de ese paseo que acaba de componer Escalona y cuya primera estrofa es todo un reconocimiento:
Siempre que esta nación
ve su libertad en peligro
interviene el Ser Divino
y manda un libertador...

En menos de lo que canta un gallo todo está listo y dispuesto para que la grabación se haga; y allí en la Radio Nacional, bajo la impecable dirección musical del maestro José María Peñaloza, que ha escogido a su gusto treinta músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional, se lleva a cabo la grabación de EL GENERAL ROJAS en la que también se incluyen -ni más faltaba- solos de acordeón, de caja y de guacharaca que le imprimen el toque de autenticidad a ese himno de nacionalista acento que, en medio de la emoción de todos, canta Alberto Fernández. He dicho.
Hoy, Rafael Escalona, pese a la buena amistad que mantiene con María Eugenia Rojas, prefiere no hablar de este suceso, que muchos de sus amigos y seguidores nunca entendieron ni le perdonaron. Del paseo del general Rojas bien puede decirse que murió dentro del estrépito castrense y los ecos marciales que acompañaron su nacimiento. Casi que es un paseo nonato. Y parodiando una composición vallenato-sabanera hay que decir que "de su recuerdo sólo quedan, aquellos que lo grabaron"...
Empero, no es justo el juicio secreto que muchos de los amigos y partidarios de Escalona intentaron hacerle para pedirle cuentas, castigarle, cobrarle o simplemente echarle en cara lo que consideraron una defección imposible en su obra musical. Y no es justo, en primer lugar, porque si bien los afectos y lealtades políticas del compositor patillalero se inclinaron siempre hacia la familia López, lo real es que Escalona no ha sido nunca un actor destacado en esa zona de la política partidista y por lo tanto sus tendencias en este aspecto, más de tipo espiritual que ideológico, no tienen ninguna incidencia en su labor musical. El es únicamente un cantor, un cronista lírico y como tal hay que aceptarlo o rechazarlo, admitirlo o criticarlo, sin caer en la trampa de montarle juicios a sus actitudes. Lo que se le podría criticar es el canto en sí mismo, su calidad intrínseca, pero no el haberlo hecho. Y en segundo lugar, porque siendo como es el más grande compositor, el más carismático y auténtico de los cantores de nuestro pueblo, ante cuya fama se fueron rindiendo de uno en uno todos los grandes en las otras actividades, no tenía nadie por qué pedirle o esperar de él, en ese momento precisa mente, que hiciera una excepción con quien estaba en el curubito del poder, con la anuencia y el regocijo de la mayoría. Recuérdese no más que un dignísimo y eminente jefe liberal llamó "golpe de opinión" el de Rojas... ¿Tenía entonces Rafael Escalona la obligación de adivinar lo que iba a suceder más tarde, para eximirse de cantarle un paseo a quien ya todo el país le había cantado loas y alabanzas en todos los tonos y formas?...
No queremos aparecer demasiado apasionados en la defensa del compositor, pero hemos creído de justicia elemental sacar a la luz este episodio que, por igual, han mantenido oculto, tanto Escalona como sus impugnadores íntimos; y lo hacemos porque no nos parece conveniente ni que el compositor lo esconda, como si tuviera que avergonzarse de él, ni que los críticos lo guarden como una carta marcada, de la que puedan echar mano en cualquier momento para restarle grandeza a su obra.
Si el canto fue bueno o malo, es otra cosa. Y eso lo define la estructura musical y gramatical del mismo. Lo que no podemos es caer en el fariseismo de negarle a un compositor, a un grande compositor que para esas fechas le había cantado a medio mundo, su derecho legítimo a cantarle también a un general, o a un ganadero o a un comerciante -que el título no viene al caso- que ostentaba la más alta dignidad del Estado y que en esos mismos momentos a todos, o a la gran mayoría, les parecía poco menos que un libertador.
El 10 de mayo de 1956, invitada por la Junta Directiva del Club Valledupar que entonces estaba situado en la tradicional Calle Grande, Esperanza Gallón Domínguez, reina de la belleza de Colombia llega a Valledupar en un vuelo especial de la recién establecida línea aérea Taxader. Aunque el artículo 62 de los Estatutos del Club decía tajantemente que "queda prohibido llevar a los salones del Club música de acordeón, guitarras o parrandas parecidas etcétera"... los directivos corrieron a buscar a Escalona, que era la figura de mostrar, para que los acompañara al aeropuerto a esperar a la reina. La recibieron con flores y música de viento y la pasearon por las calles de la ciudad, luego le brindaron un elegante almuerzo y por la noche fue el baile de gala. El maestro estuvo al lado de ella y al día siguiente, antes de despedirse, le ofreció el agasajo que sólo él podía ofrecerle y que a ella debió satisfacerle más que todas las otras atenciones, iguales a las que había recibido en todas las partes a donde llegó con su corona y su belleza. ESPERANZA DE TAXADER, no de Colombia, fue el nombre que Escalona le colocó al paseo que le compuso a la linda bumanguesa. Paseo que también se quedó a la orilla de la popularidad que han tenido y tienen la gran mayoría de los que ha creado.
El día 2 de agosto de ese mismo año mientras Rafael andaba por Barranquilla, don Clemente Escalona Labarcés, el coronel de la Guerra de los Mil Días, el honorable soldado cienaguero que se complacía en hablar de su intervención decisiva para salvarle la vida al general Uribe Uribe, fallecía en esta ciudad de Valledupar, donde dejó sembradas las mejores raíces de su ingenio.
Está dicho y sabido que la mujer es la máxima fuente de inspiración del compositor. Un repaso somero a sus canciones, a estas alturas en que nos encontramos, arroja el resultado de que de cincuenta y siete que lleva creadas, treinta y dos están sustentadas, de alguna u otra forma, en el afecto, la atracción, el interés, la curiosidad, el deseo o alguna otra relación con la mujer, bien su ya, bien de sus amigos. Y en el resto de sus cantos, abierta o veladamente, no es difícil entrever un trasfondo femenino ligado a la esencia del relato. El caso más palpable de esta afirmación es el de EL PERRO DE PAVAJEAU que, pese a que es una narración eminentemente costumbrista, que cae más en el terreno de lo jocoso que de otra cosa, tiene, allá en los meandros de los orígenes del nombre del perro, el sello de la inequívoca perturbación anímica que un hombre de disciplinas castrenses viene padeciendo a causa del terrible tormento de los celos. El perro es el protagonista del paseo, pero no por ser el perro sino por el nombre que lleva (mayor Blanco). Y lleva ese nombre no porque sí, sino porque ese es el único que se le ocurre a un agudo observador de las situaciones vallenatas de entonces, que con sorprendente perspicacia y precisión compara la fiereza del animal con el estado de ánimo que agobia permanentemente al comandante del Batallón Bomboná.
Casi puede decirse que no hubo mujer que, según él, mereciera la pena, que no hubiese sido cantada por Escalona. Para él no contaba posición social, ni atributos intelectuales, ni condiciones económicas ni nada distinto a su propio gusto y a su tendencia innata. Las mujeres le gustaron desde niño, le siguen gustando y le van a gustar siempre. Para él no importa el medio: lo que cuenta es el fin, y el fin primordial de su vida ha sido la conquista, posesión y dominio de la mujer.
Viene ahora el cuento de una de las que, a nuestro parecer, es de sus más bonitas composiciones, que tampoco ha tenido la difusión y renombre de otras tan buenas o menos buenas que ésta. Se llama NAVIDAD y fue hecha a una de esas mujeres anodinas, comunes y corrientes, de origen humilde que él encontró un día en la vida. La joven se llamaba Dioselina Brochero y había sido criada en el hogar de don Alfonso Saade y su esposa doña Carmen Mejía, donde le enseñaron buenas costumbres y la pusieron a estudiar en el Colegio de las Religiosas Capuchinas. Cuando regresó a su casa materna, en Valencia de Jesús, Dioselina era una mujercita hecha y derecha y muy atractiva. Un día de diciembre Escalona la descubrió en la tienda del pueblo a donde él iba a comprar la carne para la alimentación de los recolectores de algodón de su finca, y antes de hacerse despachar el acostumbrado pedido, se dedicó a detallar la muchacha y a conversar con ella, que también andaba comprando la carne para el almuerzo de su casa. El tenía entonces un camioncito F-50 de color azul oscuro, que había bautizado con el nombre de "El negro querendón", en una clara alegoría a las capacidades de su dueño; y en ese vehículo comenzó el acostumbrado proceso de viajes, pasadas por la puerta de la casa, pitadas, frenazos, visitas y lo que él ha dado en llamar "la asistencia, la asistencia". Cuando ya los amores con la muchacha estaban andando, un día fue a Valencia a buscar la provisión de carne y encontró a Dioselina gimoteando en el sardinel de la casa de Juana Ochoa.
- ¿Qué tienes tú hoy? -le preguntó Escalona.
-Es que mi mamá me está fregando mucho -dijo ella.
- ¿Y por qué te friega tanto? ¿Cuál es la vaina de ella? -insistió Escalona, molesto con lo que le dijo la muchacha.
-Porque ella dice que si tengo amores contigo, es seguro que ya no soy señorita -agregó Dioselina.
- ¿Y eso a ella qué le importa? -inquirió Rafael con rabia, y se encaminó a la casa de la suegra a entenderse con ella. Pero se detuvo en seco y, cambiando de parecer, le preguntó a la joven:
- ¿Y tu te quieres ir conmigo para que se acabe esta pendejá? Y como eso era lo que Dioselina estaba esperando oír, se levantó alegre, le dijo que sí y salió corriendo para su casa.
-Alista tu maleta que ya vuelvo -le gritó él, antes de entrara la tienda.

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